La Puchera · Unidad 7 de 37
Inicio — parte 7
Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.
Esta unidad sigue disponible para lectura, pero no se incluye en el índice de búsqueda porque forma parte de una continuación técnica, contiene metadatos editoriales, repite un título o no alcanza entidad suficiente como página independiente.
Pero ¡qué naturaleza más singular la de Quilino! Él bailaba como una peonza; él relinchaba mejor que nadie en todas las rondas de mozos; él se enternecía hasta el lloro á moco tendido, en un entierro; él cantaba la misa, que se las pelaba; él revolvía el corro de bolos... en fin, donde se moviera algo, donde pasara algo que no se moviera ni pasara á todas horas y en todas partes, triste ó alegre, allí estaba él sin ser llamado por nadie, sin hacer falta ninguna y sin servir para maldita de Dios la cosa, sino para enmarañar dificultades, agriar lo dulce ó entorpecer lo hacedero. Sólo en muy determinados casos era Quilino el primero de todos los concurrentes, quiero decir, el que se llevaba la mejor parte: verbigracia, en los casos de zambra y alboroto entre los mozos del pueblo, por rivalidades de barrio ó cuestiones de galanteo. Con ser él incapaz de herir á una mosca, ya se sabía: la primera bofetada ó el primer garrotazo, para Quilino; y Quilino al suelo.
Pasaba de los veinticinco años, y, por lo menudo y lampiño, apenas representaba veinte; queriendo aparentar una corpulencia que no tenía, se mandaba hacer la ropa con muchos sobrantes; y de este modo resultaba lo contrario de lo que se proponía: que destacaba más su pequeñez, amén de parecer vestido de prestado. Los domingos se llenaba las orejas de claveles, la cinta del sombrero de siemprevivas y plumas de pavo real, y las alpargatas de dibujos de hiladillo verde y encarnado. ¡Todo por las buenas mozas! Y precisamente era de ellas, de las buenas mozas, de donde salían las zumbas más crueles y los motes más depresivos para él. No tenían número las calabazas que llevaba recibidas en el pueblo y fuera del pueblo; y esto era lo que le perdía ya en todos sus empeños amorosos: la fama, que le seguía como su sombra, de «barrido de todas las cocinas...» Porque, aparte de ello, Quilino, en buena ley, no merecía tan mal trato: era trabajador, no bebía, era hijo de buenos padres, y no pobre de solemnidad; y estampas más ruines que la suya habían hallado buenas colocaciones en el lugar. En honor suyo hay que decir también que, gracias á sus buenas prendas, nunca llevó las calabazas en crudo. Se le dejaba rondar, se le abrían las puertas de la casa los sábados por la noche, se le daba ingreso en la cocina; y cuando era llegado el momento de «hablar,» se le respondía indefectiblemente que la moza estaba comprometida ó esperando á que «hablara» el mozo que se le había anticipado... «¡Recongrio...» y cómo se ponía entonces contra «la perra desgracia» que siempre le llevaba tarde á esas cosas! ¡Y con qué altanería alegaba en público aquellas despedidas corteses, contra los murmuradores que le contaban los antojos y galanteos por descalabros en seco!
Á un propósito no menos caritativo obedecían las largas que Pilara le iba dando en sus asedios pertinaces. Le dolía mucho á la noble mocetona despabilar secamente al pobre muchacho que con tanta obstinación y con tan honrados fines la perseguía, si no hemos de creer á los que afirman que Pilara conservaba á Quilino por obligar más á Pedro Juan, que era celoso. Y es de advertir que jamás estuvo Quilino tan obcecado por moza alguna, como por Pilara. Achacábase esto en público á que Pilara era el mejor acomodo de cuantos Quilino había tanteado, con haber sido buenos todos los demás; pero yo me inclino á creer que entraban por mucho en los entusiasmos de Quilino, que era una pólvora, las prendas personales de Pilara; prendas que Quilino no había visto reunidas hasta entonces en una sola moza de su «comenencia.»
El caso es que él insistía en sus trece, y que estaba resuelto á insistir mientras no se le plantara en seco en mitad de la calleja. El suceso de la Arcillosa, con el subsiguiente de la llegada del Josco al mismo goterial de Pilara cuando él se disponía á tener con ella y con toda su casta una explicación que dejara bien deslindados los campos, le acabó de encalabrinar, y aquella noche no pegó los ojos. Pensando y pensando, creyó que, para acabar de una vez, le tenía más cuenta ajustar la que le desvelaba con el mismo Pedro Juan, por la buena y en paz y en gracia de Dios; y como era mozo que no dejaba que se le encanecieran en el cuerpo las resoluciones que tomaba, en cuanto apuntó el día se tiró de la cama y echó á andar hacia Las Pozas, haciéndose el sordo á los mugidos con que desde la cuadra le pedían las bestias de pesebre el acostumbrado desayuno.
