La Vuelta de Martín Fierro · Unidad 2 de 8

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446 Allí estaban vigilante cuidandonos a porfía; cuando roncar parecían "Huincá", gritaba cualquiera, y toda la fila entera "Huincá", "Huincá", repetía.

447 Pero el indio es dormilón y tiene un sueño projundo; es roncador sin segundo y en tal confianza es su vida, que ronca a pata tendida aunque se de güelta el mundo.

448 Nos aviriguaban todo como aquel que se previene, porque siempre les conviene saber las juerzas que andan, donde estan, quienes las mandan, que caballos y armas tienen.

449 A cada respuesta nuestra uno hace una esclamación, y luego en continuación aquellos indios feroces, cientos y cientos de voces repiten al mesmo son.

450 Y aquella voz de un solo, que empieza por un gruñido, lega hasta ser alarido de toda la muchedumbre, y ansí adquieren la costumbre de pegar esos bramidos.

III

451 De ese modo nos hallamos empeñaos en la partida; no hay que darla por perdida por dura que sea la suerte, ni que pensar en la muerte, sino en soportar la vida.

452 Se endurece el corazón, no teme peligro alguno; por encontrarlo oportuno allí juramos los dos: respetar tan sólo a Dios; de Dios abajo, a ninguno.

453 El mal es árbol que crece y que cortado retoña; la gente esperta o bisoña sufre de infinitos modos; la tierra es madre de todos, pero también da ponzoña.

454 Mas todo varón prudente sufre tranquilo sus males; yo siempre los hallo iguales en cualquier senda que elijo; la desgracia tiene hijos, aunque ella no tiene madre.

455 Y al que le toca la herencia, donde quiera halla su ruina: lo que la suerte destina no puede el hombre evitar, porque el cardo ha de pinchar es que nace con espinas.

456 Es el destino del pobre un continuo zafarrancho y pasa como el carancho, porque el mal nunca se sacia, si el viento de la desgracia vuela las pajas del rancho.

457 Mas quien manda los pesares manda también el consuelo: la luz que baja del cielo alumbra al más encumbrao, y hasta el pelo mas delgao hace su sombra en el suelo.

458 Pero por más que uno sufra un rigor que lo atormente, no debe bajar la frente nunca, por ningún motivo: el álamo es mas altivo y gime constantemente.

459 El indio pasa la vida robando o echao de panza; la única ley es la lanza a que se ha de someter: lo que le falta en saber lo suple con descondianza.

460 Fuera cosa de engarzarlo a un indio caritativo: es duro con el cautivo, le dan un trato horroroso; es astuto y receloso, es audaz y vengativo.

461 No hay que pedirle favor ni que aguardar tolerancia; movidos por su inorancia y de puro desconfiaos, nos pusieron separaos bajo sutil vigilancia.

462 No pude tener con Cruz ninguna conversación: no nos daban ocasión, nos trataban como ajenos como dos años, lo menos, duro esta separación.

463 Relatar nuestras penurias fuera alargar el asunto. Les diré sobre este punto que a los dos años recién nos hizo el cacique el bien de dejarnos vivir juntos.

464 Nos retiramos con Cruz a la orilla de un pajal; por no pasarlo tan mal hicimos como un bendito en el desierto infinito, con dos cueros de bagual.

465 Fuimos a esconder allí nuestra pobre situación, aliviando con la unión aquel duro cautiverio, tristes como un cementerio al toque de la oración.

466 Debe el hombre ser valiente si ha rodar se determina, primero, cuando camina; segundo, cuando descansa; pues en aquellas andanzas perece el que se acoquina.

467 Cuando es manso el ternerito en cualquier vaca se priende; el que es gaucho esto lo entiende y ha de entender si le digo que andábamos con mi amigo como pan que no se vende.

468 Guarecidos en el toldo charlábamos mano a mano: eramos dos veteranos mansos pa las sabandijas, arrumbaos como cubijas cuando calienta el verano.

469 El alimento no abunda por mas empeño que se haga; lo pasa uno como plaga, ejercitando la industria, y siempre como la nutria viviendo a la orilla del agua.

470 En semejante ejercicio se hace diestro el cazador: cai el piche engordador, cai el pájaro que trina; todo bicho que camina va parar al asador.

