La Vuelta de Martín Fierro · Unidad 3 de 8
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571 Cuando no tenían trabajo la emprestaban a otra china, "Naides", decía, "se imagina, ni es capaz de presumir cuanto tiene que sufrir la infeliz que esta cautiva".
572 Si ven crecido a su hijito, como de piedá no entienden y a suplicas nunca atienden, cuando no es éste es el otro, se lo quitan y lo venden o lo cambian por un potro.
573 En la crianza de los suyos son bárbaros por demás. No lo habia visto jamás: en una tabla los atan, los crian así, y les achatan la cabeza por detrás.
574 Aunque esto parezca extraño, ninguno lo ponga en duda: entre aquella gente ruda, en su bárbara tropeza, es gala que la cabeza se les forme puntiaguda.
575 Aquella china malvada, que tanto la aborrecía, empezó a decir un día, porque falleció una hermana, que sin duda la cristiana le había echado brujería.
576 El indio la sacó al campo y la empezó a amenazar que le había de confesar si la brujería era cierta; o que la iba a castigar hasta que quedara muerta.
577 Llora la pobre afligida, pero el indio, en su rigor, le arrebató con juror al hijo de entre sus brazos, y del primer rebencazo la hizo crujir de dolor.
578 Que aquel salvaje tan cruel azotándola seguía; más y más se enfurecía cuanto mas la castigaba y la infeliz se atajaba los golpes como podía.
579 Que le gritó muy furioso "Confechando no querés;" la dió vuelta de un revés y, por colmar su amargura, a su tierna criatura se la desgolló a los pies.
580 "Es increible" me decía, "Que tanta fiereza esista; no habrá madre que resista; aquel salvaje inclemente cometió tranquilamente aquel crimen a mi vista."
581 Esos horrores tremendos no los inventa el cristiano: "Es bárbaro inhumano" -sollozando me lo dijo- "Me amarró luego las manos con las tripitas de mi hijo."
IX
582 de ella fueron los lamentos que en mi soledá escuché: en cuanto al punto llegué, quedé enterado de todo: al mirarla de aquel modo ni un instante tutubié.
583 Toda cubierta de sangre aquella infeliz cautiva, tenia dende abajo arriba las marcas de los lazazos: sus trapos echos pedazos mostraban la carne viva.
584 Alzó los ojos al cielo en sus lágrimas bañada; tenía las manos atadas; su tormento estaba claro; y me clavó una mirada como pidiéndome amparo.
585 Yo no sé lo que pasó en mi pecho en ese instante; estaba el indio arrognte con una cara feroz: para entendernos los dos la mirada fué bastante.
586 Pegó un brinco como gato y me ganó la distancia, aprovechó esa distancia como fiera cazadora: desató las boliadoras y aguardó con vigilancia.
587 Aunque yo iba de curioso y no por buscar contienda, al pingo le até la rienda, eché mano dende luego a éste que no yerra juego, y ya se armó la tremenda.
588 El peligro en que me hallaba al momento conocí; nos mantuvimos ansí, me miraba y lo miraba: yo al indio le desconfiaba, y él me descofiaba a mí.
589 Se debe ser precavido cuando el indio se agazape: en esa postura el tape vale por cuatro o por cinco; como el tigre es para el brinco y fácil que a uno lo atrape.
590 Peligro era atropellar y era peligro el juir, y más peligro seguir esperando de ese modo, pues otros podían venir y carniarme allí entre todos.
591 A juerza de precaución muchas veces he salvado, pues es un trance apurado es mortal cualquier descuido; si Cruz hubiera vivido no habría tenido cuidado.
592 Un hombre junto con otro en valor y en juerza crece; el temor desaparece; escapa de cualquier trampa; entre dos, no digo a un pampa, a la tribu, si se ofrece.
593 En tamaña incertidumbre, en trance tan apurado, no podía por de contado escarparme de otra suerte, sino dando al indio muerte o quedando alli estirado.
594 Y como el tiempo pasaba y aquel asunto me urgía, viendo que él no se movía me juí medio de soslayo como a agarrarle el caballo, a ver si se me venía.
595 Ansí jué, no aguardó más y me atropelló el salvaje; es preciso que se ataje quien con el indio pelee; el miedo de verse a pie aumentaba su coraje.
