La Puchera · Unidad 8 de 37
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—Será lo que te paezca; pero así están las cosas, y así hay que tomarlas: á contrapelo. Ya lo sabes tú tan bien como yo. Lo que importa es no olvidarlo, porque en manos de ese hombre está el poco pan que tú y yo comemos. Por güenas ó malas artes, suyo es hasta el aire que alendamos aquí... y un pico más que mediano, que es la espina, Pedro Juan, la espina que nos ajuega. Á lo otro, ya estaba uno avezao; y con darle media cogecha al cabo de cada año, pagos y finiquitos juéramos, y en paz con el dimoño. ¡Pero esa espina!... Verás tú la cuenta: cuarenta duros jueron los emprestaos por él cuatro años hace; no ha pasao dende estonces una mala peseta de su mano á la mía; nusotros le damos cada año un güen qué de la ganancia de la pesca, y con too y con ello sube la trampa á más de sesenta duros á la hora presente, dispués de pagao por parte el total de rentas y aparcerías, por tierras, casa, embarcaciones y ganao. ¿Cómo puede ser esto, hombre de Dios? Loco me güelvo pa aclararlo; y él, con decirme que es motivao al réito y enseñame un papelón escripío de números y encareceme mucho esos favores, firmo el recibo que me pone por delante, ¡y arriba siempre la marea! Y conoce, Juan Pedro, que te roban, ¡y aguántate sin resollar palabra, por temor de que no te dejen de la noche á la mañana á las temperies de Dios, sin otro amparo que lo puesto!,.. ¿Te paece, Pedro Juan, que con estos caudales se puede echar roncas á... bribones como ese?... Hoy salió tal cual ayuda de la ré; en la de mañana y en la otra, sabe Dios lo que saldrá. Si el tiempo sigue al nordeste, iremos á la mar con la barquía, á la mojarra y á los durdos, de día ú de noche, según tercien otros trabajos; algo dará en su tiempo la ostra; y en las noches que se pueda salir de la barra en la otoñá, al anguilo otra vez ¡y quiera Dios que con mejor suerte que en esta última campaña de primavera!... Pos iremos comiendo de ello, hasta la cogecha del maíz, sin que se nos vaya la mano; y el sobrante, al pozo de ese hombre sin calo, pa que suba otro poco la marea de la trampa... Esto bien lo sabe él. Pos ¿á qué te va con esas cuentas, como si aquí las tuviéramos olvidás ó nos diéramos á la bribia, y no hubiera caído en sus manos lo que jué mío, por desgracias que Dios dispuso y trampas que me jué armando Satanás?
—¡Hay que matar eso, padre!
—¿Cuál, hijo?
—Esa trampa.
—¿Con qué?
—Con el ganao que sea nuestro: ya se lo he dicho más veces.
—¡Si no alcanza, bobo! Tamién te tengo ajustá esta cuenta. Las dos vacas son suyas; y en las dos novillas, no tenemos más que la metá: una novilla, vamos.
—Pos con esa novilla y lo que se le pueda arrimar de la pesca de too el año...
—La metá de la trampa; y ten por cierto, Pedro Juan, que si no la matas de un golpe, tanto le entregues á cuenta de ella, tanto pierdes.
—¿Por qué ha de ser eso, coles?
—¿No te lo tengo bien dicho? Motivao al réito de lo que queda en pie. Así lo arrojan los números que él hace.
—Es que ese día ¡coles! iría yo á hacer la entrega; y mano á mano con él, onde no me oyera naide...
—Pior que pior, Pedro Juan. La mocedá es mala consejera: créeme á mí que soy viejo y tengo bien conocío á ese hombre. Pa cada gustazo que tú quisieras darte como ese que dices, tiene él veinte modos de echarnos á perder. Bien que pensemos en arrancar la espina antes con antes, y claro está que ha de ser con la ayuda de la novilla y lo que vaya viniendo por onde Dios disponga; pero hoy por hoy, que no tenemos el completo, el temporal en los prefundos y en la cara el güen celaje. Eso vengo hiciendo yo, Pedro Juan, un año y otro. ¡Qué poco pensarán los que me ven hecho unas tarrañuelas en la ría y en la mies, que tu padre tiene pesaumbres que le roban el dormir más de cuatro veces!... Y ¿qué quieres que te diga, hombre? Sobre que al cabo y al fin no ha de sacar uno mejor zoquete llorando que riéndose, lo que uno se ría, aunque sea de mala gana, eso saldrá ganando.