471 Pues allí a los cuatro vientos la persecución se lleva; nadie escapa de la leva y dende que el alba asoma ya recorre uno la loma, el bajo, el nido y la cueva.

472 El que vive de la caza a cualquier bicho se atreve, que pluma o cáscara lleve, pues, cuando la hambre se siente, el hombre le clava el diente a todo lo que se mueve.

473 En las sagradas alturas esta el Maistro principal que enseña a cada animal a procurarse el sustento, y le brinda el alimento a todo ser racional.

474 Y aves y bichos y pejes se mantienen de mil modos: pero el hombre en su acomodo es curioso de oservar: es el que sabe llorar y es el que los come a todos.

IV

475 Antes de aclarar el día empieza el indio a aturdir la pampa con su rugir, y en alguna madrugada, sin que sintiéramos nada, se largaban a invadir.

476 Primero entierran las prendas en cuevas como peludos; y aquellos indios cerdudos, siempre llenos de recelos, en los caballos en pelos se vienen medio desnudos.

477 Para pegar el malón el mejor flete procuran; y como es su arma segura vienen con la lanza sola, y varios pares de bolas atados a la cintura.

478 De ese modo anda liviano no fatiga al mancarrón; es su espuela en el malón, después de bien afilao, un cuernito de venao que se amarra en el garrón.

479 El indio que tiene un pingo que se llega a distinguir, lo cuida hasta pa dormir; de ese cudao es esclavo. Se lo alquila a otro indio bravo cuando vienen a invadir.

480 Por vigilarlo no come y ni aun el sueño concilia: sólo en eso no hay desidia; de noche les asiguro, para tenerlo siguro le hace cerco la familia.

481 Por eso habrán visto ustedes, si en el caso se han hallao, y si no lo han observao, tenganló dende hoy presente, que todo pampa valiente anda siempre bien montao.

482 Marcha el indio a trote largo, paso que rinde y que dura; viene en dirección sigura y jamas a su capricho; no se les escapa bicho en la noche mas escura.

483 Caminan entre nieblas con un cerco bien formao; lo estrechan con gran cuidao y agarran, al aclarar, nanduces, gamas, venaos, cuanto a podido dentrar.

484 Su señal es un humito que se eleva muy arriba, y no hay quien no lo aperciba con esa vista que tienen; de todas partes se vienen a engrosar la comitiva.

485 Ansina se van juntando, hasta hacer esas riuniones que cain en las invasiones en número tan crecido; para formarla han salido de los últimos rincones.

486 Es guerra cruel la del indio porque viene como fiera; atropella donde quiera y de asolar no se cansa; de su pingo y de su lanza toda salvacion espera.

487 Debe atarse bien la faja quien a aguardarlo se atreva; siempre mala intención lleva, y, como tiene alma grande, no hay plegaria que lo ablande ni dolor que lo conmueva.

488 Odia de muerte al cristiano, hace guerra sin cuartel; para matar es sin yel, es fiero de condición; no golpia la compasión en el pecho del infiel.

489 Tiene la vista del águila, del leon la temeridá; en el desierto no habrá animal que él no lo entienda, ni fiera de que no aprienda un instinto de crueldá.

490 Es tenaz en su barbarie: no esperen verlo cambiar; el deseo de mejorar en su rudeza no cabe; el bárbaro solo sabe emborracharse y peliar.

491 El indio nunca ríe, y el pretenderlo es en vano, ni cuando festeja ufano el triunfo en sus correrías; la risa en sus alegrías le pertenece al cristiano.

492 Se cruzan en el desierto como un animal feroz; dan cada alarido atroz que hace erizar los cabellos; parece que a todos ellos los ha maldecido Dios.

493 Todo el peso del trabajo lo dejan a las mujeres: el indio es indio y no quiere apiar de su condición ha nacido indio ladrón y como indio ladrón muere.

494 El que envenenan sus armas les mandan sus hechiceras; y como ni a Dios veneran, nada a los pampa contiene: hasta los nombres que tienen son de animales y fieras.

495 Y son, ¡por Cristo bendito!, Los más desasiaos del mundo: esos indios vagabundos, con repunancia me acuerdo, viven lo mesmo que el cerdo en esos toldos inmundos.

