Lecciones elementales de economía política · Capítulo real 19 de 32

Lección XVIII

Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 2 tramos técnicos para mejorar el rendimiento.

LECCIÓN xvm.

SALABIO.

Nos recibe hoy á la entrada de nuestro estudio una de esas cuestiones desnaturalizadas acaso por su misma sencillez: nos sucede con ellas como con ciertos guerreros 6 artistas precedidos de excelsa fama: tanto nos los encarecen, con tal facilidad ha suplantado el ser ideal al hombre verdadero en su porte, en su lenguaje j en su manera de ser, que cuando les vemos como los demás hombres, hay algo que nos desencanta, si no es que la reacción de nuestro juicio nos hace ver casi indiferentes lo que con tanta exageración nos dispusimos á admirar.

En efecto, las animadas descripciones del antagonismo del trabajo j el capital, el estrépito de las colisiones de obreros, los escritos sobre caridad legal, los reproches á la economía política de fria j de inhumana cuando repele la extensión con que quiere plantearse aquella, son antecedentes para que por lo menos se llame espinosa á esta cuestión j sea objeto de polémicas apasionadas, de declamaciones ardientes j de lides en que el sentimiento toma parte activa mezclándose á los que buscan sinceramente la verdad.

Recordaréis que en nuestros estudios sobre trabajo redujimos á dos solas palabras sus condiciones fundamentales: LiBEBTAD, utilidad; j también creo recordaréis que al explayar mis ideas explicaba por libertad la supresión de todo oba«

<r la necesidad, no es en realidad libre. Vamos á indagar si el « defecto de la libertad así comprendida se refiere mas á la siff tuacion del obrero que al modo con que es remunerado.

«Cuando un hombre pone sus brazos al servicio de otro, su tr remuneración puede consistir en una parte de la obra proc ducida, 6 bien en un salarió determinado. En uno como en ff el otro caso es necesario que él trate de esta parte, porque « ella puede ser mas 6 menos grande, 6 do este salario, porff que puede ser mas o menos elevado. Y si este hombre está fc en la desnudez absoluta, si no puede esperar, si se encuenff tra bajo el aguijón de la miseria, él sufrirá la lej del ajeno «í interés sin poderse sustraer á las exigencias del asociado, ff Pero es forzoso no perder de vista que la forma de la rcmuff neracion es la que cria en él esa especie de dependencia. Que tf él corra 6 no los riesgos de la empresa, su situación precaff ria es la que le coloca en condiciones desventajosas para toff da transacción. »

Como observáis en la narración histérica, el hombre ha sido considerado como simple instrumento, como cosa: al aparecer el contrato se ve en sus contornos brillar las dotes de hombre armado con los atributos esenciales del trabajo, la libertad j la utilidad.

Poseedor de si mismo y de sus facultades, es un instrumento de producción, pero pensante; aquellas cualidades son su propiedad, su cesión, su uso, están sujetos á su apreciación; son una mercancía que tiene disponible. Enténces se encuentra con otro instrumento pensante de producción, que es el capitalista, j las necesidades se hacen manifiestas; el uno ten« dria inerte su capital' sin los brazos del otro, el otro no pon* dria en acción su fuerza ni su inteligencia sin el capitalista, ambos aspiran á producir y sus intereses se combinan.

Podrían muy bien en su contrato decir: tú suminístrame los medios de trabajo, yo trabajo, y después de cosechar, si ganamos, nos dividimos la ganancia, si perdemos, el uno pierde su trabajo y el otro su dinero. *

^ada parece mas justo; pero en esto cada uno de los contra-

tantee valoriza su mercancía, el ano la llamada capital, el otro la que llamamos trabajo.

El capitalista puede lucrar sin exponerse & los accidentes de tal empresa, el obrero tiene ofertas de mayores ventajas; entonces, 6 el contrato se disuelve 6 se acercan por mutuas concesiones al avenimiinto.

