Leyendas históricas de América. La conquista.--La colonia.--La independencia.--La república · Unidad 57 de 121

Unidad 57 · 140 MANUEL J. CALLB

Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.

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Los dos hombres volvieron a su alojamiento más hoscos y sombríos de lo que fueron, y no desplegaron los labios hasta llegar.

—¿Qué le parece a usted? - le dijo don Gabriel a don Pedro.

— Amigo, quiero usar de franqueza. Siento que usted haya dado ese giro a la cuestión...

—¿Y por qué?

— Nosotros no necesitamos la alianza de Castilla (1); y aun cuando la necesitásemos no deberíamos solicitarla del enemigo de la Patria... Castilla quiere borrar las derrotas vergonzosas de Saraguro y Tarqui, anular los tratados de 1829 y apropiarse del rico e inmenso territorio amazónico que nos pertenece.

—Usted sueña, doctor Moncayo.

—No, mi amigo, yo no aceptaré una liga semejante.

—¿Y entonces?...

—Busquemos el apoyo de un gobierno más leal y desinteresado que el gobierno cartaginés del Perú... Y, jno cuente usted conmigo!

— iUsted tiene miedo!

—Sí, tengo miedo de manchar mi obscuro nombre con una traición abominable...

(1) Véase la obra del Dr. Moncayo . — Pág. 245 de la edición de Santiago de Chile .

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Los dos hombres se separaron disgustados, cada uno a seguir su destino...

Retrocedamos unos cuantos meses. Estamos a 4 de Abril del propio año de 1859, y en la noble ciudad de Guayaquil, que bloquean buques de la escuadra peruana.

Es también la prima noche. Unos cuantos bultos armados se deslizan por las calles oscuras y silenciosas. ¿Adonde van? Presto lo sabremos. ¿Qué quieren? Ya lo vamos a ver.

Llegan a una casa: es la del excelentísimo señor Presidente Robles. Se destaca un hombre; los demás quedan a la puerta.

El hombre sube. Es el bravo comandante Darquea, que no las tiene todas consigo; así es de peliaguda la comisión que lleva. Entra.

He aquí esos buenos ciudadanos. En tanto que el enemigo ocupa el Golfo ellos, que representan el poder político de la nación, juegan tranquilamente al rocambor.

—Señor Presidente... Señor General Urvina.

- ¡Hola! ¿Qué hay, amigo Darquea?...

-Pues... inada! Que ustedes están presos y van a seguirme inmediatamente.

—¿Cómo presos? ¿Está usted loco?

—No hay que alterarse ni meter bulla. ¡De orden del General Maldonado!... Evítenme ha-

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cer uso de la fuerza que queda abajo... Y sin más explicaciones...

Saca la espada, llama su gente. Cogidos de improviso, los aKos magistrados se resignan, siguen a Darquea, bajan la escalera en el momento en que alguien subía por ella. Es el General D. Guillermo Franco.

- ¿Qué hay, compadre?— le dice éste al Presidente Robles.

-Nada compadre..., que me llevan preso. —¿Y quién es el atrevido?

- Yo - contesta Darquea.

- ¡Cómo! ¡Al Presidente de la República!

- Sí, de orden del General Vicente Maídonado.

- Pues... ¡tome!...

Y rápido como un relámpago se apodera de un fusil de los de la escolta, dispara y tiende a sus pies al desventurado Darquea...

El golpe fracasó. Aquel tarambana de Maldonado, sugestionado por los de Quito, pues en aquel tiempo todo era conspiraciones y locuras, corrió con su división sublevada, en tanto que los peruanos presenciaban divertidos, desde sus buques, tan consoladoras escenas, que nos estaban haciendo felices y grandes a los ecuatorianos.

Y luego se presenta García Moreno a bordo de una barca de guerra peruana, y se mete tierra adentro por las serranías, y es derrotado en