Los trabajadores de Tierra Caliente : (reminiscencias) · Capítulo real 5 de 15

CAPITULO V

Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 3 tramos técnicos para mejorar el rendimiento.

CAPITULO V

MAXIMAS

Y REFLEXIONES MORALES DEL DEOÜE DE LA ROCHEFODCADLO

NOTICIA DEL AUTOR

E L duque Fraucisco de la Rochefoucauld, príncipe de Marsillac, autor de las Máximas y reflexiones morales, nació Gu 1613. Su educación fue muy descuidada, pero su talento natural suplió á la instrucción. ((Tenía, dice Madame de Maintenon, una fisonomía dichosa, aire de grande, mucho talento y poca ciencia.))

Entró al mundo cuando el poder de los grandes, cuando la administración despótica del cardenal de Ilichtílisu iiiaatenía en la obediencia, luchaba incesantemente contra la autoridad, procurando salir del abatimiento eu que estaba; y cuando el espíritu de intriga había sustituido al espíritu de acción.

Llamado por su nacimiento el duque de la Rochefoucauld á mantener un alto rango en la corte, se

presentó eü élla coü todas las veutajfs que le daban sus grandes cualidades. Lanzado en su juventud en medio de las intrigas que precedieron á la guerra de la FroiidUy el duque se entregó á ellas de corazón j y porssu parte, Richeliea, contra quien eran dirigidas todas estas maniobras, lo mantuvo alejado constantemente de la corte.

A la muerte del Ministro-iey, el espíritu de facción que constantemente había contenido, se levantó con más fuerza. Los grandes creyeron encontrar en la minoría de Luis xiv una ocasión favorable para reconquistar su antigua influencia en los negocios públicos. La Rochefoucauld cedió al movimiento general y fue arrastrado á la guerra de la Fronda^ guerra ridicula y sin objeto, á la cual sólo los nombres de Turena y de Conde dieron prestigio, y cuyo móvil principal fue da ambición de algunos hombres cansados de la inacción é impacientes por sacudir el yugo que les oprimía.

El duque '“tomó parte activa en esta guerra, á la que lo arrojaron su natural ardor, las contrariedades que había experimentado bajo Richelieu y, -sobre todo, sus relaciones con la duquesa de Longiieville, de quien era amante. * Diplomático y guerrero á la vez, se hizo notable en el sitio de Burdeos y en el combate de Saint- Antoine, en el que fue herido de un areábuzazo, que lo hizo ciego por mucho tiempo.

Cuando por instigaoienes de Madame de'Longue-

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ville el duque se comprometió en esta guerra, llamada de las mujeres, escribió al pie de un retrato de la duquesa, estos versos de Duryer :

Por agradar á sus ojos Y ganar eu corazón Me siento hoy con antojos De hacerle á Dios rebelión.

Pero cuando más tarde rompió con ella, haciendo alusión á su herida,. los parodió así :

Por sus pérfidos antojos Hice á mi rey rebelión,

Causóme su amor enojos,

Por ella perdí los ojos Y. era un falso corazón.

La Uocbefoucanid entraba fácilmente en cualq’iiera intriga, pero su impaciencia por salir de ella era á penas igual á la que había, tenido para entrar. Se puede atribuir esto á su natural dulzura y á su incliuación por la galantería, más bien que á la inconstancia que le reprocha en sus Memorias el Cardenal de Prets. Por otra parte, sus gustos sencillos lo llevaban siempre á la vida privada, á la que entraba con placer, para consagrar á la amistad los días que antes se había visto obligado á consagrar á las intrigas, á la guerra y al amor.

La estrecha amistad que lo unió hasta la muerte á Madame de Lafáyette, le hizo gustar los goces de una vida tranquila, olvidando completamente las fa-

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tigas que había sobrellevado. Madame de Sev:igné, con quien estuvo igualmente ligado, nos. dice de él, en sus cartas, que reunía en su casa á las personas más, distinguidas por su nombre, ilustración y talento. Entonces fue cuando compuso sus Memorias y sus Reflexiones morales.

La felicidad de que disfrutó en los últimos años fue frecuentemente turbada por penas del corazón y por sufrimientos físicos. A estos últimos se deben las; amargas penas de que fue profundamente afectado, pero que no pudieron triunfar de su firmeza. En el pasaje del Rhin por los franceses, su hijo cayó grave-, mente herido y su nieto muerto. Esto apresuró su muerte, la que tuvo lugar el 17 de Marzo de 1680,, muriendo con la tranquilidad de un filósofo.

REFLEXIONES MORALES

Lo que se toma muchas veces por virtud no es. más que un conjunto de diversas acciones y de diversos intereses que nuestra industria sale arreglar; y no siempre los hombres son valientes por valor, ni las mujeres castas por virtud.

