Maximiliano: décima leyenda histórica · Capítulo real 7 de 11

CAPITULO XXI

Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 13 tramos técnicos para mejorar el rendimiento.

CAPITULO XXI

LA BATALLA DE SAN PEDRO.

Lovían los episodios brillantes en México en medio de tantas desventuras. A las once de la noche del día 12 de Noviembre de

1864 un grupo como de 300 infantes seguidos de unos

cien hombres montados atravesaban las calles de

Mazatlán, que no obstante la hora que era, se veían

bastante concurridas.

Al frente de esa pequeña tropa iba el general Rosales, todavía coronel entonces, improvisado militar por las revoluciones. Había sido abarrotero, literato, periodista y por fin, las vicisitudes en que se vio envuelto, lo arrojaron á la carrera de las armas.

En esos momentos era nada menos gobernador interino como consecuencia del pronunciamiento con que fué derribado el anterior gobernante general García Morales.

Rosales montaba un caballo de buena alzada y á gu lado iban además de los cuatro oficiales que formaban su Estado Mayor, los jefes de los diversos pi-

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quetes qe formaban su fuerza y que eran Antonio Molina, Jorge Granados y Francisco Tolentino. El primero coronel, y los dos segundos capitanes. También pertenecía á la Brigada un barretero de minas llamado Domingo Rubí; pero este se encontraba á la sazón reclutando gente en Panuco: el que mandaba el piquete de diez hombres del batallón de su nombre que iba á la vanguardia de la reducida, tropa era el sargento Juan A. Hernández.

Luego que pasaron del punto llamado el Infiernillo y se encontraron en campo raso, Rosales creyó conveniente esplicar su conducta.

— Amigos míos, les dijo, era imposible que pudiéramos sostenernos en la plaza y por eso hemos hecho esta salida á la media noche, con espanto de los buenos vecinos del puerto que no podían consentir en que ios dejáramos abandonados.

— Mi coronel, contestó Granados, lo que vd. dispuso tiene que estar bien dispuesto.

Rosales y Molina voltearon á verse y se sonrieron, conociendo la zonga con que hablaba Granados, que asi como se manifestaba respetuoso con sus superiores en formación y en el servicio, era llano y chancista cuando lo trataban como amigo, llevando con los dos Antonios una grandísima intimidad. Entonces Rosales repuso:

— Por lo menos en esta vez no había lugar á disponer otra cosa: hoy salió al Venadito por el Camaron una escuadrilla francesa, según creo, compuesta de tres ó cuatro buques de guerra y á la vez recibí la notificación del comandante Kergrist de que quedaba bloqueado el puerto é iba ser bombardeada la

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friasa: al mismo tiempo me llegó la noticia de que los kwadefios en número de tres ó cuatro mil hombres de las tres armas ocupan ya los puntos de Urias y la Loma Atravesada, ¿cómo resistir en el desabrigado Mázatlán á tanta gente con unos cuatrocientos hombres, ni con ochocientos en el caso de que hubiéramos podido armar otros cuatrocientos de la plebe?.....

— Y luego sin fuertes y sin artillería, se atrevió á murmurar Tolentino que era muy humilde y muy corto.

— Yo creo que nuestra retirada se ajusta á las leyes militares, dijo Molina.

— No se me oculta, continuó diciendo Rosales, que la tropa se nos maltrata con esta marcha nocturna, cuando tal vez mañana va á tener que sostener un combate; pero tuve en cuenta estas dos circunstancias: primera, que no quería que los franceses vieran el estado de nuestra fuerza á la luz del día; segunda, que podíamos ser sorprendidos en la plaza ó cuando menos encerrados en ella de un momento á otro por las numerosas tropas de Lozada.

— Y ahora, ¿vamos á presentar acción á ese bandido? preguntó Granados.

— Ahora vamos á ver si podemos evitar un mal encuentro con esta marcha oculta, á fin de ver si llegamos en salvo á la Puerta del Habal; pero en caso de que no podamos

— Ya le daremos una lección de paso al tigre de Alica, concluyó diciendo Granados.

Todos se rieron de la fanfarronada. Buena marcha, superior táctica sería la de escapar de ser envueltos y aniquilados por los cuatro mil hombres de Lozada

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en cuyo ejército podía haber unos tres mil hombres de chusmas y unos mil cuando menos bien vestidos, bien organizados, bien armados y sujetos á una disciplina regular, mandados por oficiales que habían

pertenecido á las tropas reaccionarias de Miramón y Márquez.

A las once de la mañana del dia 13 llegó la reducida fuerza de Rosales al punto llamado la Puerta del Habal que era el objetivo; y como la gente estaba rendida de cansancio se le concedieron dos horas para tomar reposo y algún refrigerio.

Casi todos estaban dormidos cuando Granados que

vigilaba con el único ojo útil que tenía, gritó con todas sus fuerzas.

— A las armas! ¡El enemigo encima!

Apenas tuvo tiempo Rosales de incorporarse, tomar sus pistolas y salir á ponerse al frente de sus soldados. Los lozadefios, en su mayor parte montados en caballos ágiles y fuertes, se habían echado sobre la posición como verdaderos demonios evocados del averno, pues daban gritos desaforados y disparaban sus carabinas unos detrás de otros formando un fuego graneado.

