Leyendas históricas de América. La conquista.--La colonia.--La independencia.--La república · Unidad 92 de 121

Unidad 92 · :220 MANUEL J. GALLE

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:220 MANUEL J. GALLE

cia tal, que le hizo perder los estribos de su frágil paciencia. |Qué! Ni el mismo padre Diego Márquez consiguió de é! que se confesara, que hiciese siquiera una señal de que comprendía el trance que le aguardaba, y rodó la cabeza del porfiado sin que su lengua hubiese articulado una sílaba ni exhalado un grito su garganta.

Colmó esto la medida, y Carvajal, para serenarse un poco sin duda, ordenó que diesen garrote a seis de los contrarios que más bravamente se habían defendido.

Y en esto le llevaron un soldado a quien llamaban Morales de Amburt o del Abad, natural de la ciudad de Cuenca, que había andado en la hueste derrotada.

El hombre estaba hecho una verdadera desdicha: tenía el muslo herido de un arcabuzazo, una lanzada en el hombro derecho, una cuchillada en la cabeza; señales todas de que se había batido como un hombre.

—¡Fin y remate!— iba pensando el triste—. jFin y remate! De esta hecha, a los quintos infiernos, porque este viejo tirano está asesinando a todos los heridos... ¿Qué haré, Madre de Dios, qué haré para conservar el pellejo? ¡Si me fingiera bueno y sano! ¡Famosa idea!

En brazos ajenos llegó a presencia del irritado don Francisco.

-¡Hola! ¡Hola! ¿Y tú cómo te llamas, buena pieza?

LETBNDAS HISTÓRICAS 821

—Morales de Ambur, señor capitán, para servir a vuestra merced.

- ¿Eres de la entrada? —Sí, señor capitán.

— ¡Lástima de valiente! Porque tienes una cara de ahorcado, hijo mío, que se me parte el corazón .

—¡Pero, señor, si estoy bueno y sano!

—Estás hecho un San Sebastián, pobrecito, y en concepto de herido te voy a dar pasaporte para el otro mundo. Sería cruel desaprovecharte.

—Señor...

- Nada, amigo Morales; es notorio que el herido y el vencido tiene que ser enemigo mortal mientras viva, porque se ha de acordar mientras viva de la afrenta que se le ha hecho, y es bueno acudir con tiempo a la defensa propia. ¡Guárdeme Dios de enemigos! De muertos, no hacen daño.

—¡Oh, señor don Francisco! Si estas heriducas que tengo no valen un comino. En dos días, placiendo a su Divina Majestad, me pongo como si nunca las hubiera recibido, para servir a su merced y ai señor gobernador.

- Paréceme, señor soldado, que estáis muy mal herido, según las muestras que tenéis, y, por ende, no podréis dejar de morir. Perdonadme, porque siendo caballero hijodalgo, no querréis venir conmigo en el ejército de Gonzalo Pizarro, mi señor, ni serme buen amigo.