Los trabajadores de Tierra Caliente : (reminiscencias) · Capítulo real 6 de 15
CAPITULO VI
Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 5 tramos técnicos para mejorar el rendimiento.
CAPITULO VI
Las Jantas. — D. Luciano Laverde. — D. Indalecio Forero.
Una historia dolorosa. — Antonio María Pradilla.
Los que trabajamos en tierra caliente, talando el bosque y quemándolo, trabajamos como bárbaros, pues destruimos una inmensa riqueza de maderas que hoy hacen falta, de tal manera que si un propietario hubiese conservado intacto su bosque, en el trayecto de La Mesa á Girardot, su propiedad sería diez veces más valiosa que lo que hoy pueda representar cubierta de pastos. l\o hay una viga para construir casas en las poblaciones de La Mesa, Anapoima y Tocaima; y si hubiera de continuarse el ferrocarril, no se encontrarían durmientes en toda la extensión que debe recorrer.
Además, se le quitó la belleza y suntuosidad á estas regiones tropicales en otro tiempo tan hermosas, y hoy convertidas en inmensos pastales de triste y melancólico a&pecto; y el viajero, agobiado por el sol, no tiene un árbol bajo cuya sombra pueda descansar.
— 95
Las orrandes haciendas de la tierra caliente han* acabado con las estancias de que antes estaba llena, y; que con el cultivo por menor, con la cría y cuidadode cerdos en cada una de ellas, y con los árboles frutales y totumos que al redor de sus chozas había, contribuían poderosamente á abaratar todos los artículos de consumo. Y, en fin, han despoblado tánto estas comarcas, y ha venido á suceder en tierra caliente loque pasa yá en la Sabana de Bogotá, que los pobres no tienen dónde vivir, y los brazos escasean más cada, un día.
El camino de Anapoima á las Juntas, de inmensas subidas y de rápidas pendientes, es infinitamentecansado; y por desgracia la quebrada de Sócota que - lo atraviesa, de aguas salobres y espesas, dicen que es venenosa; y se han visto ejemplos como el del señor José María Cuéllar Bóveda, quien murió pocos mo- - mentos después de haber tomado agua en !a quebrada; pero la verdad es que, fatigadas las gentes y las bestias, y. muertas de sed, toman, sudando aún, sin precaución de esta agua, y esto es lo que las mata.
En las Juntas de Apulo sí aparece la naturaleza tropical gigante y soberbia; y el horizonte que á los ojos del viajero se presenta al descender la cuesta, es el más hermoso que la imaginación puede soñar.
Los dos ríos que de cordilleras diferentes se han desprendido y que han venido por distintos valles, van á encontrarse en la garganta que dejan las dos
— 96 —
cordilleras en este sitio, para 'que los pasen, formando un estrecho y delicioso valle, ó un delta de suprema fecundidad. El uno, el Bogotá, viene impetuoso, atronador, terrible, salvando enormes piedras con furibundo vuelo, y como impulsado por un loco destino nada nada lo detiene en su carrera. El otro, el Apulo, se desliza mansamente. Sus pesadas aguas cristalinas se arrastran con pena, sin ruido y sin fragor; y como si sintiera dejar el valle ameno, da vueltas, parece detenerse, y al fin, á su pesar, se une al Bogotá, como una mujer tímida que se echara en los brazos de un guerrero feroz.
Al principio no más del movimiento industrial, encontrámos al señor Luciano Laverde descuajando monte, en un clima entonces enfermizo, para fundar la hacienda de las Juntas^ en donde se reúnen los ríos Bogotá y Apulo. Extensa hacienda en donde edificó una linda casa rodeada de árboles frutales.
Una de las causas, en nuestro concepto, del lento desarrollo de la industria en nuestro país, es la de que jamás la mujer sé asocia á las empresas del marido, ni le ayuda á levantar fortuna; y es una honrosa excepción la dé la señora Elena Cubides de Laverde, quien acompañó constantemente á su esposo en su labor; y ella fue quien con cuidado inmenso, sembró las hermosas ceibas que hoy sombrean las orillas del Bogotá en las Juntas,
— 97 —
Eeferíase entonces, como chiste, y exagerando* el vivo interés que la señora tomaba en la empresa de su esposo, que él pagaba los peones, semana por semana, en moneditas de oro que un padrino de ella le había regalado en el día de su matrimonio, y que esas moneditas siempre eran las mismas, y ni se aumentaban ni se disminuían, porque la señora tenía una tienda de mercancías y de comestibles para proveer de todo á los peones, y allí volvían las que el esposo había pagado; y cuando el lunes por la mañana le faltaba alguna, era motivo de afán y de investigaciones. Ellos dos formaron una gran fortuna y levantaron una familia honorable.
D. Indalecio Forero trajo de Santander la industria natural de sus habitantes; una industria no gigantesca, sino cuidadosa; no atrevida, sino curiosa; y fundó en la plaza ó delta que queda en la reunión de los dos ríos. Apulo y Bogotá, una gran casa pajiza para dar posada á los pasajeros, y otra al frente aseada y coqueta, donde vivía su familia; cultivó una manga de pasto para, y estableció una viña de más de cinco mil matas, que por mucho tiempo dieron abundantes y dulces racimos.
La casa que edificó el señor Laverde en la cima de un poético cerro, en otro tiempo cubierto de viñas aclimatadas en el país, es la que hoy se ve desierta, abandonada y cayéndose, sin que nadie se acerque á ella, pues es mirada por todos con espanto.
— 98 —
ESTA ES UNA HISTOEIA DOLOROSA
Era yo muy joven : mi corazón comenzaba á palpitar de admiración por la belleza^ y entusiasta y fervoroso me dejaba arrastrar por dulces y locas ilusiones que vagarosas se dibujaban en mi mente; pero sin que hubiese adivinado que el amor es la primera aspiración del joven y el último dolor del hombre, cuando fui invitado por un amigo de colegio á pasar ocho días de vacaciones con su familia que vivía en Chía, Ocho días de campo son siempre un porvenir de felicidad en esa edad, y yo acepté gustoso, prometiéndome de antemano infinidad de placeres.
Llegamos á desmontarnos á casa del cura, y salió á recibirnos un sacerdote venerable, de aspecto seve_ ro, quien estrechó contra su pecho á mi amigo y me hizo una benévola acogida. Este sacerdote era el doctor Parra, tío de mi amigo, y con quien vivía toda su familia. Era ilustrado, virtuoso, manso, y, sin embargo, jamás se borraba de su frente un ceño que no podía saberse si lo formaba un dolor profundo ó una severidad acética extremada. Su pueblo lo quería y lo respetaba: la santidad de sus costumbres era por todos elogiada, y había sido leal amigo de personas distinguidas de la República.
Estuvo haciéndonos preguntas sobre nuestros estudios, con un agrado que no tenía nada de pedantería; averiguó por mi familia; hizo de mi padre un elogio que me conmovió; pareció^muy contento de mis.
— ^9'9 —
rnaneras, y entrando á su cuarto sacó un famoso rejo de enlazar^ me lo regaló, y le dijó á su sobrino:
— A este caballero que lo destinen para sus paseos el TalleiraUy y á ti el Timur-heh.
Estábamos en el balcón de la casa cural cuando se presentaron en la esquina opuesta dos jóvenes, vestidas de trajes de muselina blanca con flores estampadas, pañolones de vivísimo color, y sobre ellos cayendo extendido y suelto el abundoso pelo; llevaban «ombreritos jipijapas puestos de medio lado y coqueta, mente gachos. Eran las hermanas de mi amigo que TeDÍan del baño
La menor se llamaba Lastenia, y á su edad era la mujer más linda, naos simpática y más dulce que pudiera concebirse. Cora, civilizada y poética, tenía toda la sencillez é inocencia de la indiana, y toda la gracia y atractivo de la mujer de nuestra época. Jamás he visto ni más lindos ojos ni que brillen con un fuego más apacible; su mir;ida era una caricia, y sin embargo dominaba con ella. Si hay algo en que la América supera y llene de envidia *á la Europa, es en el color de sus mujeres, ese color indefinible y hermoso, que da transparencia á la piel, nitidez á la cutis, y sin embargo de que no es blanco, sino como coloreado por el sol vivificante de nuestro país. Este era el de Lastenia ; y como su linda boca era colorada como la flor de granada, y sus dientes blancos y parejos, hacía el todo un conjunto armónico y divino,
siendo Lastenia una criatura preciosa y fascinadora,
A la llegada á la casa mi amigo abrazó á sus dos 'hermanas; y yo no podía comprender cómo había un ser humano que tuviese tal derecho, pues Lastenia era para mí realmente una divinidad, y á ella me acerqué, sintiendo lo que Feoelón dice que sentían los mortales en presencia de los dioses.
Lastenia, por su parte, no podía imaginarse lo que pasaba en mi alma, y me trataba con la cordialidad, cariño y sencillez con que se trata á un niño, dejándome gozar con esto placeres que mi avaro corazón recogía, y que la presencia de esta casa á venido á recordarme y á hacer latir mi yá viejo y cansado corazón.
Los ocho días de vacaciones fuaron breves; y el día de la partida parecióme que sólo habían sido un momento de placer, quedando en mi alma la imagen de Lastenia con una auréola de juventud y de belleza que tenía algo de celestial. Yo no sentía amor, era un sentimiento enteramente distinto; pues nunca aspiré á que me amase, no soñaba con poseerla, no me hubiera atrevido á confesarme que la quería; y sin embargo, su radiante imagen embellecía horas enteras de mi vida en el colegio.
