Los trabajadores de Tierra Caliente : (reminiscencias) · Capítulo real 11 de 15
CAPITULO XII
Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 6 tramos técnicos para mejorar el rendimiento.
CAPITULO XII
GUATAQUICITO
I^BFIÉRESE que había en Bogotá un poeta chistoso llamado D. José Manuel Meléndez,á quien el Coronel Martel pidióle un día, víspera del cumpleaños de su esposa, que le compusiese uuos versos para ella, en los cuales entrase iél, como su amante; y para que los leyera, lo convidó á comer al día siguiente.
—Pero también entraré yo en ellos, le contestó Meléndez, puesto que soy el autor.
— Convenido, dijo Martel, y se despidieron muy amigos.
Al día siguiente, reunida la familia y una gran concurrencia en el vasto comedor del Coronel Martel, se leyó una carta de Meléndez, excusándose de no poder concurrir, y acompañando los siguientes versos :
<iHoy don Francisco Martel (Aquí entra él)
Unos versos me pidió (Aquí entro yo)
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Para su mujer la bella (Aquí entra ella);
Mas es tan negra mi estrella Que ya me voy á dormir,
Sin saber que be de decir Ni de e7, ni de mí, ni de ella.'»
Aplicación práctica.
Hemos referido cuanto sabíamos de los primeros trabajadores de la tierra caliente, y en este ^pítulo nos toca hablar del contingente de trabajo que también prestamos, y se nos permitirá que ahora hablemos siempre en primera persona, temiendo sí, que en lo que vamos á narrar, nos suceda lo que á Meléndez, que no tengamos nada qué decir ni de élf ni de mu ni do ella.
Tenía yo 27 años y acababa de llegar de Caracas adonde había ido en misión del Gobierno ; teatro d® fiestas, alegría y contento cuyo recuerdo hace aún latir mi corazón envejecido, y apenas había concluido la guerra contra la dictadura militar del General Meló, y en la cual la casualidad me hizo figurar dignamente en la victoria del 4 de Diciembre de 1854, cuando me fui á trabajar á la tierra caliente, para mí hasta entonces sólo objeto de admiración poética por la suntuosidad de sus bosques y la belleza de su cielo, pero de la cual nada conocía, ni la naturaleza de su cultivo, ni los hábitos y costumbres de sus habitantes, ni
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los peligros á que está expuesta la vida por lo malsano del clima y las fiebres que allí reinan eternamente.
El entusiasmo por el cultivo del tabaco, entonces tan halagador, y la ambición de ser rico me llevó al Magdalena, dejando familia, hogar y todos los encantos y atractivos de la ciudad de Bogotá; y pueden calcularse los inconvenientes, dificultades y trabajos que sufrí al principio, al acometer una empresa que no conocía absolutamente, al principiar trabajos de los cuales ignoraba los más sencillos rudimentos; á negociar con gentes completameate nuevas para mí, y al comenzar una vida de soledad, de labor y de privaciones contraria en absoluto á la que hasta entonces había llevado.
El gallardo Antonio María Pradilla, la flor y nata del partido liberal, tan noble en sus maneras como enérgico en su proceder, herido en sus más caras afecciones, enferma su interesante esposa de enfermedad incurable y horrible, vino á ocultar su dolor y á buscar alivio para ella á la tierra caliente^ en la que trabajó, pero con mal éxito, arruinándose él y llevándose á muchos en su ruina.
Antonio María Pradilla fue la causa de mi venida á las regiones del Magdalena, en donde pasé quince años, los mejores de la vida, en busca de una fortuna que jamás alcancé, y saliendo de allí aniquilado á emprender nuevos trabajos, ajenos completamente á los que por tanto tiempo había practicado. El vendió á
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Latorre y Rivas setenta y dos derechos de tierra en Guataquicito.
Para ánimo de los jóvenes y precaución de loi incautos, quizás será bueno contar algo de lo que me pasó en Guataquicito, y cómo, á pesar de las dificultades y contrariedades, logré formar una valiosa hacienda, que si no es hoy mía, sí ha aumentado mucho la riqueza pública.
En las orillas del alto Magdalena y en la banda derecha, al frente del pueblo de Guataquí (lugar en donde se embarcaron de regreso para España, después del descubrimiento del Nuevo Reino, los conquistadores Gonzalo Jiménez de Quesada, Fredermán y Sebastián de Benalcázar), había una hermosa vega? que permanecía casi inculta hasta 1857, y que era de los antiguos indígenas de Guataquí, quienes la poseían proíndivisa, ellos ó las personas á quienes habían cedido sus derechos en el transcurso de cincuenta afíos^ y esta vega era llamada Guataquicito.
El número de los que tenían derecho á esas tierras eran trescientos. Da estos derechos setenta y dos eran míos, y el de las personas que pretendían tener derecho sobre la tierra serían tres mil; y para desenmarañar ese enredo tuve que seguir un complicado juicio, cuyo expediente llegó á ser la carga de una muía. El día en que el juicio se concluyó, envió secretamente el expediente al Tribunal para su aprobación, y tome una canoa y me em-
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barqué para Ambalema. j Funesto pensamiento! Se creyó que llevaba allí el expediente, y que con bu perdida se anulaba el juicio; y cuando iba más distraído, contemplando las serenas ondas del río y entregado á hermosos pensamientos, ¡ cataplán !, los bogas voltean la canoa, y me fui al fondo de donde pude salir á la orilla, quien sabe cómo.
Sabía yo por tradición que en el centro de la montaña había una laguna misteriosa, decían que allí se encontraba el Mohán (especie de divinidad monstruosa que habita en el fondo de las aguas, cuya morada deja para hacer mal al hombre), que ha. bía muchos tesoros allí escondidos por los indios primitivos, y que las aguas de la laguna eran como las del Mar Muerto. El doctor José Concepción Eomero, el famoso abogado que fue el primero en ir á trabajar á esas regiones, aseguraba haber visto la laguna, pero nadie lo creía.
Tuve la intención de rozar la montaña, y para eso organice una expedición para el descubrimiento de la laguna; y ese día tomaron parte los guapetones del lugar, siempre dispuestos á desafiar los peligros los que creían en el Mohán y que querían conocerlo; los amantes de lo desconocido y los curiosos, y éstos eran los más; y en fin, las mujeres que temblaban de miedo y se animaban con la idea de los tesoros ocultos. Unos llevaban lanzas, oíros escopetas, la mayor parte peinillas y machetes de rozar; y las mujeres s arios, escapularios y ramo bendito.
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Hicimos una larga trocha al través de la montaña de árboles corpulentos á cuyo pie crec'an bejucos y arbustos que formaban una espesa enredadera. Al medio día descubrimos la espléndida laguna de aguas puras; pero el Mohán había desaparecido, llevándose los tesoros. | Qué chasco I
Dividida la tierra y entregada á cada uno la parte que le correspondía, resultó que me tocó una gran parte, y á la casa de Crotheshway C.*, cuyo agente era el Coronel Amaya, una muy pequeña; y como aquella casa de comercio estaba acostumbrada á recibir gran parte del tabaco que en Guataquicito producían los cosecheros, la primera semana que vieron que lo llevaban á mi factoría por estar en mis tierras sembrado, hubo alarma, indignación y protesta, oponiéndí se por fuerza á ello, lo que produjo un combate entre el Coronel A maya y el Coronel García, que era mi agente, y en cuyo combate tomaron parte muchos de uno y otro lado, según sus simpatías.
Desde ese día la colonia de Guataquicito «e conviroió en el oampo de Agramante, y por la noche se oían silbar las balas que iban del uno al otro campamento, y á todas horas andaban las partidaa armadas.
Un día despejado y brillante, y en el que el sol iluminaba quemando un vasto horizonte, iba yo por el camino público que atraviesa la hacienda en un
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punto en que la quebrada de Chinana lo corta, y á la distancia de una cuadra vi venir al Coronel Amaya, como siempre, bien montado, en magnífico galápago con pistoleras, y recto y elegante como un húzar de Napoleón. Huir era imposible. Pararme á aguardarlo era claramente desafiarlo. Seguir era temerario. Sin embargo, hice esto último, y el brillante día desapareció á mis ojos, el horizonte se limitó y no veía sino al Coronel que avanzaba, avanzaba y crecía, y se hacía como un gigante.
Al fin nos encontramos; la cabeza de mi cabailo dio contra la del suyo; y ambos se pararon. Yo lo miraba como queriendo decirle que me sorprendía su audacia, y él con una cólera, que no disimulaba, pero ambos en silencio. Al fin, con una emoción que se adivinaba, porque tenía pegadas las quijadas, me dijo :
— Yo podría matarlo á usted en este momento, pero soy un soldado de honor y esto me mancharía. Yo no mato sino en el campo de batalla, quizá lo encuentre á usted allí alguna vez. No permita que sus dependientes me ultrajen, y vivamos bien.
Desvió su caballo, siguió su camino y yo me quede como si me hubiesen dado con un mazo de hierro en el cerebro.
Al fin el señor Crotheshway resolvió llamar al Coronel Amaya, y vendernos el terreno que le pertenecía.
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Mi vida era muy sabrosa y me ayudaba á hacerla agradable la imagiuacidn un poco fantástica con que la suerte me ha dotado. Gozaba con el esplendor de la naturaleza, con la majestad del río Magdalena, que limitaba mi propiedad y con sentirme propietario, yo que había nacido y crecido pobre; gozaba con ser personaje para todos los que me rodeaban; gozaba con encontrarme fuerte y apto para el trabajo; gozaba con recoger el tabaco de los cosecheros y contar á estos por centenares, como mis protegidos; gozaba con saber que estaba aumentando la riqueza nacional, y, en fin, con conocer las costumbres de esas tierras para poder describirlas. Y cuando el sol me agoviaba, la soledad me afligía y las contrariedades me doblegaban, en silencio me contemplaba de lejos, haciéndome la ilusión de que yo era otro personaje con mis cualidades y mis defectos^ y^que era el quien sufría.
Leía mucho, escribía novelas y versos; y siempre fijos los ojos en los cien mil pesos que de allí había de sacar, no sentía pasar el tiempo. Muchas veces me sacaron enfermo; y la mortalidad allí era tan grande, que en los libros de la hacienda muy pocos de los nombres de los cosecheros que encontré al abrirlos, figuraban cuando de ella me retiré. ¡ Todos halían muerto I
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LA SELVA DEL MAGDALENA
La soledad absoluta, ilimitada, inmensa. Los gigantescos árboles levantan sus troncos rectos á una elevada altura, como columnas histriadas en infinita multitud, sostienen la techumbre de un soberbio tem" pío que se pierde en el espacio, y que formando arcadas de verdura deja penetrar una luz, á veces brillante como reflejo de una estrella, y á veces sombría y melancólica como la del anochecer.
Un pavoroso silencio reina en la vasta extensión de la selva sombría, interrumpido sólo por el ruido que sobre el piso cubierto de una alfombra de hojas secas hace el lagarto deslizándose ligero, 6 las gotas de agua que, lenta y cadenciosamente, se desprenden, una á una, de la vecina peña; y como guardián del templo misterioso, allá á lo lejos, una enorme serpiente enroscada sobre un tronco podrido, levanta alarmada su deforme cabeza.
La majestad, la belleza imponente y la admiración que despierta este templo suntuoso del desierto selvático, me inspiran ideas, sentimientos y emociones que solo, y en presencia de tánta majestad y tánta hermosura, me obligan á levantar una plegaria, así como la de Bolney en presencia de las ruinas’de Palmira, y á repetir gritando, seguro de que nadie me escucha, estas palabras:
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¡ Amor sublime de la uaturaleza I Embeleso del alma cuyos encantos llenan la vida de perfumes, de luz y de poesía, y que entre sueños y deleites, la llevan por un sendero misterioso á éxtasis desconocidos, en loa cuales se oyen palabras repetidas en el misterio de la selva, y que revelan al corazón la sublime majestad de la naturaleza !
