Los perseguidos · Unidad 1 de 5
Unidad 1 · §1 QUINCENALES
Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.
/ os Perseguidos es un cuento del género en que sobresale el aulor: la /u's/oria de un loco perseguido cuyo origen real conozco, lo cual me da por cierto un papel con nombre propio y todo en la interesantísima narración.
Quiroga sien/e la locura, con profundidad peculiar, dando fácilmente la impresión del horror que bajo todas sus formas la caracteriza. Ello, sin perjuicio de una ligereza narrativa que nunca deja convertirse en tortura aplastadora y de consiguiente extraña al arte, siendo padecimiento inútil, el escalofrío del miedo.
Pues dentro de una sana estética, esas impresiones depresivas, serán siempre meros recursos: aguijones del interés cuyo objetivo está en otra parte.
Una noche que estaba en casa de Leopoldo Lugones, hace una infinidad de años, la lluvia arreció de tal modo que nos levantamos a mirar a través de los vidrios. El pampero silbaba en los hilos, sacudía el agua que empañaba en rachas convulsivas la luz roja de los faroles. Después de seis días de temporal, esa tarde el cielo había despejado al sur en un límpido azul de frío. Y he aquí que la lluvia volvía a prometernos otra semana de mal tiempo.
Lugones tenía estufa, lo que halagaba enormemente mi flaqueza invernal. Volvimos a sentarnos, prosiguiendo una charla amena como es la que se establece sobre las personas locas. Días anteriores Lugones había visitado un manicomio; y las bizarrías de su gente, añadidas a las que yo por mi parte había observado alguna vez, ofrecían materia de sobra para un confortante vis a vis de hombres cuerdos.
Dada, pues, la noche, nos sorprendimos bastante cuando la campanilla de la calle sonó. Momentos después entraba Lucas Díaz Vélez.
Este individuo ha tenido una influencia nefasta sobre una época de mi vida, y esa noche lo conocí. Según costumbre, Lugones nos presentó por el apellido únicamente, de modo que hasta algún tiempo después ignoré su nombre.
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Díaz era entonces mucho más delgado que ahora. Su ropa negra, su color trigueño mate, su cara afilada y sus grandes ojos negros daban a su tipo un aire no común. Los ojos, sobre todo, de fijeza atónita y brillo arsenical, llamaban fuertemente la atención. Peinábase en esa época al medio, y su pelo lacio, perfectamente aplastado, parecía un casco luciente.
En los primeros momentos Vélez habló poco. Cruzóse de piernas, respondiendo lo justamente preciso. En un instante en que me volví a Lugones, alcancé a ver que aquél me observaba. Sin duda en otro hubiera hallado muy natural ese examen tras una presentación; pero la inmóvil atención con que lo hacía me chocó.
Pronto dejamos de hablar. Nuestra situación no fué muy grata, sobre todo para Vélez, pues debía suponer que antes de que él llegara nosotros no practicaríamos ese terrible mutismo. Él mismo rompió el silencio. Habló a Lugones de cierta chancacas que un amigo le había enviado de Salta, y cuya muestra hubo de traer esa noche. Parecía tratarse de una variedad repleta de agrado en sí, y como Lugones se mostraba suficientemente inclinado a comprobarlo, Díaz Vélez prometióle enviar modos para ello.
Roto el hielo, a los diez minutos volvieron nuestros locos. Aunque sin perder una palabra de lo que oía. Díaz se mantuvo aparte del ardiente tema. Por eso cuando Lugones salió un momento, me extrañó su inesperado interés. Contóme en un momento porción de anécdotaslas mejillas animadas y los labios precisos de convicción. Tenía por cierto a esas cosas mucho más amor del que yo le había supuesto, y su última historia, contada con honda viveza, me hizo ver que entendía a los locos con una sutileza no común en el mundo.
Se trataba de un muchacho provinciano que al salir
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del marasmo de una tifoidea halló las calles pobladas de enemigos. Pasó dos meses de persecución, llevando así a cabo no pocos disparates. Como era muchacho de cierta inteligencia, comentaba él mismo su caso con una sutileza tal que era imposible saber qué pensar, oyéndolo. Daba la más perfecta idea de farsa; y ésta era la opinión general al oirlo argumentar picarescamente sobre su caso — todo esto con la vanidad característica de los loco?. Pasó de este modo tres meses pavoneando sus agudezas sicológicas, hasta que un día se mojó la cabeza con el agua fresca de la cordura y modestia de las propias ideas.
