Los trabajadores de Tierra Caliente : (reminiscencias) · Capítulo real 7 de 15

CAPITULO VIII

Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 2 tramos técnicos para mejorar el rendimiento.

CAPITULO VIII

Son funeetoa los monopolios. — Santander, Murillo y rosquera.— Movimiento industrial. — Montoya, Sápnz & C.* — D. Mauricio Rizo. — D. Fernando Nieto. — D. José María Plata. — -D. José.Camacho Roldán. — Prosperidad de Ambálema. — -Los Gólgotas.

T J AS mismas causas que tenían arruinada la industria, paralizado el comercio y empobrecida la nación, á saber: los monopolios del aguardiente y del tabaco, contribuían poderosamente á que los hombres laboriosos se mantuvieran quietos en estas incultas regiones.

Por fortuna sabios t liberales legisladores, y gobiernos benéficos acabaron con estos monopolios; y como por encanto las selvas se abatieron, convirtiéndose en inmensas praderas; las orillas del Magdalena se cubrieron de sementeras de tabaco, y hubo un movimiento industrial fabuloso en el país. Todos los negocios tom- ron incremento, y del interior bajaron á

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tomar parto en la obra civilizadora muchos hombres trabajadores.

La abolición del monopolio del tabaco, llevada i cabo durante el régimen liberal y bajo la Administración del General López, fue iniciada por la Administración progresista y benéfica del General Tomás C. de Mosquera.

Tres hombres han nacido en el territorio de Colombia, que por sus méritos y servicios á la patria, pasarán indudablemente á la posteridad :

Francisco de P. Santander, libertador de la patria y fundador de la Hepública; Manuel Murillo Toro, apóstol de la libertad y defeU'Or de la democracia, y Tomás C.. de Mosquera, creador da la riqueza y prosperidad de Colombia é iniciador de las grandes reformas económicas.

Las glorias militares de este caudillo le valieron el título de Gran General; sus dotes administrativas, el ser elegido varias veces Presidente de la República; y su genio, verdaderamente portentoso,, lo elevó á ser el primer hombre entre los conservadores y el primero entre los liberales.

Pero nosotros sólo tenemos que admirarlo por las medidas de adelanto y de progreso que tomó durante las diversas épocas en que gobernó el país.

Como Presidente constitucional de laNueva Granada, hizo abolir los derechos diferenciales; derogó la ley que prohibía la exportación del oro y que obli-

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gaba á amonedarlo en Bogotá; se recogió la moneda macuquina, y se expidió la de plata de 0,900; se estableció el sistema decimal para las pesas y medidas; se fundó la navegación por vapores en el Magdalena; y se inició la abolición del monopolio del tabaco. Entonces su ministro fue el doctor Florentino González. Como Director y Presidente provisorio de los Estados^ Unidos de Colombia, desamortizó los bienes eclesiásticos. Su Ministro fue el doctor José María Rojas Garrido.

En todas partes de Colombia se o'an entonces los nombres de «Montoya, Sáenz & C.®)) como los de hombres atrevidos y emprendedores, que á fuerza de constancia y de genio, hab'an logrado formar una compaííía tan poderosa como la de la India, á la cual pertenecían extensos territorios, en donde se cultivaba el tíibaco en grande escala; y que enviándole á Europa habían encontrado un rnercado provechoso y obtenido fabulosas riquezas.

Nada había de exageración en la fama que á estos señores rodeaba. La fortuna había coronado, sus esfuerzos, y ellos allegaban una justa e inmensa riqueza.

Su ejemplo era demasiado tentador, y arrastró á muchos capitalistas del interior y á muchos hombres de corazón y, de energía, que sin más capital que su industria, bajaron á estas regiones con el pro», pósito de levantar fortunas iguales á la que habían, rpunido Montoya, Bienz &

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Eecordamos á D. Mauricio Kizo, quieu habien-„ do formado yá un capital en. el interior con el cot mercio, y teniendo grandes y valiosas haciendas en la sabana, no .contento con esto, y- siendo un hombre infatigable en el trabajo y fecundo en los negocios, estableció en Ambalema la hacienda de Pajonales^ y otra á orillas del Magdalena en el paso de Flandes,

El señor D. Fernando Nieto, quien asociado á su hermano José, tomó las tierras incultas de Peñalisa, y fundó la hacienda más grande, más valiosa y más linda que hay en el país.

