Los trabajadores de Tierra Caliente : (reminiscencias) · Capítulo real 8 de 15
CAPITULO IX
Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 2 tramos técnicos para mejorar el rendimiento.
No todos los que trabajaron en estas regiones y que crearon tánta riqueza, se hicieron ricos; muchos empobrecieron más bien; otros no pudieron pagar ios capitales que habían tomado á un crecido inte-» res para cultivar sus haciendas, y tuvieron que entregarlas á los usureros; y no pocos, en la crisis que produjo la caída del tabaco de Ambalema, después, de muchos años de labor, volvieron como los inválidos de las guerras civiles, á su pobre hogar, llenos de enfermedades y de miseria, Pero la riqueza que ellos crearon quedó, y este es un título de gloria.
La ruina del tabaco arruiuó á la Nación.,
CAPITULO IX
Un día de felicidad. — Pasto ^am. — Rafael Rivas.
N" OSOTEOS conocíamos á los trabajadores del lado de La Mesa y de Tocairaa, por haberlos visto en la tarea ó por la tradición que de sus empresas había quedado; pero nada sabíamos del lado de Anolaima, y quisimos un día ir á conocer las huellas que habían dejado por allí T>. Matías Hubio, D. José María Castañeda y sus laboriosos hijos D. José, D. Ricardo y D. Abrnham, el señor Antonio Rojas, el señor Barriga y tántos otros que allí trabajaron; y nos encontramos con una región magnífica, toda cultivada, llena de ingenios de miel y de azúcar, y est^ nos proporcionó un paseo delicioso.
Huyendo de Bogotá un día triste, nublado y melancólico, como son todos los del mes de Junio, tomámos el camino que conduce á la Esperanza y á Las Monjas. Bajámos' por Bojacá, y á pocas horas el chillido de los grillos y de las ranas que salían de entre los heléchos gigantescos que bordan los arroyos á la caída de la cordillera; el perfume del frailejón y
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dol orégano que embalsama el aire de nuestros bosques, situados en el límite entre la tierra fría y la tierra caliente, despertaron en nuestra memoria los recuerdos de la niñez y el de la primera vez que por sitios semejantes habíamos pasado con la familia; y sentimos aliviarse el pecho del peso que siempre lo agobia; el espíritu se despertó y el corazón volvió á palpitar de placer.
Dos horas después estábamos eu uno de esos paraísos cuya belleza y encanto sólo se comprenden y admiran después de largos años de no haberlos visto; en •uno de esos lugares en donde el aire es tibio, la brisa embalsamada, la luz radiante, el paisaje hermoso, las aguas sonoras, lo atmósfera rosada ; y donde el cielo, los árboles, las flores, el canto de las aves y el zumbido de los insectos, forman un conjunto encantador que enamora, eleva y engrandece el espíritu.
Estábamos en una magnífica finca del señor Castañeda, y viendo la animación del establecimiento y el afán de todos en sacar la tarea, nos vino á la memoria el recuerdo de San Limas, el trapichito de nuestro padre, y este recuerdo llenó nuestra alma de dulce melancolía.
Allí encontrámos á un viejo amigo: al amigo que nuestro padre nos había presentado desde la niñez, — al Trabajo; y nuestro pecho, lleno de expansión, lo saludó en los pobres peones que tiznados, casi desnudos y mugrosos, Sacaban la tarea. Unos trayendo cargas de caña
en las cansadas muías; otros metiéndola a . ■:
ó arrojando el bagazo, ó atizando el horno; pero todos contribuyendo á la santa obra de la producción, la obra redentora, la que libra á la humanidad del dominio del hambre y de la miseria, y la hace reina y señora de la creación.
Quisimos volver á visitar el trapiche de San Nicolás^ que fue de nuestro padre; y encontramos un establecimiento como apenas puede verse en Jamaica, El Limonalf que fue de Rafael Rivas, y en donde con su dulce y noble compañera, pasó bajo un techo pajizo, muchos días de felicidad, y viraos que la rustica enramada, el pesado mayal y el trapiche crujidor, todo había desaparecido para dar lugar á vastos edificios de teja, y á un ingenio famoso movido por agua.
