Lecciones elementales de economía política · Capítulo real 20 de 32
Lección XIX
Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 1 tramo técnico para mejorar el rendimiento.
LECCIÓN XIX.
ínteres.— Usura.
Algunos economistas han dividido la cuestión de que vamos á ocuparnos, distinguiendo interés de usura, para designar el lucro que saca de su capital el que cedo á otro su uso, como instrumento de trabajo 6 de cualquier otro modo: yo sigo á los que comprenden en una misma explicación el interés j la usura; porque en este caso las clasificaciones me parece que lejos de esclarecer embrollan, y nada mas peligroso que escoger un punto de partida inseguro j confuso, tratándose de ciencias morales.
Cualqtiiera de los que han estudiado concienzudamente esta ruidosa materia puede percibir tres épocas, que son como las ¿tapas naturales, desde donde se puede abrazar extensamente su estudio, desprendiéndolo de embarazosos accidentes:
Primero. Los tiempos antiguos y la Iglesia. Segundo. Los economistas.
Tercero. La escuela socialista y la economista en pugna, 6 sea la época presente.
La ley de Moisés, nota Batbie, prohibia el préstamo con ínteres entre los hebreos y con los extranjeros residentes. La palabra que designaba este tráfico, significaba mordedura.
Desde aquí vemos en la etimología calificativa el anatema de esa especulación.
Entre los judíos, extranjero no solo denotaba apartado 6 extraño, sino algo de odioso, que paliaba 6 justificaba la hostilidad contra él: prestar á un hebreo, añade el autor que acabo de citar, era especular con un hermano; prestar á un extranjero, era tratar con un comerciante: en esto caso el préstamo tenia la mas completa libertad.
ff No darás á tu hermano dinero ¿ usura, y no le exigirás V mas granos que los que le hubieres dado, » dice el Levítico; y el Deuteronomio repite: «No prestarás á usura dinero, graff nos, ni otra cosa cualquiera á tu hermano, sino al extran- <cjero.i>
En Grecia no tenia trabas el interés del dinero: hay ejemplos de que pasaba de un 86 por ciento. El modo con que se hacian los contratos, la natural inclinación á la parte que se considera mas menesterosa 6 mas débil, hacia que la opinión rechazase al usurero; pero esta repulsa no se traducia en términos legales: la queja no se exponia como derecho.
Cuando Gleon agitaba al pueblo, seduciéndolo con una ley sobre la abolición de las deudas, se trataba propiamente do saber quién tendria 6 á quién se investiría de tal poder en la República, y no quién seria obligado 6 dispensado de pagar tal deuda.
La prueba que con justicia se aduce para comprobar el odio con que se veia el interés excesivo, es la unánime reprobación de los escritores de ese tráfico.
(T La moneda, decia Aristóteles, no es mas que un instrumenff to de cambio; por su naturaleza misma es estéril. De una v pieza de oro no nace otra pieza de oro; y mientras no se re- <r produzca por un semejante, será de todo punte estéril. »
Plutarco secunda la opinión de Aristóteles, la comenta con nervio y la desarrolla en su tratado de los inconvenientes del empréstito.
Ya patentizaremos toda la debilidad de esta teoría sofística. Batbie, al exponerla, exclama: «Es cierto que una pieza de
«moneda no produce otra, las casas no producen casas y pro- «ducen alquileres.» *
* Jeremías Bentham refuta en los siguientes términos el sofisma de Aristóteles.
a Saoede, dice, que este gran filósofo con todo su talento y toda su pe- « netracion, j á pesar de las muchas piezas de dinero que habían pasado por « 8U8 manos ( su número puede ser mayor que el que antes 6 después hayan « pasado por las manos de ningún filósofo), y á pesar de los trabajos espe-
« oiales á que se dedicó para esclarecer la cuestión de la generación, no pudo « descubrir en su examen á las monedas órganos de reproducción. Enorgu- « llecido por una prueba negativa de tal magnitud, se aventuró á dar al « mundo el resultado de sus observaciones, bajo la forma de esta proposi- « don universal: por su naturaleza la plata es estéril. Vos, amigo mió, so- « bre quien la razón tiene mas imperio que la antigua filosofía, habréis no- « tado sin duda que lo que habría debido dedueirse de esta observación « especiosa, si deducir se puede alguna cosa, es que se trataría en vano de « sacar cinco por ciento de su dinero, y no que se haria mal en sacar semeajante provecho. Pero de otro modo fué como juzgaron los sabios.