Lastenia fue después á vivir á Bogotá, y su belleza, su talento, su gracia y su dulzura le conquistaron un lugar distinguido en la sociedad. Era poetisa^ y los que gozaban de la intimidad de su hogar la
— 101 —
cuchaban algunas veces derramar los tesoros de su profundo genio; pero sobre todo, era su vida la que estaba embellecida por un colorido poético que la hacía adorable.
Todo sonreía a sus ojos. Belleza, virtud, genio y porvenir. Un joven amigo mío, ilustrado y hermoso, Antonio María Pradilla, se apasionó de ella, la eligió por esposa, y juntos comenzaron una vida de flores*
Un día atravesaba yo el camino que conduce á Tocaima, y me detuve en la casa de Las Juntas^ salió á recibirme un hombre que tenía la cabeza y la barba blancas, y pintado en su semblante un profundo dolor. Ese hombre era mi noble amigo Pradilla, el esposo de Lastenia. Al saber que ella estaba allí, quise verla, creyendo aiín encontrar la divinidad de mis sueños, hermosa y fresca como yo conservaba su imagen. Pero ¡ay ! ¡Qué horror ! ¡Ella, su esposo, sus hijos, todos eran infelices! ¡Infelices para siempre ! ¡El destino cruel, implacable, injusto, la había dotado con una enfermedad espantosa qne se transmite de generación en generación el lázarol
¿ Qué quedaba de la divina Lastenia ? Su alma poética y santa, más bella en la desgracia que en sus horas de dicha, y cuyo perfume se respiraba con placer. ¡ Admirable poder el de la virtud y el talento ! Lastenia después de un cuarto de hora, pasado en su compañía, fue para mí tan querida y tan hermosa entonces, como cuando era niña; y cuando murió, de
— 102 —
dolor, de agonía, lloré su muerte como hubiera llorado al verla morir en uno de los ocho días de placer que en Chía pasé con ella.
Dióle la naturaleza á Antoaio María Pradilla hermosa figura y gran talento; instruyóse en la capital en los colegios del Kosario y San Bartolomé hasta obtener el título de abogado, y de un natural dulce y amable, adquirió las maneras más distinguidas y los modales que lo hicieron para todos tan sim-. pático, y á los cuales debió en mucha parte la carrera política brillante de que disfrutó.
Muy joven aún se hizo periodista; redactaba El Siglo, en asocio de Salvador Camacho Roldán y Medardo Rivas, periódico en el cual se publicó el programa del Partido Liberal, en 1849, que aterró por sus innovaciones al Partido Conservador, y mostró á los jóvenes liberales el sendero por el cual debían seguir para hacer efectivas las leyes de la democracia. A este periódico se debió en gran parte la abolición de la esclavitud de los negros en esa época.
El doctor Pradilla fue representante al Congreso, y la Cámara de Representantes lo hizo su Secretario en distintos períodos, adquiriendo con esto grandes relaciones en muchos puntos de la República y amigos sinceros estimadores de su mérito.
Cuando estalló la revolución militar del 17 de Abril de 1854, encabezada por el GeneraKTosé Marí^v.
— 103 —
Meló, estaba el doctor Pradilla de Gobernador de la Provincia de Santander, y fue tal la actividad y energía que desplegó para combatir la dictadura y para proporcionar recursos á los defensores de la Constitución, que á los 30 días, unidas las tropas de Santander y las de Tunja, formaban ya un ejército numeroso y entusiasta, el cual, desgraciadamente, vino á perecer bajo las órdenes de los Generales Tomás Herrera y Manuel María Franco, el 21 do Mayo, al pie de las torres de Zipaquirá. Animada la dictadura con este triunfo, parecía invencible; pero los patriotas no desmayaron, siguieron combatiendo, y Pradilla á la cabeza de un pueblo altivo y liberal, como el de Santander, realizó prodigios, y no esquivó el peligro, viniendo á pelear con nosotros en la acción de Pettxquero ó Los Cacaos.
En el período de paz que siguió al 4 de Diciembre, Antonio María Pradilla se dedicó á trabajar en La Mesa, en las Juntas y á orillas del Magdalena ; pero en el de 1861 lo encontramos otra vez de Gobernador del Estado de Santander; y habiendo vencido las dos revoluciones que contra el Gobierno del Estado se hicieron, hacía frente á la invasión dirD gida por el Presidente Mariano Ospina, hasta caer prisionero en la infausta batalla de El Oratorio.
El doctor Pradilla, como un cautivo que honra al vencedor, fue conducido prisionero á la capital, coa los Magistrados de la Corte de Santander, de su Pro^
— lOá —
curador general, los Secretarios del despacho y todos los empleados civiles y militares del Estado; y fueron encerrados en estrecha prisión, y cargados de grillos hasta que el movimiento nacional que derrocó al gobierno invasor de Santander, vino á libertarlos, con la gran batalla que se dio el 18 de Julio de 1860 en Bogotá.
La Eepública había triunfado, la libertad estaba vengada, y con esa revolución se había inaugurado el reinado de la filosofía ó iniciado el poderoso movimiento liberal que por muchos años impulsó á la nación y que le dio muchos días de paz, de serenidad, de esplendor y de gloria.
El doctor Pradilla figuró entonces en primera línea en este movimiento regenerador , y prestó importantes servicios á la República, desempeñando con el mayor lucimiento los destinos de Ministro Plenipotenciario en las Corles de Europa y en las Repúblicas de Centro- América.
Al inaugurarse la Administración, do memoria inmortal, del doctor Manuel Murillo, Pradilla vino á hacer parte de este gobierno, á quien tanto le debe la nación, como Ministro de Relaciones Exteriores, destino que desempeñó con el tino, habilidad y lucimiento que este puesto requiere.
A su muerte no hubo funerales suntuosos, y sólo sus amigos le acompañaron al cementerio; pero su memoria, grata á la democrrcia, debe ser conservada por los republicanos.
CAPITULO vn
Xas tradiciones de Tocaima. — D. Pablo Afanador. — Ante» nio, Eafael y Canpolicáu Toledo. — El Coronel Francisco de A. Mogollón. — El caratozo. — D. José Antonio Umaña. — La familia de la Torre. — Federico Eivas.
(y UANDO el hacha civilizadora abatía las montañas seculares del Peñón, para convertirlas en prados artificiales y entregar así estas regiones á la industria y á la civilización, se encontraron las ruinas de un pueblo, y se ven aún los pisos de las habitaciones enlosados y los empedrados de las calles.
Este pueblo era la antigua ciudad de Tccaima; la tradición refería así la historia de su ruina.
(lonzalo Jiménez de Quesada, después de su famosa conquista del reino de los Chibehas y de haber fundado la ciudad de Santafé, lleno ele liquezas pero acometido de una enfermedad desconocida para los moradores del Nuevo Mundo, pensó en regresar á
— 106--
Sspafía, dispuso que en el puerto de Guataquí se preparasen los bergantines necesarios para una expedición que, además de Belalccázar, Fredemán y de los muchos españoles que volvían á su patria, se componía también de naturales aue llevaba como esclavos; de las inmensas riquezas que a él y á sus compañeros correspondían; de los quintos del Rey religiosamente custodiados; de itifinidad de animales, como papagayos, monos, llevados como raros para sorprender á la Península; y, en fin, de las provisiones necesarias para bajar el desierto Magdalena, poblado de enferrneda. des, y llenas sus orillas de tigres, mosquitos y serpientes, contra todo lo cual era preciso prevenirse.
Largos meses gastaron en la construcción de los bergantines, y cuando yá estuvieron concluidos, se dispuso Quesada á partir para Guataquí con el inmenso tren de tiendas de campaña y equipajes al través de las selvas de Tena, que desde la caída de la altiplanicie hasta el Magdalena, no eran interrumpidas sino por la llanura de La Mesa, en donde hizo una larga mansión buscando indios que á la espalda condujeran los equipajes, porque todos los de la sabana se le fugaron en la noche que allí llegó, temerosos de ser conducidos como esclavos á España, ó por no internarse en las regiones hasta entonces para ellos desconocidas, y que eran habitadas por los Panches, sus mortales enemigos.
Atravesando la elevada cordillera que separa este
— 107 —
valle, descendió por la orilla del Pit: ó Bogotá, y llegó á UQ punto donde creyó que era preciso atravesarlo, y no dando vado, obligó á los viajeros á construir, al estilo de los indígenas, una tosca canoa del tronco da uno de los enormes-árboles que crecían á las orillas; y así empezaron ú pasar el variado cargamento, con tánta lentitud, que emplearon muchos días.
Quesada, que había pasado primero, atormentado por su enfermedad y hostigado por el calor, quería tomar unos baños, y no atreviéndose á hacerlo en el río, porque la experiencia le había enseñado que las aguas de los ríos crecidos eran siempre funestas, guiado por algunos naturales se dirigió á un pequeño riachuelo, que corría cristalino por entre ambuques y guayacanes, y que era conocido con el nombre de Catarnica- \ Admirable fuente ! su piel empezó á suavizarse, los dolores cesaron, los miembros parecían adquirir nueva agilidad á cada baño, las fuerzas y la salud se presentaban de nuevo al gran Capitán á ofrecerle una larga y tranquila vida. Quesada, que llevaba en el corazón el corroedor tormento de verse atacado de esa enfermedad funesta, que sabía que era incurable y que lo iba á proscribir de la sociedad en el momento en que tenía nombre y porvenir, gloria y riquezas; lleno de jubilo, creyó haber encontrado la fuente de la vida que Punce de León buscaría inútilmente en los bosques de la Florida, y determinó fundar una ciudad á la orilla del riachuelo milagroso.