Por mis venas ha corrido tu supremo deleite, y amante fervoroso, con el pecho comprimido y lleno de felicidad : la pasión agitada y el deseo devorando mi pensamiento, vengo á contemplarte, virginal y hermosa; á pasar contigo horas enteras de dicha, saboreando tus encantos que se renuevan á cada instante, y disfrutando los besos de amor qne la brisa repite y al corazón embalsaman.
Aquí la esperanza, siempre alimentando el pensamiento, dejando correr el tiempo que trae nuevos favores; á la luz vacilante de los astros, en el silencio apacible de la noche, quiere mi corazón, sediento de deleites, pasar las horas hasta que el alba con nueva luz y nuevos horizontes venga á despertarme, ofreciéndome los besos de la joven naturaleza, que en una mañana de amor y de deleite ha de ofrecerme la felicidad.
El incienso que en tu suntuoso templo vengo á ofrecer es el amor que embriaga mis sentidos, es la pasión que tu sublime majestad me inspira, es la adoración que mi fogoso corazón te tributa; es el amor
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que hacia ti me lleva, me arrastra con delirio sublime y me inspira el deseo de confundir mi vez con el ruido de tus hojas, mis suspiros con el aliento de tu brisa, mi vida con tu augusta soledad, y mi sér con tu existencia eterna y misteriosa, para poder dormir en tu seno el sueño de la eternidad.
Vengo á tu templo lleno de unción y do piedad. Mi rodilla se dobla ante tu augusta majestad; mi vista deslumbrada quiere descubrir el misterio de tu escondido altar; y mi alma, que aquí se eleva y so engrandece, quiere unir su plegaria al himno inmortal de la creación.
¡ Salve Naturaleza fecunda é inmortal I Renuevo de vida, de luz, de flores y de armonía. Madre de las generaciones que como las ondas del río que en medio de tus selvas corre, se suceden las unas á las otras, encontrándote'siempre solícita y amante; y que hallándote todas joven y hermosa te saludan al nacer, llenas de gozo, y se despiden de ti con dolor, cuando van á perderse en el desierto de los siglos.
I Virgen Naturaleza, yo te adoro! Envuélveme en tu manto de esmeralda, déjame respirar el perfume de tus flores, escuchar la armonía de tus cantos, y que en un lecho de mullido césped, aquí en la soledad, reciba yo el beso sublime de la muerto I
Las orillas del alto Magdalena estaban entonces cubiertas do tabacales; y Lérida, Guayjibal y todas
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las poblaciones cercanas proveían de tabaco á Ambalema, que se convirtió, como hemos dicho, en una gran ciudad, donde había magníficas y espaciosas factorías para preparar el tabaco da exportación; fábricas de cigarros en abundancia; hoteles, casas de consignación y un movimiento industrial como jamás se había visto ; allí iba yo con frecuencia á vender el tabaco y á comprar provisiones; y allí conocí á una señora de Santamarta, á quien recuerdo que compuse estos versos :
Margarita, tengo miedo,
Estoy de veras temblando,
Seguir en tu álbum trovando,
Después de hacerlo Madiedo,
Es como hacer contrabandot
Señora, soy cosechero^
No son los versos mi flaco.
Que me recibas, prefiero,
En señal de que te quiero.
Un andullo de tabaco.
Que en la ciudad del dínerO;
En la venal Ambalema,
Es todo afecto sincero Y toda amistad extrema Mal tabaco veranero.
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Es mi rival un poeta,
Y 8Í mis versos escribo,
Me puede jugar la treta De tumbar cada cuarteta, Diciendo: no es de recibo.
Que escriba versos Zorrilla,
Y el mundo lo aplaudirá;
Mas si yo hago una quintilla, Descuidando la flotilla,
Todo el mundo se reirá;
Mas si tu capricho impera, Hágase tu voluntad;
Si no salen de primera,
La segunda es pasadera Cuando tiene calidad;
Hay en el desierto que habito, sombrío, Una linda palma, suntuosa, oriental.
Que verde engalana la margen del río,
Y en mi honda tristeza y en mi desvarío. Sentado á su sombra disipo mi mal.
¡Pobre palma sola ! que vive llorando,
Y al viento ocultando su eterno llorar;
Y á todas las ondas que pasan, confiando Una amarga queja y un suspiro blando. Para sus hermanas del bordo del mar.
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j Ayl ella les cuenta que su noble frente También en la Costa batió el aquilón:
Que allá donde brilla el sol refulgente,
Pasó BU dichosa niñez inocente Dormida del ábrego al mágico són.
Que de allá do luce magnífico el cielo, Sacrilega mano su tallo arrancó,
Y en aires extraños, en mísero suelo, Rodeada de bosques que aumentan su duelo, Del río en la margen su suerte fijó.
En vano sus trovas, dulces, melodiosas,
Al pie de su tronco va el toche á cantar;
En vano las brisas amantes, gozosas,
J uegan con sus hojas, verdes y coposas, Nada de la palma disipa el pesar.
¿Herí tus recuerdos gentil Margarita? ¿Por qué de tus ojos el llanto brotó?
¿Estaba en tu pecho la historia yá escrita? ¿Conoces la palma que vive proscrita La que en el desierto mi canto inspiró?
Sin saber cómo ni cuándo. Uno tras otro, rodando Los versos mi amiga, van; Pero me están aguardando En el caney con afán.
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No escribo más, ángel míoT (Lo escrito para los dos),
Que yá diviso en el río Mis barquetas y el avio.
¡Adiós, Margarita, adiós 1
La viruela que ha asolado tántas veces el país, invadió las regiones del alto Magdalena é instaló sus fúnebres tiendas en Guataquicito, difundiendo el terror y la desolación; y como el hijo de mi mayordomo fuese atacado de la horrible enfermedad, y como yo era el único medico en la colonia, le aconseje, que como medio profiláctico, emplease el cloruro, y así lo hizo. El niño se salvó, el cloruro adquirió fama, y apenas caía un hombre enfermo le administraban su dosis de cloruro. Entre la viruela y el cloruro acabaron con la población.
Tumbar monte para convertir el terreno en dehesas ó siembras de tabaco era la grande empresa. El terreno inculto se podía estimar á $ 16 la hectárea, y en cada hectárea cultivada se cebaba una res que .dejaba de utilidad $ 20 por año.. Jamás, ni en ninguna otra parte, se había presentado especulación semejante. Para convertir á Guataquicito en una sola pradera envió á Manizales por trabajadores; y el día menos pensado se me presentaron doscientos antioqueños con sus mujeres, niños y perros. Todos de guarniel atravesado, especie de almofrej, donde llevaban todo lo que puede necesitar un hombre.
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inclasive la navaja barbera para las peleas; sombrero alón, arriscado de un lado, capisayo rayado, oamies aseada y pantalón arremangado. Traían un negro maromero, dos ó tres jugadores de manos que hacían prodigios con el naipe, tres micos, diez loros y una yegua. Todos ellos llegaron á medio' palo, y con la se" guridad de que llegaban, como los judíos, á la tierra de promisión.
Jamás conflicto tan grande se había presentado en mi vida;*de campesino. Yo era un niño en presen* cia de cada uno de esos gigantes, y todos ellos formaban una legión formidable, incapaz de gobernarla. Pues bien, á los pocos días estaban yá instalados, sumisos, trabajando, y cumpliendo mis órdenes como lo hacían los indios sabaneros,
Llevaron su campamento al sitio más fresco de la propiedad; estableciéronse por cuadrillas, bajo la dirección do capitanes, con quienes hice contrato para la rocería por cuadras á S 25 cada una; y armados de calabozos ó cuchillos de monte, empezaron la tala; y devoraban la montaña como por encanto. Los gigantescos cumulaes, los guayacanes y bobos se doblaban á su paso, y caían dejando una amplia huella y un ancho vacío del uno al otro lado de la montaña. A los tres meses el bosque íntegro había desaparecido; á los seis meses se recogían mil cargas de maíz; al año estaba formado el potrero de Lurá para cebar quinientas reses.
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Los antioqueños trabajaban en su retiro infati* gables y contentos. Sólo dos ó tres muertos hubo entre ellos por celos ó rivalidades^ pero los jueves bajaban los capitanes]© destajeros al pueblecito al mercado y había las de San Quintín con sus habitantes, y por allá cada mes salían todos á descansar, y entonces era la desolación de la desolación.
Se bebían cuanto aguardiente había en la coIo« nio, formaban querella con todos los habitantes, Ies quitaban sus mujeres, los estropeaban sin consideración, y cuando yá nadie quedaba y todos huían, se ponían á ver maroma, muertos de risa de las gracias del payaso.
¿ Qué fue de los antioqueños ? preguntará el lector.
Los antioqueños, habiendo cumplido conmigo sus compromisos y sin deber uu cuartillo á nadie, pues sí eran honrados, se fueron de Guataquicito para Lérida, contratados por otros hacendados; y tal guerra dieron, que en los archivos de aquella Municipalidad se registra un decreto, que prohíbe el trato con loa antioqueños y el que éstos pisasen su territorio.
La vida de los habitantes de Guataquicito, no es la de los salvajes, errante y vagabunda; pero sí es la de primitiva naturalera, sin que la sanción social, civil ni religiosa influyan en sus costumbres, ni morigeren sus hábitos y tendencias.
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Su condiciÓD, en general, es mucho mejor que la de los habitantes de la altiplanicie. Cada uno do ellos tiene su platanera, su chagra^ en donde siembra yucas, batatas y otras raiceas que se dan en abundancia; y bien sea como cosecheros, ó bien como jornaleros, ganan lo suficiente para comprar carne, para estar siempre vestidos con asea, y para sus tiinasj que duran con frecuencia desde el sábado en la noche hasta el martes por ja mañana; y esto cuando no hay pretexto, como un día de fiesta intermedio ó alguna pesquería especial que haga prolongar la parranda por la semana entera.
El carácter de los habitantes de las riberas del Magdalena es elevado y altivo, y jamás un calentano se entraría á la platanera del vecino á robarle un racimo de maduros^ ni falsearía una puerta para cometer un robo; pero el calentano es esencialmente imprecavido para el porvenir, y apenas ha ganado su jornal yá lo ha gastado inútil y perniciosamente.
Desde muy temprano empieza el niño á trabajar con provecho; sigue según sus aptitudes ganando mayor jornal, y como está seguro de que éste no le ha de faltar, ni para él ni para la que ha de elegir por mujer, nada guarda ni para una enfermedad, ni para dejarle á su familia después de su muerte.
A mi juicio, la raza existente á las orillas del Magdalena tiende á desaparecer, porque es muy débil, porque sin tener los hábitos de los salvajes que los
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vigorizan y les dan fuerza para luchar contra los elementos de la naturaleza, son como ellos, abandonados é indolentes; y, además, la embriaguez, vicio que se ha generalizado inmensamente, los mata temprano y da origen á generaciones raquíticas y enfermizas.
Las relaciones de familia á las orillas del Magdalena se mantienen por la voluntad, cesan cuando el hombre no necesita del trabajo del padre, ó la hija encuentra quien la ampare contra sus violencias.
El amor del padre, rústico y salvaje, es siempre el centro de la unión de la familia, y sigue á sus hijos á todas partes. Ellos no son amorosos ni tiernos, pero sí humildes; y nunca se ven los horrendos delitos de que la civilización se avergüenza, de un hijo atentando contra la vida de su padre, ni de una madre ahogando á sus hijos en su propio seno.