Fuimos á Bajamón, que había sido del más desgraciado de nuestros hermanos, y donde quiso luchar en vauo'coD la suerte; y lo encontrámos transformado, como si un genio benéfico hubiera ido allí á engrandecerlo todo.
Santa Bárbara^ en donde al calor vivificante de la familia en el hogar más severo y más dulce vimos correr muchos días de alegre felicidad, era ahora una gran propiedad de la familia del señor Rojas, y un sueño de poesía y de grandeza.
I Felices aquellos á quienes la forfuna ayuda en sus empresas I Ellos gozan y hacen gozar á los demás de los legítimos frutos de su industria.
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Hoy es ua día feliz. Olvidémoslo todo.
Un grupo de guaduas se mecen á impulso del viento, inclinan su ramaje, lo confunden unas coo otras, se besan, se acarician como las niñas de un colegio, que castas é inocentes, sin envidia ni celos, se aman con ese amor que se atribuye á los ángeles. Una de las guaduas, la más erguida, se levanta altanera como pidiendo el premio de la belleza; pero luego arrepentida, se inclina, besa á las demás y deja que las otras se enderecen y luzcan su follaje. Parece que danzan á compás, siguiendo una música misteriosa, y abrazadas y confundidas sus copas, forman una nube de verdura de diversos matices que se van cambiandó con rapidez mágica y con suprema belleza.
Esa vegetación’ tropical que brota por todas partes, que empuja con una fuerza irresistible, y que germina llena de impaciencia disputándose el puesto ; la grama que cubre el suelo, el bejuco que se enreda, el arbusto que se siente crecer y el árbol gigantesco, que llegando primero tomó posesión con aliento de estirpe soberana, y que cubre con su sombra el valle hermoso, confundiendo con el azul del cielo su copa de grandes hojas.
¿ De dónde viene este supremo amor por la naturaleza? i Por qué todo hombre se siente en presencia de ella, mejor, más dulce, más noble é inspirado por una poesía sublime que lo levanta á regiones magníficas como palacios que en otro tiempo habitara ? -
¿ Por qué vienen á su mente recuerdos de una época lejana que jamás ha existido, y memorias de dichas pasadas, que derraman en el alma una dulce melancolía y que jamás vivieron \ ¿ Por qué se despiertan allí ambiciones dormidas, aspiraciones ocultas á un porvenir fantástico y sublime que nunca ha de venir l
I Be dónde viene para nosotros ese secreto atractivo, de la tierra caliento que es superior á todo cuanto hemos sentido en el mundo? ¿Es que los primeros seres qac América tuvieron la forma humana brotaron de ootie tsU-i lujuriosa y hoy sentimos lo que
deui^icn nuestros antepasados ?
Es yá la luíde. Qpíwo Kina inmensa fragua arde abajo la tierra caliente cuyu, paredes s.n dos cordilleras que se pierden entre las nubes, y que con los reflejos se ven de un verde encendido. Diversas colinas que hay en todas direcciones y de distintas formas se abren allí y las más cercanas cubiertas de caña y sembradas de maíz son de verde claro, y las lejanas son azules y con un borde rosado, como pintan las de Nápoíes iluminadas por el Vesubio. Y más lejos hay un horizonte inmenso, donde en un mar de plata transparente navegan enormes nubes de fuego de distintas figuras, unas como torreones de inmensa magnitud, otras como dragones alados, y otras á imitación do naves acorazadas, y por último, se ve el sol radiante que so oculta en un templo.
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La naturaleza no descansa, y ahora llena de ruidos el espacio: ruidos armoniosos, de zambra de insectos, de chillidos de pájaros que gimen en la selva, de árboles que crujen^ y d j animales que se deslizan sobre las hojas, y á todos estos ruidos se agrega el del lejano río que melancólicamente corre entre los bosques.
Multitud de insectos fosforescentes iluminan Ja selva, los troncos podridos lanzan una luz pálida y triste, y los cocuyos con sus ojos de fuego, vuelan, so deslizan, cruzan y revuelven entre una atoiosfera que lo refleja todo.