—Va en genios.
—Verdá es en parte; pero entra por mucho en ello la experencia de los años. Y quédese esto así, por ahora; piensa en lo tratao endenantes sobre el particular de Pilara, que es de más urgencia de lo que tú te feguras; tapa esos tizones... y vámonos á la cama.
Mucho atormentó al formalote y honrado Pedro Juan, en los primeros ratos de insomnio, el recuerdo de las maldades del Berrugo con su padre; pero aún le desveló mucho más el examen de su conflicto con Pilara: entraba tanto en la pelea lo amargo como lo dulce; y así sucedió que, lo mismo soñando que despierto, el Josco fué toda la noche un huracán, tan pronto desatado en suspiros clamorosos y temblones, como en bramidos desaforados que despertaban á su padre. Á la madrugada siguiente, aún sentía la resaca de tan fiero temporal en los profundos de su pecho.
¡Y esa fué la ocasión elegida por Quilino para bajar á Las Pozas á hombrearse con Pedro Juan! ¡De buena se libró el cascarrabias, con volverse desde el portillo de la sierra!
[Ilustración]
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VIII
EL MÉDICO DON ELÍAS
La casa de don Elías era la anteúltima del barrio de la Iglesia por aquel lado en cuya dirección iba él, y se llamaba _la casa de los Médicos_, por ser la que habitaban todos los titulares del lugar. No servía para otra cosa en un pueblo de labradores, por su relativa pequeñez y aseñorada disposición, ni en el pueblo la había semejante para cumplir los destinos que le habían valido el mote. Cuatro paredes lisas, dos de ellas ciegas, con balcón y dos ventanas en la del Sur, y otras dos ventanas en la del saliente; un tejado de dos aguas con buhardilla y chimenea; la puerta de ingreso debajo del balcón, y un huertuco arrimado á la pared del Este. Tal era por fuera. Por dentro: la planta baja con el arranque de la escalera en el fondo; á la izquierda un pesebre que en tiempos de don Elías sólo sirvió de albergadero de gallinas, y lo restante para vestíbulo y leñera, sin solución de continuidad. En el piso, una salita, que también servía de comedor y, cuando caía una consulta, de despacho del médico; tres alcobas y la cocina. En lo alto, un desván en el que no se podía andar de pie; y paren ustedes de contar.
Allí moraba don Elías con su mujer, tullida por el reúma y encamada seis años hacía, y cuatro hijas mozas, con unos genios y unas inquietudes que no cabrían en la sierra del lugar. No podía calcularse, á ojo, la edad de ninguna de las cuatro: cada una de ellas parecía más vieja que las otras tres; y todas juntas daban, de pronto, la idea de un montón de orujo, resultante de una cosecha exprimida fuera de sazón. No se me ocurre comparación más adecuada al aspecto y atavío de aquellas cuatro mozas. Su padre andaría rayando con los sesenta años, y llevaba trece de médico de Robleces. Á Robleces fué á parar desde tierra de Campos, de donde era nativo; y se había casado en un pueblo de la Rioja, cuyo partido sirvió apenas licenciado en su carrera. Allí pasó dos años, y tuvo la primera hija; á los otros dos, la segunda en la provincia de Burgos; y con los mismos intervalos, mes abajo, mes arriba, la tercera en la provincia de Valladolid, y la cuarta en la de Palencia; con lo que se deja comprender que no calentaba gran cosa los partidos, en los primeros diez años de profesión, el médico don Elías. Tampoco los calentó mucho más en lo sucesivo; pues si de los primeros le arrojaban, ya su mala estrella, ya la ilusión de conjurarla cambiando de postura, de los siguientes le fueron echando las hijas á medida que crecían, y la madre de las hijas según iba viéndolas casaderas, movidas una y otras del mismo impulso y de las propias intenciones, siempre y en todas partes