— ros -
Estaba en este proyecto cuando una noche su improvisada cabaña de hojas de palmera fue acometida por un sinnúmero de indios que bajaban de la cordillera occidental, y hubiera perecido si, valiente y. acostumbrado á los peligros, no se hubiese hecho campo con su formidable espada por en medio de los in. dios, que á sus golpes se abrían, como la cebada se abre y da campo al segador, hasta que llegó adonde estaban los suyos, que en el acto se armaron y rechazaron el ataque con el denuedo y la bizarría que eran comunes en aquellos tiempos y en aquellos hombres.
El combate duró hasta que salió el sol, á cuya hora la chusma de indios huyó dejando muchos muertos y gran número de prisioneros en manos de los españoles.
Entre aquellos había caído la Eeina de los indios, llamada Guacaná, hija del Cacique Tocaima, de ágiles miembros, de formas ^duras y no deformes facciones, pero que se pintaba, según creían los españoles, con un color azulado que hacía visos.
Esta mujer, como sucedió frecuentemente en toda la conquista, después de prisionera y esclava se apasionó de uno de los españoles, y fue de grande utilidad para Quesada. Ella le aconsejó que no situase la ciudad en la orilla occidental del río porque estaba expuesta á las invasiones de la infinidad de tribus que vivían en Copó, Lutaima y en toda la cordillera, sino en la oriental, pues así estaba resguar-
dada por el río, al que los indígenas tenían miedo; ' yjtrajo su tribu á situarse en la margen del río.
Grande fue la sorpresa de los españoles al no- • tar que no sólo la Reina, sino también la mayor parte de los indios, tenían este mismo color con diversos matices y que este color era natural y se llamaba carate; teniéndose por más hermosas las mu- ' jeres cuanto más brillante era este barniz ó más escamosa su piel, y que para una madre era una verdadera desgracia el que sus hijas llegasen á cierta edad con la cutis despejada.
Por largo tiempo hubiera querido permanecer allí Quesada ; pero negocios de la mayor importan- ■ cia lo llamaban con urgencia á la Corte, para donde partió, dejándole por regalo de despedida á Guacaná, que yá había sido bautizada, dos cerdos de los que Fredemán había traído atravesando los Llanos, hasta encontrarse con Gonzalo en Santafe. Y tuvo que marchar á España sin fundar la ciudad.
Poco tiempo después el Adelantado del Nuevo Reino de Granada, D. Alonso Luis de Luque, pensando en el descubrimiento de las afamadas minas de Neiva y en la conquista de los Panchos, para la que comisionó al Capitán Hernán Yenegas Carrillo, caballero cordobés, ordenó la fundación de la ciudad.
Los españoles, así como eran valientes, eran crueles, religiosos y devotos, y sus conquistas son una
serie de hazañas, de proezas y actos heroicos ejecutaJ
— no-
dos por la más sórdida codicia ó el más sincero celapor la fe cristiana, y. sus obras llevan por todas partes, el sello de la religión y el influjo del cielo.
El día 13 de Abril de 1544, Hernán Carrillo^ vestido de grande uniforme y después de haber oído, la misa caatada, que debajo de les cauchos de Porti-. lio dijeron los capellanes Antonio do la Peña y Lope, de Acuña, erigió la nueva ciudad de San Jacinto de Tocaima, y nombró por primeros Alcaldes á Juan de. Salinas y á Diego Hinestrosa, y por Regidores á Miguel de Gamboa, Juan Ortiz y Juan de Corros; alguacil mayor á Miguel de Oviedo y escribano á Miguel de Morales, siendo primer cura el padre Fray Andrés Méndez de los Ríos.
Después la ciudad de Tocaima lucia ála orilla del Bogotá, alegre como un pueblo oriental, brillando á los rayos del sol los techos de sus casas de teja, una iglesia mayor, dos capillas y^ el convento de dominicanos: había obtenido el título de noble y un escudo de armas, que era una águila de dos cabezas sobre un fondo azul y un río dividiendo el escudo por mitad. Habían esta-, blecido la muy ilustre Orden de Caballeros de San Jacinto, y era la residencia de todos los españoles que viejos ó achacosos, no podían soportar el riguroso frío de Tunja ó Santafé, y de otros que habían adquirido esa enfermedad que la América encerraba en su seno, y que los españoles recibieron como castigo de sus iniquidades, transmitiéndola degeneración en generación.
— 111 —
Era sobre todo notable la Casa grande de Juan Díaz, construida con toda la suntuosidad que en aquel siglo podía obtenerse; espaciosa, sólida y fuerte como un castillo, -y para la cual se habían hecho venir desde Santafé muchos materiales, y desde España los azulejos con que estaba embaldosada, vidries para las ventanas y los más faustosos adornos.
Juan Díaz, el sevillano, había llegado de España con Fredemán, precedido de una mala reputación, y, como muchos otros, á buscar fortuna sin tener profesión; pero como no era noble, ni traía empleo del R»y, su tarea parecía má^ difícil, ú no ser que se dedicase á descubrir y conquistar nuevas tierras por medio del valor y de la audacia ; mas el sevillano era muy cobarde e incapaz de soportar las penalidades y se afligía profundamente con los rigores del Calor y las otras privaciones á que todos los españoles estaban entonces sujetos.
Su fisonomía era comfin ; pero cerraba los ojos á manera de la serpiente cuando quiere pasar por 'dormida; el labio superior levantado, como el del perro cuando va á morder, y un aire de fánfarrón con ■que disfrazaba su cobardía,
Juan Díaz, el sevillano, después de haber recorrido varias ciudades, había concluido por fijarse en Tocaima, despreciado de los nobles, mal mirado por los industriosos y viviendo sin saberse de qué
Poro la suerte, que se burla siempfe de los cál<6U^
los humanos, se propuso hacerlo poderoso por medio de la casualidad, y la tradición cuenta así el hecho :
Juan Díaz tenía -un negro que le servía y que lo acompañaba en todas las expediciones, y estando en una de ellas sentado el negro Domingo cerca de un hormiguero, reparó que la arena que sacaban las hormigas era brillante, aproximóse á examinarla vio que era polvo de oro: escarbó la tierra y encontró que era una inmensa mina. Lleno de alegría fue á participar tan fausta nueva á su amo, pidiéndole en cambio de tántas riquezas como le ofrecía, sólo la libertad. Juan Díaz lo llamó su amigo, su compañero y le ofreció la libertad y que dividiría con él la fortuna; pero después de que vio la rica mina de la cual se podía extraer el oro sin trabajo alguno, movido por la avaricia y temeroso de que Domingo fuese á contar ú alguno el descubrimiento, lo mató de un arcabuzaso por detrás.
En la época á que nos referimos, cuenta ia tradición que era tan rico, que el oro en polvo lo medía por celemines; su hacienda, situada en una mesa que después tomó su nombre, estaba llena de ganados, su casa era suntuosa y en su bodega se encontraban los mejores vinos de España y toda especie de rancho.
Su posición era tan elevada, que los nobles concurrían á su casa á jugar á los dados todas las noches ■y á saborear sus exquisitos^vinos; muchos españoles
— lis-
io habían hecho su compadre; disponía de ¡os votos del Cabildo, j nada se hacía en Tocaima sin la voluntad del sevillano; j sin embargo, nadie lo quería, todos murmuraban por lo bajo, j nobles y ricos y el pueblo todo hubieran celebrado con júbilo su muerte
¿ De dónde había sacado tántas riquezas ? De sil mina de oro, que nadie sabía en dónde estaba situada, porque el guardaba un profundo secreto; nadie lo había acompañado á ella, nadie había ido á trabajar allí, y hasta hoy se ha conservado la estupenda fama de la mina de Juan Díaz, pero por todos se ha buscado en vano.
Muchos nobles le habían cedido sus encomiendas, sin duda á cambio de oro; muchas de las casas del lugar habían pasado á ser suyas, y sus antiguos dueños no tenían hogar; muchos hacendados le eran deudores y lo temían como á un enemigo mortal, y todos los padres recomendaban á sus hijos que no se asociasen con el, y sin embargo los jóvenes buscaban su compañía y frecuentaban su casa.
El rumor sordo que se levantaba contra Juan Díaz, le acusaba de las lúbricas abominaciones de Babilonia, de muertes dadas á sus dependientes y de haber hecho pacto con el diablo á cambio de oro, no sólo vendiéndolo su alma, sino también encargándose de comprar las de los buenos cristianos.
Las justicias de Santafé habían enviado despachos íí las de Tocaima para que averiguaran los he-^
— lU-r-.
sobre la mala conducta del sevillano, cuya re-í. putación había llegado hasta allí ; pero las de Tocaima habían dado, bajo su influencia, los mejores, informes, y últimamente el sevillano, cargado de oro, resolvió ir á la capital del Nuevo Reino, de donde volvió lleno de recomendaciones de las. autoridades.