« Otra consideración, que no se presentó al espíritu del gran filósofo, y « que si se hubiese presentado no hubiera sido indigna de su atención, es que « si bien un darico (moneda persa) no era capaz de engendrar otro darico, « como un carnero & otro, un hombre, sin embargo, podía comprar cameros « y borregas, que dejándose reunidos por algún tiempo prodtigesen bórrete güitos: de suerte que este hombre podia, á la espiración de este término, « hacer el reembolso del daríco, dar un borrego por el uso de esta tierra y « que le quedase utilidad al menos de otro borrego, que no habría tenido « sin el préstamo del darico. n — [^Defensa de la usura"].
Antes de Bentham, Calvino habia refutado, empleando argumentos análogos, el sofisma de Aristóteles:
«La plata, se dice, no pare plata: ¿y el mar la produce? ¿Es el fruto de u una casa por la que se recibe alquiler? ¿El dinero nace hablando del te- « cho y las paredes ? No; pero la tierra produce, el mar sustenta navios que R sirven para el comercio productivo, y con una suma de dinero nos pódete mos procurar una habitación cómoda. Si acontece que se pierda mas en « un préstamo de dinero que en la cultura de un campo, ¿por qué en un caso « no se permite el ínteres y en el otro se aprueba el arriendo ?{¿ Y cuando ee n compra con dinero una tierra, no es porque á su vez produce? ¿Cuál es «la fuente real de productos para un comerciante? Su industria, su actiff vidad inteligente. ¿ Quién duda que el dinero que no se emplea es una « ríqueza inútil? El que pide á un prestamista un capital, es generalmente « para servirse de él como instrumento de producción. No es del dinero de « donde proviene el beneficio, sino del empleo que ee hace de él. » — [^CarUu de CalvinoJ.-^lNotíu traducidas de Baudrillart'].
Las grandes agitaciones tienen entre los romanos un carácter peculiar.
Bajo la república reclaman las tierras, la abolición de las deudas y la reducciou del interés.
La usura entre ellos tiene un lugar dominante, cuyos rastros se perciben en toda la legislación romana.
Las doce tablas hablan de la limitación del interés; los argentariij 6 usureros, son objeto de las diatrivas universales. Planto los expone en el teatro cubriéndolos de ridículo: laa limitaciones del interés hechas por Justiniano son como los anuncios de las reprobaciones del cristianismo.
Pero permitidme que abandone las indagaciones históricas para fijar vuestra atención benévola- en algunos textos del Nuevo Testamento, en que se trata del préstamo con interés, con el objeto de hacer palpable, si me fuere posible, que las doctrinas de la Iglesia que emanan de aquella tradición, han sido mal interpretadas; que la prohibición pronunciada por ella no debe ser considerada como una regla de disciplina de la autoridad eclesiástica, no como mandato constante en los libros revelados, sino como admoniciones para el perfeccionamiento moral de los cristianos.
Oigamos sobre esto á Batbi :
« El grande argumento de aquellos que quieren encontrar absolutamente prohibición en el Nuevo Testamento, es sacado de un pasaje de San Lúeas ( vers. 34 y 85), en donde el evangelista hace decir á Cristo : Mutuum date nihil inde speratUes.
a Desde luego podrá responderse, como se ha hecho frecuentemente, que un consejo de perfección cristiana no es una interdicción, y que hay mucha distancia entre el mandato de una ley y un precepto de moral. Pero yo creo que hay para esto una respuesta mas directa. Si tomáis el texto entero, veréis fácilmente que no tiene el sentido que se le da en la citación truncada. Hé aquí el texto: c Si vosotros amáis á los que os aman, ¿qué mérito hay en esto? Los pecadores aman á quienes los aman. Si hacéis el bien á los que os benefician, ¿ qué gracia hacéis? Los pecadores hacen el bien á los que les ha'
cen bien. — Si prestáis á aquellos de quienes esperáis recibir^ ¿qué mérito tenéis? Los pecadores prestan á los pecadores á fin de recibir. Amad, haced el bien^ prestad, sin esperar nada {nihil inde speranteB) en cambio, 7 vuestra recompensa será grande y seréis hijos del Altísimo, porque el Altísimo es bueno aun con los ingratos y los malos.
« Ya veis que las palabras nihil inde aperantes no recaen solamente sobre mutuum datej sino también sobre diligite j benefacite. Si tomáis el conjunto y el movimiento de la frase, veréis que el sentido es este:
« Para amar á vuestro prójimo y servirlo, no penséis ni en las aficiones, ni en los servicios que podríais esperar de él. — Haced el bien por el bien: amad á vuestro prójimo por él mismo.
<r Tomado á letra y en todo su rigor este texto, baria aún un deber & aquel que presta de no exigir el reembolso del capital; porque notad que el texto es absoluto, y que dice, sin ninguna distinción, nihil inde sp^rantea. ¿Por qué se ha de ver en estos términos la prohibición del interés, mientras el capital continúa en ser exigible?
