Los entremeses · Unidad 6 de 13
PRÓLOGO. — parte 5
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Tente, rabo, y tente, tapadorcillo, no acabeis de despertar mi cólera: que si la acabo de despertar, os mataré, y os comeré, y os arrojaré por la puerta falsa dos leguas mas allá del infierno.
AMO.
Téngase digo; sino por Dios que me descomponga de modo, que pese á alguno.
SOLDADO.
Por mí tenido soy, que te tengo respeto, por la imágen que tienes en tu casa.
SACRISTAN.
Pues aunque esa imágen haga milagros, no os ha de valer esta vez.
SOLDADO.
¿Han visto la desvergüenza de este bellaco, que me viene á hacer cocos con un rabo de zorra, no habiéndome espantado ni atemorizado tiros mayores que el de Dio, que está en Lisboa?
_Salen Cristina y su señora._
ELLA.
¡Ay, marido mio! ¿Estais por desgracia herido, bien de mi alma?
CRISTINA.
¡Ay, desdichada de mí! por el siglo de mi padre, que son los de la pendencia mi sacristan y mi soldado.
SOLDADO.
Aun bien que voy á la parte con el sacristan, que tambien dijo mi soldado.
AMO.
No estoy herido, señora; pero sabed que toda esta pendencia es por Cristinica.
ELLA.
¿Cómo por Cristinica?
AMO.
Á lo que yo entiendo, estos galanes andan zelosos por ella.
ELLA.
¿Y es esto verdad, muchacha?
CRISTINA.
Sí señora.
ELLA.
Mirad con qué poca vergüenza lo dice; ¿y háte deshonrado alguno de ellos?
CRISTINA.
Sí señora.
ELLA.
¿Cuál?
CRISTINA.
El sacristan me deshonró el otro dia, cuando fuí al rastro.
ELLA.
¿Cuántas veces os he dicho yo, señor, que no saliese esta muchacha fuera de casa, que ya era grande, y no convenia apartarla de nuestra vista? ¿Qué dirá ahora su padre, que nos la entregó limpia de polvo y de paja? ¿Y dónde te llevó, traidora, para deshonrarte?
CRISTINA.
Á ninguna parte, sino allí en mitad de la calle.
ELLA.
¿Cómo en mitad de la calle?
CRISTINA.
Allí en mitad de la calle de Toledo, á vista de Dios y de todo el mundo, me llamó de sucia, y de deshonesta, de poca vergüenza, y menos miramiento, y otros muchos baldones de este jaez, y todo por estar zeloso de aquel soldado.
AMO.
¿Luego no ha pasado otra cosa entre tí, ni él, sino esa deshonra que en la calle te hizo?
CRISTINA.
No por cierto, porque luego se le pasó la cólera.
ELLA.
El alma se me ha vuelto al cuerpo, que le tenia ya casi desamparado.
CRISTINA.
Y mas, que todo cuanto me dijo fue confiado en esta cédula, que me ha dado de ser mi esposo, que la tengo guardada como oro en paño.
AMO.
Muestra, veamos.
ELLA.
Leedla alto, marido.
AMO.
Asi dice: «Digo yo, Lorenzo Pasillas, sota-sacristan de esta parroquia, que quiero bien y muy bien á la señora Cristina de Parrazes; y en fe de esta verdad, le dí esta firmada de mi nombre, fecha en Madrid, en el cimenterio de San Andrés, á seis de mayo, este presente año de mil y seiscientos y once. Testigos mi corazon, mi entendimiento, mi voluntad y mi memoria.
_Lorenzo Pasillas._»
¡Gentil manera de cédula de matrimonio!
SACRISTAN.
Debajo de decir que la quiero bien, se incluye todo aquello que ella quisiere que yo haga por ella; porque quien da la voluntad, lo da todo.
AMO.
¿Luego si ella quisiese, bien os casaríades con ella?
SACRISTAN.