El cielo es de un azul oscuro sobre cuyo fondo lucen los astros con sinigual belleza. Todas las constelaciones se destacan como joyas en un estuche de terciopelo negro; los grupos de las estrellas titilantes iluminan ú oscurecen la agreste selva; los luceros chispean, las nebulosas forman inmensos caminos que cruzan el firmamento y van á perderse en lontananza; y, en fin, la luna que se mece en el espacio, lo ilumina todo del Septentrión al Mediodía.
Contemplar por horas enteras el firmamento, fijarse en una estrella, seguir su curso en el meridiano, ver cómo por momentos parece que se extingue para volver á brillar con más encanto; sentir brotar los millones de pensamientos que á un mismo tiempo y confundidos se levantan sobre la creación, el tiempo^ la distancia, lo incoDmen8uirabley.los mundos haÑ
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hitados, la rapidez de la luz, el imperio de las som- ^ bras, el curso de los astros, y la sublimidad del pensamiento humano que todo lo comprende, lo sujeta, lo mide y lo define, este es el supremo deleite del espíritu y el coloquio del alma.
¿ Cuándo se extinguirá la luz en esa estrella que ahora contemplamos, que nos admira y á la que amamos ? De aquí á millones de años; y para que la sombra, después de que se extinga la estrella, llegue á la tierra, pasarán otros millones de millares de siglos, y sin embargo nuestro pensamiento lo adivina todo y asiste á ese momento, como ahora mide el espacio que de ella nos aparta, i Hay orgullo iguaU ¿ Puede el placer común alcanzar los goces del placer dei espíritu \ ] Miserable la ambición de los humanos que cifran la felicidad en la esclavitud y la ignorancia de los hermanos, y no en levantarlos á todos al nivel de lo que nosotros concebimos y amamos !
Dicen que los pastores caldeos obligados á dormir al aire libre, cuidando sus ganados, empezaron á seguir el curso de los astros, que les pusieron nombres^ muchos de los cuales aún conservan, y que ellos dieron nacimiento á la Astronomía. Con un cielo sereno como el nuestro, en presencia de este firmamento estrellado del Sur, si en vez de inútiles y ridiculas enseñanzas se estudiara la Astronomía ¡ qué de observaciones I i qué de fenómenos no pudieran conocerse en el mundo sideral, apenas entreabierto hoy y señalado de lejos a la humanidad !
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I Qué es el universo ? Allá en esa estrella solitaria, seres más perfectos que los de la raza humana de la tierra, como en un magnífico observatorio podrán ahora contemplar al sol, y á los miles de soles más, que en magnífica procesión van desfilando delante de otro sol mayor y más hermoso; y ese sol superior, como un gran señor con sus vasallos que va á la corte, también va en peregrinación á un astro divino, cuyos ra^^ yos oscurecen los de todos los otros, y cuya luz radiante debemos adorar.
I Qué son los dioses Brahma, Budha, Assiris, Appis, Confusio, Júpiter, Minerva, Numa, Saguanmachica y Viracocha, sino creaciones del hombre, como son las pagodas indias, las estatuas deVenus, el panteón romano, la alhambra de Granada y el templo de Sugamuxi? Y todo esto, sin embargo, ha sido adorado por el hombre. ¡ Pobre humanidad !
El sueño en la tierra caliente es el verdadero be leño que embarga los sentidos y postra al hombre por largas horas, para despertar luégo, lleno de vida y de energía, á aspirar el aroma de los bosques en la mañana, á oír el canto de las aves al amanecer, y á sentir esa brisa que acaricia como la mano de una madre las sienes del niño.
Vamos al río.
El amor que lleva al deleite, el amor voluptuoso, el amor de los sentidos es el sentimiento que inspira el agua, por eso los griegos poblaron de ninfas las orí-
líos de las fuentes, de ondinas los ríos, y de siíenais hermosas y engañadoras los desiertos del mar.
El agua murmura, pero es como conversan los enamorados, á media voz, y temiendo que los escuchen, lo que da mayor encanto á las palabras. El agua canta, pero no salmodias, no estrofas guerreras sino canciones de amor y de cariño, como las canciones de la mujer enamorada; y sus movimientos, siempre airosos, sus ondas redondas como las formas de una virgen, sus ondulaciones voluptuosas, todo incita al amor, al placer y á la felicidad; y cuando nos sentimos envueltos en sus rizos, acariciados por sus ondas de gasa, confundidos en el éter transparente de su corriente, el supremo deleite se apodera de los sentidos y un placer sin igual nos hace venturosos.
