Lecciones elementales de economía política · Capítulo real 24 de 32

Lección XXIII

Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 1 tramo técnico para mejorar el rendimiento.

CONSUMO DE LA RIQUfiU

LECCIÓN xxm.

Producción y consumo: hé aquí el alfa y el omega de la riquesa. Cuando por primera vez me fijé en esta cuestión, mejor dicho, me hicieron fijar las distinciones de los economistas, crci que cualquiera comprendería esta materia mejor con el auxilio de su razón natural, que con las explicaciones: mas dándole su genuina acepción á la palabra, que comunicándole á esta ún sentido sujeto á ampliaciones.

Bn efecto: consumir da idea del acabamiento de una cosa, de su extinción, y en este caso está el pan que nos alimenta, el agua que bebemos, &c.

Pero asi como no ha estado sujeta á la voluntad humana la creación en el sentido absoluto de la palabra, tampoco lo está el aniquilamiento; en uno y en otro caso se sigue la ley eterna de las trasformaciones.

Sin duda por esto sucumbieron á la necesidad de una distinción los economistas, y refiriéndose á valores, dividieron los consumos en definitivos y reproductivos: llamaron los primeros á los de los objetos cuya desaparición era completa; y

reproductivos á aquellos objetos que, trasformándose, incorporaban su valor en una nueva producción. En la primera categoría pusieron, como para hacer inequívoca su distinción, los alimentos, el vestido que se aniquila sirviéndonos; en el

segundo: el troeo de madera que, trasformado en un burean^ adquirió nuevo ser bajo la creación del trabajo 7 se valorizó de distinta manera.

Gomo se puede percibir, con el auxilio del mas superficial examen, el consumo reproductivo no es realmente sino uña modificación de la producción, una trasmigración imbíbita en la forma que realmente no debería clasificarse entre los consumos.

En la modificación indicada pudiera caber ganancia ó pérdida, como observa perfectamente Droz, cuando pone por ejempío la formación de un libro en que entró asiduo trabajo, riquísimo papel, lujosa pasta, 7 que, sin embargo, el libro no tuvo aprecio alguno. Entonces el papel blanco que valía diez 7 seis pesos resma, vale veinte reales arroba, 7a impreso, 7 en proporción las pastas 7 los adornos del libro.

Empeñados en la clasificación anterior los economistas, se han decidido por la apología 7 por el fomento del consumo reproductivo, como dándole otra acepción subentendida; esto es, de pérdida ó ganancia, 7 esto ha producido otro género de inducciones.

Para mi modo de ver las cosas, lo que ha7 de cierto en este particular es, que se diferencia esencialmente en cuanto & las apreciaciones de la ciencia, el consumo personal 7 el consumo general: que una significación tienen las necesidades del hombre, considerado en su individualidad 7 otra en su conjunto.

Para hacer mas perceptible mi raciocinio, os trasparentaré su procedimiento en mi inteligencia.

Al pensar 70 por mí 7 con relación á mi individuo en comer, mi idea natural es tener que comer, es decir, que ha7a^roáu^- cion que 70 consuma; 7 esto para mí, repito, es nna necesidad real: luego ante todt) es indispensable producir, 7 este debería ser el objeto preferente de toda sociedad.

Pero en cuanto se trata del ser colectivo, aquel raciocinio se refiere al movimiento aparente, como se dice del sol, para tratar del movimiento real.

Mientras esta& necesidades se manifiestan y se satisfacen aisladas, el mercado no existe, los cambios se verifican en una escala desconocida, el valor está como latente, sin manifestaciones universales.

Para que broten todas estas condiciones económicas, es forzoso que las necesidades se congreguen, clamen, por decirlo así, por su satisfacción, que los consumos nazcan; entonces á esta demanda acude la oferta, y esta, cuando acude, es obedeciendo á las instancias de la producción. Este es el consumo mercantil: como veis, es evidentemente precursor á la producción.

Engañados por esta duplicidad de fenómenos, han proclamado varios escritores la urgencia de crear necesidades, como si eso pudiese hacerse artificialmente.

