Languidez · Unidad 6 de 16
Unidad 6 · LANGUIDEZ
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LANGUIDEZ
tsTÁ naciendo Octubre Con sus mañanas claras.
He dejado mi alcoba Envuelta en telas claras, Anudado el cabello Al descuido; mis plantas Libres, desnudas, juegan.
Me he tendido en la hamaca, Muy cerca de la puerta,
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Un poco amodorrada. El sol que está subiendo Ha encontrado mis plantas A' las tiñe de oro. . .
Perezosa mi alma Ha sentido que. lento, El sol subiendo estaba Por mis pies y tobillos Asi, como buscándola.
Vi) sonrio : este bueno
De sol, no ha de encontrarla.
Pues yo, que soy su dueña.
No se por dónde anda:
Cazadora, ella parte
N trae. azul, la caza. . .
Un niño viene ahora. La cabeza dorada...
Se ha sentado a mi lado Sin pronunciar palabra ;
Como yo el cielo mira, Como yo, sin ver nada. Me acaricia los dedos De los pies, con la blanca Mano; por los tobillos Las yemas delicadas De sus dedos desliza. . . Por fin, sobre mis plantas Ha puesto su mejilla, Y en la fría pizarra Del piso el cuerpo tiende Con infinita gracia.
Cae el sol dulcemente.
Oigo voces lejanas,
Está el cielo muy lejos...
Yo sigo amodorrada Con la rubia cabeza Muerta sobre mis plantas.
Siento golpear la arteria Que por su cuello pasa.
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UN DÍA
ANDAS por esos mundos como yo ; no me digas Que no existes, existes, nos hemos de encontrar; No nos conoceremos, disfrazados y torpes Por los mismos caminos echaremos a andar.
No nos conoceremos, distantes uno de otro Sentirás mis suspiros y te oiré suspirar. ¿Dónde estará la boca, la boca que suspira? Diremos, el camino volviendo a desandar.
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Quizá nos encontremos frente a frente algún día. Quizá nuestros disfraces nos logremos quitar. Y ahora me pregunto. . . ¿Cuándo ocurra, si ocurre. Sabré yo de suspiros, sabrás tú suspirar?
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CARTA lírica A OTRA MUJER
YUKSTKO nombre no se. ni vuestro rostro Conozco yo, y os imagino blanca. Débil como los brotes iniciale^. Pequeña, dulce... Ya ni sé... Divina. En vuestros ojos placidez de lago Que se abandona al sol y dulcemente I^e absorbe su oro mientras todo calla.
Y vuestras manos, finas, como aqueste Dolor, (1 mío, que se alarga, alarga.
Y luego se me muere y se concluye Así. romo In ví'is rn nlífi'in verso.
Ah, ¿sois asi? Decidme si en la boca Tenéis un rumoroso colmenero, Si las orejas vuestras son a modo De pétalos de rosas ahuecados . . . Decidme si lloráis, humildemente, Mirando las estrellas tan lejanas, Y si en las manos tibias se os aduermen Palomas blancas y canarios de oro. Porque todo eso y más, vos sois, sin duda; Vos, que tenéis el hombre que adoraba Entre las manos dulces, vos la bella Que habéis m.atado, sin saberlo acaso, Toda esperanza en mi . . . Vos, su criatura . Porque él es todo vuestro: cuerpo y alma Estáis gustando del amor secreto Que guardé silencioso . . . Dios lo sabe Por qué, que yo no alcanzo a penetrarlo. Os lo confieso que una vez estuvo Tan cerca de mi brazo, que a extenderlo Acaso mia aquella dicha vuestra Me fuera ahora ... ¡ si ! acaso mía . . . Mas ved, estaba el alma tan gastada Que el brazo mío no alcanzó a extenderse: La sed divina, contenida entonces,
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Me pulió el alma. . . Y él ha sido vuestro!
¿Comprendéis bien? Ahora, en vuestros brazos
El se adormece y le decís palabras
Pequeñas y menudas que semejan
Pétalos volanderos y muy blancos.
Acaso un niño rubio vendrá luego
A copiar en los ojos inocentes
Los ojos vuestros y los de él
Unidos en un espejo azul y cristalino...
¡ Oh, ceñidle la frente ! ¡ Era tan amplia !
i Arrancaban tan firmes los cabellos
A grandes ondas, que a tenerla cerca
No hiciera yo otra cosa que ceñirla!
Luego dejad que en vuestras manos vaguen
Los labios suyos; él me dijo un día
Que nada era tan dulce al alma suya
Como besar las femeninas manos. . .
Y acaso, alguna vez, yo, la que anduve Vagando por afuera de la vida,
— Como aquellos filósofos mendigos Que van a las ventanas señoriales A mirar sin envidia toda fiesta — Me allegue humildemente a vuestro lado
Y con palabras quedas, susurrantes,
Os pida vuestras manos un momento, Para besarlas, yo, como él las besa . . .
Y al recubrirlas, lenta, lentamente, Vaya pensando : aquí se aposentaron ¿Cuánto tiempo, sus labios, cuánto tiempo En las divinas manos que son suyas? Oh qué amargo deleite, este deleite
De buscar huellas suyas y seguirlas Sobre las manos vuestras tan sedosas, Tan finas, con sus venas tan azules! Oh, que nada podría, ni ser suya, Ni dominarle el alma, ni tenerlo Rendido aquí a mis pies, recompensarme Este horrible deleite de hacer mío Un inefable, apasionado rastro.
Y allí en vos misma, si, pues sois barrera. Barrera ardiente, viva, que al tocarla
Ya me remueve este cansancio amargo, Este silencio de alma en que me escudo. Este dolor mortal en que me abismo. Esta inmovilidad del sentimiento Que sólo salta, bruscamente, cuando Nada es posible!
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