Leyendas históricas de América. La conquista.--La colonia.--La independencia.--La república · Unidad 25 de 121

Unidad 25 · LEYENDAS HISTÓRICAS 67

Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.

LEYENDAS HISTÓRICAS 67

Reina profundo silencio en la multitud de es pectadores. El oficial da las voces de ordenanza... ¡Fuego!... Ahí yacen tres cadáveres envueltos en su propia sangre. Se hace la prueba del punzamiento... ¡Nada! Todos muertos; ¿para qué el golpe de gracia?

iMuertos, bien muertos los infelices!

¿Todos? No. Bañado con la sangre de los otros dos infortunados ha caído Domínguez en síncope de terrible angustia, pero sin una herida. La escolta ha sido fiel a lo prometido.

Cuando vuelve en sí y recuerda cuál es s i situación, hace un esfuerzo heroico, el esfi rzo del que juega al azar su vida; y se finge más muerto que los muertos que yacen a su laJo.

Así permanece largas horas. ¡Qué horas! ¿Moverse? Ni por pensamiento. ¿Respirar? Apenas. ¿Abrir siquiera los ojos? He ahí un peligro mortal. Tendido boca arriba en la pampa, con los brazos en cruz sobre el pecho, con el alma en un hilo, es para él una eternidad de angustias cada momento; y espera... y espera la caída de la tarde, la noche salvadora, el cementerio, las manos cariñosas que le vuelvan a la realidad de la vida, sacándole de esa horrenda comedia... ¿Puede la mente fi'gurarse peor situación?

Fué preciso que hubiese una carita uva connivencia entre los espectadores y los ejecutores de las órdenes finales, algo así como una volun-

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taria ceguedad, o que Domínguez extremase el fingimiento hasta un punto incomprensible, para que no se advirtiese e hiciese público que aquel hombre vivía, especialmente cuando fué colocado en una cama de gracia, ataúd sin tapa, en que debía verificarse una fúnebre exhibición de despojos sangrientos antes de emprender el viaje último al camposanto.

Vienen unos hombres y cargan con los féretros. ¡Salvado, salvado estaba Juan Domínguez!

El triste cortejo atraviesa el Ejido, entra en la ciudad, recorre algunas de sus calles... Los cargadores se fatigan, y con el objeto de descansar un momento, detiénense en la plaza principal, colocando cuidadosamente su carga en el suelo.

Muchísimas personas acuden a contemplar a los ajusticiados, y hacen comentarios y exhalan gemidos de compasión. Entre esas personas se halla el comandante Genaro Materón, hombre bueno si los hay y de corazón generoso.

Mira fijamente los cadáveres, triste y en silencio. De pronto advierte un movimiento casi imperceptible en uno de ellos, y se queda suspenso.

—¿Cómo?... ¿Qué?... ¿Será posible...? iEs una crueldad!

Se aproxima más. Siente una débil respiración, que agita el pecho de Domínguez, y su compasión sube de punto.