«r El Cristo tampoco ha prohibido el interés, antes bien, la parábola que sigue parece autorizarlo implícitamente. ( San Mateo, XXV, v. 14 y siguientes, con especialidad el 27).
«rXIY. En el momento do ponerse en viaje un amo, llamó á sus servidores y les confió lo que tenia.
« XY • A uno le dio cinco talentos, á otro dos y á otro uno, regulando el reparto según la aptitud de cada cual. Después de esto partió inmediatamente.
« XYI. El que recibió cinco talentos los hizo valer, y ganó otros cinco.*
flí XYU. Lo mismo el que habia recibido dos, los duplicó.
« XVill. Pero el que habia recibido uno, solamente hizo nn agujero en la tierra, y allí guardó el dinero de su amo.
flí XIX. Mucho tiempo después de esto volvió el amo y pidió cuentas á sus servidores.
« XX. El que recibió cinco talentos^ le dio los otros cinco,
diciéndole: Señor, vos me habéis confiado cinco talentos, y yo he ganado otros cinco.
tfXXI. El amo le dijo: Está bien, servidor bueno y fiel; tú has sido fiel en las pequeñas cosas, td serás recompensado en las grandes: entra en el júbilo de tu Señor.
c XXII. El que recibid dos talentos se adelantó, y le dijo: Señor, me habéis dado dos talentos; ved, he ganado dos mas. cr XXIII. El amo dijo al servidor: Está bien, servidor bueno y fiel; tú has sido fiel en las pequeñas cosas, tú serás recompensado en las grandes: entra en el júbilo de tu Señor.
<r XXIY. Aquel que no habia recibido mas que uñ talento, habiéndose adelantado, dijo al fin: Señor, yo os conocía como un amo duro; cosechando sin haber sembrado, recogiendo sin haber esparcido.
ff XXV. De miedo enterré el talento: helo aquí, porque os pertenece.
ce XXVI. El amo le respondió: Servidor malo y perezoso; tú sabias que yo era un amo duro, que cosechaba sin sembrar y recogia sin esparcir.
« XX Vn. HabrÍ9> sido mejor llevar el dinero en casa de los banqueros: á mi vuelta habria sacado mi capital, aumentado con el interés, n
« Se ve en el riguroso sentido de esta parábola, que el Cristo considera la colocación en casa de los banqueros como un mal; pero no lo prohibe; por el contrario, juzga mejor colocar el dinero con los banqueros, que enterrarlo. »
Sea como fuere, la Iglesia primitiva prohibía el préstamo á interés. Los judíos y los lombardos, á la sombra de estas restricciones, extendieron la especulación del préstamo, que elevaba el interés á medida que crecían los riesgos del reembolsó; los príncipes y los grandes solían liquidar, persiguiendo y expulsando á sus acreedores.
Así corrieron los tiempos; la Iglesia tuvo que relajar la ti. rantez de su prohibición; admitió el interés cuando se estipulaba para recompensar un perjuicio {dannum emergeñB)^ 6 cuando representaba el precio de la privación de un beneficio
{lucrum eeBsam). Hé ahí reconocida la legitimidad del interés^ confesada á inedias, abriendo brecha, por decirlo así, á la escuela economista.
Los economistas han considerado el capital como el ahorro de la riqueza adquirida, que se aplica & la producción; es decir, como una propiedad legítima del poseedor, nacida de su trabajo, acumulada por él; propiedad que tiene derecho á guardar, á no ceder sino por su voluntad y por la remuneración que él <*ea conveniente.
El capital funge como instrumento de trabajo: eijitre el que pide 7 el que da ese instrumento, hay, por la naturaleza de ' las cosas, contrato, es decir, cambia de servicios.
En el primero y en el segundo caso se ve la legitimidad del interés y la libertad que es necesario que presida en la demanda, y la oferta de ese capital que sigue las leyes del cambio.
Así considerado el préstamo, el dinero es la expresión de servicios en todo lo que coa él se puede adquirir, como semillas, útiles, peones, &c., &c« Por medio del préstamo, dice Smith, el prestador delega, por decirlo así, su derecho para que disfrute el acreedor de cierta porción de tierra y de trabajo del país, para servirse de él como le parezca.
Benthan, á quien se debe juzgar como un economista eminente, dice, hablando de los capitales: « Los que sacrifican el presente al porvenir, son naturalmente objeto de la envidia de los que sacrifican su porvenir al presente. Los niños que han comido su bizcocho son enemigos naturales de los que conservan el suyo. »
Mientras se solicita el favor del prestamista, todos son cumplimientos y halagos; el dia del pago son las resistencias y las maldiciones.