De bonísima gana, aunque perdiese la espectativa de tres mil maravedís de renta, que ha de fundar agora sobre mi cabeza una agüela mia, segun me han escrito de mi tierra.
SOLDADO.
Si voluntades se toman en cuenta, treinta y nueve dias hace hoy, que al entrar de la Puente Segoviana dí yo á Cristina la mia, con todos los anejos á mis tres potencias; y si ella quisiere ser mi esposa, algo irá á decir de ser castellano de un famoso castillo, á un sacristan no entero, sino medio, y aun de la mitad le debe de faltar algo.
AMO.
¿Tienes deseo de casarte, Cristinica?
CRISTINA.
Sí tengo.
AMO.
Pues escoge de estos dos que se te ofrecen el que mas te agradare.
CRISTINA.
Tengo vergüenza.
ELLA.
No la tengas, porque el comer, y el casar ha ser á gusto propio, y no á voluntad agena.
CRISTINA.
Vuestras mercedes, que me han criado, me darán marido como me convenga, aunque todavía quisiera escoger.
SOLDADO.
Niña, échame el ojo, mira mi garbo: soldado soy: castellano pienso ser: brio tengo de corazon: soy el mas galan hombre del mundo; y por el hilo de este vestidillo podrás sacar el ovillo de mi gentileza.
SACRISTAN.
Cristina, yo soy músico, aunque de campanas: para adornar una tumba, y colgar una iglesia para fiestas solenes, ningun sacristan me puede llevar ventaja; y estos oficios bien los puedo ejercitar casado, y ganar de comer como un príncipe.
AMO.
Ahora bien, muchacha, escoge de los dos el que te agrada, que yo gusto de ello, y con esto pondrás paz entre dos tan fuertes competidores.
SOLDADO.
Yo me allano.
SACRISTAN.
Y yo me rindo.
CRISTINA.
Pues escojo al sacristan.
_Han entrado los músicos._
AMO.
Pues llamen esos oficiales de mi vecino el barbero, para que con sus guitarras y voces nos entremos á celebrar el desposorio, cantando y bailando; y el señor soldado será mi convidado.
SOLDADO.
Acepto: Que donde hay fuerza de hecho Se pierde cualquier derecho.
MÚSICO.
Pues hemos llegado á tiempo, este será el estribillo de nuestra letra.
(_Cantan el estribillo._)
Siempre escogen las mujeres Aquello que vale menos, Porque escede su mal gusto Á cualquier merecimiento. Ya no se estima el valor, Porque se estima el dinero, Pues un sacristan prefieren Á un roto soldado lego; Mas no es mucho, que quien vió Que fue su voto tan necio, Que á sagrado se acogiese, Que es de delincuentes puerto: Que á donde hay fuerza, etc. Como es propio de un soldado, Que es solo en los años viejo, Y se halla sin un cuarto, Porque ha dejado su tercio Imaginar que ser puede Pretendiente de Gaiferos, Conquistando por lo bravo Lo que yo por manso adquiero; No me afrentan tus razones, Pues has perdido en el juego, Que siempre un picado tiene Licencia para hacer fieros. Que á donde, etc.
(_Éntranse cantando y bailando._)
FIN DE ESTE ENTREMES.
[Ilustración]
ENTREMES _DEL VIEJO ZELOSO_.
_Salen doña Lorenza, y Cristina, su criada, y Hortigosa, su vecina._
LORENZA.
Milagro ha sido éste, señora Hortigosa, el no haber dado la vuelta á la llave, mi duelo, mi yugo y mi desesperacion: este es el primero dia, despues que me casé con él, que hablo con persona de fuera de casa: que fuera le vea yo de esta vida á él y á quien con él me casó.
HORTIGOSA.
Ande, mi señora doña Lorenza, no se queje tanto: que con una caldera vieja se compra otra nueva.
LORENZA.
Y aun con esos y otros semejantes villancicos ó refranes me engañaron á mí: que malditos sean sus dineros, fuera de las cruces, malditas sus joyas, malditas sus galas, y maldito todo cuanto me da y promete. ¿De qué me sirve á mí todo aquesto, si en mitad de la riqueza estoy pobre, y en medio de la abundancia con hambre?