Ni Rosales ni los suyos se desconcertaron no obstante la gran superioridad de fuerzas del enemigo, ni la furia conque fueron sorprendidos y atacados; 8e dictaron pocas pero acertadas disposiciones para sostenerse favorecidos por las casucas, sin dar un paso atrás, y en menos de diez minutos los lozadefios comenzaron á ver que no era tarea fácil la de vencer á hombres tan resueltos y en otros cinco minutos más se acabaron de convencer de que el m$jor partido

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que harían era abandonar la refriega, una vez que estaban cayendo atravesados pos las balas republicanas sus mejores oficiales.

No faltó quien gritase entre las huestes lozadeflas: — «Ya perdimos, vamonos» grito que se repetía con bastante frecuencia en los combates de aquellos tiempos y ante el que los mejores generales eran impotentes, porque se seguía en el acto la desmoralización y la huida en desorden. Infinidad de veces un solo grito, el de «estamos flanqueados» ó el de «ya perdimos» fué suficiente para perder una acción que estaba ganada.

Como Granados y Tolentino se distinguieron en aquel momentáneo, pero terrible cámbate, Rosales con las plenas facultades que tenía les ascendió á comandante de escuadrón y de batallón respectivamente. Granados era infante; Tolentino dragón.

El sargento Juan A. Hernández, á quien solo quedaron tres hombres del batallón Panuco, pasó en la misma cíase al escuadrón «Guías de Jalisco.» mamdado por el comandante Tolentino. Ya se irá viendo en seguida por qué mencionamos este nombre con empeño.

Estaban en el Quelite descansando las fuerzas que habían dado la pequeña guarnición de Mazatlán y que tan brillante éxito tuvieron en el Habal rechazando á más de dos mil lozadeños, cuando marcharon por disposición de Corona á Culiacán. Allí era el asiento del gobierno del Estado y de allí habían de salir aquellas tropas aumentadas y disciplinadas para la campaña.

Pocos días llevaba Rosales de haber establecido

ím. ■ '*

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sus oficinas administrativas cuandg recibió un oficio del alcalde de Altata en que le decía: «Está á la vi* ta un buque de guerra francés, creo es el Lucifer \ con bastante gente á bordo. Se calcula en cosa de mil hombres los que trae de desembarco.»

Rosales reunió á sus jefes principales, mejor dicho, á sus íntimos amigos, en asamblea y les leyó aquella noticia.

— Aquí tienen ustedes el estado de nuestra fuerza, siguió diciéndoles Rosales, tenemos, apurándonos mucho, 420 hombres de buena tropa pero no creo que puedan resistir un combate con mil franceses: ¿qué es lo que ustedes opinan?

—Que debemos salirles al encuentro, se apresuró á contestar Granados, si los vencemos ¡qué gloria para nuestras armas! Si somos vencidos, nada habrá de particular en ello, siendo esa la costumbre y habremos cumplido con nuestro deber.

— ¡El combate! el combate! exclamaron todos electrizados por la ruda elocuencia de Granados.

Y el combate quedó decidido, á pesar de que Rosales, no obstante ser uno de los hombres más valientes que ha habido en la tierra, en su interior se sentía profundamente contrariado. ¿Qué le importaba combatir? Lo que no quería era perder estando ya en puesto tan encumbrado.

Entre los que vieron salir á las tropas de Culiacán el 19 de Diciembre, los unos, los amigos, los contemplaban con ternura, con lástima y decían en su interior: «No volverán,» los otros, los imperialistas, los que deseaban que llegara allí el régimen imperial para sacar á relucir los pergaminos ó pava ciarse im-

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importancia ó para codearse con los franceses, ora s* restregaban las manos y decían también para su capote: «Estos no se animarán á ponerse delante de los franceses. ¡Pobres de ellos si se atreven! >

Y es fama que algunas señoras, no muchas por fortuna, se pusieron, desde luego, á tejer las coronas que habían de ceñir á las frentes de los vencedores.

La tropa pernoctó en el rancho de las Flores, y al , día siguiente se estacionó en San Pedro. Rosales pasó revista, observando con satisfacción que en la tropa reinaba el buen ánimo, en los oficiales el entusiasmo y en los jefes la más entera resolución.

— Venceré! murmuró Rosales.

Ya en aquellas horas sabía que sólo habían desembarcado unos doscientos franceses y unos trescientos mexicanos mandados por un general español llamado José Domingo Cortés, traidor, según* se les llamó entonces á los que se aliaron con los invasores, como este español que estaba naturalizado mexicano*

El día 20 Rosales mandó avanzar sus fuerzas á Novalato, los franceses estaban en Bachimeto, á tres leguas de distancia, y allí levantaron algunas fortificaciones luego que supieron que la pequeña guarnición de Culiacán había salido á su encuentro.

El jefe francés reunió á sus principales subalternos

y les dijo:

— Mañana destruiremos esas chusmas y entraremos

á la capital de Sinaloa. Aunque no abrigo el menor

temor de que nos ataquen, recomiendo á ustedes esta

noche la mayor vigilancia.