Nuestro mayor adulador es el amor propio. Se han hecho algunos descubrimientos en el amor propio, pero quedan aun muchas tierras desconocidas.

El amor propio es más hábil que el más hábil hombre de mundo.

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La duración de nuestras pasiones depende tanto; de nosotros mismos como de la duración de nuestra vida.

La pasión enloquece á los más hábiles, y hace. hábiles á los más tontos.

Esas grandes acciones que dos deslumbran y que. los políticos hacen aparecer como el resultado de grandes combinaciones, no son, por lo común, sino la obra del capricho y de las pasiones. La guerra de Antonio con Augusto, por ejemplo, que se atribuye á la ambición que á ambos devoraba de gobernar el mundo, no fue más que, asunto de celos.

Las pasiones son los liniccs oradores que nos persuaden: son como un fvjte natural, cuyas reglas son infalibles; y el hombre más sencillo, animado por la pasión, nos persuade mejor que el orador más elocuente.

Las pasiones son tan egoístas y tan injustas que no hay que dejarse llevar de ellas, aun cuando nos parezcan razonables y justas.

Hay en el corazón humano una constante renovación de pasiones, de manera que al morir una, nace generalmente otra.

Algunas veces unas pasiones engendran las contraria.s: la avaricia produce prodigalidad, y ésta hace avaros. El hombre es obstinado por debilidad, y nada hay más valiente que el miedo comprometido.

Por muchv) cuidado que se tenga en encubrir.

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miestrns pasiones con apariencias de piedad y de honor, siempre se ven al través de estos velos transparentes.

Nuestro amor propio soporta más bien la condenación de nuestros gastos que de nuestras opiniones»

Los hombres no sólo olvidan los beneficios y las injurias, sino que también aborrecen á sus benefactcres y dejan de odiar á los que les han hecho mal; porque la gratitud les parece una esclavitud, y mu» cho trabajo ocuparse en la venganza.

La clemencia de los reyes no es más que política*, para ganarse la voluntad de los pueblos.

La clemencia la ejercen no por virtud, sino á‘ veces por vanidad, á veces* por- pereza, á veces por* miedo, y casi siempre por todas tres cosas juntas.

La moderación de los dichosos viene de la calma^ que la fortuna produce en su espíritu.

La moderación la produce el miedo de caer ea.>. el ridículo que merecen los que se embriagan con la felicidad : es una ostentación de la fuerza de nuestro espíritu, y un deseo de aparecer- más grandes que la fortuna que nos rodea.

Todos tenemos valor para soportar los males del prpjirno.

La virtud de los prudentes no es más que el arte de encerrar y- ocultar las agitaciones de su corazór.

Algfunas veces los condenados á muerte afectan un vapor y un desprecio que sorprenden^ y esto no

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^e.8, sin embargo, sino el miedo de verla de frente; ^ de manera que se puede decir que este valor es 'la venda que se ponen en el alma, como los otros la llevan en los ojos.

La 6losofía triunfa siempre de los males pasados ó de los males del porvenir; pero los males presentes triunfan siempre de la filosofía.

^ Pocos hombres desafían verdaderamente la muerte. Muchos se exponen á ella por estupidez ó por ^costumbre, y la mayor parte la soportan, porque no hay remedio, y es preciso morir.

Cuando los grandes hombres se dejan abatir por los largos sufrimientos, dejan ver que antes los soportaban, nó por la fuerza-de su alma, sino por la fuerza de su ambición; y que- fuera de una gran vanidad, los héroes son hechos como los otros hambres.

Se necesita más vktud c-para ser digno en la grandeza que en la adversidc^d.

Ni el sol ni la muerte pueden rnirarse fijamente.

• Se hace ostentación aun de una posición crimi- -nal; pero U envidia es una pasión tímida y vergonzosa que jamás se ciKifiesa.

Los celos pueden justificarse, pues que tienden á conservarnos • un bien que nos pertenece; mientras que la envidia es un furor que no puede soportar los bienes ajenes.

El mal que hacemos no nos acarrea algunr.s veces tantos enemigos como nuestras buenas cualidades.

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Teneixos siempre más fuerzas que voluntad, y para excusar nuestra debilidad decimos que las cosas son imposibles.

Si no tuviéramos defectos, no gozaríamos en íia- ' cer notar los ajenos.

Los celos se alimentan con la duda y mueren con la certidumbre.

El orgullo se satisface sin perder nada, renunciando á la vanidad.

Si el orgullo jijeno no lastimara el nuestro, no nos quejaríamos.

El orgullo es igual en todos los hombres, sólo es diferente el medio de manifestarse.

'La naturaleza, que es tan sabia, nos ha dado el orgullo para ahorrarnos el dolor de conocer nuestros 'defectos.

Promettmos 'según nuestras esperanzas, y cum- ' plimos según nuestros temores.

