Los entremeses · Unidad 5 de 13
PRÓLOGO. — parte 4
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El diablo me lleve, lo cual querria que no me llevase, sino es esa la cadena que usted me dejó, y que no he tenido otra en mis manos: justicia de Dios, si tal testimonio se me levantase.
SOLÓRZANO.
Que no hay para qué dar gritos; y mas estando ahí el señor corregidor, que guarda su derecho á cada uno.
CRISTINA.
Si á las manos del corregidor llega este negocio, yo me doy por condenada: que tiene de mí tan mal concepto, que ha de tener mi verdad por mentira, y mi virtud por vicio. Señor mio, si yo he tenido otra cadena en mis manos, sino aquesta, de cáncer las vea yo comidas.
_Entra un alguacil._
ALGUACIL.
¿Qué voces son estas, qué gritos, qué lágrimas y qué maldiciones?
SOLÓRZANO.
Usted, señor alguacil, ha venido aquí como de molde: á esta señora del rumbo sevillano le empeñé una cadena, habrá una hora, en diez ducados, para cierto efecto: vuelvo agora á desempeñarla, y en lugar de una que le dí, que pesaba ciento y cincuenta ducados de oro de veinte y dos quilates, me vuelve esta de alquimia, que no vale dos ducados; y quiere poner mi justicia á la venta de la zarza, á voces y á gritos, sabiendo que será testigo de esta verdad esta misma señora, ante quien ha pasado todo.
BRÍGIDA.
Y cómo si ha pasado, y aun repasado; y en Dios y en mi ánima, que estoy por decir que este señor tiene razon; aunque no puedo imaginar dónde se puede haber hecho el trueco, porque la cadena no ha salido de aquesta sala.
SOLÓRZANO.
La merced que el señor alguacil me ha de hacer, es llevar á la señora al corregidor, que allá nos averiguaremos.
CRISTINA.
Otra vez torno á decir, que si ante el corregidor me lleva, me doy por condenada.
BRÍGIDA.
Sí, porque no está bien con sus huesos.
CRISTINA.
De esta vez me ahorco, de esta vez me desespero, de esta vez me chupan brujas.
SOLÓRZANO.
Ahora bien, yo quiero hacer una cosa por usted, señora Cristina, siquiera porque no la chupen brujas, ó por lo menos se ahorque: esta cadena se parece mucho á la fina del vizcaino: él es mentecato y algo borrachuelo: yo se la quiero llevar, y darle á entender que es la suya; y usted contente aquí al señor alguacil, y gaste la cena de esta noche; y sosiegue su espíritu, pues la pérdida no es mucha.
CRISTINA.
Págueselo á usted todo el cielo: al señor alguacil daré media docena de escudos; y en la cena gastaré uno, y quedaré por esclava perpétua del señor Solórzano.
BRÍGIDA.
Y yo me haré rajas bailando en la fiesta.
ALGUACIL.
Usted ha hecho como liberal y buen caballero, cuyo oficio ha de servir á las mujeres.
SOLÓRZANO.
Vengan los diez escudos que dí demasiados.
CRISTINA.
Hélos aquí: y mas los seis para el señor alguacil.
_Entran dos Músicos y Quiñones el vizcaino._
MÚSICOS.
Todo lo hemos oido y acá estamos.
QUIÑONES.
Ahora sí que puedo decir á mi señora Cristina: mamóla una y cien mil veces.
BRÍGIDA.
¿Han visto qué claro que habla el vizcaino?
QUIÑONES.
Nunca hablo yo turbio, sino es cuando quiero.
CRISTINA.
Que me maten si no me la han dado á tragar estos bellacos.
QUIÑONES.
Señores músicos, el romance que les dí y que saben, ¿para qué se hizo?
MÚSICOS.