Uno de estos dos contratantes no quiere correr los riesgos de Ta empresa: si las ganancias, dice, pudieran no solo remunerar mi trabajo sino dejarme un excedente que á la vez me biciera capitalista, las pérdidas me arruinarían totalmente por el pago para mi manutención mientras trabajaba j por el empefio en que quedaba de cubrir en la parte que me tocase el desfalco de mi socio. Entonces, aunque la tentación de una ganancia probable le sedujese, prescindía de ella, valuaba las contingencias, los avances de dinero, lo incierto del éxito, j se encerraba sin ambicionjBS en un tanto Jijo para cubrir sus necesidades, dejando á su socio las ventajas 6 las desventajas del negocio en cuestión.

Ese tanto fijo es el salario; ¿qué hay en todo esto de violento ni de tiránico?

El capitalista á su vez puede hacer un contrato semejante. Cédeme, le dice el emprendedor, el uso de tu capital, te garantizo su devolución, y ademas bago que sin correr riesgo alguno á tí te produzca un tanto; si en el uso de ese capital me arruino, mia es toda la pérdida; si centuplico mi fortuna, tú solo tienes derecho al tanto estipulado. Este es el interés. ¿ No encontráis análogo y natural este sistema?

Para mi modo de ver las cosas, en este drden de ideas en que encierro la cuestión hay varias cosas á que atender. El salario es una fórmula de emancipación en el hombre, la ex* presión de un contrato que designa su personalidad digna, libre, arbitra de su propio destino.

Todo lo que dé soltura á ese contrato; todo lo que coloque á los contratantes en aptitud de apreciar por sí sus intereses, contribuirá á la perfección del contrato; todo lo que merme estas condiciones, lo hará inicuo; si la violencia es contra el ca-

pitalista, se llegará hasta justificar el robo; si es contra el obrero, se le forzará cruelmente á retrogradar hasta la esclavitud.

Hemos dicho y creido probar, que el trabajo es una mercancía; la consecuencia forzosa de esta calificación, á la vez que la prueba de su acierto, es su siyecion á la oferta y la de-* manda.

Cobden, en forma de parábola, ha hecho visible este piíncipio^ diciendo: « Cuando dos obreros corren tras de un amo, ff el salario baja; y cuando dos amos corren tras de un obre- «rro, el salario sube.>»

ff La ley de los salarios, dice Golmeiro, se subordina á la ley ff común de la competencia, x

Nada mas obvio que calcular que el día que mas se necesiten albañiles, 6 carpinteros, 6 músicos 6 médicos, mas aprecio se ha de hacer de ellos: nada mas obvio que fijarse en que el dia de una necesidad cualquiera se recurre á cubrirla conforme á la urgencia: lo que se dice del obrero, se dice de cualquier otro artículo, como del cocho para guarecerse del agua 6 el abrigo para atenuar el rigor del frió.

Las vicisitudes dé la oferta y la demanda explican claramente los vaivenes, en la cuota de los salarios, la imposibilidad de influir imperativamente en reglamentarlos, como muchas veces se ha pretendido bajo el disfraz de una irreflexiva filantropía.

Algunos economistas han pretendido regular el precio del salario por la población, enlazada con el capital que sirve de intrumento y remuneración del trabajo.

Baudrillart dice, discurriendo sobre la parábola de Cobden ya c[tada: tf Del capital que un pueblo consagra á la remuaneracion del trabajo, es de lo que depende la buena 6 mala « condición de los salarios. Si el uno -crece, crece el otro, y la « escasez de capitales trae consigo la miseria del obrero. »

En efecto, los que para adular las malas pasiones del vulgo han representado al capital como enemigo del trabajo; los que han contrapuesto los intereses del uno á los del otro, han

querido que se cierren los ojos á la evidencia de las cosas* ¿Cdmo presentar antagónicos á la raíz j al árbol, á la semilla y al fruto?

' La causa de embrutecimiento j servidumbre del obrero en los tiempos antiguos, es precisamente la falta de capital.

« Los útiles, las máquinas, los aparatos de todo género que airven para aplicar los procedimientos perfeccionados, todo esto es capital.

t< Las fuerzas de la naturaleza una vez apropiadas, sirviendo cautivadas á la voluntad del hombre, el viento sobre las alas del molino, la caida de agua sobre la rueda hidráulica, el vapor en el cilindro de su ardiente máquina Esto es capital.

ff Las vastas provisiones que requieren las grandes fábricas

son capital La habilidad, la instrucción, la moral del obre*

• ro, ¿ qué otra cosa son sino capital 7 Así, pues, la formación y el engrandecimiento del capital son las condiciones precisas del progreso popular. »

Una vez puestas de manifiesto las bases movibles en que tiene que descansar el contrato entre el salario y el capital, la mas leve ingerencia en la libre transacción es injusta, porque coártala apreciación espontánea entre lo que se da y lo que se recibe, hecha por los interesados.