CRISTINA.
En verdad, señora tia, que tienes razon: que mas quisiera yo andar con un trapo atrás y otro adelante, y tener un marido mozo, que verme casada y enlodada con ese viejo podrido, que tomaste por esposo.
LORENZA.
¿Yo le tomé, sobrina? Á la fe diómele quien pudo; y yo, como muchacha, fui mas presta al obedecer, que al contradecir; pero si yo tuviera tanta esperiencia de estas cosas, antes me tarazara la lengua con los dientes, que pronunciar aquel sí, que se pronuncia con dos letras, y da que llorar dos mil años: pero yo imagino que no fue otra cosa, sino que habia de ser esta; y que las que han de suceder forzosamente, no hay prevencion ni diligencia humana que las prevenga.
CRISTINA.
Jesus, y del mal viejo: toda la noche daca el orinal, toma el orinal: levántate, Cristinica, y caliéntame unos paños, que me muero de la hijada: dame aquellos juncos, que me fatiga la piedra: con mas ungüentos y medicinas en el aposento, que si fuera una botica: y yo, que apenas sé vestirme, tengo de servirle de enfermera: pux, pux, pux, viejo clueco, tan potroso como zeloso, y el mas zeloso del mundo.
LORENZA.
Dice la verdad mi sobrina.
CRISTINA.
¡Pluguiera á Dios que nunca yo la dijera en esto!
HORTIGOSA.
Ahora bien, señora doña Lorenza, usted haga lo que le tengo aconsejado, y verá cómo se halla muy bien con mi consejo. El mozo es como un ginjo verde: quiere bien, sabe callar y agradecer lo que por él se hace; y pues los zelos y el recato del viejo no nos dan lugar á demandas ni á respuestas, resolucion y buen ánimo: que por la órden que hemos dado, yo le pondré al galan en su aposento de usted y le sacaré, si bien tuviese el viejo mas ojos que Argos, y viese mas que un zahorí, que dicen que ve siete estados debajo de la tierra.
LORENZA.
Como soy primeriza, estoy temerosa; y no querria, á trueco del gusto, poner á riesgo la honra.
CRISTINA.
Eso me parece, señora tia, á lo del cantar de Gomez Arias: señor Gomez Arias, doleos de mí, soy niña y muchacha, nunca en tal me ví.
LORENZA.
Algun espíritu malo debe hablar en tí, sobrina, segun las cosas que dices.
CRISTINA.
Yo no sé quién habla; pero yo sé que haria todo aquello que la señora Hortigosa ha dicho, sin faltar punto.
LORENZA.
¿Y la honra, sobrina?
CRISTINA.
¿Y el holgarnos, tia?
LORENZA.
¿Y si se sabe?
CRISTINA.
¿Y si no se sabe?
LORENZA.
¿Y quién me asegurará á mí que no se sepa?
HORTIGOSA.
¿Quién? la buena diligencia, la sagacidad, la industria, y sobre todo el buen ánimo y mis trazas.
CRISTINA.
Mire, señora Hortigosa, tráiganosle galan, limpio, desenvuelto, un poco atrevido, y sobre todo mozo.
HORTIGOSA.
Todas esas partes tiene el que he propuesto, y otras dos mas, que es rico y liberal.
LORENZA.
Que no quiero riquezas, señora Hortigosa: que me sobran las joyas, y me ponen en confusion las diferencias de colores de mis muchos vestidos: hasta eso no tengo que desear, que Dios le dé salud á Cañizares, mas vestida me tiene que un palmito, y con mas joyas que la vedriera de un platero rico. No me clavára él las ventanas, cerrára las puertas, visitára á todas horas la casa, desterrára de ella los gatos y los perros, solamente porque tienen nombre de varon: que á trueco de que no hiciera esto, y otras cosas no vistas en materia de recato, yo le perdonára sus dádivas y mercedes.
