Los trabajadores de Tierra Caliente : (reminiscencias) · Capítulo real 10 de 15

CAPITULO XI

Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 2 tramos técnicos para mejorar el rendimiento.

CAPITULO XI

E N tantos viajes como hemos hecho á tierra caliente, hemos podido estudiar el adelanto que ha habido en los lugares de tránsito, y esto nos da motivo para colocar aquí nuestras observaciones.

LA POSADA Y EL HOTEL

Achaque de viejos es, y querer librarnos de él sería cosa imposible, como lo hubiera sido querer librarse del dengue ó influenza : achaque, decimos, es de viejos, alabar los tiempos pasados y vituperar los presentes: ensalzar las virtudes antiguas y condenar los vicios reinantes; ponderar los méritos de los contemporáneos y denigrar los defectos de los jóvenes; y alabar las cualidades y hermosura de las mujeres de antes y exagerar el lujo, disipación y coquetería de las de ahora; y cosa que hace reír, al escucharlos, hasta el clima ha cambiado, la raza ha degenerado, y el carácter ha sufrido una funesta transformación. Ilusiones, cuentos, mentiras de los viejos.

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^“^Antes, dicen, no había tifo porque no había esos fmiasmas tieletéreos que envuelven la ciudad^ }' sí había agua limpia ó sucia por todas partes para que la gente del pueblo la llevara á sus tiendas, tuviera desahogo y lavara á sus muchachos. El gas no existía, es verdad; pero por lo mismo no se escapaba per todas partes envenenando la atmósfera, produciendo náuseas y preparando la tisis para el pecho de las ninas. No se habían construido las alcantarillas que llevan la infección ó los patios de las casas, transmitiéndose de ahí á las alcobas; y la plaza de mercado no era un foco de pestilencia é infección. Todos vivían aquí sanos, y los hombres y las mujeres se morían de pulmonía ó de viejos.

— Ahora la anemia es común, y otras rail enferme, dad es que no se conocían, son el patrimonio de una generación débil, en la cual la vida sedentaria en las mujeres, y la de los clubs, cafés y restaurantes, que están siempre llenos; las casas de tresillo, en donde se juega de claro en claro y de turbio en turbio, y sobre todo los licores, de los cuales hay una tienda en cada esquina, arrebatan á los hombres en flor; y poces habrá de estos jóvenes que lleguen á los sesenta años.

— Antes, afirman, si un caballero necesitaba dinero, un amigo le servía y le daba el dinero sonante que le pedía; mientras que ahora, si tal caso ocurre, hay que ir adonde un usurero, quien exige escritura é hipoteca, y á no ser que se haya preparado una trampa por

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el que pide prestado, la hipoteca pasa á sar propiedad del prestamista.

— ¡Qué bellezas las de entonces ! y se les vuelve la boca agua. Las mujeres, frescas como flores y provocativas como frutas en sazrn, eran sanas y robustas ; su trato suave y sus maneras fáciles y elegantes cautivaban á los muchachos, quienes se creían dichosos tomándolas por esposas. Hoy todas las niñas están cloróticas y tienen un aire encogido y enfermizo; se visten, es verdad, a la parisiense; pero, cual si tuvieran miedo de dañar el traje ó de descomponer el peinado, se convierten en estatuas, siempre inmóviles y raudas; y sobre todo, la hola de Venus, la Veloutine de Fay y los polvos de arroz, las desfiguran y las matan; y caso ha ocurrido en el que el frac negro de un caballero haya quedado blanco de polvos, después de haber bailado valse con una señorita.

Y á propósito del baile— añaden — las muchachas han ganado en lujo lo que han perdido en diversiones y probabilidades de casarse; que antes había reuniones de buen gusto en las casas de las familias principales, conciertos privados y paseos á las quintas vecinas, donde Cupido hacía de las suyas; mientras que ahora los jovenes y las señoritas no se encuentran, no se tratan nunca y no se aman; y si algún matrimonio se hace, es porque ol hombre (todos los hombres son argonautas y andan en busca del vellocino de oro), es porque el hombre ha hecho bien. la cuenta de lo

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que tiene papá; y la niña (porque las niñas saben también contabilidad), la niña, por su parte, ha hecho la cuenta de los aderezos que tendrá y de los trajes que podrá gastar.