No obstante, la fijación de cuota al salario ha sido uno de los motivos de debate entre los economistas, ya por si mismos, ya en sus ardientes lides contra los socialistas.

La tasa del salario supone la interpretación de la voluntad del trabajador, la previsión del tiempo del trabajo, los instrumentos con que se verifica, asi como las circunstancias del capitalista, &e. Es decir, descansa en una serie de quimeras, todas absurdas.

Al vender un hacendado un tercio de trigo, ha calculado su precio sobre los costos de producción; es decir, alquiler de la tierra, monto del capital invertido, del trabajo remunerado, de conducción, jcc; y dice cinco pesos por ejemplo: ¿puede decírsele aumenta el salario de modo que to cueste mas el trigo para que pierdas, dándolo á cinco pesos?

Lo racional seria una ley que incluyera vendedor y comprador; es decir, obligar al uno á que aumentase los costos de producción, y al otro á que comprase mas caro: ya se deja entender lo absurdo de semejante modo de legislar.

Para paliar el erróneo sistema de la tasa de salarios se ha querido dividir el salario en necesario y real: llámase necesario al que basta para la alimentación de él y de su familia; el real consiste en la cantidad de cosas útiles que puede procurarse el obrero en retribución de su trabajo.

Tal clasificación, aunque á primera vista es justa, se funda tambÍ4ín en puras relaciones; donde los artículos de la alimentación son muy caros, un salario alto será insuficiente; por el contrario, por bajo que sea el salario en un país barato 6 doii'^ de el obrero tiene pocas necesidades, será un buen salario.

Puede decirse lo propio del salario real, es decir, de aquel que á mas de cubrir las necesidades del obrero le procura algunos medios que mejoren su porvenir.

Nótase en la intrincada senda que vamos recorriendo, al través de las teorías económicas, la incertidumbre de nuestros ilustres guias; los unos queriendo marcar reglas á la libertad, los otros queriendo sobreponer la ley al interés individual, sin recordar que lo primero que quiere la libertad es ser libre, y que el segundo huye de toda calificación extraña.

Así, por cada regla que quiere sentarse, brotan mil excepciones á destruirla. El salario lo fijaremos en dos reales diarios: ¿dónde? ¿En un país frió, en donde el solo costo de la leña, para que no perezca una familia, vale una cantidad mayor ? Esta cuota seria inicua. ¿ En un país templado, en donde todo es bienestar y baratura? Seria la prodigalidad. ¿En un país caliente, en que necesita el obrero bebidas espirituosas para reparar sus fuerzas y la despoblación hace mas caro el trabajo?

Entonces se ha recurrido á otras clasificaciones que dejó consignadas Smith en su obra inmortal; helas aquí:

c Influye en la cuota de los salarios que el trabajo sea cómodo ó penosoí limpio ó sacio; honrado ó despreciado.

trLa facilidad y el buen mercado del aprendizaje, los gastos j sacrificios que exige.

ff La certidumbre 6 incertidumbre de la ocupación.

ff La mayor 6 menor confianza que es necesario acordar al obrero.

<rLas probabilidades del éxito del trabajo, j»

Nótese, tributando nuestro respeto profundo al padre de la ciencia, lo mucho de arbitrario que hay en todas esas aprecia* cienes, por el afán de fijar reglas á lo que no puede tenerlas.

¿ Quién califica lo cómodo 6 lo incómodo del trabajo ? El obrero. Un albañil gordo tendría gran pena y peligro subido en un andamio; si es flaco, el peligro será menos. Está en el andamio como en una sala; si el amo califica para pagar, verá que para todos los albafiiles estar en un andamio, es cosa natural; un juez compasivo, anciano y que padeciera vahídos, cotizaría aquel trabajo con la mayor largueza.