596 En la dentrada no más me largó un par de bolazos; uno me tocó en un brazo; si me da bien, me lo quiebra, pues las bolas son de piedra y vienen como balazo.
597 A la primer puñalada el pampa se hizo un ovillo; era el salvaje mas pillo que he visto en mis correrías, y, a más de las picardías, arisco para el cuchillo.
598 Las bolas las manejaba aquel bruto con destreza; las recogía con presteza y me las volvía a largar, haciéndomelas silbar arriba de la cabeza.
599 Aquel indio, como todos, era cauteloso... ¡Ahijuna! Ahí me valió la fortuna de que peliando se apotra me amenazaba con una y me largaba con otra.
600 Me sucedió una desgracia en aquel percance amargo; en momento que lo cargo y que él reculando va, me enredé en el chiripá y caí tirao largo a largo.
601 Ni pa enconmendarme a Dios tiempo el salvaje me dió; cuanto en el suelo me vió me saltó con ligereza: juntito de la cabeza el bolazo retumbó.
602 Ni por respeto al cuchillo dejó el indio de apretarme; allí pretende ultimarme sin dejarme levantar, y no me daba lugar ni siquiera a enderezarme.
603 De balde quiero moverme: aquel indio no me suelta. Como persona resuelta toda mi juerza ejecuto, pero abajo de aquel bruto no podía ni darme güelta.
* * * * *
604 ¡Bendito, Dios poderoso, quien te puede comprender! Cuando a una débil mujer le diste en esa ocación la juerza que en un varón tal vez no pudiera haber.
605 Esa infeliz tan llorosa, viendo el peligro se anima; como una flecha se arrima y olvidando su aflición, le pegó al indio un tirón que me lo sacó de encima.
606 Ausilio tan generoso me libertó del apuro; si no es ella, de siguro que el indio me sacrifica; y mi valor se duplica con un ejemplo tan puro.
607 En cuanto me enderecé nos volvimos a topar, no se podía descansar y me chorriaba el sudor: en un apuro mayor jamás me he vuelto a encontrar.
608 Tampoco yo le daba alce como deben suponer; se había aumentao mi quehacer para impedir que el brutazo le pegar algún bolazo de rabia a aquella mujer.
609 La bola en manos del indio es terrible y muy ligera; hace de ella lo que quiera saltando como una cabra. Mudos, sin decir palabra, peliábamos comos fieras.
610 Aquel duelo en el desierto nunca jamás se me olvida; iba jugando la vida con tan terrible enemigo, teniendo allí de testigo a una mujer afligida.
611 Cuanto él más se enfurecía yo más me empiezo a calmar; mientras no logra matar el indio no se desfoga; al fin le corté una soga y lo empecé a aventajar.
612 Me hizo sonar las costillas de un bolazo aquel maldito; y al tiempo que le di un grito y le dentro como bala, pisa el indio, y se refala en el cuerpo del chiquito.
613 Para explicar el misterio es muy escasa mi cencia: lo castigó, en mi conciencia, Su Divina Majestá; donde no hay casualidá suele estar la Providencia.
614 En cuanto trastabilló más de firme lo cargué, y aunque de nuevo hizo pie lo perdió aquella pisada; pues en esa atropellada en dos partes lo corté.
615 Al sentirse lastimao se puso medio afligido, pero era indio decidido, su valor no se aquebranta; le salían de la garganta como una especie de aullidos.
616 Lastimao en la cabeza, la sangre lo enceguecía; de otra herida le salía haciendo un charco ande estaba, con los pies chapaliaba sin aflojar todavía.
617 Tres figuras imponentes formábamos aquel terno: ella en su dolor materno, yo con la lengua dejuera, y el salvaje como fiera disparada del infierno.
618 Iba conociendo el indio que tocaban a degüello: se le erizaba el cabello y los ojos revolvía; los labios se le perdían cuando iba a tomar resuello.
619 En una nueva dentrada le pegué un golpe sentido, y al verse ya malherido, aquel indio furibundo lanzó un terrible alrido que retumbó como un ruido si se sacudiera el mundo.
620 Al fin de tanto lidiar, en el cuchillo lo alcé, en peso lo levanté aquel hijo del desierto; ensartado lo llevé, y allá recién lo largué cuando ya lo sentí muerto.
