Leyendas históricas de América. La conquista.--La colonia.--La independencia.--La república · Unidad 36 de 121

Unidad 36 · W' MANtJBL J. CALLE

Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.

W' MANtJBL J. CALLE

¡Y por Cristo, que era lucido el acompañamiento! Cada uno de esos altos oficiales revolvió la maleta para sacar lo más bien parado de su uniforme; y el oro, la plata, el bruñido acero, relumbraban a los rayos del sol levante...

- Si tantas ganas tiene de conocerme, vamos allá -dijo nuestro don Simón.

- Excelentísimo señor, ¿y quienes van con usted?— preguntó un jefe.

-Usted, por de pronto, y luego... ¡Vamos a ver!, ¿quiénes vienen? Quiero llevar diez, y faltan nueve. Sucre, Briceño Méndez y José Gabriel Pérez, desde luego; como que ellos tienen parte principalísima en la jornada; y además... Bueno, que vengan...

Y con la rapidez característica de su genio, designó a los demás jefes.

- ¿Y cuántos de escolta?

- jHombre! ¿Y para qué? -Pues... para escoltar a V. E.

-No, no; sin escolta. En cuanto estén listos los designados, que se pongan a caballo. Yo hago lo propio, así como estoy.

-¿Así?...

- ¡Bah! Entre soldados... Y en campaña... ¿Qué es de mister Florencio?

—Presente, mi general. ~ Bueno; vaya usted a decir al general Morillo que ya estoy en camino. El edecán don Florencio O'Leary voló a cum-

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plir con lo ordenado, llegando a poco a presencia del pacificador.

—Excelentísimo señor. Su excelencia el Libertador está ya en camino y no tardará en llegar.

—¿Qué escolta trae?

-Ninguna, señor.

-¿Cómo ninguna?

- Ni un solo hombre. Diez oficiales de alto rango vienen con él, y nadie más.

-Bien. Muy pequeña creía yo mi guardia para aventurarme hasta aquí; pero mi antiguo enemigo me ha vencido en generosidad. Voy a dar orden a los húsares para que se retiren.

Dada la orden, retirada la escolta, interrogó Morillo al edecán de Bolívar, quien cuenta minuciosamente el caso:

— ¿Quiénes son los oficiales españoles particularmente odiosos al Presidente?

O'Leary hizo una breve enumeración de ellos.

—Tanto mejor— concluyó don Pablo—; pues ninguno de ellos se encuentra aquí.

En esto se hallaban, cuando vieron asomarla comitiva de Bolívar en la colina que domina el pueblo.

—A caballo, señores, y a encontrarles - exclamó Morillo, y partieron todos llenos de curiosidad.

El Pacificador y Conde de Cartagena estaba magnífico sobre su brioso corcel de guerra, ves-

a» MANUEL J. CALLB

tido de gran parada, al pecho las cruces y condecoraciones con que el gobierno de su patria había premiado su valor— porque Morillo era valiente hasta el punto de hacer decir a los indomables llaneros del Apure, que tantos dolores de cabeza le dieron: «|Es una lástima que haya nacido en España, y una vergüenza que no sea patriota! >

El hombre era de arrogante presencia, alto, grueso, bien formado, y de aspecto militar. No tenía, desde luego, un talento privilegiado, ni muchísimo menos; pero no todo es cabal en este mundo pecador; pues si hábil hubiese sido el soldado español, la independencia americana habría esperado largos años para realizarse.

Las dos comitivas se aproximaban una a la otra, con la prosopeya que tan delicada situación requería, y andaba don Pablo intrigado por saber cuál de los hombres de aquel pequeño grupo era el Libertador.

No pudo disimular por más tiempo su curiosidad, y acercándose a uno le preguntó:

—¿Y cuál de esos es el general Bolívar?

—Ese— le contestó el interrog-ado, señalándole a un hombre de mediana estatura, de rostro bronceado, larga nariz y mirada relampagueante, mal montado, mal vestido...

— iCómoI ¿Aquel hombre pequeño, de levita azul, con gorra de campaña y montado en una muía?