Logica · Unidad 25 de 49

CAPITULO XVI. — parte 1

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_De la Crítica._

[52] Entre los Filósofos antiguos hubo algunos que dixeron que el entendimiento humano no alcanza verdad alguna, y que en todas las cosas no ve mas que apariencias, y sombras, por donde dudaban de todo y no se daban por seguros de nada. Llamáronse Scépticos de la voz griega [Griego: _Skephis_] _scepsis_, que quiere decir _consideracion_, como que toda su Filosofía se empleaba en considerar y atender las cosas, sin afirmar, ni negar nada de ellas. Por el presente basta esta noticia, porque el tratar los varios grados y nombres que tenian los Filósofos con el modo de considerar y dudar de las cosas, pertenece á la Historia Filosófica. En la antigüedad SEXTO EMPIRICO, Escritor Griego, trató y explicó la Filosofía de los Scépticos con mucha extension. Esta Obra debe ser leida para saber muchas cosas de los Filósofos Griegos, que no se hallan facilmente en otra parte; pero conviene saber, que los argumentos con que quiere Sexto Empírico patrocinar el Scepticismo universal, demas de la nimia prolixidad, son muy superficiales y de poco momento, como lo conocerá quien quiera que le lea con atencion. En nuestros tiempos, en que con título de _inventos_ no se hace otra cosa que renovar las opiniones antiguas, ha vuelto á renacer una secta de Scépticos de peor condicion que los antiguos, porque llevan la duda mas allá que estos, y la extienden á las cosas de Religion. Bien comun es el pernicioso libro, que se publicó en Francia no ha muchos años con el título: _De la flaqueza del entendimiento humano_, donde el scepticismo se defiende con mas rigor que en la escuela de Pyrrhon. Atribúyese al insigne PEDRO DANIEL HUECIO, Obispo de Avranches, y hay muchos que así lo creen; pero MURATORI, que impugnó este libro con otro que compuso de propósito con opuesto título, ha puesto en duda que fuese de este docto Prelado[a]. Aquí no pertenece rechazar á estos Sectarios, ni de ello hay necesidad, porque lo que llevamos escrito, y lo que cada uno sabe que le sucede, meditando en sí mismo, es un testimonio calificado contra tales Filósofos; y entiendo que todo el género humano, gobernándose por sus nociones y verdades originales, es un testigo firme y un impugnador perpetuo de sus errores. Los demas Filósofos, creyendo que se alcanzan algunas verdades, trataban del modo de adquirirlas, y á este exámen llamaron [Griego: _Kriterion_] _Criterion_, y al juicio que resultaba [Griego: _Krisis_] _Crisis_. Ahora con voz harto introducida entre los literatos lo llamamos _Crítica_. Incluye, pues, la crítica el exámen y averiguacion de la verdad junto con el juicio que resulta de este exámen. Quando las cosas constan por los primeros principios, por las demostraciones y sylogismos bien ordenados, precediendo las difiniciones, divisiones, signos, causas, y quanto hasta aquí llevamos propuesto, como medios de alcanzar la verdad, hecho todo con exâctitud, no estan sujetas á la crítica, porque nos constan con toda evidencia; pero quando nuestras inquisiciones paran en opinion, verosimilitud, y probabilidad, ya sea en cosas de hecho, ya de doctrina, la crítica es necesaria para asegurarnos, quanto sea posible, de la verdad; y la falta de crítica es causa de innumerables errores: de modo, que los que la vituperan, quando es como debe ser, son enemigos declarados de la Lógica sensata, y de la buena razon. Las reglas de crítica son todas las de una buena Lógica: algunos ponen en orden ciertas máxîmas, y las extienden mucho; mas yo teniendo por fundamentos de crítica lo que hasta aquí he escrito, no propondré mas que unas pocas reglas generales, que, teniéndose á la mano quando se ofrezcan, sean suficientes para poder juzgar con acierto de lo que se trata; y será preciso en la explicacion de ellas, ademas de la Lógica, valernos de algunos principios de otras Ciencias, pues que así lo pide el asunto, y el necesario encadenamiento de las verdades que busca el entendimiento humano. Fuera de que la Lógica solo prescribe reglas comunes, las quales no pueden aplicarse bien sin la noticia, é inteligencia de las Artes y Ciencias á que se arriman, pues la verdad que se intenta averiguar pertenece en particular á cada una de ellas. Con esto nadie se ha de tener por crítico con sola la Lógica, ni tampoco será buen crítico en ninguna Ciencia, ó profesion sin ella.

[Nota a: En la prefacion á su Obra: _De la fuerza del entendimiento_.]