La mujer mas avisada, Ó sabe poco ó no nada. La mujer que mas presume De cortar como navaja Los vocablos repulgados, Entre las godeñas pláticas: La que sabe de memoria Á Lofraso y á Diana, Y al caballero de Febo, Con Olivante de Laura: La que seis veces al mes Al gran Don Quijote pasa, Aunque mas sepa de aquesto, Ó sabe poco ó no nada. La que se fia en su ingenio, Lleno de fingidas trazas, Fundadas en interés Y en voluntades tiranas: La que no sabe guardarse, Cual dicen, del agua mansa, Y se arroja á las corrientes, Que ligeramente pasan: La que piensa que ella sola Es el colmo de la nata, En esto del trato alegre, Ó sabe poco ó no nada.
CRISTINA.
Ahora bien, yo quedo burlada, y con todo esto convido á ustedes para esta noche.
QUIÑONES.
Aceptamos el convite; y todo saldrá en la colada.
FIN DE ESTE ENTREMES.
[Ilustración]
ENTREMES _DE LA GUARDA CUIDADOSA_.
_Sale un Soldado á lo pícaro, con una muy mala banda y un antojo, y detrás de él un mal Sacristan._
SOLDADO.
¿Qué me quieres, sombra vana?
SACRISTAN.
No soy sombra vana, sino cuerpo macizo.
SOLDADO.
Pues con todo eso, por la fuerza de mi desgracia te conjuro, que me digas ¿quién eres, y qué es lo que buscas por esta calle?
SACRISTAN.
Á eso te respondo, por la fuerza de mi dicha: que soy Lorenzo Pasillas, sota-sacristan de esta parroquia, y busco en esta calle lo que hallo, y tú buscas y no hallas.
SOLDADO.
¿Buscas por ventura á Cristinica, la fregona de esta casa?
SACRISTAN.
_Tu dixisti._
SOLDADO.
Pues ven acá, sota-sacristan de Satanás.
SACRISTAN.
Pues voy allá, caballo de Ginebra.
SOLDADO.
Bueno: sota y caballo; no falta sino el rey para tomar las manos. Ven acá, digo otra vez, ¿y tú sabes, Pasillas, que pasado te vea yo con un chuzo, que Cristinica es prenda mia?
SACRISTAN.
¿Y tú no sabes, pulpo vestido, que esa prenda la tengo yo rematada, que está por sus cabales y por mia?
SOLDADO.
Vive Dios, que te dé mil cuchilladas, y que te haga la cabeza pedazos.
SACRISTAN.
Con las que le cuelgan de esas calzas, y con los de ese vestido, se podrá entretener, sin que se meta con los de mi cabeza.
SOLDADO.
¿Has hablado alguna vez á Cristina?
SACRISTAN.
Cuando quiero.
SOLDADO.
¿Qué dádivas le has hecho?
SACRISTAN.
Muchas.
SOLDADO.
¿Cuántas y cuáles?
SACRISTAN.
Díle una de estas cajas de carne de membrillo, muy grande, llena de cercenaduras de hostias blancas, como la misma nieve; y de añadidura cuatro cabos de velas de cera, asimismo blancas como un armiño.
SOLDADO.
¿Qué mas le has dado?
SACRISTAN.
En un billete envueltos cien mil deseos de servirla.
SOLDADO.
¿Y ella cómo te ha correspondido?
SACRISTAN.
Con darme esperanzas propincuas de que ha de ser mi esposa.
SOLDADO.
¿Luego no eres de epístola?
SACRISTAN.
Ni aun de completas: motilon soy, y puedo casarme cada y cuando me viniere en voluntad, y presto lo veredes.
SOLDADO.
Ven acá, motilon arrastrado, respóndeme á esto que preguntar te quiero: si esta mochacha ha correspondido tan altamente, lo cual yo no creo, á la miseria de tus dádivas, ¿cómo corresponderá á la grandeza de las mias? Que el otro dia le envié un billete amoroso, escrito, por lo menos, en un revés de un memorial que dí á su Magestad, significándole mis servicios y mis necesidades presentes: que no cae en mengua el soldado que dice que es pobre: el cual memorial salió decretado y remitido al limosnero mayor; y sin atender á que sin duda alguna me podia valer cuatro ó seis reales, con liberalidad increible, y con desenfado notable, escribí en el revés de él, como he dicho, mi billete; y sé que de mis manos pecadoras llegó á las suyas casi santas.
