Leyendas españolas · Unidad 13 de 180
Unidad 13 · LA JUDÍA.
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LA JUDÍA.
Y ruge como tigre entre cadenas. Raquel lo sigue por do quier : su mano Ciñe la fuerte espada, y asegura
La olvidada armadura,
Y ajusta al morrión plumero ufano.
No cual antes envuelta Gime en negro pesar : ürme y resuelta,
Y á toda desventura apercibida,
Sexo y edad olvida. '< Véngate,» dice intrépida ; « confunde
De esa infame caterva
La osadía proterva. Su sangre criminal feroz difunde : Tu mano en ella y el acero esmalta. Esa sangre quizas es la que falta. Para que á tu mirar se rompa el velo Que te oculta los ámbitos del cielo. Corre, que ya los oigo, cual panteras Bramar de rabia. ¿Ves cuan orguUosas
Tremolan sus banderas''*
¿Cuan sedientas y ansiosas Sus miradas nos buscan , para hacernos Víctimas de sus odios homicidas?» De sus cavernas hondas y encendidas
Arrojan los infiernos
Al genio que se goza, Cuando un mortal á otro mortal destroza^ Genio que largos siglos del il)ero Rigió los hados, cuando fué el acero Su código, la fuerza su justicia.
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Y el execrable numen se recrea Viendo entre hermanos bárbara pelea, Que escita de unos pocos la malicia,
Y en que turba servil ciega se lanza, Sin interés, sin odio ni esperanza.
Allí el cuadro uniforme Que la historia en sus páginas repite, Sangre vertida, confusión enorme, Fuga veloz y sanguinario envite,
Y muertes, y alaridos,
Y orfandad á inocentes desvalidos, Reproduce incansable la Discordia. En los santos alcázares del cielo
Cubrió Misericordia Su dulce faz de impenetrable velo. Por no ver los horrores de aquel dia. Don Suero busca en la contienda impía Al móvil principal del atendado ;
Y Ñuño despechado. También busca el objeto de su enojo.
Y encuéntranse, sedientos cada uno De sangre ajena, y ambos de consuno Suspenden un instante el ciego arrojo. Fué un instante no mas ; parten los fíeles Troteros al batir del acicate.
Las dos lanzas penetran los broqueles,
Y se rompen, y entonces el combate Fué mas terrible; brillan las espadas, (^omo en cimas riscosas y escarpadas
Deslumhran á lo lejos
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De la lava encendida los reflejos. Resuenan en las fuertes armaduras Horrendos golpes, que con impías manos
Se asestan inhumanos Los dos contrarios; vastas hendiduras Ábrenso en la coraza y en el peto,
V de sangre se cubren. Las heridas Mas enardecen el atroze reto.
Ya de Ñuño las fuerzas abatidas Aflojan : su enemigo reconcentra Ll vigor que en sus niú-culos reside : La liera punta la garganta encuentra Del rival, } del tronco la divide.
Entre tanto suspenso
El uno y otro bando
Se mantuvo, observando La lucha atroz y sanguinaria : intenso Rumor circula, cuando Ñuño cede :
Y al victorioso Suero se encaminan,
Y lleras amenazas le fulminan.
Ni á tal peligro el bravo retrocede : Con unos pocos el peligro arrostra, ^ á mas de un infanzón curto la vida.
Mas la profunda herida (^ue hiende el pecho, sus esfuerzos postra. Su mano entumecida ya no agarra
Cual férreo anillo el puño,
V un agudo tormento lo desgarra.
Los que la sangre vengan de Don Ñuño. Mas lo estrechan, y él mas se debilita