El tiempo vuela. Llogó la hora.
I Adiós naturaleza !
Observamos que la mayor parte de los potreros en esta región son de pasto de pará, ó de gramalote inglesó pasto de la India; porque el guinea no se da bien, se emharsala y desaparece en poco tiempo. Nos dicen que la introducción del último de estos pastos se debe al señor Nicolás Krhone, subdito alemán establecido entre nosotros hace mucho tiempo, y que goza de generales simpatías en el comercio de Bogotá y entre sus numerosos amigos.
El pasto áe para fue introducido al interior por
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el doctor Eafael Rivas, quien lo trajo en cajas de madera desde Santamarta, las que regaba diariamente para que retoñase; y habiendo llegado fresco á Bogotá se lo regaló al señor Alejo de la Torre, y éste lo llevó á la hacienda del Peñón, y de allí se difundió para formar praderas en los climas medios y en los terrenos húmedos.
RAFAEL RIVAS
El látigo con que Tácito flageló á los tiranos de Roma, ha sido no sólo una venganza de la humanidad contra los que atropellaron sus derechos; venganza que todas las generaciones saborean con placer, sino también una amenaza contra los déspotas del mundo entero que temen ver su memoria azotada como la de los tiranos de Roma.
Pero no son sólo los tiranos los que deben ser castigados por la historia, sino también las sociedades cuando se dejan imponer por las preocupaciones, arrastrar per la injusticia ó gobernar por hombres indignos, habiendo en su seno caracteres elevados y espíritus generosos, de los cuales sólo hubiera recibido hoñor y beneficios.
El marqués de Lafayette, noble, rico, joven, hermoso y rodeado de la auréola de gloria que le daba el título de libertador del Nuevo Mundo y compañero, de Washington, puso al servicio de la Revolución Francesa sus títulos, su nombre, su valor, su reputa-
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cion y su gloria. La Revolución lo, acogid al principio con entusiasmo; pero después lo fuo apartando, poco á poco, de la dirección de los negocios públicos y última* mente desconfió de él y lo apellidó traidor. Lafayette tuvo que buír, y la Revolución se entregó á los miserables que la anegaron en sangre y la deshonraron con sus crímenes.
De Rafael Rivas sólo queda un poco de polvo en el cementerio, así es que ni la gloria puede alcanzarlo, ni el orgullo formar su figura histórica; pero como las generaciones se van sucediendo las unas á las otras, y las que vienen deben aprender de las que yá pasaron algo que las pueda guiar en su incierto porvenir, nosotros, al contar quién fue Rafael Rivas, nos^ prometemos presentar un ejemplo de probidad, de honradez y de virtud, que la época en que él vivió, y sus contemporáneos no alcanzaron á comprender ni supieron estimar.
El abuelo materno de Rafael Rivas fue D. José Antonio Mejía, quien puso al servicio de la Revolución Americana su porvenir y su fortuna; su tío fue Liborio Mejía, último Presidente do la Patria de los inmortales y héroe de ] a Cuchilla del Tambo, fusilado por los españoles en 1819; y su madre fue la señora Josefa Mejía de Rivas, hija y hermana de los héroes, en quien se habían encarnado las virtudes de una matrona romana y el entusiasmo y ardiente patriotismo de la primera época de la patria^
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Así que Rafael Rivas nació y creció en una atmós - fera de fervoroso patriotismo, de amor á la República y de entusiasmo por las grandes acciones; y pudiéramos decir, que como los héroes de la antigüedad eran alimentados con sesos de león, Rafael Rivas fue nutrido con leche patriota y generosa. Tuvo un gran talento. Se educó en el Colegio del Rosario, bajo la dirección de nuestro tío el señor José María del Castillo y Rada, de inmortal memoria. Siguió su carrera hasta ser doctor y abogado dejos tribunales de la Re=. pública; y devolvió con. usura á aquel establecimiento los servicios que le había prestado, siendo dos veces. Rector y casi siempre catedrático.
Entró muy joven en la carrera pública y desempeñó los destinos de Fiscal del Tribunal de Cundina^ marca y Gobernador de la Provincia de Bogotá.