Entonces, de amable, obsequioso y comedida que era, se hizo altivo, insolente y. despótico; maltrataba en público á sus esclavos, ofendía á los nobles como para vengarse de sus antiguas humillaciones, y se hizo intolerable y cruel para todos; pero todos sufrían porque los unos eran sus deudores, los otros vivían en casas de su propiedad, estos temían sus maquinaciones secretas, aquellos sus artes diabólicas, y ninguno se atrevía á arrostrar su enojo ni á ponérsele de frente.
Llegó por este tiempo á Tocaima el Capitán, Hernán González, valiente español que había perdido una pierna en uno de los muchos combates que tuvo con los indios, casado en Facatativá con la india Eiravita, quien tomó el nombre de Teresa Espinosa por su madrina y padre de una hermosa niña criolla de quince años; enfermo y viejo yá había recibido del Rey, en premio de sus servicios y como donación, una grande extensión de tierra en la vega del Bogotá. A este Capitán, hombre quisquilloso en materia de honor, de carácter vivo e irritable, de cuerpo pequeño, delgado y ágil cuando joven, Iq-
115^
h^abían puesto en su Regimienta GonzaKco, y con, tal sobrenombre era conocido en América.
Todo su amor, toda su dicha, todo su porvenir lo tenía cifrado en D.® Elvira su hija, y él, hombre de cuarteles, inflexible en la disciplina, severo con todos, parecía un niño con su hija, paiticipando de sus alegrías, secundando sus caprichos, yendo donde ella quería,, á pesar de su cojera y pasando las noches enteras sentado, al pie de su camilla dejun-- eos para echarle fresco y evitar que la picasen los zancudos.
[Cáscaras ! dec'a al contemplarla, que si Su Majestad la Reina supiese la perla que encierra la América, D.^ Elvira González sería la primera dama de palacio !
Y en efecto, T>.^ Elvira era'una linda muchacha^ que había sacado toda la gracia andaluza, el pie pequeño y los ojos vivos de las españolas, al mismo tiempo que las formas provocativas de las americanas, un color de rosa despejado y una rica y suntuosa cabellera.
Nacida y criada en la sabana, sentíase languidecer bajo el clima abrasador de Tocaima, pero amaba tánto á su padre, que jamás se quejaba, y cuanda él decía — «j Cáscaras que el calor está insufrible 1» ella le hacía creer que estaba fresca y que el clima le sentaba admirablemente.
La llegada de Gonzalico y do su hija á la. pe*».
— 116 —
queña ciudad fue un grato acontecimiento, así para los viejos que encontraron con quién hablar de España y de sus tiempos, de las noticias que cada seis meses llegaban de la Península y del calor que hacía, como para los jóvenes á quienes esta graciosa beldad había inflamado los corazones.
Una noche, mientras que Gonzalico y su hija tomaban el fresco en el corredor de su casa, se presentó Juan Díaz á visitarlos por primera vez, y fue recibido con cordialidad, pero con la dignidad con que los españoles han sabido tratar siempre á los qu3 consideran inferiores. Esto ofendió á Díaz, acostumbrado á recibir toda especie de homenajes, pero estuvo disimulando y llenó de ofrecimientos á la cueva familia, poniendo todas sus riquezas á su disposición.
— ¡ Cáscaras ! y que son inmensas, le contestó Gonzalico, según la fama.
— Exageraciones, señor Capitán; á penas tengo con que comprar un infantado en España.
— ¿Y pensáis formalmente en esto?
■—Ni por pienso; pues aquí soy más que el Eey.
— ¡ Silencio, villano, que hasta ahora nadie en mi presencia había osado hablar en tales términos de Su Majestad, mi amo y señor D. Carlos^'v, Emperador de Austria y Rey; de España, á quien Dios guarde !
— ^No se enfade usted, padre mío, le dijo Elvira,^
— 117 —
esto le hará á usted mal; el señor es disculpado porque no parece acostumbrado á la sociedad *de los caballeros, viviendo siempre en estas soledades.
Dos heridas había recibido el sevillano en su
• amor propio, y él jamás olvidaba.
Una tarde en que el sol se ocultaba en Occidente entre una nube de ópalo y de oro, en que la atmósfera estaba cargada de los perfumes de las flores del bosque y la naturaleza se mostraba espléndida y serena, Elvira se bañaba en el caudaloso Bogotá y se sentía feliz, alegre y satisfecha, viendo co-
• rrer las olas y contemplando el cielo.
Fue arrancada de su arrobamiento por el ruido ' que hacía un caballo herrado sobre los guijarros de la orilla del río y que se iba acercando poco á poco al lugar donde ella estaba bañándose cubierta por un p^ayandé. Su instinto pudoroso le'inspiró un mo- 'vimiento rápido para ocultarse á la mirada del atrevido que allí se dirigía; pero no teniendo yá tiempo para salir á tomar su ropa, se vio precisada á cubrirse con las ondas del río, sobre las cuales levantaba
• su linda cabeza, dejando flotante su hermosa cabellera.
El que llegaba era un e'xtranjero'que iba á dar de beber en el río á su brioso y sudado palafrén; llevaba un sombrero de caña de anchas alas, una ruana blanca de listas encarnadas y una enorme espada é la cintura; era joven, español^y hermoso. Al mirar
— 118-
á Elvira quedó absorto, como si acabase de ver una divinidad y por mucho rato estuvo persuadido de que era una de esas sirenas que referían los cuentos po“ pulares, que hechizaban con su voz y su hermosura, porque en aquella época, para los españoles, la America contenía todas las maravillas imaginables.
— i Por Dios, caballero ! le gritó ella con una voz más linda que la de las sirenas: tened la bondad de retiraros.
— Perdón, señora, replicó 'el extranjero, si he sido importuno; excusadme, ignoraba primero quO estuviereis aquí, y después, al haberos visto tan hermosa no he podido alejarme de este sitio.
Volvió rienda á su caballo y so dirigió á la ciudad, llevando fija la imagen de la divinidad que había sorprendido en medio de las ondas.
El extranjero era D. Rodrigo Peñalver, hijo del Oidor de este nombre, de la Audiencia de Santafé, quien habiendo muerto pocos meses antes, sólo le había dejado un nombre honorable que mantener; y que venía de aquella ciudad á Tocaima á servir de agento en los numerosos negocios de Juan Díaz.
Habiendo sido su padre antiguo amigo del Capitán Gonzalico, éste, á penas supo su llegada, mandó á saludarlo y á ofrecerle su casa, motivo por el cual Rodrigo se apresuró á venir á darle las gracias. Mas cuál fue su sorpresa al reconocer en la linda castellana que salió á recibirle la visita, á la misma
— 11^ —
divinidad del río, pero embellecida por una gracia 3Ín igual y una urbanidad franca, sencilla y esmerada.
Empezaron gustándonse los dos jóvenes, simpatizaron en placeres, inclinaciones y afectos; y después de muchas noches en que juntos habían contemplado la luna en silencio y suspirando, de que Rodrigo traía siempre una nueva flor silvestre para obsequiar á Elvira, y de que ésta escuchaba distraída las cauciones que acompañado de la guitarra entonaba Pefíalver en su presencia, uno y. otro comprendieron que se amaban, pero uno 7 otro guardaron su secreto en el fondo del alma.
Gonzalico lo había adivinado, y cuando los oía cuchichear y veía a Elvira ponerse colorada, decía para sí : ¡Cáscaras !.y. qué linda pareja sería esta; y yo que voy á darle á mi hija en dote la V.ega de Gonzalico, que tarde ó temprano ha de valer como valen las tierras en Castilla.
Pero ni Gonzalico ni los amantes habían contado con que Juan Díaz estaba enamorado de Elvira, y que audaz en sus empresas, obstinado en sus empeños, perverso y sagaz, empleaba todos los medios para obtener su posesión.
La primera noticia que de su amor tuvieron fue un golpe terrible para Rodrigo, quien fue llamado un día por Juan Díaz á su pieza particular y le dijo que escribiese en, su. nombre ungt. carta á Gonzalico, solicitando su hija en matrimonio.
Jamás hombre alguno fue más torturado' que Kbdrigo al escribir las frases que Juan Díaz le dictaba. Mil veces pensó en despedazar la carta y tirársela á la cara; pero ¿ quién. era él para tener tal derecho ? ¿ Sabía acaso si Elvira lo amaba ? ¿ Y debía él, pobre y aventurero, entrar en lucha con un español rico y lleno de poder y de influencia ? No hubo remedio, tuvo que resignarse á su martirio y escribir en nombre de su rival y al padre de su querida.
Por fortuna para los enamorados, Gonzalico era el tipo de la antigua caballería española, incorruptible, indomable y altanera.
¡ Cáscaras I que es atrevimiento en un hombre que no ha recibido ni el don, el pretender casarse con la hija de un Capitán de Dragones de mi amo el Rey, dijo al leer la carta; y sin más reflexión en una cuartilla de papel grueso y con caracteres que sólo él podía descifrar, le contestó :
«Juan Díaz : no seas osado; no pretendas mi hija’ que es hija de noble.— Hernán González.»
Se puede herir impunemente un león, y el moribundo animal quizás olvida al agresor; pero jamás se pisa una serpiente sin que se vuelva furiosa para morder con su diente envenenado al desgraciado que la aplasta.
Juan Díaz, despreciado, sintió crecer su amor con la venganza; y poseer á la hija y humillar al padre fue yá toda su^ ambición, todo su empeño. .