Por su parte, Rosales, dijo á los suyos: — Mañana contramarcaremos á San Pedro: me gus-

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• . 4

.»—

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ta más ese ponto para dar la batalla. Ahora que he estudiado el terreno y el espíritu de nuestros soldados, puedo pronosticarla victoria. Todo depende de que cada cual cumpla mis órdenes exactamente.

Todos ofrecieron cumplir con su deber, sometían* dose, sin vacilar, á las leyes de la disciplina.

El 21, entrado bien el día, ordenó Rosales que el escuadrón «Guías de Jalisco», se quedara hostilizando al enemigo, mientras que él con el grueso de las fuerzas, formadas de infantería y artillería, regresaba á tomar posiciones en San Pedro. Designó las columnas, les nombró jefes y les comunicó instrucciones, señalándoles los puntos que deberían ocupar, desde luego, así como los primeros movimientos que habían de verificar cuando se iniciara el combate.

El pequeño escuadrón mandado por Tolentino, fué el que tuvo la más pesada faena, que consistió en estar tiroteando todo el día, pero principalmente al cerrar la noche, á los franceses, á fin de tenerlos en constante alarma y fatigarlos. El sargento Juan Hernández, le dijo:

— Mi comandante, puede vd. retirarse á descansar, yo me encargo de no dejar dormir á los franceses.

—Cuántos hombres necesitas?

—Diez de los que estén mejor montados.

— Escógelos.

Y con sus diez hombres estuvo sin cesar dando vueltas al rededor del poblado en que se había hecho fuerte el enemigo, haciéndolo á cada momento formar columnas para defenderse de un ataque que por el ruido que hacían los diez hombres parecía que iba á ser general.

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Con gusto vieron los franceses despuntar el nuevo día para de una vez saber á qué atenerse: con sorpresa observaron que los que tanto les habían molestado eran unos cuantos: los acometieron con brío y los hicieron retirarse; pero no sin que volvieran á la carga luego que se puso en marcha toda la columna.

En todo el trayecto de Novalato á San Pedro, no dejaron los lanceros de seguir disparando sus carabinas sobre los franceses, ya por el frente, ya por los flancos y algunas veces hasta por la retaguardia. Conocedores del terreno, lo aprovechaban á las mil maravillas.

Cuando estuvo la columna á la vista de San Pedro, pudo observar el jefe francés que Rosales lo esperaba en su campamento formado en las afueras de la reducida población, y no pudo menos de sonreírse

exclamando:

— ¡Qué fortuna! me temía que anoche se me hubieran escapado.

Mandó hacer alto y tomó las disposiciones para el ataque, según la colocación que tenían las tropas me* xicanas. No había que hacer más, sino cargar á derecha 6 izquierda, dejando una pequeña reserva para que protejiera el centro. Todo era cuestión de unos diez minutos.

Rosales vio los movimientos y esperó á pió firme.

—Hijo, dijo á Granados, ve á ponerte ya al frente de tu columna: tan pronto como veas que rechazo al enemigo por el frente cargas á la bayoneta procurando destruir el flanco derecho. Alerta, muy alerta.

Corrió Granados á ocupar su puesto en el momento preciso en que se disparó el primer cañonazo.

Los caballos relincharon y los novecientos hombres que formaban los dos grupos de combatientes respiraron con ansiedad, muy inciertos respecto déla suerte que tendrían que correr, como sucede siempre en ese primer momento en el que hasta los más valientes sienten algo como una zozobra, como un soplo de miedo.

También Rosales tenía sus cuatro cañones, y estos,

dirigidos por el teniente Evaristo González, contestaron en el acto el fuego de los franceses. Cesó entonces la seriedad y todos los del campo republicano á un tiempo gritaron como impulsados por una misma

fuerza:

— ¡Viva México!

Los franceses cargaron según su costumbre con toda bizaría, pero se encontraron con hombres que no estaban dispuestos á desbandarse y que los recibieron con un fuego cerrado y bien dirigido.

— ¡Sacre nomine....! gritó el gefe francés desesperado con aquella firme resistencia que no se aguardaba, y luego animando á sus soldados que parecían dispuestos á detenerse, ¡ en avant! en avant! les repetía.

— ¡Adelante! ¡adelante! les gritó también Rosales á los mexicanos que había puesto á la vanguardia.

Pero en esos momentos dos disparos de metralla ^derribaron á quince de sus hombres, viéndose en el acto el pavor retratado en los demás que ya no quisieron avanzar.

El mismo jefe vaciló, se le vio vacilar, y ese momento de vacilación en las batallas suele costar muy caro. Granados observó bien que la columna hacia

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alto, que era tanto como el principio de la contramarcha, y cargó como se le había recomendado, á la bayoneta, por el flanco derecho délos franceses: él ocupaba en la batalla el flanco izquierdo. Allí fué herido Granados en medio del pecho por un oficial francés en el momento de rendirse.

Entre tanto que Granados caía herido y tomaba efe mando de su columna el capitán Mora, Rosales como> último recurso, ordenó que el escuadrón «Guías de Jalisco» diera una carga á lanza por el flanco derecho. El pequeño cuerp o que había estado oculto tras unos matorrales salió al descubierto y dio una carga terrible,. de esas que no se pueden resistir. Los franceses seguían batiéndose por el camino en el mejor orden, aunque siempre en retirada. Los mexicanos que los. acompañaban fueron los únicos que se desbandaron y los primeros que se refugiaron en el buque de guerra que estaba esperando en Altata.