Después fue nombrado Ministro de la República en el Ecuador, donde se granjeó las más vivas simpatías^ y supo mantener entre las dps naciones las relaciones de amistad y cariño que eran naturales, y que pronta se rompieron, manteniendo la rivalidad entre los dos pueblos lo que dio lugar á guerras desastrosas.
Si Rafael Rivas hubiera sido mantenido allí como Ministro permanente, la influencia de Colombia, liberal, benéfica y justiciera se habría mantenido en todo tiempo, y no hubieran tenido lugar las desavenencias y las guerras que originó una diplomacia inexperta.
Como Ministro plenipotenciario en los. Estadas
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Üaidos de América se hizo sentir por' su inteligencia y actividad, en una época sumamente difícil, cuande se construía el ferrocarril do Panamá y se pensaba en el Canal Interoceánico; y sacó avante los intereses y los derechos de Colombia.
Si ha habido un triunfo verdaderamente glorioso para la Nación y algo muy grande en la historia de la diplomacia colombiana ha sido la barrera levantada en el Itsmo de Panamá á la invasión norteamericana, para salvar la raza latina y la independencia de sus pequeñas repúblicas, haciendo declarar la neutralidad del Itsmo, garantizada por Inglaterra y los Estados Unidos á perpetuidad, con la facultad de que todas las naciones del mundo puedan en cualquier época y siempre que lo crean conveniente,, suscribir esa garantía.
¿ Qué influencia tuvo en la celebración jie este tratado el carino que Lord Liton tuvo por Rafael RU vas? I Pudo él hacerse oír en las conferencin*? tenidr.R por los dos plenipotenciarios? ¿ Capole en suerte redactar la cláusula que garantiza la neutralidad? Quizás esto hubiera sido demasiado para un colombiano, por esto nadie lo averiguó entonces y á nadie le exigimos que lo crea.
En cuanto consta de loa documentos públicos nos referimos á los sobrevivientes el señor dcctor Francisco de Paula Borda, quien con tanta habilidad y ciencia defendido los intereses de la Nación en la cuestión
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^e'^Lvmites con Costa Rica, y al defensor de los derechos de Colombia en la Costa Mosquitía, y al señor José T. Gaibrok, quienes han tenido ocasión de estudiar con profundidad los documentos que existen en el Ministerio de Relaciones Exteriores, relativos á este negociado.
Cuando Rafael Rivas se presentó en Colombia con el tratado Clyton-Bulwer, por el cual Inglaterra y los Estados Unidos garantizaban la neutralidad del Itsmo, pocos conocieron su importancia, y nadie estimó los servicios prestados por él.
Si Rafael Rivas hubiera sido mantenido en esa Legación, ni la Costa Mosquitia le hubiera sido disputada á Colombia, ni hubiera Costa Rica extendido sus pretensiones sobre el territorio nuestro.
Sirvió después Rivas varios destinos, siempre inferiores á su capacidad y á sus merecimientos, como •'Si los gobiernos hubieran temido su elevación y su engrandecimiento, ó como si los animase una injiistifica- ‘b!e rivalidad. Y en los de manejo de caudales públicos fue tal su honradez y su severidad, que lo granjearon malquerientes; y era tánta su altivez y tanto el orgullo en su proceder, que todo el oro de Australia hubiera sido á sus ojos nada para inclinarlo ante una acción iuíbgria ó un proceder desleal.
Así como en -un c’irna ardiente la semilla de c^uOho quo'cae entre las piedra^ de un suntuoso edificio, germina, da nacimiento á un áibol, éste crece y sus
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raíces van desalojando las piedras talladas, que lo sostienen, y al fin derrumban al que era un monumento de belleza y de fuerza; así en el partido liberal una semilla maléfica, germinó: una escuela cuyo nombre no queremos recordar, se ingerto con su sabia generosa, el árbol creció, fue desalojando á los hombres más dignos y do mayores merecimientos, y al fin derrumbó la obra gloriosa del liberalismo y se entregó á la reacción.
La historia debe castigar al partido y á la generación que no tuvo valor para extirpar en su seno la semilla del mal, y que contribuyó así á que vinieran años de triste despotismo, de desengaños y dolores.