—¡Recongrio!—pensaba Quilino mientras iba varga abajo, unas veces callandito, y muy á menudo hablándolo bien recio y con la mímica que cada pensamiento reclamaba.—Esto tiene que acabar hoy, ó va á haber una gorda en Robleces... Lo que se está hiciendo conmigo no tiene igual... ¡vamos, no tiene igual!... Bueno que al hombre se le estime en más ó en menos de esto ú de lo otro, porque pa eso están los ojos en la cara y el sentío en los aentros; pero ¡congrio! que se le diga... ¡que se le diga, congrio! y hablando se entiende la gente. Eso de callarse, como se hace conmigo un mes y otro mes, y hoy no te respondo y güélvete mañana... ¡hombre, esto ya es ultraje pa uno y puro menosprecio!... Pero ¡recongrio! ¿por qué me habrá pasao lo mesmo en toas partes? Si dijéramos que yo me descuido... ¡Pero si moza vista por mí, que me convenga, ya tiene el envite encima! ¡Y con too y con ello, siempre envido tarde!... ¡Ahora, dígaseme si esto no es la pura desgracia en carnes vivas!... Corren malas lenguas que too ello es castigo de Dios porque me dejo llevar de la cubicia en esas cosas... ¡Mentira, congrio! Si pongo los ojos en moza que tenga los fisanes, yo tengo la sal pa la puchera... y esto no es ser cubicioso... Quisiera yo ahora mesmo de repente que Pilara no tuviera pan que llevar á la boca... ¡Se vería, congrio, se vería si Quilino la golvía la espalda como se la golverían otros que hoy se beben los aires por ella!... ¡Recongrio, qué personal de moza el suyo!... ¡Y decirme á mí que tengo en más los cuatro intereses que puedan tocarle en el día de mañana, que aquella rebustez de carnes y aquel mirar de ojos... y aquellos!... ¡Recongrio, cómo me gustan á mí las mozas grandes y de güena color! ¡Me alampo, congrio, me alampo por ellas! Y cuanto más grandes, mejor que mejor... ¡Si, pensándolo bien, no sé cómo pude pedir á Quica y á Nestasia, que no me allegan á mí á salva la parte! Y luégo ¡tan esmirriás y bajucas de color!... Pos güeno: yo voy ahora á Las Pozas; voy á verme con Pedro Juan, porque quiero que se me estipule claro eso... Pero ¡recongrio!... ¿qué puede haber visto Pilara en el Josco que no haiga en mí? El Josco, fuera del alma, no tiene sentío corporal: es una pura bestia; y hoy por hoy, está, en punto á intereses, más á esquina viva que yo. Y si levanta media cuarta por encima de mí, y es más doblote y más... ¿qué vale eso, recongrio? ¿Sabe de letra lo que yo sé? Pos no conoce la O... ¿Sabe echar un _Kyrie_ ni entonar solo en una ronda... ni rondar tan siquiera?... ¿Baila él, por si acaso? ¿Se arriesgó en jamás á decir á una moza «güenos ojos tienes?...» ¡Que anda en la mar como por su casa, y que es forzudón en tierra y hace su labor de labranza como la hacen pocos y sin decir _jus ni muste_, y siempre á su cuento!... ¿Y qué vale eso, recongrio? Yo tamién cumplo con mi deber y llevo mi labor palante sin que me pise naide los pies; y respetive á la mar, nunca en ella anduve; pero si me avezara, nos veríamos, ¡congrio! nos veríamos... Y á más á más, yo canto igual de Iglesia que de too lo que salga; yo sé de pluma como pocos del lugar; yo echo un armón á una pértiga si se me da la herramienta al caso; yo hablo en concejo tomando la vez de mi padre, que no se atrive, y no basta el vecindario entero á tapame la boca cuando se empeña en que yo no soy quién, por hijo de familia, pa decir palabra allí... ¡Recongrio! ¡yo me meto en toas partes en que se meta alma nacía pa hacer lo que haga el más guapo!... ¿Y vale él pa eso, congrio? ¿Se atrive tan siquiera á probar si vale ú no vale? ¡Y con too y con ello, Pilara esperando y esperando á que hable el Josco, y tú, Quilino, á resultas, y güélvete mañana y güélvete otro día!... ¡Recongrio, yo digo otra vez que esto no se puede aguantar en pacencia!