HORTIGOSA.
¿Que tan zeloso es?
LORENZA.
Digo, que le vendian el otro dia una tapicería á bonísimo precio, y por ser de figuras no la quiso; y compró otra de verduras, por mayor precio, aunque no era tan buena. Siete puertas hay antes que se llegue á mi aposento, fuera de la puerta de la calle, y todas se cierran con llave; y las llaves no me ha sido posible averiguar dónde las esconde de noche.
CRISTINA.
Tia, la llave de loba, creo que se la pone entre las faldas de la camisa.
LORENZA.
No lo creas, sobrina: que yo duermo con él y jamás le he visto, ni sentido que tenga llave alguna.
CRISTINA.
Y mas, que toda la noche anda como trasgo por toda la casa; y si acaso dan alguna música en la calle, les tira de pedradas porque se vayan: es un malo, es un brujo, es un viejo, que no tengo mas que decir.
LORENZA.
Señora Hortigosa, váyase, no venga el gruñidor y la halle conmigo: que seria echarlo á perder todo; y lo que ha de hacer, hágalo luego: que estoy tan aburrida, que no me falta sino echarme una soga al cuello, para salir de tan mala vida.
HORTIGOSA.
Quizá con esta que ahora se comenzará, se le quitará toda esa mala gana, y le vendrá otra mas saludable, y que mas la contente.
CRISTINA.
Asi suceda; aunque me costase á mí un dedo de la mano: que quiero mucho á mi señora tia, y me muero de verla tan pensativa y angustiada en poder de este viejo y reviejo: y mas que viejo; y no me puedo hartar de decille viejo.
LORENZA.
Pues en verdad que te quiere bien, Cristina.
CRISTINA.
¿Deja por eso de ser viejo? Cuanto mas, que yo he oido decir que siempre los viejos son amigos de niñas.
HORTIGOSA.
Asi es la verdad, Cristina, y á Dios, que en acabando de comer doy la vuelta. Usted esté muy en lo que dejamos concertado, y verá cómo salimos y entramos bien en ello.
CRISTINA.
Señora Hortigosa, hágame merced de traerme á mí un frailecico pequeñito, con quien yo me huelgue.
HORTIGOSA.
Yo se le traeré á la niña pintado.
CRISTINA.
Que no le quiero pintado, sino vivo, vivo, chiquito como unas perlas.
LORENZA.
¿Y si lo ve tio?
CRISTINA.
Diréle yo que es un duende, y tendrá de él miedo, y holgaréme yo.
HORTIGOSA.
Digo que yo le trairé; y á Dios.
(_Váse Hortigosa._)
CRISTINA.
Mire, tia, si Hortigosa trae algun galan, y á mí el frailecico, y si señor los viere, no tenemos mas que hacer, sino cogerle entre todos, y ahogarle, y echarle en el pozo ó enterrarle en la caballeriza.
LORENZA.
Tal eres tú, que creo lo harias mejor que lo dices.
CRISTINA.
Pues no sea él viejo zeloso, y déjenos vivir en paz; pues no le hacemos mal alguno, y vivimos como unas santas.
(_Éntranse._)
_Salen Cañizares, viejo, y un compadre suyo._
CAÑIZARES.
Señor compadre, señor compadre: el setenton que se casa con quince, ó carece de entendimiento, ó tiene gana de visitar el otro mundo lo mas presto que le sea posible. Apenas me casé con doña Lorencica, pensando tener en ella compañía y regalo, y persona que se hallase en mi cabecera, y me cerrase los ojos al tiempo de mi muerte, cuando me embistieron una turba multa de trabajos y desasosiegos: tenia casa y busqué casar: estaba pesado y desposéme.
COMPADRE.
Compadre, error fue, pero no muy grande; porque segun el dicho del apóstol, mejor es casarse que abrasarse.
CAÑIZARES.
Que no habia de abrasar en mí, señor compadre, que con la menor llamarada quedára hecho ceniza: compañía quise, compañía busqué, compañía hallé; pero Dios lo remedie, por quien él es.
