Lecciones elementales de economía política · Capítulo real 18 de 32
Lección XVII
Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 1 tramo técnico para mejorar el rendimiento.
LECCIÓN XVII.
Tanta importancia han dado los maestros de economía política á la distribución, de la riqueza, que han reducido á dos las maneras de considerar la ciencia: la producción y la dis* tribucion.
Al hablar de la primera de las grandes secciones que acabo de nombrar, es decir, de la producción, mencionamos los agen* tes naturales; y bajo las personificaciones del sabio, del emprendedor y del obrero, procuramos haper perceptibles las funciones de la inteligencia, del capital y del trabajo, marcando su grado de importancia y la remuneración 6 provecho que les era debido por su ejercicio.
En último resultado, creo estar& en vuestras convicciones, aunque no haya tenido fórmula de creencia, que el fundamento de toda buena doctrina sobre la distribución de la riqueza debe estar basado en la libertad del trabajo.
Es honroso para México que principio tan fundamental esté consignado como precepto de la constitución, que* dice en su artículo 5^
ff Nadie puede ser obligado á prestar trabajos personales sin « la justa retribución y sin su pleno consentimiento. La ley
«r no pncde autorizar ningún contrato que tenga por objeto Is ir pérdida 6 el irrevocable sacrificio de la libertad del hombre, ff ya sea por causa de trabajo, de educación 6 de voto religioso* ff Tampoco puede autorizar convenios en que el hombre pacte « su proscripción 6 destierro. »
Algunos escritores han pretendido prabar que solo podía considerarse producto distribuible en uña nación el beneficio líquido que dejasen tas varias ocupaciones del trabajo; pero como se ve, tal teoría no es sostenible, porque las sumas mismas destinadas & la compra de las materias primeras, al pago de jornales, &c., han sido alimentos de otras fuentes productoras que dejan sus beneficios á quienes los explotan.
Coquelin determina la producción,* diciendo: que es el resultado de tres agentes principales, que son:
Primero. La tierra^ comprendiendo en ella las aguas, las minas y los agentes naturales.
Segundo. JEl capital, es decir, fincas, naves, instrumentos de trabajo, en una palabra, toda la riqueza adquirida que se aplica á la producción.
Tercero. El trabajo^ eala extensión que lo hemos considerado, es decir, intelectual y físico.
Puesto que tales agentes concurren á la producción natural, que de ella tengan su provecho y entre ellos se distribuya.
A cada una de esas Cormas de retribución se le da nombre diferente, adecuado á su manera de existir y de obrar.
A los servicios de la tierra se llama renta 6 arrendamiento y incluyéndose en esto la parte que se da por el capital representado 6 invertido en la tierra.
A los servicios del capital corresponde, como remuneraciones ordinarias, el producto, cuando el tenedor de ese capital gira por su cuenta y riesgo, ya aislado, ya asociado á otro capital: llámase ÍTUereB cuando se cede el uso del capital á otro por un tanto fijo.
Cuando se trata de un capital inmobiliario, como una Casa, una fábrica, se llama al beneficio alquiler.
La remuneración del trabajo, como sabéis, toma diferentes
nombres; salario, jornal, sueldo, honorarios, &c., según se habla del peón, del empleado particular 6 público, del funcionario, &c.
Cuando un individuo 6 una asociación reasume dos 6 mas funciones de la producción, como inventar, poner el capital y
trabajar La remuneración, el cálculo de las ventajas, es
privativo, inaveriguable para el público, que Bolo hace apreciaciones en el cambio.
La división del trabajo se extiende, se combina, se ramifica, como causa y efecto del desarrollo de los pueblos j de los progresos de los conocimientos humanos.
Dice Colmeiro: « En suma, la cuestión de la riqueza encier- « ra tres cuestiones, á saber: qué personas son llamadas & parir ticipar de la producción; qué cosa 6 cosas deben repartirse ff entre ellas, j qué lejes 6 reglas económicas determinan la «proporción del repartimiento.»