Aquí tiró Quilino el hongo roñoso y descolorido al suelo, con gran furia, y pateó tres veces alrededor de él. Había llegado al portillo que separa las praderas de la sierra calva, y desde allí se columbraba ya el tejado de la casuca del Lebrato. Quilino, después de desahogar con interjecciones y pataleos lo más agrio del repentino berrinchín, pensó que sería muy conveniente, antes de encararse con el Josco, disponer con sosiego el plan, ó siquiera los puntos principales de su embajada; y con esta idea tan cuerda, se sentó en el mismo portillo, que era de vallado, á la sombra proyectada sobre él por el alto y espeso bardal en que estaba embutido.
Sentado Quilino tan guapamente, volvió á funcionar su discurso del siguiente modo:
—Yo voy ahora mesmo á Las Pozas, porque nesecito verme con Pedro Juan. Bien cercuca está ya la su casa: en dos saltucos estoy allá. Curriente... Yo llego á verme con el Josco y le digo: «Pedro Juan, no vengo al auto de lo de ayer tarde en la ré... Tuve un pronto allí, tuvistes tú otro, mos desapartaron... y sacabó esa historia... Yo no te quiero mal, aunque otra cosa te digan malos quereres y piores lenguas; pero bien sabes que me pasa... esto y lo otro y lo de más allá...» ¡Recongrio! que me pasa esto no lo puede negar él; y no pudiendo negarlo, en josticia estoy al hablarle de lo que le hablo. ¡Pos, hombre, podía no conocerlo así!... Curriente. Que lo conoce y me contesta:—«Quilino, ¿qué es lo que quieres de mí?»—«Pos, hombre,» le digo yo, «que anoche estuviste en cá Pilara; que no sé, á la hora presente, si hablastes ú no hablastes en finiquito; y que si hablastes ú no, y si te arrespondió que tales ó que cuales, lo quiero saber de tu boca y no de la suya, pa acabar así primero con esta consumición que me está acabando á mí...» ¡Recongrio! me paece que tamién esto es de lo menos que puede decir un mozo que se ve como yo me veo... Si el Josco fuera un sujeto del aquél de los demás sujetos, no habría qué sobre el caso; pero tras de que nunca es él muy parcial ni explicativo, es hombre de lunas; y cuando la tiene, como paece que la tenía ayer en la Arcillosa, larga la guantá antes que la palabra... Esto hay que conocelo y estimalo en el caso presente; porque ¡recongrio! yo tamién soy hombre de güétagos; y en cuanto doy con otro que tal, me enrito en un periquete y me... Vamos, ¡congrio! que me pierdo... ¡me pierdo!... Pos pinto el caso que le da por la güeña, y me dice:—«Quilino, de eso que deseas saber, no hay ná hasta la presente, porque no solté anoche palabra anguna sobre el particular...» Pos ¡congrio! á un hombre que arresponde esto, bien se le puede decir, sin agraviale:—«Pedro Juan, ó al río ú á la puente: si te paece poco un día, toma dos... ú cuatro ó cinco; pero, pasaos que sean, si no has roto á hablar en ellos, déjame el campo á mí: ya sabes que estoy á resultas...» Pero ¡congrio! _(Quilino se levantó de repente, y se arrancó el sombrero de la cabeza.)_ ¡Si el pior mal consiste en que Pilara está jalando de la lengua á ese animal; y anque él se empeñe en callarse la boca, le ha de hacer ella que cante! _(Al suelo el hongo.)_ Y como él no desea otra cosa... _(patadas al sombrero)_ agarraráse al supuesto pa lograr lo que no puede de por sí sólo... _(Más patadas.)_ ¡Collonazo! ¡Cobardón!... _(Amenazas á la casa del Josco, con los puños cerrados.)_ De modo y manera que el verme yo con el Josco, séase en güeña paz, ó séase en guerra que nos destrompe á los dos, es lo mesmo que empiorar la cosa pa insécula sinfinito... _(Recoge el sombrero.)_ Onde yo tengo que dir ¡recongrio! y va á ser ahora mesmo, es á verme con Pilara. Ella es quien debe decirme lo que pasó anoche allí; y por poco que me quede en limpio, quedaráme el consuelo _(puñetazos al hongo)_ de desfogar la corajina cantándola á la oreja avangelios que la saquen las colores á la cara... ¡Ya verá si no hay más que dar á un hombre como yo con la puerta en los bocicos, como se corrió en la Arcillosa!... Y respetive al Josco... ¡nos veremos tamién en su hora y punto! _(Se encasqueta el sombrero.)_ ¡Ay, recongrio!... ¡qué negro va á ser ese día en Robleces!