COMPADRE.
¿Tiene zelos, señor compadre?
CAÑIZARES.
Del sol que mira á Lorencita, del aire que le toca, de las faldas que la vapulean.
COMPADRE.
¿Dále ocasion?
CAÑIZARES.
Ni por pienso, ni tiene por qué, ni cómo, ni cuándo, ni á dónde: las ventanas, amen de estar con llave, las guarnecen rejas, y celosías: las puertas jamás se abren: vecina no atraviesa mis umbrales, ni los atravesará mientras Dios me diera vida. Mirad, compadre, no les vienen los malos aires á las mujeres de ir á los jubileos, ni á las procesiones, ni á todos los actos de regocijos públicos: donde ellas se mancan, donde ellas se estropean, y á donde ellas se dañan, es en casa de las vecinas, y de las amigas: mas maldades encubre una mala amiga, que la capa de la noche: mas conciertos se hacen en su casa y mas se concluyen, que en una asamblea.
COMPADRE.
Yo asi lo creo; pero si la señora doña Lorenza no sale de casa, ni nadie entra en la suya, ¿de qué vive descontento mi compadre?
CAÑIZARES.
De que no pasará mucho tiempo en que no caya Lorencica en lo que le falta: que será un mal caso, y tan malo, que en solo en pensallo le temo, y de temerle me desespero, y de desesperarme vivo con disgusto.
COMPADRE.
Y con razon se puede tener ese temor; porque las mujeres querrian gozar enteros los frutos del matrimonio.
CAÑIZARES.
La mia los goza doblados.
COMPADRE.
Ahí está el daño, señor compadre.
CAÑIZARES.
No, no, ni por pienso; porque es mas simple Lorencica que una paloma, y hasta agora no entiende nada de esas filaterías[36]; y á Dios, señor compadre, que me quiero entrar en casa.
COMPADRE.
Yo quiero entrar allá, y ver á mi señora doña Lorenza.
CAÑIZARES.
Habeis de saber, compadre, que los antiguos latinos usaban de un refran, que decia: _amicus usque ad aras_, que quiere decir: el amigo hasta el altar; infiriendo que el amigo ha de hacer por su amigo todo aquello que no fuere contra Dios; y yo digo, que mi amigo _usque ad portam_, hasta la puerta, que ninguno ha de pasar mis quicios; y á Dios, señor compadre, y perdóneme.
(_Éntrase Cañizares._)
COMPADRE.
En mi vida he visto hombre mas recatado, ni mas zeloso, ni mas impertinente; pero este es de aquellos que traen la soga arrastrando, y de los que siempre vienen á morir del mal que temen.
(_Éntrase el compadre._)
_Salen doña Lorenza y Cristina._
CRISTINA.
Tia, mucho tarda tio, y mas tarda Hortigosa.
LORENZA.
Mas que nunca él acá viniese, ni ella tampoco; porque él me enfada, y ella me tiene confusa.
CRISTINA.
Todo es probar, señora tia; y cuando no saliere bien, darle del codo.
LORENZA.
¡Ay, sobrina! que estas cosas, ó yo sé poco, ó sé que todo el daño está en probarlas.
CRISTINA.
Á fe, señora tia, que tiene poco ánimo; y que si yo fuera de su edad, que no me espantáran hombres armados.
LORENZA.
Otra vez torno á decir, y diré cien mil veces, que Satanás habla en tu boca: mas ¡ay! ¿cómo se ha entrado, señor?
CRISTINA.
Debe de haber abierto con la llave maestra.
LORENZA.
Encomiendo yo al diablo sus maestrías y sus llaves.
_Sale Cañizares_
CAÑIZARES.
¿Con quién hablábades, doña Lorenza?
LORENZA.
Con Cristinica hablaba.
CAÑIZARES.
Miradlo bien, doña Lorenza.
LORENZA.