SACRISTAN.
¿Hásle enviado otra cosa?
SOLDADO.
Suspiros, lágrimas, sollozos, parasismos, desmayos, con toda la caterva de las demostraciones necesarias, que para descubrir su pasión los buenos enamorados usan, y deben usar en todo tiempo y sazon.
SACRISTAN.
¿Hásle dado alguna música concertada?
SOLDADO.
La de mis lamentos y congojas, las de mis ansias y pesadumbres.
SACRISTAN.
Pues á mí me ha acontecido dársela con mis campanas á cada paso, y tanto, que tengo enfadada á toda la vecindad con el continuo ruido que con ellas hago, solo por darle contento y porque sepa que estoy en la torre, ofreciéndome á su servicio; y aunque haya de tocar á muerto, repico á vísperas solenes.
SOLDADO.
En eso me llevas ventaja; porque no tengo que tocar, ni cosa que lo valga.
SACRISTAN.
¿Y de qué manera ha correspondido Cristina á la infinidad de tantos servicios como le has hecho?
SOLDADO.
Con no verme, con no hablarme, con maldecirme cuando me encuentra por la calle, con derramar sobre mí las lavazas cuando jabona, y el agua de fregar cuando friega; y esto es cada dia, porque todos los dias estoy en esta calle y á su puerta; porque soy su guarda cuidadosa, soy en fin, el perro del hortelano, etc. Yo no la gozo, ni ha de gozarla ninguno mientras yo viviere: por eso váyase de aquí el señor sota-sacristan, que por haber tenido y tener respeto á las órdenes que tiene, no le tengo ya rompidos los cascos.
SACRISTAN.
Á rompérmelos como están rotos esos vestidos, bien rotos estuvieran.
SOLDADO.
El hábito no hace al monje; y tanta honra tiene un soldado roto por causa de la guerra, como la tiene un colegial con el manto hecho añicos; porque en él se muestra la antigüedad de sus estudios; y váyase, que haré lo que dicho tengo.
SACRISTAN.
¿Es porque me ve sin armas? Pues espérese aquí, señor guarda cuidadosa, y verá quién es Callejas.
SOLDADO.
¿Qué puede ser un Pasillas?
SACRISTAN.
Agora lo veredes, dijo Agrages.
(_Éntrase el Sacristan._)
SOLDADO.
¡Ó mujeres, mujeres, todas ó las mas, mudables y antojadizas! ¿Dejas, Cristina, á esta flor, á este jardin de la soldadesca, y acomódaste con el muladar de un sota-sacristan, pudiendo acomodarte con un sacristan entero, y aun con un canónigo? Pero yo procuraré que te entre en mal provecho, si puedo, aguando tu gusto, con ojear de esta calle y de tu puerta los que imaginare que por alguna via pueden ser tus amantes; y asi vendré á alcanzar nombre de la guarda cuidadosa.
_Entra un Mozo con su caja y ropa verde, como estos que piden limosna para alguna imágen._
MOZO.
Den por Dios, para la lámpara del aceite de señora Santa Lucía, que les guarde la vista de los ojos. ¡Ah de casa! ¿dan la limosna?
SOLDADO.
Hola, amigo Santa Lucía, venid acá: ¿qué es lo que quereis en esta casa?
MOZO.
¿Ya vuesa merced no lo ve? Limosna para la lámpara del aceite de la señora Santa Lucía.
SOLDADO.
¿Pedís para la lámpara, ó para el aceite de la lámpara? que como decís limosna para la lámpara del aceite, parece que la lámpara es del aceite, no el aceite de la lámpara.
MOZO.
Ya todos entienden que pido para el aceite de la lámpara, y no para la lámpara del aceite.
SOLDADO.
¿Y suelen os dar limosna en esta casa?
MOZO.
Cada dia dos maravedís.
SOLDADO.
¿Y quién sale á dároslos?
MOZO.