Sus hijos, herederos de su laboriosidad, han continuado engrandeciendo y embelleciendo esta hacienda. Tienen, potreros para cebar dos mil reses, un hato de escogido ganado; siembran y exportan añil; sus cafetales pasan de un millqn de matas; han continuado con las siembras de tabaco y lo mandan á Bremen, donde lo venden á excelente precio; tienen fábrica de cigarros acreditada en toda la República; y dirigiéndolo todo y aprovechándolo todo, se calcula que tienen una renta anual de doscientos mil pesoS;

Familias como esta dan á la República honor, al país riqueza y al Tesoro público grandes rendimientos. Por desgracia son muy pocas, y en cambio hay en Bogotá hombres que han resuelto el problema de deshonrar la República con sus depredacio-, nes y aniquilar el Tesoro público con sus estafas^

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Nadie puede calcular el mal que causa el pernicioso ejemplo que dan esos hombres en Bogotá, quienes á fuerza de intrigas, de astucia, de perversidad y de insolencia, se hacen todos personajes importantes en la política, se apoderan de todos los destinos, hacen todos los contratos, dejan exhausto el Tesoro público, y luego se van á Europa á gozar^ ó siguen formando fortunas colosales. ¿ Quién con ese ejemplo ha de volver al Magdalena á sembrar tabaco y á cultivar maíz ? ¿ No es mejor vivir en Bogotá asistiendo á los garitos y dirigiendo la política?

El señor D. José María Plata, hombre distinguido por- su carácter y lo adelantado de sus ideas en materias filosóficas, que vino á morir heroicamente el 18 de Julio en la toma de Bogotá, siendo Gobernador del Estado de Cundinamarca; D. José María Plata había sido un atrevido comerciante en Bogotá, y llamándole la atención el movimiento industrial que empezaba en tierra caliente, vino áTocairra, compró dos, ó tres haciendas, las adelantó mucho, y fue quien con sus especulaciones hizo que estas tierras tomaran va^ lor, y que otros capitalistas viniesen á comprarlas.

En la revolución de 1861 el señor José María Plata había salvado el ejército y al partido liberal prestándole, en una época angustiosa, el poderoso apoyo de su inteligencia y de su influjo, y ejerciendo las funciones de Gobernador; es decir, que se había ^Qcho un nuevo Carnot que preparaba la victoria an-.

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viando al ejército dinero, hombres, recursos y 'municiones, y haciéndose el alma, la energía, la voz de todos los que no estaban en el ejército y sí estaban con la revolución; y su vasta y luminosa inteligenci'a alcanzaba para todo, sirviéndole eficazmente el señor Justo Bricefío, á quien nombró su Secretario.

Gústanos recordar los sacrificios de los muertos; y cuando vemos que la gran familia liberal mata en su corazón el amor que debiera unir á sus hermanos: que toda chispa de honor se mira con rivalidad, todo engrandecimiento con encono y hasta el mismo sacrificio con despecho, hallamos descanso para el ánimo abatido evocando la-memoria de los que más felices que nosotros dieron la vida como tributo, conquistando así la inmortalidad. Es que hay placer en pasearse á la sombra de los laureles que nacen sobre la tumba de los héroes, y su eterna calma nos liberta por algunos instantes de la agitación de la política. El recuerdo de la amistad que nos profesaron nos cubre como un sudario «agrado, y las lecciones de virtud que nos legaron encuentran eco en el corazón que las escucha en medio de las miserias del presente. Con los amigos que yá no viven, podemos abrir el corazón, sin que nos escarnezcan; amar á nuestro partido, sin despertar el odio del contrario; -tributarles el homenaje de nuestra admiración, sin que hieran nuestro orgullo; y pagar una deuda de gratitud á sus merecimientos, sin que nos humillen con la ostentación do

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''su propia grandeza y el recuerdo de nuestra pequenez.

Por esto vamos á referir algo de los últimos días que pasámos con el ilustre colombiano José María 'Plata, y que han dejado en nuestra alma vivísimos recuerdos, que el tiempo, pasando, no ha amortiguado,

' y que están llenos de un interés ‘^histórico tan grande, que lo tendrá también para los que comprenden el alto precio de una muerte buscada en cumplimiento de un deber, ¡cuando hay tántos que^ huyen del pel'i- ' gro y se aprovechan de la victoria!

El señor José María Plata no fue partidario de la revolución armada, aunque sí creía injustificable la conducta del Gobierno general; pero una vez que estalló, y que vio á su partido comprometido, dejó que sus hijos, guiados por sus instintos, fuesen al campa- • mentó; y el más querido para él, el esposo de su hija, el señor A, Gutiérrez, murió gloriosamente á la cabeza de su batallón en la batalla de Subachoque.

A principios del mes de Abril de 1861 llegó á La Mesa la columna que mandaba el Coronel Arci- ' niegas, sin vestidos, sin armas, sin municiones, y sobre esta base nos propusimos levantar una capaz de resistir un ataque, ó de dominar la altura y llegar á la sabana para auxiliar el ejército que á órdenes del General Mosquera estaba entonces en el Raizal. El señor Plata estaba allí, con motivo únicamente de sus negocios; pero muy pronto por su influencia, su prestigio y los recursos de su inteligencia, se hizo ' el cén-

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tro de acción, y el Cuartel general se pasó á la casa « de madame de Gautié y á la pieza de su alojamiento.