El orgullo, más que la bondad, toma parte en las correcciones que á los otros hacemos; y los corregimos, nú para hacerles 'el bien, sino para mostrar que estamos exentos de sus faltas.

El interés’' habla todas las lenguas, y representa •todos loi papeles hasta el del desiiderés.

Los que se dedican á las cosas pequeñas se hacen incapaces para las grandes.

Por grandes que sean las ventajas que dé la na

turaleza, no es ella sola, sino la fortuna laique* hace loS“hcroes.

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El desprecio de los filósofos por las riquezas no* es más que un deseo oculto de vengarse de la injusticia de la fortuna; un secreto para libertarse de las humillaciones de la pobreza, y un camino distinto para llegar á la cima de las -consideraciones que las riquezas les hubieran conseguido.

El odio por los favoritos del poder no es más que el amor al favor que no alcanzamos. El despecho se consuela con el desprecio que se muestra á los que. lo .poseen; y Jes retiramos nuestros homenajes, no pudiendo quitarles el de todos los otros.

Para establecerse en el mundo se hace todo lo posible por hacer creer que yá estábamos establecidos.

Aunque los hombres se envanecen por sus grandes acciones, éstas no son con frecuencia sino lujos de la casualidad.

A veces llega uno á creer que nuestras acciones tienen una mala ó buena estrella, la que las hace alabar ó vituperar de los contemporáoeos.

No hay accidente, por desgraciado que sea, del cual un hombre hábil no pueda sacar provecho, ni feliz acontecimiento que el imprudente no pueda hacer perjudicial.

La fortuna cambia todo en favor de aquel á quien proteje.

La dicha ó la desgracia de los hombres depende más de ellos mismos que de la fortuna.

La sinceridad es una expansión generosa del alma, que se encuentra pqcas veces.

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Lo que^se deja yer con frecuencia no es más que ud hábil disimulo para atraer la confianza de los otros.

La aversión que algunos muestran por la mentira, es á veces una imperceptible ambición de que se temen sus palabras con una fe religiosa.

La verdad hace siempre bien, pero no tanto cemo el mal que hace la apariencia ó la falsa verdad.

Un hembre hábil arregla la categoría de sus intereses para no correr en pos de loS pequeños, despreciando los más importantes.

Jja elegancia,' es -al cuerpo lo que el buen sentida es al alma.

Difícil es definir el amor: sólo puede decirse que - es para el alnra ambición de reinar, para el corazón simpática, y para los sentidos el deseo de poseer loque se ama.

Si hay un amor puro y exento de toda pasión, es e-Lque guardamos en el fondo del corazón, por una mujer, y que nosotros mismos tememos descubrir.

No hay disfraz que alcance á encubrir el amor, ni fingimiento que pueda al fin ocultar que no existe.

Como^ no hc'íy libertad para amar ni para dejarde querer, son inútiles las quejas de les amantes contra la inconstancia do las mujeres, y - las de estas contra la versatilidad de sus amantes.

Si hubiera de juzgarse del amor por sus efectos, más se parecería al odio que á la amistad.

No hay más que un amor pero, hay de él muchas^ copias.

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El amor, como el fuego, está siempre ardiendo, y deja de vivir cuando no hay temores ó esperanzas quelo animen.

Sucede con el verdadero amor lo que con los aparecidos de la otra vida, que todo el mundo habla de' ellos y nadie los ha visto.

El amor presta su nombre á otra infinidad de pasiones; pero nadie se engaña ni toma el rábano por* las hojas.

El amor á la justicia, en muchos, es el temor de* soportar la injusticia.

El silencio es el camino más seguro para el que desconfía de sí mismo.

Lo que nos hace tan variables on nuestras amistades es que es más fácil conocer las cualidades del espíritu que fascinan, que las del corazón, que agradan.

Lo que^ los hombres llaman amistad es sólo una sociedad anónima, un comercio de intereses, un cambio de buenos oficios, en fin, una especulación en que cada cuál se propone^ ganar algo.

La reconciliación con los enemigos no es sino un deseo de cambiar nuestra condición mejorándola.

Es más indigno desconfiar de sus amigos, que ser* engañado por ellos.

Nuestra desconfianza autoriza la pillería de los * otros.

El interés ciega á unos, y á otros ilumina.^

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Nos faltan siempre fuerzas para seguir los dictados de la razón.

Sucede con frecuencia que el hombre que es guiado cree guiar á los otros; y mientras que su alma lo dirije á un punto, su corazón lo lleva insensiblemente en sentido opuesto.

Lo que se toma por fuerza ó por debilidad del alma no es sino buena ó mala disposición del cuerpo.

Los caprichos de nuestro carácter son más variables que los de la fortuna.