Rodrigo lo comprendió, pero se creía impotente para romper sus tramas, y además tuvo la desgracia de que Díaz lo hiciese confidente de su amor, sin que él se atreviese á confesarle el suyo, creyendo que era una profanación revelar las íntimas escenas de cordialidad y de ternura que habían pasado entre los dos amantes y que no le daban el derecho de creer que Elvira lo amaba; y se resolvió á permanecer silencioso, aguardando que los acontecimientos tuviesen algún desenlace.
Juan Díaz principió* por querer conquistar el cariño de Elvira con suntuosos regalos, que ella siempre rechazaba, y con otra infinidad de demostraciones que empezaron por hacerlo ridículo á sus ojos y concluyeron por hacerlo odioso; pero Juan Díaz no por esto desmayó; y acostumbrado á vencer todos los obstáculos por medio de la astucia, el oro y la corrup_ ción, resolvió emplear sus instrumentos en esta empresa, en la cual estaban interesados su corazón, su vanidad y su venganza.
Valióse de los nobles que le debían dinero para que favoreciesen sus pretensiones con Gonzalico; pero éste, con un desprecio por la riqueza desconocido en nuestro siglo, permaneció inflexible. Valióse de algunas mujeres para que insinuasen su amor en el corazón de Elvira; pero encontró allí una roca. Enton-- ces, perdiendo su acostumbrada habilidad, resolvió
apelar á la violencia y robarse á D.^ Elvira, como K-
— 122 —
medio seguro de casarse coa ella para que - el .padre . pudiese salvar su honra.
Con oro y con maldad, entonces como ahora, la& cosas eran fáciles. Juan Díaz encontró quien ejecutase el acto sin que lo comprometiesen en caso de ser descubierto.
Una tarde cuando D.^ Elvira atravesaba^ el sendero de piñones y pencas que conducía de su casa al río, salieron dos hombres fornidos, y como quien levanta una paloma, la tomó el uno en sus brazos raien» tras el otro se puso en asecho para evitar el ser sorprendidos:. Pero quien ama, vela. Podrigo iba todas las tardes á mirar de lejos á Elvira, y oculto en la maleza permanecía hasta que ella regresaba del baño. Al ver la infame acción ejecutada por esos villanos, se lanzó sobre ellos y con la rabia de un^ tigre y la fuerza de un gigante les arrebató á su querida, maltratándoles terriblemente y obligándoles á huir.
Esta acontecimiento llenó de terror á Elvira, de espanto á su padre y de cólera á Rodrigo. Cuando Juan Díaz supo lo acontecido soltó una feroz carcajada y dijo : — Con que teníamos .un rival en Rodrigo, y al traidor había yo confiado mi secreto. [ Bueno, á éste también le alcanzará mi venganza !
Pocos días después tuvo necesidad Juan Díaz de remitir á las cajas reales el entero que debía hacer como rematador de los ramos de alcabala y aguardientes, que montaba á más de 4,000 patacones; y
como á la persona de más conñanija, confió á Rodrigo su conducción.
La víspera del viaje estuvieron hasta las seis de Ja noche pesando, en presencia de varios amigos, cas* tellano por castellano, todo el oro que Rodrigo debía conducir, y después de que lo acomodoron en pequeños cajones forrados en enero y que fueron colocados en el cuarto de Rodrigo, Juan Díaz, haciéndole firmar el competente recibo, se despidió do él porque se iba á pasar la noche en el campo, debiendo aquél madrugar con la aurora.
Rodrigo, que tenía su pensamiento en otra parte, sólo deseaba que se concluyese la enojosa tarea para ir adonde su Elvira,. que impaciente y llorosa lo esperaba. Cerró la puerta de su cuarto y se fue á verla.
¡Oh momentos supremos para los amantes! Lágrimas qtíe revelan al fin -un amor no confesado, tierDcas despedidas, juramentos de amor y de constancia, sublime amalgama de supremo dolor y de inefable dicha, I cuán veloces sois I Rodrigo y Elvira estrechándose la mano se dieron el ultimo adiós.
Al mismo tiempo concluía Juan Díaz "una operación que no era tan ¡ oética, pero no menos interesante que !a escena de los amantes. Apenas salió Rodrigo, entró por una puerta excusada, descosió algunos zurrones, extrajo el oro y lo sustituyó con hierros; volvió á cerrar los zurrones y se retiró después de haberse robado su propio caudah
Xo que después pasi^ es fácil preverlo: el oro no llegó á Santafé, Rodrigo que no daba razón de su .pérdida, fue detenido y encarcelado, y pocos días después entraba á Tocaima maniatado para ser juzgado como ladrón de la Real Hacienda, por lo cual tenía la pena de ser ahorcado.
Su entrada fue el primer triunfo de Juan Díaz,
'Cáscaras! de la que ae libertó mi hija, decía Gonzalico, de haber tenido por marido á un ahorcado!
Sólo Elvira tenía fe en la inocencia de su amante, lloraba por él, y pedía al cielo su libertad.
Después de varios trámites y de haberse interrogado todos los testigos que vieron recibir el oro, Rodrigo fue condenado por la Audiencia de Santafé á ser ahorcado en la plaza de Tocaima.
Este fue el segundo placer de Juan Díaz.
Elvira, desesperada, loca, en su horrible dolor, en su tormento, resuelta á buscar todos los medios de salvar á su amante, habiendo implorado á los jueces, se acordó de Juan Díaz y le escribió suplicándole que en nombre de ese amor que tantas veces le había jurado, hiciese algo por salvar á Rodrigo.
Este fue el tercer placer de Juan Díaz.
El sevillano, que conocía el amor de Elvira, no le quitó toda esperanza; fue atormentándola con bellas y lisonjeras ilusiones, que al día siguiente hacía desvanecer; fue arrancándole promesas, inspirándole confianza, tomándose libertades, haciéndole exigencias, hasta
— 125 ~
qne hizo de ella un débil instrumento que manejaba como quería, con solo aumentar los terrores ó animar las esperanzas.
Entre tanto el día señalado para la ejecución, que era el martes después de Pascua, se acercaba, y ninguna esperanza había yá sobre la tierra.
El jueves santo sacaba el estandarte del Cristo Juan Díaz, y se preparaba una procesión tan suntuosa como jamás se había dado en Tocaima, y digna de las riquezas del sevillano. Elvira, lánguida, agonizante y cadavérica, había convenido en ir, á pesar de su situación, por tenerlo grato; y Rodrigo, que estaba en la rejilla de la cárcel, debía presenciarlo todo.
A las tres de la tarde la multitud se agolpaba á las puertas de la iglesia, un paso había salido yá y la procesión avanzaba por en medio de la gente, cuando se presentó Juan Díaz en la puerta á recibir el estandarte de la Cruz; y apenas lo cogió, un rayo cruzó la atmósfera y un trueno formidable retumbó en el cielo. La multitud se paró aterrada, y al mismo tiempo se deshizo una furiosa tempestad que impidió que saliese la procesión.
Juan Díaz, lleno de rabia, se puso á maldecir con increíble horror de la multitud espantada.
El viernes santo, día guardado siempre con religiosa solemnidad entre los católicos, era en aquellos tiempos de una severidad y rigidez extremas. La carne no la comían ni aun los niños: todos ayunaban y los má®
— 126 —
religiosos se maoteman con pan, agua y ajenjos. Ni un grito, ni una voz, ni una campana se oían en la ciudad, y el día y la noche se pasaban en las ceremonias sagradas ó en la meditación de la pasión y muerte de nuestro Señor.
Pues bien: Juan Díaz, por una extravagancia incomprensible, resolvió dar una espléndida cena en su casa en la noche del viernes santo, día 9 de Abril, después de la procesión de la Soledad; y logró de algunos jóvenes disolutos que le acompañasen, y que muchos nobles, sus deudores, se comprometiesen á asistir.
Su casa estaba resplandeciente de luz; el pueblo, que había asistido á la procesión, se dirigía á !a Casa grande, y al ver el aparato de la fiesta principió á murmurar contra tamaña profanación del más grande de los días; pero Juan Díaz se había ganado á algunos hombres, y por medio de ellos empezó á repartirle aguardiente, y al cabo de dos horas el pueblo se olvidaba de qne e?a viernes santo.
Entre tanto los disolutos principiaban á entrar y los nobles se deslizaban entre la multitud, avergonzados y temerosos de ser conocidos, y ganaban el portón lo más pronto que podían,
Juan Díaz, que estaba radiante, orgulloso y satisfecho haciendo los honores do la fiesta, había hecho decir á Elvira :
«Rodrigo es inocente, pero está yá condenado y
— 127
morirá síq falta. Podéis salvarlo si os prestáis á ir á rescatarlo á la prisión mientras yo distraigo en mi casa á las autoridades. Os envío una llave de la cárcel. De allí lo llevaréis á casa por una puerta excusada y estará salvo. Si vaciláis va á morir.»
Elvira asistió á la procesión de la Soledad y se perdió entre la gente. Fue á la prisión, rescató á su amante y por una calle excusada se dirigió á la puerta del solar di la Casa grande. Allí una persona Ies dijo: — Entrad por aquí y esperad un momento. Los condujeron por un pasadizo oscuro á una pieza que estaba igualmente en las tinieblas y donde se escuchaba el rumor y bullicio que había en el salón.