Esto dicen todos los viejos en son de crítica.; pero son exageraciones y quizás cuentos. Vamos á echar nosotros uno.

Nuestro padre, cuando éramos zagalejos, resolvió llevar á toda la familia á una hacienda de que era dueño, cerca del pueblo de X, que entonces era una alegre aldea, y hoy, pasados los tiempos, es una como ciudad con unos como caballeros; y en el camino era jornada cabal desde Bogotá, la que se hacía hasta la Venta de Martina, situada en la mitad del Monte del MorOy famoso entonces por los peligros y dificultades para atravesarlo; y en la cual^venta pernoctaban los arrieros que de la sabana iban con papas y harina, y los que de la tierra caliente verían con miel y con maíz.

Serían las cuatro de la tarde cuando, descendiendo la montaña, que la niebla invadía por todas partes, envolviendo los árboles con un velo tembloroso y fantástico, mostrándose el sol en Occidente pálido y triste; serían las cuatro cuando alcanzamos á divisar á lo lejos, como en un cojín de verdura, la espaciosa casa pajiza de la venta, de la cual se levantaba una columna de humo blanquecino que se mezclaba con la niebla y se disipaba en la atmósfera. Los niños dimos un

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grito de alegría; las señoras, que, cansadas del viaje^ iban inclinadas sobre la montura, se enderezaron contentas; las criadas, que se habían quedado atrás, apuraron solícitas; los arrieros redoblaron los gritos, y las muías, enderezando las orejas, aligeraron el paso, y nos pusieron pronto al frente de la Venta de Martina.

Impresa está en nuestra memoria la tal casa y vamos á describirla, porque de ella ya no queda ni la tradición; y es muy grato hablar de lo pasado, que siempre aparece hermoso y Heno de encantos para el que fue feliz.

Era la casa muy grande: al frente tenía un corredor con barandas de madera sin pintar y con puertas en algunos intervalos; y cuando llegámos, de las columnas que sostenían el corredor estaban atadas muchns Le=tias, mientras que los arrieros bebían chicha en la tienda. Una de ellas, á lo que nos acercamos, disparó una descarga de coces, y con una le acertó en la rodilla á la criada. Esta puso los gritos en el cielo: las señoras se aterraron, los niños gritaron, los arrieros renegaron, y se extendió la confusión y el' desorden en todo el campamento. Al lado de la casa había unos hermosos borracheros de flor colorada, un guayabo cargado de frutos, que empezámos á coger desde á caballo, y un sauce llorón que formaba el paisaje. Al frente estaban unas enormes piedras, rodadas, sin duda, de la montaña, cubiertas de un suave musgo como

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terciopelo, y en ellas, ágiles y ligeras, las jóvenes se fueron desmontando, dejando ir las caballerías ensilladas y con la brida suelta, lo que produjo también rumor, porque enredándose éstas en las riendas, y tratándose de desenredarse, brincaban espantadas y se llevaban por delante criadas, muchachos y equipaje.

Nuestro padre después de haber desmontado de la muía á nuestra madre, y conducídola de brazo al corredor, pues apenas podía dar paso, según de entumida y estropeada estaba,* se dirigió á la tienda y desde afuera gritó:

— ¡ Buenas tardes, Martina f

— Buenas se las dé Dios, señor D. José María; prosiga para más adentro, le contestó la ventera.

— i Nos hace el favor de darnos posada ?

— ¡ Cómo nó ! Ahí pasarán una mala noche.

— I Y hay potrero para las bestias ?

— Sí, señor; hay de dos clases: uno de á cuartillo, que está algo limpio, y otro de á medio, que está bien pastado y que es seguro; pero prosigan, que estarán rendidos con tan mal camino. Entren y se sirven una copita de mistela.