Muy pronto se levantó el Batallón Pradilla, se - organizó un escuadrón y se arregló la, columna conforme á ordenanza, en .cuya tarea el señor Plata des- - plegó el celo, actividad y genio que le eran característicos.

Los ratos de descanso los pasábamos en sabrosas - pláticas sobre literatura, leyendo Los últimos dias de Pompeya;.y más que nunca, entonces tuvimos oca- - sión de estimar su talento privilegiado y sus vastas - concepciones, cuando de la conversación . sencilla y familiar se levantaba, por decirlo así, en alas del genio, para hablar de la ruina de los imperios, del destino de la humanidad, y del incierto, oscuro, soñado mundo, donde las generaciones van á acumularse.

Un día al amanecer, los gritos de ¡ el enemigo!

; el enemigo ! las .detonaciones de los fusiles y los silbidos de las balas nos despertaron, cuando aún que-- daban pocos instantes para la defensa de la plaza. La población estaba rodeada, las tropas enemigas veíanse yá dentro de las casas, y las trincheras eran reciamente atacadas. El Jefe de la fuerza no había dormido en el campamento, por una grave enfermedad; y por todas partes reinaba una espantosa confusión. .E’í homIre dehe batir sOj dijo el señor »Plata, marchando á la trinchera con la misma tranquilidad con que hablaba en las Cámaras; y á pocos momentos él era nuestro

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Jefe, mandando, disponiendo, previéndolo todo, y dando á los soldados el ejemplo del más impávido valor, parado sobre la trinchera, con el sombrero en la mano, la mirada brillante, y como el genio de la guerra, terrible y amenazador.

La acción ganada, el enemigo derrotado y huyendo, tomó su calma habitual, y volviéndose á nosotros nos dijo: ^om6re debe descansar después de

haberse batido.

Desde aquel día se vio envuelto en la ola revolucionaria, y fue efectivamente el Jefe de esa columna que logró pasar la sabana pocas horas antes de que la del General Obando fuese sacrificada en el Rosal.

El día 18 de Julio, en el momento en que las^ fuerzas de la confederación habían rechazado las del General Mosquera; en que Joaquín Suárez y Bernardo Pardo habían caído defendiendo el cerro de San Diego, y la artillería había sido abandonada; y en que el pánico empezaba á difundirse en el ejército, el señor Plata llegó por el lado del convento, y al ver que los soldados no avanzaban, que los jefes miraban con espanto un estrecho pasaje, detrás del cual los enemigos lanzaban un fuego mortífero y constante, y que ese era el único camino para la victoria, se puso á la cabeza de la tropa, todos lo siguieron, y dando espuela á su caballo, dijo: el hombre debe......

Morir dando el triunfo á su causa y conquistando la inmortalidad, diremos; porque él había sido atrave* sado de un balazo.

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D. José Camacho Roldán, todavía muy joven, vino ' á Girardot cuando esta región estaba aun inculta, como dependiente del señor Mauricio Rizo, lo mismo que el señor Guillermo Escobar; y nada conmovía más que ver á esos dos jóvenes delicados, acostumbrados á la vida fácil de Bogotá, en las orillas del Magdalena * matando zancudo^ expuestos á las fiebres perniciosas, y llenos de privaciones, desempeñando cunopl idamente su destino. El segundo regresó á Bogotá y fue un comerciante acaudalado y un respetable padre dé familia.

D. José Camacho compró' un pedazo de montaña,"^ entre Tocaima y Girardot, y con escasos recursos empezó á talarlo y á fundar una posesión. No comía sino tasajo y plátano, no tenía casa en qué habitar, y con frecuencia los peones lo abandonaban y se quedaba solo en su caney.

A él vino á asociarse después el doctor Salvador Camacho Roldán, quien yá tenía nombre y reputación por su ciencia y su virtud; juntaron los recursos, unieron sus esfuerzos, y el pedazo de montaña tomó el nombre de Utica, y fue una valiosa hacienda, que esr hoy propiedad del señor Evaristo Delgado.

El desarrollo industrial en toda la tierra caliente, y principalmente en las orillas dél alto Mágdalena, y la prosperidad de Ambalema, en aquella época, parecerían hoy fabulosas, y no volverán á repetirse; y para

honra del carácter colombiano y exhibición de sus

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distinguidas cualidades, nos bastará decir que apenas el trabajo se manifestó fecundo y remunerado! en Ambalema, de todos los puntos de la República afluyeron allí hombres de diversas condiciones sociales y de todas las profesiones, en busca de trabajo y ayudaron á civilizar esas regiones.