621 Me persiné dando gracias de haber salvado la vida; aquella pobre afligida, de rodillas en el suelo, alzó sus ojos al cielo sollozando dolorida.
622 Me hinqué también a su lado a dar gracias a mi Santo; en su dolor y quebranto ella, a la Madre de Dios, le pide en su triste llanto que nos ampare a los dos.
623 Se alzó con pausa de leona cuando acabó de implorar, y, sin dejar de llorar, envolvió en uno trapitos los pedazos de su hijito, que yo le ayudé a juntar.
X
624 Dende ese punto era juerza abandonar el desierto, pues me hubieran descubierto, y aunque lo maté en pelea, de fijo que me lancean por vengar al indio muerto.
625 A la afligida cautiva mi caballo le ofrecí: era un pingo que adquirí, y, donde quiera que estaba, en cuanto yo lo silbaba venia a refregarse en mí.
626 Yo me lo senté al del pampa; era un escuro tapao (cuando me hallo bien montao de mis casillas me salgo), y era un pingo como galgo que sabía correr boliao.
627 Para correr en el campo no hallaba ningun tropiezo; los ejercitan en eso, y los ponen como luz, de dentrarle a un aveztruz y boliar bajo el pescuezo.
628 El pampa educa al caballo como pa un etrevero: como rayo es de ligero en cuando el indio lo toca, y como trompo en la boca da gueltas sobre un cuero.
629 Lo varea en la madrugada (jamas falta a este deber), luego lo enseña a correr entre fangos y guadales: asina esos animales es cuanto se puede ver.
630 En el caballo de un pampa no hay peligro de rodar, ¡jue pucha!, y pa disparar es pingo que no se cansa; con prolijidad lo amansa sin dejarlo corcoviar.
631 Pa quitarle las cosquillas con cuidao lo manosea; horas enteras emplea, y, por fin, sólo lo deja cuando agacha las orejas y ya el potro ni cocea.
632 Jamás le sacude un golpe, porque lo trata al bagual con paciencia sin igual -al domarlo no le pega-, hasta que al fin se le entrega ya dócil el animal.
633 Y aunque yo sobre los bastos me sé sacudir el polvo, a esa costumbre me amoldo: con pacencia lo manejan y al día siguiente lo dejan rienda arriba junto al toldo.
634 Ansí todo el que procure tener un pingo modelo, lo ha de cuidar con desvelo y debe impedir también el que de golpes le den o tironeen en el suelo.
635 Muchos quieren dominarlo con el rigor y el azote, y, si ven al chafalote que tiene trazas de malo, lo embraman en algún palo hasta que se descogote.
636 Todos se vuelven pretestos y güeltas para ensillarlo; dicen que es por quebrantarlo, mas compriende cualquier bobo que es de miedo del corcovo, y no quieren confesarlo.
637 El animal yeguarizo -perdónenme esta alvertencia- es de mucha conocencia y tiene mucho sentido; es animal consentido: lo cautiva la pacencia.
538 Aventaja a los demás el que estas cosas entienda; es bueno que el hombre aprienda, pues hay pocos domadores y muchos frangoyadores que andan de bozal y, rienda.
639 Me vine, como les digo, trayendo esa compañera; marchamos la noche entera, haciendo nuestro camino, sin más rumbo que el destino que nos llevara ande quiera.
640 Al muerto, en un pajonal había tratao de enterrarlo, y después de maniobrarlo lo tapé bien con las pajas, para llevar de ventaja lo que emplearan en hallarlo.
641 En notando nuestra ausiencia nos habían de perseguir, y, al decidirme a venir, con todo mi corazón hice la resolución de peliar hasta morir.
642 Es un peligro muy serio cruzar juyendo el desierto: muchísimos de hambre han muerto, pues en tal desasosiego no se puede ni hacer juego, para no ser descubierto.
643 Sólo el albitrio del hombre puede ayudarlo a salvar: no hay ausilio que esperar, sólo de Dios hay amparo; en el desierto es muy raro que uno se pueda escapar.
644 ¡Todo es cielo y horizonte en inmenso campo verde! ¡Pobre de aquel que se pierde o que su rumbo estravea! Si alguien cruzarlo desea, este consejo recuerde:
645 marque su rumbo de día con toda fidelidá; marche con puntualidá, sigiéndoló con fijeza, y, si duerme, la cabeza ponga para el lao que va.
