La vieja verde: Estudios al natural · Capítulo real 11 de 18
Capítulo 11
Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 1 tramo técnico para mejorar el rendimiento.
De cómo pude asistir á mi segunda cita.
¿Qué sucedia en tanto en la casa del hombre político don F...?
Ya sabemos que se habia convenido con su lacayo respecto á Emilia.
Este habia sido un arreglo como tantos otros de los que vé todo el mundo en la casa de su vecino.
Pero quedaba el garrotazo de Aurora.
Don F... se fué á ver á su cuñada.
Tenia ésta entrapajada la cabeza, y no se podian sufrir sus gipidos ni sus impertinencias.
Estaba en estado de delirio.
No por el arrotazo, que no habia sido gran cosa, á causa de lo duro que tenia el testuz, sino á causa de su amor.
Habia contraido por mí una pasion trágica, súbita, trascendental, terrible, de primer órden.
Apostrofaba á su cuñado.
Decia que él habia preparado todo lo que habia sucedido.
Que habia armado una trampa infernal para coger al único hombre que habia conmovido su corazon, hasta entonces sin amor.
Juraba y perjuraba que sino se la probaba que á mí no me habia sucedido mal alguno, daria un escándalo que llegaria á las nubes, y haria que las gentes se tapasen los oidos, al ver el estado de sensibilidad en que ella se encontraba.
Amenazaba con que ella probaria que su cuñado habia sido un buitre voraz sobre la cosa pública.
Fué necesario buscar noticias acerca de mí para calmarla.
Gaspar tuvo una inspiracion.
En la cochera se habia encontrado un sombrero flamante.
La etiqueta era de Beiras, calle del Desengaño.
La compra debia haber sido reciente.
El furor amoroso de Aurora no conocia límites.
Aurora conocia más de un secreto trascendental de su cuñado.
Secretos de familia.
Secretos de Estado.
Secretos de toda especie.
Estaba desesperada, y furiosa, y anhelante.
Era la una y media de la madrugada.
¿Pero qué importaba?
Gaspar se fué con el sombrero casa de Beiras.
Apeló al sereno para que le abriesen la puerta.
Abrieron, preguntó, mintió.
Manifestó que se trataba de un asunto de la mayor importancia.
Examinaron el sombrero y declararon que el dia anterior habia sido vendido á un joven que habia ido con una señora ya de cierta edad; pero muy bien conservada.
Por las señas que habian quedado para que se remitiesen otros sombreros de distintas formas, se supo que aquella señora era doña Emerenciana, y yo, por consecuencia, el dueño del sombrero.
Entre tanto, otros criados habian reconocido la casa para descubrir por donde yo habia podido escapar.
Al fin se dió con la bohardilla que salia al tejado, y en éste con las tejas arrolladas.
No se tuvo duda de que yo estaba en la casa del coronel Arrumbales.
O á lo ménos de que yo habia escapado por ella.
No se atrevieron á penetrar en la casa por el terrado.
Esto hubiera sido exponerse á ser tratados como ladrones.
Pero llamaron á la puerta de la calle.
Aurora estaba terrible.
Habia necesidad de satisfacerla.
Nadie contestó al llamamiento.
Al fin, para no ser molestados por más tiempo por aquellos desaforados llamamientos, un vecino del cuarto bajo abrió una reja.
El vecino, que era amable, les dijo que el vecino del tercer piso al cual llamaban, tenia el sueño muy pesado, ó se hacia el sordo, y se prestó á ir él mismo á llamar á la puerta de su cuarto.
Yo obtenia más y más pruebas de la inocencia de mi mujer, cuando nos sorprendieron grandes campanillazos á la puerta del cuarto.
Se sucedian sin interrupcion.
Eloisa y yo nos perdiamos en suposiciones.
No podia ser el papá.
Pero si no estaba en casa el papá, no podiamos responder: estábamos encerrados.
Los campanillazos se repetian.
Se sentian gentes en la calle.
Tampoco podiamos decir nada por el balcon.
Ya he dicho que las maderas de los cristales tenian cerraduras.
¿Qué hacia entonces el coronel Arrumbales?
Estaba encerrado como un hombre en la prevencion del distrito.
¿Y por qué?
En el momento en que considerándome esposo de su hija me encerró con ella, se enganchó en la cintura un par de pistolas, se puso la capa y el sombrero y se fué á la parroquia.
Para él era cosa indispensable, imprescindible, que, sin reparar en formalidades y como _in articulo mortis_, se me casase con su hija en el momento.
Su honor no podia estar en suspenso ni un solo minuto más de lo necesario desde el momento en que él habia conocido, ó creido conocer aportillado su honor.
Despues todo era cuestion de matarme.