Lo que eran desiertos ó bosques impenetrables, vinieron á ser haciendas importantes y de un valor apenas proporcional con las inmensas rentas que producían; y no eran pocos los hombres que como D. José L. Viana ó D. Pastor Lezama, tenían de renta por sus propiedades más de cien mil pesos anuales; y á consecuencia del gran movimiento de Ambalema, por todas partes se extendía el cultivo y se aumentaba la riqueza pública.

Los campos estaban todos cultivados con el esmero y cuidado con que un alemán cultiva su huerta de hortalizas en Europa. Cualquiera vía que se tomase era una alameda, llena de caneyes, de tiendas de expendio, de toldos para consumo de licores y de ten^ dales de mercancía para vender á los cosecheros; y á uno y otro lado del camino se veía á los cultivadores con sus familias, compuestas de hombres, mujeres y niños, regando las eras ó despulgando los inmensos tabacales.

Es que la industria del tabaco es más democrática que la de las quinas, la ceba de ganado, el cultivo del café ó la extracción del añil; porque los tabacales no se pueden cuidar sino por las familias, quienes re-

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’ciben un jornal remuoerador para todos sus miembros, y esto establece intimas é indispensables relaciones entre el propietario, el capitalista y el cultivador.

Las grandes haciendas se improvisaban. Las poblaciones nacían ó se desarrollaban rápidamente; y Ambalema salió como por encanto de las ondas del río, á ser una ciudad emporio de comercio y de riqueza.

Magníficas factorías en donde se recibía el tabaco, se preparaba para la exportación ó se elaboraba para el consumo; y donde más de doscientas mujeres, en cada una de ellas, bien vestidas, cargadas de oro y alegres y contentas, siempre cantando, sacaban su tarea y ganaban un jornal como nunca se había visto en el país.

Ricas casas de comercio, extranjeras y nacionales se habían establecido allí para la compra y exportación del tabaco; y en Ambalema había una eterna feria y un concurso inmenso de gentes. Cosecheros que llevaban su tabaco á la espalda, y que iban siempre con sus mujeres y sus niños; arrieros que traían de las lejanas haciendas el tabaco en numerosas recuas; negros que lo empacaban en 'petacas de cuero, ó que las llevaban á la espalda para ser embarcadas; y todo esto producía un bullicio, una confusión y una algazara como la que habrá en las grandes factorías de la India ó de la China.

El puerto de Ambalema estaba siempre lleno de balsas, que de arriba traían tabaco 'ó víveres y que

'Cmbrían la mitad del río, y de canoas y barquetas, listas para bajar el tabaco á Honda ó á la Costa; y con todo esto la industria crecía, los capitales se aumentaban, las tierras adquirían un valor fabuloso, y el bienestar y la riqueza se difundían por todas partes.

Las grandes propiedades de la casa de Montoya, Sáenz & C.% vinieron á ser de la casa de Fruhling & Goscben de Londres, casa sumamente rica y que envió capitales amplia y generosamente.- Los señores C. Castello, Raimundo Santamaría y otros comerciantes de Bogotá, establecieron allí la casa de Crotesbuayt & C.% rival de la anterior y que creó la hacienda de La Unióny y contribuyó poderosamente al desarrollo industrial de esas regiones. Los señores D. Diego Uribe y D. Joaquín Tamayo establecieron otra casa importante; lo mismo que los señores Posadas y Toros, y los señores Uribes de Antioquia. Los campos se cultivaban, el comercio vivía, el crédito se aumentaba, y siete millones de pesos en oro entraban á la Nación por el tabaco que se exportaba.

La riqueza que la industria del tabaco creó llegaba á todas partes y hasta Bogotá era beneficiada.

Hacía yá diez años que un joven pensador, previendo los males que amenazaban á Bogotá, y queriendo llamar seriamente la atención, escribió ; BOGOTÁ SE MUERE. Toda la cólera de los bogotanos se desató contra él, como si hubiese dicho una blasfemia. ¿ Cómo, morir, decían, la linda ciudad, la ciu-

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dad dejos placeres, el hogar de las ciencias, el centro de la civilización ? ¡Mentira! Y nada se hizo entonces ni por Bogotá ni por los artesanos.

En el año de 1853 empezaron los artesanos á quejarse de la introducción de artículos maniifacturados, que los arruinaban, y de supuestos monopolios que encarecían los artículos de consumo, y los agitadores políticos tomaron sus quejas, las elevaron hasta el cielo. Ies hicieron á los artesanos fabulosas promesas, exacerbaron sus odios, y la ciudad se convirtió en un teatro de desórdenes, hasta que estalló la revolución del 17 de Abril de 1851, que arrastró á todos los artesanos, llenos de ilusiones, quienes pagaron bien caro su extravío, muriendo en las calles de Bogotá ó en el destierro en Panamá.