Rosales que también se había estado batiendo personalmente, luego que vio al « Mixto » mandado por Granados y á Hernández con su piquete de 19 hombres cargando con tanta intrepidez, por izquierda y derecha respectivamente, murmuró en su interior:

— Con estos muchachos contaba yo principalmente para triunfar: ¡ qué bien se baten estos hijos mios d e mi corazón!

Todavía no había que cantar vic toria. Granados acababa de ser herido tal vez mortalmente. Los franceses se retiraban pero lentamente, aprovechando las cercas, las casuchas, las hondonadas del camino r todo, para hacerse fuertes y rechazar á los que los acosaban. Una fuerte sección en el centro, en donde

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mandaba el jefe, había formado nn cuadro impenetrable, sobre el cual fué preciso dirigir la artillería y las reservas para lograr desbaratarlo.

Entonces fué cuando comenzó el desorden en la retirada, aunque nadie decía una palabra de rendirse. Todavía los oficiales franceses tenían esperanzas de volver á reunir á su gente un poco más adelante para poder llegar á Altata formando un cuerpo compacto. Pero Rosales avanzó sus cañones, la poca caballería republicana con que contaba siguió lanceando y no fué posible á los franceses hallar un punto de reunión.

El sargento Juan Hernández que iba siempre por delante de los perseguidores y que montaba un buen caballo,' se vio repentinamente solo en medio del enemigo. El primero que le salió al frente fué un sargento francés que le tendió el fusil, pudiendo desviarlo con la lanza al hacer el disparo: entonces lo acometió con buen éxito logrando darle un golpe en pleno pecho: el sargento francés cogió entonces la lanza con la mano izquierda y con la derecha armada del fusil, procuraba hundir el marrazo en el pecho de su contrario. A duras penas conseguía Hernández librarse de los terribles amagos del hábil soldado francés; y ya considerándose perdido, exclamó volviendo la cabeza hacia atrás.

— ¡A mí los lanceros de Jalisco!

— Presente, mi sargento, dijo el cabo Zacarías Carrillo presentándose en escena.

T apenas acababa de llegar, rápido como la electricidad derribó al francés de un machetazo en la cabeza.

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— Mil gracias, Zacarías, de buena me has librado.

— Ahora vamos adelante, mi sargento.

Y los dos continuaron al galope en pos del enemigo disperso, A unos mil metros adelante, Hernández percibió á un oficial francés que hacía esfuerzos para ocultarse entre unos matorrales. Puso en dirección de él su caballo siguiéndole á corta distancia el cabo y otros tres soldados de «Guías,»

— Ríndase usted, le gritó al francés.

El oficial se detuvo é hizo ademán de prepararse á la defensa, pero al observar que otros hombres más venían muy cerca, cruzó los brazos y les dijo en mal español:

— Soy Gazielle, capitán de fragata y jefe de esta expedición: me constituyo prisionero de guerra.

— Como tal lo trataré á usted.

— Voy á entregarle mi espada.

— No, esa consérvela para que la reciba mi coronel.

En esos momentos llegaron los otros con las lanzas enristradas y amagando atravesar con ellas al oficial.

— No se le toca, es mi prisionero, gritó Hernández.

— ¡Cómo que no! dijo el cabo, es un oficial del enemigo.

— Debemos matarlo, exclamaron los soldados.

— Está rendido, volvió á decir Hernández, y yo lo defiendo contra cualquiera que quiera hacerle daño.

Se habían reunido más soldados y no había uno que no manifestara deseos de matar al oficial, excitados como estaban todos por el olor de la pólvora y de la sangre, y contra todos estuvo defendiéndolo

«*i

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Hernández. Por fortuna para el oficial francés y para nuestro apurado sargento, llegó el comandante Tolentino y le dijo Hernández:

— Mi comandante, hago á usted entrega del jefe francés señor Gazieüe y de su caballo árabe que está herido y acababa yo de quitarle.

Tolentino recibió al prisionero y Hernández, fogoso como joven y valiente, se lanzó en persecución del enemigo, logrando hacer otros muchos prisioneros, á todos los que perdonó la vida: lo que quería era disfrutar á su satisfacción de aquella victoria y aprehender al general Cortés y á Jorge Carmona que sabía iban huyendo para Altata. Al frente de los 18 hombres de su compañía, de los que no llegó á perder ni uno en la refriega, continuó el alcance, logró avistarlos en Novalato; pero llevaban buenos caballos y se le escaparon. Continuó tras ellos y en Bachimeto les hizo algnnos disparos; pero redoblaron la carrera, vino la noche y entonces la persecución se hizo más difícil. Al amanecer del dia 23 llegaron Cortés y Carmona á Altata: Hernández seguía tras ellos, aunque embarazado con un número considerable dé prisioneros que había ido haciendo.... Ya en el momento de atraparlos, el «Lucifer» les lanzó dos ó tres bombas y los republicanos tuvieron no solo que detenerse silo que contramarchar, porque los hombres que llevaban presos hacían impulsos por escapárseles. El momento fué terrible, porque podían fácilmente ser destrozados si se ponían de acuerdo los del buque de guerra, os perseguidos Cortés y Carmona con los que los acón pañaban y los treinta prisioneros que ya llevaban. < ntre los que había cuatro oficiales franceses.