En la tienda, al frente y sobre los estantes, teniendo por detrás latas que los hacían reflejar, había un ejército de botellones de cristal claro llenos de topacios líquidos, esmeraldas y rubíes, que esto parecía la mistela de diversos colores que contenían, y que alternaban con los de anisado transparente y puro.

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El mostrador era una barricada interpuesta entre el público y la ventera; y sobre éste había varios píatos llenos de encurtido de ají, y muchas totumas coloradas con dibujos -y borde dorado: unas vacías y otras llenas de chicha.

Enormes ollas y grandes barriles estaban repletos de este licor en todo el recinto de la tienda; hervían como si estuviesen al fuego, y se levantaban grandes burbujas que, al reventarse en la superficie, producían un rumor sordo y constante.

Una larga vara atravesaba la tienda en la parte alta, y en esta vara estaban colgando cecina de res, las costillas de marrano ahumadas, manteca dividida en cuartillos como cuentas de rosario, salchichas frescas y excitantes: longaniza, salchichones y todo cuanto puede fabricarse con carne de marrano para provocar el hambre de los viajeros. En otra vara que detrás de esta había, estaban colgadas las velas de sebo en pabellones simétricos; detrás estaba otra con voladores, triquitraques y cohetones; y más allá otm de la que pendían cedazos, balayes, coladores y camisetas para indios. Todas estaban garantizadas contra ratones por medio de totumas resbaladizas, ensai tadas en el uno y en el otro extremo.

Milagro era que D.^ Martina, que era una mujer alta, robusta, ancha de pechos y abultada de vientre, cupiese dentro de aquel recinto tan estrecho, repleto de cajones, canastos, ollas y barriles, y escom-

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brado de azafates con chocbláte molido, colaciones, cartuchitos de canela, de jiimienta y de corriinos; rodeado de estantes, en los qno había yerbas atomáticas, mercancías y remedios, y en el cual colgaban dél techo fique, lazos, lajitas, cinchas, enjalmas y riendas de rejo. Milagro era, y no nos arrepentimos de asegurarlo, no sólo que cupiera, sino también que se meneara la ventera, y que con otra muchacha que le ayudaba, solícita y ligera, pudiera atender al exigente despacho de la tienda; pidiéndole unos merienda, otros chicha, aquél una aguja de arria, éste dos panes de á cuarto y una mitad de chicha. Y mientras que éstos pedían queso, aquéllos venían en solicitud de un ajuar de niño para un bautismo.

Pero ¡ qué habilidad ! | qué destreza ! Sin menearse de un puesto, y extendiendo á uno y otro lado los brazos, sin mirar siquiera los objetos, iba alcanzándole á cada cuál lo que pedía. D.^ Martina vendía lo suyo y exigía el pago, y muchas veces ni aun le pagaban.

Abrieron la sala de la posada para que entrásemos; y como de estas salas yá no quedan, permítasenos una digresión arqueológica enojosa, sin duda, y algo como un discurso académico.

Era grande, muy grande, oscura y húmeda, esterada con esparto, blanqueadas con cal las paredes, y el cielo raso de primitiva construcción y feo aspecto, del cual pendían multitud do cucuruchos de papel

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rosado, con piquetes y labrados, colocados con el propósito de que las moscas se pararan allí; pero medida inútil, porque las moscas hacían lo que querían; y así lo acreditaban el cielo raso, las paredes y los muebles que estaban sucios, muy sucios, horriblemente sucios.

Al frente había una mesa ó altar, lleno de santos de retablo, viñetas y grabados, y en el medio una especie de nicho que se abría y se cerraba como un sagrario; dentro de él estaba de bulto una Nuestra Señora, y en el interior de las puertas, esculpidos y de medio relieve, San José y San Antonio. Había también dos floreritos ó linteres con flores viejas de trapo, y muchas petaquitas de paja.

