Leyendas históricas de América. La conquista.--La colonia.--La independencia.--La república · Unidad 17 de 121

Unidad 17 · LEYENDAS HISTÓRICAS 49

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LEYENDAS HISTÓRICAS 49

misma almohada! ¡Pena de la vida! Por lo más sagrado, por las cenizas de mis padres, por mi honor de militar y sobre el puño de mi espada le juro que le fusilo sin misericordia si antes de una hora sale de su boca la menor palabra referente al asunto.

—Está bien, mi coronel. Ahora, ¿qué piensa hacer?

— Eso es de mi incumbencia. Ya lo verá. Puede retirarse.

Y mientras D. Mariano Gramas, el paisano que primero había traído a Guayaquil la noticia del desastre de Huachi, se alejaba cabizbajo, el coronel Morales, que quedara aquí de comandante general, se roía las uñas de furor, exclamando:

- íEse viento!... ¡Ese maldito viento!... Ahora, lo que conviene es... Bueno, ¿y a qué hora estamos?... Las tres... ¡Bah! Todavía hay tiempo. Con tal de que ese Gramas no hable!...

Una hora después, esto es, a las cuatro, ruido de tambores y de cajas de guerra, sonido de clarines y cornetas, llenaban la ciudad. La escasa guarnición iba por ellas, precedida por el escribano y los suyos, que promulgaban un bando solemne con el mayor estrépito posible.

Morales no se anduvo en chiquitas. En el bando comunicaba a los guayaquileños la derrota, con todos los detalles que habían llegado a su conocimiento, e invitaba a los ciudadanos

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a que se inscribiesen para la formación de oiro contingente, a fin de continuar la campaña.

Las gentes oían, trémulas de impaciencia y de furor. A las siete había ya setecientos inscriptos: la base de un nuevo ejército.

«El pueblo que no se para en sus desastres —dice con este motivo el historiador Cevallos— sino que, olvidándoles pronto, se alienta nuevamente, no puede menos que conquistar los derechos que apetece.»

-FINAL

La fría noche, descendiendo de ios picachos helados de la cordillera, cubría con su manto de tinieblas el arenal sangriento y solitario.

Bandadas de aves de rapiña habían acudido al festín suculento, y devoraban tranquilamente, graznando de placer, los cadáveres abandonados.

Pero había otros carnívoros que les disputaban la presa, arrastrándose en silencio a la luz de pálidas candilejas que parpadeaban en la sombra. Eran los indios de las inmediaciones, ';que despojaban a los muertos a sus anchas.

—¿Doña Marcela?

- ¡Jau!