Cumple sólo á nuestro propósito hacer constar estos hechos : la eficaz cooperación, el apoyo decidido que los artesanos de Bogotá dieron ála revolución del 17 de Abril, fue ó causa del malestar en que habían vivido y de la falta de ocupación remuneradora, y en previsión del inmenso mal que temían en el porvenir. Si el pueblo de Bogotá hubiera tenido buen jornal, trabajo constante y esperanzas de porvenir para, sus hijos, la revolución del 17 de Abril hubiera sido combatida por el pueblo, quizás no se hubiera hecho,, y se hubieran aberrado los millones y las víctimas que costó el sofocarla.

La gran prosperidad de la República de 1855 L

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1870, reflejó tan vivamente sobre Bogotá, que pare--, cía contradicha la funesta prediccióo. Bogotá revivía, sus aplastadas casas se convertían en palacios, los talleres se animaban, el comercio crecía; el lujo, la elegancia y el buen gusto penetraban en todas las clases sociales; los víveres, abundantes en la sabana, subían de valor; los jornales encarecían y la mendicidad se extinguía por el cultivo del tabaco.

Entonces los artesanos no se quejaban por falta de trabajo, ni de que la importación de artículos manufacturados arruinaba su industria, ni acusaban á los ricos de su miseria, ni calificaban C( mo enemigos del pueblo á los que ejercían un comercio lícito y benéfico; porque sus 'pobres 'manufacturas^ iQumu un inmenso consumo en las regiones prósperas del Magdalena; porque había una exportación continua y valiosa de calzado ordinario, de ropa inferior, de monturas, galápagos, frenos, y todos los demás artículos que se producen en Bogotá, y de que los pueblos, desde la sa-. baña hasta Popayán por el Sur, y hasta Mompós por Occidente, tenían necesidad, y medios para comprar; porque los ricos del Magdalena edificaban casas y pagaban bien á los obreros; y porque la condición de éstos, mejorándose. Ies permitía comprar los artículos que sus hermanos producían.

Es preciso decir también, que mientras que el jornal de los artesanos en Ambalema, Honda y todas las regiones productoras de tabaco, era bastado seis.

pesos diarios, para los de Bogotá, apenas mejoraba; y que muchos artículos que en Bogotá eran muy baratos, en las otras regiones valían diez veces más, por las dificultades del transporte y por las pérdidas ocurridas en el camino.

Es necesario hacer constar, que habiendo emigrado á las regiones prósperas del Magdalena muchos de los habitantes de la capital de todas las clases sociales, la ciudad no decayó, y antes parecía animarse; y que reinó la mayor armonía entre los ricos y los pobres, todos los cuales mejoraban de condición.

En el Magdalena la riqueza era derramada por la industria; pero una ley inconsulta destruyó los establecimientos fundados, queriendo favorecer la clase de los trabajadores: arruinó á los propietarios, quitó á los cc/seclieiüs el ciédito, y le dio un rudo golpe á la confianza. Las contribuciones que sobre el tabaco se establecieron en Antioquia, paralizaron el comercio con aquel Estado; y por fin, rigurosas estaciones, continuas, destructoras, hicieron perder por muchos años las cosechas de tabaco; el amulatamiento concluyó con el cultivo, los cosecheros huyeron, y todo junto produjo, la ruina total de aquella industria, que desde 1850 había empezado á levantar á la República, y que había dado una exportación de más de siete millones de pesos-

De estos siete millones mucha parte iba á Bogotá en cambio de sus productos manufacturados, ó en remesas que los productores de tabaco enviaban á

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familias que se habíau quedado. Destruida la produe* ción del tabaco, asolada la hermosa región del Mag^ dalena, los artesanos de Bogotá, la clase industrial, carecieron de estas entradas que les daban pan, tra« bajo y vida.

Hubo en la República una escuela política llar raada por apodo los Gólgotas, que nosotros no califica7 raos, limitándonos á decir que se componía de jóvenes entusiastas, talentosos, poetas y políticos, que escribían, peroraban y se batían en las revoluciones y en. favor de su causa con. la misma facilidad con que escribían.

Cuando la escena política se cambió, y ya no tu-^ vieron ni Escuela Republicana ni campo donde figurar, vinieron á prestar su cpntingente al trabajo, y su valioso impulso á la industria en estas regiones. Yá hemos citado á los dos seflores Carnacho Roldán, citaremos ahora al doctor Miguel Samper, el hábil financista quien con sus hermanos Silvestre, Antonio y Manuel,, formó una compañía agrícola y comercial, que principió pobre y llegó á ser poderosa. Esta compaúía compró los terrenos de la Unión y Vega Grande, sobre la orilla del Magdalena, y empezó á desmontarlos.

Tan agreste era la montafía, tan malo el clima, y tan terrible la vida allí, que no había peón que resistiera un mes; y los hermanos, que se iban reem, pl.azando en el trabajo, eran sacados en guando j, moribundos, á reponerse en Guaduas.

