Maximiliano: décima leyenda histórica · Capítulo real 8 de 11
CAPITULO XXIV
Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 76 tramos técnicos para mejorar el rendimiento.
CAPITULO XXIV
EL LIBRO SECRETO
aximiliano no solo se había mandado hacer un rico Álbum en que se encontraban las principales bellezas y los más guapos mozos en actitudes artísticas con primororos coloridos, á onza de oro la página, sino también un libro manuscrito dirigido por Eioin con la cooperación de Bazaine y los extrangeros de confianza, en cuyo libro estaban los nombres de los políticos, militares y diplomáticos mexicanos que más descollaban, con sus notas respectivas, de cuya curiosa obra solamente daremos tomo muestra los siguientes apuntes:
cAlmonte, Juan Nepomuceno, antiguo triunviro, presidente de la Regencia.»
c Apareció por primera vez en la escena política éuranté la revolución de 1828, en consecuencia de la cual fué nombrado agregado á la legación de Londres, donde permaneció hasta 1833.>
<Bustamante le nombró ministro de la guerra en
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1889. En el consejo de ministros combatió al partido liberal; pero cuando vio que éste iba á triunfar, se pasó inmediatamente á su lado.»
«Al volver Santa-Anna al poder, estuvo Almonte algún tiempo en desgracia, y después lo mandó D. Antonio de ministro á los Estados-Unidos.»
«En 1841, Paredes, después de haber proclamado la monarquía^ le nombró ministro en Francia. En vez de irse directamente á su destino, permaneció mucho tiempo en Veracruz, pretextando falta de buques; pero la verdadera causa fué entenderse con el gobernador de este Estado para derrocará Paredes. El gobernador no se prestó á esto, y entonces Almonte, lejos de irse para París, se fué á la Habana donde se puso en relaciones con Santa-Anna. La revolución de Guadalajara les permitió á los dos entrar en México. Santa-Anna tomó el poder y Almonte fué nombrado ministro de la guerra.»
«Cuando Santa-Anna se puso en frente del ejército, en tiempo de la guerra contra los americanos, Almonte intrigó mucho para hacerse nombrar por el Congreso vice-presidente. No consiguió mas que caer en desgracia. Se ligó entonces intimamente con Juárez y con muchos diputados progresistas de los más avanzados. »
«Cuando México fué tomado por el ejército norteamericano, Almonte se unió á aquellos que acusaron más fuertemente á Santa-Anna.»
«En la paz con los Estados-Unidos se propuso como candidato á la presidencia, pero el general Arista la ganó. Se retiró entonces á la vida privada hasta
el advenimiento de Comonfort época en que se de-
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claró gran partidario de la desamortización de lo» bienes del clero.»
«El carácter de Almonte es frió, avaro y vengativo, no ha hecho nunca la guerra y debe su grado militar á que, en tiempo de Morelos, fué nombrada coronel siendo aun niño.»
«Cuando fué enviado por Paredes ministro á Francia, recibió una cantidad de veinte mil pesos para los gastos de la legación. Se le acusa de no haber justificado con claridad él empleo de estos fondos.»
« Arrangoiz, Francisco, ministro de Maximiliano en Londres y en Bruxelles.»
«Ha sido cónsul en Nueva-Orleans y ministro de hacienda. — Ha sido enviado á los Estados-Unidos para recibir el dinero del tratado de la Mesilla.— Parece que en estas circunstancias tomó honorarios tan exhorbitantes, que se tuvo que retirar á Europa para escapar de las persecuciones de Santa- Anna. >
«Inteligencia ordinaria, pero cierta distinción en sus maneras.»
«Márquez, Leonardo, general de división.
«La carrera del general Márquez ha pasado desapercibida hasta el momento en que, ya comandante de batallón, fué el objeto de la protección de SantaAnna, que lo hizo ir con él á una espedición al sur
contra Alvarez y lo elevó rápidamente al grado de general de brigada. — Márquez no ha reconocido á los
gobiernos liberales, y ha preferido andar en campaña, haciendo vivir á sus tropas sobre los pueblos donde se refugiaba. — Se le hace la justicia de no haber impuesto nunca contribuciones en su provecho: pero se le reprocha de haberse mostrado siempre san-
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guinario hasta el último grado, y citando la toma de Tacubaya, haber hecho á sangre fría fusilar á los prisioneros, así como también d otras personas que no habían tomado parte en la guerra. — Enviado en misión á Jerusalem.»
En el sitio de las personas más oscuras y como en la página 279, se leía también en el libro secreto:
«Cisneros Tirso. Coronel retirado. Comenzó su carrera militar al lado de Iturbiclo el año de 1821 y fué siempre leal al partido conservador. Es valiente y ha peleado bien al lado de los suyos: sus opiniones son completamente monarquistas; pero es muy fanático por la religión y por el clero. Se casó con una dama rica y al caer Santa Anna se retiró por completo del servicio militar. Aunque es ignorante, se le puede explotar por el lado de su mujer que es ambiciosa y amante de figurar: ambos quedarían no solo conformes sino dispuestos á los últimos sacrificios, con que se les hicieran sentir algunos favores de la corte. >
¿Por quién se habían adquirido estos datos? Probablemente por el chambelán Lacroix ó por el mismo Almonte que ya lo había tratado mucho como subalterno.
Habían pasado tres días de la velada cuando Cisneros recibió una esquela concebida en estos términos:
"El general Don Juan Nepomuceno Almonte, Ministro de la Casa Imperial, suplica al Señor Coronel Don Tirso Cisneros tenga la bondad de encontrarse en su despacho en Palacio hoy á las once de la ma-
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ñaña: los ayudantes tienen de antemano órdenes para introducirlo."
Corrió á ver á Doña Asunción y le dijo con tono solemne:
— ¡Mira!
Ella se caló los anteojos, leyó y estuvo próxima á desvanecerse.
— ¡El Ministro de S. M! pudo apenas decir conmovida.
—¡Sí!
— ¿Qué te querrá?
— No sé, voy á vestirme, iré y lo sabremos.
— Esto es hecho ahora: ya no son ofrecimientos de segundas manos.
— El general Márquez estuvo empeñado en sacarme á campaña antes de su destierro.
— Pero tú le contestaste que estabas ya retirado del ejército é hiciste bien. Una colocación en la corte es cosa distinta.
—Veremos, veremos. Por ahora dame mi ropa.
Doña Asunción corrió al ropero y sacó camisa planchada, corbata blanca y todo cuanto consideró necesario para que el coronel pudiera presentarse en Palacio correctamente.
En media hora se rasuró y se peinó, en otra media se vistió quedando reluciente: vio el relox, eran las diez, así es que todavía estuvo charlando con su mujer media hora larga.
— Vete ya, vete ya, le dijo ella con ahinco, no sea que vayas á llegar retrasado.
Se fué el coronel paso á paso y todavía tuvo tiempo de darse unas vueltas en los corredores de Palacio
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hasta qtte oyó la primera campanada de las once: se dirigió al departamento del ministro con el corazón palpitante y entregó su tarjeta. Solamente tuvo que esperarse cinco minutos para que apareciera un guapo oficial y le dijera:
— ¿El Sr. Coronel D. Tirso Cisneros?
— Yo soy.
— Puede usted pasar.
Y pasó y se encontró de manos á boca con el grande hombre.
— Amigo mió, le dijo este tendiéndole la mano sin levantarse, tome usted asiento.
— Señor Ministro
— Siéntese: ahora no tengo con usted categoría militar. Vamos á hablar un momento de negocios.
— Estoy á las órdenes de V. E.
— Tengo encargo de S. M. el Emperador para preguntar á usted si desea volver al servicio de las armas.
— Perdóneme V. E., pero estoy ya viejo, me encuentro retirado
— Está usted bastante fuerte todavía.
— No para soportar las fatigas de la campaña y además ....
— ¿Además qué?
— Cuando me casé hice juramento á mi esposa de no desenvainar más la espada sino en defensa de la independencia de la patria contra los extranjeros.
Si Almonte no hubiera sido tan trigueño se le hubiera notado que se ruborizaba.
— Está bien, dijo f ingiend o dar toda su atención á unos papeles que cambió de sitio: dejaremos á un la-
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do el servicio militar. ¿Tiene usted simpatías por nuestro augusto soberano?
— Sí, señor ministro, muchas simpatías.
— ¿Es usted partidario del imperio?
— Si, Señor Ministro, principalmente si respeta á nuestro venerable clero y sostiene nuestra santa religión católica, apostólica romana. Yo soy tolerante en todo menos en asuntos que ven á la conciencia.
— Su conciencia de vd. no tendrá por qué alarmarse ante los pequeños disturbios que han surgido entre las autoridades civiles y eclesiásticas con motivo de la desamortización. Todo eso se arreglará con el Santo Padre: para eso ha ido á Roma una comisión respetable en la cual figura un señor Obispo.
— Yo me alegraré muchísimo de que así sea.
— Así será. Estando allanado ese punto, yo creo que vd. no temerá comprometerse sirviendo al imperio.
— V. E. no me conoce bien: yo nunca he temido á nadie, ni creería comprometerme en nada sirviendo á mis convicciones.
— Perfectamente. S. M. el Emperador desea utilizar los talentos de vd. en su imperial casa. ¿Quiere vd. ser caballerizo? ¿quiere ser conserje de Palacio? ¿quiere vd. ser mayordomo? Todos esos empleos están ocupados; pero estoy autorizado para hacer cualquiera combinación.
— S. M. me honra muchísimo y V. E. lo mismo mucho me favorece: ambos pueden disponer de mí como gusten.
— Vd. tiene á su esposa y una hija?
— Tengo á mi esposa y á una niña de diez y ocho
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años huérfana, que es nuestra sobrina y cuyos bienes administramos.
— ¿La señora de vd. quiere ser dama de la Corte?
— Crea vd. que es su más grande ilusión.
— Magnífico! Entonces mientras encontramos una colocación adecuada, mañana mismo puede recibir la señora su nombramiento. ¿Cómo se llama?
— Asunción E. de Cisneros.
Almonte tomó nota.
— ¿Como se llama la niña?
— Aurora y lleva nuestro mismo apellido.
— Precioso nombre el de Aurora. Veremos más tarde si le damos colocación también en Palacio aunque S. M. la Emperatriz no quiere que entren aquí mujeres jóvenes. Hemos concluido.
D. Tirso Cisneros salió de allí tambaleándose como «i se hubiera bebido media botella de cognac.
*H«
CAPITULO XXV
LA CAÍDA DE OAXACA
IENTRAS que pasaban estas y otras muchas cosas en México, veamos cual aspecto había tomado la situación por el rumbo de Oaxaca desde que dejamos á nuestro amigo Ernesto Domínguez al lado del capitán Morales, como su primer protector accidental al ponerse nuevamente en campaña. •
Después de haber dormido bien toda la noche los dos viajeros, á las cuatro de la mañana los despertó el ruido de la tropa de caballería alojada allí cerca que estaba alistándose para la marcha, ambos dieron un salto en sus camas casi á la vez, se vistieron rápidamente y fueron también á recoger sus caballos en la caballeriza, los que por su parte se habían repuesto con la buena cena de las fatigas anteriores, encontrándose listos para la nueva caminata. Casi se les conoció el gusto cuando relincharon al ver que los dos militares acercaban las sillas y los frenos correspondientes.
Cuando Morales vino á tocar á la puerta de la ca-
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sa del alcalde, ya este salió acompañado de los do» jóvenes con sus caballos estirando.
Dieron las gracias ¿i la autoridad en los términos propios de las personas bien educadas y se pusieron á las órdenes del capitón Morales.
— Mi gente está lista, les dijo este, de modo que nos iremos á desayunar á Oaxaca.
Y poniéndose los tres amigos á la cabeza del piquete, que llevaba unos veinte hombres en cuerda para el ejército, salieron del pueblo conversando con toda la jovialidad que ya les conocemos. Morales les dijo:
— Yo salí hace ocho días de Oaxaca á desempeñar algunas comisiones del servicio y entre ellas la de reunir g^nte y recoger lo recaudado en las oficinas de rentaos. Hombres ya hay pocos y dinero no encontré ning-uno en los pueblos y lugares que recorrí: quizás los que han salido para otros rumbos hayan sido más afortunados.
— ¿De modo que hay escasez de soldados y de recursos? preguntó Ernesto.
— De las dos cosas, pero no de ánimo y de resolución para combatir. Ignoro lo que haya pasado en estos ocho dias últimos. Antes de que yo saliera se sabía que iba avanzando una columna respetable de franceses, que hace como mes y medio salió de Tehuacán, de modo que á estas horas ya debe estar en Etla ó quizás más cerca si no se lo ha opuesto un obstáculo serio en el camino.
Ernesto y Ramón se miraron llenos de jubilo, exclamando el segundo:
—¡Qué dicha si se nos presenta pronto la oportu-
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nidad de vengarnos un poco en estos de las iniquidades que los otros cometieron con nosotros!
— ¿Y se encontrará el general Diaz en Oaxaca? preguntó Ernesto.
— Debe haber salido á observar de cerca los movimientos del enemigo; pero de todos modos encontrarán ustedes á su hermano Don Félix que casi es la misma persona.
— Nosotros desearíamos presentarnos al mismo general, y si no está en Oaxaca seguiremos adelante hasta encontrarlo.
— Pronto vamos á saberlo, contestó Morales: estamos tan cerca que comienzan á verse las casas.
En efecto, diez minutos después, á eso de las seis de la mañana, resonaban ya las herraduras de sus caballos en las calles de la ciudad, que permanecía tan silenciosa como si hubiera sido abandonada de sus habitantes. Solamente al encontrarse ya cerca de la plaza empezaron á ver soldados y oficiales, estos últimos en lo general vestidos de paisanos, conociéndose su carácter militar solo por las pistolas y espadas que les pendían de la cintura.
— Parece un camposanto mas bien que un cuartel general, dijo Ramón al oído de Ernesto.
— Las tropas regulares han de estar fuera de la la ciudad, le contestó Domínguez en el mismo tono.
Morales les indicó posada donde podían aguardarlo, mientras él iba á hacer entrega de la gente que llevaba y á dar cuenta de sus comisiones, y les dijo al despedirse:
— Creo que antes de una hora estaré con ustedes para darles noticias.