Las necesidades están sujetas á mil accidentes: se adhieren á cada clima, se manifiestan mas ó menos exigentes, según las costumbres, la situación topográfica, las preocupaciones y hasta los caprichos.

La ley universal que se manifiesta en todos los pueblos, imbíbita en la naturaleza humana, indivisible do ella, es la del

placer y el dolor.

Buscar el primero, evitar el segundo; hé ahí los dos polos del mundo moral señalados por Bentham con toda la energía del raciocinio, con todo el invencible prestigio de la verdad.

¿ A qué trastornar esta ley oponiéndole los tristes recursos de la ficción?

¿ Cómo á título de creación de necesidades Rabiamos de lograr generalizar en las tierras calientes las estufas y los vestidos de pieles,, para sustituirlos á la fresca sombra y al ligero traje de lino ? ¿ Cómo aunque se encarecieran por la pluma de Lamartine las ventajas de la hamaca en México, se habia de preferir al colchón y á la salea?

Al tratarse de la cuestión de indios, el entusiasmo patriótico ha creido encontrar la piedra filosofal, fijándose en que es indispensable crear necesidades & los indios.

¿ Quiere decir esto que los civilicemos, que los hagamos incorporar á la comunidad social? Entonces estamos completamente de acuerdo: ¿ quiere decir, que artificialmente les criemos necesidades, aunque ellos mismos no estén en aptitud de satisfacerlas? Entonces nada hay en nuestro juicio mas peligroso.

Ya en otra vez en esta cátedra me he difundido sobre esta materia.

He puesto ante los ojos de mis discípulos al peón del campo, arrancado á su hogar j á su vida semisalvaje, j trasladado repentinamente al cuartel.

Os he hecho asistir á su trasformacion: el indio, retraído, encogido, semidesnudo, ya pasó por el duro aprendizaje del recluta; viste y está aseado, lleva con desembarazo su uniforme, come un rancho muy superior á la escasa y poco suculenta comida de su aldea; bebe, juega, enamora, ve con cierto desden á los indios sus compañeros. Hé ahí un hombre lleno de necesidades. ¿Qué sucede con él? Que el sentimiento de su libertad se sobrepone á esos goces ficticios, que un dia deserta, y ya por la persecución de la ley, ya por los hábitos creados, difícilmente vuelve á sus ocupaciones tranquilas. ¿Qué resulta entonces de esa creación de necesidades ? Que ella es el estímulo que conduce á la revuelta, al robo y al patíbulo.

No: lo único que puede hacerse respecto de esa masa sin cohesión con nuestra masa, es poner al indio en aptitud de quo por sí mismo valúe los beneficios de la civilización; abrir sus ojos para que distinga dónde están los goces y dónde las penas, y dejarlo que él solo se deje conducir por su instinto.

La manera de tratar esta cuestión por los economistas, los ha conducido en sus exploraciones á ocuparse de la cuestión de lujo, pasando los límiles de la ciencia, perdiéndose en excursiones morales de muy dudosos resultados.

La calificación del lujo es de relaciones, y por lo mismo in-

contenible en reglas precisas. Lujo serán los zapatos para el que siempre anda descalzo.

Dadle d un indio zapatos, U dais callos, ha dicho Ignacio Bamirez con su gracia genial: para un pintor será objeto de lujo un coche; para un médico puede ser un instrumento que haga su fortuna: mis anteojos para cualquiera de mis discípulos son un oBjeto de lujo; para mí, ya lo veis, un artículo de necesidad. «

Es muy difícil distinguir en el objeto de lujo la parte de trabajo del que lo ejecuta, y la parte superfina del que usa ese objeto.

El herrero, el carpintero, la modista, las costureras que intervinieron en la producción de un artículo de lujo, son industriales que invirtieron su inteligencia y su fuerza en una creación, tienen tanto derecho á que se les remunere como todo el que trabajó.

