Leyendas históricas de América. La conquista.--La colonia.--La independencia.--La república · Unidad 56 de 121

Unidad 56 · 133 MANUEL J. CALLB

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y quien los recibía de tan extraña manera era nada menos que el presidente del Perú, excelentísimo Gran Mariscal señor don Ramón de Castilla.

Hablaron largo y tendido el primero y el último de los personajes expresados sobre cosas concernientes a la política ecuatoriana. Don Pedro se mantenía reservado, pe > los otros tampoco le hacían caso.

—Mire usted, señor García— exclamaba el Presidente - . Esto puede arreglarse en dos por tres. Mi expedición proyectada a Guayaquil resultará, al fin y al cabo, más beneficiosa a los patriotas de la República de ustedes que a los mismos intereses peruanos, que represento. ¿Yo a qué aspiro? A cubrir las apariencias, por de pronto, para que no padezca nada lá honra nacional; pues el señor Espinel, ya que juzgó violenta e inconducente la nota de nuCvStro ministro Cavero, debió usar otros procedimientos, quejarse a mi Gobierno, pedir explicaciones, discutir...; y, no señor, se la devuelve como si tal cosa, y le saca del país... ¿Que no? En derecho de gentes, enviar los pasaportes a un diplomático extranjero, es llanamente expulsarle del territorio. Y, sobre todo, ¿quién decía que esa era la última palabra?

—Pero señor...— comenzó don Pedro Moncayo.

— lOh! jNo me diga usted nada, caballerol

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¡Si sabré yo lo que me pesco!... Y, después de todo, sea cual fuere la cuestión, aquí tratamos únicamente de prestarnos mutuo apoyo. El Perú necesita en el Ecuador un gobierno estable y honrado que garantice a sus vecinos la seriedad de los propios procederes, y con él sería fácil entenderse en esta cuestión de límites... Y ustedes están llamados a hacer ese Gobierno, en lugar de la zahúrda que han anarquizado el país, formando uua administración de locos. ¿No quletti)? Puef? nada he dicho; porque le tengo bloqueado a Guayaquil y recursos me sobran para imponerme allá por la razón o la fuerza.

Y así continuó por buen espacio de tiempo, ya amenazador, ya lisonjero, siempre sagaz. García Moreno no pudo resistir la tentación, y a las dos horas salía de la conferencia aliado del Presidente peruano, que no quería otra cosa que invadir el territorio de esta República con el auxilio de los hijos del Ecuador...

—¿Conque, trato hecho y amistad jurada, señor don Gabriel?

—Trato hecho, señor General.

-Buenas noches.

— ¡Buenas!