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Si se admira el valor de los hombres que eti üU día entran á la batalla serenos y desafían el peligro por algunas horas, ¿ qué admiración no deben despertar estos cuatro hermanos, que sostuvieron por tan largo tiempo una batalla terrible con la naturaleza, y que por tántos años desafiaron los peligros y se expusieron á la muerte por servir á la más noble de las causas, á la del trabajo y de la civilización !

Los hermanos Samper fundaron dos grandes "y valiosas haciendas, donde antes no había más que la soledad de los bosques; y cada uno de ellos ha levantado después una cuantiosa fortuna y formado una familia honorable.

Con mucho gusto colocamos aquí el razgo biográfico que á la muerte de D. Antonio Samper publicó el doctor Manuel Aya en El Sumapaz,

«Tenemos el dolor profundo de registrar en estas <^clumnas la triste nueva de la muerte del señor Antonio Samper, acaecida poco ha, en la ciudad de Bogotá. Con él desaparece una energía potente, uno de ios hombres de empuje más vigoroso en los negocios, y su vida toda nos deja el ejemplo de un trabajo singular, de audacia en las especulaciones, de espíritu innovador, de inteligencia clara al par de un corazón sencillo, abierto á toda idea elevada, á todo sentimiento generoso: la nobleza y la hidalguía fueron preseas que adornaron al caballero cumplido.

-Siendo casi niños tuvimos la honra de ligarnos ¿

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su muy estimada familia con los vínculos de la amistad, y pudimos admirar de cerca en más de un cuarto de siglo, y en la mayor intimidad, aquel carácter — recto como ta línea — amable y dulce, á lo que unía la conversación más jovial y alegre, de chiste y salero inagotables.

El señor Samper nació en Guaduas, cepa de la ilustre familia Samper, el 13 de Junio de 1830 y murió en Bogotá el 18 de Febrero del corriente ano.

Siendo muy joven encontrámos al señor Samper dedicado á los trabajos agrícolas y do granjeria á orillas del río Magdalena. Más tarde viene á Bogotá y funda su casa de comercio é inicia, de los primeros) la importación directa de mercancías extranjeras y la exportación de productos nacionales. Simultáneamente emprende luego en varios negocios, y las dificultades le sirven de estímulo, y vence todos los obstáculos, gracias á su tenacidad y á su fuerza moral: ya es una fábrica de cigarros; ora la producción de licores finos y alcoholes rectificados; ora el comercio do drogas y específicos en grande escala.

De modo que ha formado en sus múltiples empresas, una escuela de hombres laboriosos y emprendedores, que hoy son personas de valía, y que lloran al amigo cariñoso y al jefe director.

Encontrando estrecho el horizonte de los negocios, se marchó á París y fundó una casa de comisión; y al propio tiempo se ocupó de un asunto científico, y

allí lo encontrámos consagrado á las Matemáticas, descubriendo leyes físicas y problemas de mecánica, y estudiando á porfía y con tesón, lo que creía debía cambiar el mundo industrial y económico.

En esta ocasión la fortuna le fue adversa, no alcanzó éxito en la empresa, que estaba fuera de su órbita, y cobrando ánimo y brío, torna á sus ocupaciones de comercio; y dándoles un giro inusitado, sigue á la Argentina y establece negocios de gran vuelo en Buenos Aires. Por desgracia para aquel, antes próspero y rico país, aparece la crisis monetaria, el papel-moneda, y por tanto el premio excesivo del oro en los mercados y la caída de los valores fiduciarios, la bancarrota, general, llegando á afectar esta situación económica á casas cien veces millonarias como la do Bhering, de Londres. Esto hace que el señor Samper deje la Argentina y vuelva otra vez entre nosotros. Entonces,, cual gallardo joven, después de 60 años, vuelve á los bosques, que transforma en fundos valiosos, en plantíos de caña de azúcar, de cafetos y pastos artificiales, y establece alámbiques para su explotación y beneficio.

El veterano del trabajo rinde su jornada en medio de los suyos, muere con la dulzura del justo y se duerme en el sueno eterno «sin miedo y sin mancha.»

El doctor José María Samper, el poeta, el político, el que tánto ruido hizo después en la República, también íue á prestar su contingente en el ejército de los

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trabajadores. Bajó á Ambalema, se hizo primer ageote de D. Pastor Lezama (el más rico propietario de esas regiones), y fundó después una pequeña hacienda, á la que puso por nombre La Fortuna.

El doctor Jacobo Sánchez y su hermano Lino empezaron la fundación de la hacienda LaVirginia^ la que compró y engrandeció después el señor José María Sarabia, uno de los hombres más emprendedores que ha habido en el país. ,

Los señores Manuel Murillo y Juan N. Solano compraron unos terrenos en Agua de Dios, é intentaron formar una hacienda, á la que pusieron por nombre Xitisa-Anot, por los nombres de sus dos esposas; y faltos de conocimientos y de recursos, fracasaron en su empresa, tan loca como nob’e y audaz. Y.sólo los que lo vimos podemos creerlo.