Gonzalico, que había perdido á su hija en la procesión, la buscó en vano: volvió á su casa y la encontró vacía; se dirigió al acaso adonde iba la gente y llegó á la casa de Juan Díaz preguntando á todos por ella, y nadie le daba razón. Guiado por un fatal presentimiento entró á la casa y; se quedó abismado al oír la algazara y el bullicio que reinaba en el festín.
— Bien venido seáis, Capitán Hernán González, le dijo Juan Díaz; para vos, hay un lugar predilecto en este banquete.
—Mi hija es lo que busco, contestó Gonzalico^
—Voy á traérosla.
Entonces Juan Díaz se retiró, entró á la pieza en donde estaba Elvira, y tomándola de la mano, levantó una cortina y la presentó en el festín.
128 —
— Yedía todos, dijo. Ella misma ha venido á mí
casa.
El viej'o (íonzalko se quedó como herido por un rayo: los convid.ados echaron vivas á Juan Díaz y apuraron sus copas.
— ¡ Maldito seas, Juan Díaz ! dijo el viejo;. ¡ malditas sean tus riquezas!
— ¡ Ni Dios puede quitármelas, dijo Juan Díaz, ni Dios puede quitarme á Elvira!
Entonces un vago rumor empieza á oírse, la multitud grita en la calle espantada, el ruido se aumenta y se hace atronador y terrible, un viento colosal apaga toJas las luces y una ola inmensa de agua invade el salón y se lleva todo cuanto se le opone..
Una inmensa creciente del Bogotá se llevó con Juan Díaz la Casa grande y la ciudad de Tocaima.
Al día siguiente sólo se encentraron los dos cadáveres de los amantes abrazados en la playa y la imagen de San Jacinto flotando sobre las aguas.
La ciudad de^ los caballeros-de San Jacinto y situada después sobre una hermosa planicie en la orilla izquierda del río Bogotá, y teniendo el mejor temperamento de Colombia, con 30 grados de calor, y aguas termales de admirable virtud. La ciudad de Tocaima, con su escudo de armas y su título de noble y coronada villa, concedido por el Rey, se había quedado dormida en medio de la selva, desde poco tiempo después
-12^ —
de su erección, con sus casas pajizas y sus cercas de piñones, sin que nada ni nadie viniese á despertarla.
Sólo -bajaban á ella, de Bogotá, aquéllos ó aquéllas á quienes el doctor Merizalde les decía, visto el •desenfreno de sus costumbres: <(si no 'teméis á Dios, temed al gálico», y que para curarse éste venían á bañarse en el agua de Catarnica^ que era una verdadera piscina, mereciendo que se le hiciese por el doctor Gamba, un clérigo chistoso, la novena más original que puede leerse; y estos escasos temperantes sólo duraban allí algunos meses, llevando después un recuerdo tan 'ingrato de la ciudad, que iban á componer, unos La Tocaimada, poema setírico contra las costumbres del país, del que ponemos una muestra: «Estando trastornada mi cabeza Vino á verme una Musa socarrona,
Pero tal era el sueño y la pereza,
Que al principio creí que era una mona,
INIientras más la miraba, más asombro ]\íe cansó tan fantástica figura,
■No pudiendo atinar por más que hiciera,
Si era mujer ó bruja, ó qué cosa era.
En vano conjeturo, en vano pienso 'Qué diosa echa maíz á una cochina.
Cuyas enaguas blancas son de lienzo,
Y un calabazo por el aire bate Con su mano esmaltada de ca?'ate^
•Pero al fin, en roscado como un cuerno,
— Í30 —
Aunque lleno de miedo le pregunto:
«¿Eres alguna diosa del Averno,
O tal vez una ninfa de aquí junto,
Porque según tus armas y tu traje ■ Se te debe rendir tal homenaje ?»
«Tú eres, me contesta, un hombre perro,
V ¿.Quién habrá taií senc'llo que te crea,
Que ignores soy la diosa de este cerro,
La divina y pintada Garatea?
Por ahora te perdono : ven conmigo,
Esoúcha bien atento lo que digo
Tú serás el cantor de las bellezas * Que esta hermosa ciudad tiene en su seno, Relata lo que vieres, y al momento ‘ Obtendrás la alta fama de un jumento.
No temas que te acusen de borracho,
'Ni que digan que estás en desvarió'.»
Dijo: y tomándome la diestra al punto.
Me arrastré con tal fuerza y con tal brío,
‘ Que espantado quedé y medio difunto.
Ella entonces gritaba sofocada:
‘ «¡ Este sí cantará la Tocaimada !»
Llegamos, pues, á lo alto de'una loma Y guardando silencio, medio seria.
Por un gran agujero ella me asoma A observar la ciudad de veneria. j .Qué grandes voces di ! | Qué exclamaciones ! Al mirar los espinos y piñones,
«¡ Altos dioses ! grité; ¡ cuán admirado
En la presente situación me siento ! ’
Aquí ninguno morirá empachado,
¡ Pues excede la purga al alimento ! Tocaima la feliz ha conseguido Que nadie sea de cólico afligido.»
Mi grande-admiración la ninfa aquieta^^ Me aconseja que en todo sea prudente, ■
Y ‘sacando del seno una limetaMe brinda con un mate de aguardiente. «Siempre que tú, me dice, lo tomares. Tendrás más gloria que los Doce Pares.» .
Al instante este néctar delicioso De tal modo me pone trastornado,
Que al moverme de un lado cauteloso Boca arriba caí, del otro lado.
Sin bebida tan suave, ¡ cuándo hubiera Tan dichoso mortal que tánto viera !
Rómpese de improviso el alto cielo;
Suena un terrible trueno en el momento, Sólo se oye clamor y desconsuelo
Por el agua, por tierra y por el viento
Cada uno de los dioses alegaba Que reinar en Tocaima le tocaba.
Con grave majestad y señorío Prorrumpe el gran Tonante de este modo; — «Todo el mundo obedece á mi albedrío, A mi voz tiembla el universo todo.
— 132' —
Escuchad : la ciudad uo será dada, Ninguno de vosotros será el dueño, Antes bien quedaráse abandonada Por largos siglos á su torpe sueño.
De este modo ninguno de los dioses Quedará incomodado ni alligido, Dejemos que esas bestias tan feroces ’ Se queden para siempre en el olvido. No hagamos caso de esos animales Pues ellos no hacen caso de inmortales.
Al oír la maldición, súbitamente Lleno de susto y de sudor cubierto.
Desperté entre confuso y admirado,
Observando que todo era muy cierto Lo que aquella noche había soñado.
Así fue este gran sueño no entendido Y puede ser exacto lo fingido.»
Otros temperantes escribían versos- como este :
«En una como ciudad.
Unos como caballeros, .
En unos como caballos.
Montaban otros como ellos.»
Y- sin embargo Tocaima poseía los terrenos más fértiles, los sitios más hermosos y valores inmensos quo nadie conocía..
Traído al Interior el pasto de Guinea, el sefior D. Antonio Toledo, padre de numerosa fanailía que
se formó en Toaaima, puso una pequefiia manga^ que* fue como una revelación de su inmenso beneficio, y de que un día la Vega de Qonzalico, cubierta entoncesde espinos y llena de culebras, sería la más linda y valiosa propiedad, y de que al derredor de la ciudad solitaria, se levantarían grandes- haciendas, y resb dencias suntuosas.
Era D. Pablo Afanador un hombre sencillo y campechano, de Tocaima, educado en las antiguas costumbres, y habituado á no cultivar más terreno de sus extensas propiedades, que el necesario para una labranza de cacao, una platanera y e\ muy iúdis^^ pensable para los alimentos de la casa. Llegd á esaciudad el movimiento civilizador que lo dejó pasmado y atónito al principio, pero pronto entró en él, y poseyendo muchos conocimientos en las cosas de tierra caliente, en un momento les ganó á todos, y fundó dos ó tres haciendas en sus tierras.
Antonio Toledo y Cuervo, natural de Tocaima, elegante caballero, lleno de sal ática en la conversación, y heredero del valor de su tío, el Coronel Cuervo, quintado en Popayán durante la guerra de la Independencia, fue un hombre sumamente trabajador, Toledo abatió más montaña que todos los otros plantadores juntos; y apenas abría en una parte el bosque, provocaba compradores, vendía, y se iba á ^ otta. De tal manera trabajó, que todas Jas haciendas de Tocaima fueron de él, ó en ' todas dejó ^
liDa huella de su industria. Su familiar posee hoy la maguífica hacienda de Mesa de limones.
Süs dos hermanos, Bafael y Caupolicán Toledo, siguieron su ejemplo: el uno fundó la hacienda de Fortillo, en donde reside aún; y el otro, Caupolicán, con próspera suerte, después de haber trabajado en Tocaima, trasladó su familia á Bogotá, y hoy es due-' ño de la valiosa hacienda de La Mesa que circunda la población. ,
A Francisco, de Asís Mogollón, hijp del pueblo y como el laborioso^ modesto y sufrido, quien llegó á ser Coronel de la República, conquistando sus charreteras con dos heridas; valiente en la guerra, y trabajador en la paz, le debe Tocaima el cultivo de muchas de sus tierras, y lo que es más valioso, la colocación del puente colgante que hay allí sobre el río Bogotá, y que hizo venir de Europa el señor José^ María Saravia Ferro.