Quien se halla mas á mano; aunque las mas veces sale una fregoncita, que se llama Cristina, bonita como un oro.
SOLDADO.
Asi que ¿es la fregoncita bonita como un oro?
MOZO.
Y como unas perlas.
SOLDADO.
¿De modo que no os parece mal á vos la muchacha?
MOZO.
Pues aunque yo fuera hecho de leño, no pudiera parecerme mal.
SOLDADO.
¿Cómo os llamais? que no querria volveros á llamar Santa Lucía.
MOZO.
Yo, señor, Andrés me llamo.
SOLDADO.
Pues señor Andrés, esté en lo que quiero decirle: tome este cuarto de á ocho, y haga cuenta que va pagado por cuatro dias de la limosna que le dan en esta casa, y suele recibir por mano de Cristina; y váyase con Dios; y séale aviso que por cuatro dias no vuelva á llegar á esta puerta, ni por lumbre, que le romperé las costillas á coces.
MOZO.
Ni aun volveré en este mes si es que me acuerdo: no tome vuesa merced pesadumbre, que ya me voy.
(_Váse._)
SOLDADO.
No sino dormios, guarda cuidadosa.
_Entra otro mozo vendiendo y pregonando tranzaderas, holanda de Cambray, randas de Flandes, é hilo portugués._
UNO.
¿Compran tranzaderas, randas de Flandes, Holanda, Cambray, hilo portugués?
_Cristina á la ventana._
CRISTINA.
Hola, Manuel: ¿traeis vivos para unas camisas?
UNO.
Sí traigo, y muy buenos.
CRISTINA.
Pues entra, que mi señora los ha menester.
SOLDADO.
¡Ó estrella de mi perdicion, antes que norte de mi esperanza! Tranzaderas, ó como os llamais, ¿conoceis aquella doncella que os llamó desde la ventana?
UNO.
Sí conozco, ¿pero por qué me lo pregunta vuesa merced?
SOLDADO.
¿No tiene muy buen rostro, y muy buena gracia?
UNO.
Á mí asi me lo parece.
SOLDADO.
Pues tambien me parece á mí que no entre dentro de esa casa, si no, por Dios juro de molelle los huesos, sin dejarle ninguno sano.
UNO.
¿Pues no puedo yo entrar á donde me llaman, para comprar mi mercadería?
SOLDADO.
Vaya, no me replique, que haré lo que digo, y luego.
UNO.
¡Terrible caso! pasito, señor soldado, que ya me voy.
(_Váse Manuel._)
_Cristina á la ventana._
CRISTINA.
¿No entras, Manuel?
SOLDADO.
Ya se fué Manuel, señora la de los vivos, y aun señora la de los muertos, porque á muertos y á vivos tienes debajo de tu mando y señorío.
CRISTINA.
¡Jesus, y qué enfadoso animal! ¿Qué quieres en esta calle y en esta puerta?
(_Éntrase Cristina._)
SOLDADO.
Encubrióse y púsose mi sol detrás de las nubes.
_Entra un Zapatero con unas chinelas pequeñas nuevas en la mano; y yendo á entrar en casa de Cristina, detiénele el soldado._
SOLDADO.
¿Señor bueno, busca usted algo en esta casa?
ZAPATERO.
Sí busco.
SOLDADO.
¿Y á quién, si fuere posible saberlo?
ZAPATERO.
¿Por qué no? Busco á una fregona, que está en esta casa, para darle estas chinelas que me mandó hacer.
SOLDADO.
¿De manera que usted es su zapatero?
ZAPATERO.
Muchas veces la he calzado.
SOLDADO.
¿Y hále de calzar ahora estas chinelas?
ZAPATERO.
No será menester: si fueran zapatillos de hombre, como ella los suele traer, sí calzára.
SOLDADO.
¿Y éstas están pagadas, ó no?
ZAPATERO.
No están pagadas, que ella me las ha de pagar agora.
SOLDADO.
¿No me haria usted una merced, que seria para mí muy grande? y es, que me fiase estas chinelas, dándole yo prendas que lo valiesen, hasta desde aquí á dos dias, que espero tener dineros en abundancia.