Colgado de la pared, en una testera de la sala, estaba un gran retablo, que entonces dijeron que era Santa Lucía, y ahora se me ocurre que era una mala visión. Le habían sacado los ojos, y la pobre santa los mostraba complacida en un plato de plata; estaba atada, pero. adornada con un co lar de cuentas de vidrio, para lo cual habían roto la pi..tura. En el otro extremo había una palma bendita, seca y empolvada; pero lo que más llamaba la atención eran unas láminas iluminadas de la novela Atala^ que eran también las que más devoción inspiraban á los moradores.

Pocos momentos después de nuestra llegada entró una criada, envuelta en una mantilla de frisa, y tapada hasta los ojos, trayendo un plato con copitas, un frasco dorado, lleno de mistela color de azaffán, y un

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azafate con colaciones de todas clases, y rebanadas de queso mantequilludo. El frasco nadie lo destapó, pero los bizcochos desaparecieron por obra de encantamiento.

Entre tanto los arrieros descargaban el equipaje, que era de muchas cargas; y las muías, aliviadas del peso y libres de las enjalmas, se revolcaban sabrosas en el polvo, ó mordían ávidas la grama: otras aguardaban pacientes, como los pobres, á que les llegase su hora de descanso; pero una, más cansada quizás, se echó con las petacas y rompió toda la loza y el cristal que en ellas había.

Mientras que los muchachos limpiábamos de frutas el guayaba, las niñas, yá crecidas, se pusieron á leer los letreros de que estaba íntegramente cubierta la pared de la venta, muchos de los cuales eran sentimentales; pues como el pueblo X es lugar de veraneo, los pasajeros, hombres y mujeres, hacían á las paredes confidentes de sus amores y de sus secretos :

«Ignacio Carranza consagra un recuerdo á la memoria de días de ventura y de calor pasados en el ardiente X.»

«Bi bá la Ifber tá.»

«Maldita seas mujer No ves que tu aliento mata Si has de ser mañana ingrata,

Por qué me quisiste ayer.»

«Los cachacos Finieterra y Oabrales fian y no pagan.» «Aquí estubimos oi felises la Chata, Pachita y yo.»

“«Laiíaénta mi destino y no maldigas mi perfidia. — Eltaa.i^ cRomán Riñeres es un bobo.»

“ Corazón que te conswe?as 'Con el mundo y sus anteojos Corazón ábre los ojos Mira que en el mundo ruedas j'’

Estos y muchos otros letreros había en la pared, amén de multitud de pinturas hechas con carbón y tierra colorada; unas representaban la Sirenita del mar, otras el Paraíso terrenal y otras un Palacio de ‘Constantinopla, según decía debajo de cada una de ellas.

Los peones, con mil trabajos, lograron meter por la angosta puerta de la sala el enorme almofrej que pesaba horriblemente, y las criadas empezaron á desocuparlo para arreglar las camas, en esta forma :

Para los esposos, en la contigua alcoba, sobre una cama que debió ser de los patriarcas; y al pie de ésta para las niñas grandes; y para los muchachos en la sala, extendiendo en el suelo esteras de chingalé para salvar los colchones, y echando bastantes cobijas para preservarnos del frío de la montaña, que, como niebla, se entraba cada vez que se abría la puerta.

Al anochecer encendieron una vela oscura y triste, colocada en un candelero de cobre, largo y sucio ; vela que parecía aumentar la extensión y oscuridad de la sala, en la cual todos nos habíamos refll-

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giado, tiritando de frío ; y á poco rato empezó un en trar y salir de indias envueltas en las mantillas, indios enruanadosy y chinos maliciosos, trayendo y poniendo manteles, platos, cubiertos y botellones sobre Is mesa, como si fuese á servirse una cena para un ejército; todo con cuchicheos, secretos, señales, afán, y desconcierto. Al fin, como en solemne procesión acompañada de veteranos, aparecieron varios indios conduciendo una cazuela de hirviente sopa de pan con rebanadas de huevo cocido, por encima; una sopera rebozando de mazamorra ; bandejas sobre las cuales se extendía el suculento puchero, compuesto de infinita variedad de carnes y de legumbres ; platos con arroz seco empapado en manteca y adornado con tajadas de plátano maduro frito ; una costilla de cordero asada, machos y grandes panes ; y por último, cuatro botellones de chicha angarilla y transparente.