Las uniones entre ellos son como matrimonios indisolubles, y no nacen nunca de liviandad, corrupción ó desenfreno.
El hombre que vive en las orillas del Magdalena, cuando siente el amor que una mujer inspira, la toma y la lleva á su cabaña; trabaja para ella, y ella divide formalmente sus fatigas, y le ayuda á rozar, sembrar y recoger la cosecha. A la platanera, al río, al monte, allí lo acompaña y le prepara sus alimentos. En la fiesta, en la diversión están juntos, se embriagan unidos, y en las peleas la mujer se bate siempre por el hombre. Se enferma el hombre, y la mujer Jo
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cuida; tiene ella un niño y el hombre duplica su tra« bajo para mantenerla; y así en perfecta unión pasan su vida.
Nosotros desearíamos que los matrimonios de las grandes ciudades tuviesen ' la cordialidad, la unión íntima y la fidelidad que reina entre los salvajes del Magdalena.
Al Magdalena afluían entonces de todos los puntos de la República, los hombres laboriosos que querían levantar una fortuna ó encontrar un trabajo remunerador, y también todos los aventureros que querían hacerse ricos con el juego ó la estafa; y los bandidos, que huyendo de su país, encontraban asilo enmedio de las selvas y en la so’edad de las montañas.
En Guataquicito se presentó en una ocasión un hombre de formas atléticas, buen mozo y de modales distinguidos. Iba vestido de limpio, con una ruana blanca graciosamente atravesada, en pechos de camisa, y con el pie descalzo.
— Yo soy, me dijo, sobrino del General Joaquín Córdoba, el héroe de las expediciones conservadoras de Antioquia sobre el Cauca; pero yo soy liberal y por eso no me quiere; vengo á buscar trabaio en todo lo que usted quiera ocuparme, pues soy honrado, activo y laborioso.
Le di una plantación y un caru>,y^ y al poco tiempo su fundación era la más extensa y la más cuidada do la hacienda. A los seis meses había hecho una gran
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rocería en el punto más apartado, sembrado maíz, y tenía yá una piara de más de cien puercos.
Lo acompañaba una mujer, si no culta, inteli' gente y laboriosa, la cual era madre de una criatura singularmente hermosa: rubia, de ojos grandes, negros y rasgados, pero sumamente débil, y que parecía doblarse como una flor al impulso del viento.
Este hombre, siempre laborioso y humilde, era una fiera cuando se embriagaba. No usaba cuchillo para herir, como los otros asesinos, sino que se complacía en atacar á sus contrarios á puñetazos; y n© quedaba satisfecho hasta que no los veía moribundos y bañados en sangre.
El comisario descubrió que á la niña la crucificaba y la dejaba así por días enteros, mientras que él iba con su mujer á la rocería; y que era tal el terror que á la mujer le inspiraba, que temblaba en su presencia, le obedecía como una esclava, y nada se atrevía á descubrir.
Ya estaba relativamente rico, pero nadie quería ir á su chagra á trabajar y, como por instinto, todos los cosecheros se apartaban de él.
■ Una noche salió al cacerío do Guataquicito, en donde estaba mi casita, pajiza, pero aseada, y rodeada de flores. Yo estaba en Bogotá y había encargado del manejo de la hacienda al señor Justiniano Rodríguez, joven honrado y valiente, á quien debí gran parte de las mejoras establecidas en Guataquicito.
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El titulado Córdoba se embriagó y empezó por atacar á dos pescadores que salían del río con su canoa llena de bagres, estropeando mortalmente á uno de ellos. Rodríguez salió á defenderlos, censurándole'sus tropelías, y Córdoba amenazó que lo mataba; pero por el momento se contuvo.
A media noche, en el colmo de la embriaguez, le prendió fuego á mi casa y se sentó á verla arder.
Aprehendido por las autoridades y remitido á Ambalema, resultó que no era Córdoba ni sobrino del General, que el tal era un hombre perverso, cubierto de crímenes, y contra el cual habían venido de varios distritos del Cauca, despachos y requisitorias para que fuese enviado.
Quemada mi casa, me fui á vivir á una pieza de la factoría, que estaba comunicada con el patio y las piezas interiores, siendo la única salida, porque la puerta principal del establecimiento permanecía>»^constantemente cerrada; pues bien, de la casa de enfrente vieron una mañana salir por la puerta de mi pieza una serpiente que se dirigió al río y desapareció. Pusieron atención y la vieron salir otras veces, pero siempre se les escapaba, hasta que al fin lograron darle muerte. Esta serpiente, sin duda, hacía mucho tiempo que pasaba cerca de mí durante la noche, y quizá dormía en mi mismo cuarto.
Vamos con el lector, á asistir á una vaquería en los prados que han sustituido á las inmensas selvas
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^'batidas por el hacha civilizadora de los antioqueños en Lurá. Son las cinco y media de la tarde y empie. zan á llegar, uno á uno, á una casa pajiza, cuyo techo da contra el suelo, diversos personajes, repitiendo todos en forma de saludo:
— Se las dé Dios I
El traje de estos vaqueros es el ordinario de los calentanos: calzón corto de lienzo, camisa que deja flotar las faldas, y sombrero de gruesa paja. Cabalgan en caballos pequeños y ágiles, que llaman mochos; todos llevan una garrocha^ en actitud de dar una lanzada, y un enorme rejo de enlazar, envuelto en grandes roscas y atado á la cabeza de la silla.
Hecha la salutación, cada cuál va desfilando á colocar su mocho^ atado á un tronco y con el cabestro largo, de manera que pueda pastar durante la noche y estar pronto al amanecer para principiar la vaquería; y luego va á sentarse bajo el alar del caney ó se acuesta á lo largo, sobre la cobija que extiende en el prado, y formando siempre un grupo con los compañeros. En el medio hay un gran fuego, cuyo humo, impulsado por el viento, unas veces se entra al caney y otras se carga al occidente, haciendo llorar y toser á los que están allí acostados, sin que por esto se muevan ni varíen de actitud; y alrededor del fuego está la cocinera con dos hermanitas más, que revuelven una enorme olla, en donde está cocinándose lo cena, ó le dan vueltas con la mano á los plátanos verdes que sol^e 'él rescoldo se están asando.
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A las siete de la noche, y cuando ya todos los que debían asistir á la vaquería han llegado, se sirve la cena, todos se van acercando adonde la cocinera y recibiendo, con una mano un plato que rebosa de sancocho de plátano con tasajp, sobre el cual flota una cuchara de madera, y con la otra una totuma de chocolate y un plátano asado.
Concluida la cena, van acomodándose de la manera cómo debían pasar la noche, mas no con ánimo de dormir, pues el uno, sentado debajo de un totumo, canta el bambuco; mientras que la mayor parte escuchan los cuentos del rancho Camilo, estallando á veces en una carcajada uniforme ó en exclamaciones de admiración. Los cuentos del rancho son aventuras amorosas, contadas en lenguaje libre y picante, ó hechos fabulosos de toros y de vaqueros; pero de esta clase pocos le gusta referir, porque á su turno cada cual toma la palabra para relatar otros hechos estupendos. Dicen que nada hay más divertido, por las enormes mentiras que inventan, que una conversación entre cazadores; pero los que esto dicen, no han oído, sin duda, á los vaqueros, que exceden á cuanto la imaginación pueda concebir, y que hacen de los toros portentos y de los toreros semidioses.
En medio de la conversación, los cuentos son interrumpidos por un caballo que, reventando el cabestro, sale haciendo un ruido de Satanás, y espantando á los demás caballos ; y entonces se levanta una silba y grite-
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ría general entre todos los vaqueros, grito que contribuye á aumentar el espanto de las bestias y la confusión en el campamento.
Cuando yá es media noche todos se entregan al sueño apacible que trae siempre un día consagrado á la fatiga y al trabajo.
Al amanecer del día siguiente el relincho de los caballos, el ruido de las monturas y de las espuelas, y las voces de los vaqueros llamando á los mochos, hacen levant.ir á todo el mundo con una emoción grata, semejante á la que se experimenta el día de una fiesta, y en algo parecida á la de una batalla; y ensillando sus cabalgaduras se empieza el cortejo, que va desfilando, de uno en uno.
Al llegar á la cruz del potrero se despliegan en guerrilla los vaqueros y van á tomarlas eminencias, desde donde, con gritos prolongados, empiezan á llamar el ganado, que al principio se manifiesta sorprendido; Inego, mirando á todos lados, principia á correr sin destino, después va uniéndose en pequeñas manadas, y últimamente, reunido todo, comienza á bajar de las alturas; los toros bramando y las vacas llamando á sus terneros.
Los vaqueros, sin cesar de gritar, van estrechando el círculo, y cada vez que un toro trata de desmancharse ó apartarse, ponen su mocho á escape hasta pasar por delante, y con nuevos gritos lo hacen volver al redil; pero á los terneros que, ligeros como gamos.
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80 escapan, sin atender á los gritos, es preciso enlazarlos. Nada es mds admirable que ver á esos vaqueros con un rejo de diez y seis varas de largo, grueso^ duro y pesado, y con una lazada que tendrá seis varas, y qae apenas pueden volear, correr d^^trás de un ternero pequeño, en medio del pasto, tirar el rejo, y á pocos momentos ver el ternero atado de un extremo, y del otro la cabeza de la silla enlazada, y el mocho en actitud de retroceder, para llevar al desertor al cuartel general.
Los potreros del Magdalena no son valles tersos como los de la sabana de Bogotá, sino cerros fragosos, llenos de grietas y de abismos, erizados de troncos de árboles tendidos, que todavía no se han quemado, y todo cubierto por el pasto de pará y de guinea, que no deja percibir el suelo y los peligros. Por allí es preciso saltar los arbustos, y dejar que el instinto del caballo adivine los peligros, ó cuando va impetuoso en la carrera y encuentra algún tropiezo y cao, rodar con él y estar pronto á montar de nuevo.
A la manera que el pescado cogido en la red gira, se revuelve, invade, busca, intenta salir y retrocede, siempre detenido por una malla que le impide el paso, hasta que al fin uno más grande y más fuerte empuja con violencia y da en el punto donde la red está débil, y por allí se escapa con todos sus compañeros; así al llegar al corral el ganado, nn toro hosco, de aspecto matrero y robusta cerviz, de repente parte para donde
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está un muchacho, embiste al caballo, que cae bañado en sangre, y corre precipitadamente hacia al potrero. Todo el ganado sigue su ejemplo, y se dirige por el mismo punto, en donde el muchacho se debate por salir de debajo del caballo; y cuando el toro va á pasar por sobre él, otro, rápido como una flecha, cruza el círculo, atraviesa su mocho delante del ganado, y valeroso y resuelto hace frente al primer toro que llega, lo grita, la atropella y lo obliga á retroceder, y tras él tocio el ganado se detiene; con lo cual salva á su compañero de una muerte segura.
Luego que el ganado está en el corral, los vaqueros vuelven al campamento á relatar, arrebatándose la palabra, los riesgos que han corrido y las gracias que han hecho, debiéndose, en opinión de cada uno, sólo á él la buena recogida. En efecto, es cosa incomprensible ver cómo quinientas floras, cada una más potente que un león y más brava que una hiena, armada por la naturaloza de formidables cuernos y gozando de plena libertad, en potreros inmensos, se dejan reducir y encorralar por una docena de hombres, á los cuales pone en dispersión un sólo toro cuando se encuentra aislado.