ZAPATERO.
Sí haré, por cierto: venga la prenda, que como soy pobre oficial, no puedo fiar á nadie.
SOLDADO.
Yo le daré á usted un mondadientes, que le estimo en mucho, y no le dejaré por un escudo. ¿Dónde tiene usted la tienda, para que vaya á quitarle?
ZAPATERO.
En la calle mayor, en un poste de aquellos, y llámome Juan Juncos.
SOLDADO.
Pues, señor Juan Juncos, el mondadientes es este, y estímele usted mucho, porque es mio.
ZAPATERO.
¿Pues una viznaga, que apenas vale dos maravedís, quiere usted que estime en mucho?
SOLDADO.
¡Ó pecador de mí! no la doy yo sino para recuerdo de mí mismo; porque cuando vaya á echar mano á la faldriquera, y no halle la viznaga, me venga á la memoria que la tiene usted y vaya luego á quitalla; si á fe de soldado, que no la doy por otra cosa; pero si no está contento con ella añadiré esta banda, y este antojo: que al buen pagador no le duelen prendas.
ZAPATERO.
Aunque zapatero, no soy tan descortés que tengo de despojar á vuestra merced de sus joyas y preseas: vuestra merced se quede con ellas, que yo me quedaré con mis chinelas, que es lo que me está mas á cuento.
SOLDADO.
¿Cuántos puntos tienen?
ZAPATERO.
Cinco escasos.
SOLDADO.
Mas escaso soy yo, chinelas de mis entrañas, pues no tengo seis reales para pagaros. Escuche vuestra merced, señor zapatero, que quiero glosar aquí de repente este verso que me ha salido medido:
Chinela de mis entrañas.
ZAPATERO.
¿Es poeta vuestra merced?
SOLDADO.
Famoso, y agora lo verá, estéme atento.
Chinelas de mis entrañas.
GLOSA.
Es amor tan gran tirano, Que olvidado de la fe Que le guardo siempre en vano, Hoy con la funda de un pie, Da á mi esperanza de mano. Estas son vuestras hazañas, Fundas pequeñas y hurañas, Que ya mi alma imagina Que sois, por ser de Cristina, Chinelas de mis entrañas.
ZAPATERO.
Á mí poco se me entiende de trovas; pero estas me han sonado tan bien, que me parecen de Lope, como lo son todas las cosas que son ó parecen buenas.
SOLDADO.
Pues señor, ya que no lleva remedio de fiarme estas chinelas, que no fuera mucho, y mas sobre tan dulces prendas, por mi mal halladas, llévelo, á lo menos, de que vuestra merced me las guarde hasta desde aquí á dos dias que yo vaya por ellas; y por ahora digo por esta vez al señor zapatero que no ha de ver ni hablar á Cristina.
ZAPATERO.
Yo haré lo que me manda el señor soldado; porque se me trasluce de qué pies cojea, que son dos, el de la necesidad y el de los zelos.
SOLDADO.
Ese no es ingenio de zapatero, sino de colegial trilingüe.
ZAPATERO.
¡Ó zelos, zelos, cuán mejor os llamáran duelos, duelos!
(_Éntrase el zapatero._)
SOLDADO.
No sino seais guarda, y guarda cuidadosa, y vereis como se os entran mosquitos en la cueva donde está el licor de vuestro contento: ¿pero qué voz es esta? sin duda es la de mi Cristina, que se desenfada cantando cuando barre ó friega.
(_Suenan dentro platos, como que friegan y cantan._)
Sacristan de mi vida, ténme por tuya, Y fiado en mi fe canta aleluya.
SOLDADO.
Oidos que tal oyen: sin duda el sacristan debe de ser el brinco de su alma. ¡Ó platera la mas limpia que tiene, tuvo ó tendrá el calendario de las fregonas! ¿Por qué asi como limpias esa loza talaveril, que traes entre las manos, y la vuelves en bruñida y tersa plata, no limpias esa alma de pensamientos bajos y sota-sacristaniles?