[53] Regla primera: _Si una cosa envuelve dos contradictorias, no ha de creerse_. Proposiciones contradictorias son aquellas que afirman y niegan á un tiempo mismo una cosa de otra, como _Pedro es blanco_, y _Pedro no es blanco_; y es claro que qualquiera nocion que envuelva proposiciones semejantes es falsa, porque no es posible ser las dos contradictorias verdaderas, segun aquel principio de luz natural: _Es imposible que una cosa sea, y no sea_. Aunque estas contradictorias no se hallen en la substancia de la cosa, sino en algunas de sus principales circunstancias, la hacen increible, porque el entendimiento no puede creer un hecho que va acompañado necesariamente de circunstancias imposibles.

[54] Regla segunda: _Si una cosa contingente se propone solo como posible, no ha de creerse_. Porque en las cosas que pueden exîstir, y dexar de exîstir, la posibilidad sola no muestra la existencia: así, que Ticio pueda ser Sacerdote, no es prueba de que lo sea. En las Escuelas está recibido, que de la potencia de una cosa á su actual existencia no se arguye bien.

[55] Regla tercera: _Qualquiera cosa no solo ha de ser posible, y ha de proponerse como exîstente, sino que su existencia con las circunstancias con que se presenta, ha de ser verosimil_. Quando el hombre ve la verdad con evidencia, ó con certidumbre, no necesita de reglas para asentir á ella; pero quando no puede lograr la certidumbre, ni la evidencia, desea á lo menos la verosimilitud. Para entender esto mejor se ha de saber, que siempre que el hombre ha de asentir á una cosa, ve antes si es conforme ó no con los primeros principios, con la experiencia, ó con aquellas verdades que tiene recogidas, y depositadas para que le sirvan de fundamentos. Si aquello que se propone es claramente conforme con estos principios, es evidentemente verdadero; si la conformidad de la cosa con los principios no es clara, entonces considera si se acerca, ó no á ellos, y tiene por mas verosimil aquello, que nota tener mayor conformidad con tales principios. Sea exemplo: Dice EUCLIDES, que todas las lineas que en un círculo van desde la circunferencia al centro son iguales, y que en todo triángulo los tres ángulos equivalen á dos rectos: el entendimiento halla tanta conformidad entre estas cosas, y los primeros principios, que con un poco de atencion facilmente asiente á ellas. Dice COPERNICO, y antes de él algunos antiguos, que la tierra da cada dia una vuelta entera sobre su exe, y que en un año la da al rededor del Sol, que supone estar en el centro del mundo; y considerando el entendimiento, que no se conforma este hecho que refiere Copérnico con las verdades que alcanzamos con los sentidos, le mira con desconfianza.

[56] Regla quarta: _Para creer los hechos contingentes y expuestos á los sentidos, no basta que sean verosímiles: es menester tambien que alguno asegure su existencia_. Si los hechos son contingentes pueden exîstir, y dexar de exîstir, esto es, considera el entendimiento, que la existencia de ellos se puede conformar con los principios de la razon humana, y tambien la no exîstencia: por consiguiente, atendida la naturaleza de los hechos contingentes, tan verosimil es que exîstan, como que dexen de exîstir. Para que el entendimiento, pues, pueda asentir á su exîstencia, es menester que haya quien la asegure con la experiencia. Por exemplo: Es cosa contingente que se dé, ó no una batalla, y el entendimiento ninguna oposicion halla con los principios de la razon quando considera que la ha habido, y quando considera que no la ha habido; pero si despues hay algunos que atestiguan haberse dado la batalla, entonces asiente á eso, porque demas de la verosimilitud intrínseca que en sí lleva el hecho, se añade el testimonio experimental que inclina al asenso. Piensa tambien el entendimiento, y mira como verosimil la exîstencia de una Puente de un solo arco, y de trescientos pies de longitud: mírala como verosimil, porque la fábrica de semejante Puente no se opone á las reglas ciertas de la arquitectura; pero no obstante para creer su exîstencia es necesario que alguno atestigüe haberla visto, como en la realidad la han visto muchos en la China.

[57] Regla quinta: _Para creer los hechos contingentes no solo es necesario que sean verosímiles y probados por testigos, base de atender tambien la calidad de los que atestiguan, y la grandeza, ó pequeñez del hecho antes de dar el asenso_. Las cosas que se sujetan á nuestros sentidos, antes de creerlas, hemos nosotros mismos de exâminarlas, y así nos asegurarémos de la verdad, porque todos los hombres pueden engañarnos, unos por malicia, otros por ignorancia: con que si nosotros mismos exâminamos la cosa, no estarémos tan expuestos al error. Fuera de esto, los hechos han de observarse de manera, que se eviten los errores que los sentidos ocasionan, y esto lo podremos hacer nosotros mismos con mayor satisfaccion que otros, de quien dudamos si han puesto la atencion necesaria. Añádese, que es muy comun equivocar los hombres las sensaciones con los juicios que las acompañan, y de ordinario quando nos cuentan un suceso nos dicen el juicio que hacen de él, y no la percepcion que han tenido.