La adhesión ó la indiferencia que los filósofos muestran por la vida, no es sino un capricho, del que nos debemos preocupar tanto como del sabor de las cosas ó del gusto de los colores.

Nuestro humor es el que sabe apreciar los bienes de la fortuna.

La felicidad está en el hombre y nó en las cosas que lo rodean. Uno es dichoso poseyendo lo que le gusta y no lo que los otros juzgan amable.

Jamás el hombre es tan dichoso ni tan desgraciado como los otros lo juzgan.

Los que se creen con méritos se hacen el honor de ser desgraciados para persuadirse á sí mismos y per. suadir á los otros de que merecen ser coronados por la fortuna.

Nada debe inspirarnos más recelo de nosotros mismos que el ver que al cabo del tiempo desaprobamos lo que antes aprobábamos con entusiasmo.

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Por desiguales que parezcan las fortunas, es necesario reconocer que hay siempre cierta compensación entre los bienes y los males que las hace iguales.

La debilidad de carácter es el defecto más difícil de corregir.

Es más fácil engañar á los "otros que engañarse á sí mismo.

Los únicos buenos retratos de los hombres grandes son los que nos dejan ver sus defectos.

El hombre jamás es ridículo por sus buenas ó malas cualidades sino por las que afecta tener.

El hombre cambia tanto, que muchas veces se parece más á los otros que á sí mismo.

Hay hombres que jamás hubieran sido amantes si no hubieran oído hablar de amor.

Se habla poco cuando la vanidad no mueve nuestros labios.

Al hombre le gusta más hablar mal de sí mismo que no ocuparse del todo de su persona.

Una de las causas porque la conversación se hace enojosa, es la de que todos'se ocupan de lo que 'quieren decir, y nadie de lo que le están diciendo. Los más corteses se contentan con mostrar un aire de profunda atención, mientras que se les lee en los ojos que están pensando en otra cosa y que están impacientes porque Ies llegue su turno de hablar de lo que ellos quieren; sin pensar que es un mal medio de agradar á los demás ó de persu<adirlos, el de compla-

'cerse sólo á sí mismo; y que prestar atencióu, escuchar con paciencia y contestar á tiempo, es una de las grandes perfecciones que hacen el encanto de la conversación.

¿Cómo pretendemos que otro guarde nuestro secreto si nosotros mismos hemos sido incapaces de hacerlo ?

El amor propio aumenta ó disminuye el mérito de nuestros amigos y los juzgamos según ellos no& tratan.

Todos se quejan de su memoria y nadie de su inteligencia.

Los perezosos apuran á sus sirvientes para parecer diligentes.

Desengañar al que tiene una alta idea de su mérito, es hacerlo tan desgraciado como á aquel pobre loco de Atenas á quien le demostraron que no eran suyos todos los bajeles que llegaban al Pireo.

Gusta á los viejos dar buenos consejos, porque no pueden dar malos ejemplos.

Los grandes nombres aplastan á los que no saben llevarlos.

La prueba de un gran mérito está en que lo alaban los mismos que lo envidian.

'Es prueba de prca amistad no notar el alejamiento de los amigos.

Todos se lisonjean en público de sus buenos sentimientos, y nadie se atreve ú hacerlo de su buena capacidad.

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La cortesanía del alma está en pensar siempre cosas dignas y delicadas.

La galantería consiste en decir cosas agradables, de manera que no se note la lisonja.

El alma es con frecuencia juguete del corazón.

Muchos conocen el fondo de su alma, y pocos el fondo de su corazón.

Los hombres, como las pinturas, tienen su punto de vista. A unos es preciso verlos de cerca para conocerlos, y á otros de lejos para saberlos estimar.

Para conocer bien las cosas, es preciso conocer los detalles, y como éstos son casi infinitos, de ahí depende que nuestros conocimientos sean siempre superficiales.

Es una especie de coquetería en las mujeres dejar comprender que jamás son coquetas.

Jamás el espíritu desempeñará el papel del corazón.

La juventud cambia de hábitos por el ardor de la sangre, y la vejez conserva los suyos por costumbre.

Nada se da tan generosamente como los consejos, porque no cuestan nada.

El amor violento está cerca del odio.

Los defectos morales, así como los físicos, se aumentan á lo que se envejece.

Hay buenos matrimonios, pero nadie dice deliciosos.

Nadie ee conforma con ser engañado por sus ene-

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migos, ni traicionado por sus amigos; y todos quedan satisfechos cuando ellos mismos se engañan ó su corazón los traiciona.

Es tan fácil engañarse á sí mismo sin notarlo, como es difícil engañar á los demás sin que se aperciban.

Nada es más engañoso que el modo de pedir y de dar consejos. El que los pide, parece hacerlo de una manera deferente y respetuosa por su amigo, mientras que sólo está pensando en que el otro apruebe su conducta y tener así una disculpa; y el que aconseja paga la confianza que en él se deposita manifestando un celo ardiente y desinteresado, mientras que sólo piensa al darlos en lo que le conviene ó en adquirir el dictado de sabio.