—Ahora está bien — concluyó Vélez — pero le han quedado algunas cosas muy típicas. Hace una semana, por ejemplo, lo hallé en una farmacia; estaba recostado de espaldas en el mostrador, esperando no sé qué. Pusímonos a charlar. De pronto un individuo entró sin que lo Viéramos, y como no había ningún dependiente llamó con los dedos en el mostrador. Bruscamente mi amigo se volvió al intruso con una instantaneidad verdaderamente animal, mirándolo fijamente en los ojos. Cualquiera se hubiera también dado Vuelta, pero no con esa rapidez de hombre que está siempre sobre aviso. Aunque no es perseguido ya, ha guardado sin que él se dé cuenta un fondo de miedo que explota a la menor idea de brusca sorpresa. Después de mirar un rato sin mover un músculo, pestañea y aparta los ojos, distraído. Parece que hubiera conservado un oscuro recuerdo de algo terrible que le pasó en otro tiempo y contra lo que no quiere estar más desprevenido. Supóngase ahora el efecto que le hará una súbita cogida del brazo, en la calle. Creo que no se le irá nunca.
— Indudablemente el detalle es típico — apoyé. — Y las sicologías desaparecieron también?
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Cosa extraña: Díaz se puso serio y me lanzó una fría mirada hostil.
— ¿Se puede saber por qué me lo pregunta?
— ¡Porque hablábamos justamente de eso!— le respondí sorprendido. Mas seguramente el hombre había visto su ridiculez porque se disculpó en seguida efusivamente:
—Perdóneme. No sé qué cosa rara me pasó. A veces he sentido así, como una fuga inesperada de cabeza. . . Cosas de loco — agregó riéndose y jugando con la regla.
— Completamente de loco— bromeé.
—¡Y tanto! Sólo que por una ventura me queda un resto de razón. Y ahora que recuerdo, aunque le pedí perdón— y le pido de nuevo— no he respondido aún a su pregunta. Mi amigo no sicologa más. Como ahora es íntimamente cuerdo no siente como antes la perversidad de denunciar su propia locura, forzando esa terrible espada de dos filos que se llama raciocinio. . . ¿verdad? Es bien claro.
—¡No mucho!— me permití dudar.
—Es posible— se rió en definitiva.— Otra cosa muy de loco!— Me hizo una guiñada, y se apartó sonriente de la mesa, sacudiendo la cabeza como quien calla así muchas cosas que podrían decirse.
Lugones volvió y dejamos nuestro tema— ya agotado, por otro lado. Durante el resto de la visita Díaz habló poco, aunque se notaba claro la nerviosidad que le producía a él mismo su hurañía. Al fin se fué. Posiblemente trató de hacerme perder toda mala impresión con su afectuosísima despedida, ofreciéndome su apellido y su casa con un sostenido apretón de manos lleno de cariño. Lugones bajó con él, porque su escalera ya oscura no despertaba fuertes deseos de arriesgarse solo en su oblicuidad.
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— ¿ Qué diablo de individuo es ése ? — le pregunté cuando volvió. Lugones se encogió de hombros.
— Es un individuo terrible. No sé como esta noche ha hablado diez palabras con Vd. Suele pasar una hora entera sin hablar por su cuenta, y ya supondrá la gracia que me hace cuando viene así. Por lo demás, viene poco. Es muy inteligente en sus buenos momentos. Ya lo habrá notado porque oí que conversaban.
—Sí, me contaba un caso curioso.
— i De qué ?
—De un amigo perseguido. Entiende como un demonio de locuras.
—Ya lo creo, como que él también es perseguido.
Apenas oí esto un relámpago de lógica explicativa iluminó lo oscuro que sentía en el otro. ¡ Indudablemente ! . . . Recordé sobre todo su aire fosco cuando le pregunté si no sicologaba más... El buen loco había creído que yo lo adivinaba y me insinuaba en su fuero interno. . .
— ¡Claro!— me reí.— ¡ Ahora me doy cuenta! Pero es endiabladamente sutil su Díaz Vélez !— Y le conté el lazo que me había tendido para divertirse a mis expensas : la ficción de un amigo perseguido, sus comentarios. Pero apenas en el comienzo Lugones me cortó :
—No hay tal; eso ha pasado efectivamente. Sólo que el amigo es él mismo. Le ha dicho en un todo la verdad ; tuvo una tifoidea, quedó mal, curó hasta por ahí, y ya va que es bastante problemática su cordura. También es muy posible que lo del mostrador sea verdad, pero habiéndole pasado a él mismo. Interesante el individuo, eh?
— ¡ De sobra !— le respondí, mientras jugaba con el cenicero.
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Salí tarde. El tiempo se componía al fin, y sin que el cielo se viera, el pecho libre lo sentía más alto. No llovía más. El viento fuerte y seco rizaba el agua de las veredas y obligaba a inclinar el busto en las bocacalles. Llegué a Santa Fe y esperé un rato el tranvía, sacudiendo los pies. Aburrido, decidíme a caminar ; apresuré el paso, encerré estrictamente las manos en los bolsillos, y entonces pensé bien en Díaz Vélez.