[58] Quando los acontecimientos son pasados, ó suceden en lugares distantes, donde nosotros no podemos hallarnos para asegurarnos de ellos, supuesta su verosimilitud, no resta otra cosa para creerlos, que atender la calidad de los que nos los cuentan, ó la gravedad de los mismos hechos. La calidad de los testigos es de gran peso para inclinarnos al asenso. Porque si nos cuenta una cosa un hombre, que sabemos que suele mentir, ya no lo creemos, y dudamos si miente tambien quando nos refiere el suceso[a]. Por el contrario, si el que refiere una cosa es hombre de buena fe, y amante de la verdad, da un gran peso á lo que dice; bien que para creer las cosas que nos dicen los hombres de bien no basta su buena fe, es menester que sean entendidos de suerte, que no dexen engañarse por los sentidos, ni por la imaginacion, ni hayan precipitado el juicio, ni le tengan preocupado: porque si un hombre veraz no evita los errores que las cosas sobredichas ocasionan, facilmente juzgará de lo que se le presenta, y con la misma facilidad creerá quanto otros le dicen, y tal vez nos comunicará las cosas, no como en sí son, sino del modo que él las cree. Por exemplo: Nadie cree á Filostrato entre los antiguos, porque todos saben que fué insigne embustero. Juan Anio de Viterbo, el P. Herman de la Higuera son despreciados de todos los hombres de juicio, porque descubiertamente, y de intento han engañado á muchos, fingiendo aquel inscripciones antiguas, y este libros apócrifos, como son los Cronicones de Flavio Déxtro, y otros que ha rechazado D. Nicolas Antonio. PARACELSO dixo infinitas mentiras, y los Alquimistas son gente mentirosísima, de suerte, que ya los que conocen sus artificios, no creen los hechos con que aseguran haber convertido en oro los demas metales.

[59] Pero se ha de advertir, que los que así engañan son pocos, si se comparan con los que nos engañan con buena fe, y por sobrada creencia. Así en la Medicina como en la Historia pueden señalarse muchos, que traen hechos falsos, y ellos los tuvieron por verdaderos. DIOSCÓRIDES asegura muchas cosas falsísimas. Lo mismo hacen los que creen fuera de propósito las virtudes de muchos remedios. Quando los que aseguran una cosa son hombres de buena fe, aunque una, ú otra vez falten á la verdad, porque no examinaron debidamente el suceso, no han de tratarse como los que son mentirosos, antes por el contrario conviene oir lo que refieren, combinarlo con lo que otros dicen sobre el mismo asunto, ver si han puesto la atencion necesaria para asegurarse de la verdad, atender todas las circunstancias del hecho, y en fin observar la gravedad, ó pequeñez de la cosa que cuentan, y bien exâminadas estas cosas, inclinarse al asenso, ó disenso.

[Nota a: _Ubi semel quis pejeraverit, ei credi postea, etiamsi per plures Deos juret, non oportet_. Cicer. _pro. C. Rabir. posthumo_.]

[60] La grandeza de la cosa es de suma consideracion, porque facilmente creemos aquello que observamos cada dia, y en las cosas fáciles de acontecer no necesitamos de grandes testigos. Por el contrario, quando son las cosas muy extrañas, y muy grandes, necesitamos de grandes pruebas para creerlas, porque por ser extrañas están fuera de nuestra comun observacion, y así para darlas el asenso es menester que los que las aseguran sean veraces, desapasionados, buenos Lógicos, y amantes de la verdad; y si les faltan estas circunstancias, no han de ser creidos. Los milagros son hechos estupendos, y su exîstencia es certísima; pero no son tan comunes como piensa el vulgo. La razon es, porque en el milagro se excede el orden de la naturaleza, de suerte, que es una operacion superior á las fuerzas naturales; de que se sigue que el hombre, ó quiere verle para que le crea, ó á lo menos desea asegurarse de él por testigos que no le engañen. Esto se funda en que el entendimiento no tiene otro camino para juzgar de las cosas expuestas á los sentidos, que el de la experiencia, y esta puede ser propia, ó agena; de suerte, que la que otros hacen nos asegura la cosa del mismo modo que la nuestra, si por otra parte estamos asegurados de la rectitud con que observan los demas las cosas que nos refieren, y estamos ciertos de su buena fe. Esto supuesto, se ve quan temerariamente niegan algunos Sectarios la existencia de los milagros solo porque ellos, no los ven; y con quánta imprudencia niegan el crédito á algunos Varones, que por su santidad y sabiduría deben ser creidos. Refiere S. AGUSTIN, que las reliquias de los Santos Mártires Gervasio, y Protasio se aplicaron á un ciego, que ya muchos años lo era, y recobró milagrosamente la vista. Ninguno, si no es insensato, puede negar en esto la fe á S. Agustin, porque era este Santo Doctor enemigo y capital perseguidor de la mentira: sabía cómo habian de observarse las cosas expuestas á los sentidos como el que mejor: refiere un hecho, que si fuera falso, tuviera contra sí todo el pueblo de Milan, que le daría en rostro la mentira. Lo mismo ha de decirse de otros milagros, que refieren Varones santos, sabios, y de inviolable integridad. Por el contrario, algunas cosas prodigiosas que refieren los Gentiles, y no hay otra prueba que el rumor del pueblo, no han de creerse, porque por ser las cosas extrañas, y naturalmente imposibles, no podemos inclinarnos á creerlas, quando la autoridad de los que las refieren no es de ningun momento. Así ningun hombre de juicio creerá los prodigios que Livio refiere haber acontecido en la muerte de Rómulo, y otros semejantes.