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Con viveza, con prontitud, con arrojo, salió Hernández de aquel conflicto, primero, poniéndose fuera de los tiros del «Lucifer» y después pidiendo auxilio á la autoridad del punto llamado Trancas inmediato al puerto.

El sargento Juan A. Hernández, después de otras varias vicisitudes, logró presentarse al Cuartel General el 24 con su tropa sana y salva, entregando 24 prisioneros franceses y 28 de sus auxiliares, lo cual produjo un gran regocijo entre los suyos, pues con- \ sideraban ya toda aquella fuerza perdida.

— Es usted alférez, le dijo Rosales abrazándolo, y no se pasará mucho tiempo sin que yo mismo tenga \ el gusto de hacerlo teniente.

\ Habiéndonos engolfado en la narración de las

: aventuras de nuestro sargento, hemos olvidado el

campo de batalla al que tenemos que regresar el dia 22 para que contemplemos lo que allí pasaba.

Hemos dicho ya que allí todos los republicanos se esforzaron en cumplir con su deber, aunque luchaban con una fuerza superior en disciplina, en armamento, en número y en prestigio bien conquistado, pero menos en espíritu militar. Ni Rosales, ni Sánchez Román, ni Correa, ni ninguno de los oficiales que se encontraron en aquella peqneña pero gloriosa batalla, eran militares técnicos, sino soldados que la necesidad y el patriotismo habían improvisado; pero todos tenían dignidad y honor, todos tenían amor patrio, todos eran animosos y resueltos, de modo que poco trabajo costó al ardoroso jefe alcanzar con tan buenos elementos la victoria.

Los franceses acostumbrados á conservar la disci-

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plina, seguían peleando compactos, por más que los jefes traidores y tras ellos sus soldados, hubieran sido los primeros en desbandarse; pero llegó un momento en que todos los cuatrocientos hombres de Rosales se les echaran encima peleando con desusado empuje y se declararon en derrota. Los que estaban á la vanguardia en las márgenes del rio Humaya, testigo de su heroica resistencia, echaron sus armas á la arena, se cruzaron de brazos y esperaron á que se les hiciera prisioneros.

Rosales mandó que cesara el fuego, hizo que se rodeara á aquel grupo de valientes y dio orden á la caballería de que diera alcance á los dispersos, desarrollándose entonces entre otras, las hazañas del sargento Hernández que ya hemos referido.

En el grupo de rendidos estaba el teniente de tiradores francos Mr. Saint Julien. Este lloraba de rabia por la derrota y lanzaba imprecaciones salvajes contra los vencedores: el sargento Blas Ramírez del «Mixto» se le aproximó y le pidió la espada:

— ¿Yo?.... ¿entregar mi espadad yo?.... ¿y á usted.... bandido?

— ¿Qué es eso? preguntó Rosales llegando al galope hacia donde estaba el grupo.

— Que este oficial se rehusa á entregarme la espada, mi coronel, dijo el sargento.

— ¿No entrega usted la espada? le preguntó Rosales comenzando á irritarse.

—No.

— Sepa usted que es nuestro prisionero desde los pies hasta la cabeza, sin condición alguna. Entregue usted esa espada.

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El oficial bajo los ojos y la entregó.

Gazielle que llegaba en esos momentos conducido por Tolentino, y que presenció algo de la escena, se apresuró á presentar su espada á Rosales.

— Usted no, comandante, es muy digno de llevarla.

Bel Kassan ben Mahomed subteniente de argelinos, tomó la mano de Rosales para besársela. Este la retiró con dignidad y le dijo:

— En mi país no se acostumbra besar la mano á los hombres.

Recordó este Jefe que Granados había recibido un balazo de pistola á quema ropa por un oficial francés al rendirse y mandó que se formaran los prisioneros y que pasaran delante de la camilla de Granados. * — ¿Quién de ellos es el que te hirió?

Granados los vio á todos y dijo con entereza:

— No está aquí.

El oficial allí iba: era Mr. Marquisset.

De esta manera Granados salvó la vida al único prisionero que Rosales hubiera fusilado.

Entretanto en Guliacán estaba reinando gran ansiedad. Se habían estado oyendo los tiros de cañón toda la mañana, pero nadie llegaba á dar una noticia. Las jóvenes imperialistas que tenían preparadas las coronas, decían:

— Si los franceses han triunfado ¿por qué no vienen? y sobre todo ¿por qué no llega ningún disperso de los de Rosales?

Los amigos de este se oprimían las manos y murmuraban:

— ¿Será posible que todos hayan muerto que no vuelve ninguno? ¿qué pasa?

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En la noche del 22 supieron ya, aunque vagamente, lo que había pasado; pero á la mañana siguiente vieron ya entrar á la pequeña fuerza republicana cargada con los despojos del enemigo. Rosales, para evitar toda mortificación á los prisioneros, les hizo entrar á la ciudad á hora distinta, bien custodiados por una fuerte escolta. Estos prisioneros fueron ochenta y cinco franceses, entre ellos siete oficiales y su comandante y ciento veinte traidores: un poco más de la mitad de lo que sumaba la fuerza vence* dora.