Lo que más recordaba de él era la mirada con que me observó al principio. No se la podía llamar inteligente, reservando esta cualidad a las que buscan en la mirada nueva, correspondencia -pequeña o grande- a la personal cultura, y habituales en las personas de cierta elevación. En estas miradas hay siempre un cambio de espíritus: profundizar hasta dónde llega la persona que se acaba de conocer, pero entregando francamente al examen extranjero parte de la propia alma.
Díaz no me miraba así ; me miraba a mí únicamente. No pensaba qué era ni qué podía ser yo, ni había en su mirada el más remoto destello de curiosidad sicológica. Me observaba, nada más, como se observa sin pestañar la actitud equívoca de un felino.
Después de lo que me contara Lugones, no me extrañaba ya esa objetividad de mirada de loco. En pos de so examen, satisfecho seguramente se había reído de mí con el espantapájaro de su propia locura. Pero su afán de delatarse a escondidas tenía menos por objeto burlarse de mí que divertirse a sí mismo. Yo era simplemente un pretexto para el razonamiento y sobre todo un punto de confrontación : cuanto más admirase yo la endemoniada perversidad del loco que me describía, tanto más rápidos debían ser sus fruitivos restregones
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de manos. Faltó para su dicha completa que yo le hubiera preguntado:— « ¿Pero no teme su amigo que lo descubran al delatarse así ? Ahora que sabía yo en realidad quién era el perseguido, me prometía provocarle esa felicidad violenta, y esto es lo que iba pensando mientras caminaba.
Pasaron sin embargo quince días sin que volviera a Verlo. Supe por Lugones que había vuelto a su casa, llevándole las confituras— buen regalo para él.
—Me trajo también algunas para Vd. Como Díaz no sabía donde vive — creo que Vd. no le dio su dirección— las dejó en casa. Vaya por allá.
—Un día de éstos. ¿Está acá todavía?
-¿Díaz Vélez?
-Sí.
—Sí, supongo que sí; no me ha hablado una palabra de irse.
En la primera noche de lluvia fui a lo de Lugones, seguro de hallar al otro. Por más que yo comprendiera como nadie que esa lógica de pensar encontrarlo fustamente en una noche de lluvia era propia de perro o de loco, la sugestión de las coincidencias absurdas regirá siempre los casos en que el razonamiento no sabe ya qué hacer.
Lugones se rió de mi empeño en ver a Díaz Vélez.
— ¡Tenga cuidado! L-js perseguidos comienzan adorando a sus futuras víctimas. Él se acordó muy bien de Vd.
— No es nada. Cuando lo vea me va a tocar a mí divertirme.
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Pero no hallaba a Díaz Vélez. Hasta que un medio día, en el momento en que iba a cruzar la calle, lo vi en Artes. Caminaba hacia el norte, mirando de paso todas las vidrieras, sin dejar pasar una, como quien va pensando preocupado en otra cosa. Cuando lo distinguí yo había sacado ya el pie de la vereda. Quise contenerme, pero no pude y descendí a la calle, casi con un traspié. Me di vuelta y miré el borde de la vereda, aunque estaba bien seguro de que no había nada. Un coche de plaza guiado por un negro con saco de lustrina pasó tan cerca de mí que el cubo de la rueda trasera me rozó el pantalón. Detúveme de nuevo, seguí con los ojos las patas de los caballos, hasta que un automóvil me obligó a saltar.
Todo esto duró diez segundos, mientras Díaz continuaba alejándose, y tuve que forzar el paso. Cuando lo sentí a mi certísimo alcance todas mis inquietudes se fue. ron para dar lugar a una gran satisfacción de mí mismo. Sentíame en hondo equilibrio. Tenía todos los nervios conscientes y tenaces. Cerraba y abría los dedos en toda su extensión, feliz. Cuatro o cinco veces en un minuto llevé la mano al reloj, no acordándome de que se me había roto.
Díaz Vélez continuaba caminando y pronto estuve a dos pasos detrás de él. Uno más y lo podía tocar. Pero al verlo así sin darse ni remotamente cuenta de mi inmediación, a pesar de su delirio de persecución y sicologías, regulé mi paso exactamente con el suyo. ¡ Perseguido! ¡Muy bien!... Me fijaba detalladamente en su cabeza, sus codos, sus puños un poco de fuera, las arru* gas transversales del pantalón en las corvas, los tacos, ocultos y visibles sucesivamente. Tenía la sensación verti-
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ginosa de que antes, millones de años antes, yo había hecho ya eso: encontrar a Díaz Vélezen la calle, seguirlo, alcanzarlo — y una Vez esto seguir detrás de él — detrás. Irradiaba de mí la satisfacción de diez vidas enteras que no hubieran podido nunca realizar su deseo. ¿ Para qué tocarlo? De pronto se me ocurrió que podría darse vuelta, y la angustia me apretó instantáneamente la garganta. Pensé que con la laringe así oprimida no se puede gritar, y mi miedo único, espantablemente único, fué no poder gritar cuando se Volviera, como si el fin de mi existencia debiera haber sido avanzar precipitadamente sobre él, abrirle las mandíbulas y gritarle desaforadamente en plena boca— contándole de paso todas las muelas.
