Leyendas españolas · Unidad 80 de 180
Unidad 80 · 272 LAS DOS CENAS.
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272 LAS DOS CENAS.
Manjares delicados, Como en las huertas el copioso octubre Vierte profuso delicadas pomas. Llenan el ancho ambiente los aromas
De vianda esquisita,
Y de plata bruñida en honda jarra
El néctar de Navarra Charla ruidosa y confusión escita.
Aquel bárbaro lujo, Que desde el Asia la Cruzada trujo, Mezclando á la crudeza la molicie,
Y ornando con dorada superficie
Torpe ignorancia y condición sangrienta, Por donde quiera allí su gala ostenta.
Da el rei apenas crédito á sus ojos, Viendo cuan implacables los despojos De España los magnates sacrifican ; Pero crecen de punto sus enojos. Oyendo cuan impávidos se esplican,
Y de sus mismos crímenes blasonan
Y su suprema majestad baldonan. Uno pondera en narración exacta Sus olivares, sotos y cortijos :
Con mas necio impudor otro se jacta De tener tres apoyos en tres hijos. Que en armarse no tardan. Si el rei no les concede lo que aguardan.
LAS DOS CENAS, 273
Un obispo ( no sé si el de Sigiienza ) Llevó algo mas allá la desvergüenza. «Si Enrique,» dijo, «quiere cercenarme
El diezmo y la primicia. No llegará á sus cofres un adarme; Si tenaz permanece en su injusticia. Contra su autorid;id armaré al vulgo;
Y si se obstina mas, lo descomulgo. »
Oyó Enri([ue estas cosas,
Y otras oyó no menos afrentosas ;
Y cuando ya turbados y beodos
A un mismo tiempo deliraban todos,
Y alto rumor, como huracán deshecho,
Resonaba en el techo Del anchuroso espacio, Con el criado fiel vuelve á palacio.
En penoso desvelo Pasa la noche Enrique. De la altura Donde lo colocó benigno el cielo, Derrocado se vio |)or mano impura, Cual vil usurpador; envilecida Su augusta majestad ; contra su vida
Vio esgrimidos puñales,
Y en infinitos males Envuelta la nación, debajo el peso De aquellos opulentos opresores. De pronto disipados sus teniores.
27i LAS DOS CENAS.
Resuelve poner fin á tanto esceso, Vindicando su afrenta
Y la gloria del trono en que se sienta. Propio es del hombre que abatido cede,
Ignorar lo que puede : Un mal paso á otro malo nos conduce; Una debilidad tras otra llega,
Y así la voluntad dócil se entrega
Y á mecanismo ciego se reduce.
Mas si en choque de vario pensamiento Súbito en lo interior la razón luce,
Cual resorte violento,
Desata el albedrío Con fuerza estraña nuevo poderío.
El sol apenas en oriente brilla. Cuando los reyes de armas de Castilla, A quienes estas diligencias tocan, Nobles y obispos ante el rei convocan, « Su Alteza,» dice el ancho pergamino,
« Velando de contino
Por sus fieles vasallos. Quiere de gran conflicto preservallos. Nuevas le han remitido harto siniestras,
Con equívocas muestras
De aparatos hostiles
Y discordias civiles, Triste anuncio de grave desconcierto.