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Efectivamente, apenas habían tenido tiempo los jóvenes de desensillar sus caballos en el mesón, de arreglarse un poco en sus personas con la poca ropa que llevaban en sus maletas y de dar un vistazo por las calles inmediatas, cuando se les incorporó Morales diciéndoles con su jovialidad acostumbrada:
— Ya está listo nuestro desayuno en aquella fonda inmediata: allí de sobremesa les referiré todas las novedades.
Salieron, y como la fonda estaba á dos pasos, llegaron pronto y se instalaron en torno de una mesa que fué cubierta luego de tazas de espumoso chocolate oaxaquefio, birotes, vasos de leche, huevos fritos, etc., etc.
— Es un desayuno de príncipes, murmuró Ramón — Hay que observar la regla, contestó Morales: el soldado debe tener una comida y un sueño adelantados.
— Ahora vamos á las novedades, dijo Ernesto. — El chato Diaz anda en campaña: acaba de solemnizarse el triunfo que alcanzó sobre una importante sección del enemigo al cual ha venido pastoreando hasta Etla. Allí se encuentran los franceses €m número de seis mil hombres al mando de un tal Courtois d'Hurbal, quien con una tercera expedición ha sustituido al general Brincourt que nada pudo hacer desde Agosto del año pasado con un cuerpo de ejército de siete mil hombres.
— Pues qué, ¿han sido derrotados por aquí los franceses?
— Ya lo creo: en Tecomavaca les dieron una buena zurra: allí fué donde Carbó les atacó la retaguardia
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quemándoles cuarenta carros de parque y víveres y quitándoles cuatrocientas muías.
— ¡Magnífico!
— Pero ahora nos echan para acá toda la gente,, porque fuera de esos siete mil hombres de Courtois d'Hurbal con los cuales permanece atrincherado, vienen otros ocho ó nueve mil con el mismo Mariscal á. la cabeza
— ¿Con Bazaine en persona?
— Sí, y por otro lado viene también el general Jeaningros
— ¿Por qué lado?
— Por Huajuapam, y este no trae menos de tres mil hombres.
— ¿De modo que todo el ejército francés se nos echa encima?.
— Sí, sefiores: vienen el marisal Bazaine, siete generales y quien sabe cuantos coroneles; por lo menos son unos diez y ocho mil hombres de tropas francesas, sin contar con algunos cientos de traidores que les sirven de guías y también de carnaza.
— ¿Y no se dice qué es lo que piensa hacer el general Diaz para conjurar semejante tormenta?
— El general en jefe llega esta tarde para arreglar la defensa de la plaza. Las fortificaciones van á reformarse ó modificarse, van á acopiarse víveres, y á reunirse cosa de unos cuatro mil hombres de buena tropa y unos tres ó cuatro mil de reclutas, que pueden defenderse bien detrás de las trincheras. ¿Qué tal?
— Plaza sitiada, plaza tomada, dijo Romón.
« — En efecto, agregó Dominguez, á mí me agrada*
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ría más que se abandonara la ciudad y que Be diseminaran todas las fuerzas que hay sobre las armas -en partidas de á dos ó trescientos hombres, convirtiéndoles á los franceses una campaña que pueden concluir en dos meses en una guerra interminable.
— Yo no tengo capacidad para dar un parecer acertado, dijo Morales que se sentía de antemano sometido al prestigio de sus jefes; pero altas razones d© conveniencia pueden haber influido en la determinación de defender la plaza.
— Debemos suponernos cuáles son, contestó Ernesto.
—¿Cuáles?
— Mantener la moralidad de un ejército que está ya formado y que ha adquirido algunos triunfos; dar tiempo á que los republicanos se organicen por otros puntos mientras se tienen entretenidas en el asedio á la mayor parte de las tropas francesas, y también la esperanza, si no de conseguir alguna ventaja sobre ellas, al menos la de obligarlas á retirarse si no pueden en poco tiempo vencer las dificultades que se les opongan.
— Tal vez.
— Es seguro. El general Diaz no va á encerrarse aquí sin tener un plan que considera bueno y que quizás le dará los resultados que apetece. O espera que le vengan auxilios de alguna parte ó cree poder hacer que aquí se debiliten completamente los elementos del enemigo.
— Nada de eso nos importa á nosotros, exclamó Ramón con entusiasmo. Aquí se va á pelear con loa iranceses y aquí pelearemos.
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- — Es cierto, concluyó manifestando Ernesto, y en una plaza que se defiende hay sitio páralos hombres de buena voluntad, de modo que siempre se nos ocupará aunque sea en hacer fuego por las trincheras.
Apenas acababa de decir esto el comandante, cuando se oyeron los clarines de una tropa de caballería que se asomaba por la esquina y que no era mas que la descubierta de una columna como de mil hombres que atravesó por la boca-calle para ir á tomar cuarteles.
— Parece que es la brigada de Sinaloa que viene mandando Ángulo, dijo Morales. Ahora vamos á la pinza para presentarlos á ustedes con mis jefes.
— Desde esa hora, las nueve de la mañana, comenzó a notarse el mayor movimiento en la ciudad. Unas tropas entraban y otras salían y diversas personas á caballo recorrían las calles en todos sentidos dictando disposiciones para fortificar la ciudad, según pudieron observar nuestros jóvenes desde el punto que ocuparon que fué la esquina de la catedral. A eso de las doce del dia entró el general en jefe con sus ayudantes y una escolta respetable.
— Aquel es el general Diaz, dijo Morales conociendo desde lejos el caballo que montaba.
No se apeó luego, sino que acompañado de algunos jefes y de otros vestidos de paisanos que tal vez eran ingenieros, anduvo también recorriendo la por dictando al parecer diversas órdenes con ática precisión á que todos estaban acos-
3S.
la noche pudieron ser introducidos nuestros á la casa del general en jefe, quien los reci-
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bió no solo con su acostumbrada bondad, sino con
grandes muestras de agrado.
— Casualmente, les dijo después de haber oido la
breve relación que hicieron de sus aventuras, ó mejor expresado, de sus desventuras, casualmente llegaa ustedes en momentos en que más útiles pueden ser sus servicios á la República: van ustedes á salir de la plaza para llevar instrucciones mias á mi hermano Félix que opera á unas cuantas leguas. Ustedes lo buscarán y le entregarán en mano propia un pliego que voy á darles. Los escoltará el mismo capitán Morales que les ha traido y que conoce bien el terreno.
Ambos jóvenes se miraron con sorpresa.
— Nosotros deseábamos encontrarnos en los combates á las inmediatas órdenes de usted, mi general-
— Después tendremos tiempo: ahora esta comisión que les doy es la que tiene más urgencia.
¿Cuál había sido el pensamiento del general? Uno muy noble y muy generoso: estos jóvenes, se dijo, acaban de volver de su destierro: es necesario salvarlos de que caigan otra vez prisioneros, como probablememte tendrá que suceder si se quedan en la plaza.
— Señor general, disponga usted como gusfe de nosotros, contestó Ernesto con entereza procurando que no conociese aquel que se sentía vivamente contrariado.
— Como no quiero tener aquí más caballería que mi escolta y alguna fuerza de exploradores que sea indispensable, llevarán ustedes como unos cien hombres que sobran aquí completamente y que mucho más van á servir incorporados á las fuerzas que operan fueran de la plaza. A las cuatro de la mañana
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- — Es cierto, concluyó manifestando Err .--' una plaza que se defiende hay sitio par de buena voluntad, de modo que s£fitg^i0 porque espará aunque sea en hacer fuego a0 ¿e^e xmo dormir . Apenas acababa de decr
cuando se oyeron los ciar- ia ve2 que jes tendía la llería que se asomaba po- ¿^
que la descubierta de ¿frieron los tres oficiales en el bres que atravesé ^^i que ya estaba de pié trabacuarteles. . :\/&ge redujeron á una carta pequeña —Parece <^g£ á ciertas generalidades sin impormandan s£¿íj£ que lo que se proponía era salvarlos plaza ' g //^unda vez cayeran en poder de los f ran- /$0& íacara su^r muy serias consecuencias ¿^^flpena,s acababan de llegar de un confina- ¿pt^que había sido burlado. ^$0 1&* parece muy original lo que nos pasa? preguntó Ernesto á sus amigos cuando ya habían K¿o de la población y los conducía Morales por ^deros en que según sus conocimientos, no habían ¿e tener un mal encuentro con el enemigo.
—Muy original, muy original, le contestó Ramón, pues seguramente habríamos servido mucho mejor detrás de las trincheras. Yo soñaba con la gloria de despachar un par de metrallazos á los señores franceses.
—El general sabe lo que hace, les dijo Morales que no le gustaba discutir las disposiciones de su superior.
Ahora ya sabemos, según las historias, lo que pasó en Oaxaca. Se acercó Bazaine con un numeroso ejér-
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larenta piezas de artillería de sitio, que cor-
K ^ *, que ocupó con toda calma las posiciones
*\ ^ ecieron convenientes, que avanzó por me-
-3. ijos de zapa hasta poder dar el asalto,
itiados carecían de moral, de parque, de
dinero, y que en los momentos en que
* columnas de ataque, después de ha-
.as brechas necesarias, se le presentó el
. iJiaz en persona en su tienda tendiéndole su
^ada por la empuñadura lo cual fué tanto una
sorpresa como una decepción.
— ¿Rinde usted la plaza sin condiciones, general Diaz?
— No pongo ningunas, general Bazaine. Y cuando llegó la noticia no muy inesperada de la rendición de la plaza de Oaxaca exhausta de toda -clase de elementos de combate al campo en donde se encontraban las fuerzas de Félix Diaz, Ernesto les dijo á sus compañeros Ramón y Morales:
— ¿Se han fijado ustedes? Trescientos oficiales prisioneros.
— Entre los cuales debíamos encontramos nosotros, murmuró Ramón.
— Pues esa ha de haber sido la idea del general, exclamó Morales dándose una palmada en la frente, -que no cayeran ustedes apenas llegados.
CAPITULO XXVI
FIESTAS Y APUROS
1Hv
E JEMOS el Te Deum cantado á los franceses por t VJJ el clero de Oaxaca, las fiestas por el triunfo que alcanzó el invasor, la conducción á Puebla del general vencido y demás prisioneros, la alharaca que se armó por un suceso que entre los imperialistas era inesperado, las cuentas del gran capitán que rindió Bazaine con motivo de aquella costosa campaña y otras muchas curiosidades.
Tenemos que dejar también á un lado la multitud de episodios militares que se verificaron en los seis primeros meses de 1865 en toda la República, así como los derroches, fiestas, creaciones de condecoraciones y otras verdaderas paparruchas del imperio.
Bajo la direción oficial, como siempre que se quieren excitar la curiosidad y el movimiento del público, hicieron su entrada en México los imperiales consortes el 24 de Junio. Maximiliano, como siempre que se fastidiaba de los negocios, habia hecho un viaje de placer por varias poblaciones de Oriente y Car-
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Iota había ido á encontrarle en Puebla en donde ambos estuvieron recibiendo agazajos de sus partidarios
durante diez y siete dias.
La entrada á México no había sido tan ruidosa como las anteriores, ni mucho menos como la de hacia un año, en que habían llegado por la primera vez á desempeñar la encomienda que les habia proporcionado Napoleón m. Entre una y otra recepción hace notar grandes diferencias el historiador monarquista D. Niceto de Zamacois. Sin embargo, hubo cohetes, repiques, músicas, formaciones de tropas, muchos carruajes y ginetes, así como la correspondiente masa popular compuesta de curiosos y de individuos llevados á remolque para gritar vivas á SS. MM. Estos notaron naturalmente que el entusiasmo monarquista habia decaido mucho en su capital y procuraron disimular su despecho, mandando Maximiliano á la municipalidad un donativo de tres mil pesos para que fueran repartidos entre las gentes necesitadas.
¡Ya sobraría modo de sacarlos centuplicados de entre los descontentos!
Traían de Puebla, en donde habían estado muy contentos los monarcas, el aguijón de apadrinar al Mariscal Bazaine que iba á casarse el dia 26 con la entonces señorita Josefa Peña y Azcárate, probablemente joven hermosa de la buena sociedad. Hoy es una señora anciana de buen trato y muy estimable.
Concluido en Palacio el besamanos que siguió con el fausto acostumbrado, toda la corte se dedicó á hacer los preparativos para la boda del que se consideraba si no como el primer hombre del imperio, para muchos lo era, al menos como la segunda per-
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«ora, flfii es que con mucha razón se creía que les fíes* tas debían ser fiestas reales, tanto mas cuanto que Maximiliano tenía empeño de impresionar al jefe francés respecto de los grandes motivos que tenía para estar resentido con los palaciegos.
Amaneció explendóroso el 26 de Junio.
Temprano entraron á Palacio multitud de parihuelas cargadas de rosas para el adorno de la capilla y salón del banquete que se habían decorado convenientemente.
A las nueve de la mañana todos los preparativos estaban concluidos y á eso dfe las diez de la mañana el Mariscal con su cortejo y la novia con el suyo, se presentaron en el alcázar imperial donde fueron recibidos graciosamente por SS. MM. con todo el ceremonial expresamente dictado por Maximiliano en persona que era muy dado á pompas palaciegas y ejecutado por el Gran Maestre, los chambelanes, mayordomos, damas y demás gentes menuda.
Las duquesas y condesas, que no eran muchas y en su mayor parte extranjeras, se prendieron, como suele decirse, con veinticinco alfileres y las damas de la Emperatriz que ya ascendían á unas veinticinco, sobre que no disfrutaban sueldo, á lo menos las mexicanas, estaban también vestidas casi en lo general con terciopelo de todos colores y llevaban buen cargamento de joyas. Nuestra amiga Doña Asunción Cisneros, que solo era llamada raras veces al servicio porque no era de la devoción de la Emperatriz, estaba vestida de verde pálido, ostentando varias alhajas antiguas de poco gusto, pero de mucho valor» Era una de las que más ruido metían con su charla
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desde que se había hecha de confianza y era una de las particularidades que más desagradaban á su sefiora.