El doctor Aníbal Galindo, el día menos pensado,, tomó una muía, bajó la cordilIera,,llegó al Magdalena compró un terreno, se proveyó de herramientas y se estableció en San Lorenzo, al que elevó á la categoría de Albania. ¿Qué fue de Albania

Jacinto Corredor fue al Magdalena á ponerse al frente de la casa de D. Mauricio Rizo y á manejar sus haciendas; y cachaco rumboso de Bogotá, atraTesaba las llanuras del Tólima y trabajaba en esos climas ardientes como si allí hubiera nacido, y se hubiese criado en medio del trabajo.

La quinta de Jacinto Corredor, sitio de alegres

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placeres y de ruidosas diversiones en otro tiempo, y lugar adonde se había retirado nuestro amigo á pasar los últimos días con su dulce esposa y sus hijos, y en donde siempre éramos recibidos con amabilidad y contento, fue también el lugar de su muerte, acaecida el día 13 de Septiembre de 1889.

La sala de esta quinta no estaba adornada con láminas finas ni con imágenes piadosas, sino con los retratos de seis de lo*s amigos de Corredor ; y como esto lo caracteriza, y es muestra de la vida tempestuosa que ha pasado la generación queyá se extingue, creemos necesario, al consagrarle este recuerdo, empezar por el de sus amigos, de quienes eran esos retratos.

El de Narciso Gómez Valdés era el primero: hermoso joven, abogado, instruido; corazón generoso y amante, liberal entusiasta, que estando próximo á enlazarse con la mujer á quien amó, al estallar la revolución del 17 de Abril de 1854, encabezada por el General José María Meló, ayudado por el elemento conservador más pernicioso que hay en la América del Sur — el ejército, — dejó hogar, novia y felicidad para formar en las filas republicanas y morir en la batalla de Zipaquirá, al lado de su amigo Jacinto Corredor.

Vicente Herrera, el ideal griego del ciudadano y del Magistrado. Presidente del Estado de Santander; fundador de sus libertades, y asesinado por una consN

~ ire—

piración que allí estalló, y que impidió así el régimen legal y el advecimiento de la libertad.

Kicardo Yanegas, una délas más vastas capacidades, políticas que han brillado en Colombia, muerto en una reyerta privada, y recogido por Corredor.

Manuel María Franco, soldado valeroso, carácter indomable, veterano aguerrido en cien campañas; General del Ejército liberal constitucional de 185é, y muerto en Zipaquirá el 2T de .Mayo al tomar esa plaza.

Tomás Herrera, verdadero caballero galante de a democracia; hombre que por sus virtudes cívicas fue de los más notables en la historia contemporánea;, de familia distinguida, gallarda presencia, modales finos y liberal inquebrantable. Asumió el cargo de Presidente de la República para combatir la dictadura del General Meló, nombró por su edecán á Jacinto Corredor, perdió la batalla de Zipaquirá, y se hizo matar en la de Bogotá el 4 de Biciembre de 1854, en la cual fue vencida la dictadura.

Para haber merecido la amistad de estos hombres distinguidos y la de Murillo, Parra, Pérez, Florentino González, Salgar, y de cuantos han gobernado el país con el sufragio liberal ; para haber ocurrido á él en toda calamidad pública los demócratas, y haber tenido por mucho tiempo una buena posición social en Bogotá; para haber despertado en los jóvenes republicanos siempre entusiasmo, en las mujeres interés

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y en los niños tánto carino, era preciso que en Jacin* to Corredor hubiese algo muy notable que lo distinguiese en el bien, haciéndolo amar de los que lo conocían.

El misterio de ese privilegio estuvo en su carácter; y de ahí nació, como de clara fuente, el que fuese 'liberal, valiente, laborioso, abnegado y espléndido: condiciones t-odas que aun en una sociedad pervertida despiertan entusiasmo entre la multitud y conquistan la estimación de los hombres pensadores.

Por ejemplo, en 1854, franca y claramente el General José María Meló, Comandante general, proclamó la dictadura de la fuerza, y ésta parecía inven, cible. El partido conservador vaciló entre aceptar la dictadura, y conseguir así el poder, ó aliarse con sus enemigos, los radicales, y restablecer el imperio constitucional; pero entonces tuvo dignidad, y salió á combatir.Cómo DO había de despertar entonces entusiasmo en la sociedad el joven á quien el Presidente Herrera elegía por su ayudante; que con él organizaba los ejércitos, que entraba con él á la plaza de Zipaquirá, donde la muerte cegaba la vida de los valientes como la hoz un campo de trigo; y que salía de allí con el háyétón cruzado de balazos?