malogradas. De estos fracasos era producto la costumbre de echar pestes aquellas mujeres contra el lugarejo en que residían, al paso que suspiraban por los que iban dejando atrás. Pero de ninguno renegaron y maldijeron tanto como de Robleces, con sus heredades de borona, sus prados rozagantes, sus cajigales frondosos, sus callejones embovedados de bardales, sus brisas húmedas, su cielo nebuloso y sus aldeanos cantadores y en pernetas, que les producían la nostalgia de las llanuras sin fin, del suelo con rastrojos amarillos, del sol de la chicharra en un cielo que se perdía de vista, y de las gentes que le resistían impasibles y taciturnas, envueltas en paño negro, de los pies á la cabeza. Esto era la hermosura, la abundancia y la vida; Robleces la tristeza, la escasez y la muerte. ¡Ah! si su madre no estuviera como estaba tantos años hacía, y por culpa de la indecente charca en que habían caído, ¡qué pronto la hubieran perdido de vista! ¡Allí se habían arruinado ellas; allí habían consumido el caudal que trajeron de reserva, por ahorros en otros partidos y restos de la _millonada_ que fué «de la familia,» y desleales depositarios se comieron de la noche á la mañana! En tal parte ganaba don Elías dos mil duros en metálico y trescientas fanegas de trigo, sin contar el filón de las consultas que acudían de seis leguas á la redonda; en tal otra aún ganaba mucho más, y en cual otra, mucho más todavía; y en cualquiera de esas partes vestían ellas de seda, y andaba la plata maciza tirada por los suelos de la casa. Y todo, todo y otro tanto más, se había confundido en Robleces, donde su madre estaba agonizando y ellas vestían percal, y de los ocho prometidos á su padre por el ayuntamiento y los vecinos, no recaudaban á veces la mitad.
Y por esto, maldición va, improperio viene; y una pelotera con cada vecina que entraba por aquellas puertas, lo mismo que si fuera verdad lo de las grandezas pasadas y la millonada «de la familia,» y como si los de Robleces se lo hubieran comido, y no hubieran gastado las maldicientes el mismo pelaje que en Robleces en cada lugar de la tierra que habían habitado.
Pero lo verdaderamente curioso de esta manía, era que don Elías estaba también contaminado de ella, y que en fuerza de oirlo y de soñarlo, había concluído por creer á puño cerrado que antes de venir á Robleces vestían de seda su mujer y sus hijas, andaba la plata tirada por los suelos de la casa, y hubo «en la familia» una herencia de treinta millones, de un indiano de Méjico, primo hermano de su padre, la cual herencia, apenas empezada á repartir entre los parientes del difunto, desapareció en la ruína fraudulenta de un banquero de Madrid, que la tenía en depósito.
Pero don Elías no injuriaba á nadie más que al banquero, ni pedía cuentas á los vecinos de Robleces de los millones estafados ni de las grandezas fenecidas: antes al contrario, hablaba de todo ello siempre que podía traerlo á colación, y lo traía á cada instante, en tono triste y lamentoso (en ocasiones lloraba); y con tal lujo de pormenores lo refería, que el oyente más incrédulo vacilaba ya. ¿Y cómo tomar por embustero á aquel hombre tan optimista en todo, tan placentero y campechano, con aquella cara bonachona y aquel aire de _señor de aldea_, pero de los limpios y bien hablados? Era preciso estar más avezado á estudiar caracteres de lo que estaban los rústicos vecinos de Robleces, para conocer de pronto todo lo que había de candor pueril, de histerismo, de inexperiencia y de ignorancia, en el fondo de aquel sujeto, cuya palabra era abundante y jamás mentirosa, si no hemos de entender por mentira todo lo que se dice ajustado á lo que se cree y se siente, aunque sea lo contrario de la verdad.