Si comimos ó no comimos, lo dejo al juicio del discreto lector. Nosotros habíamos hecho muchas leguas de viaje ; éramos muchachos y la comida estaba exquisita y bien cocida.

Varios de los muchachos, rendidos del cansancio, y quizás por consecuencia de los humillos de la chicha que se les subió á la cabeza, se fueron quedando dormidos sobre la mesa; otros alcanzaron á tirarse, vestidos, sobre las camas ; y mi madre y mis hermanas tuvieron que empezar la tarea de alzarlos para conducirlos á su lecho, desvestirlos á todos, meterlos debajo de las cobijas y abrigarlos bien.

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Del profundo sueno en que yacíamos nos sacó el canto armónico á diio de un bambuco caucano cantado por antioquenos, acompañados de guitarra, y cuyo canto, de acuerdo con la naturaleza y con el lugar en donde nos encontrábamos, era como el eco de la noche que repetían las montañas :

“ Te quiero como á mis ojos,

Más que á mis ojos te quiero,

Pero más quiero á mis ojos Porque mis ojos te vieron.’’

Versos como éstos eran los que cantaban; y oyéndolos con sabrosura, bien arropados y soñando con la felicidad, continuámos durmiendo, hasta que la luz que penetraba al través de las rendijas de la puerta, el ruido de las caballerías en el corredor y los gritos de las criadas para que nos levantásemos á fin de arreglar las camas y echarlas en el alraofrej, nos sacaron del profundo sueño en que estábamos.

La mañana era hermosa. El sol, apareciendo sobre la cima de la elevada montaña de Oriente, iba desgarrando las cortinas de gasa con que la niebla había cubierto el bosque por la noche ; los árboles se sacudían verdes y húmedos al impulso de la brisa matinal ; los reflejos de la luz que se deslizaba al través de las hojas, y las sombras que reiuaban aún en el fondo de los collados, daban color, vida y amor á la naturaleza. Cantabau rail pájaros en el bosque á un

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mismo tiempo, produciendo una armonía imposible pintar; las gallinas de la posada cacareaban felices, las bestias relinchaban en el potrero al ver salir á sus compañeras, y el caer de una cascada vecina, todo llenaba de ruidos y de alegría la campiña.

Llamáronnos á tomar el desayuno, que se componía de huevos estrellados, costillitas de marrano, papas y plátanos fritos, pan en abundancia y sendas tazas de chocolate aromático y caliente. Apenas acabámos, preguntó mi padre cuánto se debía por todo; y Martina, temiendo pedir una exageración, excusándose de lo mal que habíamos sido servidos y, de lo. pésimamente alimentados por haberla cogido de improviso, haciendo minuciosamente la cuenta del potrero y de lo que habían pedido los arrieros y los criados en la venta, dijo, que valía todo diez y ocho reales !

Montámos en nuestras bestias, y marchando adelante las criadas y el equipaje, al partir gritámos todos, de despedida y alegres: ; Adiós, Venta de Doña Martina !

El tiempo pasa breve, y para mí tan veloz, que ahora soy quien, como padre de familia, voy con mis hijas é hijos á la misma hacienda, que conservamos por fortuna, y que está llena de recuerdos y sembradía dichas..

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'De Bogotá en ferrocarril á Facatativá jugando^ sin sentirlo, sin saberlo, como en un sueño, se va: las señoritas elegantemente vestidas, con sobretodos de paño, guantes de Suecia y sombreros adornados de plumas y de flores. Yá no es un viaje, es un paseo, cuestión de minutos, con toda comodidad y decencia.