El despilfarro cria prosélitos, es un vicio que se populariza fácilmente: la economía tiene pocos amigos.
Por eso es tan frecuente calificar de avaro al que ahorra: en lo dramático nunca un disipador tendrá el éxito que un mezquino. , La imaginación fáciimpnto dota, con los caracteres de ver-
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dugo, al que cobra; pocas veces deja de ver con indulgencia al que se burla de sus acreedores.
En los pueblos en que no existen los usureros, es decir, personas con quienes se estipula libremente el interés del dinero, que tengan que concurrir cqn otros capitalistas al mismo comercio, &c., las extorsiones de la usura son cruelísimas; entonces el prestamista no solo valúa su monopolio, no solo es el apreciador tiránico de la garantía del reembolso, sino que justiprecia el desden 6 la falsa infamia con que le hiere la opinión.
Así, mientras mas pequeño y mas miserable es un pueblo, 6 una persona, mayor es el interés con que consigue dinero: el 12 y el 20 por ciento so paga en muchos pueblos del ii^- terior: la gente infeliz en nuestro mercado suele conseguir dinero con un 6 por ciento diario, dando abonos semanarios para la amortización de su deuda.
El préstamo, al fungir como crédito, facilita las transacciones, acelera los cambios.. Dice Smith:
« A. presta á X. 1,000 libras, con las cuales este compra mil libras de mercancías & B.: este, que no tiene necesidad inmediata del dinero, las presta á Y., el cual las emplea, comprándole á C y así sucesivamente una cantidad puso en movimiento grandes valores y activa en varios sentidos el trabajo. 9
El capital, instrumento de trabajo, tiene que sujetarse indeclinablemente á las leyes del mercado, ala oferta y la demanda: la concurrencia de prestamistas tiene que mejorar el tanto y las condiciones del préstamo, dependiendo en cada caso de la . apreciación del reembolso, los peligros de él, las garantías que ofrezca el individuo que pide prestado.
Antes del descubrimiento de las Indias occidentales, el in* teres del dinero en Europa era, por término medio, 10 por ciento; después decayó á 6, 6, 4, y 8 por ciento.
Todo aumento que sobrevenga en la cantidad de dinero, mientras que la cantidad de mercancías que haga circular sea la misma, no podrá producir otro efeoio que el de disminuir el valor de ese metal.
Bentham observa con razoi:, que sobre ningún otro interés
80 quiere que se fije la atención mas que sobre el del dinero. Colocar el dinero á interés, no es mas que efectuar un cambio de dinero presente contra dinero futuro, lucrando los que hacen el cambio.
¿Por qué á este comercio lo infama y no al que compra 6 vende cualquiera otra cosa ? ¿ Por qué no se trata como al usurero al que alquila una casa?
« Lo que no concibo, continúa, es por qué el legislador prefiere limitar el interés del dinero fijándole máximum y mínimum, por qué se muestra mas hostil con los propietarios de dinero que con otros, por qué se propone impedir los plazos para un beneficio y los concede para otro, por qué no fija penas al que ofrece un interés menor que el 6 por ciento y contra el que acepte mas elevado interés. Abandono á otros la solución de esos problemas, porque es cosa que yo no puedo hacer. »
En todos los paises en que se ha querido poner coto al interés del dinero se han agravado los males y se ha convertido en ineficaz la ley.
La prohibición se ha relacionado con el riesgo y este ha sido un motivo de la alza indefinida del premio. Por otra parte, .el acreedor ha buscado el subterfugio de la ley dándole una apariencia de contrato de otro género al contrato usurario, y el acreedor ha encontrado en esa prohibición motivos de estafa. De todo han resultado transacciones de chicana en que la mala fé suele descollar con perjuicio inmenso de los intereses sociales.
En un país como el nuestro, agitado por frecuentes convulsiones, con la presencia de un deficiente enorme en esos dias terribles de conflictos de la paz pública, el precio que el gobierno ha dado al dinero ha sido conforme á su necesidad; ¿y cómo perseguir negocios al 8 y 10 por ciento cuando él celebraba negocios de 20 é 25 ? ¿ Cémo obligar á que el tipo del interés fuese el 6 por ciento si el dinero empleado en fincas producia el 12 por ciento?
Refiriéndome al tercer punto á que quise contraerme en esta lección, es decir, á la polémica entablada entre socialistas y economistas, creo hacer un verdadero servicio á mis dis-
cipuIoB copiando en seguida las elocuentes páginas de uno de los mas preciosos opúsculos inéditos'de Ignacio Bamirez/ Dicen así:
«Los socialistas j los comunistas modernos, sin sospechar- « lo, han resuelto la cuestión sobre la usura, haü despejado la K inc(5gnita.