La más hábil de todas las astucias es la de fingir haber caído en los lazos que se nos tienden; y fácilmente cae el que cree haber engañado á los demás.

La resolución de no engañar nunca, puede expo-. nernos á ser engañados.

Estamos tan habituados á disfrazar nuestros sentimientos con los demás, que al fin los disfrazamos con nosotros mismos.

Se hacen más traiciones por debilidad que por propósito deliberado de engañar.

Algunos hacen bien para compensar el mal que hacen.

Los que ostentan resistir á las pasiones no saben

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que es más por debilidad de sus pasiones que por fuerza de su razón.

No habría seductores si se les quitara el placer de contarlo.

Los más hábiles afectan toda su vida condenar la astucia, pero es para servirse de ella en primera ocasión y con grande interés.

El constante uso de la astucia es prueba de limitado espíritu, y con frecuencia se está tapando de un lado y destapando del otro.

La astucia y la traición no se emplean sino por los que no tienen genio para seguir el camino recto.

El que quiera que lo engañen, trate de engañar á los demás.

Muchas veces el hombre sencillo destruye con su sencillez la astucia de los hábiles.

Es privilegio de los sabios decir mucho en pocas palabras; pero los necios tienen el de hablar mucho y no decir nada.

Nadie gusta de lisonjear á otro ni lo hace sin interés. La lisonja es una adulación hábil, oculta y delicada, que satisface de diferente manera al que la recibe y al que la tributa: el uno la toma como recompensa de su mérito, y el otro la tributa para hacer comprender su equidad y su discernimiento.

Con frecuencia tributamos alabanzas envenenadas que dejan comprender que aquellos á quienes alabamos tienen grandes defectos que no podemos revelar^

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Muchas veces alabamos para que á su turno nos alaben.

Pocos hombres tienen el juicio de preferir el vituperio que les es útil á la lisonja que les daña.

Hay reproches que son una alabanza y alabanzas que son un insulto.

El que rechaza las alabanzas lo hace para que lo. hagan dos veces.

El deseo de merecer las alabanzas que se nos tributan, fortifica nuestra virtud; y las que se tributan al valor, á la belleza y á la ciencia, contribuyen á aumentarlas.

Es más fácil dejar gobernar que gobernar á los otros.

Si nuestro amcr propio no nos lisonjease, la adulación ajena no nos dañaría.

La naturaleza da el mérito, pero sólo la fortuna y el estímulo lo ponen de manifiesto.

Las contrariedades de la fortuna nos corrijen de muchos defectos que la razón sola no alcanzaría á corregir.

Hay muchos hombres de mérito y de virtud que no gustan, y muchos llenos de defectos que son simpáticos.

La gloria de los hombres debe ser medida por los medios de que se valieron para alcanzarla.

Los reyes hacen hombres públicos como fabrican Síipned^, les dan el nombre y. el valor que quieren, y,

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el público tiene que recibirlos según figuran y no se- • gún su verdadero é intrínseco mérito.

Por brillante que sea una acción no debe ser calificada de grande si no es el resultado de un gran designio.

El arte de hacer lucir mediocres cualidades consigue más estimación que el verdadero^mérito.

Es más fácil parecer dignos en los empleos que no se nos dan, que ser dignos en los que ejercemos.

El mérito atrae la estimación de pocos; la afortuna nos da la del público.

El mundo recompensa más la apariencia que el verdadero mérito.

La avaricia está más lejos de la economía que la liberalidad.

La esperanza, por engañosa que sea, nos lleva por un camino agradable al fin de nuestra vida.

Muchas veces la timidez y la pereza nos detie- •nen en el camino de la virtud y nosotros decimos que ha sido nuestra fuerza de alma.

Las virtudes se pierden en el interés como los ríos en el mar.

Hay dos clases de caridad : una que nos inspira el deseo de aprender lo que puede sernos útil; y otra inspirada por el orgullo que ncs da el deseo de saber lo que los demás ignoran.

Es mejor emplear la fortaleza de nuestra alma en soportar las desgracias que nos sobrevienen que en ^prever h.s «jue nos pueden sobrevenir.

La constancia en el amor es una inconstancia perpetua que hace que nuestro corazón se adhiera á todas las cualidades de la persona amada, dando unas veces la preferencia á una, y otras á otra, con admirable variabilidad.

Hay dos constancias en el amor: una que consiste en encontrar en la persona querida nuevos encantos, y otra en el aburrimiento de amar, que nos hace estar quietos.

Nada se ama sino por relación á nosotros mismos y siguiendo nuestros gustos é inclinaciones, y cuando preferimos los amigos á nosotros mismos, lo hacemos por placer.

