La vieja verde: Estudios al natural · Capítulo real 10 de 18
Capítulo 10
Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 1 tramo técnico para mejorar el rendimiento.
En que se vé que yo no podia dudar de que mi esposa era inocente.
Yo tenia un hombro terriblemente dolorido á consecuencia del brutal garrotazo del lacayo, esposo de Emilia, de la que no conocia yo más que una parte del delicioso bulto, y sentia no ménos dolor en otra parte por el puntapié recibido á causa de otra mujer, á quien no conocia ni poco ni mucho.
Estaba horriblemente mojado.
Temblaba de frio.
Sentí, pues, un grande consuelo físico por la impresion de la alta temperatura de aquel gabinete.
Me habia dado en la nariz un suave perfume.
Lo primero que habia visto habia sido un cándido lecho completamente blanco.
Una mujer estaba replegada sobre una butaca al lado de una chimenea encendida.
Yo no podia juzgar de esta mujer sino á bulto, á causa de su posicion.
Yo no estaba para saludos.
Ni para nada.
Me molestaban los dos dolores de las dos contusiones.
Arrojé el gaban empapado de agua, que no era ya abrigo, sino tormento, y me senté desfallecido en una butaca que habia al otro lado de la chimenea.
Poco á poco fuí volviendo á la reflexion, tranquilizándome.
Lo que primero me pareció bien, fué el aspecto del aposento.
Estaba en una casa perfectamente amueblada.
Con un gusto exquisito.
Con riqueza.
¡Luego eran ricos!
La mujer que estaba delante de mí, vestía una bata del mejor gusto.
Luego era elegante.
En el peinado tenia una pequeña flor de oro y en ella un grueso diamante.
Era posible que el señor coronel Arrumbales, si no era un hombre muy rico, fuera á lo ménos muy bien acomodado.
El me habia dicho:
--Entra en el cuarto de tu esposa.
El me habia casado con ella.
Yo me habia enjugado.
Se me habia calmado en gran manera el dolor de los golpes.
No me sentia del todo mal.
Todo aquello olia bien.
Yo estaba vestido de una manera elegante y distinguida.
Era posible que bodas aquellas cosas que habian tenido lugar en pocas horas, y de una manera tan extraña, las hubiese permitido la providencia para convertirme, dándome una posicion honorable.
Aquel Alfredito á quien habia llamado la niña, me inquietaba.
Me acordaba, por otra parte, de mi hermosa, de mi adorada Micaela, de mi esposa del corazon.
La historia del hombre se hace por sí misma.
Las eventualidades...
Las consecuencias...
Una eventualidad me habia llevado junto á aquella jóven que estaba delante de mí, replegada con la cabeza entre las manos, inmóvil y silenciosa, como si hubiese estado muerta.
¿Cuál era su edad?
¿Cuál su figura?
¿Hasta qué punto eran graves sus amores con Alfredito?
Era necesario averiguar todo esto.
¿Y á qué habia yo de andarme con timideces con mi esposa?
Me acerqué á ella y la así las manos para apartarlas de su cabeza.
Me extremecí.
¡Oh! ¡Qué morvidez, Dios mio!
¡Qué forma de brazos!
Levantó la cabeza.
Apareció en su semblante una expresion de sorpresa, de admiracion.
No he visto nada tan candoroso, tan puro, tan hermoso como aquel hechicero semblante, en que aparecia aún la infancia unida á una poderosa y desarrollada hermosura.
Apenas si aquella criatura tenia quince años.
Era blanca nacarada, rubia dorada; con una boca de lábios purpúreos; con unos ojos celestes, con pupila negra, dulces y al par poderosos, incitantes y puros.
El candor, la virginidad, aparecian en ella de una manera indudable.
Sus amores con Alfredito debian ser una tontería, una niñada.
La inocencia rebosaba de todo el sér de aquella criatura.
Sentí ánsias de amor.