De los cosecheros, uno aborrece el cultivo del tabaco, se lamenta siempre de las plagas, que son, en su lenguaje, la flotilla^ q\ pulgón y el dueño de tierras; y
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siendo su máxima «pocas matas y bien cuidadas,» cumple con la primera parte y olvida siempre la segunda. _
Taita Ponce, uno de mis cosecheros, guardaba todas las fiestas vigentes y suprimidas, es decir, se emborrachaba; lo mismo hacía los domingos, y los lunes, que son domingos chiquitos^ y el viernes, por ser ¿ía de mercado: el resto de la semana lo empleaba en chin' chorrear^ cuando había pencado en el río, ó en hacer los preparativos de una gran siembra que jamás realizó.
¿ Había fiestas en Piedras? allí estaba taita Ponce en su yegua, y con su mujer. Las de la Villa no las perdía; y todos los años hacía romería á Nuestra Señora de Méndez.
Una noche se presentó en mi casa, y desde la puerta me dijo:
— Se las dé Dios, mi dolor.
-—Entre, taita Ponce.
— Vengo, después de verlo, á traerle esta pepa Era una sandía hermosísima y en sazón. Después, poniéndose en cuclillas, y armando con el dedo un agujero en el suelo, principió este diálogo:
— Pues mi dolor, yo vengo desauciao, á echarme en brazos de busléj que después de Dios es nuestro padre, y á más es dueño de tierras.
— Qué quiere, taita Ponce?
— Pues ha de saber mi dolor que me encuentro péndulo, y vengo á que me haga una grande iniquidá.
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— 1 Juál es ?
— Pues vengo á que me dé un suicidio con que meterle calumas al caney.
— Está bien.
— Yo quisiera que mi dolor me diera el suplicio de un toro.
— Cómo es eso?
— Pues que me afianzara un toro, para yo tener una galanúa con que poder echar una buena siembra en esta cosecha.
— Imposible, taita Ponce, si usted ya debe mucho, no trabaja, y nunca entrega tabaco.
— Ah ! mi dolor ^ eso, es por las circunstancias de los tiempos; pero ahora tengo una flor de lahaco que la voy á traer, apenilas dé, porque está todavía zarazo.
Y, yendo de engañado á engañado, taita Ponce se llevó siempre el toro, sin haber hecho objeción ninguna al precio porque se lo vendí; y el día de la matanza hizo un conche para que fuesen los demás cosecheros á ayudarle á levantar el caney.
Era de verse la multitud de calentanos ese día, trabajando con la más bulliciosa algazara, procurando cada uno que el vecino fuese quien llevase la carga, y levantando así algunas de las columnas del caney; pero como era convite^ los tragos se sucedían sin largos intervalos, dando el ejemplo taita Ponce, que quería pasar por rumboso y espléndido ese día.
A las doce, y después de un opíparo almuerzo
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en que devoraron la mitad de la res, ya todos loa convidados estaban imposibilitados para trabajar; y medio ebrios, los unos luchaban á brazo partido en la llanura, los otros cantaban debajo de una ceiba, y otros jugaban á la primera envidada\ de cuyo número fue taita Ponce, quien perdió el resto de la res, el chinchorro y todo cuanto poseía.
Si alguna vez tuvo taita Ponce la flor de tabaco que rae había prometido, fue un misterio para raí, á pesar de la vigilancia de los inspectores; pues parece que unas veces lo sacaba verde para venderlo del otro lado del río, donde los chuseros tenían caneyes á propósito para comprar el tabaco y secarlo; otras, cambiaba en las sartas á media noche el bueno por carola, de manera que aldíi siguiente los comisionados, al hacer la visita, no encontraban merma en el peso, pero el día en que se le recibía el tabaco yá no servía para nada; y yá, en fin, apelando á la astucia, al fraude y á todos los recursos humanos, lograba, como un cubiletero, que el tabaco, yá soco y preparado, desapareciese por encanto en el tránsito del caney á la casa de recibo.
Un día que yo tomaba un baño en el delicioso Magdalena, vi que taita Ponce llegó á la orilla con tres vástagos de plátano, los echó al río, atólos con un bejuco, y quitándose la camisa, que puso sobre dos estacas cruzadas en la balsa, se embarcó, y en medio del río me gritó :
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— Adiós, mi dotor, me voy desauciao á buscar posesión á Lagunilla, porque estas tierras yá no dan ; pero su plata no la dé por perdida, pues Dios mediante, algún día nos hemos do volver á encontrar.
¿Qaé había dejado taita Ponce ? una cuenta en el libro por | 300; tres palos parados para formar un caney, y su grata memoria.
Otro cosechero es un tipo de trabajo, de honradez y de esperanza.
Si viajar en los Estados Unidos del Norte es un placer para el filósofo y el amante de la humanidad, porque no encuentra allí el pauperismo, lepra que devora la población de Europa, y porque ve la comodidad y el bienestar repartidos por todas las clases; venir al Magdalena, después do recorrer el interior de la República, viendo su población ^mugrosa y esclava de un salario, es también un placer, porque aquí se encuentra al cosechero, rodeado de su familia, en medio de la abundancia, y mitigando la maldición de comer con el sudor de su frente.
En efecto. Es muy grato llegar al espacioso caney, descubierto por todas partes, y sólo por un lado tapado con hojas de palma, para formar la alcoba, donde duerme la familia y donde tiene sus baúles, una mesita con botellas, algunos platos y pocilios de loza fina, hay una vara atravesada, de donde penden la ruana y el traje de gala del hombre y su mujer, y las monturas varoniles que sirven para ambos.
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El frente del caney está empradizado de verde grama, y debajo de los totumos y naranjos hay una barbacoa^ donde lucen grandes y pequeñas ollas de barro colorado; y más lejos se ven atados, entre el pasto de guinea, una yegua y un caballo en delicioso consorcio.
El caney está ocupado hasta la mitad por una troja de maíz, conservado en mazorca con hojas, la otra mitad se emplea en las operaciones del diario, y el techo está cruzado por infinidad de cuerdas en las que va ensartado el tabaco. Los racimos de plátanos de la vecina platanera, se maduran colgados al humo de la hoguera; y las gallinas, los patos, los palomos, y el cerdo que engordan, tienen siempre el caney en bullicio y agitación.
Al rayar el día se levanta el enjambre de muchachos, del cuero en donde duermen, yen estado de primitiva desnudez marchan al río á regar las eras del almácigo. Verdadera fiesta para ellos, pues el agua es la felicidad en el clima caliente, y ellos cumplen su tarea bañándose, nadando y jugueteando, hasta que el padre, armado de un perrero, viene á llevarlos por delante para el caney.
Allí los esperan tazas de chocolate aromático y sabroso, acompañado de arepas de maíz ó plátanos verdes asados; y concluido el suculento desayuno, marchan en procesión, uno en pos de otro, vestidos hasta la cintura y cubierta la cabeza con un gran ras-
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•pón^ al tabacal, á matar cachudo^ á despulgai\ y á coger el tabaco en sazón.
Cuando yá el sol es muy fuerte, cada uno toma su pizca ó tercio de hojas de tabaco verde, se lo echa á la espalda, y presididos por el padre, marchan á almorzar y á sestear al caney.
El cosechero tiene siempre comidas abundantes, aunque es parco en comer, y en ella su mujer sabe mezclar, con infinita variedad, el exquisito viudo de pescado, el sancocho de plátano con carne, el arroz atollado, el cocido^ y el peto de maíz.
Después del almuerzo el cosechero duerme, ó sentado en una banquita, emprende la laboriosa tarea de tejer su atarraya^ yes entonces cuando la mujer domina, presidiendo todos los trabajos, al mismo tiempo que le mete fuego á la hornilla, que espanta los perros, que llama las gallinas, pela plátanos, y arrulla al niño que lleva en los brazos.
Aquí hay poesía, hay belleza; y si la escena se contempla en medio de las agrestes selvas, iluminada por el sol de los trópicos y á la orilla del caudaloso Magdalena, teniendo una imaginación ardiente, y siendo un hombre apasionado por la familia, se siente placer y el corazón descansa.
' La voz cadenciosa de la mujer no deja de oírse un momento, lo que prueba que la lengua no es sólo el arma, sino también el poder, de esta parte predilecta de la humanidad.
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— Mirá¡ Juancho, que no hagas maganza. Chi ! Chi I Espanté esas gallinas y échales agua, que están dor aditas.
— Miren el diablo del gato, metido entre el rescoldo.
— Cabeza con cabeza y cola con cola ! Como qus no sabes amarrar los «¿nos?
— Ensarté la carola aparte.
— Arrú ! arrú ! arrú !
Duérmete, niño,
Que tengo que hacer.
Lavar los pañales,
Y hacer de comer.
— Miréc\\xQ BQ arrebata esa olla, sacéle unos tizones.
— Compadre Pancho, pasque ni an agua hag^ vaya y se trae un túmbilo al río.
— Cantalicia, no jugués, porque te doy con el chirrión.
— Oíste. Miré ese marrano que rompe las ollas. ¡Como que no tenés ojos I
— Ñor Toribio, déjese de estarle haciendo sanajorias á Emperatriz, porqne se lo digo a éí, y viene y \o jaría ü palos.
Así, ella presidiendo, viendo, mandándolo todo; y la familia ensartando, colgandowy amarrando tabaco, pasan el día, hasta que la tarde se refresca, y entonces vuelven al tabacal á darle la última mano.
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¿Le falta algo al cosechero ? Tiene trabajo, abundancia, hogar, familia y porvenir.
Si; le falta una voz amiga que le enseñe la moral; que dulcifique sus costumbres semibárbaras; que lo baga sobrio y económico; que lo lleve poco á poco por la senda de la civilización; y que sin arrebatarle el trabajo de sus hijos, le inspire el deseo de mejorar su condición, haciéndole amar la virtud y mostrándole los encantos y los placeres de la vida social.
Terminaré, amado lector, y para dar una idea de la vida que en el Magdalena se llevaba, copiando una página de mi cartera:
Marzo 16 de 1865.
Es preciso apuntar los acontecimientos de este
día.
l.° Supe que el caney de Manuel García, y que yo le había comprado, se quemó también con las otras casas y caneyes de que ya tenía conocimiento.
2.0 A las diez de la mañana recibo las cuentas de Vanegas, mi recomendado accidental, y resulta alcanzado en $ 375.
3. ® Descubro también, que ha dispuesto de seis toros para pagar sus deudas á Troncoso.
4. *’ Al examinar la cuenta del ganado, aparece que ha dispuesto del producido de cuatro reses más. No hay ninguna esperanza de que Vanegas pague el valor de lo que ha dispuesto.
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5. ® Al montar Vanegas, reparo que está en mi macho pardo, y que lo ha vuelto tuerto.
6. '’ Mandé que quemaran al potrero de Chipaná y unos rastrojos, y Chipaná no se ha quemado.
7. ® A las dos de la tarde se quemó, desgraciadamente, el potrero de Colombia, que contenía 110 roses, y también se quemaron las casas de Eduardo Jiménez.
8. ® Pasó el día inútilmente apagando el fuego.
9. ® A las doce de la noche, viene Rodríguez á avisarme que se ha incendiado también el potrero de Lurá, conteniendo más de 400 reses y 50 bestias.
10. A las cinco de la mañana hago levantar á todo el mundo y se consigue que no se queme sino la mitad del potrero.
11. A las siete de la mañana, vuelve á incendiarse el potrero, estando yo solo en él.
12. Un toro aparece quemado.
13. Otro toro aparece muerto en el camino.
14. Al retirarme del incendio, á las cinco déla mañana, una gran serpiente venía adelante de mí y se volvía con frecuencia ; pero yo iba agobiado da pena y de cansancio, y no me daba cuenta del peligro. De repente la culebra se pára, levanta la cabeza y me embiste. Entonces fue que estimé el peligro.