Sucede lo propio con respecto al aprendizaje; muy penoso era el aprendizaje del bordado; las oscilaciones de la moda hacen que cambie la remuneración; hay máquinas que han sustituido ese trabajo.

Lo mismo podemos decir de las otras reflexiones del maestro; todo tiene que sujetarse á las conveniencias, todo tiene que ceder á las leyes de la demanda y la oferta.

En ninguna de esas apreciaciones se ha contado con la contestura del individuo, con el clima, con la población, con las propensiones al ocio, con el estado de civilización, y todas son cosas que alteran, modifican y cambian las cuotas del salario.

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Es natural que al hombre sano y robusto se busque, de preferencia al débil y enfermizo; pero si se trata de un pintor ó de un relojero, la condición expresada será secundaria.

El clima es taü influyente, que entre nosotros vemos que én las mismas tierras calientes de un modo se paga al que tra- . baja al sol, que al que trabaja á la sombra. En esos climas, en que el abrigo suele ser el mismo cielo, en que la tierra brinda con una alimentación espontánea, ,en que la población es

corta y en que la propensión al ocio ea poderosa, este ocio se

vende muy caro, y los jornales no tienen regla: por último, el salario sigue la relación de las necesidades del obrero, y

donde no hay esas necesidades, ¿qué sigue?

Chevalier dice con exactitud, en mi juicio incontestable : •r ¿ Cuál es la ley, según la cual se arregla el salario, en los «países en que el trabajo es libre? La de la abundancia del ff capital, comparada con el número do trabajadores que piden <r ocupación. Ahí se encuentra esa eterna ley de relación ente tre la oferta y la demanda, que sirve do regla á todas las •r transacciones. Un fabricante no tiene capital mas que para « ocupar cien obreros, retribuyéndolos á razón de cuatro franff eos por cabeza: se le presentan doscientos obreros, que es « forzoso ocupar; entonces no podrá dar sino dos francos á cada c uno. Así, mientras mas se multiplique la población con reK lacion al capital, mas descenderán los salarios, bajarán con <r detrimento de la salud pública, á despecho de la santa carite dad cristiana, á pesar de los gritos de la humanidad herida; K bajarán hasta que los infelices obreros sean reducidos al míff nimum de la subsistencia, á los alimentos mas groseros. Tal «r es la historia de la Irlanda, donde pululando los hombres, á ff medida que ha permanecido el capital estacionario, los desdi- « chados campesinos han depcendido del uso de la carne al del c pan seco, á la patata buena y farinosa; de ahí á una patata •r acuosa, detestable. Esto es espantoso, pero de una inexorair ble necesidad. Donde no hay refectorio, no hay obediencia, u dice un viejo refrán; y lo mismo dice el pueblo, considéresele «í 6 no soberano.

c Tribunos, filántropos, predicadores, por mas que os deva- «neis los sesos, no encontraréis mdjor'solucion que esta: una « miseria espantosa cuando hay muchos brazos y poco capital. ir Los decretos garantizarán el trabajo, garantizarán el salaff rio. ¡Vanos esfuerzos I Vuestra garantía será vana mientras •r no haya capital, y este no lo crearéis sino por medio del traff bajo acumulado; es decir, el ahorro, la abstinencia, la paff ciencia. Decretar un aumento de salarios 6 una diminución «r real de trabajo diario, mientras el capital no se aumente, es

«tan quimérico como efímero. Figuraos un manufacturero •r que emplea doscientos obreros: queréis que doble el salario; « él conviene, pero no lo puede hacer mas que con cien obreff ros. Por supuesto que repartiendo el capital entre la compra cede las materias primeras y los salarios, ¿quérharémos de •resos hombres que queden sin trabajo? — El Estado los ocuirpará, pondremos talleres nacionales d

Ya conocéis el taller nacional, ya habéis recorrido conmigo las regiones encantadas déla organización del trabajo, 7 hemos vuelto asentarnos á descansar á la sombra de la libertad, amantes como nunca de nuestros principios.

Abandonando á la polémica economista y socialista las consecuencias que de los principios de las dos se desprenden, seguros mas que nunca del triunfo de nuestras armas, fijemos, como es de nuestro deber, la vista en México.