En los momentos de sus grandes alucinaciones, hasta se olvidaba el infeliz de que su vida profesional fuera de Robleces había sido también una lucha incesante contra la mala suerte que le arrojaba en los partidos más pobres; de las torturas en que ponía el ingenio para inventar específicos ó acometer especulaciones con qué suplir lo que no daba el partido para matar el hambre, nunca satisfecha, de su familia; y de que había sido tan poco afortunado en sus invenciones científicas y en sus empresas industriales, como en la lotería de los partidos médicos.
Pero pasaba la fiebre; y allí estaba don Elías tan campante, husmeándolo todo y sabiéndose de memoria el lugar, de punta á cabo, por dentro y por fuera, pescando al aire un indicio y trepando por él hasta dar con lo cierto ó con lo que por tal se le antojaba; _previéndolo_ todo... después de haber sucedido, y no asombrándose de nada; haciendo misterio de las cosas más triviales; tragándose los mayores absurdos si traían consigo conflictos y perturbaciones; creyendo en _aparecidos_; conversando de estas cosas con sus enfermos más que de la enfermedad, y devanándose los sesos para discurrir una industria que le proporcionara un mediano sobresueldo. ¡Una industria! Á montones las había capaces de producirle regatos de oro. Pero ¿cuál de ellas no pedía otro de plata para romper á andar? Y ¿dónde tenía él esa plata?
Sin ir más lejos, allí mismo, en Robleces, había una mina sabiéndola explotar bien. ¡Cuántas indagaciones, cuántas horas de velar, cuántos cálculos de pluma le había costado el convencerse de ello! Pero ¿qué adelantaba con estar convencido, si le faltaba lo de siempre, el vil puñado de monedas? Cierto que lo que no hay en casa, puede buscarse en la ajena; pero esas pescas de dinero hay que hacerlas con cebo de cosa que lo valga; y él, en realidad de verdad, ni lo tenía ni lo había tenido en los días de su vida, y por eso ni en Robleces ni fuera de Robleces había logrado plantear negocio que valiera dos cuartos. También sobre esto había cavilado mucho en Robleces, y cavilando y cavilando á medida que crecían las angustias de su hogar con la eterna agonía de la médica, y llegando, por funesta casualidad, á faltarle más de un tercio de la asignación anual por ahogos del municipio y escaseces de los _asalariados_, tales fueron las de su casa, que se resolvió á llamar á las puertas de la única en que había lo que él necesitaba, casi seguro de que no habían de dárselo. Pero como él decía: «el no, conmigo le llevo; y menos que esto no he de sacar;» y, por último, «yo me ahogo, _él_ es un clavo, y al clavo me agarro, aunque me abrase.»
Con estos alientos en el ánimo, recién hechos, como quien dice, caminaba don Elías aquella noche en que le conoció el lector, hacia su casa, después de terminada su visita, temiendo hallar á la puerta alguna nueva _llamada_, y con dudas muy fundadas de no tener qué cenar.
No hubo _llamada_ esperándole á la puerta; pero sí grandes señales de haber arriba tiberio gordo. Esto no le apuró maldita la cosa, por ser lo diario y corriente en su casa. Empujó la puerta que estaba arrimada, encendió una cerilla y subió al piso. En el cual se halló á la vallisoletana tirando de la greña á la burgalesa, y á la riojana enredada á denuestos con la palentina, mientras de la alcoba inmediata (porque esto ocurría en la salita) salían, como del fondo de un sepulcro, los ayes angustiosos de la médica. Por el suelo había chancletas esparcidas, y se mascaba el polvo del ambiente.
No se cansó don Elías en preguntar el por qué de aquella pelamesa, ni tampoco en el intento de conjurarla. Dejó que se acabara ella sola, y entró en la alcoba de su mujer para hacerla maquinalmente las preguntas de costumbre y oir los quejidos y lamentaciones de todos los días.