Toda la concurrencia estaba de pié en el salón, que llevaba el nombre de salón de Iturbide, cuando se presentaron el archiduque Maximiliano llevando á su derecha á la Srita. María Josefa Pefla y ' Azcárate, que estaba deslumbrante con su belleza, con su traje blanco y sus joyas y á su izquierda al embajador de Francia; seguía la Emperatriz llevado á su lado al novio y al otro á la suegra de este ó sea la madre de la novia, y un poco más atrás iban algunos de los íntimos de ambos sexos de SS. MM. Allí el gran maestro de ceremonias organizó la procesión que se formó ya de todos los asistentes para dirigirse á la capilla, y en la gran comitiva iban los generales franceses, los miembros de ambos gabinetes, los intendentes y secretarios, los tesoreros y chambelanes, las mujeres de los altos funcionarios, las damas de la corte, los oficiales de órdenes de servicio, los ayu-# dantes de campo, el gran maestro de ceremonias y sus secretarios y ayudantes, los caballerizos y mayordomos, el Prefecto Político D. Miguel María Azcárate, padre de la novia, la guardia palatina, las músicas principales de los regimientos y las niñas que llevaban la cola de la desposada, amen de unos pages que iban con cestos de flores regándolas por los corredores.
En la sala del consejo el intendente Friant hizo las veces de cura civil, celebrando el casamiento también civil en acatamiento á las leyes de Reforma promulgadas por Juárez, acto que produjo sus murmu-
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raciones entre las estantiguas de ambos sexos pertenecientes á lo que se llamaba el bando retrógrado, y después de llenado ^este requisito que era esencial ya en los paises cultos, como que es la mayor simpleza rechazarlo, se dirigió el concurso con igual orden y gravedad más pronunciada á la capilla imperial en donde el arzobispo Labastida dijo la misa y presidió las demás ceremonias religiosas que se prolongaron hasta las doce y media, porque hubo actos de música, de canto, de plática y de recitados.
Siguieron las presentaciones, felicitaciones y obsequios, y á eso de la una, los escogidos, solamente los escogidos, se encaminaron al salón de honor donde había una suntuosa mesa cargada de vajilla de plato y de cristal de Bohemia, sirviéndose un suculento almuerzo de ochenta cubiertos rociados con vinos franceses de los más añejos y de los más ricos, traidos expresamente para tan gran festividad.
Se despidieron, hablándose mucho entonces de que la Emperatriz se había dignado tender los brazos naturalmente á la joven desposada, y el maestro de ceremonias con algunos otros personajes, sirvieron de escolta á los desposados y su comitiva hasta el patio en donde los esperaban sus carruajes.
Apenas se habían quitado Bazaine y su esposa sus trajes de ceremonia, recibió el primero una misiva de Maximiliano del tenor siguiente: «Mi querido mariscal Bazaine: Queriendo dar á usted una prueba tanto de amistad personal como de reconocimiento por los servicios prestados á la patria, y aprovechando la ocasión del matrimonio de usted, le damos á la maríscala Bazaine el palacio de Buena Vista, com-
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prendiendo el jardín y los muebles, bajo la reserva de que el día que usted se vuelva á Europa, ó si por cualquiera otro motivo no quisiera usted conservar la posesión de dicho palacio para la maríscala, la nación volverá á hacerse de él, en cuyo caso se obliga el gobierno á dar á la maríscala, como dote, cien mil pesos. — Maximiliano. >
¡Qué generoso se mostraba el Emperador con lo que no era suyo!
Y para que nuestros lectores se formen idea más neta de las ventoleras que padecen los monarcas, les diremos que nn dia después que el llamado Emperador tuvo ese desprendimiento amistoso, ese rapto de explendidez para regalar cien mil pesos de la nación, escribió para fecharla el dia 29 al secretario de su gabinete particular, que en ausencia de Eloin lo era el abate Domenech, una carta en que ponía de oro y azul á su querido mariscal, diciendo de él, entre otras claridades, las siguientes que deben haberle sabido á rejalgar:
«Se ha perdido un tiempo precioso; se ha arruinado el Tesoro, la confianza pública disminuye, y todo esto porque se ha hecho creer en Paris que la guerra está terminada gloriosamente; que territorios inmensos mayores que la Francia, están ya tranquilos y pacíficos. Creyendo en estos informes, falsos completamente, se ha retirado un número grande de tropas, queriendo ganarse por este medio á la oposición. Se ha dejado un número insuficiente de tropas.
Por otra parte, se me ha hecho gastar sumas enormes para las malas tropas auxiliares y de este modo el pobre pais debe pagar las tropas francesa que no
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existen y hordas de indígenas que no hacen masque dallo; y en recompensa de estos inmensos sacrificios, vemos las ciudades principales del pais, los centros de la riqueza, amenazados por tropas audaces, á las cuales se les quiere llamar ladrones, pero que manifiestan talentos militares muy notables, aprovechándose inmediatamente de las grandes debilidades de nuestra situación.
En todos estos puntos hay dos cuestiones serias que arreglar: la suficiencia de las tropas y las sumas inauditas que desaparecen en esta lenta y desgraciada guerra. >
El archiduque dio este y otros ramalazos tan furibundos á Bazaine y á las hordas que por él combatían..,., ¡merecido pago á los traidores! ¡y se quedó* tan fresco! Por lo qué el mariscal, lejos de agradecerle su regalo, lo empezó á ver desde que supo como lo trataba, con más desprecio y con más ojeriza.
El pobre Maximiliano se quejaba como una hembra, con todo y llamarse emperador y tener en la mano el remedio para sus desdichas, que consistía en ponerse los pantalones y mandar como soberano.
Tan entretenido estuvo por aquellos meses S. M. en viajes, saraos, fiestas, creación de órdenes y condecoraciones, ceremoniales, casamientos y bautismos (pues él y su augusta esposa apadrinaron también á una nieta de Almonte), que no había tenido tiempo de ocuparse en asuntos serios ni de recibir á su ministro de hacienda interino Don Félix Campillo, hasta que este logró atraparlo á fuerza de perseverancia una hermosa mañana en que 16 encontró dispuesto á concederle su atención. Aquí es fuerza decir también
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entre paréntesis, que ya la Emperatriz había pedido algún sabio economista francés entre los que tuviera Napoleón de sobra, para que arreglara la hacienda mexicana que andaba por los suelos y por eso se consideraban muy contados los días de los ministros del ramo que estaban sucedióndose sin poder atajar la pelota. En esa fresca mañana repetimos, el señor Campillo llegó con suabultada cartera y después de solicitar y obtener el beneplácito de su amo, estendió los papeles sobre la mesa y dijo:
— Si parece á V. M. comenzaremos por el presupuesto.
Maximiliano se sonrió con desdén porque de lo que menos le gustaba tratar era de dinero, dio unos golpecillos sobre la carpeta con una plegadera de oro y contestó:
— Veremos lo que hay que hablar sobre el presupuesto.
— Impórtala lista civil según mi proyecto, continuó diciendo el ministro, un millón setecientos mil pesos, la lista militar doce millones novecientos setenta mil, ciento diez y siete pesos, el ministerio de Hacienda, diez y seis millones novecientos mil, seiscientos seis pesos sesenta y nueve centavos
Maximiliano dio un brinco en el sillón y preguntó con impaciencia:
— ¿Cuanto importa todo en números redondos?
— Cuarenta millones y medio de pesos.
— O sean doscientos veinticinco millones de francos, ¿y de donde hemos de tomar esos doscientos veinticinco millones de francos?
— Eso es la gran cuestión, Majestad. De seguir
cerrados los cordones de la bolsa de Francia, solo de los empréstitos.
— ¡Los empréstitos! ¡los empréstitos! Ya hemos agotado el tercero en un afio y por lo que hace á Napoleón no nos prestará ya ni un céntimo y menos cuando su ministro Dañó nos está haciendo cuentas de reclamaciones francesas por valor de noventa y dos millones de pesos, según me ha dicho la Emperatriz que es la que más se preocupa con esas cosas.
— No considero de mucho cuidado las reclamaciones francesas, porque la comisión mixta rechaza cuatro quintas partes.
— Aunque rechace noventa y nueve de cien partes, siempre queda una parte que servirá de protesto á Napoleón para cojerse la Sonora.
— Creo que no se empeñará en ello desembozadamente.
— Quiso meter la Sonora en el convenio de Miramar y lo rechazó, como lo he seguido rechazando cuando han insistido todos sus ministros y representantes; pero ahora ha inventado otra forma que dice le garantizará el pago de su deuda por medio de los proyectos de colonización del Dr. Gwin.
— La Regencia estuvo conforme en abandonar Sonora á Napoleón completamente: ahora se ha ganado terreno puesto que solo se pretende colonizarla.
— La Regencia era compuesta por Aimonte que os mas traidor que Judas, y yo no podía hacerme solidario con él de tal desprestigio. Ahora este proyecto del Dr. Gwin envuelve también la pérdida de Sonora porque la base es establecer allí un gobierno
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que dependa solo de Francia. Pero estamos divagándonos: sigamos con el presupuesto.
— Decía que. .*. .
— Sí, decía su excelencia que tenemos que gastar cuarenta millones y pico y yo contestaba que no contamos ni con el pico.
— El empréstito de París firmado el 14 de Abril. . .
— No me hable S. E. de ese desdichado negocio, tan mal perjefiado por D. Eustaquio Barron, porque además de ser unabicoca de que apenas nos llegarán unas cuantas surrapas, hace ya subir la deuda del imperio á 765 millones de francos en menos de dos afios.
— Permítame V. M. hacerle observar que del empréstito de ocho millones nos quedarán dos millones líquidos y con las contribuciones aquí podemos obtener uno sseis millones mas.
— Menos de la quinta parte de lo que importa el proyecto de gastos.
— Perdone V. M. no es un proyecto de gastos: son gastos que se hacen indispensablemente, sin lugar á quitar un solo peso para economías.
— Estoy conforme con S. E., no se pueden suprimir los gastos de la corona, los haberes del ejército, ni el sueldo de los ministros y sus dependencias; pero ¿qué . se hace si el dinero falta en las cajas?
— Se paga lo de más urgencia y lo demás se queda á deber.
— Entonces tendremos que seguir el viejo sistema.
— Sí, Majestad, y lo único que deseo saber es el orden de preferencia.
— El mismo de siempre: primero los gastos de palacio,* luego los más precisos de guerra y al último
la lista civil. ¡ Ah! se me pasaba hacer á V. S. una recomendación: todos esos extranjeros que están al servicio de mi gobierno deben ser considerados al mismo tiempo qne las pensiones de la Emperatriz* ¡Qué dirían de nosotros y del país si no les pagásemos! El ministro recogió sus papelee, hizo una profunda inclinación y salió reculando del gabinete del Emperador.
capitulo xxyn
ÉL BJfcUTAL DECRETO DE 3 DE OCTÜBBE
ABINETE militar del Emperador. —Palacio imperial de México, Junio 24 de 1865. — Nota que deberá comunicarse al señor comandante en jefe del ejército francés.
S. M. el Emperador ha decidido que, en lo futuro, las sentencias pronunciadas por las cortes marciales
NO LE SEAN COMUNICADAS.
La justicia seguirá su curso regular, y S. M. no quiere de ningún modo intervenir en . sus decisiones. — El jefe del gabinete militar, C. Loysel.»
Esta nota había sido dispuesta por Maximiliano en los momentos de haber vuelto de Puebla, Orizaba y demás ciudades de Oriente en donde había sido tan agasajado por los mexicanos y en la tarde misma que se regocijaba de la expléndida recepción que le había hecho la capital y de haber viajado con una libertad y una confianza que no podían tener en sus pueblos respectivos los viejos soberanos de Europa;
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en los instantes también en que iban á prepararse nuevas fiestas en Palacio con motivo de los matrimonios y ceremonias bautismales de los hijos de los magnates.
Esa pequeña nota era como la preparación del decreto de 3 de Octubre que ya maduraban él y Bazaine, según otros muchos documentos históricos que están publicados.
Desde fines de Febrero del mismo ano, al punto mismo de recibir una correspondencia del interior, había corrido al departamento de Carlota con un papel impreso en la mano, el cual le leyó después de cerrar todas las puertas. Decía así:
«Cuerpo Espedicionario de México: Ia División de Infantería, Estado Mayor:
«El general de Castagny, mandando la Ia división del ejército Franco-Mexicano.
«En virtud del decreto constituyente del general en jefe, espedido en 20 de Junio de 1863; en virtud de las órdenes de S. M. el Emperador Maximiliano, y usando de las facultades que Je están concedidas, decreta:
«Art. Io Queda establecida una corte marcial en Hazatlán.
«Art. 2o Dicha corte queda investida de facultades discrecionales para sentenciar sin apelación, á toda persona que pertenezca á las gavillas de malhechores armados.
rt. 3o Dicha corte pronunciará sus sentencias á Dría de votos y en la misma sesión, rt. 4o Las sentencias se ejecutarán dentro de las ¡cuatro horas, contando desde el momento en
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que se pronuncien. — de Castagny, general en jefe de la Ia división.»
(Se sabe que con el nombre de malhechores, el general quería designar á los mexicanos que no habían, aceptado el gobierno de Maximiliano).
Carlota se puso densamente pálida con la lectura de esta bárbara ley y no pudo menos que exclamar:
— Pero es lo mas atroz que pudo haberse discurrido.
— Bazaine, que acaba de venir á enseñarme una copia igual , opina de distinta manera.
— ¿Dice que no es una atrocidad eso?
— Es decir, afirma que es el único medio que hay para conseguir la destrucción de las guerrillas.
— Pero esa ley tiene que aplicarse á todos.
— Fíjate en que habla solo de malhechores armados.
— Pero ¿quién hace la distinción? Si el mismo Juárez cae en poder de las cortes marciales, será declarado malhechor.
— Juárez no anda armado, y en todo caso si él cayera
— Ya comprendo. Entonces Corona, Regules, Negrete, Porfirio Díaz, todos los demás que traen tropas. . . .
— Ese era el argumento que yo hacía á Bazaine y él' me lo deshizo inmediatamente manifestándome que cuando se fusile á esos comandantes la paz quedará establecida.
— Surgirán otros.