Gregorio Torres, Claudio Doncel, Luciano Afanador y muchos otros, merecen también jespecial mención, por haber sido de los hijos de esa población, los que más se empeñaron en cultivar la tierra.
Había un hombre llamado el carqtozo, porque en efecto tenía la cara azul y las manos con manchas blancas como de marfil, cuyo nombre no recordamos; pero que en concepto de los hombres de aquella época, era el que había tumbado más monte y sembrado más pasto en los alrededores de Tocaima. Nunca us^-
- 135 —
ba camisa, iba desnudo de la cintura para arriba, cubierto sólo con un pantalón de lienzo que no le lle*^ gaba á la cintura. Su cabalgadura era una yegua rucia, á iá que faltaban las dos orejas y era sorda; y su mónturá''una silla de dos cabezas sobre la cual extendía un cuero de ’óvéjo.' Las dos cabezas de la silla le servían para sujetar los lazos con que amarraba los enormes racimos de plátanos, que dos adelante y dos atrás llevaba de’ su estancia á la ciudad,* y así atravesaba la plaza cuatro veces al día.
El caratozo era padre de una infinidad de caráiocitos que detrás del abuelo iban á pie y llevando á la espalda cada uno su racimo de plátanos. Este caratozo, por un contraste singular, fue el fundador de Corinto.
A Cayo y á Juan José Ciarte les debemos un recuerdo: fueron compañeros de colegio, nos recibieron con amor siempre (fue bajámos á Tocaima; ambos ejercieron su profesión, el uno de médico y el otro de abogado en esa ciudad, fundaron des honradas familias, y cultivaron la hacienda del Punáy que habían heredado de su padre.
D. E ías Sarmiento también se estableció por estas regiones y fundó una hacienda en Tocaima, Quisiéramos poder trazar la biografía de cada una de estas notabilidades; pero si una generación entera se ha acabado sin hacer de ellos mención, si sus familias no han reclamado para ellos un puesto
— T3B —
Bn la hisfcona industrial HbI país, ¿ que podemos 'hacer nosotros que sólo queremos salvar sus nombres del olvido en que yacen ?
Andrés Torres fue fundador en Tocairaa de la hacienda de LaVirginiüj y Luciano Posada de La Balsa,
Quizás habremos olvidado sin quererlo á los más meritorios y á los más dignos, pues cuando escribimos nos atenemos sólo á los recuerdos de infancia y á algunos datos que hemos recogido. Otros más afortunados inscribirán en el panteón de los hombres útiles sus nombres venerandos.
El señor doctor D. José Antonio Umafía, hijo de un prccer de la Independencia, fusilado en la Villa de Leiva, y natural de Tunja, en donde había desempeñado los cargos de Rector y catedrático de Legislación en aquella Universidad; hombre ilustrado, ingenioso, activo y filántropo, enfermó en las regiones andinas, y vino á Tocaima en busca de salud.
Esta fue la Resurrección de Lazar pues á poco tiempo Tocaima lucía casas de teja, frescas y elegantes; tenía una espaciosa casa consistorial y dos escuelas; una buena prisión, y en todas las casas cocinas cómodas, fogones económicos, y á su ejemplo en las familias establecido ese .confort y esas ‘Comodidades que cuestan poco y hacen la felicidad.
El señor Umaña sabía de todo y era hábil para todo. Era abogado, ingeniero, constructor, médico y filósofo. Rozaba y ponía potreros en Corinto y la
— 137 —
Su ayaGona^ montaba nn ingenio de azúcar en Acuatá, y construía una famosa enramada donde puso el horno de elevada estufa que sirvió después de modelo para muchos otros; recetaba y curaba á los enfermos, consolaba á los leprosos, é instruía deleitando á todos los que lo rodeaban.
Espíritu recto, moralista severo, amigo amables filántropo sincero; fue el juez en todas las dificultades que entre los cultivadores se ofrecían, kaciendo respetar siempre el derecho escrito, que tan bien conocía, é impidiendo el despojo que los nuevos pobladores intentaran contra los antiguos dueños.
Dio asilo en su casa á muchos desgraciados leprosos en los momentos en que tenían necesidad de salvarse, pues no habiendo lazareto, éstos vivían enTocairaa, y el miedo al contagio hacía que la población se levantase furiosa á veces, contra los elefancíacos que se habían apoderado de la ciudad. Su hogar tenía algo de lo de los antiguos patriarcas, donde los viajeros encontraban hospitalidad, dividiendo de buena voluntad con ellos el pan de la familia.
Para él escribimos hace yá muchos años estos versos ;
Como dos ondas que á la mar rodando,
Y unidas lleva arroye cristalino,
Al llegar á espumoso remolino.
Treguas al sol quemante demandando,
El viejo sauce su ramaje alzando,
— 138--^
Sombra y amor les brinda en el camine^;,
Y las ondas siguiendo en su destino
Van de este sauce el nombre murmurando?.
Así también, la suerte de mi Rosa,
TJnida hasta la muerte, va conmigo,
Y al dejar á Tocairaa, la ardorosa.
Do la amistad nos dio sombra y abrigo,
La memoria guardamos cariñosa,
De nuestro viejo, ciego y noble amigo.
Los Latorres fueron llaiíiados por Emiro Kastos^ en uno de sus inmortales artículos, los Titanes de la_ industria^ sorprendido de ver los trabajos que habían acometido en tierra caliente; y como su memoria nos es. tan querida, y á ellos á j sus trabajos nos asociamos, queremos extendernos un poco para que su figura his^ tórica sea contemplada por las nuevas generaciones, á fin de que la envidia de su grandeza las obligúela hacer nuevos esfuerzos.
Los Latorres eran de una familia respetable del campo, y todos ellos vinieron á Bogotá, recibieron educación y siguieron una carrera profesional. Alejo y Evaristo fueron abogados, Eustasio y Cándido médicos, José Antonio é Ignacio, agricultores.
^ran todos los Latorres gallardos mozos altos y, fornidos, montaban bien á caballo y lo^ tenían famosos ; no apretaban la bolsa, y, por eso tenían mucha popularidad entre los cachacos y concluida que fue su carrera en los colegios, dedicáronse al
caaapa,eX)Cepto Alejo^que regentó por mucho tiempOj con lucimiento, la clase de Legislación en el Colegio del Bosario, y que fue Bepresentante al Congreso ,y Dipotado á la Cámara de Provincia. Al fin de fine?, vinieron como todo prójimo á sembrar pasto á estas regiones. Fueron Alejo y Evaristo.dueños de la hacienda de San FedrOy ingenio de caña, eael municipio de La Mesa, la cual mejoraron considerablemente, y luego compraron al señor Antonio Tobar la hacienda del Peñón, en Tocaima, empezando á descuajar montaña y á sembrarla de pasto, con tal audacia y tal empeño, que arrancaron á Bestrepo la expresión que yá.hemos mencionado.
Evaristo de la Torre allegaba fondos para los trabajos de las haciendas, y Alejo de la Torre diri-, g'a los de tierra fría y tierra caliente : compraba los ganados y los ponía en movimiento, de Casanare. á Tocaima, los fiacos que debían engordarse, y de Tocaima á Bogotá los que debían matarse; pero, siempre había en el camino una manada de ganado de los Latorres, que subía ó que bajaba.
EJ trabajo iniciado por Franklin, el sencillo, y noble patriota americano, y continuado por- los moralistas ingleses modernos, entre los cuales se distingue Stuart Mili, de formar hombres elevados y. dignos, capaces de cumplir todos sus deberes so- , ciales y, de llenar la posición, en que la suerte ó la casualidad los coloque; este trabajo nos ha parecido .
---140—
siempre el más útil y el más fecundo de nuestro siglo, que ha desprendido la moral de las antiguas ligaduras, y que busca en hechos prácticos la mejora social.
Y de todas las obras de Stuart Mili la que más apreciamos es El Carácter , la cual debería leerse siempre en familia y estar en todos los hogares. Y si tanto estimamos las enseñanzas morales de tan distinguidos autores, puede calcularse nuestra admiración por los hombres que realizan esos bellos ideales y que son un ejemplo vivo y amable de honradez, de probidad y de virtud.
El carácter de Alejo de la Torre era elevado, digno y austero. Jamás dijo una mentira y no engañó á nadie. Su palabra era una escritura pública, y nunca le dio la mano á quien hubiera cometido una falta social. Austero republicano y liberal por obra de la ciencia y de la meditación, fue también, como esposo, ejemplo, y como padre, modelo.
Eustasio de la Torre era el más distinguido entíc los hermanos, por ser el más buen mozo y por sus exquisitos modales,, su trato caballeroso, aire franco y genio chistoso.
Casóse muy joven en Bogotá con la señorita Eosa Narváez, educada en Cartagena con el esmero y atención de las antiguas familias, y que al llegar á la capital deslumbró por su gracia y elegancia.
— 141 —
A ella le decía Germáu Piñeres en un banquete: Rosita, allá en Cartagena 'Fuiste la primera flor,
Y aquí al'piede Monserrate,
Eres de damas honor.
Sn casa fue el centro de la buena sociedad, del tono aristocrático y delicado, y formaron una faniilia que luego ocupó su puesto dignamente.
Eustasio de la Torre, tan trabajador como sus hermanos, fundó la hacienda de Amala en el distrito de Tocaima.