Se me apretó y se me dilató el corazon.
Yo no acertaba á explicarme ni queria explicarme lo que me sucedia.
Yo, dueño de aquel arcángel, por una casualidad rarísima, por una sucesion de aventuras inauditas, no sabia qué pensar de aquella otra aventura presente, más inaudita aún.
Sin duda el coronel Arrumbales, tomándome por el amante de su hija, habia supuesto entre ella y yo una intimidad completa, y se habia tal vez dicho:
--No importa: le retengo prisionero: le considero ya el marido de mi hija; ¿qué más dá?
Hay hombres muy raros.
A mí me han sucedido en este mundo cosas increibles.
La locura coge á una gran parte de la humanidad.
La estupidez á otra parte mayor.
Los hombres de buen sentido son raros, muy raros.
Apenas si se encuentra uno en toda la vida.
¿Quién comprendia, ni quién podia comprender la temeridad de aquel terrible coronelazo, dejando sola con un hombre á su hija, sino por un exceso de positivismo, ó más bien de cinismo?
En cuanto á mí, no me pesaba de la aventura.
Se unia á esto que la sorpresa que yo habia causado en la niña, era grata para ella.
Fijaba en mí, con un placer candoroso y tentador, sus grandes ojos garzos.
--Yo creia que era Alfredito,--me dijo.
--¿Y quién es Alfredito?--dije yo.
--El vecino.
--¿Y quién es el vecino?
--Un muchacho.
--¿Qué edad tiene?
--Doce años.
--¿Y por qué salias tú á recibirle al terrado?
--¡Calla! ¡Y me tutea usted!
--Eres mi esposa.
--¡Ah! ¡Es verdad! Papá dijo: «Entra en el aposento de tu esposa:» por eso yo creí que seria Alfredito, porque es mi novio.
Yo me espeluzné.
A pesar del aspecto de inocencia de la niña, en que yo veia una inmaculada pureza del alma y del cuerpo, aquel Alfredito que se entraba de noche por el terrado en la casa del coronel Arrumbales y en el cuarto de su hija, me irritaba, me mortificaba á pesar de sus doce años.
Hoy los muchachos á los doce años son ya unos pilletes.
Yo no podia tener una conversacion seria con aquella chica.
No me atrevia tampoco á asombrar su alma.
Sentia, por la primera vez de mi vida, un amor puro.
Creia, por la primera vez, en la Providencia.
Supuse que Dios queria que yo no siguiese adelante en mi carrera de perdido.
Yo me reduje á seguir informándome.
Su padre, segun ella me dijo, era un señor muy raro.
Su madre, que era muy jóven, puesto que cuando murió sólo tenia veinte años, habia sucumbido doce años antes.
Yo supuse que la infeliz se habia muerto por no sufrir al coronel Arrumbales.
No me engañé á juzgar por lo que siguió diciéndome _mi esposa_.
Su padre era rico, muy rico.
No tenia parientes.
Era muy celoso.
No quería que nadie se acercase á su hija, ni hablarse con ella.
No se separaba de ella jamás sino para dormir.
No tenia criados.
Una mujer iba por la mañana.
Hacia el servicio de limpieza únicamente.
Cuando acababa se iba.
Además de esto, siempre que esta mujer entraba en la casa, ó el aguador, ó la lavandera, el coronel no se separaba de su Eloisita, que así se llamaba la niña.
Luego el coronel se ponia su uniforme de retirado, hacía que Eloisa se vistiese, y se iba á almorzar con ella al café ó á la fonda.
Si hacia buen tiempo, iban á pié; si malo, el coronel se metia con su hija en la primera parada en un coche simon, y no le dejaba en todo el dia.
Llevaba á Eloisita á todas partes.
Se gastaba con ella un dineral.
Tenia los trajes á docenas.
Sus joyas valian una fortuna.
No habia espectáculo á que no la llevase.