Para opinar sobre la situación de nuestros obreros, recordemos que para juzgar de su bien 6 malestar, les aplicamos dos clases de reglas: primera, las relativas al trabajo, es decir, la libertad en el ejercicio que mas les cuadre y la utilidad calificada por ellos mismos: segunda, las referentes á la tradición histérica é á las condiciones de contrato que debe tener su ejercicio.

Encargándonos del primer aspecto de la cuestión, es decir, la libertad, el indio operario es libre; pero casi lo ignora, y si lo sabe, no halla qué hacer de su libertad, ni atina cómo emplearla; el arraigo á su suelo,* su dependencia total del amo, su vida con el dia, hacen que el peón no conciba cémo se puede segregar de la comunidad que forma sin perecer; es un mueble de la hacienda; pasa de unas á otras manos, si hay cambio de dueño, como cualquiera otro de los aperos. En cuanto á utilidad no regula, porque no compara; sigue la tradición; recibe un tanto en dinero y otro tanto en maiz para alimentarse; la deuda lo arraiga en la esclavitud; la trasmisión de la deuda del padre al hijo hace que nazca con la libertad perdida. En cuanto á la parte de dinero en recompensa del trabajo, puede decirse que es una ficción; la tienda, que ejerce un monopolio

tiránico, devora esa parte del salario 7 quita hasta las ilusiones de emancipación al obrero^ si es que las tiene.

El peón acasillado, el de subsistencia permanente en una hacienda, es verdaderamente el esclavo, no por la ley, sino por la tradición y el embrutecimiento.

Hé ahí descubierto de nuevo nuestro esfuerzo de convertir & la máquina en hombre, de educar á esa masa, á ese conjunto que no puede llamarse sociedad.

¿ C6mo discurrir dentro de esas tierras feudales sobr^ la oferta y la demanda? ¿Cómo indicar las ventajas del trabajo por participación?

Los peones cuadrilleros que pudieran tener en mas ejerci- . ció su libertad, que pueden mas atenerse al contrato, se encuentran por todas partes con la concurrencia del peón ocasilladoy y tal concurrencia, lo temporal de la ocupación, la separación de la familia, hacen su existencia aun mas miserable que la del esclavo mismo.

El artesano se acerca mas á las buenas condiciones del hombre. Es cierto que el apreüdizaje le esclaviza y que la falta de capital le sujeta á una concurrencia desventajosa 6 á una esclavitud inevitable; pero la población, el contacto con la civilización le despierta, sigue atento las vicisitudes del mercado, tiene el ejemplo de artesanos laboriosos que le mejoran y le enseñan á emanciparse; por último, en el trabajo por piezas, en la participación, columbra medios para aprovechar sus esfuerzos y para mejorar su inteligencia.

Los pocos capitales que tienen directa aplicación al tí'abajo son tiránicos, porque siguen la tradición, porque no convienen sino que se imponen al obrero.

El salario de la fábrica es mas pingüe que el del campo, la condición del obrero es mejor, puede tener ajuste y sacar partido de su aptitud especial; pero como son pocas las fábricas, como la oferta de ese trabajo es superior á la demanda, hay una secreta coacción que limita la libertad del obrero, que le tasa el trabajo por la férrea ley de la necesidad.

Mientras no se perciba el libre, el inteligente contrato en-

tre el capitalista j el obrero, la cuestión de salario no será sino un subterfugio de la esclavitud.

La naturaleza de las industrias determina á veces el acercamiento á la mejora; el comerciante, por ejemplo, por la pe-

culiaridad de su ejercicio se emancipa, acomoda su esfuerzo á su utilidad, inquiere la necesidad, acude á ella, solicita mercado, transa j puede enriquecerse, por corto que haya sido el principio de su fortuna. El mismo dependiente de la casa de comercio se aviene al salario, pero sueña con el partido, con el tanto por las utilidades, con la recompensa y la emancipación.

En la minería, los que no sirven como esclavos al modo de los romanos, tienen facultad de esa emancipación; la btísea puede hacer su fortuna, las franquicias le brindaü modos de mejorar, son un reconocimiento de su libertad.

El artesano tiene medio de hacer efectivo su contrato; solo en el peonaje cae de lleno la sombra y se estaciona bárbara la esclavitud.