Cuando notó que había cesado lo de afuera volvió á la salita, que no tenía más luz que la que le tocaba de un cabo de vela que ardía muy escondido á la puerta de la alcoba. Preguntó si había qué cenar; y como quisieran las mujeres hacerle juez en la querella mal apaciguada, ocultóse otra vez junto á la enferma sin responder á su pregunta ni desplegar sus labios. Al fin, sobre una mesita de pino que había en la sala, fueron poniendo sus hijas, con airados ademanes y mucho golpeteo, un perol de sopas de ajo, media torta de pan, un huevo pasado por agua, un pedazo de queso duro y un cortadillo de vino tinto. Salió don Elías; cenaron todos de aquello, menos del huevo, que, como el vino, se le sorbió el médico solo; y después de dar el último caldo á la enferma, fueron los sanos á recogerse, no sé cómo ni dónde, porque eran otros tantos misterios impenetrables las alcobas de aquella casa, en cuyas «buenas camas» había que creer por lo que las ponderaba don Elías en todas partes.
Y vamos al caso, que ya es hora.
Don Elías se esmeró en su equipaje al día siguiente más que lo usual; es decir, se puso camisa limpia, la corbata de lunares y el sombrero bueno; porque en cuanto á vestido, jamás tuvo otro que el puesto, intachable, eso sí, de limpieza y buen caer, pues el hombre era como los mismos oros y sabía llevar la ropa, que es un don como otro cualquiera; se echó en el bolsillo más hondo de su gabán unos papelotes; hizo apresuradamente la visita á los dos enfermos que tenía en el barrio, dejando las restantes para la tarde; y á punto de las diez de la mañana, estaba ya en el estragal de don Baltasar Gómez de la Tejera llamando con el puño de su bastón en la media puerta cerrada. Mandáronle desde arriba que subiera, y subió golpeando mucho los peldaños y tosiendo recio, como quien pisa terreno conocido sin miedo alguno y sin maldita la necesidad.
Recibióle don Baltasar en mangas de camisa y con un horcón en la mano, porque acababa de amparar con una laña bien clavada la punta que se le resentía; y le dijo plantándosele delante y cortándole el saludo comenzado:
—Pues ¿quién desea morirse aquí sin que yo lo sepa?
Don Elías sintió entonces que se le enfriaban mucho los ánimos; no porque hubiera pescado la malicia del apóstrofe, que para esto no era tan hábil como para armar torres y montañas sobre el dicho ó el hecho más trivial que corriera por el pueblo, sino porque él llevaba imaginado el _argumento_ de la visita, y en ese argumento no entraban ni las palabras, ni el tono, ni el aire con que don Baltasar acababa de saludarle... Á esto achacaba el buen don Elías su repentino encogimiento; pero el verdadero motivo consistía en que el pobre médico se pasaba de sencillo y tenía más valor para resistir su pobreza que para pedir á un rico la limosna de su amparo; y á los temperamentos así, todo ruido les suena á desaire y menosprecio. Fuera lo que fuese, sucedió que don Elías, sombrero en mano y con el escaso valor que le quedaba, respondió así á la pregunta del Berrugo:
—Ni Dios lo permita, señor don Baltasar... Lo que hay es que _me caminaba_ de la visita, ¿está usted? y pasando por delante de la portalada, me dije: «¡vaya una temporada que hace que no he estado yo en esta casa! Pues vamos adentro á saludar á esos señores... y quizás del tiro hable yo al señor don Baltasar de un asunto que puede importarle.»
Don Baltasar se hizo el admirado de lo del asunto que podía importarle; y mientras se resobaba la barbilla con la mano libre, exclamó:
—¡Hola, hola! ¿Conque nada menos que eso? ¡Vea usted cómo, por donde menos se piensa suele venir la fortuna!
—No lo dije por tanto, señor don Baltasar; pero ya que estamos en ello... valga poco ó valga mucho, hablándolo puede verse.
—¿Y usted desea que hablemos de ese asunto?
—Si usted me concede ese favor...
—Yo, señor don Elías—dijo entonces el Berrugo andando hacia la sala, después de haber echado por delante con un ademán expresivo al médico,—siempre estoy dispuesto á conceder cuanto se me pida, no siendo dinero; porque ese, para mí le quisiera yo.
Esta advertencia fué otro jarro de agua para don Elías; el cual, sin darse por entendido, dijo según iba andando y sin volver la cara:
—¿Supongo que doña Inesita y _doña_ Romana seguirán tan buenas como siempre?