Los despojos fueron dos piezas rayadas y todo el material de guerra, ocho caballos árabes y algunos equipajes y provisiones.

El gobierno de Juárez mandó el despacho de generales á los coroneles Rosales y Sánchez Román, el empleo de teniente coronel á Jorje Granados y el de comandante de batallón al capitán Lúeas Mora, que se condujo admirablemente.

Este fué uno de los episodios más notables de la guerra intervencionista.

CAPITULO XXHL

LA VELADA DEL CORONEL.

La casa del coronel Cianeros en la calle dé Tacuba había sido casi transformada desde que entraba en ella un chambelán del Emperador, y desde que la familia había concurrido á una de las famosas recepciones de la Emperatriz. Genaro Lacroix había conseguido que Almonte se empeñara con el marqués de Corio para que se mandara una invitación á aquel coronel retirado, á quien se tuvo cuidado de pintar como hombre rico y de influencia, y al regresar de la imperial tertulia, Doña Asunción, había dicho á su marido:

—-Oye, Tirso, es necesario que mejoremos algo la casa, no sea que

— No sea que ¿qué?

— Que.se les antoje un día ú otro venir á la Emperatriz ó al Emperador.

. — ¡Bahl

—No me hagas bah! con ese gesto: la augusta señora estrechó la mano á Aurora muy afectuosamen-

te, y S. M. el Emperador, se estuvo informando con varias personas del nombre y condiciones de la muchacha. Yo lo observé en cierta vez que no le apartaba la vista.

—El Emperador tiene fama de ser muy mujerero y á todas las ve lo mismo. Figúrate que el pintor Mendoza le está haciendo un Álbum con las fotografías que

— ¡Un Álbum! .

— Cada hoja iluminada le cuesta una onza de oro, y ha de constar el libro de cincuenta láminas, según me lo ha platicado el mismo pintor.

—¡Pues qué bueno era que pusieran en el Álbum á Aurora!

El coronel á pesar de sus años se puso encarnado y varió de conversación.

El resultado fué que se compraron muebles nuevos, algunas cortinas y que se renovó la vajilla del comedor.

— Si llegan á venir, había dicho Doña Asunción, será indispensable ofrecerles aunque sea un chocolate.

— Y refrescos, mujer, y refrescos y todo cuanto gusten ¡pues no faltaba más! ese día echaremos la casa por la ventana.

— ¡Y qué envidia nos tendrían la boticaria y la licenciada y la generala aquella!

— Todos, todos

— Y todavía más si tú aceptas la colocación.

— Tanto como eso no, hija mía, porque no deseo comprometerme en nada mientras el imperio no defina su color religioso. Yo he sido soldado de la cruz

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más que de la política, y tengo que ir por el camino que adopte el clero católico.

— Lo mismo que tú son Márquez, Taboada, Zuloaga, Cobos, Oronoz, Miramón y Almonte, es decir, sostenedores de nuestra santa religión, y están con el imperio.

— No discutamos esas cosas que son de conciencia: si vuelven á hacerme alguna insinuación algo más consistente que los pocos ofrecimientos que me han liecho, correré á consultarlo con Su lima., para que los míos no me tachen de inconsecuente.

— Bien pensado, y que ahora se me ocurre que haciéndote un poco del rogar, puede ser que te hagan una cosa más gorda.

— ¿Qué pueden hacerme? Munícipe ó miembro de las cortes marciales.

— ¡Quien sabe! Puede que se le ocurra á S. M. darte un título.

Aquí llegaban de la conversación el coronel retirado Sr. Cisneros y su señora, aquella noche, cuando sonó la campanilla del corredor.

— Ya vienen nuestros contertulianos, dijo él á su consorte, y poniéndose un dedo sobre los labios, agregó: nada de darles explicaciones sobre todos nuestros estrenos, que crean se va á casar Aurora ó lo que se les antoje; pero nada de contarles que esperamos una visita de alto rango.

— No soy tan inocente: ya oirás lo que les digo si tienen la imprudencia de preguntarme algo.

Aquella noche, una vez que ya no eran frecuentes como antes las reuniones en la casa del coronel, éí pretexto para convocar á los amigos había sido

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la celebración, en familia, del vigésimo nono aniveísario del matrimonio de Cisneros y Doña Asunción. Un recado verbal había sido llevado á cada casa por el portero, en que se decía á las relaciones íntimas que se les esperaba á tomar un té familiar en celebración de que Cisneros y su esposa cumplían años de casados: no decían cuántos.

Las Sras. de Torres y de Camacho, mujeres del boticario y el licenciado, respectivamente, entraron juntas acompañadas de sus maridos y fueron las primeras. Se dieron de codo al notar las reformas que se habían hecho en la casa, pero nada preguntaron, contentándose con dirigirse después de cuando en cuando, algunas miradas maliciosas. Detrás de ellas llegaron el Dr. Gutiérrez y el periodista Pérez, y á poco se presentó en la sala Aurora, acompañada de sus primas Beatriz y Julia, que andaban antes ocupadas en el comedor poniendo la mesa.

Sebastián Pérez fué el que dijo, esparciendo una mirada de admiración sobre los muebles:

— Se ve bien que el Sr. Coronel Cisneros es galante con su esposa: le ha reformado la casa en su aniversario de bodas.