Sucede aún en los vicios: al herirse el aguaf diente con un impuesto subido, el gravamen no es solo para los ebrios, debe contarse con el hacendado y el trabajador del campo, con el fletero, con el enfermo que se sirve del alcohol como medicina.

La cuestión de lujo entra de hecho y debe entrar en el dominio de la moral, sin ser posible que las leyes intervengan eñ ella.

Nótese únicamente una cosa que expondré para concluir. El lujo no es peligroso, no manifiesta consecuencias funestísimas, sino donde se quiere resolver el problema de vivir sin trabajar como en México. Es como ciertas bebidas espirituosas: al hombre trabajador lo alientan y robustecen, al holgazán lo embriagan y aniquilan.

Otra cuestión que se ha tocado como correlativa de los Consumos son: las fiestas públicas, la protección de ciertos espectáculos que producen ciertos movimientos ficticios en el comercio, en las artes, en todos los canales de la producción.

Bajo este respecto, justo es que atendiéndose á la parte espiritual de un pueblo se cuide de que se desarrolle su patriotismo, recordándole sus glorias y las virtudes de sus héroes*

justo que la fraternidad se ostente en un día que se hace conmemoración de los grandes sucesos de una nación^ y estas necesidades morales foméntense; pero no sujetándplas á las conveniencias económicas. El corazón no tiene libro de caja.

Para el positivismo de la ciencia tienen el doble aspecto de Jo que se ve y de lo que no se ve.

Se ve el trajin de loa negociantes j su contento, no se ve el dinero distraido de los productos útiles que dejan inertes muchos brazos j en la miseria familias enteras. Se ve el teatro donde brillan las hermosas, donde embriagan los cantos de ruiseñor de las cantatrices, donde ti alma innamorata se extasía; no se ve la tienda de empeño, ni el buitre de la usura preparando la humillación y la ruina del imprevisivo padre de familia.

Tanto ha avanzado el absurdo en este particular, que en nuestros días, por uno de los hombres de estado mas eminentes, se ha pretendido sostener que el recargo de los impuestos es un gran bien: absurdo antiguo, aniquilado por la sana razón y que renace á la sombra de la ignorancia.

¿Aumentar los obstáculos de la producción, unjbicn? ¿Dislocar el interés natural por el mandato, un bien ? ¿ Un bien cegar las fuentes de vida de un pueblo?

Federico II escribía á D' Alambert, para justificar sus guerras: crMis numerosos ejércitos hacen circular las especies, y «c derraman en las provincias los subsidios que los pueblos dan cí al gobierno. »

«No, mil veces no, dice Baudrillart: los subsidios dados al gobierno no vuelven.»

Con este motivo observa Say: «Para la provisión de un ejérff cito, dos valores entran en las manos de un gobierno y sus <K agentes: V El valor de los subsidios pagados por los súbdi- 9 tos. 2^ El valor de las provisiones pagadas por los contraff tistas. Los que dan los primeros valores, los contribuyentes, «r no reciben ninguna compensación; los contratistas reciben un <r contravalor que es su pago; pero este contravalor no basta ff para que los escritores se crean autorizados para decir que

ff el gobierno da con una mano lo que recibe con la otra, j « que no hay en todo esto sino una circulación en que la nación « nada pierde. Lo que el gobierno recibe es igual á dos; lo que « da es igual á uno. La pérdida de la segunda unidad cae so- « bre el contribuyente; y como las fortunas reunidas de todos cr los contribuyentes forman la fortuna de la nación, la fortuna « nacional disminuye tanto cuanto importa el montante de los cr consumos hechos por el gobierno. »

Querer crear artificialmente necesidades, provocar trabajos adrede, creyendo que así se favorece la riqueza, son y han sido medios siempre de titiriteros políticos, que alucinando á las masas con el fuego artificial de sus teorías, las abandonan en la oscuridad de su miseria. «Estos bárbaros, sin saberlo, dice un autor que no recuerdo, serian capaces de emprender la apología de la peste, de la inundación y del incendio.» — Dijb.

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