La Puchera · Unidad 5 de 37
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Cruz era guapa, muy guapa, y andaría rayando en los veinticinco años. Se fué viendo que además de guapa era dulce de genio, como una cordera, y blanda y compasiva de corazón. Súpose también que si no era de cepa de _señores_, contaba con un buen _qué_ «para mañana ó el otro,» porque sus padres lo tenían, por lo cual no trabajaban, aunque vigilaban mucho el trabajo que otros hacían para ellos; y habían dado á Cruz una educación á la sombra, si no muy literaria, bastante por lo menos para formar en ella «una hija como es debido» y «una mujer como Dios manda.»
Cómo se fué conduciendo en la vida íntima el hijo del difunto Megañas con una mujer tan excelente; cómo estimó el grosero jándalo las prendas de un carácter como el de Cruz, lo publicaron muy luégo la expresión de pena mezclada de espanto que se pintó en sus ojos, de mirar tan dulce y tan tranquilo antes; el sello angustioso de su boca, tan fresca y tan risueña siempre; la palidez que iba difundiéndose de día en día sobre el arrebol de aquella cara que fué tan saludable; la cabeza inclinada; el paso descuidado y perezoso... Y lo que no publicaron estos síntomas harto significativos, lo declaró la disculpable infidelidad de los sirvientes de la casa. Por ellos se supo que el jándalo se complacía en contrariar todas las inclinaciones y todos los gustos y deseos más nobles de su mujer; la empleaba en los oficios más duros y más viles, y no la permitía dar una limosna á un pobre ni disponer de un maravedí, aun para aquellos menesteres que estaban á cargo de la desdichada. Bien que ella vigilara la cocina y hasta cocinara, y remendara y cosiera y dispusiera el ollón extraordinario para los obreros, cuando los había; pero pagar con su propia mano, ajustar, siquiera, lo que no había en la huerta, en el corral ó en el granero de la casa... ¡de ningún modo!: para eso estaba él allí; él solo, porque lo entendía, y para eso lo había ganado sudando á chorros... Los pobres que llamaran á la puerta, que acudieran á Dios, «_si es que le había_,» ó que se murieran de hambre... ó que sudaran hieles, como él había sudado para adquirir el mendrugo con que se alimentaba y tenía que llenar la peste de bocas que estaban á su cargo. Esa era la ley, y por eso, y mientras él fuera quien era, no se sentaría nadie á su mesa sin haber ganado antes con su trabajo lo que en ella había de comer.
Y era lo más duro y desconsolador para la pobre Cruz, tan horriblemente sorprendida con aquellos sucesos de que no creyó capaz al zalamero pretendiente, que todas éstas y otras mil cosas las decía y las hacía el marido entre cuchufletas y regorjeos, y hasta pasándole á ella muchas veces la mano por la cara, ó haciendo una zapateta en el aire, ó chasqueando los dedos, como los mozos cuando bailan al uso de la tierra.
Algo de ello transcendió hasta San Martín; y es cosa averiguada que los padres de Cruz vinieron en dos ocasiones á Robleces y trataron de indagar lo que podría haber de cierto en los indicios; pero como Cruz, temiéndose venganzas muy posibles si decía la verdad, alardeaba con sus padres de todo lo contrario, y su marido estaba hecho unas castañuelas, aunque la infeliz lloraba hilo á hilo cuando más ponderaba su ventura, y estaba, ojerosa y descolorida y desencajada, como también andaba ya en «meses mayores,» tomábanse aquellas incongruencias por fenómenos de ese estado, y se volvieron los padres á San Martín, si no convencidos ni contentos, tampoco muy apesadumbrados.
En estas condiciones halló Inés el cuadro de su familia al venir al mundo. Cayó en brazos de su abuela, que estaba allí por previsión muy atinada de su madre no muchas horas antes de serlo; la cual abuela hizo en aquellos días una verdadera _razzia_ en el bien provisto gallinero, sin importarle un ardite la cara que ponía su yerno cada vez que aleteaba una gallina entre las ansias de la muerte. El bautizo no fué muy ostentoso, pero tampoco miserable, gracias á los abuelos que apadrinaron á la recién nacida y argumentaron á su gusto la solemnidad.
