Leyendas españolas · Unidad 110 de 180

Unidad 110 · Ef. HALCÓN. :i87

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Ef. HALCÓN. :i87

En manos de un obispo, á quien estraña La previsión de aquellos casos era, Sin defensa la mísera Bretaña, Abria al enemigo su frontera. Ni para defenderse de su saña, Dis|X)sic¡on habia (|ue pudiera Dar armas al valor y al patriolismo : En España otra vez hubo lo mismo.

Y lo mismo habrá siempre que el que mande, Sumido en vida graia y remolona,

Fuera de los senderos se desmande En que el deber lo ciñe y aprisiona. La seducción del predominio es grande; Grande hechizo circunda á la corona ; Mas si el que lo |>robó, cede á su halago, Prepara el suyo y el ajeno estrago.

Si difiere el peligro con, V^eremos ; yo corre prisa; nadie nos apura; Se verá poco á poco en lo» esln'mos, \ h:t de llorar mui tartle su locura. Los que estamos abajo, padecemos; El ágil enemigo se apresura;

V cuando á paso lento a(|uel camina, Esle ya ha consumado su ruina.

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Por la primera vez, en largos años, Pensó en negocios públicos Gofredo; Lo que no hicieron tristes desengaños, Lo hizo un resorte mas terrible — el miedo. Eran tan inminentes ya los daños, Que morir era igual á estarse quedo. Preciso era moverse de algún modo : Kn la elección del medio estaba todo.

Debió ser el obispo, por supuesto, Quien cortase aquel nudo gordiano ; Mas no estaba el buen hombre mui dispuesto Para ganar á Udico por la mano. Tras mucho meditar, convino en esto : Qu(í en peregrinación fuese su hermano, V con ayuno, llanto y penitencia implorase del papa la clemencia.

Golredo al escuchar tan duro fallo, Iba ya á replicar en agrio tono : « Por ventura de Roma soi vasallo ? Es mas la escelsa silla que mi trono?» Con otras reflexiones que ahora callo, Por miedo de escitar el duro encono Del que quiere pillarme en un renuncio, Para llevar corriendo el soplo al Nuncio.

EL HALCÓN. '\S9

Reprimióse el buen duque sin embargo; Bajó los ojos y quedóse frió, Porque después de un cautiverio largo Ni aun para liberlarse (jueda brio. Aunque entonces salió de su letargo, No siendo dueño ya de su albedrío, Ni arbitro de romper vieja costumbre, Trapío en silencio aquella pesadumbre.

Dolíale el dejar su bella esposa. Con quien pasaba ratos tan felizes,

Y emprender una marcha peligrosa,

Y alojarse sin guardias ni tapizes : Mucho mas lo afligía la espantosa Reflexión, que entre tanto las perdizes ¿Qué dirían al ver que les faltaba Quien ni un momento libres las dejaba?

En seguida otra imagen mas horrenda Cima puso á sus graves desazones : <(¿Tan ínTeliz seré que me desprenda De mis caros amigos, los h.dcones? » Por poco suelta al llanto libre rienda; Mas súbito pronuncia estas razones, Como de su fl.iqueza arrepentido : <« Vendrá coniniu'o á Roma el Preferido. »