Los perseguidos · Unidad 2 de 5

Unidad de lectura 2

Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.

Volvimos. Posiblemente no me acompañó con decidida buena voluntad. Yo lo deseaba muchísimo más alegre y sutil— sobre todo esto último. Sin embargo, mi efusiva ternura por él dio tal animación a mi voz que a las tres cuadras Díaz cambió. Hasta entonces no había hecho más que extender el bigote derecho con la mano izquierda, asintiendo sin mirarme. 'De ahí en adelante echó las manos atrás. Al llegar a Corrientes — no sé qué endiablada cosa le dije— se sonrió de un modo imper-

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ceptible, siguió alternativamente un rato la punta de mis zapatos y me lanzó a los ojos una fugitiva mirada de soslayo.

— ¡Hum!... ya empieza— pensé. Y mis ideas en perfecta fila hasta ese momento, comenzaron a cambiar de posición y entrechocarse vertiginosamente. Hice un esfuerzo para rehacerme y me acordé súbitamente de un gato plomo, sentado inmóvil en una silla, que yo había visto cuando tenía cinco años. ¿Por que ese gato?. . . Silbé y callé de golpe. De pronto sonéme las narices y tras el pañuelo me reí sigilosamente. Como había bajado la cabeza y el pañuelo era grande, no se me veía más que los ojos. Y con ellos atisbé a Díaz Vélez, tan seguro de que no me vería, que tuve la tentación fulminante de escupirme precipitadamente tres veces en la mano y soltar la carcajada, para hacer una cosa de loco.

Ya estábamos en La Brasileña. Nos sentamos en la diminuta mesa, uno enfrente de otro, las rodillas tocando casi. El fondo verde nilo del café daba en la cuasi penumbra una sensación de húmeda y luciente frescura que obligaba a mirar con atención las paredes por ver si estaban mojadas.

Díaz se volvió al mozo recostado de espaldas y el paño en las manos cruzadas, y adoptó en definitiva una postura cómoda.

Pasamos un rato sin hablar, pero las moscas de la excitación me corrían sin cesar por el cerebro. Aunque estaba serio, a cada instante cruzábame por la boca una sonrisa convulsiva. Mordíame los labios, esforzándomecorno cuando estamos tentados— por tomar una expresión natural que rompía en seguida el tic desbordante. Todas

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mis ideas se precipitaban superponiéndose unas sobre otras con Velocidad inaudita y terrible expansión rectilínea; cada una era un impulso incontenible de provocar situaciones ridiculas y sobre todo inesperadas; ganas locas de ir hasta el fin de cada una, cortarla de repente seguir esta otra, hundir los dos dedos rectos en los dos ojos separados de Díaz Vélez, dar porque sí un grito enorme tirándome el pelo; y todo por hacer algo absurdo, — y en especial a Díaz Vélez. Dos o tres veces lo miré fugazmente y bajé la vista. Debía de tener la cara encendida porque la sentía ardiendo.

Todo esto pasaba mientras el mozo acudía con su bandeja, servía el café y se iba, no sin antes echar a la calle una mirada distraída. Díaz continuaba desganado, lo que me hacía creer que cuando lo detuve en Charcas pensaba en cosa muy distinta que en acompañar a un loco como yo. . .

¡Eso es! Acababa de dar con la causa de mi desasosiego: Díaz Vélez, loco maldito y perseguido, sabía perfectamente que lo que yo estaba haciendo era obra suya. «Estoy seguro de que mi amigo— se habría dicho— va a tener la pueril idea de querer espantarme cuando nos veamos. Si me llega a encontrar fingirá impulsos, sicologías, persecuciones; me seguirá por la calle haciendo muecas, me llevará después a cualquier parte, a tomar café» . . .

— ¡Se equivoca com-ple-ta-men-te!— le dije, poniendo los codos sobre la mesa y la cara entre las manos. Lo miraba sonriendo, sin duda, pero sin apartar mis pupilas de las suyas.

Díaz me miró sorprendido de verme salir con esa frase inesperada.

—¿Qué cosa?

—Nada, esto no más: ¡se equivoca com-ple-ta-men-te.'