_Entra el amo de Cristina._
AMO.
Galan, ¿qué quiere ó qué busca á esta puerta?
SOLDADO.
Quiero mas de lo que seria bueno, y busco lo que no hallo; ¿pero quién es vuestra merced que me lo pregunta?
AMO.
Soy el dueño de esta casa.
SOLDADO.
¿El amo de Cristinica?
AMO.
El mismo.
SOLDADO.
Pues lléguese vuestra merced á esta parte, y tome este envoltorio de papeles: y advierta que ahí dentro van las informaciones de mis servicios, con veintidos fes de veintidos generales, debajo de cuyos estandartes he servido, amen de otras treinta y cuatro de otros tantos maestres de campo, que se han dignado de honrarme con ellas.
AMO.
Pues no ha habido, á lo que yo alcanzo, tantos generales ni maestres de campo de infantería española de cien años á esta parte.
SOLDADO.
Vuestra merced es hombre pacífico, y no está obligado á entendérsele mucho de las cosas de la guerra: pase los ojos por esos papeles, y verá en ellos, unos sobre otros, todos los generales y maestres de campo que he dicho.
AMO.
Yo los doy por pasados y vistos: ¿pero de qué sirve darme cuenta de esto?
SOLDADO.
De que hallará vuestra merced por ellos ser posible ser verdad una que agora diré, y es que estoy consultado en uno de tres castillos y plazas, que están vacas en el reino de Nápoles; conviene á saber, Gaeta, Barleta y Rijobes.
AMO.
Hasta agora ninguna cosa me importan á mí estas relaciones que vuestra merced me da.
SOLDADO.
Pues yo sé que le han de importar siendo Dios servido.
AMO.
¿En qué manera?
SOLDADO.
En que por fuerza, si no se cae el cielo, tengo de salir proveido en una de estas plazas, y quiero casarme agora con Cristinica; y siendo yo su marido, puede vuestra merced hacer de mi persona y de mi mucha hacienda, como de cosa propia: que no tengo de mostrarme desagradecido á la crianza que vuestra merced ha hecho á mi querida y amada consorte.
AMO.
Vuestra merced lo ha de los cascos[35], mas que otra parte.
SOLDADO.
¿Pues sabe cuánto le va, señor dulce, que me la ha de entregar luego, luego, ó no ha de atravesar las umbrales de su casa?
AMO.
¡Hay tal disparate! ¿y quién ha de ser bastante para quitarme que no entre en mi casa?
_Vuelve el sota-sacristan Pasillas, armado con un tapador de tinaja y una espada muy mohosa: viene con él otro sacristan, con un morrion, y una vara ó palo, atado á él un rabo de zorra._
SACRISTAN.
Ea, amigo Grajales, que este es el turbador de mi sosiego.
GRAJALES.
No me pesa sino que traigo las armas endebles y algo tiernas, que ya le hubiera despachado al otro mundo á toda diligencia.
AMO.
Ténganse, gentiles hombres: ¿qué desman y qué acecinamiento es este?
SOLDADO.
¿Ladrones, á traicion y en cuadrilla? Sacristanes falsos, voto á tal que os tengo de horadar, aunque tengais mas órdenes que un ceremonial: cobarde, ¿á mí con rabo de zorra? ¿Es notarme de borracho, ó piensas que estás quitando el polvo á alguna imágen de bulto?
GRAJALES.
No pienso sino que estoy ojeando los mosquitos de una tinaja de vino.
_Á la ventana Cristina y su ama._
CRISTINA.
Señora, señora, que matan á mi señor: mas de dos mil espadas están sobre él, que relumbran, que me quitan la vista.
ELLA.
Dices verdad, hija mia: Dios sea con él: santa Úrsula, con las once mil vírgenes sea en su guarda: ven, Cristina, y bajemos á socorrerle como mejor pudiéremos.
AMO.
Por vida de vuestras mercedes, caballeros, que se tengan, y miren que no es bien usar de superchería con nadie.
SOLDADO.