Para mejorar la condición popular, para alumbrar á todos los hombres el camino de su elevación y de sus propios intereses, no se insistirá nunca suficientemente en lo indispensa* ble de la educación, luz del espíritu, guía segura de los pueblos, sosten de la moral, vivificación del trabajo, alma del progreso, vía de comunicación sublime entre el hombre y Dios.

Para que la educación sea fructuosa, es necesario, ante todo, que sea universal, que se aprovechen los medios todos para derramarla hasta las clases mas ínfimas, adoptando todos los métodos, adecuándose á todas las necesidades, infiltrándose por cuantos procedimientos sean posibles.

En la canción popular y en la copla del payaso, en la representación dramática y en las pláticas dominicales, en la casa de asilo y en la escuela de adultos 6 dominical, mucho se adelanta en esta materia; pero es necesario combatir á la ignorancia en sus últimos atrincheramientos.

Las escuelas de niñas no están suficientemente propagadas; ' en los pueblos de indígenas se deberían proteger de toda pre-

ferencia. ¿ Cómo tener buenos ciudadanos, ha dicho un hombre ilustre, si descuidáis á la madre de familia?

¿No se sabe que importa una revolución la educación de una sola niSa?

La propagación de pequeños libros y manuales de extremada baratura es un medio que no se ha explotado suficientemente.

En los colegios los jóvenes, por vía de ejercicios, hacen & veces disertaciones luminosas sobre las ciencias mas difíciles, ostentando su erudición, creando obras notabilisimas que mueren en el olvido; ¿por qué no se alterna con ejercicios de esas mismas materias en manuales puestos al alcance del pueblo ?

El estímulo de la publicidad seria poderoso, la dedicación á las cuestiones del país infalible, la utilidad para todos manifiesta.

Los estudios públicos 6 conferencias semanarias de las escuelas 'deberían introducirse y fomentarse. En ellas el niño aprendiendo enseña; para los padres de familia seria un atractivo ir á presenciar los adelantos de sus hijos. Así se ha*practicado en otro tiempo á título de explicaciones de la doctrina cristiana, y se han podido conocer los benéficos efectos de este sistema. . . ' '

La introducción del dibujo lineal entre los ramos de preferente enseñanza es una de las necesidades do la educación.

La pintura en general habla á las inteligencias mas rudas, es el idioma universal de los ojos; las obras ilustradas tienen con razón mucho prestigio en la multitud.

En los libros de enseñanza se ha adelantado también mucho; pero falta un libro segundo con nociones de geometría, de física, de química, de mecánica, todo con aplicación á las artes útiles y á la producción.

Los manuales, pero dispuestos en otra forma, las publicaciones por el estilo de la ciencia recreativa^ los ramos todos del saber humano brindan á las inteligencias todas sus flores y sus frutos para el ejercicio¡de la santa caridad del alma.

Los jóvenes de los colegios que tanta necesidad tienen de hablar en público, que poseen conocimientos tan adecuados, ¿ por qué en las cárceles, j en los talleres, y en los clubs j las reuniones de amigos no establecen un apostolado de civilización?

¡ Cuántos tesoros para la oratoria ! ¡ Cuántas seducciones para las almas ! ¡ Qué generoso galardón para el talento el dia que viera fruotificar una sola de las preciosas semillas de la enseñanza !

La enseñanza debe ser gratuita^ ponerse al alcance de todos los individuos, j/orzoaa^ obligando álos padres de familia á que eduquen á sus hijos.

Para evitar la cruel explotación que se hace al niño forzándolo al trabajo sin una idea de instrucción y en la edad mas tierna, podría prohibirse con multas rigurosas á los amos y capitalistas que admitiesen al trabajo niños que no supieran leer y escribir y de menos de diez años.

Debería también acomodarse las horas de asistencia al clima, á la distancia de la escuela, á la morada de los padres, á sus necesidades, y sobre todo, no permitirse jamas que en la en8^ñanza mediase castigo 6 violencia, sino antes bien esconder entre los goces y las ingeniosas formas del placer la savia bienhechora de la educación.

Una vez educado un hombre, incluyéndose en su educación el conocimiento de sus deberes y derechos, ya 'puede aspirar al título de hombre; ya libre áo la abyección y del apocamiento que le invade como la lepra, puede y sabe aspirar á hacer lucrativo su trabajo y á contratar con libertad su remuneración.