— Ah! sí, qué bonito está todo, exclamó la Srá. de Camacho, como si por la primera vez se fijara en las novedades.

— Tirso se empeñó, en efecto, en comprar este ajuar, porque al otro le había entrado la polilla, dijo Doña Asunción con desenfado.

— Ahora está puesta la casa con mucho gusto, dijo la boticaria, antes también lo estaba; pero siempre lo nueVo luce más y se Ve como mejor.

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— No crea vd., mi vida, un ojo de la cara le han costado á Tirso todas estas cosas.

— Ya lo creo: caoba y brocatel en los muebles; raso y borlas de oro en las cortinas, mármoles blanco» en las consolas todo eso cuesta.

Como el doctor lanzara un bostezo ante aquella conversación, el Coronel quiso variarla, preguntando:

— ¿Y qué tienen ustedes de nuevo en la política?

— El periodista es el que mejor puede informarnos, contestó el doctor.

— Puesto que visita la casa un chambelán de S. M., contestó Pérez, él ha de traer las noticias mejores, por lo menos las de buen origen.

— Genaro casi no se fija en las cosas que pasan en Palacio, y nosotros poco le preguntamos para no ponerlo en apuros.

— ¿Y en qué periódicos escribe vd. ahora? pregunr tó el Dr. Gutiérrez á Pérez, con fizga.

— Escribo artículos literarios en el Pájaro Verde.

— Ah! ¿no plumea usted en la sección de guerrillea y expediciones?

— Ya saben ustedes que mis opiniones son republicanas, y esto lo sabe Villanueva, el dueño del periódico, de modo que no me ocupo mas que en aquello que no puede lastimarme.

—¿Y bien?

— Y bien: allí en la redacción se habla mucho y se sabe poco.

— Pero en fin, alguna idea deben tener formada los redactores respecto de la situación.

— En efecto: creen allí que Maximiliano y Carlota

son herejes, y que no prosperarán con ellos ni el clero

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ni el partido conservador. Ya sabrán ustedes que fueron desterrados Miramón y Márquez.

— Es un error, Sr. Pérez, decir que los generales salieron de México desterrados: han ido al extranjero á desempeñar comisiones importantísimas.

— Sí: Miramón va á estudiar el arte de la guerra en Berlín, y Márquez á fundar un convento de frailes en Jerusalem; esas son las importantísimas comisiones que llevan.

Todos se rieron; pero el coronel insistió algo mosqueado:

— En la apariencia van á eso; pero los hombres profundos no creen que se gaste tanto dinero solo para que el general Miramón vaya á estudiar y el general Márquez á elevar sus oraciones en los lugares santos. ¿No se adivina que detrás de todas esas inocentadas hay algo muy trascendental? ¿Acaso no saben ustedes que se embarcaron también en Veracruz el obispo Ramírez, Velazquez de León y Don Joaquín Degollado?

— Sí, dijo el Licenciado Camacho, esos señores van ^en comisión á Roma para arreglar con el Papa lo que no se puede arreglar aquí con el nuncio, aunque todo el mundo cree que saldrán desairados.

— También dicen que se va el Sr. Eloin para Europa.

— Bueno, ese sí lleva alguna misión secreta, porque es íntimo de Maximiliano, dijo Pérez; pero ¿qué toe dicen ustedes del general Don Antonio Taboada que salió ya para Veracruz?

— Respecto de ese general estoy conforme, contes-

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tó el coronel. Lo destierra Bazaine á Francia como conspirador.

— Lo cual indica que las cosas andan algo tirantes en Palacio.

— No, á mí no se me oculta que la situación es difícil para el imperio, continuó diciendo el coronel, y prueba de ello es que yo no he querido complicarme, principalmente por lo que ve á la cuestión religiosa; sin embargo, debemos convenir en que los republicanos están cayendo.

— La guerra sigue muy caliente, se apresuró á observar el periodista: no hay mas que ver la sección de noticias del Pájaro Verde: casi todos los dias hay combates.

— En que pierden los juaristas.

— También suelen dar algunos golpes como el de Rosales en San Pedro.

— Casi ha sido el único en dos años.

— No, no; dijo el doctor, no nos apasionemos. Los liberales se están moviendo mucho y cuando resisten á la superioridad de las armas francesas, sin rendirse, es porque alguna esperanza les alienta.

— Esperanza que concluirá cuando Juárez ya no pueda permanecer en el territorio.

— El hecho es que permanece en él todavía.

— Pero lo harán pasar la frontera muy pronto, si el general Brincourt cumple con las órdenes que tiene.

— Siempre que pueda.

— Podrá, porque lleva consigo lo más florido de las tropas francesas y reunirá sobre Chihuahua diez mil hombres.

— ¡PflÓ!

— Yo no me apasiono, dijo por fin el coronel conociendo que había ido demasiado lejos en la defensa del imperio, digo lo que me parece según los pocos conocimientos militares que po^eo. Estamos viendo que varios de los principales generales y políticos de los republicanos abandonan sus banderas y se pasan á la intervención, estamos viendo que los franceses se han adueñado de unas tres cuartas partes del territorio; estamos viendo que las pocas tropas que quedan á Juárez andan de aquí para allá desalentadas y perseguidas; de manera que se necesita tener muy pocos alcances para no convenir en qse la duración de lo que queda de República es cuestión de meses.

