Leyendas históricas de América. La conquista.--La colonia.--La independencia.--La república · Unidad 24 de 121

Unidad 24 · LEYENDAS HISTÓRICAS 65

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LEYENDAS HISTÓRICAS 65

las mismas condiciones que a los rendidos en Cuaspud, dióse a perseguir a los colombianos que habían hecho migas con su enemigo.

Muchos eran esos devotos patriotas, pero como su conciencia no estaba tranquila y de sobra conocían la facilidad con que el Presidente aquel enviaba angelitos al cielo para que intercedieran por su salvación eterna, apenas supieron el desastre de Flores y vieron que se les iba encima el aguacero de los liberales vencedores, no pidieron consejo a nadie y confíaron, quiénes a sus pies, quiénes a su astucia, la esperanza de seguir viviendo.

Escaparon todos, menos tres que cayeron en manos del Gran General, el que, sin andarse en los tiquis miquis de Consejos de Guerra, les diputó buenos para el patíbulo, y ordenó su inmediato fusilamiento. Entre esos tres se hallaba Domínguez.

iDios, y cómo se revolvió la sociedad pastusa para que no fuese Domínguez a la Gloria!

Protestas, ruegos, promesas, dé todo hubo. Pero no era don Tomás hombre que blandeaba así no más, una vez tomada alguna resolución de esas, ni en su corazón hacían mayor mella las caras bonitas bañadas en lágrimas por la suerte infeliz de algún preso político... Y estaba de Cristo que Domínguez había de comparecer ante el pelotón de la muerte.

Entonces optaron los interesados por el sen-

gQ MANUEL J. CALLE

cilio medio de sobornar la escolta encargada de la ejecución. Mediaron súplicas, corrieron dineros, y quedó acordado que no se tiraría sobre nuestro hombre, y que éste se dejaría fusilar mansamente al lado de sus compañeros, menos felices y sin ninguna intersección. La prueba era ruda, el peligro evidente, pues una bala mal dirigida podía romper todo convenio; pero puesto en el trance fatal, ¿qué menos podía Domínguez sino someterse a esa prueba y correr aquel espantoso peligro?

Y tímido, aunque esperanzado, marchó por sus pasos contados al Ejido junto a sus copartidarios, que iban a pagar con creces la traición. No, no tirarían contra él; la cuestión estribaba en no perder la serenidad, caer a la hora reglamentaria, dejarse encerrar plácidamente en el ataúd, ir al cementerio a hombros ajenos y luego, con la ayuda de sus amigos, escapar de la tumba y poner pies en polvorosa.

Ya están en el lugar de la muerte. A todos los reos les tiembla el corazón; pero más, mucho más, al pobre Domínguez, porque si sus compañeros tienen la seguridad de ser muertos -y esta seguridad es un valor como cualquiera ante lo imprescindible—, en él lucha una débil esperanza que se traduce en forma de ansiedad suprema, de congoja inenarrable...

Se forma el batallón; se ata a postes a los condenados, véndaseles los ojos, avanza el pelotón.