En Facatativá, cambio de decoración: las señoras se ponen trajes de amazona, sombreros á la inglesa y guantes con manopla, para montar en hermosos caba» líos que piafan, se encabritan y relinchan. Los hombres con casco á la Cambell, cazadoras de paño gris^ guantes de ante y botas altas. Los niños, como jockey en galápagos lisos y en cuerpo gentil, como para ir á las carreras.

Los caballos no andan, sino que vuelan, bajando la montaña descuajada de árboles y convertida en magníficos potreros á uno y otro lado. El Monte del Moro cambiado en un camellón, debido, según dice la inscripción puesta en una enorme piedra, «Junta de caminos — 1872 » ¿ Y la Venta de Mar~ tina ?

Ay ! A la Venta de Martina le sucedió lo que á, ciertas instituciones del pasado : la humanidad 'tomó por otro lado y las dejó abandonadas; el trazado del camino se hizo por otra parte, y la Venta quedó ‘rezagada, sin que alcance á restaurarla la más audaz aspiración. ¡ Triste cosa para los vieios, pero cosa dn- ^evitable!

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Kecogiendo flores á la orilla del camino, observando parásitas, contemplando el hermoso panorama de la tierra caliente que d lo lejos y á nuestros pies se descubría, y caminando aprisa, á las tres de la tarde llegámos á la ciudad de X, y las herraduras de los caballos hacían resonar las baldosas del hotel.

HOTEL DEL universo”

dice en una gran tabla puesta al frente del establecimiento, al cual se entra por una portada que puede dar paso á cuatro caballos á la vez, y que comunica con un espacioso patio, el en que nos encontrámos reu. nidos y contentos todos los de la familia.

Salió á recibirnos un caballero muy garboso y muy ceremonioso, haciendo grandes cortesías y extendiendo la mano á las señoras : vestido como para baile, pero con chinelas bordadas en anjeo y gorro turco colocado de medio lado.

Un criado, sin ruana, trajo un asiento para que las señoras pudieran bajarse del caballo, v otro fue tomando de la brida las cabalgaduras.

— ¿ Nos da usted posada ? le dije al hotelero.

— De mil amores, me contestó, toda la casa está al servicio de su interesante y apreciable familia.

— ¿ Y hay potrero para las bestias ?

— En el pesebre quedarán muy bien, y listas para la hora en que el caballero — cuya gracia me hará el honor de decirme — las necesite. Yo me llamo

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Polidoro Rizo, para servir á usted y á tocia su distinguida familia, cuyos pies beso.

— Mil gracias, señor, le contesté ; por ahora lo que deseamos mi mujer, mis hijas y yo, es descansar.

— Sigan ustedes, mis apreciables. señores al salón de recibo^ allí estarán muy confortables, y pueden las bellísimas señoritas recostarse en los divanes.

Entramos al salón de recibo, escueto, desamueblado, ventoso, teniendo por adornos una araña de cristal en la mitad del techo, cuatro mesas y cuatro espejos, dos lámparas para petróleo, dos canapés duros, y forrados en damasco, y media docena de silletas que hacían juego con los canapés.

El señor D. Polidoro se entró de rondón con nosotros y tomó asiento, sacudió la cabeza para echar atrás la bcrla del gorro, que á cada instante se le iba sobre los ojos, y empezó un interrogatorio tan riguroso cual si fuésemos nosotros reos de algún delito.

— Como que tuve el honor de ver á estas honorables señoritas paseando en el Parque de Santander con su respetable madre en una ocasión en la que estuve en Bogotá. ¿Verdad?

— Es probable.

— ¿Cómo está el Parque? ¿ Muy lindo ?

— Sí; muy bien cuidado.

— ¿Qué tal el Teatro Municipal?

— Bastante bueno.

— Estas amables señoritas, ¿ qué ópera prefieren?

— La Travia-la.

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Interrogatorio empalagoso, que duró tres horas» ^Imposible de que mi esposa se reclinara á descansar í ni de que mis hijas se aflojasen los vestidos para refrescarse.