— Es imposible: el temor por una parte y la falta de cabecillas por otra, hará que los que andan arma-
dos vuelvan á sus casas y el imperio podrá afirmarse sobre bases sólidas.
— De modo que no se desaprobará esa ley, de modo que tendrá que regir en Mazatlán.
— Y en todas partes. Solo espero que vuelva Eloin y me traiga noticias de Europa para lanzar el desafío que esperan los rebeldes. Lo único, que desapruebo, hasta cierto punto, es la pena de azotes impuesta por De Portier en Morelia.
Carlota se quedó pensativa y Maximiliano se volvió á su despacho alzando cuidadosamente en una gaveta aquel papel impreso que le trajo preocupado por algunos dias y del cual no cesó de hablar con sus consejeros, pidiéndoles con frecuencia su opinión de manera que aprobaran el pensamiento de que solo se necesitaba la menor oportunidad para decretar medidas generales que tuvieran alguna semejanza.
Las fiestas de Palacio se alternaban con las buenas y las malas noticias de la guerra que seguía incesante por toda la República, cuando el dia 14 de Agosto recibió Maximiliano un mensaje de su querido Eloin que había llegado á Veracruz.
Éloin era un personaje repugnante para todos, menos para el archiduque, al cual tenía sujestionado, sobre todo cuando estaba cerca: esto es, Maximiliano, tampoco lo amaba, pero lo oia con gusto porque era un adulador insinuante que conocía las flaqueras del príncipe y las alhagaba con habilidad.
Carlota también detestaba á Eloin, pero se había aliado á ella contra Bazaine y tenía que reconocer que era un intrigante útil por su astucia y por la influencia decisiva que ejercía sobre Maximiliano.
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Cuando supo que iba á llegar, murmuró:
— Ya está ahí ese hombre que acaso va á arrebatarme á mi marido precipitándolo en los devaneos; pero es el único que puede salvar el trono.
Como se ve la princesa tenía una confianza inmensa en el favorito del Emperador.
Maximiliano fué k recibirlo con su comitiva, y después que entraron en Palacio se encerró con él en su gabinete privado.
— Y bien, Eloin, le dijo después de haber estrechado otra vez sus manos entre las suyas, cuéntame brevemente cómo te ha ido.
— Mi misión con el Papa fracasó completamente: ee un viejo zorro á quien' no se le puede arrancar una promesa formal sobre nada. Todo se ha vuelto mandar bendiciones á V. M.
— Ya sabía yo que nada podría conseguirse. Se nos adelantó el obispo Munguía y Meglia ha estado en constante correspondencia con los cardenales.
— Yo traigo algunas copias de sus cartas. '
— No necesita escribirlas más, porque se ha ido para informar verbalmente contra nosotros. Ni siquiera se despidió de la Corte. ¿Y Napoleón? ¿Qué dice Napoleón que es el que más nos importa?
— S. M. el Emperador de los franceses está á punto de retirarnos su protección.
—¿Qué es lo que estás ahí diciendo? preguntó Maximiliano perdiendo el color al oir tales palabras.
— Lo he sondeado y veo que está rodeado de influencias que nos son adversas; pero sobre todo tiene un miedo cerval á los yankees.
— Cuéntame, cuéntame todo lo que te haya dicho.
— Me dijo que la diplomacia americana estaba muy empeñada en que retirara de aquí sus tropas y que aunque se la entretenía con promesas vagas, tenía que llegar un momento en que las exigencias se volvieran más terminantes.
— ¡Y qué! ¿No es poderosa la Francia? ¿No cuenta con la alianza de España, Austria y Bélgica?
— Me dejó entender que apuntaban ciertas complicaciones europeas.
— ¿Con Alemania?
— Con Alemania. Bismark es un diplomático temible.
— También Napoleón los tiene y después de sus triunfos en Italia no puede temer á potencia alguna.
— No las teme; pero desea no tener ocupada su atención también en América. Sobre todo, se le hace ya gran oposición en el parlamento francés á causa de México y es lo que más le tiene disgustado.
— De manera que, ¿cuál ha sido su última palabra?
— Su última palabra todavía no la ha dicho. A mí me dijo que debíamos estar tranquilos, que aunque fuera de un modo indirecto, en caso de que las circunstancias se hicieran apremiantes, siempre nos tendría tendida una mano ....
— No comprendo.
— Esto es: que no retirará sus tropas sino cuando ya crea imposible tenerlas aquí más y que en tal caso lo hará paulatinamente.
— ¿Eso ha ofrecido?
— Eso ha ofrecido; pero no hay que creer mucho en sus promesas.
- -¿Por qué?
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— Porque tan luego como termine del todo la guerra en los Estados Unidos, que á estas horas sabemos bien ha terminado, el gobierno americano traducirá en hechos sus exigencias.
— ¿Sería posible?
— A lo menos se lo supone el Emperador.
— ¿Lo ha dicho?
— No lo ha dicho, me lo ha dejado entender. Por otra parte, dice que la guerra en México está saliendo muy costosa para la Francia.
— ¿No le hemos dejado más de la mitad de los empréstitos?
— Sí, pero dice que ya no podremos conseguir más dünero de aquí en adelante y que de todas maneras la deuda francesa se quedará insoluta si no la garantizamos con la Sonora.
— ¿Habla aún de la Sonora?
— Con más empeño que nunca. Dice que sería el medio único que lo resolviera á arrostrar con la oposición de su parlamento y con el enojo de los Estados Unidos.
— ¿Pero no le dijiste que juré no enajenar ni una pulgada de territorio mexicano?
— Se lo dije y me contestó que V. M. no cambiaría un imperio por un pedazo de tierra que para nada le
sirve.
— ¡Un pedazo de tierra más grande que la Fráncial
— En fin, no veo que S. M. Napoleón III esté pisando en terreno muy sólido.
— ¿Y en las demás cortes?
— Todas las visitó y todas están en el mejor sentido, haciendo votos por el bienestar de SS. MM.
— Pero yo no quiero votos sino auxilios en dinero y hombres.
— Dinero no será ya fácil sacarles. Hombres vendrán todos los que se paguen.
— Está bien. Anda á descansar que mucho lo necesitas y después me referirás los incidentes y la» impresiones de tu largo viaje. Mucho té he extrañado y mucha falta me has hecho.
Estas palabras las dijo yá levantado y tendiendo la mano á Eloin que este llevó á Sus labios respetuosamente.
Se despidió ofreciéndole dedicar todo cuanto valía á Su servicio y se dirigió luego á su alojamiento rodeado do las muchas personas que lo adulaban como favorito que era del soberano.
— A los pocos días dio cuenta más pormenorizada Eloin de su misión llevada á Europa y terminó aconsejando un viaje á Maximiliano.
— Es conveniente que vean á V. M. en todas partes: las gentes de esta raza y de estas tradiciones se impresionan fácilmente hablándoles y haciéndoles ofrecimientos aunque no se cumplan. Acostumbrados todos á la servidumbre son por naturaleza supersticiosos y monarquistas; pero es fuerza enseñarles el ídolo que tienen que adorar. A Pedro de Alvarado llegaron á considerarle como un semi-dios porque era rubio: V. M. será visto como un verdadero Dios sin más trabajo que exhibirse por todas partes.
Y Maximiliano salió con su séquito el 24 recorriendo todos los pueblos desde Teícoco hasta Tulancingo.
Maximiliano estuvo de regreso en México para las fiestas de Septiembre en que hubo discursos, erección
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de monumentos y gastos y honores para la familia <Je Iturbide que yacía en la oscuridad.
JEntre todos aquellos regocijos Maximiliano se encontraba con una preocupación fija que era la de establecer el terror como medio seguro de acabar con las guerrillas republicanas, y con verdadera satisfacción, con inmenso júbilo se impuso en aquellos días de la nota siguiente:
"Cuerpo expedicionario de México. — Estado Mayor general, Septiembre 21 de 1865.
Mi querido Loysel:
El Mariscal ha recibido ayer un despacho telegráfico en el cual se dice que en Sonora y Sinaloa la situación mejora más y más. Juárez habría dejado el territorio mexicano, atravesando la frontera en Paso del Norte, dirigiójidose á Santa Fó. — Su afectísimo,
H. LOIZILLON."
En el acto mandó llamar al jefe de su gabinete y poniéndole el papel ante los ojos le dijo complaciente:
— Lee eso.
— ¿Será posible? exclamo Eloin después de imponerse de la pequeña nota.
— No cabe la menor duda: Juárez nos abandona el campo.
— Pues entonces ahora es tiempo de plantear en todo el país el decreto de Castagny: los rebeldes ya no tienen gobierno, ya no tienen tampoco bandera, no son más que bandidos y como á tales debe tratárseles.
— Ese mismo es mi pensamiento; pero se opone la Emperatriz,
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— Las mujeres son naturalmente bondadosas; pero los hombres debemos ser enérgicos. En este caso creo que V. M. debe pasar sobre los escrúpulos de mi soberana.
— Así será preciso hacerlo, mi querido Eloin. Desde mañana dedicaremos dos horas diarias á dar forma al proyecto, porque quiero que la ley que demos sea razonada y solemne. Tú medita sobre ella y yo también meditaré. Entre tanto veremos si tan lisonjera noticia se confirma.
La noticia siguió confirmándose aunque muy vagamente, sin que hubiera un solo dato seguro que la diera como un hecho. Proclamas en Durango, artículos de periódicos intervencionistas, rumores sueltos, era lo único que llegaba á conocimiento del emperador, sobre la huida de Juárez: pero se conformaba con sus deseos, la creyó á pió juntillas y continuó elaborando su decreto en unión de Eloin hasta que el dia Io de Octubre dijo á Lacunza:
— Reúna S. E. mañana mismo á los miembros del Consejo de Estado para que tomen conocimiento de este decreto que deseo se expida inmediatamente. Se le podrán hacer enmiendas de redacción; pero el f ondo ha de permanecer el mismo y si es posible más eficaz para los resultados que se esperan.
Lacunza lleno de terror al imponerse de lo que se trataba, fué personalmente á hablar á sus colegas, quienes igualmente sintieron que caía sobre ellos algo como una centella.
Lares exclamó:
—Ahora sí vamos á jugar nuestras cabezas.
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— Ya hace tiempo que tengo jugada la mia, dijo el general Uraga,
— En la guerra como en la guerra, murmuró Peza.
— ¡Ah! vd. és el ministro del ramo, ¡qué gracia! le dijo por lo bajo Saborio.
— Quedamos entendidos, señores, concluyó manifestando gravemente Lacunza, después que todos habían lanzado sus exclamaciones, de que mañana bajo la presidencia de S. M. el Emperador discutiremos este grave negocio.
— ¡Ah! ¿no ha de haber discusión libre? preguntó Elguero.
— Se discutirá la forma, pero no el fondo, que según nos informará el ministro de la guerra, parece que está aprobado por el gabinete,
— No tengo embarazo en confesar á vdes. respondió Peza, que ya fué examinado el decreto con su preámbulo en junta de ministros después de haber pasado por el gabinete particular del Emperador y
por el Estado Mayor del Ejército.
— ¿Sería inspirado por el Mariscal Bazaine?
— Está escrito de puño y letra de S. M. — ¿De veras?
— El primitivo lo he visto en manos del jefe de su gabinete.
—De Eloin?
— Sí, y de ese original se han sacado veinte copias que son las que están circulando.
— Lo único que me falta decir á ustedes, dijo el Presidente del consejo Lacunza, es que S. M. desea que mañana mismo quede aprobada esta ley para que se publique sin pérdida de tiempo.
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Sabido es que el consejo de Estado celebró su sesión presidida por Maximiliano al día siguiente y que en esa sesión que nada tuvo de borrascosa, las únicas adiciones y reformas que se hicieron al proyecto fueron en el sentido de hacerlo mas cruel y que quien propuso las enmiendas más formidables fué el ministro de relaciones D. José F. Ramírez,, que tenía reputación de ser un liberal moderado.
Eloin esperaba á S. M. de vuelta de la sesión del Consejo en su gabinete.
— ¿Ño hubo dificultad? le preguntó.
— Ninguna: han ido más allá de donde yo deseaba.
— ¿Cuando lo tendremos?
— Maflana mismo. Yo te llamaré cuando esté firmado para que lo mandes á la imprenta.
Desde este momento hasta el día siguiente se pasaron unas 24 horas en Palacio de incertidumbres y zozobras. La Corte aunque estaba informada por algunos consejeros de lo que pasaba, no se manifestaba muy segura y corrían diversos rumores; Chambelanes, damas de honor, oficiales de servicio y caballerizos se secreteaban y andaban de aquí para allá preguntando lo que se sabía. La misma Emperatriz mandaba á sus gentes de confianza á pedir informes y estas le llevaban los mas contradictorios, porque precisamente lo que mas se había recomendado que no llegara á oidos de Carlota era la solemne barbaridad queestabaelaborando el gabinete, pues ella como única persona sensata entre todos, les habría hecho ver que estaban abriendo un abismo á las mismas plantas del imperio.
Lo único de positivo que se había dicho á la Em-
/,<?! consejeros de Maximiliano jiprr\$qdo p/ decreto cíe 3. de Octubre.
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peratriz era que el dia 3 en la noche se daba un gran baile en Palacio para celebrar la definitiva consolidación del imperio á consecuencia de la huida de Juárez, que seguía dándose como cierta, aunque ya Bazaine sabía perfectamente que era una noticia falsa que se había echado á volar para hacer una burla de las más gordas á Maximiliano, pues que se iba á poner en ridículo ante el país,, ante la América y ante la Europa.
Al siguiente dia en efecto, Maximiliano mandó llamar á su favorito: ambos estaban temblorosos. f
— Aquí está ya el decreto firmado: mándalo á la imprenta. — En el acto, Majestad.
— Espera. Que se impriman muchos, muchos ejemplares. — Sí, Majestad.
—Y que el baile de esta noche esté suntuoso. —Descuide V. M.
El decreto de 3 de Octubre con su introducción es el siguiente:
«Mexicanos: La causa que con tanto valor y constancia sostuvo D. Benito Juárez, había ya sucumbido, no solo á la voluntad nacional, sino ante la misma; ley que este caudillo invocaba en apoyo de sus títulos. Hoy, hasta la bandera en que degeneró dicha causa ha quedado abandonada por la salida de su jefe del territorio patrio.
