Leyendas históricas de América. La conquista.--La colonia.--La independencia.--La república · Unidad 19 de 121

Unidad 19 · 54 MANUEL J. CALLB

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dante don Carlos Tolrá con el batallón de su mando, llamado Primero de Numancia.

Esa tropa estaba casi desnuda al fin de su larga campana al través de Nueva Granada, entre combates y reencuentros, y era indispensable vestirla, no sólo con decencia, sino con el mayor lujo posible, en el concepto del jefe español, el cual, aunque halló buenas telas, no encontró costureras. ¿Qué hizo entonces el malvado? Cogió a las madres, mujeres, parientas inmediatas de los insurgentes, las metió en la cárcel, remachóla a cada una un grillete al pie, y les puso la costura en las manos... ¡A ver si me hacen buenos uniformes para mis zambos y cholos del Numancia!

Y cose que cose, las señoras trinaban de coraje y languidecían de angustia... ¡Pobres! ¡No se había inventado todavía la máquina de coser!...

Si aquellas ultrajadas señoras hubieran sabido que el descontento fermentaba en el Numancia, en e' cual los jefes y oficiales patriotas aprisionados en acciones anteriores se veían obligados a servir de soldados rasos, acaso habrían sufrido con más paciencia; y si el porvenir se les hubiese presentado, demostrándoles cómo de ese batallón debían salir los hombres del año 20, que llamados Urdaneta, Pebres Cordero, etc., el Nueve de Octubre habrían de dar en Guayaquil el grito de independencia que redi-

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miera la Presidencia de Quito, y que llamados Tomás Heres, Ramón Herrera, etc., el Dos efe Diciembre habían de proclamar la independencia en Chancay, yendo en seguida con todo el batallón, y a banderas desplegadas, a unirse con el protector San Martín, allá, en la distante ciudad de los Reyes; si hubieran sabido o previsto lo dicho, aquellas damas, americanas como eran y de sangre patriota, su consuelo habría sido mucho más grande; y en sus interiores hubiese habido acaso una burla para ese desventurado de Morillo, que estaba pacificando e! país a sangre y fuego, sin advertir que en la organización de su ejército no sólo existían elementos realistas y peninsulares, sino también americanos amantes de la independencia; que en vano vertía la sangre con barbarie increíble, que en vano subían al patíbulo ese año fatal de 1817 hasta indefensas mujeres, y el Libertador Bolívar, perdido en las pampas que riegan el Orinoco y sus afluentes, iba de descalabros en derrotas... La hora había llegado, y la América sería libre.

La playa es triste y solitaria. Las olas del Grande Océano baten monótonamente la ribera, besándola amorosas, y el fnti soberano refulge poderoso en la mitad del firmamento... A poca