Y ese joven acompañaba después al Presidente en su larga peregrinación por toda la República : atravesaba les páramos helados, iba á la ardiente Costa penviaba armas á todas partes; nos ayudaba á

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levantar el Batallón cLibres,^) en García Revira; peleaba al lado nuestro en Petaquero; y luógo, al entrar triunfante en Bogotá, recogía el cadáver de su General, muerto en las calles; y sólo se ocupaba de que se le hicieran funerales suntuosos.

Restablecido el orden constitucional, hizo lo que todos los jóvenes liberales de entonces, se dedicó al trabajo; pero á él la fortuna le sonrió, para otros de sus amigos fue siempre esquiva; y en poco tiempo formó caudal, y empezó una vida de fausto y de placeres, como nadie la había llevado en Bogotá.

¿ Hasta dónde fue generoso ? ¿ Por qué fue pródigo? Sólo podemos asegurar que jamás se acercó á él un necesitado sin que recibiera el oro á manos llenas: que enjugó muchas lágrimas; recogió á los niños, estimuló á los jóvenes liberales para que escribiesen, pagándoles laimpresión de los periódicos, obsequió á sus amigos con exquisita delicadeza; dio banquetes de trescientos cubiertos, y bailes suntuosos á las damas; se dejó estafar de los perversos y robar de los jugadores, y que con el ruido de sus fiestas y el de sus actos generosos llenó á la sociedad por muchos años.

Fortuna tal no podía durar mucho tiempo, y cuando se encontró pobre se fue á trabajar á las orillas del Magdalena, y á ayudar en la obra civilizadora de cultivar esas regiones.

El contraste entre la vida culta de Bogotá, las fiestas á que los dos am’gos habíamos asistido, y la de

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privaciones, sufrimientos y amargaras que llevábamos en las orillas del Magdalena, nos inspiraron la novela Los Peregrinos, la cual dedicámos á Corredor.

Corredor era instintivamente enemigo del despotismo clerical, como lo era del militar y del hipócrita con que el partido conservador revistió la Presidencia déla República en 1860; y cuando ese Gobierno derrito el de Santander, atacó al del Cauca y se armó contra los liberales, Jacinto Corredor, viendo comprometido á su partido en una revolución tanto más justificable cuanto que el partido conservador estaba en el poder porque los radicales al triunfar de la dictadura se lo habían entregado; viendo, decimos^ comprometida la causa de sus convicciones, dejó sus trabajos, se fue á la guerra y por segunda vez entr¿ victorioso á Bogotá el 18 de Julio de 1861.

El Gran General Mosquera tenía resabios que no podían soportársele, como ser amigo de la pena de muerte, y una tendencia á la dictadura, que lo impulsó hasta estrellarse con el Concrreso en 1867. Entonces

los liberales, con la honradez y probidad política que los distinguen siempre, encabezados por el General Santos Acosta, hicieron la conspiración del 23 de Mayo; y el dictador fue depuesto, juzgado como convenía á la dignidad de la Nación, y expulsado del país, á pesar de sus inmensos servicios. En esta conspiración entró Jacinto Corredor, siempre enemigo de los dictadores.

Jacinto Corredor no hizo carrera pública, y sin

embargo, mereció ser miembro de la Cámara de He* J)resentantes, en donde se distinguió por sus opinionie» radicales y su carácter inquebrantable; y en las honradas y dignas Administraciones de Salgar, Murillo, Pérez y Parra, fue sacado á lucir por su expedición en los negocios, su probidad en el manejo de los fondos públicos y su dignidad nunca desmentida en el desempeño de los destinos de Tesorero de la Bepública. Administrador de las salinas deBoyacá e Intendente general del Ejército, cuyos cargos cumplió cual convenía á la elevación de miras de aquellos gobier^ nos, y á contentamiento del público.

A los hombres debe pintárseles tales como fueron en la vida, para que las generaciones que vienen puedan juzgar con acierto ú los antepasados, y para que lo que de ellos quede no sea simplemente un panegírico, sino la memoria fiel de sus virtudes y de sus faltas. Esta reflexión bastará para excusar la forma que hemcs dado á este escrito.

Las virtudes privadas de Jacinto Corredor bastaron para hacer feliz á su esposa, levantar una familia honorable, formar con honradez la fortuna que á sus hijos dejó, y conquistar el cariño y la estimación d% sus amigos.

Bastan estos ejemplos para patentizar que la generación que dio al país las instituciones más libres que se han conocido en. la América del Sur, la que

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sostuTO los gobiernos honrados, que por más de quince años dirigieron los destinos de la República, y la mostraron al exterior pacífica, digna y respetable, ayudó también á la producción .y engrandecimiento material de estas regiones.

Pocos fueron los capitalistas que contribuyeron’ á la civilización de estas comarcas y muchos los que escasos de medios y luchando con la fortuna quizás adversa, con mil dificultades y fatigas, fueron estableciendo fundos que hoy son sumamente valiosos^