Digo que hablaba con Cristinica: ¿con quién habia de hablar? ¿Tengo yo, por ventura, con quién?
CAÑIZARES.
No querria que tuviésedes algun soliloquio con vos misma, que redundase en mi perjuicio.
LORENZA.
Ni entiendo esos circunloquios que decís, ni aun los quiero entender; y tengamos la fiesta en paz.
CAÑIZARES.
Ni aun las vísperas no querria yo tener en guerra con vos: ¿pero quién llama á aquella puerta con tanta priesa? Mira, Cristinica, quién es; y si es pobre, dale limosna y despídele.
CRISTINA.
¿Quién está ahí?
HORTIGOSA.
La vecina Hortigosa es, señora Cristina.
CAÑIZARES.
¿Hortigosa y vecina? Dios sea conmigo: pregúntale, Cristina, lo que quiere, y dáselo, con condicion que no atraviese estos umbrales.
CRISTINA.
¿Y qué quiere, señora vecina?
CAÑIZARES.
El nombre de vecina me turba y sobresalta: llámala por su propio nombre, Cristina.
CRISTINA.
Responda: ¿y qué quiere, señora Hortigosa?
HORTIGOSA.
Al señor Cañizares quiero suplicar un poco, en que me va la honra, la vida y el alma.
CAÑIZARES.
Decidle, sobrina, á esa señora, que á mí me va todo eso y mas en que no entre acá dentro.
LORENZA.
¡Jesus, y qué condicion tan estravagante! ¿Aquí no estoy delante de vos? ¿Hánme de comer de ojo? ¿Hánme de llevar por los aires?
CAÑIZARES.
Entre con cien mil bercebues, pues vos lo quereis.
CRISTINA.
Entre, señora vecina.
CAÑIZARES.
Nombre fatal para mí es el de vecina.
_Entra Hortigosa, y trae un guadamecí, y en las pieles de las cuatro esquinas han de venir pintados Rodamonte, Mandricardo, Rugero y Gradaso: y Rodamonte venga pintado como arrebozado._
HORTIGOSA.
Señor mio de mi alma, movida y incitada de la buena fama de vuestra merced, de su gran caridad, y de sus muchas limosnas, me he atrevido de venir á suplicar á vuestra merced me haga tanta merced, caridad y limosna y buena obra de comprarme este guadamecí[37]; porque tengo un hijo preso por unas heridas que dió á un tundidor; y ha mandado la justicia que declare el cirujano, y no tengo con qué pagalle, y corre peligro no le echen otros embargos, que podrian ser muchos, á causa que es muy travieso mi hijo; y querria echarle hoy, ó mañana, si fuese posible, de la cárcel: la obra es buena, el guadamecí nuevo, y con todo eso le daré por lo que vuestra merced quisiere darme por él, que en mas está la monta, y como esas cosas he perdido yo en esta vida: tenga vuestra merced de esa punta, señora mia, y descojámosle, porque vea el señor Cañizares que no hay engaño en mis palabras: alce mas, señora mia, y mire cómo es bueno de caida, y las pinturas de los cuadros parece que están vivas.
(_Al alzar y mostrar el guadamecí, entra por detrás de él un galan; y como Cañizares ve los retratos, dice_):
CAÑIZARES.
¡Ó qué lindo Rodamonte! ¿Y qué quiere el señor rebozadito en mi casa? Aun si supiese que tan amigo soy yo de estas cosas, y de estos rebocitos, espantarseía[38].
CRISTINA.
Señor tio, yo no sé nada de rebozados; y si él ha entrado en casa, la señora Hortigosa tiene la culpa, que á mí el diablo me lleve, si dije, ni hice nada para que él entrase; no en mi conciencia: aun el diablo seria, si mi señor tio me echase á mí la culpa de su entrada.
CAÑIZARES.
Ya yo lo veo, sobrina, que la señora Hortigosa tiene la culpa; pero no hay de qué maravillarme, porque ella no sabe mi condicion, ni cuán enemigo soy de aquestas pinturas.
LORENZA.