15. A las dos de la tarde me avisa el Alcalde d« Piedras que Jiménez ha conmovido el pueblo contra mí; porque se ha presentado ardido y diciendo, que yo lo he arruinado; y me citan para la demanda. u
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16. A las cinco de la tarde, recibo otra boleta para que conteste demanda con Pedro Medina, por incendio.
17. A la vuelta de Lurá, á las seis de la noche? Vengo rendido y triste, y me doy con un tronco atravesado de uno al otro lado del sendero, un golpe en la cabeza.
CAPITULO Xll!
GONZALO JIMENEZ DE QDESADA
ADVERTEXTCZA
Fue en Guataquí donde Gonzalo Jiménez de Qaesada mandó, segdu lo refieren el Padre Simón y el Obispo Piedrahita, construir los bergantines en los cuales debían embarcarse él, Fredermán y Belalcázar, para regresar á España, después de haber conquistado el Reino de los Muiscas y fundado á Bogotá; y fue en Guataquicito, según la tradición, donde residió, mientras acababan las embarcaciones, habiendo mantenido con sus habitantes las más amistosas relaciones.
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Qaé de extraño, pues, que en Gaataquicito, estando solo y en presencia de los lugares donde él había estado, y encontrando aun frescas sus huellas, yo hubiera consagrado algunas horas al estudio que ahora publico.
El amor á lo maravilloso, y el prestigio con que el tiempo reviste lo que se refiere á una remota antigüedad, dan á la Mitología griega su encanto divino; y hacen que sus dioses y sus héroes vayan pasando, al través de las edades, alimentando la literatnra, é inspirando á los poetas, á los pintores y á los estatuarios.
Para nosotros los americanos, hay una época mitológica, que es la de la Conquista, y en edades remotas, Cristóbal Colón, Hernán Cortés, Balboa, Bizarro y Gonzalo Jiménez de Quesada, adquirirán también el prestigio divino; y en la mente humana alcanzarán á ocupar el puesto que por tanto tiempo, tuvieron los dioses del viejo paganismo.
Yá Cristóbal Colón ha pasado de héroe histórico, por la apoteosis que la humanidad le ha preparado en tres siglos, al templo déla inmortalidad, templo de Inz y de esplendor, donde reposa su figura noble: templo que de dondequiera se divisa, y del cual salen ecos y alabanzas que se pierden en la eternidad. Hernán Cortés no es tampoco hoy un simple mortal, sino la noble inspiración del poeta, el modelo del estatuario y la fanta-
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síadel pintor; y en el uno y en el otro mundo aparece yá con la diadema divina de la inmortalidad.
No ha alcanzado este prestigio Gonzalo Jiménez de Quesada, y, sin embargo, este héroe descubrió? conquistó y dominó la región más hermosa de América, y uno de los imperios más civilizados del Nuevo Continente: para lo cual tuvo que desplegar más valor^ más constancia y más habilidad que la que necesitaron Hernán Cortés ó los Pizarros para conquistar á México y el Perú; y él fundó un Reino civilizado en me dio de los desiertos y de las soledades, y en una tierra desconocida.
Para escribir con imparcialidad y justicia la historia de los conquistadores de América, es necesario presentar el cuadro de la Europa en aquella épocaseñalar la condición moral é intelectual de España al tiempo en que sus hijos emprendían la pasmosa conquista; estudiar la civilización que allí reinaba, y que elljs trajeron á estas regiones; civilización que vivió, que se aclimató en los desiertos, que se desarrolló en trescientos años de Colonia, y que produjo al fin esa generación de sabios y de mártires que nos dieron patria y libertad.
Para ser imparciales no debemos olvidar que obtenida la Independencia, después de una guerra sangrienta y cruel, la memoria de los españoles quedó entre nosotros execrada y odiosa, y que todos los horrores de la Conquista, unidos á las crueldades de la
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guerra de la Indepeadencia, formaron contra la España una masa de odio que es preciso remover con espíritu sereno; que hay que considerar que toda conquista trae siempre la ruina de la raza conquistada, bien se haga por los romanos, los godos ó los normandos; y que en la Conquista de América debe sorprendernos el ver que los conquistadores trajeron á estas regiones la civilización que ellos tenían : que hicieron dé los indios súbditos del Reino; que no los extinguieron como en otras regiones : que las leyes los consideraron libres; y que por el esfuerzo español, de bárbaros errantes, formaron habitantes de las ciudades, aptos para la industria y obreros de la civilización.
La Edad Media: la época do las tinieblas, de la ignorancia y del error había pasado yá al tiempo del descubrimiento de América ; y la humanidad empezaba á trazar la Historia moderna. Los bárbaros del Norte, arraigados yá en su suelo, no amenazaban invadir la parte civilizada do la Europa, y para resistirá los turcos, las naciones cristianas organizaban ejércitos, que más tardo habían de dar á D. Juan de Austria el triunfo de Lepante. El poder de los Papas bastaba para contener las conquistas de las unas sobre las otras naciones europeas : el prestigio de las guerras desaparecía; y la espada que había dominado al mundo
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en la antigüedad, cedía su puesto á otras más legítimas influencias.
La Iglesia tranquila, después del Concilio de Basilea, se constituía vigorosamente para mantener la unidad de la fe y el arreglo de la disciplina en todo el mundo. Abandonaba ya la empresa de armar á los cristianos para ir á la conquista de la Tierra Santa, y ejercía en todas las naciones y sobre todos los gobiernos una influencia irresistible.
Italia, habiendo sacudido el yugo alemán, so constituía inexpertamente, en pequeños Estados, donde á las empresas guerreras, se había sustituido la cultura intelectual; y las bellas artes levantaban ciudades rivales en lujo y elegancia, como Venecia, Genova, Verona, Ragusa y Florencia.
Francia se presentaba yá unida é independiente, con una corte espléndida, y deslumbrando al mundo con el brillo de su civilización, pero sin aspirar más que al engrandecimiento en su propio suelo.
La Infjlaterra se levantaba ambiciosa: intentaba dominar por su comercio en todas partes, y empezaba á figurar como potp,ncia en ambos mares, con la influencia de su diplomacia; pero no era aún una potenciada primer orden ni podía aspirar á hacer conquistas.
La Polonia, noble y generosa, hacía ella sola frente al turco, y salvaba la Europa de una nueva invasión.
El Portugal, nación débil, pero bien gobernada,
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llamaba la atención por su3 descubrimientos marítimos y enviaba con ardoroso afán su escasa marina á llevar el comercio á las Indias, y despertaba el sentimiento público hacia nuevas empresas, que ella no podía realizar.
Alemania, dividida en infinitos Estados, obedecía sumisa á la casa de Austria, de donde salían los Césares, y que confundía sus destinos con España.
La España: unidos los Reinos de León y de Castilla, de Aragón y de Navarra por el matrimonio de D. Fernando con D.* Isabel, llamada la católica : vigorizado el sentimiento nacional; y después de ocho siglos de diario batallar contra los moros establecidos en la Península á quienes venció; rendido el Rey Boabdil, conquistada Granada, la España entraba al mundo como una gran Nación : fuerte por el valor de sus hijos, por la unidad de su fe y por el vigor de sus instituciones.
Pero la España solo sabía pelear, vencer y conquistar. El batallar constante la había hecho invencible. Nada alcanzaba á satisfacer su sed de gloria y de conquistas; y así como en nada estimaba las maravilla® de la civilización árabe que habían quedado en su suelo, ni comprendía los tesoros de ciencia que encerraban sus bibliotecas, ni se interesaba en el movimiento intelectual que en toda Europa preocupaba los espíritus y preparaba la grande Epoca áéZ también nada bastaba á su ardimiento bélico, y el mundo pequeño para sus conquistas.
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Es grande el contraste que presenta la España en esa época con las otras naciones, con la Italia, por ejemplo, en donde los Papas, haciéndose dignos del rango que en el mundo ocupabany tenían perfecta comunidad de aspiraciones con sus contemporáneos, encabezaban el movimiento intelectual y dirigían la corriente científica y literaria. Eu donde el culto de la inteligencia era no sólo una necesidad íntima, sino también un medio de dominar y de ejercer influencia; donde los Médicis resolvieron levantar sobre el engrandecimiento de las letras y délas artes, el poder de su casa ducal, y donde á muchos tiranos se perdonaban crímenes horribles porque protegían á un sabio ilustre ó levantaban un grandioso monumento. En aquel tiempo las naciones habían vuelto la miradahacia losgraodes hechos y las grandes cosas de la antigüedad; las letras y aquella civilización, después de un eclipse, diez veces secular, brillaban con magnífico esplendor, y por todas partes dilataban los corazones é inflamaban los espíritus.
Vivir en medio del esplendor de las letras, y después trasmitir su nombre á las generaciones venideras, bien fuera por los versos de un poeta inmortal ó por el cincel de un estatuario, en un magnífico sepulcro, esta era la ambición de los soberanos de Italia.
Inspirados todos por e! amor de la Fama^ que Petrarca cantaba en lindos versos, aquel siglo, con los Papas á la cabeza, no se contentaba con su propia gloria, sino que se remontaba al pasado: erigía el culto délos
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grandes hombres, y levantaba monumentos á Virgilio^ á los Plinios y á Tito Livio. Imposible era entonces separar la misión del Mesenas en Roma, de las funciones del Sumo Pontífice ó Jefe de la cristiandad; y Sixto IV; apenas elegido Papa, fundaba la gran biblioteca del Vaticano, Julio II visitaba á Miguel Angel en la capilla sixtina para admirar los frescos, y León X levantaba el suntuoso templo de San Pedro, símbolo de la cristiandad difundida en el mundo.
Los griegos, salidos del Bajo Imperio, en donde como en un santuario maravilloso se había conservado la sabiduría helénica, eran recibidos con honores casi divinos, por todas partes; y más que la conquista de una provincia se estimó la victoria de un Pontífice so* bre los Médicis, por haberse llevado á Roma á Juan de Argiloporilos para que enseñase la doctrina de Platón; y al pie de la cátedra de Francisco Plilelesple, quien durante medio siglo admiró el mundo por su elocuencia, se sentaban los Pontífices Nicolás V y Pío II.
En España al contrario. El noble anciano, retirado en su castillo, relataba á su familia las proezas del gran Capitán y sus propias hazañas; mientras que el joven adestraba el potro altivo; el artesano fabricaba en Toledo espadas mejores que las de Damasco; la hermosa andaluza, poética y soñadora, bordaba una divisa para el amante que de Flandes ó de Italia había de llegar vencedor; y el pueblo, sumiso á su Dios y á su Rey, estaba siempre pronto para for-
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mar esos tercios castellanos, terror del mundo; y que más tarde debían dar el triunfo de Pavía á Carlos V sobre Francisco I.
Son indispensables estas observaciones para hacer patente que si España no hubiera acometido la empresa de descubrir y conquistar la América, ninguna otra nación en el mundo la hubiera acometido: que la raza española era la única formada para tamana empresa: que los conquistadores merecen bien de la Historia, porque á sus esfuerzos se debe la nueva faz que han tomado la política y comercio del mundo, y el mayor bienestar de la humanidad; y que la España de entonces llenó su misión y adquirió para la historia un título, el más grande de los títulos, el que ninguna otra nación en el mundo ha podido alcanzar.