«El gobierno nacional fué largo tiempo indulgente y ha prodigado su clemencia para dejar á los extraviados, á los que no conocían los hechos, la posibilidad de unirse á la mayoría de la nación y coló-
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carse nuevamente en el camino del deber. Logró su intento: los hombres honrados se han agrupado bajo su bandera y aceptado los principios justos y liberales que norman su política. Sólo mantienen el desorden algunos jefes descarriados por pasiones que no son patrióticas, y con ellos la gente desmoralizada, que no está á la altura de los principios políticos, y la soldadesca sin freno, que queda siempre como único y triste vestigio de las guerras civiles.
«De hoy en adelante la lucha será entre los hombres honrados de la nación y las gavillas de criminales y bandoleros. Cesa ya la indulgencia, que solo aprovecharía al despotismo de las bandas, á los que incendian los pueblos, á los que roban y asesinan ciudadanos pacíficos, míseros ancianos y mujeres indefensas.
«El gobierno, fuerte en su poder, será desde hoy inflexible para el castigo, puesto que así lo demandan los fueros de la civilización, los derechos de la humanidad y las exigencias de la moral.
México. Octubre 2 de 1865. — Maximiliano.»
Maximiliano, Emperador de México: Oido nuestro Consto de Ministros y nuestro Consego de Estado, decretamos:
Artículo Io. — Todos los que pertenecieren á bandas ó reuniones armadas, que no estén legalmente autorizadas, proclamen ó no algún pretexto político, cualquiera que sea el número de los que formen la banda, su organización y el carácter y denominación que ellas se dieren, serán juzgados militarmente por
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las Cortes Marciales, y si se declarase que son culpables, aunque solo sea del hecho de pertenecer á la banda, serán condenados á la pena capital, que se ejecutará dentro de las primeras veinticuatro horas de pronunciada la sentencia.
Artículo 2o. — Los que perteneciendo á las bandas de que habla el artículo anterior, fueren aprehendidos en función de armas, serán juzgados por el jefe de la fuerza que hiciere la aprehensión, el que en un término, que nunca podrá pasar de las veinticuatro horas inmediatas siguientes á la referida aprehensión, hará una averiguación verbal sobre el delito, oyendo al reo sus defensas. De esta averiguación levantará una acta, que terminará con su sentencia, que deberá ser á pena capital si el reo resultare culpable, aunque sea solo del hecho de pertenecer á la banda. El jefe hará ejceutar su sentencia dentro de las venticuatro horas referidas, procurando que el reo reciba los auxilios espirituales. Ejecutada la sentencia, el jefe remitirá el acta de la averiguación al ministerio de ¡a Guerra.
Artículo 3o. — De la pena decretada en los artículos anteriores solo se eximirán los que sin tener más delito que andar en la banda, acrediten que estaban unidos á ella por la fuerza, ó que sin pertenecer á la banda, se encontraban accidentalmente en ella.
Artículo 4o. — Si de la averiguación de que habla el artículo 2o resultaren datos que hagan presumir al jefe que la instruye que el reo andaba por .la fuerza unido á la banda, sin haber cometido otro delito, ó que sin pertenecer á dicha banda se encontraba .accidentalmente en ella,, se abstendrá el jefe de sen-
tenciar, y consignará al presunto reo, con el acta respectiva, á la Corte Marcial que corresponda, para que esta proceda al juicio conforme al artículo Io.
Artículo 5o. — Serán juzgados y sentenciados con arreglo al artículo Io de esta ley:
I. Todos los que voluntariamente auxiliaren á los guerrilleros con dinero ó cualquier otro género de recursos.
II. Los que les dieren avisos, noticias ó consejos. HL Los que voluntariamente y con conocimiento
de que son guerrilleros, les facilitaren ó vendieren armas, caballos, pertrechos, víveres ó cualesquiera útiles de guerra.
Artículo 6o. — Serán también juzgados con arregla á dicho artículo Io:
I. Los que mantuvieren con los guerrilleros relación que pueda importar connivencia con ellos.
m. Los que voluntariamente y á sabiendas los ocultaren en sus casas ó fincas.
m. Los que vertieren de palabra ó por escrito especies falsas ó alarmantes, con las que se pueda alterar el orden público, ó lucieren contra éste cualquier género de demostración.
IV. Todos los propietarios ó administradores de fincas rústicas que no dieren oportuno aviso á la autoridad más inmediata del tránsito de alguna banda por la misma finca.
Los comprendidos en las fracciones I y II de este artículo, serán castigados con la pena de seis meses á dos afios de prisión, según la gravedad del caso.
Loe que hallándose comprendidos en la fracción II fueren ascendientes, descendientes, cónyuges ó
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hermanos del ocultado, no sufrirán la pena anteriormente señalada, pero quedarán sujetos á la vigilancia de la autoridad por el tiempo que señale la Corte Marcial.
Los comprendidos en la fracción III de este artículo serán castigados con multa de 200 pesos á 2000.
Artículo 7o. — Las autoridades locales de los pue: blos que no dieren aviso á su inmediato superior, de -que ha pasado por dichos pueblos alguna gente armada, serán castigados gubernativamente por dicho superior con multa de 200 pesos á 2000, ó con reclusión de tres meses á dos años.
Artículo 8o. — Cualquier vecino de un pueblo que teniendo noticia de la aproximación ó tránsito de gente armada por el pueblo no dieren aviso á la autoridad, sufrirá una multa de 5 á 500 pesos.
Artículo 9o. — Todos los vecinos de un pueblo amenazado por alguna gavilla; que fueren de edad de diez y ocho á cincuenta años y no tuvieren impedimento físico, están obligados á presentarse á la defensa luego que fueren llamados, y por el hecho de no hacerlo, serán castigados con una multa de 5 á 200 pesos, ó con prisión de quince dias á cuatro meses. Si la autoridad creyese más conveniente castigar al pueblo por no haberse defendido, podrá imponerle una multa de 200 á 2000 pesos, y la multa será pagada entre todos los que estando en el caso de este artículo, no se presentaren á la defensa.
Artículo 10. — Todos los propietarios ó administradores de fincas rústicas, que pudiendo defenderse no impidieren la entrada á ellas á guerrilleros ú otros malhechores, ó que en caso de haber entrado no lo
► *• »^
avisaren inmediatamente á la autoridad militar más próxima, ó que reciban en la finca los caballos cansados ó heridos de las gavillas, sin dar parte en el acto á dicha autoridad serán castigados por esta con una multa de 100 á 2000 pesos, según la importancia del caso; y si fuere de mayor gravedad, serán reducidos á prisión y consignados á la Corte Marcial, para que los juzgue con arreglo á esta ley. La multa será entregada por el causante al administrador de
rentas á que pertenezca la finca. Lo dispuesto en la primera parte de este artículo es aplicable á las poblaciones.
Artículo 11. — Cualquiera autoridad, sea del orden político, del militar ó municipal, que se desatendiere de proceder conforme á las disposiciones de esta ley contra los que fueren indiciados de los delitos de que ella trata, ó contra los que se supiere que han incu- . rrido en ellos, será castigada gubernativamente con una multa de 50 á 1000; y si apareciere que la falta es de tal naturaleza, que importe complicidad con los delincuentes, será sometida dicha autoridad por orden del gobierno á la Corte Marcial, para que la ju; gue y le imponga la pena que corresponda á la .-*>] a vedad del delito.
Artículo 12 — Los plagiarios serán juzgados y sentenciados con arreglo al artículo Io de esta ley^ sean cuales fueren la manera y circunstancias del plagio.
Artículo 13. — La sentencia de muerte que se pronuncie por delitos comprendidos en esta ley, será ejecutada dentro de los términos que ella dispone, quedando prohibido dar curso á las solicitudes de indulto.
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Si la sentencia no fuere de muerte y el sentenciado fuese extranjero, cumplida que sea su condena podrá el gobierno usar respecto de él, de la facultad que tiene para expulsar del territorio de la nación á los perniciosos.
Artículo 14. — Se concede amnistía á todos los que hayan pertenecido y pertenezcan á bandas armadas, si se presentaren á la autoridad antes del 15 de Noviembre próximo, siempre que no hayan cometido ningún otro delito, á contar desde la fecha de la presente ley. La autoridad recogerá las armas á los que se presentaren á acogerse á la amnistía.
Artículo 15. — El gobierno se reserva la facultad' de declarar cuando deban cesar las disposiciones de esta ley.
Cada uno de nuestros ministros queda encargada dé la ejecución de esta ley en la parte que le concierne, dictando las órdenes necesarias para su exacta observancia.
Dado en el Palacio de México ¡ á 3 de Octubre de 1865.— Maximiliano.— El ministro de Negocios Extranjeros y encargado del de Estado, José F. Ramírez.— El ministro de Fomento, Luis Robles Pezuela* — El ministro de la Gobernación, José María Esteva. — El ministro de la Guerra. Juan de Dios Peza. — El ministro de Justicia, Pedro Escudero y Echanove. — El ministro de Instrucción Pública y Cultos, Manuel Silíceo. — El subsecretario de Hacienda, Francisco de P. César.*
CAITULO XXVIII.
EL GRAN BAILE.
OMO las recepciones y bailes menudearon mucho en ese tiempo en Palacio, no fué necesario que se hicieran las invitaciones con mucha anticipación porque todas las familias estaban preparadas. No había una de las que llamaban copetonas que no hubiera mandado traer cuatro ó cinco trajes de París, y las modistas de México estaban, además, constantemente confeccionando una multitud de vestidos de baile que se los encargaban para cuando se necesitaran. Así es que á muchas se les avisó por la mañana del mismo día 3, que en la noche se daba una maravillosa soirée en Palacio.
Todos se alistaron con frenesí, y á las diez de la noche una larga hilera de carruajes se veía desfilar por las calles de Plateros y Plaza Principal, entrando á descargar á la crema de entonces en el gran patio del imperial alcázar que se encontraba iluminado con grandes mecheros. Aún no había gas ni luz eléctrica, como tampoco los hay ahora fin de siglo, ni probable-
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mente los habrá nunca allí ni en los corredores, porque el alumbrado antiguo es la gallina de los huevos de oro para los contratistas. Este es un logogrifoque cualquiera explica con gran facilidad.
Las anchas escalinatas estaban alfombradas y adornadas con festones de flores y gasas, lo mismo que los corredores altos en donde había gran número de candelabros y arañas de metal con profusión de luces.
El gran salón de ceremonias con el trono en una de las cabeceras, estaba cuajado de espejos y lámparas de cristal, encortinados todos los balcones y cubiertas las paredes de rica tapicería. Los cuatro empréstitos, no obstante haberse quedado en su mayor parte en Europa, habían dejado lo suficiente para este lujo inusitado en México.
Habían llegado ya muchas familias ricamente ataviadas, cuando se presentaron sucesivamente el Mariscal Bazaine con su señora cargada de joyas, el gran Mariscal de Palacio que era un personaje decorativo con su señora también muy alhajada, los generales franceses y mexicanos con sus respectivos acompañamientos, los ministros y consejeros con sus familias, y finalmente se presentó Maximiliano con Carlota, deslumbrantes ambos, pero más ella que llevaba un vestido de punto de seda blanco, pendiendo del corpino dos amplios faldones que recordaban las modas de la época de Luis XV: se encontraban adornados con un fleco de azahares. En el hombro derecho llevaba prendida la banda de San Carlos con una hilera de brillantes, y en el lado izquierdo un lazo de seda todo lleno de diamantes con la cruz de la Estrella. El aderezo se componía de un rico collar, unos
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aretes y un alfiler en el pecho cuajados de esmeraldas y brillantes; llevaba, además, varias pulseras en los brazos, todas formadas con piedras preciosas que ofuscaban con su brillo. Ostentaba sobre su cabeza la corona imperial que era una rica joya, y el peinado que le caía graciosamente por la espalda, estaba formado con azahares salf icados de brillantes.
Toda la concurrencia se puso de pié cuando aparecieron los soberanos, quienes atravesaron el salón por en medio de una doble ala de concurrentes, á los cuales fueron haciendo afectuosas inclinaciones de cabeza á uno y á otro lado, hasta llegar á sus asientos bajo el solio imperial.
Inmediatamente la orquesta lanzó sus primeros
preludios y se levantaron las parejas para bailar las cuadrillas de honor. Maximiliano dio la mano á la esposa del mariscal Bazaine y este á Carlota, y ambas parejas hicieron el vis á vis de cartel. El maestro de ceremonias entretanto no cesaba de dar órdenes teniendo en constante movimiento á sus ayudantes. Una vez terminada la cuadrilla de honor, el baile tomó un carácter de más confianza y ya se pudo oír el rumor de las conversaciones á media voz, mezclado con el que producían los abanicos al abrirse y cerrarse constantemente. Los jóvenes se atrevieron ya á salir de los rincones en donde se habían refugiado y empezaron á recorrer el salón en todos sentidos
pidiendo á las bellas su etiqueta para apuntar las piezas que les concedían. Todas hacían esta salvedad:
— Doy á usted el wals Ó la contradanza, siempre que no la soliciten S. M. el emperador ó SS. EE. los mariscales.
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Estaba Maximiliano de pió cerca del trono en donde se hallaba la Emperatriz rodeada de sus damas que también se encontraban bien ataviadas, salvo algunas incorrecciones que solían producir hilaridad entre las envidiosas, y se veía entre ellas á nuestra amiga Doña Asunción vestida de raso amarillo, causando un raro efecto; repentinamente aquel, es decir S. M., llamó á uno de sus. chambelanes, nada menos á nuestro conocido Genaro Lacroix, y le dijo:
— ¿Conoces tú á aquella joven de vestido rosa y lazo crema que se encuentra á nuestra derecha, después de las hijas de Ramirez?
Lacroix se estremeció con esta pregunta porque ya sabía de quien se trataba; pero fingiendo buscar á la que se le designaba con la vista, contestó:
— ¡Ah, sí! es Lola Dominguez.
— No, á esa la conozco: está un poco más allá la que yo digo.
— Quizás será Aurora Jiménez, la sobrina del coronel Cisneros, por quien me pregunta V. M.