Los hombres no vivirían largo tiempo en sociedad, si no estuviese en su poder engañarse mutuamente.

Nos quejamos con frecuencia de nuestros amigos para justificar de antemano nuestras infidelidades.

El arrepentimiento muchas veces es mayor que el pesar del mal que hemos hecho, por el miedo del mal que puede sobrevenirnos.

Los vicios pueden entrar en la composición de las grandes virtudes, como los venenos en la composición de los remedios heroicos. La prudencia, el genio y la habilidad los mezclan y se sirven de ellos contra los mates de la vida.

En honor de la virtud es preciso reconocer que los grandes males de la humanidad le han venido .siempre por sus vicios.

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Hay crímenes que se hacen gloriosos por su mag^ nitud y su brillo; tales son las conquistas.

Confesamos nuestros defectos para que los otros nos los perdonen.

Hay héroes del mal y héroes del bien.

Sólo los grandes hombres pueden cometer grandes faltas. Podemos asegurar que los vicios nos van llegando en el curso de la vida, como huéspedes á quienes es preciso ir dando alojamiento; pero la experiencia puede servirnos para recibir sus visitas repetidas veces. Cuando los vicios nos dejan, decimos que nosotros los hemos dejado.

La gratitud es más limitada que lo que son en general nuestros deseos y nuestras esperanzas.

Nada es tan contagioso como el ejemplo, y no hacemos grandes bienes ni grandes males sino por imitación. Imitamos los buenos por emulación y los malos por la malignidad de nuestra naturaleza, que la vergüenza retiene prisionera y que el ejemplo pone en libertad.

Es una gran locura pretender ser sabio un hombre aislado.

Cualquier pretexto que demos para nuestras pesadumbres, siempre es cierto que ellas provienen de interés ó de vanidad.

Hay en las aflicciones una hipocresía que proviene de distintas causas: unas veces, bajo pretexto de llorar á una persona querida, lloramos por nos-

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Oticos, lloramos la pérdida ó la disminución de nuestra fortuna, de nuestros placeres ó de nuestra con-, sideración ; ó bien la buena opinión que ella tenía de nosotros. Así, los muertos tienen el honor de las lágrimas que no corren sino por los vivos. Digo que es una especie de hipocresía, porque los que. lloran no engañan sólo á los otros, sino que se engañan á , sí mismos. Hay otra hipocresía que no es inocente,; porque se impone á todo el mundo, y que consiste en la aflicción de ciertas personas que aspiran á la gloria de un profundo ó inmortal dolor. Cuando el tiempo, que todo lo consume, hace cesar el dolor . que en realidad sentían, no dejan por eso de abstenerse en derramar lágrimas, quejas y suspiros ; se hacen personajes lúgubres, y tratan de persuadir á todo el mundo de que su dolor no tendrá fin. Esta, triste y fatigosa tarea es con frecuencia sacada con vanidad por las mujeres ambiciosas. Como su sexo, les obstruye todos los caminos que conducen á lagloria, ellas procuran hacerse celebres por una inconsolable aflicción. Hay otras lágrimas que, como las fuentes pequeñas, corren poco y se secan fácil--r mente; y muchas personas lloran por parecer tiernas y sensibles, otras por ser consoladas, y, en fin, se llora por no sufrir la vergüenza de no saber llorar.

En la adversidad • de nuestros mejores amigos hay algo cruel que nos complace, quizás porque nuestro orgullo habrá sido herido, sin saberlo, por > su prosperidad.

Las desgracias dé nuestros amigos nos sirven á veces para ostentar nuestra ternura por ellos. ^

Cuando trabajamos en favor de los otros no nos engañamos en cuanto á nuestro propio bien. Es como si diéramos á usura lo que ofrecemos regalado, j ganarse á todo el mundo por modo digno y delicado.

La bondad no es meritoria sino cuando nace ds'fuerza de alma; lo derrás es pereza ó impotencia de voluntad.

Nada satisface más nuestro orgullo que la confianza de los grandes, porque la miramos como un efecto de nuestro mérito, sin considerar que con frecuencia no es más que la vanidad de referirlo ó la imposibilidad de guardar el secreto.

Se puede decir del agrado en las mujeres, que es una simetría de la que se ignoran las reglas ; ó una relación secreta entre las formas y el espíritu, ó de las facciones con el color y el aire de la persona.

La coquetería está en el alma de toda mujer ; pero muchas no la usan por miedo, ó porque la condena su razón.

Frecuentemente se incomoda á los otros con “ cosas que nosotros creemos que les son lisonjeras.

En general nada es imposible, y hay camino para llegar á todas partes ; y con una voluntad decidida tomaríamos caminos que creemos cerrados y

que se nos abrirían* - H

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La soberana inteligencia consiste en conocer lo que valen las cosas.