Cruz recibió á la hija de sus entrañas como un don que el cielo la enviaba para consuelo de sus tristezas; los dulces deberes de la madre la harían olvidar los martirios de la esposa; las primeras sonrisas, las primeras miradas, hasta los vagidos de aquel ángel de Dios, serían para la mártir luces y melodías celestes que inundarían los ámbitos de la negra cárcel en que su existencia se consumía entre lentos dolores, sin el alivio que presta al sér más infeliz de la tierra la libertad para quejarse de ellos. Y se entregó en cuerpo y alma á aquella santa pasión, que rayó en locura de amor materno. Todos los jugos de su vida le parecieron poco para nutrir á la tierna criatura, y nunca veía llegada la hora de darle por última vez el néctar de su seno. ¡Se regalaba tanto la hermosa niña saboreándole codiciosa, mientras clavaba en los de su madre sus ojos negros y risotones! ¡Hacía unas monadas con aquella boquita, sonriendo y chupando al mismo tiempo! ¡Y cuántas veces la pobre madre, que se extasiaba contemplándola así, regó la carita de ángel con sus lágrimas! ¡Y cómo lo reía la inocente, recibiendo, como tibio rocío que la consolaba, aquellas gotas de hiel destiladas por un corazón que no latía ya sino para ella!
La naturaleza de Cruz, tan combatida por los dolores morales, no pudo triunfar de este gran esfuerzo físico sin padecer un profundo quebranto. Inés era «un rollo de manteca» al terminar su lactancia; pero á expensas de su madre, que quedó herida de muerte desde entonces. Con otro género de vida, con más sosiego y amor en el hogar, con otro marido más racional y menos inhumano, acaso se hubiera repuesto, porque el ambiente puro y santo de la familia obra milagros en las naturalezas, particularmente si son tan _agradecidas_ como lo era la de Cruz; pero en aquella casa, con aquel hombre que si se había modificado algo en las manifestaciones externas de sus resabios ingénitos, porque hasta las bestias se ablandan un poco en presencia de sus hijuelos, era el mismo en lo esencial de su barbarie, todo intento en aquel sentido fué ocioso. Su inapetencia era calificada de melindre, y su debilidad, de holgazanería. ¡Fuera usted á _hacer ganas_ con tales aperitivos, y á adquirir fuerzas con semejantes alientos!
Por fortuna, ó mejor dicho, para menos desgracia de la pobre madre, Inés iba creciendo y esponjándose de día en día; llegó muy pronto á hablar esa media lengua que es el encanto de los niños y la delicia de los padres, y Cruz distraía sus pesadumbres y sus dolores enseñándola á rezar y _conversando_ con ella. Más tarde vino la ardua tarea de educarla. Allí no había modo de hacerlo fuera de casa. Tanto mejor para su madre: ella la enseñaría cuanto sabía. Era poco, pero al fin algo que, cuando menos, serviría como base de lo que pudiera enseñársela después, «si se quería.» Así aprendió Inés á escribir muy mal, á leer medianamente, á sumar y restar á tropezones, el catecismo de punta á cabo, y cuantos rezos y prácticas piadosas saben enseñar como el mejor maestro las madres cristianas.
Entre tanto, los males físicos de Cruz fueron agravándose; su marido despidió al médico que de tarde en tarde la visitaba, y la sometió al tratamiento de un curandero, rozador de oficio, que gozaba gran fama en aquellas aldeas. El rozador se _enteró_ de la enfermedad, no por las explicaciones de la enferma, que no quiso darlas, sino por las de su marido, y dispuso en el acto un cocimiento de rabos de lagarteza (lagartija), moscas de caballo fritas en aceite, y otras cuantas indecencias más, en agua de ruda. Se colaría el cocimiento por una baeta usada (bayeta), y cuanto más usada mejor, y «el resultante se pondría á serenar dos noches á la temperie.» De este resultante tomaría la enferma cosa de cuartillo y medio en ayunas, y como media azumbre entre comida y cena. Y no había que apurarse; porque si el remedio fallaba, tenía él otros de mucha más substancia, que habían hecho milagros y volverían á hacerlos.
Por uno bien manifiesto no reventó la pobre enferma, que tomó la primera dosis de aquella barbaridad por no atreverse á resistir los mandatos de su marido; pero la entraron tales bascas, trasudores y desmayos, que se puso á morir.
Ni el supersticioso jándalo se atrevió á insistir en nuevas tentativas, pero trajo un _saludador_ á casa. El saludador, después de reconocer á la enferma, dijo que su virtud sólo alcanzaba á las «llagas corrutas» y á las mordeduras de perro rabioso; pero que probaría con el _anseo_ (vaho de la boca) solamente. Y el pedazo de bruto se hartó de vahar á las narices y boca de la desdichada, vapores de cebolla y aguardiente, que eran el lastre de la cloaca de su estómago; con lo que la enferma pensó fenecer allí mismo de indignación y de asco.