Las asociaciones previsoras, la de socorros mutuos, las de retiro para libertar de la usura, del desamparo y de la mendicidad al obrero, la caja de ahorros sencilla, desprendida de la especulación y del objeto político, instituciones son todas que cuidando amorosas al hombre, elevándole, haciéndole capitalista, corona de flores su trabajo y le presenta en copa de oro, después de la fatiga, las satisfacciones sociales.

Pero para mí, entre todas las innovaciones que necesitamos descuellan dos, referentes, una con especialidad, al indio; la otra al obrero en general. Estas innovaciones las he extraido, por decirlo así, de mis laboriosas conferencias con D.* Ignacio Ramirez, y ni como utopias me atreveria á darlas á luz, si no fuese porque después de haber obtenido la aprobación de ese para mí profundo pensador, las he sentido dia por , dia arraigar en mi conciencia.

Una de ellas es el ayuntamiento^ el municipio ejercido por el peonaje mismo, luego que la ranchería de la hacienda diese un número de habitantes capaces de gobernarse con independencia del amo en cuanto á sus intereses privados. £1 otro la oiociacion presentando modelos de ella á los obreros, procurándoles tierras, así como pretende hacerse 6 se ha pretendido con los colonos, y haciendo entrar en sus elementos la unidad de mando por elección la distribución proporcional del salario, la libre dependencia y la facultad de una emancipación mejorando su antigua condición.

Agitado hace algunos años por esta misma cuestión de salarios, deseoso de invertir en ella lo que tuviera de mejor mi inteligencia y de mas puros mis sentimientos, recurrí al consejo de varios de mis amigos y escribí & !Ramirez consultándole, quien me contestó de la manera que vais á ver y he elegido como quien quiere rematar con un rico adorno el edificio que fabricó para habitación de los seres mas queridos de su alma. Habla Ramirez:

9 La filiación del salario comenza en la esclavitud. El salaario en todas las naciones aparece constantemente antes que <r el pueblo se haya emancipado, y tiene por base lo estricta- « mente necesario para que el trabajador no se muera de ham- «í hre; ese salario se dispensa del mismo modo á los animales «r domésticos.

<r Emancipado el trabajador continúa el mismo salario, bajo «f el pretexto de que proviene de un contrato voluntario: /aerío (c ut des. Esto es un sofisma, porque no se celebra en forma ese a contrato; y sobre todo, porque el capitalista, atendiendo á

« su provecho, fija la nueva cuota conservando naturalmente flí la acostumbrada Qn los tiempos de servidumbre.

ff Estas observaciones, que pueden verificarse en la historia ff de todos los pueblos conocidos, resultan incontestables, re- « cordando los hechos que han fijado el salario en la nación « mexicana.

«r En la época de los gobiernos indígenas, el asalariado, cuan- « do no era un esclavo, era un liberto, se conformaba con lo « que sus señores consideraban bastante para las pequeñas ne- « cesidades del proletario.

«£n la época colonial se siguió esta base con tanta mayor « facilidad y apariencias de justicia, cuanto quelos mismos es- « pañoles no conocían otra para pagar los servicios de sus ga- « ñanes.

ff Consumada la independencia, no hemos cambiado esos prinff cipios, antes bien, los hemos perfeccionado con las máximas « de una economía política, que fácilmente se contradice cuanff do teme que los resultados lógicos la conduzcan á los traste tomos sociales.

ff Uno de los apotegmas que se respetan por nuestros leer gisladores y sabios para distribuir el salario con supuesta « equidad, se reduce á que se proporcione mayor cantidad de flí alimento al trabajador, que gasta en un tiempo dado mayor cr suma de fuerzas: ¡ obsérvese que esta misma regla sigue uno ic para sus caballos, sus muías y sus jumentos ! ¿ Será racional <í suponer que los trabajadores voluntariamente se someten á « esa remuneración infame? ¿Los economistas pueden procla- « mar como contrato lo que no es sino el resultado de una an- « tigua rutina? El trabajador, siempre que puede, se convierte V en socio, haciendo con esto su primera tentativa de eman- « cipacion. » — Dije.