Por salir de este impertinente, le dije: — Quisiera alguna bebida ó frutas para los niños, porque 'están con mucha sed.

— Inmediatamente, tendré el honor de que se les sirva.

En efecto, no habían pasado cinco minutos cuando el criado se presentó con una botella de brandy, y varias copitas, y detrás el ceremonioso hote’ero quien personalmente fue vaciando el contenido.

— No, por Dios! le grité, mis hijas no toman brandy, loque quieren es algo como guarruz, limonada ú otra bebida fresca.

— Tengo la pena de presentar mis excusas, pero esas cosas no las hay en un hotel de cierta categoría,

, ¿ Verdad ? ,¿ Preferirían -estas angelicales criaturas .ginebra ?

— No, señor.

— ¿ Porter ?

— No, no señor.

— ¿ Triple anisado í

— No, señor. ,¿ No tiene usted un 'poco de dulce, y agua pura ?

— Mi honorable señor: tengo frutas en aguar- 'diente que están exquisitas, ¿ las preferirían éstas ee- •lebrísiraas niñas-?

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señor. ¿Tiene usted panela y agua?

— Perdón, mi distinguido señor, como nadie pide. aq.uí de esas cosas, no estaba prevenido; y, como el, agua aquí es tan dañosa, nadie la toma, y prefieren, tpdos una copa de contr ay ahilaría, ¿ Quiere usted pro-, baria ?

— No, señor.

— Soy, pues, bien desgraciado, pero no se me había ocurrido que en un hotel de cierta categoría se sirviesen frutas, dulce y agua, sobre todo | agua ! Pero, por complacer á usted, voy á mandar á conseguirla.

A fin de que él se saliese, salíme yo también, y me fui á la cantina, que era una pieza de la misma, casa, pero con puertas para la calle.

Había en los estantes una hilera de botellas del mismo tamaño y forma, con vinos alemanes ; y aunque el contenido debía ser uno mismo, los rótulos se diferenciaban: O porto ^ Madera^ Jerez j Málaga, Pajarete, decían, para engañar y vender ese horrible tósigo.. Había otra hilera de botellas de Brandy Henessy, y el resto estaba lleno con botellas de cerveza extranjera y del país.

Sobre el mostrador estaba el triple anisado que nos había ofrecido el amable hotelero, en un botellón, de cristal : había otro de brandy; y el vendedor proveía de ellos á un corro de más de diez jóvenes que fuera del mostrador estaban charlando alegremente.

Puíme.en busca, de frotas, (^que allí las hay exr-

quisitas, en abundancia y muy variadas); conseguí cuantas quise, y volvía feliz can ellas, cuando encontré que todos los c-achacos del pueblo habían invadido el hotel, y atisbaban á mis hijas cual si fuesen animales raros, espiaban todos sus movimientos, y los más osados se atrevían á hacerles señitas amorosas.

Lleno de indignación fui á cerrar la puerta de la sala, cuando D. Polidoro se interpuso, pidiéndome que le permitiese entretener á las hermosas señoritas, tocándoles en la guitarra, que al efecto traía lista, algunas polkas que había compuesto en sus ratos de ocio; y sin oír mi contestación, entróse y principió u rascar el instrumento.

A las cuatro de la tarde llamaron á comer, lo que interrumpió la orquesta del hotelero, y nos dirigimos al comedor, pero el creyó conveniente ofrecer muy galante el brazo á la mayor de mis hijas^ Por fortuna ella, haciéndose la distraída y la sorda, entretenida mirando un pajarito que en el patio había, lo dejó con el brazo enjarrado en presencia del público que estaba en los corredores.

El comedor es muy bonito, espacioso, con cristales que permiten ver el sol poniente y que dan mucha claridad, y colgado con papel imitación de madera y circules dentro de los cuales hay pinturas que imitan aves muertas, frutas y flores. La mesa es grande, con manteles de color sospechoso y servilletas poco nítidas, y los cubiertos de hierro, y poco aseados.