496 Naides puede imaginar una miseria mayor; su pobreza causa horror; no sabe aquel indio bruto que la tiera no da fruto si no la riega el sudor.

V

497 Aquel desierto se agita cuando la invasion regresa; llevan miles de cabezas de vacuno y yeguarizo; pa no afligirse es preciso tener bastante firmeza.

498 Aquello es un hervidero de pampas -un celemín-. Cuando riunen el botín juntando toda la hacienda, es cantidá tan tremenda que no alcanza a verse el fin.

499 Vuelven las chinas cargadas con las prendas en montón; aflige esa destrucción: acomodaos en cargueros llevan negocios enteros que han saquiao en la invasión.

500 Su pretensión es robar, no quedar en el pantano; viene a tierra de cristianos como juria del infierno; no se llevan al Gobierno poerque no lo hallan a mano.

501 Vuelven locos de contento cuando han venido a la fija; antes que ninguno elija empiezan con todo empeño, como dijo un santiagueño, a hacerse la repartija.

502 Se reparten el botín con igualdad, sin malicia; no muestra el indio codicia, ninguna falta comete: solo en eso se somete a una regla de justicia.

503 Y cada cual con lo suyo a sus toldos enderieza; luego la matanza empieza tan sin razon ni motivo, que no queda animal vivo de esos miles de cabezas.

504 Y satisfecho el salvaje de que su oficio ha cumplido, lo pasa por ahi tendido volviendo a su haraganiar, y entra la china a cueriar con un afán desmedido.

505 A veces a tierra adentro algunas puntas se llevan; pero hay pocos que se atrevan a hacer esas incursiones, porque otros indios ladrones les suelen pelar la breva.

506 Pero pienso que los pampas deben de ser los mas rudos; aunque andan medio desnudos ni su conveniencia entienden: por una vaca que venden quinientas matan al ñudo.

507 Estas cosas y otras piores las he visto muchos años; pero si yo no me engaño concluyó ese vandalaje, y esos bárbaros salvajes no podran hacer mas daño.

508 Las tribus están deshechas; los caciques más altivos estan muertos o cautivos, privaos de toda esperanza, y de la chusma y de la lanza, ya muy pocos quedan vivos.

509 Son salvajes por completo hasta pa su diversión, pues hacen una junción que naides se la imagina; recien le toca a la china el hacer su papelón.

510 Cuando el hombre es mas salvaje trata pior a la mujer: yo no sé que pueda haber sin ella dicha ni goce. ¡Feliz el que la conoce y logra hacerse querer!

511 Todo el que entiende la vida busca a su lao los placeres; justo es que las considere el hombre de corazón; sólo los cobardes son valientes con sus mujeres.

512 Pa servir a un desgraciao pronta la mujer está; cuando en su camino va no hay peligro que le asuste; ni hay una a quien no le guste una obra de caridá.

513 No se allará una mujer a la que esto no le cuadre; yo alabo al Eterno Padre, no porque las hizo bellas, sino porque a todas ellas les dió corazón de madre.

514 Es piadosa y diligente y sufrida en los trabajos; tal vez su valor rebajo aunque la estimo bastante; mas los indios inorantes la trata al estropajo.

515 Echan la alma trabajando bajo el mas duro rigor; el marido es su señor, como tirano la manda, porque el indio no se ablanda ni siquiera en el amor.

516 No tiene cariño a naides ni sabe lo que es amar. ¿Ni que se puede esperar de aquellos pechos de bronce? Yo los conocí al llegar y los calé dende entonces.

517 Mientras tiene qué comer permanece sosegao; yo que en sus toldos he estao y sus costumbres oservo, digo que es como aquel cuervo que no volvio del mandao.

518 Es para él como un juguete escupir un crucifijo; pienso que Dios los maldijo y ansina al ñudo desato: el indio, el cerdo y el gato redaman sangre del hijo.

519 Mas ya con cuentos de pampas no ocuparé su atención; debo pedirles perdón, pues sin querer me distraje; por hablar de esos salvajees me olvidé de la junción.

520 Hacen un cerco de lanzas, los indios quedan ajuera; dentra la china ligera como yeguada en la trilla, y empieza allí la cuadrilla a dar güeltas en la era.