No dando fruto el saludador, vino una curandera. Reconoció á la doliente estirándola los brazos hacia adelante y juntando las manos palma con palma. Vió que los dedos de la una sobresalían algo de los de la otra, y declaró al punto que la señora estaba _lijá_ (lisiada); lo cual consiste, según estas doctoras, en tener desencajados los huesos de la espalda. Había, pues, que encajarlos, y á eso se procedió inmediatamente. Se colocó detrás de Cruz la curandera, después de haberla mandado sentar á la altura conveniente; la agarró por los brazos y cerca de los hombros; tiró hacia sí con toda su fuerza, mientras con una rodilla apretaba en sentido inverso por el espinazo; y de esta suerte estuvo brega que brega hasta que se oyeron crujidos en la armazón de la paciente, más un grito dilacerante que exhaló la infeliz. En aquel crujido «estaba la cencia:» ya estaban «en caja» los huesos. Si para conseguirlo no hubieran bastado las fuerzas de la curandera, se hubiera amarrado á la paciente á los pies de la cama ó á un poste; y tirando unos de los brazos y apretando otros por la espalda, se hubiera logrado también el mismo fin. Eso hay que hacer muy á menudo con los hombres y demás personas «algo duras de _gonces_.» Hecho el encaje, había que cuidar de que no se deshiciera «de por sí;» y con ese objeto se bizmó á la víctima por el pecho y por la espalda; en seguida, á la cama, y quince días en ella boca arriba y bien alimentada[3].
[3] Suplico á los lectores de buen sentido, que no tomen á invención mía este caso ni los dos anteriores con todos sus pelos y señales. Están rigorosamente copiados de los que ocurren á cada hora en estos pueblos... y hasta en la ciudad.
Por todo este calvario pasó la mártir sin proferir una palabra en son de resistencia; pero toda su abnegación no alcanzó á evitar que cuando el bárbaro marido la mandó levantar, porque «ya estaba curada,» se encontrara sin fuerzas y sin movimiento, y tan dolorida como si tuviera hechos alheña todos los huesos de su tronco.
Sin embargo, no murió de este mal. El negro destino de la infeliz la reservaba para concluir de un golpe mucho más rudo y de una herida mucho más dolorosa. Y ese golpe vino de donde menos podía esperarse. Llegó á servir á la casa una mujer de Lumiacos, joven todavía y no fea, pero dura de genio y de mirar imperioso. Cualquiera hubiera pensado que no paraba tres días una sirvienta así en una casa donde las más humildes y placenteras no podían resistir dos meses la singular tiranía de aquel amo. Pues sucedió todo lo contrario. Sería por artes diabólicas que Romana trajera ocultas y supiera manejar en hora y lugar convenientes; sería porque no hay hombre tan duro y compacto de madera que, bien estudiado, no tenga su veta débil en alguna parte; sería porque hasta las voluntades más enteras se encogen cuando chocan de improviso con otras que no lo son menos; sería por cualquiera de esos misterios ó aberraciones, que no dejan de abundar en la naturaleza humana; sería, en fin, por lo que se quiera ó por lo que se le antoje al escrupuloso lector; pero ello fué que antes de dos meses de su llegada de Lumiacos, la voz de Romana era la que más recio hablaba en la casona del barrio de la Iglesia del pueblo de Robleces; Romana quien corría con todo «por aliviar á la señora de una carga con que ya no podía;» Romana, en fin, el único sér de cuantos comían el pan amargo de don Baltasar, para quien las leyes de este tirano fueran letra muerta, y las punzantes y crueles chanzas, dulzuras, y hasta prodigalidades la ruindad.
Poco á poco la idea de este predominio en un carácter tan grosero como el de Romana, fué dando sus naturales frutos. Maltrataba á la niña Inés por los motivos más leves, y se atrevía con su ama porque defendía á su hija ó no comía de lo que todos, y la daba demasiado que hacer «con sus golosinas de embuste.» Este y otros descomedimientos aún más ofensivos, llegaron á indignar á Cruz, y un día se quejó de ello á su marido delante de la misma criada; pero el marido se puso de parte de la mozona de Lumiacos, sin una mala atenuación, sin la más insignificante salvedad.
¡Éste sí que fué golpe de muerte! La justicia, el decoro, la candad, la conciencia, el pudor... ¡todo lo había pisoteado y escupido aquel bárbaro, y todo lo había arrojado á los pies de la zafia fregona que se regocijaba en ello!
Por este lado vino la muerte, que se llevó á la infeliz madre en breve tiempo á mejor vida, entre el dolor de sus martirios y el espanto de dejar al pedazo de su corazón bajo la tiranía de aquellos desalmados.