— ¡La misma! creo que otra vez me ha llamado también la atención. Tiene unos ojos soberbios, que vistos una vez no se olvidan nunca.
— Es algo guapa esa chica
— ¡Oh! es guapísima. Deseo que te acerques á ella y le lleves un mensaje mió.
Lacroix perdió el color y se quedó viendo casi de un modo estúpido al soberano, esperando su mensaje.
— Vas y le dices que si quiere concederme una pieza de baile.
—¿Cuál?
— La que tenga desocupada. Yo casi no bailo, así
es que solo daré una ó dos vueltas con ella por el salón á fin de qué su familia comprenda que la distingo con mi estimación.
No había remedio: el chambelán no podía discutir con su amo y señor una orden semejante y fué á cumplir con ella.
— ¿El Emperador quiere bailar conmigo? preguntó Aurora casi demudada luego que oyó el mensaje.
— Y la pieza que usted le conceda, bella Aurora.
Todas las vecinas se volvieron á mirarla haciendo gestos de disgusto y algunas cuchicheando. Una de las jóvenes de la aristocracia se permitió decir con voz más clara:
— ¿Será posible que S. M. quiera bailar con esa cursi?
Aurora se puso muy colorada porque notó algunas de las impertinencias de sus vecinas y contestó al chambelán sin saber ni lo que decía:
— Bailaré con él unas cuadrillas francesas.
— ¿Las primeras cuadrillas?
— Las primeras.
— ¿Y baila usted conmigo todas las demás piezas, Aurora?
— Todas no, porque ya tengo mis compromisos; pero anótese usted un schotis y una polka corrida.
— Gracias, por de pronto, con la esperanza de ser más favorecido.
— Nos tenemos que ir temprano.
— No antes de que se retiren SS. MM.
— Tan luego como mi tía concluya su servicio.
— Dispénseme, Aurora, voy á llevar la respuesta del mensaje á S. M.
MAXIMILIANO 301
— Vaya usted.
Lacróix corrió á decir al soberano cual pieza le destinaba la bella Aurora, y esta se quedó pensativa diciéndose interiormente si no sería un pecado grave que ella bailara con el príncipe extranjero mientras su novio se encontraba en campaña, no solo sufriendo toda clase de penalidades, sino quizás expuesto á perder la vida en un encuentro ó condenado por las cortes marciales.
El Emperador se sonrió satisfecho ó instintivamente volvió la cara á ver á su mujer que estaba en esos momentos rodeada de generales, y contento de que nada hubiera observado, siguió dando conversación á sus consejeros mientras llegaba el momento de ir á ofrecer su mano á la preciosa huérfana sobrina de la dama de honor de la Emperatriz.
Un poco más lejos, en el hueco de un balcón estaban los ministros Robles Pezuela, Ramirez y Echanove. Estaban tratando casualmente del terrible decreto que habían firmado aquella mañana*
—Yo lo que me temo, decía Echanove, es que produzca mal efecto en el ánimo público.
— El público, contestó Ramirez con negligencia, se compone de dos partes: una es la de orden y buen gobierno y esa aplaude todas las medidas que se encaminen á concluir pronto con la revolución. El otro público, que es el que muy poco debe importarnos, es el de los partidarios de la República, que siempre ha de censurar y ver con malos ojos cuanto produzca el imperio.
— No, también hay el público de la gente trabajadora que lo mismo le importa cualquier gobierno
con tal que le dé paz y garantías, dijo Robles Pezuela.
— ¡Ah, el público de los indiferentes en política! Pero ese está también con nosotros.
— La ley es tan dura que necesariamente tiene que impresionar á todo el mundo, volvió á decir Robles.
—No es mas que el remedo de otras muchas que se han dado entre nosotros durante las contiendas políticas.
— Sin embargo, objetó Echanove, esta tiene de singular que se expide por extranjeros con la resolución de que se cumpla.
— ¿Por extranjeros? El Emperador ha renunciado su nacionalidad.
— Lo cual no impida que se le tenga por extranjero; pero yo no me refiero á él sino á Bazaine y^Eloin, que son los que, según se dice, han inspirado esa medida.
— Se equivocan los que tal digan, se apresuró á rectificar Ramírez. El mismo Emperador me ha dicho á mí que es obra suya.
— Pero en el público no pasa tal afirmación, principalmente cuando se sabe que Maximiliano es un príncipe benévolo cuyo lema es equidad en la justicia.
— Equidad en la justicia es castigar á los criminales.
— Observo, compañero, que usted que tiene tan buena reputación de hombre liberal, dijo Echanove á Ramírez, sea ahora el más enconado contra los mismos suyos.
— Los que están con las armas en la mano ya no son de los míos. El Emperador nos ha llamado á todos los que somos más ó menos amigos de la demo-
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gracia y hemos acudido á su llamado los hombres de buena voluntad. Los demás son ya rebeldes y en su gran mayoría malhechores sin bandera, ladrones de camino real. Por eso, porque me indigna que no hayan depuesto las armas al ver á los verdaderos liberales en el gobierno, es porque deseo que se les castigue con todo rigor, porque ellos mismos serán los que tengan la culpa si no llega á establecerse un gobierno realmente liberal. — Lo que yo digo, interrumpió Robles Pezuela,
queriendo volver la conversación á sus principios, es que la prensa y el público van á tener que hablar
mucho respecto de la ley que van á ver mañana en
el Diario y fijada en las esquinas.
— Es claro que á muchos ha de parecerles cruel, contestó Echanove.
— En caso de que se cumpla, dijo Ramirez, pues yo creo que no se cumplirá.
— ¿Y por qué no?
— Porque SS. MM. son demasiado sensibles y lo primero que van á. hacer después de dictada, es á recomendar la lenidad.
—Pero como no son nuestras autoridades sino los militares franceses los que han de ejecutarla, resulta que aunque quieran no podrán conceder ya ningún indulto.
— Serán bastantes los que se concedan, sin embargo, en que no tengan ninguna intervención los franceses.
— Pues tanto peor para nosotros si no se ejecuta la ley, dijo Echanove, porque contraemos una inmensa responsabilidad por un espantajo.
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— Eso sí, agregó Robles Pezuela, la alharaca que formen los republicanos ha de ser terrible, sin contar con la que meta el gobierno americano que tan pendiente está de cuanto hacemos y decimos.
— Ese es otro fantasma, dijo riéndose Ramírez.
— ¡Chist! Parece que se encamina hacia acá el Emperador.
El Emperador efectivamente, había dado algunos pasos; pero fué para llegarse á la dama de honor Se* flora Cisneros, para que le hiciera favor de presentarlo con su sobrina Aurora á quien había pedido una pieza de baile que ya se iba á tocar.
Todos, como estaban pendientes de cuanto hacía su Señor, observaron los movimientos de este, no sin llenarse de sorpresa al ver que daba el brazo á una señora que vestía algo ridiculamente y con ella se encaminaba al asiento de Aurora. Esta se levantó toda turbada y como todos habían formado círculo en torno del soberano, la presentación fué pública, resultando uno de los incidentes más notables y más comentados que hubo en el baile.
Casi acabando de hacer la presentación nuestra amiga la Señora de Cisneros, que, como es de suponerse, no cabía en sí de orgullo, comenzó á tocar la música y Maximiliano ofreció el brazo á la joven, que se levantó muy emocionada luciendo su hermoso traje de punto de color rosa, escotado, con el cual se veía bastante airosa, por más que no llevara más alhajas que unos pendientes con granates y brillantes, pequeños, pero de buen gusto.
Quien sabe cuántas galanterías le dijo el augusto personaje, el caso es que ella apenas podía meditar
rr-
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sus contestaciones, sin que Lacroix, que también era interesado, les perdiera de vista. Cuando llegó á esta su turno de bailar con Aurora, la dijo:
—¿De qué habló á usted S. M?
— De mil cosas que no comprendí bien, le contestó ella, porque me sentí muy aturdida.
— Pero algo ha de recordar usted, bella Aurora.
— Sí, recuerdo entre otras cosas, que me invitó á visitar una hermosa quinta que posee no sé en qué parte.
Genaro se estremeció y se apresuró á preguntarle:
— ¿Cerca de Cuernavaca?
— Creo que sí.
— jAh! ¡ah! ¿y usted aceptó?
— Me parece haberle contestado que su benévola invitación debía dirigirla á mis tíos que me sirven de padres.
— Bien dicho, muy bien dicho. ¿Y el qué dijo entonces?
— Que ya arreglaría la expedición con el corouel Cisneros, á quien quería darle alguna señalada muestra de amistad.
— ¿Y no dijo á usted algunas galanterías muy insinuantes?
— ¿Oh! El Emperador es casado, y aunque no lo fuera, yo soy una huérfana de esfera bien humilde. Por otra parte, usted lo sabe: hay un joven oficial republicano que me ama y á quien amo también y le jioy fiel.
— Una vez establecido el imperio, como lo está definitivamente, usted no podrá volver á ver á ese joven oficial republicano.
— Ni él ni yo desesperamos de volver á encontrarnos en el mondo.
— Aurora, es necesario que tenga usted el buen sentido de considerar esos amores como imposibles. Su familia está ya muy metida en la corte y su militar chinaco puesto fuera de la ley, renegará de usted luego que sepa que ha estado usted en palacio bailando con el Emperador.
Aurora se estremeció á su turno; pero tuvo faena para contestar en el momento con altivez:
— Genaro, si usted quiere que sigamos siendo amigos y conservar mi estimación, no me diga nunca ni la menor palabra que yo pueda considerar ofensiva para mi Ernesto.
Lacroix se encogió de hombros, llevó á sentar á la joven y ai alejarse iba diciendo para sus adentros:
— Estoy yo lucido con dos rivales tan poderosos; pero no hay que desesperar.
El baile que sirvió de prospecto á la ley de 3 de Octubre, concluyó á las cuatro de la mañana.
CAPITULO XXIX
INTRIGAS DE LA CORTE
E dijo también por la prensa de aquellos días que el epílogo de la sanguinaria ley firmada el 3 de Octubre había sido el baile que se celebró con todo fausto aquella noche. ¿Epílogo? ¡Ojalá y así hubiera sido! pero todavía tuvo consecuencias más atroces, aunque ya era una enorme atrocidad que todos aquellos hombres que tenían dentro del pecho un corazón humano, celebraran su obra de exterminio con una bacanal: esas consecuencias fueron inmediatamente una horrible circular secreta de Bazaine á todos sus subalternos y luego los arroyos de sangre que corrieron, á la que vino á agregarse al último la sangre también del autor de tan feroz iniquidad. La circular de Bazaine que no puede omitirse en este relato, porque es uno de los documentos mas execrables de aquella época, enteramente contraria á los sentimientos de humanidad y á la civilización, fué la siguiente:
JW8 LEYENDAS HISTÓMCAS
«N° 7,729.— Confidencial.— México, Octubre 11 d* 1865. — Los odiosos asesinatos cometidos por los disidentes y la parte que toman en estos actos salvajes los jefes rebeldes, poniéndose á la cabeza de partidas quenada respetan, dan á la lucha empeñada hoy entre el poder imperial y el partido juarista, el verdadero carácter con que debe considerarse: esto es, la guerra de la barbarie contra la civilización.
«El 18 de Junio de 1865, ataca Arteaga á TJruapan; se apodera de la población después de una lacha de treinta horas; y en vez de honrar el valor de los defensores, fusila al subpref ecto Isidro Paz j á uno de los notables de la villa que había tomado las armas por la causa del orden.
«El 7 de Julio, Antonio Pérez asesina con su propia mano al capitán Curzroch, herido y conducido por húsares después de la acción de Ahuacatlán.
«El Io de Septiembre, Ugalde sorprendió en San Felipe del Obraje á un destacamento de la guardia municipal de México, y mandó fusilar á los oficiales.
«En fin, el 7 de este mes, las partidas reunidas que merodean en la tierra Caliente de Veracruz, atacan ,*€l ferrocarril en Arroyo de Piedra; se apoderan del teniente de ingenieros coloniales Friquet, del guarda de artillería Loubet, y de siete soldados: al día siguiente se encontraron los nueve cadáveres, horriblemente mutilados.
«En virtud de estos actos salvajes son una necesidad y un deber las represalias: todos esos bandidos, •emprendiendo también á sus jefes, han sido puestos fuera de la ley por el decreto imperial de 3 de Octubre de 1865.
MAXIMILIANO 309
«Encargo á ustedes que hagan saber á las tropas que están bajo sus órdenes que no admito que seha- -gan prisioneros: todo individuo, cualquiera que sea, cogido con las armas en la mano, será fusilado. No habrá cange de prisioneros en lo sucesivo: es menester que sepan bien nuestros soldados, que no deben rendir las armas á semejantes adversarios.
«Esta es una guerra á muerte; una lucha sin cuartel que se empeña hoy entre la barbarie y la civilización; es menester, por ambas partes, matar ó hacerse matar. — El Mariscal comandante en jefe. — Bazaine.»
Nota. Esta circular no se copiará en los libros de órdenes; solamente se pondrá en conocimiento de los señores oficiales.»
Estas disposiciones que parecían ser el alarido de la barbarie que nada tenía de común con la cultura europea que hacían gala de traer en sus bayonetas y pergaminos los invasores, tuvo por primeras víctimas á los generales republicanos Arteaga y Salazar y á los jefes Díaz Caracho, Villagómez y Pérez Millan, que fueron juzgados por el imperialista Ramón Méndez, como lo fueron otros cinco tenientes, coroneles y comandantes y doce oficiales subalternos que cayeron prisioneros en la desgraciada jornada del 13 de Octubre en el pueblo de Santa Ana Amatlan. En esa ejecución fué cuando el valiente Salazar mostrando el pecho cuando le apuntaban con las armas los asesinas, gritó con voz de trueno: «Aquí, traidores.»
Pero dejemos por ahora estos horrores que entristecen ó indignan, no sin recordar de paso que en el
úsmo mes de Octubre el general Brincourt tuvo que
310 LEYENDAS HISTÓRICAS
abandonar á Chihuahua para dirigirse violentamente á Sonora, y que en el mes siguiente D. Benito Juárez, que no había abandonado ni un momento la frontera, regresó á Chihuahua en donde estableció su gobierno, dando así el más solemne mentís á Maximiliano, quien se puso en gran ridículo con el preámbulo de su sanguinario decreto.
