Leyendas históricas de América. La conquista.--La colonia.--La independencia.--La república · Unidad 91 de 121
Unidad 91 · 218 MANUEL J. CALLE
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dían comprender los atropellos y atrocidades a que de ordinario se entregaba, al extremo de decir donaires a víctimas que pataleaban pendientes de la horca.
El maestro Palma publicó una docena de tradiciones acerca de este famoso sujeto, y aunque entiendo que el caso que quiero referir fué ya tratado por él con su donoso estilo y su buena sombra, entróme por el mismo terreno de comunidad, con gentil compás de pies, con el objeto de presentar a mis lectores la figura de un farandulero de aquellos siglos de hierro, a quien hubo necesidad de ahorcar dos veces para que dejase de ser bribón.
Eran los días de la guerra civil suscitada por Gonzalo Pizarro, con motivo de las malhadadas ordenanzas reales, de que hablé en una de mis anteriores leyendas; y mientras él andaba metido en la campaña larguísima contra el virrey y Núfíez Vela, su maese de campo, Carvajal recorría lindamente la tierra peruana, tras los últimos resistentes, cometiendo cada barbaridad que temblaba el misterio.
Echaba tacos y reniegos el terrible viejo después del asalto que diera a mendocinos y heredianos, quienes no habiendo podido vencerle en la casa fuerte de Porcona prefirieron, gua-
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recidos por las sombras de la noche, abandonar el empeño bélico para robarle los equipajes. ¡Quitarle su impedimenta tan a manos lavadas los indignos! Tal ve? hubiera sentido poco la pérdida de vestidos, vituallas, armas y municiones; pero su tesoro en manos de tales ladrones, que lo habían arrebatado sin peligro. ¡El, que en punto a avaricia podía darle quince y raya al más avariento!
Herido en salva sea la parte por un arcabuzazo disparado a traición por uno de los suyos, con el objeto de asesinarle en medio del combate, rendido de cansancio, con la negra alma llena de despecho, coriió con su ejército doce leguas, casi sin detenerse a tomar aliento, por montes y derrumbaderos, para dar alcance al enemigo y recuperar su hacienda y ver de hacer algún destrozo de los suyos en los fugitivos. Les había sorprendido de noche, y he ahí que acababa de descabezar a uno de los jefes, el desventurado Nicolás de Heredia...
Por delante tenía al otro caudillo contrario, Lope de Mendoza, que, convertido en estatua del terror, no acertaba o no quería pronunciar una palabra.
En vano le habló con moderación y cortesía; en vano le interrogó con inusitada benevolencia: se corrió hasta ofrecerle la vida. Mendoza, rígido y en pie, con los ojos fijos en el vencedor, callaba como un muerto, con una pertina-