Tuve un momento de angustia tal que me olvidé de ser él todo lo que veía: los brazos de Díaz Vélez, las piernas de Díaz Vélez, los pelos de Díaz Vélez, la cinta del sombrero de Díaz Vélez, la trama de la cinta del sombrero de Díaz Vélez, la urdimbre de la urdimbre de Díaz Vélez. . .
Esta seguridad de que a pesar de mi terror no me había olvidado un momento de él, me serenó del todo.
Un momento después tuve loca tentación de tocarlo sin que él sintiera ; y en seguida, lleno de la más grande felicidad que puede caber en un acto que es creación intrínseca de uno mismo, le toqué el saco con exquisita suavidad, justamente en el borde inferior— ni más ni menos. Lo toqué y hundí en el bolsillo el puño cerrado.
Estoy seguro de que más de diez personas me vieron. Me fijé en tres: Una pasaba por la vereda de enfrente en dirección contraria a la nuestra, y continuó su camino dándose vuelta a cada momento con divertida extrañeza. Llevaba una valija en la mano, que giraba de punta hacia mí cada vez que el otro se Volvía.
La o tra era un revisador de tranvía que estaba
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parado en el borde de la Vereda, las piernas bastante separadas. Por la expresión de su cara comprendí que antes de que yo hiciera eso ya nos había observado. No manifestó la mayor extrañeza ni cambió de postura ni movió la cabeza, siguiéndonos, eso sí, con los ojos. Supuse que era un viejo empleado que había aprendido a ver únicamente lo que le convenía.
El otro sujeto era un individuo grueso, de magnífico porte, barba catalana y lentes de oro. Debía haber sido antes dueño de una casa mayorista. El hombre pasaba en ese instante a nuestro lado y me vio hacer. Tuve la seguridad de que se había detenido. Efectivamente, cuando llegamos a la esquina díme vuelta y lo vi inmóvil aún, mirándome con una de esas extrañezas de hombre honrado, trabajador y enriquecido que obligan a echar un poco la cabeza atrás con el ceño arrugado. El individuo me encantó. Dos pasos más adelante volví el rostro y me reí en su cara. Vi que contraía más el ceño y se erguía dignamente como si dudara de ser el aludido. Hícele un ademán de vago disparate que acabó por desorientarlo.
Seguí de nuevo, atento únicamente a Díaz Vélez. Ya habíamos pasado Cuyo, Corrientes, Lavalle, Tucumán y Viamonte. La historia del saco y los tres mirones había sido entre estas dos últimas. Tres minutos después llegábamos a Charcas y allí se detuvo Díaz. Miró hacia Suipacha, columbró una silueta detrás de él y se volvió de golpe. Recuerdo perfectamente este detalle: durante medio segundo detuvo la mirada en un botón de mi chaleco, una mirada rapidísima, preocupada y vaga al mismo tiempo, como quien fija de golpe la vista en cualquier cosa, a punto de acordarse de algo. En seguida me miró a los ojos.
—¡Oh, cómo le va! — me apretó la mano, soltándomela velozmente.— No había tenido el gusto de Verlo después de aquella noche... ¿Venía por Artes?
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—Sí, doblé en Viamonte y me apuré para alcanzarlo. También tenía deseos de verlo.
—Yo también. ¿No ha vuelto por lo de Lugones?
—Sí, y gracias por las chancacas; muy ricas. Nos callamos, mirándonos.
— ¿Cómo le va?— rompí sonriendo, expresándole en la pregunta más certeza de cariño que deseos de saber en realidad cómo se hallaba.
—Muy bien— me respondió en igual tono. Y nos sonreímos de nuevo.
Desde que comenzáramos a hablar yo había perdido los turbios centelleos de alegría anteriores. Estaba tranquilo otra vez; eso sí, lleno de ternura con Díaz Vélez. Creo que nunca he mirado a nadie con más agrado que a él en esa ocasión.
—¿Esperaba el tranvía?
—Sí— afirmó mirando la hora.— Al bajar la cabeza al reloj, vi rápidamente que la punta de la nariz le llegaba al borde del labio superior. Irradióme desde el corazón un ardiente cariño por Díaz.
—¿No quiere que tomemos café? Hace un sol maravilloso... Suponiendo que haya comido ya y no tenga urgencia . .
—Sí, no; ninguna — contestóme con Voz distraída, siguiendo con la vista un solo riel de la vía.