646 Oserve con todo esmero adonde el sol aparece; si hay ñeblina y le entorpece y no lo puede oservar, guárdese de caminar, pues quien se pierde perece.
647 Dios le dió istintos sutiles a toditos los mortales; el hombre es uno de tales, y en las llanuras aquelas, lo guían el sol, las estrellas, el viento y los animales.
648 Para ocultarnos de día a la vista del salvaje, ganábamos un paraje en que algún abrigo hubiera, a esperar que anocheciera para seguir nuestro viaje.
649 Penurias de toda clase y miserias padecimos: varias veces no comimos o comimos carne cruda, y en otras, no tengan duda, con raices nos mantuvimos.
650 Después de mucho sufrir tan peligrosa inquietú, alcanzamos con salú a divisar una sierra, y al fin pisamos la tierra en donde crece el ombú.
651 Nueva pena sintió el pecho por Cruz, en aquel paraje, y en humilde vasallaje a la majestá infinita, besé esta tierra bendita, que ya no pisa el salvaje.
652 Al fin la misericordia de Dios nos quiso amparar; es preciso soportar los trabajos con constancia: alcanzamos a una estancia después de tanto penar.
653 ¡Ah! mesmo me despedí de mi infeliz compañera: "Me voy", le dije, "ande quiera, aunque me agarre el Gobierno, pues, infierno por infierno prefiero el de la frontera."
654 Concluyo esta relación, ya no puedo continuar; permítanmé descansar: estan mis hijos presentes, y yo ansioso porque cuenten lo que tengan que contar.
XI
655 Y mientras que tomo un trago pa refrescar el garguero, y mientras tiempla el muchacho y prepara su estrumento, les contaré de qué modo tuvo lugar el encuentro. Me acerqué a algunas estancias por saber algo de cierto, creyendo que en tantos años esto se hubiera compuesto; pero cuanto saqué en limpio jué que estábamos lo mesmo. Ansí, me dejaba andar haciéndome el chancho rengo, porque no me convenía revolver el avispero; pues no inorarán ustedes que en cuentas con el gobierno tarde o temprano lo llaman al pobre a hacer el arreglo. Pero al fin tuve la suerte de hallar un amigo viejo que de todo me informó, y por él supe al momento que el Juez que me perseguía hacía tiempo que era muerto: por culpa suya he pasado diez años de sufrimiento y no son pocos diez años para quien ya llega a viejo. Y los he pasado ansí, si en mi cuenta no me yerro: tres años en la frontera, dos como gaucho matrero, y cinco allá entre los indios hacen los diez como yo cuento. Me dijo, a más, ese amigo que anduviera sin recelo, que todo estaba tranquilo, que no perseguía el gobierno, que ya naides se acordaba de la muerte del moreno, aunque si yo lo maté mucha culpa tuvo el negro. Estuve un poco imprudente, puede ser, yo lo confieso, pero el me precipitó, porque me cortó primero, y a más me cortó la cara, que es un asunto muy serio. Me asiguró el mesmo amigo que ya no había ni el recuerdo de aquel que en la pulpería lo dejé mostrando el sebo. El de engreido, me buscó: yo ninguna culpa tengo; el mismo vino a peliarme, y tal vez me hubiera muerto si le tengo más confianza o soy un poco más lerdo. Fue suya toda la culpa porque ocasionó el suceso. Que ya no hablaban tampoco, me lo dijo muy de cierto, de cuando con la partida llegué a tener el encuentro. Esa vez me defendí como estaba en mi derecho, porque fueron a prenderme de noche y en campo abierto: se me acercaron con armas, y, sin darme voz de preso, me amenazaron a gritos de un modo que daba miedo, que iban a arreglar mis cuentas, tratándome de matrero: y no era el jefe el que hablaba sino un cualquiera de entre ellos, y ése, me parece a mí no es modo de hacer arreglos, ni con el que es inocente, ni con el culpable menos. -Con semejantes noticias yo me puse muy contento y me presenté ande quiera como otros pueden hacerlo. De mis hijos he encontrado sólo a dos hasta el momento, y de ese encuentro feliz le doy las gracias al Cielo. A todos cuantos hablaba les preguntaba por ellos, mas no me da ninguno razón de su paradero. Casualmente, el otro día