Que nuestra palabra débil pero justa, tenga eco en Colombia: que se conozca la verdad histórica completa; que ella sirva de desagravio por la injusticia, la parcialidad y la pasión con que aquella gran nación ha sido tratada por nosotros mismos, y por otros historiadores, que han querido mirar la conquista de América como el sometimiento de la India, ó juzgarla á la luz de la civilización que reina ya en el siglo XIX.
Pero aun nos queda una reflexión filosófica que hacer [>£ra juzgar de la civilización que los españoles trajeron á estas regiones; antes de entrar en los oetalles de la vida del héroe que fundó á Santafé de Bogotá.
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Las religiones sin cambiar de dogmas, cambian de formas y de carácter en los diversos países en donde dominan, amoldándose á la índole y á las necesidades de sus sectarios. El paganismo, fantástico y soñador en Grecia: religión de poesía, de flores y de flestas, se hizo en Roma imponente y severo, y se convirtió en religión de sacrificios y de sangre. El Islamismo, á cuya sombra se levantaron Damasco y Bagdad, y que con los árabes en la Península Ibérica, protegió la poesía, la ciencia, la libertad y las artes, é hizo de Granada y de Córdoba el centro de la civilización del mundo y la mansión del placer y de la cultura, el Islamismo con los turcos, ha asolado todas las regiones, ha acabado con las ciudades y esterilizado la tierra que domina.
Así el cristianismo, en Roma, estaba entonces representado por el grandioso pensamiento de la sujeción de todas las naciones, poderosas ó débiles, al poder de los Pontífices, que amaban el progreso y protegían la civilización.
En Francia era filosófico, y estaba representado por las Universidades de que habían salido San Bernardo y Abelardo, y de donde debían salir Bossuet y Fenelón: llenando al mundo, con el prestigio de la elocuencia y la sabiduría de sus doctrinas.
En Inglaterra, el cristianismo corregía las costumbres, formaba las familias, contenía los desórdenes de sus reyes, se aliaba con la libertad y se hacía puritano.
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En Florencia, Genova y Yenecia, tomaba formas paganas, enaltecía las artes, embellecía las ciudades y levantaba templos suntuosos como los griegos á la Divinidad.
En Alemania era sombrío y reflexivo, y se refugiaba en los claustros de donde más tarde debía salir Lutero con la Reforma.
En España, como bandera de guerra, grito de victoria, represalia legítima, contra los árabes, se hizo implacable, y armó el brazo de los reyes con la Inquisición para refundir en la nación la inmensa masa do moros y judíos que la conquista le había dado, y que resistía seguir con nuevas creencias, nuevas costumbres y una nueva civilización. Y esta arma terrible se volvió contra los cristianos; y mientras que la nación se engrandecía, pasando los Pirineos, conquistando á Ñapóles, disputando la Navarra, estableciéndose en los Países Bajos y descubriendo el Nuevo Mundo, en el interior sus hijos gemían como esclavos, y adquirían el carácter sombrío que se ha impreso sobre la raza más hermosa y más vigorosa de su época.
La dominación española trajo á estas regiones cuanto había en la Península de civilización, de barbarie, de creencias y de errores. Los españoles se establecieron aquí como en su propia patria, y trajeron toda especie de animales para aclimatarlos. Las ciudades que levantaron tuvieron armas y privilegios como las de España; y como eran los Reinos de León ó de
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Navarra, así era el Nuevo Reino de Granada, cuyos fundamentos echó el joven granadino, Gonzalo Jiménez de Quesada.
Este héroe es un carácter que dehe apasionar á la juventud que ama lo atrevido, lo generoso, lo audaz, aunque sea imprevisivo, y que lo prefiere á las virtudes moderadas de los hombres de Estado, y á la obra de la reflexión, del juicio y de una larga experiencia.
Gonzalo Jiménez de Quesada, nació al principiar el siglo XVI cerca de Granada, siendo su padre el Licen» ciado Luis Jiménez de Quesada, Ministro Juez del Tribunal establecido en aquella ciudad para conocer délas causas de los moros; y él, como su padre, estudió también Jurisprudencia; y como en aquella época se prevenía para ser ahogado, él tuvo que empezar por las Humanidades; y debemos figurarnos á nuestro héroe, resolviendo silogismos con las fórmulas de niego^ distingo y concedo ; que era lo que constituía la sabiduría de aquel tiempo. | Admirable educación para el que había de invadir el territorio sagrado de Iraca y profanar el templo de Sugamuxi I Después fue Licenciado, y en aquella tierra de enmarañada legislación y de eternos litigios, podemos imaginárnoslo ojeando las Pandectas^ registrando el Digesto y estudiando las Siete Partidas de Don Alfonso el Sabio y al que más tarde había de usurpar el Reino de los Chibchas ó Muiscas, y despujar á los Caciques y á los Zipas de todas sus riquezas. Y esto lo hacía Quesada, distinguiéndose
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y adquiriendo el nombre que le valió después sus futuros destinos.
Los más grandes genios no son los que realizan grandes cosas, sino los que tienen el poder de transformación para llevarlas á cabo con los medios que la suerte les ofrece. De aquí la superioridad de Bolívar sobre AVashington: de aquí la grandeza de Mahoma, aprovechándose de las caravanas para aprender el Evangelio, y dictar el Alcorán á los pueblos que solo conocían la idolatría, y fundar una gran religión en el mundo; y de aquí la admiración que inspira Gonzalo Jiménez de Quesada, por la facilidad con que cambiaba de papeles, según lo exigían su patria, su gloria y el siglo en que vivió.
El ¡Nuevo Mundo! Sueño de las imaginaciones exaltadas, ambición de todos los corazones ardorosos : oriente de la gloria y de la fortuna. ¡ El Nuevo Mundo ! se grita en toda España, y este grito arrastra á los misioneros que quieren llevar la fe á esas regiones; á lo3 héroes que ya no tienen moros á quienes combatir ; á los aventureros que no tienen en Europa teatro para sus hazañas; y á los ilusos que no ven, que en vez de las riquezas á que aspiran, van á encontrar allí una muerte segura, entre las selvas solitarias ó sobre las playas enfermizas.
Gonzalo Jiménez de Quesada fue uno de esos sublimes dementes; y salió de España en el año do 1535, en una expedición de aventureros que, con la
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protección real, debía ir á Santa Marta, al mando del lluevo Gobernador D. Pedro Fernández de Lago; y salió con el título Justicia Mayor de la expedición, pues en España, en aquella época, nada se hacía, ni apoderarse de un reino, sin la intervención de la Justicia, y extendiéndose el acta correspondiente por el Escribano Real.
Qnesada, hijo de Juez, y Juez en la expedición, se distinguió por la manera como aplicaba la espada de la ley que da é comparte á cada uno su derecho egualmente ; y llegado á Santa Marta mereció el aprecio del Gobernador y la estimación de sus compatriotas que vivían yá en la ciudad.
Envió de Santa Marta el Gobernador Don Pedro Fernández de Lugo, una expedición que debía someter á los Taironas, y seguir en el descubrimiento y las conquistas del Continente, y se la confió á su hijo Don Luis; pero éste, que amaba más que la fama propia y la gloria de su padre, las riquezas y el placer, recogió, el botín hecho en las primeras excursiones, y que cou'- sistía en mucho oro: tomó un bergantín y fuese á España, quedando así la expedición sin jete, la conquista abandonada, y cortados, sin dada, los destinos de la humanidad.
¡ Aquí estoy yo I, grita Gonzalo Jiménez de Quesada, revistiéndose una armadura, ciñéndose una adarga y calándose un casco con plumero. | Aquíestoy yo! grita, y tan guerrero aspecto ofrece el abogado, y tan
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Brrogante se muestra, que el Gobernador le confía la expedición, lo nombra su Teniente General; y como á tál, lo reconocen los viejos Capitanes, Gonzalo Suárez Rendón, que había estado en Pavía; el denodado Juan del Junco, el noble Lázaro Ponte, Juan de San Martín, que tenía tama de indomable ! Pedro de Ortus, el valeroso, y Velasco, el altivo; y todos los otros guerreros, que tenían viejos títulos y servicios antiguos, j Verdadero milagro, como el del General Bonaparte más tarde, en Italia, realizado por el genio !
El ejército expedicionario, y con el cual se debía descubrir, conquistar y dominar un vasto territorio y muchas naciones que constaban de más de treinta millones de habitantes, se componía de setecientos hombres de infantería y ochenta caballeros, que iban por tierra, á las órdenes inmediatas de Quesada, y de doscientos más que salieron embarcados, y cuyos buques debían entrar por las aterradoras Bocas de Ceniza^ en cuya temeraria empresa fracasaron, naufragando los buques y muriendo los hombres devorados por los feroces Carches de la costa.
Aquellas regiones desiertas todavía, después de cuatrocientos años de descubiertas, y del empuje que en nuestro siglo so ha dado á la civilización, fueron testigos entonces, y muestran aún hoy las dificultadeí^ los peligros y los riesgos de aqueda expedición; la más audaz que se haya acometido, en un mundo nuevo, por países desconocidos: en medio de selvas primi-
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tivas y espesas, sin rumbo ni dirección; bajo el sol quemante de los trópicos; en climas deletéreos; por entre pantanos pestíferos : atacada por tribus guerreras y numerosas; quintada por el hambre, diezmada por las fiebres, por los caimanes, que llenaban los ríos que era preciso esguazar y por los insectos, y consumida por las serpientes, el cansancio, la angustia y la desesperación.
Y Gonzalo Jiménez de Quesada, animando á los débiles, ayudando á los rendidos, estimulando á los cobardes, castigando ú los insurrectos, guiando esta exoedición por ocho meses en el desierto, caminó ciento cincuenta leguas, hasta que llegó á Tamalameque, es el General más valiente, más audaz y más hábil de los que concurrieron á la conquista del Nuevo Continente.
y al llegar allí, nada habían logrado, siempre el río correntoso, la selva espesa y la montaña inaccesible. Los dos bergantines, con los que se había reemplazado la escuadra náufraga, se querían devolver; y á los de á pie sólo les esperaba la soledad y la muerte.
‘‘ Todo, dice el eminente historiador Plaza, todo presagiaba entonces á los castellanos su cercano é inevitable fin. Principió el invierno, estación de las más crudas en los países intertropicales, elevándose las corrientes del río sobre las copas más elevadas de los árboles, é inundando las riberas cercanas, de modo que DO había senda segura que seguir, sin riesgo de
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anegarse.” ¡ Qué cuadro para los que somos sus hijos, hijos degenerados, y que no hemos vuelto á los desiertos ! ¿Cuál de los que hoy aspiran á la gloria sería capaz de dirigir como Quesada una empresa semejante?
Quesada ruega á los navegantes que sigan adelante. Estos abanzan veinte leguas más y vuelven á donde él á decirle que sólo han hallado el río, la selva y la soledad por dondequiera ! “ Con estas nuevas, dice el mismo historiador, comenzó la tropa á desmayar, y aun á dar señrdes de descontento: haciendo llegar sus quejas á oídos de Quesada; más no era este el hombre á quien intimidasen los peligros, ni el desaliento del ejército, ni su desobediencia. Ordenó imperiosamente que continuase la marcha, prometiendo que dentro de veinte días abandonarían el río.”
Colón pidió cuarenta y ocho horas para calmar á la turba amotinada, confiando en su destino; y antes de estar el término vencido, e! vigía gritó: Tierral Tierra I Más, ¿ quién inspira á Quesada, cuando está en la soledad perdido, esta nueva promesa ?