521 A un lao están los caciques, capitanejos y el trompa tocando con toda pompa como un toque de fajina; adentro muere la china, sin que aquel circulo rompa.

522 Muchas veces se les oyen a las pobres los quejidos; mas son lamentos perdidos: al rededor del cercao, en el suelo están mamaos los indios dando alaridos.

523 Su canto es una palabra y de ahi no salen jamás; llevan todas el compás "Ioká-ioká" repitiendo; me parece estarlas viendo mas fieras que Satanás.

524 Al trote dentro del cerco, sudando, hambrientas, juriosas, desgreñadas y rotosas, de sol a sol se lo llevan: bailan aunque truene o llueva, cantando la mesma cosa.

VI

525 el tiempo sigue su giro y nosotros, solitarios; de los indios sanguinarios no teníamos qué esperar; el que nos salvó al llegar era el más hospitalario.

526 Mostró noble corazón, cristiano anhelaba ser; la justicia es un deber, y sus méritos no callo: nos regaló unos caballos y a veces nos vino a ver.

527 A la voluntad de Dios ni con la intención resisto: el nos salvó...¡Ah, Cristo!, Muchas veces he deseado no nos hubiera salvado ni jamás haberlo visto.

528 Quien recibe beneficios jamás los debe olvidar; y al que tiene que rodar en su vida trabajosa, le pasan a veces cosas que son duras de pelar.

529 Voy dentrando poco a poco en lo triste del pasaje; cuando es amargo el brebaje el corazón no se alegra; dentró una virgüela negra que los diezmó.

530 Al sentir tal mortandá los indios, desesperaos, gritaban alborotados: "¡Cristiano echando gualicho!" No quedó en los toldos bicho que no salió redotao.

531 Sus remedios son secretos, los tienen las adivinan; no los conocen las chinas sino alguna ya muy vieja, y es la que lo aconseja con mil embustes, la indina.

532 Alli soporta el paciente las terribles curaciones, pues a golpes y estrujones son los remedios aquellos: los agarran de los cabellos y le arrancan los mechones.

533 Les hacen mil herejías que el presenciarlas da horror; brama el indio de dolor por los tormentos que pasa, y untandolo todo de grasa lo ponen a hervir al sol.

534 Y puesto allí boca arriba, alrededor le hacen fuego; una china biene luego y al oido le da de gritos; hay algunos tan malditos que sanan con este juego.

535 A otros les cuecen la boca aunque de dolores cruja; lo agarran allí y lo estrujan, labios le queman y diente con un güevo bien caliente de alguna gallina bruja.

536 Conoce el indio el peligro y pierde toda esperanza; si a escapárseles alcanza dispara como la liebre; le da delirios la fiebre, y ya le cain con la lanza.

537 Esas fiebres son terribles, y aunque de esto no disputo ni de saber me reputo, "Será", decíamos nosotros, "De tanta carne de potro como comen esos brutos".

538 Había un gringuito cautivo que siempre hablaba del barco, y lo augaron en un charco por causante de la peste; tenía los ojos celestes como potrillo zarco.

539 Que le dieran esa muerte dispuso una china vieja, y aunque se aflije y se queja, es inútil que resista: ponia el infeliz la vista como la pone la oveja.

540 Nosotros nos alejamos para no ver tanto estrago; Cruz sentia los amagos de la peste que reinaba, y la idea nos acosaba de volver a nuestros pagos.

541 Pero contra el plan mejor el destino se rebela. ¡La sangre se me congela! El que nos había salvado cayó tambien atacado de la fiebre y la virgüela.

542 No podiamos dudar, al verlo en tal padecer, el fin que habia de tener, y Cruz que era tan humano: "Vamos", me dijo, "Paisano a cumplir con un deber".

543 Fuimos a estar a su lado para ayudarlo a curar; lo vinieron a buscar y hacerle como a los otros; lo defendimos nosotros, no lo dejamos lanciar.

544 Iba creciendo la plaga y la mortandá seguía. A su lado nos tenía cuiandolo con pacencia, pero acabó su esistencia al fin de unos pocos días.

545 El recuerdo me atormenta; se renueva mi pesar; me dan ganas de llorar; nada a mis penas igualo; Cruz también cayó muy malo ya para no levantar.