Lo que parece generosidad no es muchas veces más que una ambición disfrazada, que desdeña lo pequeño para llegar á lo grande.

La fidelidad en algunos no es más que habilidad para atraer la confianza : un medio de elevarse y hacerse depositarios de grandes secretos.

La magnanimidad lo desprecia todo, y todo lo consigue.

Hay tanta elocuencia en el tono de la voz, en las acciones y en la mirada de un orador, como en sus palabras inspiradas.

La verdadera elocuencia consiste en decir lo necesario, y nada más que lo necesario.

Hay personas á quienes parece que le sientan los defectos, y otras á quienes les afean las cualidades.

El interes pone en juego las virtudes 6 los vicios.

La humildad no es con frecuencia más que una fingida sumisión de que se hace uso para someter á los otros : un artificio del orgullo que se abate para evantarse sobre los demás ; y aunque se transforma de mil maneras, jamás está mejor disfrazado ni en- - gaña mejor que cuando se viste con el ropaje de la humildad.

Todos afectan un semblante para parecer lo

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que quieren que los otros crean. De manera que la sociedad no es más que un baile de' máscaras

Hay recaídas en las enfermedades del alma como en las del cuerpo ; y cuando creemos estar curados de una pasión, estamos más cerca del sepulcro.

Las heridas del alma son como las del cuerpo, que por bien que se curen dejan honda cicatriz.

Lo que impide á alguno el entregarse completa;- mente á un solo vicio, es el tener muchísimos.

Olvidamos fácilmente nuestros fallos cuando sólo son conocidos de nosotros.

Con frecuencia ensalzamos la gloria de unos con el designio de abatir la do los otros ; y sin duda se habría elogiado menos, por unos, al señor de ■‘Conde, y por otros al señor de Tnrena, si no se hubiera tenido en mira rebajar alternativamente la -gloria del contrario.

El deseo de aparecer como hombre vivo impide á muchos el serlo.

El que cree que puede vivir sin los otros, se engaña grandemente; pero más se engaña el que cree que los otros no pueden vivir sin el.

La severidad en algunas mujeres es un adorno que agregan á la belleza.

La honradez de algunas otras es sólo amor á su reputación y á su reposo.

La locura nos sigue en todas las edades de la

vVrda.-Si aígunos no la padecen, es porque sus loca- «ras están de acuerdo con su época, su condición y «su fortuna.

Hay personas de quienes se duda que sean malas, pero de las cuales no queda duda al verlas.

Hay hombres sencillos que emplean hábilmen- -te su sencillez.

No son los más sabios los que creen no cometer jamás una locura.

Cuando uno envejece se hace - más prudente y comete más locaras.

La mayor parte de las gentes no juzgan de los hombres sino por el ruido que hacen.

El amor de la gloria, el temor de la vergüenza, el deseo de hacer fortuna ó de llevar una vida cómoda y sabrosa, son las causas del valor y de la constancia en los hombres.

El valor en el soldado no es más que un medio -peligroso de ganar la vida.

Al completo valor y á la completa cobardía, son dos extremos á que difícilmente se llega. El campo que entre ellos hay es extenso, y hay puestos para todos los valientes, de los que hay tántos ejemplos diferentes como hay rostros humanos. Hay quienes se exponen voluntarios al principio de una acción, y que se acobardan con la duración. Otros, que se contentan con satisfacer el honor, y no hacen .nada más, .Otros, que no son completamente. seño-

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res de su valor ; otros, que se dejan arrastrar por el pánico general, j otros, en fin, que cargan con brío por no estarse quietos en sus puestos. Hay á quienes el hábito de vencer los pequeños peligros los prepara para los grandes riesgos. Estos son valientes con la esj ada en la mano y temen el ruido de la pólvora; y hay otros, al contrario, á quienes anima el olor de la pólvora y son cobardes de hombre a hombre. Todos estos valores de diferentes especies convienen en que disminuyen de noche y en la soledad, pues en la oscuridad se ocultan las buenas y las malas acciones, y cada uno puede hacer lo que quiere^

El verdadero valor consiste en hacer sin testigos lo que se haría á los ojos de todos.

La intrepidez es una fuerza extraordinaria del alma, que la eleva ante todo sobre todas las vacilaciones, todos los temores y todas las emociones de una vida de peligrosque no podría existir sin ella; y esta fuerza es la que mantiene á los héroes en un estado apacible y en el completo, uso de su razón, aun en medio de los accidentes más terribles.

La hipocresía es un homenaje que el vicio rinde á la virtud.

La mayor parte de los hombres se exponen en la guerra lo bastante para salvar su honor; pero no lo suficiente para que triunfe la causa por la cual la exponen..

La vanidad, la vergüenza, y sobre todo el tem-

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peramento, influyen en el valor del hombre y en la Tírtud de la mujer.