Llega la expedición á las bocas del río Carare, los mismos peligros, el mismo clima, las mismas enfermedades; pero Quesada no desmaya, ni deja volver á su gente, y antes de veinte días en una miserable cabaña, encuentran unos panes de sal: luégo cogen una canoa en donde hay unas mantas que vienen de otra parte, y que acusan una más alta civilización. — *‘Allá vamos,’^ grita Quesada, y se pone á la cabeza de su gente; pero
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entonces es él quien cae víctima de la fiebre, y con esto va á concluir la expedición, y para siempre igno' radas van á quedar las regiones hermosas en donde reinan los Zipas y los Zaques.
^‘Todo el ejército, dice Plaza refiriendo este infausto acontecimiento, esperaba y deseaba, de un momento á otro, la muerte de Quesada, para restituirse á Santa Marta; pero este hombre extraordinario, este esforzado caudillo, no sólo convaleció, sobrellevando la hambre, la intemperie y toda falta de recursos, sino que se hizo superior á los consejos de la debilidad y el desaliento, y á las voces amenazantes de algunos de sus soldados. Ya corría el año de 37, y Quesada, grande como los antiguos, era el primero que daba el ejemplo del valor y de constancia, trepando al frente de sus tropas, por las fragosas sierras del Opón, con inauditas penalidades, escasez de víveres y bajas de muertos y enfermos en el ejército. Los soldados tenían que dormir en las copas de los árboles, dejando los caballos anegados hasta las hijadas en los pantanos inacabables de la montaña. Muchas veces la ración consistía en un pedazo de carne de caballo de los que morían, y diez y ocho granos de maíz, y otros en carne de perro y de gato de los que llevaban, ó les cueros de las adargas.”
¿Quién en este hombre incansable hubiera reconocido al estudiante de Granada, que resolvía silogismos; al abogado que alegaba en estrados, ó al Justicia
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Mayor^ que adoiÍDÍstraba el derecho eo la nueva Colonia?
Su genio lo llevaba, el destino lo protegía, suconstancia lo salvaba; y d pocos días, trasmontada la sierra, encuentra tierras llanas; y él es el descubridor y conquistad jr de la tierra que hoy lleva> el nombre de Colombia.
El gozo sucede al desaliento: al hambre la abundancia; se encuentra la expedición en tierra fría, en clima dulce, en medio de inmensas poblaciones civilizadas; y hiy allí oro y esmeraldas en abundancia ! ! — Esto será mío, dice Jiménez Quesada; y entonces pasa revista á sus tropas, y sólo encuentra ciento setenta y seis hombres! Depone el mando en medio del alborozo y del contento general; y los solda^ dos lo proclaman de nuevo, llenos de entusiasmo, jefe; y lo relevan de toda sujeción al adelantado Lugo, Gobernador de Santa Marti; para que sea él solo quien tenga la gloria de conquistar los reinos doscubiertos.
Hé aquí la proclama que en ocasión tan solem. ne dirige á los soldados, y que es un admirable plan de campaña, y que parece dictada por uno de Iosgrandes capitanes de la revolución francesa:
“ Ha llegado, el tiempo valerosos españoles y compañeros míos, en que ro<a la cadena de los trabajos en que estuvisteis aprisionados en la cárcel de las montañas, veáis en los dilatados espacios de este
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país cercano, el logro bien merecido de vuestros afanes. La multitud de los naturales, aseo y disposición de sus personas, dan claras muestras de las benignas influencias de que gozan: la tierra, menos cautelosa que sus duefí<)s, descubre señales de ricos tesoros que depositan sus entrañas al repazo de ríos caudalosos, veneros en que cebar la esperanza.
“ Tengo bien experimentado vuestro valor en la pronta obediencia conque habéis ejecutado mis órdenes, venciendo abismos de dificultades; y en la ocasión que nos llama, quisiera no interponer dilaciones? pues la presteza en los acometimientos aumenta temor de los contrarios, á quienes habernos de sojuzgar más con el espanto que con las armas; y este será tanto mayor en sus ánimos, cuanto lo sintieren más apresurado de nuestra parte. Preguntado Marco Catón cómo se había vencido cierta ciudad en España, contestó que caminando en dos días lo que se andaba en cuatro, porque si la prevención es trueno, la ejecución debe ser rayo.
“¿De qué habrían servido las calamidades si no aprovechamos la gloria que la fortuna nos facilita? ¿De qué haber librado las vidas de cuantos de nuestros amigos que han perecido, si no las aventuramos de manera que nuestro nombre se eternice ó una honrosa muerte nos disculpe?
“ No es la multitud de enemigos á contrastar la fortaleza conque hemos vencido tántas miserias. Si
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el íin de ensalzar el nombre de Cristo es que mira un valor arrestado, muy por su cuenta corre sacarlo victorioso de mayores peligros. Nunca fueron pocos soldados los buenos, ni muchos los que pelean desordenados.
Las hazañas que os esperan no serán mayores por el riesgo de obrarlas que las que teneis ejecutadas en tantos encuentros; y los que supieron salir tan airosos de las primeras, poco deben recelar mal suceso de las segundas. Los que de sí desconfían son podionesen que se esculpen las victorias délos contrarios; y los que nada temen, cuando la suerte está echada, son galanes de la fortuna á quienes ella corteja con los mismos favores que á Cesar. Esto se entiende siendo forzoso abrirse camino con las armas: pero no siendo forzoso el empeño es desacuerdo que reprueba la prudencia, ocasionar el combate, pudiendo conseguir el fio por medios más suaves.
“ De los mayores aciertos fue medianera la paz y el agasajo, conveniencias entre ambas, que aún los más bárbaros apetecen. Y pues tanto importa reconocer estos indios, sano acuerdo será intentarlo con halagos sin llegar á rompimiento antes de hallarnos ocasionados. Si nos conciben hombres, no excusarán la comunicación, y si, con las obras desmentimos lo racional, perderán en tan natural defensa, haciéndonos los primeros males con la ocultación de sus propios bienes. De suerte que lo más conveniente, será siempre ase-
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gurar la caza con arte, y sujetar estas naciones con mañU; ya que la fortuna, al parecer de quien la teme imposibilita tomarla por fuerza; y si á los medios pacíficos correspondieren sencillos; i>o faltando á lo pactado, nos haremos superiores, guardando palabras; pero si deseslifnasen nuestro agasajo, no excusaré aventurarme hasta que nos veneren.»
Después, la Conquista hasta la capital del Reino de los Muiscas, no fue más que una serie de triunfos, debidos al valor castellano y á la hábil dirección de su jefe : un paseo glorioso, en medio de las poblaciones pasmadas, vencidas cuando resistían, y que en su es- ^panto los creyeron hijos de Záehé, y que quemaron mosque ó incienso, delante de ellos como si fuesen dioses.
Entonces, Gonzalo Jiménez de Quesada, asume el carácter que la Divinidad podía tener en la mente vde los indios; y arregla su conducta de manera que el puñado de dioses que estaban rodeados de millones de mortales, no perdiesen su prestigio divino, y que, inspirasen los sentimientos que los séres superiores inspiran por donde quiera: amor, humildad, respeto, veneración, miedo y espanto.
Por eso era inflexible con los suyos cuando quebrantaban las reglas que dictaba como indispensables para la salvación de su pequeño ejército. Dios es justiciero, y por lo mismo castiga con la muerte al soldado Juan Gordo, que en Suesca cometió la injusticia de
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apropiarse las mantas de un indio, Dios no es temerario, sino prudente, y por esto, después de la victoria de Nemocón, hace arrestar á los bravos capitanes que se excedieron en el valor y se apartaron del ejército. Dios está en todas partes, y Quesada, admirable estratégico, sienta sus reales en Funza: ataca á los caciques de los alrededores, va á Somondoco y^ recoge las esmeraldas; está en Tunja, saquea la ciudad, se apodera del Zaque, tan poderoso como el Zipa, y consigue tesoros tan grandes, que en el montón de oro que se formó en el patio de una casa, no se veían los soldados del uno al otro lado: y por todas partes se le ve y se ve á los españoles. Dios es invencible, y les es[)añoles vencen al formidable Tundama,y ¡cosa maravillosa!, descienden al territorio de los feroces é invencibles Panches, y de allí salen con vida. Dios no admite otro culto que el verdadero, y Quesada invade el territorio sagrado de Iraca, aprehende al sumo sacerdote, é incendia el santuario do todas las ciencias, las artes y la fe que poseía el famoso templo de Sugamuxi. Y no llovió fuego del cielo. Chin no hizo crecer de nuevo la laguna de Bogotá, para que anegara el suelo que pisaban los extranjeros, ni Nenqueteba los hirió con la vara que daba la vida y la muerte I Los españoles, pues, eran los hijos del sol, y Quesada era el Dios tonante de esta nueva mitología.
La Conquista, se extiende así, en menos de un año por todas prrtes; y aquel hombre que había roto todos
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los títulos de legitimidad que reconoce el mundo, olvidándose hasta de enviar razón de sus descubrimiento! al Gobernador de Santa Marta, que le había dado la expedición, se hace, no obstante, obedecer desús soldados; derrota á los indios que se le oponen hasta que muere el Zipa en Facatativá; y cuando el sucesor intenta resistirle, lo derrota también y lo obliga á entrar en tratados.
¡ Admirable diplomacia la de> General Quesada I, que obliga al Zipa á que ponga las tropas á sus órdenes para batir á sus enemigos los Panches : que subleva á los Caciques contra el Zipa; debilita el imperio; y logra, al fin, que aquí, en el fondo de las selvas de América, en donde habían dominado por siglos unos soberanos indígenas, se venga á reconocer á un Rey lejano, cuyo nombre no saben siquiera pronunciar I
Porque es preciso reconocer, para la gloria de este hombre singular; que no fue solo la fuerza la que sometió á estas regiones al dominio de España, pues que vemos que por mucho tiempo, reunido yá un gran poder aquí, y constituido un gobierno, los muzos resistieron la dominación: los traquíes, se mostraron formidab'es, los pijaos combatieron incansables y asolaron las más ricas ciudades: los andaquíes jamás fueron sometidos ; y los goajiros quedaron independientes por trescientos años, mientras que Quesada con ciento setenta hombres, tomó posesión del imperio más bello de América, para ofrecérselo como regalo al Monarca que gobernaba á España.
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Dichoso estábil Gonzalo Jiménez de Qaesada con sa reino; y ya se preparaba para ir á España á deslumbrar con la fama de sus conquistas y el brillo de sus riquezas, cuando le llega noticia de que otro ejército español viene por el lado de Neiva.
Este ejército es el del General Belalcázar, quien después de haber ayudado á la conquista del Perú, y hecho la del Reino de Quito, sigue avanzando, siempre en busca del Dorado, y se dirige á Bogotá. El ejército viene en magníficos caballos, arrogantemente vestido; lleno de comodidades, con un gran equipaje, conducido por numerosos indios, y por donde quiera que pasa levanta fortalezas, deja establecimientos y funda ciudades, en señal de que toma posesión soberana del reino.
¿Qué hacer ? Pelear y vencer al contrario ó ser vencido por él, y entregarle el reino. No había otro remedio.
Qaesada, sin embargo, quiere ensayar la diplomacia, y envía á su hermano y á otros bravos capitanes á donde Belalcázar, llevándole un presente de oro V dándole cuenta do sus conquistas. Belalcázar^ caballero y gentil, le devuelve una suntuosa bajilla de oro, y le dice que no viene á arrebatarle sus conquistas sino en busca del Dorado,y de un camino para salir á la Costa y de allí á España; pero avanza, avanza; y nada garantiza sus palabras.
¡Una nueva desgracia ! Llega la noticia al mismo
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tiempo, comunicada por Lázaro Fonte, desterrado á Pasca, de que por el lado de Fosca viene otro ejército de españoles, desnudo ó vestido con pieles de animales salvajes, hambriento y ansioso de llegar á Bogotá.
