Leyendas españolas · Unidad 112 de 180
Unidad 112 · EL HALCÓN. 393
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EL HALCÓN. 393
Mas los halcones son como otra raza
De individuos, que al bien se muestran sordos.
Se recrea el balcón si despedaza
Palomas, oropéndolas y tordos;
Pero el otro individuo, cuando caza,
Los que caza, son pájaros mas gordos.
Chassez le naíarel, dice uu poeta,
il revient au galop. Quién lo sujeta?
Preferido era balcón de carne y bueso ; Y en estos inj^redientes se vincula Enérgica aíicion á todo esceso. Que el apetito y la pasión adula. Si un instante se cansa de su peso La virtud, la pasión luego pulula : De este común principio no se escapa Ni el monje mas austero de la Trapa.
Volvióse el duque pues, como decía, Libre ya de sus tétricos alanés, Trazanilo en su vivaze fantasía, De regreso á su corte, vastos planes. Ánles de todas cosas disponía Gran batida de chochas y faisanes; Después de recrearse en esta empresa, Penst» en su cara esposa, la duquesa.
391 EL HALCÓN;
Llegó ocupado en este pensamiento, Siempre teniendo á Preferido en mano, A un mísero lugar cerca de Trento En calorosa tarde de verano. Cansado de la marcha, tomó asiento En un poyo que estaba allí á la mano;
Y el halcón, cuando vio dormido al dueño, Como él, se libra á delicioso sueño.
Quiso entonces la suerte, á quien es uso Colgar cuanto nos daña y arruina (Propensión insensata que no escuso), Que se hallase allí cerca una gallina. Esta pobre gallina un huevo puso ;
Y desembarazada la oficina Que destinó natura á tal empleo, Soltó, como es costumbre, un cacareo.
Con menos prontitud baja atraído Por la eléctrica vara rayo ardiente, Que dispierta y se lanza Preferido Contra aquella infeliz ave inocente. En un instante el cuello retorcido Por la garra del pájaro inclemente,
Y el pavimento en sangre salpicado Manifiestan el crimen perpetrado.
EL HALCÓN. 395
Qué ve tíl duque al abrir los tristes ojos? Olí esiiectáculo atroz ! Quis talia fando! Del caro Preferido los des|>ojos Semivivos aun y palpitando; Una furia ó mujer, brotando enojos
Y el sacrificio horrible consumando Con sendos golpes y ásperas injurias. Propias de las mujeres que son furias.
En aquel solemnísimo momento
El duque se acordó de que era duque
( Del hombre el repentino movimiento
Depende del sistema en que se eduque ) ;
Salta con nunca visto atrevimiento,
Sin temor de que el salto lo desnuque,
Sobre la despiadada halconicida,
Que al verlo no da un cuarto por su vida.
xi.ix
El cuello con las dos manos le estrecha, Mientras su rabia en lágrimas desfoga ; La pobre, en coyuntur;» tan estrecha, Ili/o lo (lue cualíjiiiera que se ahoga : Luchando por iz(|uierda y ix)r derecha, Retorciendo los brazos como soga
Y haciendo mil violent::s contorsiones. Procuraba salir de sus prisiones.