llegó a mi conocimiento de una carrera muy grande entre varios estancieros, y juí como uno de tantos, aunque no llevaba un medio. No faltaban, ya se entiende, en aquel gauchaje inmenso, muchos que ya conocían la historia de Martín Fierro; y allí estaban los muchachos cuidando unos parejeros. Cuando me oyeron nombrar se vinieron al momento, diciéndome quiénes eran aunque no me conocieron, porque venía muy aindiao y me encontraban muy viejo. La junción de los abrazos de los llantos y los besos se deja pa las mujeres, como que entienden el juego. Pero el hombre, que compriende que todos hacen lo mesmo, en público canta y baila, abraza y llora en secreto. Lo único que me han contado es que mi mujer a muerto; que en procuras de un muchacho se jue la infeliz al pueblo, donde infinitas miserias habrá sufrido, por cierto; que, por fin, a un hospital jué a parar medio muriendo, y en ese abismo de males falleció al muy poco tiempo. Les juro que de esa pérdida jamás he de hallar consuelo, muchas lágrimas me cuesta dende que supe el suceso. Mas dejemos cosas tristes aunque alegrías no tengo; me parece que el muchacho ha templao y está dispuesto vamos a ver qué tal lo hace y a juzgar su desempeño. Ustedes no lo conocen yo tengo confianza en ellos, no porque lleven mi sangre -eso juera de lo menos-, sino porque dende chicos han vivido padeciendo. Los dos son aficionados; les gusta jugar con juego, vamos a verlos correr: son cojos... hijos de rengo.
EL HIJO MAYOR DE MARTÍN FIERRO
XII
LA PENITENCIARIA
656 aunque el gajo se parece al árbol de donde sale, solía decirlo mi madre, y en su razón estoy fijo: "Jamás puede hablar el hijo con la autoridad del padre".
657 Recordarán que quedamos sin tener donde abrigarnos, ni ramada ande ganarnos, ni rincón ande meternos, ni camisa que ponernos. Ni poncho con que taparnos.
658 Dichoso aquel que no sabe lo que es vivir sin amparo; yo con verdá les declaro, aunque es por demás sabido, dende chiquito he vivido en el mayor desmparo.
659 No le mermam el rigor los mesmos que le socorren; tal vez porque no se borren los decretos del destino, de todas parten lo corren como ternero dañino.
660 Y vive como los bichos buscando alguna rendija; el güerfano es sabandija que no encuentra compasión, y el que anda sin dirección es guitarra sin clavija.
661 Sentiré que cuanto digo a algún oyente le cuadre. Ni casa tenía, ni madre, ni parentela, ni hermanos; y todos limpian sus manos en el que vive sin padre.
662 Lo cruza éste de un lazazo lo abomba aquél de un moquete, otro le busca el cachete, y, entre tanto soportar, suele a veces no encontrar ni quien le arroje un zoquete.
663 Si lo recogen, lo tratan con la mayor rigidez; piensan que es mucho tal vez, cuando ya muestra el pellejo, si le dan un trapo viejo pa cubrir su desnudez.
664 Me crié, pues, como les digo, desnudo a veces y hambriento; me ganaba mi sustento, y ansí los años pasaban; al ser hombre me esperaban otra clase de tormentos.
665 Pido a todos que no olviden lo que les voy a decir; en la escuela del sufrir he tomado mis leciones, y hecho muchas reflesiones dende que empece a vivir.
666 Si alguna falta cometo la motiva mi inorancia; no vengo con arrogancia y les diré, en conclusión, que trabajando de pión me encontraba en una estancia.
667 El que manda siempre puede hacerle al pobre un calvario; a un vecino propietario un boyero le mataron, y aunque a mí me lo achacaron salió cierto en el sumario.
668 Piensen los hombres honrados en la vergüenza y la pena de que tendría el alma llena al verme, ya tan temprano, igual a los que sus manos con el crimen envenenan.
669 Declararon otros dos sobre el caso del dijunto, mas no se aclaró el asunto, y el Juez, por darlas de listo, "Amarrados como un Cristo", nos dijo, "irán todos juntos".
670 "A la justicia ordinaria voy a mandar a los tres." Tenia razón aquel Juez, y cuantos ansí amenacen; ordinaria... es como la hacen: lo he conocido después.