El baile de Palacio tuvo mucha resonancia no solo en la corte sino en los altos círculos sociales de México, hablándose mucho de las predilecciones de Maximiliano por una familia humilde á la que quería elevar contra la voluntad de su esposa. Estas murmuraciones hicieron que Eloin aconsejara á su amo que hiciera por separar á Cariota de la capital por algunas semanas. Ella, que era extremadamente perspicaz, vio con sorpresa que se le propusiera hacer un viaje nada menos que á Yucatán.
— ¿Pero que voy á hacer yo tan lejos? preguntó la archiduquesa.
— Es necesario que nos exhibamos, es necesario que nos conozcan, es preciso que vayas á tranquilizar los ánimos. Ya hice yo cuatro viajes, mientras que tú no has salido de los alrededores de la capital.
Y luego S. Mv después de ese largo discurso sobre las conveniencias de tal viaje, pronunció estas frases sacramentales:
— Lo exige la razón de Estado.
Carlota que tenía una gran imaginación, se consieo .ú atravesando selvas vírgenes en aquellas co-' marcas, se vio visitando las ruinas de Uxamal, consideró que era hasta cierto punto heroico y novelesco ir á las tierras que había pisado Hernán Cortés
MAXIMILIANO Sil
antes que nadie y encontrarse mano á mano con habitantes que creía primitivos, y contestó ya casi convencida:
— Tendría gracia, en efecto, que me fuera apareciendo yo sola en Yucatán.
—Sería de un efecto maravilloso. Aquellas gentes que han tenido tan pocas costumbres mexicanas y que siempre han estado en desacuerdo con los gobiernos del centro por su altivez, llegarán á adorarte como una divinidad. Tú las conquistarás con tu hermosura, las dominarás con tu talento y las cautivarás con tu palabra.
— Y quienes me acompañarán en ese viaje?
—Elegirás entre tus damas las que sean de tu agrado y entre la corte los hombres que te inspiren más confianza.
—Entre las mujeres llevaría gustosa conmigo á aquella simpática joven con quien bailaste la otra noche.
La alcoba no estaba bien iluminada y por eso Carlota no pudo observar la palidez de que se cubrió
Es preciso advertir también que estaban hablando á las doce de la noche, cuando reinaba en Palacio el más profundo silencio, después de haber anunciado Maximiliano su visita y de ser recibido en la más íntima cordialidad. Aquella fué una de las raras entrevistas de casados que solían tener desde que se habían ceñido la corona de emperadores. Maximiliano apenas pudo decir tartamudeando: —Esa joven á quien creo que te refieres, no es dala de honor.
TP<r
312 LEYENDAS HISTÓRICAS
— Puede ir conmigo en calidad de amiga.
— Eso es diferente. Si ella quiere, puedes llevártela.
— Es imposible que se niegue si yo la invito.
Maximiliano no quiso hacerse sospechoso y contestó prontamente.
— Invítala.
— ¿Y cuándo será preciso hacer el viaje?
— El día que tu designes.
— ¿Será preciso anunciarlo ó guardar la idea reservada?
—Será mejor que nadie lo sepa hasta el mismo momento para que no vaya á preparársete alguna emboscada.
— Hay enemigos armados desde aquí á Yucatán?
— Los que hay no son temibles y ya procuraremos además que el Mariscal te ponga una valla de acero desde aquí á la Península.
— Ya estando en el Golfo no le temo á nadie.
—Pues allá menos porque tienes que producir una inmensa reacción favorable. Yo estaba interesado en hacer ese viaje; pero en estos momentos ....
—Qué?
—Estoy preparando algunos decretos de suma importancia y dedico además mi atención ai arreglo de la hacienda pública
— En ese caso, no hay más que hablar. Si se necesita que yo vaya, iré.
— Ref lexiónalo sin embargo ....
— Ya está reflexionado. Llevaré un séquito escogido de damas y de caballeros: entre las primeras irá la joven sobrina del coronel Cisneros y entra
MAXIMILIANO 313
los segundos algunos ministros y el jefe de tu gabinete.
—¿Eloin?
— El mismo. Me serán muy útiles sus consejos.
Maximiliano se retiró cabizbajo y la princesa se quedó pensativa.
El primero iba diciéndose:
— Me lleva á Aurora y á Eloin: es muy perspicaz.
Y ella se quedó murmurando:
— Si me despacha tan lejos es porque le estorbo. Será necesario pensar bien eso aun con las condiciones impuestas.
Cuando Maximiliano dijo á su íntimo que Carlota quería llevárselo, exclamó:
—A mí?
— Está empeñada en ello.
— ¿Y para qué puedo yo servirle?
— Quiere que seas también su consejero.
— Lo que quiere es separarnos.
— Tal vez. Te juzga una mala influencia cerca de mí; pero es posible que quiera aprovechar tu sagacidad.
— De todas maneras, creo que debo ir.
— Indudablemente.
— Por menos ganas que tenga de dar semejante paseo.
— ¿Pero no comprendes que es en mi servicio?
—Demasiado lo comprendo y por eso me atrevo á dar mi asentimiento. Estando á su lado trabajaré por destruirle ciertas preocupaciones y sospechas.
— Y también aprovecharás el tiempo para decir
una que otra palabra al oído de la bella Aurora.
314 LEYENDAS HISTÓRICAS
— Magnífico! exclamó Eloin dando un salto. Aquí encaja bien ese refrán que tienen estos cuando dicen que con una piedra se pueden matar dos pájaros.
— Eso es: con un mismo viaje influyes sobre dos ánimos igualmente rebeldes.
— Que volverán suaves como la seda.
— Así lo espero.
— ¿Y para cuando?
— La Emperatriz fijará el día; pero tiene que ser pronto.
— Pues estoy listo.
Estaba terminando Octubre. La Emperatriz cuando fué nuevamente preguntada dijo que saldría el 6 de Noviembre á la madrugada con el sigilo posible y entregó á Maximiliano la lista de las personas que quería que la acompañaran.
En esta lista se encontraban entre otros, los nombres siguientes: el ministro de Estado D. José Fernando Ramírez, los ministros plenipotenciarios de España y Bélgica á quienes se había de dirigir amable invitación, dos damas de honor y dos amigas7 una de estas seríaAurora, el general Uragaque había de llevar el mando de las escoltas, Mr. Eloin jefe del gabinete civil, un capitán de Estado Mayor, dos chambelanes, un capellán de Corte, un médico de idem, un secretario y sus empleados así como varios camaristas y personas de la servidumbre imperial. Todo el séquito podía componerse, sin los soldados, de unas cincuenta personas con un gasto mínimo de mil pesos diarios.
En donde hubo una especie de terremoto el día 2 de Noviembre fué en casa del coronel Cisneros,
MAXIMILIANO 315
cuando cerca del oscurecer llegó de Palacio la dama de honor Da Asunción y dijo á su sobrina delante de las personas que allí estaban, que ahora dirémos quiénes eran, lo siguiente:
— Prepárate á hacer un largo viaje.
— ¿Yo? preguntó la joven asorada.
—Vas á disfrutar de un alto honor, de un honor que á pocas personas es concedido. Vas á acompasar á S. M. la Emperatriz.
—¿A dónde?. ... no comprendo.
—Ni yo tampoco; pero el caso es que me ha llamado y me ha dicho con su voz tierna de paloma: Señora, deseo que la simpática sobrina de usted, á quién he visto raras veces en nuestras reuniones, tenga á bien acompañarme en una expedición que haré dentro de breves días. Le pregunté naturalmente si el viaje era largo, para dónde era y qué día se efectuaría, y á todas mis preguntas respondió lacónicamente: que esté lista desde mañana, preparada de ropa para dos meses y yo avisaré la víspera de la partida. Esto me lo dijo hace una media hora y aquí estoy.
Todos se quedaron de una pieza y el coronel fué el primero que después de unos instantes, de silencio, dijo:
— Realmente es una distinción para Aurora.
—Que yo declinaría gustosa, añadió ésta.
—¿Por qué? Cientos y cientos de señoras y señoritas envidiarán tu suerte.
—Y sin embargo, yo estoy cierta de que me encontraré á disgusto en medio de gentes tan encopetadas Y que no conozco.
316 LEYENDAS HISTÓRICAS
— A los tres días que vayan juntas, todas se harán de confianza.
— ¿Y á dónde irá pues S. M? preguntó el coroneL
— Algo se ha dicho ya en las redacciones de ese viaje que tenía proyectado Maximiliano, dijo Pérez, que seguía camelando á Leonor.
— Pero S. M. el Emperador se queda en México, se apresuró á decir D* Asunción.
— Por eso el viaje á Yucatán lo hace sola Carlota.
*-¿A Yucatán? preguntaron todos á un tiempo.
— Eso es lo que dicen en las redacciones, y en el Pájaro Verde agregan que tiene una gran importancia política.
— Las primeras que van á rabiar son nuestras vecinas, dijo Dofia Asunción que solo estaba pensando en el gran golpe.
— Todas se harán cruces, agregó Leonor.
Y siguieron los comentarios, pero á medida que Aurora se convencía de que todo aquello tenía gran fondo de verdad, se ponía triste.
— ¿Qué haría, qué pensaría Ernesto cuando supiera que su amada andaba de viaje nada menos que con la Emperatriz? ¿No se figuraría que era la más negra traición? Pero ¿cómo podría tampoco rebelarse contra aquella intriga que seguro había partido ó del chambelán ó de Doña Asunción?
Después fueron más vivas y más multiplicadas las reflexiones que hizo la joven conversando con sus primas, terminando por resignarse á hacer un viaje que no podía imaginarse por donde le había venido, puesto que una sola vez y en grupo había sido presentada á la Emperatriz.
MAXIMILIANO 317
Naturalmente los contertulianos del coronel Cisne- : ros también se hicieron lenguas comentando aquel acontecimiento cuando llegó á oidos de cada uno,, en lo que tuvo buena parte Pérez, que fué contándolo de casa en casa.
ta que más vociferó fué la boticaria, qmien acabó diciendo después de una larga tirada:
— ¡Quién sabe estos piojos resucitados hasta dónde vayan á parar!
Llegó la tarde, víspera de la partida, y todos los invitados que debían ir en el gran séquito recibieron aviso de que debían encontrarse reunidos en Palacio al día siguiente á las dos de la mañana.
— ¡Caracoles! ¡qué madrugada nos encaja nuestra soberana! exclamaron los más moderados.
Y no hubo otro remedio, sino que todos estuvieron con sus maletas á las dos de la mañana y á las trea. se pusieron en marcha en los carruajes preparadosal efecto.
Apenas partió Carlota, Maximiliano mandó llamar al coronel Cisneros. Este, algo sorprendido, concurrió á la cita.
— ¿Está usted ya colocado en la corte? le preguntó el Soberano.
— Señor ... V. M. se servirá perdonarme si ... .
— ¿No está usted colocado? Pues bien, hoy mismo verá usted al Mariscal Almonte quien tendrá las órdenes terminantes ....
— ¡Oh! V. M. me honra ....
— Quiero rodearme de hombres leales, de noblesservidores ....
— ¡Oh! V. M. me honra sobremanera.
318 LEYENDAS HISTÓRICAS
— Si no hay un empleo de consideración vacante, él gran Mariscal lo inventará; pero yo deseo desde hoy mismo verle á usted todos los días en Palacio.
—¡Oh! V, M.. . . .
— Adiós, amigo mió, maflana hablaremos.
Ese mismo día el coronel Don Tirso Cimeros fué nombrado jefe de un Estado Mayor del Mariscal At monte que no existía.
CAPITULO XXX
ESCARAMUZAS IMPERIALES
LOS tres ó cuatro primeros días del viaje fueron un martirio para la joven Aurora, pero poco á poco, con su buen carácter, con su aire sumiso y á la vez respetuoso é inteligente, con su trato afable y sus palabras oportunas, fué venciendo la ojeriza con que la veía la Emperatriz, hasta que esta abordó la cuestión dicióndole:
— ¿Desde cuándo conoces al Emperador?
— Desde hace dos meses poco más ó menos que estuve por primera vez en Palacio, le contestó con firmeza.
— ¿Y desde cuándo le tratas?
— Yo no le trato: una sola vez habló con él en que tuve la honra de ser invitada por él á bailar, aunque con gran pesar mió y con ciertos escrúpulos que me han atormentado.
— ¿Qué escrúpulos fueron esos?
— Yo tengo un novio, Señora, un novio á quien
debo toda fidelidad y todo respeto, con quien si Diosquiere, me he de casar y el cual se encuentra ausente.
— Pero ¿qué tiene que ver una cosa con otra?
— Que el joven á quien he entregado mi corazón milita en las filas contrarias.
A renglón seguido Aurora contó á la Emperatriz la historia de su amor, tanto porque necesitaba desahogarse con alguno, como porque con su natural perspicacia quería alejar de la distinguida dama hasta la más remota sospecha que pudiera tener sobre su conducta.
Desde aquel momento Carlota fué una verdadera amiga de la joven, ofreciéndole su protección y su cariño.
— Veremos, le dijo, si conseguimos traernos á ese joven á nuestro lado, que yo me encargo desde ahora de velar por tu dicha.
— Gracias, señora.
Y en efecto, desde el día siguiente se vio á la archiduquesa llamar frecuentemente á su lado á la joven y distinguirla con su amabilidad.
La negra nube que había visto cerniéndose sobre su cabeza desde la noche del gran baile en Palacio, había desaparecido por completo.
Entre tanto el coronel Cisneros desempeñaba en la Corte funciones que todavía no sabía cuales eran, pues percibía buen sueldo por ir á dormir en las antesalas sin recibir comisión de ninguna clase, hasta que fué llamado por Maximiliano para celebrar conferencias secretas en que se sentía sondeado en varias direcciones. Solamente en la última vez salió de alli
MAXIMILIANO 321
es decir, del gabinete del Emperador, tambaleándose como ebrio y con las quijadas algo caídas, dirigiéndose casi á ciegas para su casa, sin comunicarse con nadie.
— ¡Asunción! ¡Asunción! dijo á su mujer, luego que llegó, estamos perdidos.