[61] Pero por ser los milagros operaciones superiores á la naturaleza, no es de creer que sean tan comunes como piensa el vulgo, ni que Dios, único autor de ellos, invierta con tanta freqüencia el orden natural de los cuerpos por cosas pequeñas, y por motivos de ningun momento. Por esto alabaré siempre la precaucion de aquellos, que en estas cosas proceden con gran cautela, y no las creen ligeramente, sino que las averiguan con riguroso exámen. El santo Concilio de Trento mandó, que no se publicasen milagros sin aprobacion del Ordinario Eclesiástico, y en algunas Sinodales nuestras se previene, que no se pongan en las Iglesias las señales que suelen ponerse por indicio del milagro, sin la aprobacion del mismo Ordinario. En efecto son raros los verdaderos milagros, si se comparan con los fingidos; y creo yo, que la falsa piedad, el zelo indiscreto, y la ignorancia de algunos ha llenado de milagros supuestos, así los libros como los entendimientos de la plebe; y se ha de notar, que de esto se sigue un gran perjuicio, porque los Hereges viendo publicar tantos falsos milagros, niegan los que son verdaderos, creyendo que todos se publican con engaño; y por otra parte siendo los milagros testimonios evidentes de la verdad de nuestra santísima Religion, apoyar los que son falsos, y tenerlos por verdaderos, es alegar un testimonio falso para probar una cosa que es la misma verdad[a].

[Nota a:_Numquid Deus indiget vestro mendacio, ut pro illo loquamini dolos_? Job. 13. 7.]

[62] Regla sexta: _Un solo testigo puede ser de mayor autoridad que diez mil, y por consiguiente con mayor razon podemos á veces creer á uno solo, que á muchísimos_. Si yo sé que Ticio es hombre de buena fe, que sabe muy bien evitar los errores que pueden ocasionarle los sentidos y la fantasía, que no está preocupado, ni ha precipitado su juicio, y me asegura una cosa, le creeré mejor que á diez mil, y que á todo un gran Pueblo; y del mismo modo si Ticio, á quien yo considero tan entendido y veraz, afirma una cosa, y todo un Pueblo la niega, estaré de parte de Ticio contra toda la multitud. La razon es, porque nosotros debemos creer, que Ticio despues de haber puesto todo el cuidado posible en asegurarse de la verdad, no se ha engañado; y si qualquiera de nosotros hubiera de asegurarse de la misma cosa, no aplicaría para lograrlo otros medios que los que Ticio ha aplicado, ni la razon humana pide otras prevenciones para creer las cosas. Pero el Pueblo por lo comun no evita la preocupacion, de ordinario precipita el juicio, y en lo que no le sea comun se porta como los niños. De aquí nace, que la multitud se engaña freqüentísimamente en sus juicios sin conocerlo, y muy raras veces nos informa de la realidad de las cosas.

[63] Segun esta regla puede hacer mayor fe un solo historiador que quinientos: y si yo leo á un historiador que escribe desapasionadamente, que dice la verdad sacrificando intereses, y despreciando dignidades, que es buen Lógico, y razona bien, y que ha aplicado las diligencias necesarias para enterarse de lo que dice, tiene para mí mayor autoridad que otros muchos, que, ó no tienen estas circunstancias, ó se gobiernan por la multitud.

[64] Esta regla puede tambien extenderse á aquellos que exâminan los hechos pasados, y para eso se valen de medallas, inscripciones, y historias; porque un hombre solo que sepa bien distinguir los monumentos antiguos y verdaderos de los que se han fingido en nuestros tiempos, y que conozca el caracter de cada historiador, para distinguir lo que es propio de cada uno, ó lo que es intruso, y sepa usar de las reglas de la Lógica, será de mayor autoridad que otros mil que ignoren todas estas cosas, ó la mayor parte de ellas.