Llamó de tal manera á la casa del cura, dijo que para un asunto de tal urgencia necesitaba hablar al párroco, que al fin uno de los tenientes le recibió.
Se asombró cuando le dijo su pretension.
Respondió que era imposible.
Pretendió persuadirle á que esperase que se llenasen las formalidades.
El coronel se irritó, amenazó, se asustó el teniente.
Acudió el sacristan.
No siendo esto suficiente, sobrevinieron los sepultureros.
Se armó una zalagarda del diablo.
Acudió un inspector con algunos agentes, y el coronel fué cogido, desarmado y conducido, á pesar de sus reclamaciones de fuero militar, á la prevencion del distrito.
Nada de esto hubiera sucedido si yo no hubiera conocido á doña Emerenciana.
Fatalidades.
O mejor dicho, consecuencias de consecuencias.
Como el coronel no contestaba, porque no podia contestar, y nosotros no acudiamos, porque no podiamos acudir, ni nos atreviamos á responder á voces desde nuestro cuarto, los que llamaban temieron hubiese sucedido una desgracia.
El sereno llamó á los agentes.
Los agentes al inspector.
El inspector avisó al juez de guardia.
Sobrevino el juzgado.
Se forzó la puerta, se registró.
Llamaron á nuestro cuarto.
Manifestamos que no podiamos abrir porque estábamos encerrados.
El mismo cerrajero que habia abierto la puerta del cuarto, abrió la del aposento de Eloisita.
Me encontraron allí.
Se nos tomó declaracion.
Yo dije que amaba á Eloisa, que estaba resuelto á casarme con ella, que habia encontrado medio para introducirme en su aposento.
Que su padre nos habia sorprendido.
Que nos habia encerrado.
No habia más que decir.
El juez me mandó que le siguiese.
Entonces saltó don F... y dijo quién era, lo cual puso en respeto al juez.
Se convino en que se echaria tierra al negocio.
El juez se fué.
Se fueron todos.
Nos quedamos solos don F..., Eloisita y yo.
--Es necesario,--dijo don F...,--que los dos se vengan ustedes á mi casa; no sabemos las intenciones que puede tener el papá: yo tomo á ustedes bajo mi proteccion.
Eloisita tenia un miedo que no le cabia en el cuerpo.
Estaba además loca de amor.
Se me dió un sombrero del hombre público, que me venia que ni pintado.
Salimos.
Cuando yo me ví en la calle, tuve una feliz ocurrencia.
La de emanciparme.
Yo no sabia por donde podia salir todo aquello.
Lo mejor era poner piés en polvorosa y tomar distancia.
La sombra del coronel Arrumbales me perseguia, me acosaba.
Me dí, pues, á correr como un gamo.
El hombre público quiso seguirme; pero yo volaba.
El sereno habia querido detenerme.
Pero yo habia saltado por encima de él.
Una vez perdido de vista, templé mi carrera, que era demasiado violenta.
Me encontré en la de San Gerónimo, frente á la calle de Sevilla, antes Ancha de Peligros.
Tenia hambre: las aventuras de aquella noche no habian sido para menos.
Me entré en un establecimiento que ya no existe, porque se lo ha llevado el ensanche de la calle, en que se servia muy bien y que era muy concurrido.
La Cervecería alemana.
Allí me encontré con un señorito que habia bebido demasiado, y que se metió conmigo.
Yo no estaba de humor.
Me puse en _franquia_.
Me fuí al Brillante, buen café, que se cerraba muy tarde.
Le encontré cerrado.
Debian ser más de las tres.
Miré el reló.
En efecto, eran las tres y media.
En fin, encontré abierta la chocolatería de doña Mariquita.
Pero mi estómago no estaba entonces para chocolate.
Necesitaba algo más sólido.
Me acogió al café de las Antillas.
Cené bien; luego recordé mi cita con la ex-ministra morena, con Loreto: otra vieja verde.
Mi cita al amanecer en la entrada de la calle de Jesús y María en un landó.
Ya era cerca del amanecer.
Me fuí hácia la plazuela del Progreso.
Cuando iba por la calle de Relatores, pasó junto á mí un hombre alto.
--¡Juro á Dios,--decia,--que á ese miserable le he de hacer pedazos ¡Yo reconocí la voz de Arrumbales!
Me guardé muy bien de llamarle la atencion.
Arrumbales se perdió á lo lejos.
Empezaba á amanecer.
Yo habia templado mi paso desde que habia conocido á Arrumbales.
Temia que se volviese por acaso sobre su camino y se encontrase conmigo y me reconociese.
Llegué sin novedad á la entrada de la calle de Jesús y María.
Allí estaba el landó.
Yo me precipité hácia él.
Me perseguia la sombra de Arrumbales.
Temia verle aparecer otra vez.
Le habían soltado con fianza, según supe despues, de la prevencion.