Respetando mucho la manera de discurrir de escritor tan distinguido, creo que por sutilizar esta parte de la ciencia, los economistas se han perdido en vaguedades que no tienen soluciones satisfactorias.
Bien conoció Skabek estos extravíos, cuando tituló la parte de distribui^ion ó repartición d& la riqueza, ganancias, ó productos, reduciendo sus apreciaciones al capital j al trabajo, j aun así mostrando la falibilidad de los cálculos.
c Supangamos, dice, dos fábricas de hilados, con los mismos capitales, los mismos obreros y la misma espera para la realización del efecto en el mercado. Natural es que los productos do los trabajos sean iguales.
(c Pero supongamos que cerca de una de las fábricas se improvisa un mercado y que la demanda varia; entonces esta circunstancia cambia los productos de uno y otro capital, y de una y otra suma de trabajos.
ff La remuneración de los esfuerzos, que dan por resultado la producción, se regularizan, se convierten en proporcionales jju8to9 por la naturaleza de la libertad; el objeto de la ciencia ea promover la supresión de los obstáculos que tenga esa
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libertad; así lo han entrevisto los economistas, y por esto citan como motivo de la mala repartición de la riqueza/ el gremio, las trabas fiscales, las inconveniencias de una contribución mal calculada j la supresión de una concurrencia desembarazada»
« Las escuelas socialistas, dice Baudrillart, tienen un len- <r guaje diferente. A creerlas, el trabajo y el capital producen « bastante para cubrir todas las necesidades. Si hay pertur- « baciones, es porque los unos tienen mucho y los otros no tiec ncn bastante. La solución de este problema debe ser un ne* « gocio de legislación. Toca al legislador favorecer á los unos «f y despojar á los otros: asignarle al trabajo una parte con mas « criterio que el mismo trabajador: poner la sabiduría y la jusfr ticia armadas do la fuerza pública, en el lugar de la sabidu* ir ría y la justicia de los contratantes. Creen los socialistas que if este es el bello' ideal de la felicidad pública. Según la ecoir nomía política, semejante intervención gubernativa inmola á K la vez la libertad, el orden y la justicia; produce la atonía, ff siembra la inquietud y da por resultado de sumergir en mas K honda miseria las clases infelices, haciendo retrogradar al « género humano. »
Consultando hace tiempo esta materia, objeto de un estudio especial, con el Sr. Lie. D. Ignacio Ramírez, á quien saben vdes. amo como á hermano, y respeto como & maestro, me escribió una carta, que voy á copiar letra á letra, pasando por algo de la forma, en obsequio de que queden en su extensión grandiosa de miras las ideas de ese notable pensador.
Dice la carta:
« La economía política, en resumen, no debo ocuparse sino «r de la distribución de la riqueza.
<r La producción, en efecto, es natural 6 artificial. Producir cion natural significa, científicamente, /í«e<;a, química 6 cualff quiera otra ciencia. Producción artificial, tiene sus leyes en n la agricultura, la minería, los tratados sobre comercio y las «obras sobre diversas artes industriales: en todos estos casos « los principios económico-políticos son sencillos y comunes á « todos los procedimientos humanos; aprovechar los frutos do
tr la naturaleza; especialidad en las profesiones; libertad en la « institución j en los procedimientos técnicos ¿ industriales, j ff necesidad de proporcionarse modelos y mercados. Es fácil, ff por lo mismo, que los valores naturales y artificiales abun« « den en cualquiera nación, y que á pesar de esto los ciuda- « danos vegeten en la miseria.
« El gran problema de la economía, tanto política como so- (T cial, consiste, pues, en la distribución de riquezas; la solu- « cion se encuentra en la mas amplia libertad. La dificultad, ic por lo mismo, consiste en estudiar como las leyes fundamen- « tales, las civiles, las criminales, los tratados entre las diversas «r naciones, la rutina, la ignorancia, el servilismo hereditario, « la religión, se oponen á una distribución equitativa de todos <r los productos naturales y artificiales de un pueblo determi- «nado.» — Dije.