546 Todos pueden figurarse cuánto tuve que sufrir; yo no haciá sino gemir, y aumentaba mi aflición no saber una oración pa ayudarlo a bien morir.

547 Se le pasmó la virgüela, y el pobre estaba en un grito; me recomendó un hijito que en su pago había dejado: "Ha quedado abandonado". Me dijo, "Aquel pobrecito".

548 "Si vuelve, búsquemeló", me repetía a media voz; "En el mundo eramos dos, pues él ya no tiene madre; que sepa el fin de su padre y encomiende mi alma a Dios".

549 Lo apretaba contra el pecho, dominao por el dolor; era su pena mayor el morir allá entre infieles sufriendo dolores crueles entrego su alma al Criador.

550 De rodillas a su lado yo lo encomendé a Jesús. Faltó a mis ojos la luz, tuve un terrible desmayo; cai como herido del rayo cuando lo vi muerto a Cruz.

VII

551 aquel bravo compañero en mis brazos espiró; hombre que tanto sirvio, varon que fue tan prudente, por humano y por valiente en el desierto murió.

552 Y yo, con mis propias manos, yo mesmo lo sepulté; a Dios por su alma rogué de dolor el pecho lleno, y humedeció aquel terreno el llanto que redamé.

553 Cumplí con mi obligación; no hay falta de que me acuse, ni deber de que se escuse, aunque de dolor sucumba: allá señala su tumba una cruz que yo le puse.

554 Andaba de toldo en toldo y todo me fastidiaba; el pesar me dominaba, y entregao al sentimiento se me hacía cada momento oir a Cruz que me llamaba.

555 Cual más, cual menos, los criollos saben lo que es amargura; en mi triste desventura no encontraba otro consuelo que ir a tirarme en el suelo, al lao de su sepultura.

556 Allí pasaba las horas sin haber naides conmigo teniendo a Dios por testigo, y mis pensamientos fijos en mi mujer y mis hijos, en mi pago y en mi amigo.

557 Privado de tantos bienes y perdido en tierra ajena, parece que se encadena el tiempo y que no pasara, como si el sol se parara a contemplar tanta pena.

558 Sin saber qué hacer de mí y entregao a mi aflición, estando allí una ocasión, del lao que venía el viento oi unos tristes lamentos que llamaron mi atención.

559 No son raros los quejidos en los toldos del salvaje, pues aquél es vandalaje donde no se arregla nada sino a lanza y puñalada, a bolazos y coraje.

560 No preciso juramento, deben creerle a Martín Fierro; he visto en este destierro a un salvaje que se irrita, degollar a una chinita y tirarsela a los perros.

561 He presenciado martirios, he visto muchas crueldades, crímenes y atrocidades que el cristiano no imagina, pues ni el indio ni la china sabe lo que son piedades.

562 Quise curiosiar los llantos que llegaban hasta mí; al punto me dirigí al lugar de ande venían: ¡Me horroriza todavía el cuadro que descubrí!

563 Era una infeliz mujer que estaba de sangre llena, y como una madalena lloraba con toda gana; conocí que era cristiana y esto me dió mayor pena.

564 Cauteloso me acerqué a un indio que estaba al lao, porque el pampa es desconfiao siempre de todo cristiano, y vi que tenía en la mano el rebenque ensangrentao.

VIII

565 Mas tarde supe por ella, de manera positiva, que dentró una comitiva de pampas a su partido, mataron a su marido y la llevaron cautiva.

566 En tan dura servidumbre hacían dos años que estaba; un hijito que llevaba a su lado lo tenía. La china la aborrecía tratandola como esclava.

567 Deseaba para escaparse hacer una tentativa, pues a la infeliz cautiva naides la va a redimir, y allí tiene que sufrir el tormento mientras viva.

568 Aquella china perversa, dende el punto que llegó, crueldá y orgullo mostró porque el indio era valiente: usaba un collar de dientes de cristianos que él mató.

569 La mandaba a trabajar, poniendo cerca a su hijito tiritando y dando gritos, por la mañana temprano, atado de pies y manos lo mesmo que un corderito.

570 Ansí le imponía tarea de juntar leña y sembrar viendo a su hijito llorar, y hasta que no terminaba, la china no la dejaba que le diera de mamar.