Y con esta amenaza entre dientes, tomó Quilino á medio galope, varga arriba, el mismo sendero que acababa de recorrer varga abajo.
[Ilustración]
[Ilustración]
VII
CUENTAS DE FAMILIA
Quilino obró como un sabio cuando retrocedió desde el portillo de la sierra. Si llega á bajar á Las Pozas, no vuelve á su casa tan entero como de ella había salido. Estaba el Josco aquella madrugada, que metía miedo.
—Cuenta, Pedro Juan,—le había dicho la noche antes su padre (que ya le esperaba con la torta cocida y la cena dispuesta) en cuanto le vió entrar, de vuelta de su viaje al barrio de la Iglesia.
Pero el Josco, aunque se había sentado á la cabecera del banco que servía á los dos de mesa y de asiento á la vez, ni decía palabra ni probaba bocado. Le daba ira y vergüenza lo encogido y desatento que había estado con Pilara. Al cabo, y en fuerza de apretar el Lebrato, se habían enredado el hijo y el padre en la siguiente conversación, entre _mojada_ de tortuca en la sartén, y pellizcos á la hebra de los mubles recién fritos en ella:
—En primeramente la dí los peces.
—¿Á quién?
—Á ella.
—¿Á Pilara?
—Á Pilara.
—¿Y qué?
—Y que... ná.
—¿Cómo que ná, hombre?
—¡Coles!... que no me atreví tampoco. ¿Lo quiere más claro?
—Pos ¿sabes lo que te digo yo á eso, Pedro Juan? Pos te digo que ¡lástima de peces! Y te digo más: te digo que ¡lástima de calzones que llevas puestos! Faldas de baeta te sentarían mejor. Las cosas claras.
—Respetive á este punto, padre, lo mesmo digo yo de mí mesmo. Vergüenza me da ser tan hombre como soy, y portame como me porto con Pilara... ¡Y si dijiéramos que ella!... Pero ¡coles! ¡si es una dulzura conmigo! ¡Si ella mesma me abre la boca y me pone la palabra en los labios! No me queda ya más trabajo que echarla haza juera... ¡Pos ni eso, coles! ¡ni eso poquitín puedo hacer de por mí solo!... Allí estaba Quilino cuando llegué yo al goterial. Apartóse ella de él, y vínose conmigo hecha unas pascuas en cuanto me vió. ¡Gloria me daba el mirarla, tan arrogantona y tan!... Quilino escapó enestonces ajumando de iras... «Pos voy á dala los peces ahora, díjeme pa mí solo, y pué que así me atriva mejor...» Y la dí los peces; pero por más que los emponderó ella, yo ná, padre, ¡lo mesmo que si me hubiera metío otros tantos en el guandate!... Pude haber roto á hablar si aquello dura, porque era mucho lo que yo me empeñaba en ello; pero antojósele á Pilara enseñar los peces á la gente del portal, llamáronme aentro, dióme vergüenza entrar... y escapéme. Avergonzóme esto más entoavía, y golví... Llamé á Pilara, salió de contao, díjome que me atriviera á decirlo cuanti más luégo... y ¡coles! ¡ni por esas me atreví!... y escapéme otra vez, sin parar hasta la casa de ese hombre. Al golver de ella, Pilara esperándome á la ventana de la cocina; y yo ¡recoles! tapándome las orejas por no oirla tusir de mentirucas, y apretando á correr calleja abajo, como si los demonios me llevaran... y creo que es la pura verdá... Y no hay más que esto, padre... Ahora, déme cuatro mascás, que, por cobardón y baldragas, bien merecías las tengo, ¡recoles!