Si algun individuo se iba detrás de ellos, el coronel se volvia de una manera brusca, y su mirada terrorífica ahuyentaba al goloso.
No visitaba á nadie.
Nadie lo visitaba á él.
Habia prohibido á su hija que hablase con las vecinas.
Los cristales de los balcones eran opacos.
No se veia á través de ellos.
Sus maderas tenian llave.
Dentro de casa Eloisa era una monja.
En la calle llevaba junto á sí al cancervero.
En cuanto el padre se apercibia de que á causa de Eloisita los seguia un enamorado, despues de ahuyentarle como he dicho, la emprendia con la pobre niña, y el sermon bilioso no cesaba en seis horas.
Por Eloisita habia tenido el coronel Arrumbales más de un lance desagradable.
Pero eran tan feos los bigotes del coronel, habia estropeado de tal manera á aquellos con quienes se habia batido en duelo, que echó fama y nadie se atrevia ni áun á mirar á Eloisita á causa del respeto temeroso que causaba su padre.
Algunos verdaderamente enamorados de ella y de su cuantiosa dote, habian procurado entenderse, lo cual no era muy fácil con el coronel, y le habian pedido la mano de su hija.
--Usted se ha equivocado;--respondia con una agresiva seriedad Arrumbales:--el matrimonio es la esclavitud de la mujer, y yo no quiero que mi hija sea esclava: mi hija no se casará mientras yo viva, y yo pienso vivir más que ella.
Esto era desesperante.
Hubo quien le dijo que esperaria á que Eloisita fuese mayor de edad.
--Cuando sea mayor de edad y pueda disponer de sí misma,--decia el tremendo coronel, mataré al que mi hija haya elegido para hacerse esclava.
Un desventurado se atrevió á decirle en el colmo de su locura, que seduciria á Eloisita, y que le obligaria á dársela por una razon de honor.
Aún no habia acabado de decirlo, cuando le abofeteó.
El abofeteado no tuvo valor bastante para pedir razon de las bofetadas.
Se las tragó.
Era mucho viejo el tal coronel.
Yo, sin haber conocido á su hija ni haber pedido su mano, habia logrado lo que para otros habia sido imposible.
Esto es, que Arrumbales no sólo me concediese su hija, sino que me la entregase.
Pero yo me temia una nueva y terrible excentricidad.
Por ejemplo: que despues de casada conmigo Eloisa, el coronel la dejase viuda.
Todo habia que temerlo de aquel loco.
La mayor estravagancia era la cosa más natural del mundo tratándose de él.
¿Pero por qué considerándome ya como esposo de su hija me habia encerrado con ella?
Esta era una extravagancia.
Yo estaba contento.
No podia darse cosa más hermosa en realidad que mi Eloisa.
Tenia cuantos alicientes pueden conmover por una mujer á un hombre.
¿Pero era verdaderamente inocente?
¿Aunque fuera inocente, era pura?
Yo me propuse probarlo, y lo probé.
No me quedó duda alguna.
Eloisa era pura como un rayo del sol.
Inocente como una niña recien nacida.
Divina como Venus.
Yo estaba loco.
Habia conocido á Alfredito, que era su vecino, y se ocupaba en buscar nidos de gorriones en el tejado.
Tal fué la causa de que se conociesen un dia en que Eloisa estaba tomando el sol en el terrado, y Alfredito, buscando nidos, la vió.
Así empezaron aquellos amores de niños.
Tanto era así, que cuando Eloisa conoció el amor verdad, no tuvo alma más que para mí.
Y corria el tiempo.
No se oia en la casa el más leve ruido.
El coronel Arrumbales no estaba en ella.
Si hubiera estado, hubiera acudido.
¿Adónde habia ido el coronel?
Me importaba poco.
Yo era feliz.
Feliz de una manera suprema.
Yo bendecia la hora en que habia conocido á mi vieja verde.
Porque el orígen de mi felicidad era doña Emerenciana.