Asociáronse á la compañía de Alejo y Evaristo de la Torre, Federico y Medardo Eivas, dando grande extensión á los negocios y aumentando '^el círculo de las especulaciones. Eecibían mercancías de Europa ; tenían la hacienda de Cortés en la Sabana; continuaron con la hacienda de San Pedro^ de miel de ícaña ; compraron el aumentaron la hacienda
del Peñón; compraron los inmensos y fértiles torremos de Casas-viejas, se 'hicieron dueños del Gramatotal, frente de Ambalema, y de El Diamante en Lérida; y la compañía de Latorre y Kivas tuvo alguna resonancia, y gran riqueza ; pero Alejo de la Torre fue herido por la suerte, y cayó enfermo, á consecuencia de las frecuentes entradas y salidas de la tierra caliente ; y la sociedad se habría acabado, .y todo desquiciado, sin el Atlas, .nacido para llevar .un mundo entero de trabajo sobre sus espaldas; sin
— 142 —
Federico Kivas, quieú pasínó á todos los que entonces trabajaban en tierra caliente, por su actividad, energía, constancia y facilidad en el trabajo.
De día, en medio del bosque y animando los trabajadores, señalando la tarea del día siguiente y dirigiendo la toma que debía seguir cierto curso para regar el cacaotal que se iba á sembrar en Casas viejas, ó el ingenio que iban á montar en San Pedro; y cuando todos iban á descansar, él emprendía viaje; á media noche se le veía por los caminos desiertos, y al amanecer aparecía en otra hacienda en donde sus cuidados se necesitaban.
A veces se detenía en el camino y entraba á una choza miserable, alumbrada por un candil alimentado por aceite de higuerilla. Era que allí agonizaba una mujer y llegaba á tiempo para salvarla, con una operación tan sabia como delicada, ó era un infeliz -que tiritaba de fríes, á quien le dejaba quinina. Divas era un médico eminente en concepto de los doctores Pardo, Vargas, Maldonado y Riomalo.
Federico Divas tenía un vicio, ¿quién no lo adquiere en tierra caliente, viviendo en la soledad, el alma triste, y lejos de todosdos seres amados ? Su vicio consistía en investigar todas las desgracias para consolarlas, todos los dolores para aliviarlos, todos los sufrimientos para tomar parte en ellos; y no vivía para sí sino para los que padecían, imponiéndose la obligación de cuidarlos á todos como á ios miembros
— 143 --
Í8 £U familia, y de no tener ni una hora de reposo ni de descanso, porque estas horas Ies correspondían de derecho á los desgraciados, y de éstos habían tántos en las regiones que él tenía que recorrer ! -
¡Pobre hermano nuestro ! Vivió trabajando y haciendo beneficios, y murió pobre;- pera colmado de las bendiciones de los desgraciados; y mientras que la memoria de muchos de los^ricos que antes había en éstas regiones, se ha olvidado- yá, muchos .recuerdan aún los beneficios que les hizo el doctor Federico Rivas.
¿ Es bueno ó es malo ser bueno ?
Para que se forme una idea del cariño que á Evaristo.de la Torre profesábamos, colocamos aquí el discurso pronunciado ante su cadáver.
«La separación entre suspiros y lágrimas; la ausencia eterna, aterradora y terrible, y el olvido triste y melancólico, pero inevitable, como es - inevitable el que una onda borre las huellas de lo que yá pasó, esta es la muerte.
Asistimos á la primera escena de este drama lúgubre de la naturaleza; lloramos la separación de nuestro querido amigo Evaristo de la Torre; pronto una capa de tierra cubrirá á nuestros ojos su cadáver, jamás volveremos á estrechar su mano generosa, ni en la felicidad ni en la desgracia; y antes de que el olvido, hermano del silencio que reina en esta morada y que agiwrd^^^ á la puerta los huéspedes para , acom-
— 14i’—
pai&rlos en los días do triste soledad y' en sus nochesde duelo de tinieblas; antes do que el olvido borre las páginas de una larga vida de virtudes y merecimientos, vengo á dar testimonio de la verdad, y mi adiós de despedida al leal amigo, al buen ciudadano, - al obrero infatigable.
Dotó la naturaleza al hombre cuyo cadáver contempláis, con muchos dones : vasta y poderosa inteligencia, calma serena y figura varonil y hermosa, tan dulce, que en tiempo de Jesús y á las orillas del mar de Galilea, lo hubieran, sin duda, tomado por uno de sus discípulos. Pasada la juventud, el tiempo, ese obrero misterioso é infatigable que todo lo crea, todo lo cambia y todo lo destruye, hizo de él un anciano venerable, á quien todos respetaban, porque al mirarlo se creía descubrir algo de la sencillez y de la majestad romana.
Hay, sin duda, almas predestinadas para el bien, corazones preparados para la virtud, espíritus generosos que felizmente florecen aquí abajo para derramar los beneficios, como florecen los árboles en nuestras montañas para derramar generosamente sus perfumes en medio de la noche. No de otro modo puede explicarse la vocación del misionero abandonando patria, familia y porvenir, para ir á los desiertos á propagar la luz del evangelio; y no de otro modo puedeexplicarse una vida de trabajo incesante, de virtud infatigable, de amor. supremo, de abnegación y sacri-
— 145 —
ficias como la que llevó Evaristo déla Torre mientras estuvo en la tierra.
Trabajar, trabajar,- trabajar sin^ descanso, sin sosiego, como una necesidad, como un consuelo, como una obra de redención y de merecimientos; trabajar por el inválido y por el ciego, por la débil mujer, y por el que no puede hacerlo, es sacar la tarea: al trabajo de ayer sustituir el trabajo de hoy y preparar el de mañana; y con el producto del trabajo aumentar la riqueza nacional, matar la miseria, extinguir el vicio, ahorrar dolores, enjugar lágrimas y derramar los tesoros de su amor y de su caridad en su familia, en sus hermanos, en sus amigos, en sus compañeros, en los necesitados, en los que le pedían y en aquellos que no le pedían, pero cuyas necesidades su corazón generoso adivinaba.
El tendió sobre la hermosa sabana el camino de ruedas que une á la capital con el Occidente; él arrancó de su seno inmensos tesoros de fecundidad; y contemplando triste la multitud hambrienta y miserable que agrupada estaba en el interior, tomando como báculo la vara de la industria, ¡seguidme, le gritó! y se fue á las montañas, mansión antes de enfermedades y de fieras, abatió los bosques, los cubrió de praderas, dio trabajo á la multitud, y entregó á la civilización del mundo y á la riqueza nacional esas grandes haciendas que fundó en la tierra caliente, y donde pastan hoy mi-
— 146 -
llares de reses que dan carne á los ricos y maíz para 3 los pobres.
Evaristo de la Torre no creía que en una República el ciudadano cumple xon su deber apartándose, egoísta, de las luchas inevitables en la democracia; ni . que se debe saludar á César, triunfador, ó doblarla rodilla ante la injusticia de los siglos; por eso se le vio figurando en, todos los acontecimientos políticos de su , época, asociándose descorazón á todas las reformas, á todas las innovaciones y á todos los pensamientos que en su concepto engrandecían , la patria ó fundaban la libertad.
Pudo equivocarse en el partido que escogió y en el camino que siguió. La luz es del porvenir, y él juzgará esta época agitada y tormentosa, llena de rencores y de odios, y en la que tánta sangre se ha derramado y tántos sacrificios se. han hecho; pero siempre habrá justicia para los obreros del progreso, y misericordia para los que trabajaron ,en las tinieblas y que fueron guiados sólo por su amor á la verdad.
El Gobierno le ha decretado con justicia honores al General de la Torre, aunque éste era el, último de sus títulos á la estimación pública y al recuerdo de la posteridad. Evaristo de la Torre no fue militar asalareado, fue un virtuoso ciudadano que asumía el título de General en los momentos de supremo peligro, para defender al Gobierno legítimojó á la causa de sus con-, dicciones. La gloria militar con su prestigio eterno
147 —
jamás pudo cegarlo. La gloria levanta y engrandece, pero pervierte con frecuencia; y él anduvo siempre por la senda trazada por la justicia y marcada por la ley. La gloria levanta émulos y rivales, y él no buscaba sino hermanos; la gloria es luz y fuego, y ella hubiera, quizás, quemado la frente del modesto ciudadano,
Evaristo de la Torre, como lo hizo en 1854, en 1861 y en 1876, levantaba ejércitos con el prestigio de '^su virtud y su valor, hacía rudas campañas, asistía á las batallas, aguantaba las balas y la metralla como un viejo granadero,* ayudaba á la ’ victoiia, y luégo, sus contrarios lo olvidaban todo, estrechando su mano de amigo; y sus compañeros, sus amigos, olvidaban también que él había ayudado á salvar las instituciones y á fundar la democracia.
El asistió á los congresos y ayudó á establecer sobre las bases de la justicia y de la economía el crédito público de la nación; y con ese instinto feliz, con ' esa visión clara que son privilegio de los hombres de Estado, ayudó también con sus consejos á los Presi* “deiites á gobernar la República.
Mi alma está profundamente conmovida; y el '^dolor no tiene otro lenguaje que el de las lágrimas, ' ni más ecos que los gemidos y los ayes; por esto ‘ en vez de una oración fúnebre digna del ciudadano á quien tributamos los últimos honores, sólo habéis escuchado de mis labios el triste adiós de un amigo en la eterna despedida.»