Manual de historia de Venezuela · Capítulo real 4 de 11

CAPITULO VIII

Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 2 tramos técnicos para mejorar el rendimiento.

CAPITULO VIII

Preparativos uara la caünpaña de 1813

410 Habíamos dejado a Bolívar len Italia: pues de allí volvió por Alemania, siguiói á los Estados Unü-' dos, y íinalmentie á Caracas en 1806.

411 Fue aqiuí de los fundadores de algunas sociedades revolucionarias. Enviado en 1810 á Londres con encargo diplomlático, volvió de allí en unión de Mi« randa, y entrambos crearon la Junta Patriótica. Lo hemos visto después en Puerto Cabello, donde hizo esfuerzos inauditos para sofocar la insurrección del castillo, y luego de la capitulación de Miranjda, salir para Nueva Granada; expedir allí el célebre manifiesto que se ha mencionado, y ofrecer a la República hermlanai sus servicios, ,q¡ue fueron acogidos de buena voluntad.

412 Veámosle ahora solicitando auxilios para libertar á su patria, al misrdoi tiempo que redimir con gloriosas proezas algunas provincias granadinas.

413 Con él está José Félix Ribas, aquel héroe de leyenda cjue vimos salir del cadalso de España, como esas sombrías Inubes que surgen de algún abismo con el relámpago ;dn la frente y el trueno sordo, amenazador bajo sus alas; Rafael Urdameta, Fabio moderno, siempre sobre las alturas coimo las tempestades sobre los Andes: gran patriota y el más leal y constante de los tenientes de Bolívar.

FELIPE TEJERA _ 61

414- Vieincedor este 'de lois realistas en Ocaña, liberta á SaHita JMarta, ¡ahuyenta^ á Don Ramón Correa y lo derrota por completo en San José de Cúcuta : ■ de allí se ¡acerca al territorio venezolano, y, al respirar las auras de la pattia, exclama: «Hoy ha resucitado Venezuela. (l.Q de Marzo).

' 415 Pide entonces permiso al Cong"reso Granadmo para seguir en la 'mlarcha; y conjsíg-uelo: á despecho de cuantos ardides le opusieran el temor, la inalevolencia y la lenvidia. '(7 de Abril).

416 Quinientos hombres ha podido conseguir: sus oficiales ison Ribas, Urdaneta, Giraldot, Ricaurte. ¡ Qué

hombres y 'qué destinos! Tales los qne mlurieron con

Leónidas en la® inmortales Termopilas.

417 Al solo ruido de isus armas, Correa q'ue mianiobraba len Mérida, huye hiacia Escuque, como el humo á la primiera ráfaga de viento. Bolívar la ocupa el 23 de Mayo.

418 «Al llegar aquí la plumJa se detieine espantada como si oyese lamientosi de otro siglo ói la disputasen manos de fantasma. Es el pórtico: de la Guerra á muertey>. (Biografía de J. F. R'. por J. V. G.) ;

419 ¿ Quién es 'el qjue pide la sangre de sus víctimas para ¡escribir con ella á sus parciales ?

420 Horror!...... Es !aquel abogado Nicolás Briceño, que vimos ¡dn 'el primer Congreso. Oigámosle:

421 «Se considera ¡sier íun niérito suficiente para ser premiado y obtener grados en el ejército, el presentar un número 'de cabezas de españoles europeos inclusos los isleños, y así el soldado que presentase veinte cabezas de dichoBi españoles, será ascendido á alférez vivo y efectivo; el que presentare treinta á teniente; el que cincuenta á capitán, etc».

422 ¿Por qué manchar las páginas de nuestra historia con tan horribles pensamientos?

423 La guerra á muerte, que bien , pronto devorará centenares de millares de inocentes, de mujeres, de laincianos, de niños, cíeme ya sus fatídicas alas sobre tel seno» laoeradíoi de la patria.

424 Liegado Briceñ-oi a San Cristóbal, corta allí la cabeza á dos espanolesi y remite la una á Bolívar, la otra á Castillo «con cartas cuya primiera línea estaba escrita con teangre de las víctimas». (Restrepp).

425 Castillo devplvió la suya con una carta llena de noble indignación. Bplívar, horrorizado, le depone inmediatamente dd cargoi qu,^ tenía en el ejércitp, y le mianda traer preso á Cúdutia para juzgarle.

426 Pero Briceño huye de San Cristóbal y va á caer ^sx inlanos del español Don José Yañes quien, después de derrotarle, le hace prisiionero.

427 t)on Antonio Tíscar, comiandante de Barinas

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le^ mandó fusilar con mjuchios de los suyos; y así aca^ bó su vida este hoimibre. (15 de ju:rti{0). Compadeízcamos, empero, la humanidad qiue puede llegar á tales extravíos, í , p^'i

.CAPITULO IX

Guerra á tauerte.— 1813 ^

428 (Desacordes ¡anidan spbre tan grave materia los historiad|ores.

429 El elocuente Baralt celebra la medida redentora^ las palabras del hombre fuerte.

430 «El decreto de Trujillio reconoció causa suficiente y justa; y Bioiívar lo basó en consideraciones de verdad y de lógica irresistible». (Vida del Libertador S. Biolívaf. Larrazábal).

431 «La guerra á muerte, ó llámese el terror de los años de 13 y 14, lejiois; de ser un medio de victoria^, fue un obstáculiOi insuperable para conseguirla : ella creó á la República millares de enemigos en lo interior, le arrebató las simpatías exteriores; hizio. bajar al sepulcro en dos ,anos á 60.000 venezolanos, formó á Boves, fué causa de los desastres de la Puerta y Urica7>, (Biografía de J. F. Ribas, pior J. V. G.)

432 Habíamos dejado^ á Bolívar en Mérid'a, de donde pasa á Trujillo, y el 15 de junio expide el tremenjdlo decreto : , (

433 «Españoles y canarios, contad con la muerte

aun siendo indiferentes Americanos, contad con la

vida aunque seáis culpables »

434 Alaben en buena hora Baralt y Larrazábal este edicto formidable; la historia imparcial y la moral cristiana lo 'condenarán como absurdo en todo tiemipoi; más aún en el siglo XIX .cuando el cristianiísmo ha puesto en manos de la civilización moderna el cetro inmortal de la jusdcia, los santos derechos del género humano.

435 Jamiás puede ser redentora una medida que condena á los hombres aunque sean inocentes; ni justa, ninguna sentencia que haga de la culpa una virtud.

«¿Cómo puede ser justicia, Ni cómo verdad ser puede Ley que perdona al culpado Y castiga al inocente?» — (Calderón, El Josef de las Mujeres).

436 Condenemios, pues, el celebrado decreto de Tru-

í^ELIPE TEJERA (.3

jillo como una calamidad d'e aquellos tiempos, fruto de grandes pasiones.

437 Por lOtra parte el curso de los acontecimientos nos va á demostrar el "error de los historiadores, pues la atroz medida, lejos d|e salvar á Venezuela, contribuirá á perderla; la Re guiar ización de la guerra vendrá después á salvarla. (*)