—No es de ese modo, Pedro Juan, como hay que curarte esa cobardía que paece cuento en un mozo de tantas agallas como tú pa otros particulares de mayor compromiso. La cura esa, bien dicho te tengo cómo se ha de hacer, y así hay que hacerla; y así se hará sin tardar mucho, porque pué llegar el caso, Pedro Juan, y te hablo con la experencia de los años, de que pierdas la güena estima en que la moza te tiene, por esa falta que nunca pega bien en los mozos casaderos. Mal paece un hombre que en tales casos peca de atrevido, y mucho le agobia esa mala fama; pero que te libre Dios de dar en tierra por menosprecio de mujer por lo contrario: no te güelves á levantar en toa tu vida.
—Pos esa es la que me quema á mí tamién, padre, que por demás la conozco.
—Si la conocieras bien y te quemara mucho, otros jueran tus arranques por no caer como lo temo.
—¡Le digo, padre, que me abrasa!... Porque, á más á más de cabeme esos recelos, cá vez estoy más alampao por ella.
—Vamos á cuentas claras, Pedro Juan; y que sean éstas las últimas que echemos sobre el caso. Á la vista está, y bien de veces hemos convenío en ello, que aquí hace falta una mujer, porque el desgubierno en la casa nos come la metá de lo que agenciamos fuera de ella: esa es la ley y lo será siempre en la hacienda de los pobres. Pilara es hacendosa; Pilara es honrá; Pilara es la rebustez y la limpieza andando; Pilara te tiene á tí hasta en más de lo que por mi cuenta mereces, con merecer no poco; Pilara, con su por qué pa el día de mañana, supiendo la probeza y los ahogos de tu padre, güelve las espaldas á más de tres mozos bien pudientes pa darte la cara á tí; en su casa no hay quien no la alabe el gusto; saben que si tu llegas á entrar allí como marido de ella, ha de ser pa traétela á Las Pozas, y con too y con ello te abren las puertas de par en par y te hacen, como el otro que dice, la puente de plata.
No quiero meter en la cuenta, pa el respetive, la güena ley que dende mozos nos tuvimos su padre y yo, por lo que siempre fueron esta casa y la suya como la uña y la carne; pero séase lo que se juere, por unas ó por otras, por lo de acá ó por lo de allá, ó mírese por arriba ó por abajo, Pilara caería aquí como de los mismos cielos de Dios... Y ahora te digo que ha de caer; y pa que caiga, ya que tú no sabes amañarte, me amañaré yo hablando por tí...
—¡Coles, que me da mucha vergüenza eso!
—Más vergüenza debía darte lo otro... Hablará don Alejo si no...
—Tampoco, ¡recoles! Pior que pior.
—Pos no hay otro remedio pa curar los tus males, y con él he de curátelos, Pedro Juan, por éstas que son cruces, si no los curas tú bien aína por tí mesmo. Y dejemos esto aquí, como el acero en su vaina, y vamos al otro particular. ¿Qué te dijo... ese hombre?
—¡Mal rayo le parta!
—¿Eso te dijo?
—Lo digo yo, padre, porque así mesmo lo deseo.
—Mal deseao, Pedro Juan.
—¡Es un retuno desalmao!
—Anque lo sea: no se puede desear mal á naide, por mucho que lo merezca... como ese.
—Pos le daremos confites si no, ¡recoles! ¿Le paece?
—Tampoco, Pedro Juan; que es tan malo no llegar como pasarse... y vamos al punto. ¿Qué te dijo... ese hombre?
—Pos ese hombre me pagó el regalo, ajustándome la cuenta de lo pescao esta tarde en la ré, á peseta la libra.
—Media hora hace, Pedro Juan, que vino á comprarlo en junto la _Bisoja_, y á tres reales se lo dí, grande con chico. ¿Y qué montante sacaba él?
—Tres duros justos, á ojo de quince libras que él amontonó porque le dió la gana.
—Á tener que pagarlo de su bolsa, ya hobiera corrío menos el peso. Trece libras y media resultaron, que valieron cuarenta reales y medio. Y ¿pa qué te ajustaba esa cuenta, Pedro Juan?
—Pos ¿pa qué había de ser, coles? Pa llamase á la parte.
—¡Alma de Satanincas! Por mucho ruego, pude sacar á la Bisoja tres pesetas de presente. Dios sabe cuándo veremos lo restante, aunque quedó en traelo mañana antes de la otra ré. Y tú ¿qué le dijistes?
—Se las canté claras. Sólo que hubiera querío yo cantáselas á guantás, mejor que con la lengua.
—No te diré que no lo mereciera bien; pero, por sí ó por no, Pedro Juan, nunca te dejes llevar de súpitos cuando con él te veas.
—¡Ésta es más gorda, coles!