Este era el ejército a! mando de Frederrnán, que desdo el Oabo de la Vela, en las Costas de Venezuela, atravesando los llanos y trasmontando la Sierra, llegaba también en busca del Dorado, y á tomar posesión del Reino de los Muiscas.
Los capitanes de Quesada imponen á Fredermán de todo lo acaecido, y le hacen mil propuestas en nombre de su General; pero éste, desconfiado y receloso de que aquél lo engañase y le quitase su fuerza, ó muy astuto para convenir en reconocer una conquista que él había venido haciendo por distinta vía, en nada conviene; y mientras tanto, dice Piedrahita; “ Instigado Belalcázar de algunos de los suyos, y olvidado por esto de la primera resolución, con la esperanza de apropiarse la conquista, pasó el río Magdalena, tomando la vuelta de Santafé, por la Provincia de los Panchos, con tanta celeridad, que casi á un tiempo le llegó á Quesada la noticia de haber esguazado el río, y la de haber entrado por los Llanos á Bogotá, deseoso de coligarse con la otra gente española que había arribado á Pasca, según la relación que también tuvo de algunos indios panches.’*
«Esta nueva por no esperada de Quesada — conti-^ núa el mismo historiador — porque lo cogió sin haber-
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se convenido con Fredermán, lo alteró tanto que se le representaba mayor el tiempo de perderlo todo si la gente del Perú y Venezuela se ligaban en perjuicio suyo; de que yá empezaba á tratar Belalcázar, acuartelado en Bosa, dos leguas de Santafé, según á cada paso se lo avisaban los capitones Junco y Suárez, que estaban con Fredermán; y así resuelto á no permitir que lo echasen del Reino los dos cnudillosi para dividírselo entre ellos á título de que caía en los términos de la Gobernación de cada uno, juntó toda su gente con más de veinte mil indios, con ánimo de presentar al uno de los dos campos la batalla antes de que lo bascasen los enemigos unidos.»
Esta es una resolución boliviana, de esas que inspiran el genio y deciden del éxito de una empresa.
■ Aquí debo mencionar como curiosa una circunstancia, que llamó la atención de Piedrahita, quien dice: — «Y por muy digno de reparo en el lance presente— es de saber que en cada cual de los tres campos había el mismo número de combatientes, ni uno más ni menos, que fue á ciento sesenta y tres, un clérigo y un religioso.»
Pero en el campamento de Bogotá está el General Quesada; y él logra, dando dinero y ropa al indómito Fredermán, y deslumbrando al altivo Belalcázar, que rechaza el oro con orgullo español, someter á ambos Generales; logra que sus ejércitos se incorporen
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al de Qoesada: y qae el Reino quede en su poder, reconociendo su derecho de conquista.
Esto es glorioso.
Guerrero, descubridor, conquistador, todo lo había sido Quesada. Pero le faltaba para ser como Alejandro, fundar una ciudad.
El día 6 de Agosto de 1538, en el sitio en donde el Zipa tenía sus quintas de recreo, llamado Thisbaquillo, en el extremo del Valle de los alcázaresy bajo un cielo hermoso, en dulce clima y suelo fértil, al pie de dos cordilleras cubiertas de laurel, y por donde corrían dos frescos y cristalinos ríos, fundo la ciudad de Santafé de Bogotá, y denominó la tierra conquistada el ‘‘ Nuevo Reino de Granada.”
«Reunida la tropa castellana, dice Plaza, y previa la celebración de la misa por el Padre Fray Domingo de las Casas, pariente del célebre Obispo de Chiapa, pasearon los castellanos en gran cabalgata el recinto de la nueva ciudad, marchando al frente Quesada, de grande uniforme y con la espada y pendón en las manos, se anunció en alta voz por reiteradas ocasiones, que se tomaba posesión de lo descubierto en nombre del augusto Emperador Carlos Y.d
Esta ceremonia imponente, en medio de las solédades del Nuevo Mundo, y en presencia de un millón de indios que pasmados y de rodillas, la contemplaban, excede en magnificencia á todo lo que la mitología refiere de los dioses fundadores de las ciudades griegas.
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Fundar una ciudad, como cuerdamente le aconsejó Beialcázar, era asegurar la conquista, poblar la América, unir su destino .con España y trasplantar al Nuevo Mundo la religión, las costumbres, usos y civilización de la Península; y de tal manera esto se verificó, que Santafé de América, pronto vino á ser como una de las ciudades españolas, con su catedral imponente y severa, sus extensas plazas, calles rectas, cubierta de monasterios de ambos sexos, llena de iglesias y de ermitas, como eran las de España; y la Santafé del siglo xvi, es la misma ciudad de la Bogotá del siglo xtx.
La dominación de Garlos V en España, acabó con todo privilegio, todo fuero y toda libertad: quizás por la necesidad de amalgamar en un todo grandioso los diversos elementos que había dispersos en la Península ibérica: quizás para identificar los distintos reinos y para mostrar al mundo el vigor de esa poderosa Nación, ó quizás, porque el despotismo del César, suspicaz y orgulloso, nada quiso para la Nación, todo para él, y miraba con recelo y con rivalidad cuanto había de noble, de generoso y de libre en las tradiciones españolas, y se complacía en destruirlo con su soberana voluntad.
Pero no pudo destruir el déspota una institución, bajo la cual se refugió la perseguida libertad, la ciudad con su cabildo, sus regidores de origen popular, y una sombra de justicia delegada á los jueces.
Cuando Gonzalo Jiménez de Quesada, siguiendo el consejo de Belalcázar, vio cuanto le convenía ponerlo en ejecución, fundó una ciudad que perpetuase con lustre en los siglos venideros, su poder y su nombre: dio traza á la disposición de las cades y solares, iglesias y plazas que parecían más convenientes á la ciudad que había de ser cabeza de aquel Reino: hizo elección de Regidores para el Cabildo, entrado el mes de Abril, •los cuales fueron Antonio Bermúdez, Fernando de Rojas, Juan de San Martín, Lázaro Fonte, Juan de Céspedes y Antonio Díaz Cardozo.
Portentoso poder el de las instituciones democráticas ! Este cabildo, fundado por Quesada en 1535, fue el mismo que, compuesto de los Regidores D. José Miguel Pey, D. José Acevedo, D. Miguel Pombo, D, Frutos Joaquín Gutiérrez, D.. Camilo Torres, el canónigo D. Juan Bautista Pey, el Ídem D. Andrés M. Rosillo, el Ídem D. Martín Gil, fray Diego Padilla, el presbítero D. Francisco Javier Serrano Gómez, el idern D. Juan Nepomuceno Azuero, el Ídem D. Nicolás Omaña, D. Tomás Tenorio, D. Joaquín Camacho, D. Emigdio Benítez, D. Luis Caicedo, D. Jerónimo Mendoza, D. Ignacio de Herrera, D. Antonio Morales, D. José Modelo, D. Antonio Baraya, D. Francisco Morales, D. José Santamaría, D. Manuel Alvarez, D. Pedro Groot, D. Manuel Pombo, D. José París, D. Luis Azuola, D. Juan Gómez, D. Justo Castro, D. Fernando Benjumea, D. José Ortega, D. Juan
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Manuel Torrijos, D. Siní'oroso Mutis, D. José María Domínguez, en la noche del 20 de Julio de 1810, proclamó la Iniependencia de la España !
Gonzalo Jiménez de Quesada bajó la cordillera, llegó á Guataquí, embarcóse en el Magdalena, desconocido y aterrador, y fuese á España con los generales Belalcázar y Frederman, lleno de riquezas, á ofrecerle á su soberano el Reino descubierto y conquistado por él; y el soberano, ingrato, quitóle sus derechos, disputóle su gloria, y encausado, envidiado, perseguido en la maldita corte, fuese á otros reinos; y grandemente disipó su fortuna en pocos años, precediéndole por donde iba, la fama de su lujo, de su opulencia y de sus prodigalidades.
Pero el Nuevo Mando: el Nuevo Mundo no se apartaba do su memoria. El nuevo Reino de Granada, teatro de sus hazañas, su obra, su orgullo, su gloria, era á sus ojos un sueño hermoso que iba á disipársele, y quería hallarlo de nuevo y estar en él, y ver la hermosa realidad de su conquista; por eso volvió á España; y aceptando condiciones humillantes del monarca y los título que quisieran concederle, vino á su querida Santafé, la que encontró ya engrandecida y hermosa.
Cesar, conquistador de las Gallas, no quiso que sus famosos hechos fuesen olvidados de la posteridad, y para perpetuarlos escribió sus inmortales Comentarios, que es la obra militar más jigante que
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han producido los siglos; y Jiménez de Q uesada, que tenía-algo del espíritu divino que anima á los grandes y á los héroes, después de haber intentado una desgraciada expedición á los Llanos, retirado á la ciudad de Suesca, hoy un yermo deúerto, concentrado el fuego interior en solo el pensamiento: meditabundo, reflexivo, juez de sus propios hechos, y teniendo delante de sí el juicio de la posteridad imponente y severa, escribió: el Diario historial de la ( Jonqüista. ¡Qué hombre tan singular fue, y qué modelo y quó herencia dejó á los colombianos el fundador de Bogotá I Débese, sin duda, á esto la energía que los caracteriza, su aptitud para las más opuestas carreras, su competencia para las ciencias, para el foro, para la poesía, para la guerra: y el haber producido esos hombres, como Custodio García Rovira, Joaquín Acosta y Tomás C. de Mosquera, que son mateináticos, políticos, historiadores y generales; y que parecen destinados á llenar ellos solos el vacío que dejan los cobardes y los perezosos.
Para juzgar del eminente mérito del Diario historial, basta recordar que en esa fuente bebieron Zamora, el padre Simón y Piedrahita: que á él deben su nombre Acosta, Plaza y Groot; y que cuanto se aparta en las crónicas de la época memorable de la conquista de lo que con ánimo sereno y para que lo conocieran las edades remotas, depositó allí el conquistador, no es otra cosa que la fábula; y que sólo allí se encuentra la verdadera historia.
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La desgracia en los héroes es como el manto místico en que se envuelven para presentars-í á la posteridad; ó como la diadema simpática que ha de ganar el amor, la compasión, el entusiasmo ó la admiración de los siglos. César debía morir apuñaleado en el Senado, para que en todos los siglos se mostrara su túnica ensangrentada. Colón, encadenado, es sublime; y muriendo de hambre en Valladolid, conquistó las lágrimas de todas las generaciones.
A Gonzalo Jiménez de Quesada, la desgracia aterradora y cruel lo persiguió implacable. En los últimos días se encontró viejo, pobre y con las deudas originadas por la última malaventurada expedición, vio su casa allanada y disperso su hogar. Fue preso y ultrajado por el adelantado Lugo: miró arruinado á su amigo Gonzalo Suárez Rendóu; asesinado su compañero Bartolomé Sánchez; proscritos y perseguidos los parciales y destarrados sus hermanos; y últimamente, sin mando ni autoridad en su propio Reino, Miserable, acosado por sus enemigos: lleno de inquietudes y de alarmas: perseguido por los remordimientos: viendo quizás siempre delante la imagen del Zipa muerto por él en los tormentos: y devorado por la terrible, asquerosa y aterradora lepra de la e'efancía, pero sin someterse al destino, murió en Mariquita el día 6 de Febrero de 1579; haciendo poner sobre su sepulcro esta protesta cristiana contra las iniquidades de los hombres y la injusticia de la suerte.
Especio resurrectionem mortuorum'