[Ilustración]
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V
CONTINUACIÓN DEL ANTERIOR
Hubo terribles peloteras entre los suegros y el yerno: los suegros, porque pedían cuentas de lo que bien á la vista estaba, y el yerno, porque no las quería dar y negaba que hubiera razones para pedírselas; los unos, porque además temblaban por la suerte de la huérfana, y mandaban elegir al otro entre su hija y su criada; el otro, porque le asistía el derecho de quedarse con las dos, y no le reconocía en nadie para inmiscuirse en los negocios de su casa; los de San Martín, hechos un veneno amenazando, y el de Robleces, hiriendo con sus cuchufletas emponzoñadas; al fin, ó porque en el corazón del jándalo, aunque poco y muy escondido, había algo de lo que tanto abunda en el corazón de otros padres, ó porque el miedo al escándalo le intimidara, ó porque en el estado civil en que le había colocado la muerte de su mujer le pareciera más peligrosa que antes su condescendencia absoluta á las imposiciones de su criada, sin declarar que transigía con sus suegros, hizo entender á Romana, en un tono de autoridad que jamás había usado con ella, que la niña Inés era su hija, y que se guardara nadie de negarla el lugar que la correspondía en aquella casa. Protestó la de Lumiacos contra el _atrevimiento_ de su reprensor; pero observándole bien y conociendo que aquella vez daba en duro, abstúvose de golpearle más, para no comprometer lo principal en una brega inútil por lo accesorio.
Después de afirmar así sus derechos, envió á su hija, por una temporada, á San Martín, lo que no dejó de halagar á sus suegros. Estas temporadas se repitieron con frecuencia; y á ello debió la niña la ocasión, si no de mejorar gran cosa, de conservar, por lo menos, lo que la había enseñado su madre, y cultivar un poco su carácter y su inteligencia en el trato y la comunicación con algunas gentes algo más cepilladas que las de su casa de Robleces.
Á todo esto Inés crecía, y sus contornos de niña iban adquiriendo la redondez y la turgencia de las mujeres físicamente precoces. En lo moral adelantaba menos. Era inteligente y hábil, pero se necesitaba ponerla en ocasión de serlo. Dejada á su libre arbitrio, se hallaba más á gusto con las ideas en reposo y la curiosidad adormecida. Como si su espíritu se hubiera empapado en las lobregueces del hogar paterno y en las tristezas y en los desalientos de su madre, en sus ojos negros y bien rasgados rara vez se pintaba la codicia por lo externo, ni en toda ella ese rebosamiento de vida, eso que tiene á todos los niños en constante inquietud por superabundancia de impresiones y de espolazos del deseo: era, pues, una niña perezosa, así de cuerpo como de espíritu, más que por naturaleza, por hábito, capaz de sentir mucho y de pensar risueño, pero con la sensibilidad y el pensamiento impresionados todavía por las arideces y tristezas de otros tiempos. En camino estaba de refrescar sus ideas y de reconstituir su espíritu con las nuevas auras que respiraba tan á menudo en el cariñoso albergue de sus abuelos; pero este camino se le fué cerrando la muerte, que en el transcurso de dos años y antes que ella cumpliera los diez y siete, se llevó á los pobres viejos.
Viviendo ya en Robleces sin la golosina de las escapadas á San Martín, aquélla su malograda reconstitución de espíritu, que parecía una desgracia, fué para Inés un verdadero beneficio del cielo; pues la misma indiferencia que la apartaba de todo interés y cuidado por los negocios domésticos, la salvó de los odios de la criada, que no se avendría jamás, sin algaradas y escándalos, á que nadie la sustituyera en el mangoneo libérrimo que allí ejercía por derecho de conquista. Participando probablemente de estos temores, no mostró el menor empeño su amo por despertar en Inés los deseos de ocupar en la casa el puesto que la correspondía. Antes, y en bien de la paz, halagó su indolente dejadez para que se mantuviera en ella. Después de todo, ¿qué más daba Inés diligente que Inés perezosa, si al cabo no habían de llevársela de casa más que por «afamada» de rica?
Y así pensando el padre, y la criada como se ha visto, y de acuerdo los dos, sin darse mutua cuenta de ello, en halagar las indolencias de Inés para mantenerla en su modorra, de tal arte se arreglaron, que cuando llegó á ser moza, y moza muy garrida de veinte años, tomaba por trabajo molestísimo hasta el de lavarse la cara. Las agujas y la escoba se le caían de las manos, las letras de molde la hacían chiribitas en los ojos, y el tufo de la cocina la mareaba. Salía á la calle lo menos que podía, y no hubiera salido jamás sin el deber de ir á misa cada día de fiesta y la costumbre de confesarse cada seis meses. Se pasaba las horas muertas meciéndose maquinalmente en una silla en la solana y dejando vagar el perezoso espíritu por los tranquilos espacios de su imaginación, olvidada de que vivía en Robleces y de que en Robleces había hombres que parecían bestias, como se lo habían hecho creer los pocos ejemplares en que había fijado, por curiosidad, la vista; persuadida de que, puesta de pie sobre la cúspide de la montaña que tenía enfrente, tocaría el cielo con la cabeza; sin noción alguna de lo grande que era el mundo, ni del imperio que ejercían las mujeres en él; sin la noticia más vaga de lo que eran pasiones, ni el más leve barrunto de las tempestades que cabían en la pequeñez del corazón humano.