— Yo diré á usted, mi coronel, exclamó el periodista, que los mismos del Pájaro Verde no las tienen todas consigo. — ¿Temen, pues, que el imperio no se consolide? — Lo ven como irrealizable casi, por estas cuantas razones que les he oido expresar: Ia Porque tienen que rechazarlo los Estados Unidos una vez terminada su guerra separatista; 2a porque le faltará su principal base una vez que Napoleón retire sus tropas y su dinero; 3a porque se está quitando él mismo el apoyo de la iglesia y el partido conservador con la tolerancia de cultos que ha decretado y demás leyes de Reforma; 4a y última, porque se afirma que Maximiliano no tiene ni cabeza, ni energía, ni carácter, ni buenas dotes de gobernante.

Todos se quedaron fríos ante semejantes declaraciones, cuya fuerza no pudieron menos de reconocer

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cada uno en su interior, y solo el coronel dijo después de un momento de reflexión:

— No es mi ánimo discutir; pero diré que á todo «so contestan los partidarios del imperio: que el gobierno americano nada podrá hacer contra todas las potencias europeas interesadas en sostener á Maximiliano I: que Napoleón no retirará sus tropas ni sus recursos mientras no esté el imperio consolidado: que el clero y los conservadores están demasiado comprometidos para querer quedarse en el aire y que las debilidades de S. M. están contrapesadas con la firmeza de la Emperatriz y con la habilidad de todos sus consejeros y magistrados.

Aquí llegaban de su escabrosa conversación cuando entró precipitadamente Genaro Lacroix limpiándose el sudor de la frente con su pañuelo-

— Perdónenme ustedes si acaso me he hecho esperar, exclamó saludando á este y estrechando la mano al de más allá, pero hoy hubo mucho movimiento en Palacio y tuvo que prolongarse el servicio. Hasta hace cinco minutos me dio S. M. el permiso de retirarme.

— ¿Hay novedades? preguntó Cisneros con timidez.

— Creo que sí y las que hay no son de reservarse porque mañana las sabrá todo el mundo. Parece que Richmond, último baluarte de los separatistas del Sur, cayó en poder del general G-rant

— ¡Adiós mi dinero! murmuró Camacho.

— Con este motivo y con el de haberse nombrado nuevo ministerio, ha habido muchos entrantes y salientes en Palacio.

— ¡Ah! ¿tenemos nuevos ministros? ¿y quiénes son?

— Si mi memoria no me es infiel, el ministerio ha quedado constituido así:

Ministro de la casa imperial, Almonte.

Relaciones Exteriores, D. José Fernando Ramírez.

Gobernación, José M. Cortés Esparza.

Instrucción pública y cultos, Manuel Silíceo.

Justicia, Escudero y Echanove.

Guerra, Juan de D. Peza.

Hacienda, Félix Campillo.

— La misma gata, solo que se revolcó, dijo Doña Asunción.

— Y entiendo que han de ser interinos, agregó candorosamente el chambelán, porque según dicen se espera un ministro de Hacienda que ha de enviar Napoleón, lo mismo que la confirmación de esos nombramientos.

— Lo muy grave es la toma de Richmond.

— También se decía en Palacio que Regules había pegado una zurra á los belgas de Tydgadt en Tacámbaro y que Negrete había entrado al Saltillo; pero tales noticias no se han confirmado oficialmente.

— Vamos al comedor que se hace tarde, dijo el coronel Cisneros queriendo desvanecer así la profunda impresión que habían producido en sus convidados las nuevas referidas por el chambelán. Este dio el brazo á Aurora y no volvió á ocuparse más de asuntos poli lieos.

El doctor Gutiérrez y el licenciado Camacho que solían tener mayor conformidad en sus opiniones, iban haciendo en voz baja comentarios desfavorables á la situación y el periodista Pérez llevando del brazo á Beatriz le deslizaba en el oído algunas frases de-

licadas que ella pagaba con sonrisas y muecas de complacencia.

Se acomodaron los invitados en la mesa que estaba puesta en el comedor, no sin que les llamara justamente la atención que había sufrido también sus transformaciones en el servicio.

— Esto marcha, dijo la boticaria al oido de su marido, ¡ciertos son los toros!

— No hay duda, contestó él, ó esperan ó ya tienen el favor de la corte.

Cuando estaban tomando el té acompañado de algunas golosinas, Pérez dijo á Beatriz:

— Me carga la tenacidad con que asedia á Aurora

el chambelán: yo se lo escribiré á Ernesto. —No hay cuidado, le dijo riéndose Beatriz, Aurora

trae en el seno una carta suya en que le dice: "Sé que las mexicanas están vueltas locas con los extranjeros que las rodean; pero yo tengo tal confianza en tí, tengo tan grande fé en tu fidelidad, que espero que ni aún muerto me olvidarás.41

— ¿Y ella qué dijo?

— Besó llena de lágrimas su carta y exclamó: "bien

me conoce mi Ernesto: yo también juro serle leal y

constante hasta la muerte.,,

La velada de los coroneles terminó á las once de la

noche sin más novedad.