Se quiere adquirir gloria pero no perder la vida, lo que hace que los bravos sean más astutos en esquivar los golpes, que los rábulas en esquivar la justicia.

Hay iugratos que son menos culpables de la ingratitud que sus benefactores.

Hay gratitud de gratitudes, como la buena fe de los comerciantes, quienes muchas veces pagan sólo por tener quienes les abran crédito.

No todos los que pagan la deuda de gratitud son personas reconocidas.

J amás están de acuerdo el que da con el que recibe, sobre el pago de la deuda de gratitud ; y* entre ellos está el orgullo que á ambos engaña.

El mucho empeño en pagar una deuda de gratitud, prueba que no hay mucho reconocimiento.

El orgullo no quiere deber ; el amor propio no quiere pagar.

El beneficio que de alguno hemos recibido> debe hacernos respetar más el que nos pueda hacer.

La gravedad es un misterio del cuerpo, inventada para ocultar la mediocridad del espíritu.

La lisonja es moneda falsa que circula siempre, porque la vanidad la admite sin recelo.

La educación que con frecuencia se da á los jóvenes, no hace sino aumentar su vanidad y su orgullo,.

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La liberalidad es muchas veces el orgullo de dar, que se estima más que el valor de lo que se da.

La compasión algunas veces es un sentimiento de nuestros propios males, vistos de cerca en otros desgraciados; una previsión de las desgracias en que podemos caer; y si nos compadecemos del caído es porque tenemos miedo de caer nosotros.

La obstinación en una idea es prueba de la estrechez de nuestra razón.

Se engañan los que creen que sólo las pasiones violentas como la ambición, el amor ó el orgullo, pueden triunfar en su alma.

La pereza, tan lánguida y floja como es, no deja de ser con frecuencia la señora de nuestra alma; ella usurpa el lugar de nuestros deseos, y destruye y consume insensiblemente todas las pasiones y todas lasvirtudes.

La presteza en creer en la maldad de los demás, sin previo examen, es obra de la pereza y del orgullo. Queremos siempre hallar á los otros culpables, y no nos detenemos en averiguar sus faltas.

En nuestros litigios recusamos á los jueces por los más leves motivos, y sin embargo sometemos nuestra reputación y nuestra gloria al juicio de nuestros contemporáneos que son nuestros enemigos, y nuestros contrarios por rivalidad, por celos ó por preocupaciones, ó por sus pocas luces; y para obtener de ellos un fallo favorable exponemos neciamente nuestro reposo y nuestra vida.

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No hay un juez bastante hábil que conozca todo el mal que puede hacer con dictar una sentencia injusta.

El honor adquirido es una garantía social del que' se adquiera en el porvenir.

La juventud es una embriaguez permanente; es la fiebre de la razón.

Nos gusta conocer á fondo á los demás, pero no que nos conozcan á nosotros.

Hay personas muy bien recibidas en la sociedad, cuyo único mérito consiste en tener los vicios de todos sus miembros.

La ausencia mata las pasiones pequeñas y aumenta las grandes, como el viento, que apaga las velas y enciende las hogueras.

«Ausencia es aire Que apaga el fuego chico Y enciende el grande.»

Las mujeres creen con frecuencia amar cuando., en realidad no aman. La ocupación de una intriga, la emoción del alma, el entretenimiento de la galante, ría, la inclinación natural al placer, el orgullo de ser amadas, la pena de rehusar, las persuade de que están enamoradas, cuando en todo esto no hay más que coquetería.

Cuando exajeraraos el cariño que nuestros amigos nos profesan, es menos por gratitud que por hacer^i juzgar de nuestro mérito.

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La aprobación que se les da á los reden llegados es para censurar á los que están establecidos.

El orgullo qué tánta envidia nos engendra, tam- ' bien nos sirve para moderarla.

Hay mentiras tan bien disfrazadas de verdad, que á nadie aconsejamos que se empeñe en no ser engañado.

Hay más talento en aprovecharse de un buen ^consejo que en no aceptarlo.

Hay picaros que serían menos peligrosos si no tuvieran algunas cualidades que los disculpasen.

Es imposible amar por segunda vez lo que ha llegado á aborrecerse.

Hay más defectos en nuestro carácter que en nuestra alma.

El mérito de los hombres tiene su estación como ‘ las frutas.

Amamos siempre á aquellos que nos admiran, pero no amamos á los que admiramos.

Hay locuras que se transmiten como las enfeimedades contagiosas.

Muchos desprecian la fortuna, pero muy pocos son los que la regulan.

No hay ingratos para aquel que está todavía en -aptitud de repartir favores.

Hay lontos que parecen destinados á hacer siempre tonterías, no sólo por su gusto sino también impevlidos per una-fuerza fatal ó irresistible-i]>