Yá el comedor estaba lleno de loa comefisalfB del botel; algunos sentados á la mesa, con maná y sombrero metido hasta las cejas, como si fuesen á pasar el páramo, habían empezado á tomar la sopa y sorbían produciendo el ruido de una locomotora que arroja vapor; otros hacían las últimas libaciones con brandy, antes de la comida; y la mayor parte, formados en dos filas, aguardaban á que nosotros pasásemos por el medio para satisfacer ampliamente sü curiosidad.

Apenas nos sentamos, nn criado nos fUe sirviendo á cada o no un plato de sopa de fideos; pero no era tal sopa; era la milrnillonésima partícula homeopática de fideos, disuelta en las aguas del Tequendaina, y distribuida después en porciones del tamaño de Un plato.

Luego vino un pollo tísico que el elegante hotelero, con actitudes académicas, dividió y repartió entre los comensales; después un Cocido, cuya carne parecía haber salido de la tenería de Agualarga; y ce. rraba el banquete un postro de leche y huevos, al que le faltaban la leche, el azúcar y les huevos.

El crujir de los dientes al Uiascar, los sorbos des-^ comunales y terribles que daban, y los repiques de los tenedores y cuchillos contra los platos, producían un ruido como el que se oye en la Ferreria de La Pradera; y este ruido lo dominaba de vez en cuando la voz estentórea de un jayán que gritaba : | Cerveza I I Más cerveza !

tja parte poética del hotel estaba en las Caballétizas. Allí, cual graves académicos, estaban nuestros caballos, haciendo versos unos, otros una disertación sobre la inmoralidad de introducir la letra K en el idioma muisca; y otros, con el pescuezo estirado, aguardando la palingenesia universal.

Llegó la noche : las camas eran todas el lecho de Procusto^ sin variación alguna, ni en tamaño ni en forma; y sólo había en ellas un colchón que cantaba 'como el legufto del convento en la zarzuela de los Mag yares :

Tú vienes aquí por lana,

Yo te voy á trasquilar;

unas sábanas almidonadas y tiesas, que cortábanlas carnes, y unas frazadas que debieron de fabricarse como redes á propósito para pescar ballenas.

Separaba nuestra alcoba del salón de billar un delgado tabique; y desde que nos acostámos empezámos á oír las bolas de marfil que daban unas con otras; las pisadas de los jugadores en el entablado y el grito del garitero, que decía á cada momento: ¡ Cinco contra doce ! ¡Treinta contra treinta y seis! Y así sucesivamente, hasta acabar cada juego, volviendo luégo á comenzar.

Por fin nos dormimos, j La naturaleza es tan débil! Y entregados estábanlas á los brazos de Morfeo^ como diría el hotelero, cuando se sintieron un tropel de gente en el patio, voces confusas, rumor de tem'-*

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pestad, ruido de armas y gritos descompasados. — ; Seductor I 1 Picaro ! ; Te mato I ; No lo mate ! ¡ A.sesino I ¡ Pum ! ¡ Pum ! tiros repetidos de revólver; alaridos de mujeres y llanto de muchachos. ¿Qué era todo esto? Nada. Una querella de bebedores que había empezado en la cantina^ se había comunicado á la calle, había llegado á la plaza, se había sentido en las casas, había atraído á las mujeres, y en la cual la población entera había tomado parte escogiendo para teatro nuestro hotel.

Por la mañana no parecían los frenos de nuestras monturas, porque unos huéspedes, más madrugadores que nosotros, habían cargado con ellos. No nos dieron desayuno, porque en un hotel de cierta categoría no se sirve sino café con leche, y las vacas no habían venido aún de los potreros; pero en cambio, y antes de que yo la pidiera, me presentaron, en papel timbrado con la mayor elegancia, la Cuenta de gastos, cuya suma era tan alta, que apenas pudiera compararse con las reclamadas ante la Comisión de suministros,

Y queda así cerrada la mentirosa historia de la Posada y el Hotel,