— ¿Cómo perdidos? ¿Qué tienes? ¿Qué te ha pasado que estás tan densamente pálido?
— Pues me ha pasado una cosa increíble. Ya sé por qué S. M. la Emperatriz se llevó á nuestra sobrina: está celosa.
— ¿Quién está celosa?
— La Emperatriz.
— ¿De quién? ¿De Aurora?
— De ella misma, y lo peor es que con razón, porque S. M. el Emperador acaba de confesarme que está enamorado.
— Que está enamorado! ¿de quién? ¿de nuestra sobrina?
— Sí, de Aurora.
— No me lo digas, Tirso.
— Me lo ha plantado de una manera que no admite dudas. Me ha dicho: si no fuera usted simplemente su tio, sino su padre, me ahorraría el atrevimiento de esta confesión que me humilla; pero estoy en una situación tal que experimento como una fatal necesidad el tener que confiárselo con la esperanza de que usted no se moleste con semejante impertinencia.
— Y tú, ¿qué hiciste?
— Yo me quedé de una pieza. Y como observó que
guardaba silencio, lo tuvo por asentimiento mió y
continuó hablando quién sabe cuántas cosas que yo
322 LEYENDAS HISTÓRICAS
oí primero como un zumbido de moscas y después como un huracán.
— Pero bien, ¿ qué objeto ?
— El objeto, según lo poco que pude comprender en el estado de aletargamiento en que me encontraba, parece ser que yo le ayude en su empresa ....
— En su empresa de. . . .
— De hacerla su manceba, ni más ni menos.
— ¡Jesús!
Doña Asunción de pronto se quedó aterrada; pero poco después dijo con el semblante ya tranquilo:
— Henos aquí destinados á ser los héroes de una novela.
— Henos aquí destinados, mejor dicho, le contestó su marido, á tener que huir muy lejos para escapar de ser devorados entre dos fieras.
— ¿Cómo es eso?
— ¿No te he dicho que la Emperatriz está celosa? — Y ahora la pobre muchacha está en sus garras. — Ni más ni menos.
— Pues mira tú, si nosotros somos hábiles
-¿Qué?
— Podemos sacar mucho partido de esa situación.
—¿Qué partido, mujer?
— Engrandecernos primeramente, y después
Dios dirá.
— ¿De modo que á tí no te espanta lo que nos sucede?
— Pensándolo detenidamente, no. — ¿No te abruma la espectativa de nuestra deshonra?
MAXIMILIANO 323
—Los soberanos no deshonran, al contrario, nos honran cuando descienden hasta nosotros.
— ¡Oh! ¡calla! ¡calla! Y luego la que se te espera á tí con la Emperatriz cuando te presentes en palacio á cumplir con tus obligaciones de dama de honor.
— Ese es el único inconveniente; pero siempre tiene que ser más poderoso S. M. el Emperador que S. M. la Emperatriz.
— Yo por mi parte no me siento inclinado á sacrificar á Aurora ni por todo el oro del mundo.
— Pero si no se le sacrifica, al contrario: luego que se vea que es solicitada por el Soberano, le sobrarán
los mejores partidos.
— Creo comprender cuál es tu pensamiento: quieres que hagamos una explotación indigna de las inclinaciones de S. M.
— Nada tendrá de indigno lo que hagamos, puesto que no lo hemos buscado, sino sucederá simplemente
aquello de que el buen dia hay que meterlo en casa.
Se nos está entrando la fortuna, pues no hay más
que cogerla por los cabellos y no dejarla escapar.
— ¡Oh! ¡oh! me estremecen los peligros de que vamos á estar rodeados.
— ¡Cobarde!
— No lo he sido nunca en la guerra y ahora sí lo
soy en la corte, tengo que confssarlo.
—Pues ya estamos en ella, metámonos recio en. las intrigas: yo te aseguro que voy á estar en mi elemento. ¿Crees tú que la boticaria y la licenciada y la generala y la doctora y todas nuestras relaciones no nos verían con los ojos torcidos si tuvieran una suerte semejante?
324 LEYENDAS HISTÓRICAS
— Pero ¿qué hacemos con Aurora? ¿No tenemos tanta responsabilidad respecto de ella como sí fuéramos sus padres?
— Igualita, y por eso tendremos cuidado de dirigir sus pasos por el mejor camino.
— Pero te repito otra vez: ¿hemos de entregarla á la deshonra?
— Eso se discutirá á su tiempo: mi deseo, te repito, no es sacrificarla, sino engrandecerla al mismo tiempo que nos engrandezcamos nosotros.
— Será fuerza obrar con reflexión: yo lo que había pensado era huir, huir muy lejos ....
— ¿Al extranjero?
— Sí, al extranjero.
— Huiremos si las circunstancias lo exigen; pero por ahora pienso que te ahogas en un vaso de agua. Mira, vamos á cenar con las otras sobrinas y punto en boca hasta á la noche en que estemos solos.
Ya debe suponer el lector cuáles fueron los jardines que construyó Doña Asunción y cuáles fueron las conversaciones que tuvieron ambos cónyuges sobre un asunto que tanta materia les daba para entregarse á todo género de fantasías.
Entre tanto el viaje de la Emperatriz se hizo felizmente tanto á la ida como al regreso de Yucatán, recibiendo en todas partes los agasajos de costumbre.
El dia 20 de Diciembre hizo su entrada en México, siendo recibida por Maximiliano y la corte con fiestas y regocijos.
Después de los besamanos verificados con toda etiqueta, Maximiliano llamó á Eloin á su gabinete reservado.
MAXIMILIANO 325
— Estoy, le dijo, esperando que me cuentes todo lo que ha pasado. ¿Cómo trató á Aurora la Emperatriz?
— Como su más benévola amiga.
— Me lo dijiste en tus cartas; pero yo deseo que me digas á qué se debió esa transformación.
— En cuanto á lo que pasó entre ellas se ha estrellado toda mi perspicacia. Yo entiendo que la joven le hizo cuando menos algún juramento de fidelidad.
— ¿Pero ha sido real ese afecto entre ellas ó aparente?
— Señor, se han visto con afecto verdadero. La señorita Aurorq, que no es nada lerda, ha cautivado completamente á la Emperatriz: de eso estoy persuadido.
— ¿Cómo podríamos averiguarlo?
— Con la misma Emperatriz ó con la familia de su protegida: tenemos esos dos medios. Yo aventuró ei primero y solo pude obtener esta respuesta: es enteramente mia la muchacha, la he acogido bajo mí protección y quiero hacerla feliz.
— Es extraño.
— Eso mismo me dije yo: es muy extraño.
— Y tú, ¿cómo fuiste tratado?
— Con suma desconfianza como si fuera un espía.
— ¡Pobre Eloin! Lo que tú pasas por complacerme.
— Ya sabe V. M. que le pertenezco en cuerpo y alma.
— I¿o sé, aqaigo mió, y procuro corresponderte con toda mi predilección. Ya anudaremos muy pronto los hilos de esta intriguilla que no me ha quitado el sueño todavía y vamos á otra cosa: todos vienen.
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contentos de Yucatán, ¿es cierto que la Emperatriz ha sido agasajada con delirio allí, en Veracruz y en todos los lugares que acaba de recorrer?
— Todo lo que hemos dicho en las cartas y lo que han contado hoy á V. M. es rigurosamente exacto: no cariflo, no adhesión, no entusiasmo, sino verdadero frenesí han reinado por donde quiera, y fuerza es convenir en que ella ha tenido gran tacto para har cerse admirar y querer.
— Es lo que yo deseo: que nos conozca el país y todo será nuestro. Lo único que me atormenta ahora es la persistencia de Juárez que ha vuelto á Chihuahua y la actitud de los Estados Unidos que está haciendo vacilar los propósitos de Napoleón III.
— ¿Insiste S. M. en retirar sus tropas?
— Hoy más que nunca: cada uno de sus enviados me lo notifica, y á Bazaine le escribe por cada vapor diciéndole que apresure sus operaciones.
— ¿Y Bazaine V
— Camina siempre con pasos de piedra. Parece que su mayor placer sería que fracasáramos.
— Quiere decir que lo más importante es que tengamos un ejército enteramente nuestro.
— Sí, podremos completar diez ó doce mil austria- • eos y belgas y nuestros generales mexicanos podrían ' ponernos en alta fuerza treinta ó cuarenta mil hombres; pero ¿con qué los mantenemos?
— Con el pais. como mantiene Juárez los suyos.
— Es diferente: aquellos son los revolucionarios y nosotros somos el gobierno.
— Pero nosotros tenemos las aduanas, las contribuciones y un poco de crédito en el extranjero. En
MAXIMILIANO 327
un caso apurado hipotecaríamos algo del territorio. ¿Qué no hicieron Almonte, Miramon y Márquez para conseguir recursos?
— Ya veremos, ya veremos: lo que nos favorece ahora mucho es que están peleando entre sí Juárez y los suyos: aun los mismos ministros se le están separando y muchos de sus hombres prominentes pasándose á nuestras filas.
— Yo creo que lo principal que hay que hacer es apremiar á Bazaine para que se activen las operaciones militares. Si lograra hacer llegar fuertes destacamentos á las fronteras, de allí se podrían venir las tropas barriendo con todos los elementos disolventes. — Pero Bazaine mismo es para nosotros un elemento extraño. Yo desearía que tú fueras á ver al Emperador Napoleón para convencerlo de que debe sustituirlo con el general Douay que es amigo nuestro. — Me parece excelente la idea, siempre que pudiera conservarse en secreto mi partida.
— No solo llevarías esa importante misión á Europa, sino la de asegurarnos un apoyo mas positivo de parte de Austria y de Bélgica. Tal vez España é Inglaterra consentirían también en ayudarnos un poco, no solo para asegurar sus créditos, sino para contrariar la política de los Estados Unidos que no quiere monarquías en América.
— Veo que V. M. está en todo. Precisamente he venido madurando á mis solas en este viaje un plan por el estilo. Primero, asegurarnos de una prensa amiga aquí y en el extranjero, aunque algo tenga que gastarse. Segundo, dominar con las armas cuanto antes el mayor número de departamentos. Tercero,
quitar su bandera al enemigo,, atrayéndonos á Juárez con toda clase de ofrecimientos ó haciéndole pasar la frontera. Cuarto, proporcionarnos recursos de donde quieran que vengan, aun del mismo clero. Quinto, trabajar en que Bazaine sea reemplazado. Y sexto, convencer al Emperador de que debe cumplir el convenio de Miramar fortificando su apoyo en vez de retirarlo. Todo esto demanda esfuerzos superiores, pero no es impracticable.
— Bien, magnífico. Ahora vete á descansar y ya fijaremos el día de tu marcha.
Eloin besó la mano de su soberano y salió á reculones.
CAITULO XXXI.
LAS PRODIGALIDEDES.
OMENZABA muy bien el año de 1866 para los imperialistas de vista corta que todo lo hacían consistir en las derrotas continuadas que sufrían los republicanos y en las defecciones de algunos que les parecían de los hombres más prominentes; pero de muy mala cariz, para los que la tenían un poco larga y, estaban al corriente de ciertos secretos de Estado. Para estos últimos la situación estaba verdi-negra y no las tenían todas consigo, esperando con zozobra que de un momento á otro llegara el gran batacazo.
Vamos á presentar una escena demasiado verídiea que nos dará alguna luz sobre el fondo de los negocios, por mas que las palabras sobre y fondo parezcan poco correlacti vas.
Una hermosa mañana de Febrero estaba, el gran Mariscal D. Juan Nepomuceno como de costumbre cruzado de brazos, porque no tenía otra cosa que hacer en su elegante despacho, al cual únicamente con-
330 LEYENDAS HISTÓRICAS
sagraba sus fecundas iniciativas, cuando se le presentó su amigo el ministro de hacienda.
— ¡Ave César! le dijo luego que lo ario aparecer.
El pobre ministro aquel se apellidaba César, no era un mal nombre, el que llevaba á cuestas.
— Mi querido gran mariscal, contestó este adelantándose para estrecharle la mano.
— Viene ahora la cartera bastante repleta.
— Como siempre, amigo, muchos papeles y poco dinero.
— ¡Poco dinero!
— Tan poco que ya no sé de donde ha de salir un peso mas para pagar á sus excelencias.
— La broma, pues me parece que lo es, tiene su veneno. Sentémonos y hablemos.
— No deseo otra cosa: para los casos apurados son los buenos amigos. Me siento, coloco los papeles al alcance de la mano, enciendo un cigarrillo ....
— Yo encenderé otro
— Y ahora vamos á echar un párrafo, pero muy íntimo se entiende.
— ¡Oh! eso sí, muy íntimo, ya sabe usted querido Cesar, suprimiremos las excelencias, que yo soy discreto como una monja.
— Hemos llegado á la crisis aguda, exclamó Cesar suspirando, y yo creo que no sigo un mes más con este íardo.
— No, ni lo dejarán á usted seguir, según malas lenguas, porque van á llegar los milagrosos hacendistas franceses.
— Que se estrellarán como yo si no traen una vara mágica.
MAXIMILIANO 331
— Vamos al grano.
— El grano .... es decir la paja, porque es la única que me va quedando, son todos esos papeles en que se encuentran detalladas las cuentas del año pasado.
— Ah! ¿trae usted las famosas cuentas?
— Y no sé como darle parte de ellas al Emperador que es enteramente refractario á los números.
— Si, á S. M. le gusta que se gaste el dinero, como que para eso es, para que ruede, una vez también que para eso lo hacen redondo.
— Lo que voy á revelarle á usted es secreto, rigurosamente secreto.
— Por secreto que sea Id he de haber olido. ¿Qué es aquí en este laberinto lo que se , ha escapado á mi olfato?
— Aquí tiene usted, gran mariscal, esta larga lista en que se encuentran pormenorizadas las cantidades que se gastaron en el año de 1865.
— Ese es el deber de un buen ministro del ramo: saber como y en qué se gasta hasta el último centavo en su gobierno.
— Ha sido un derroche escandaloso.
— Las monarquías cuestan, sublime Cesar.
— A cuanto cree usted que monta, solo lo que ha consumido la corte?
— La corte puede montar hasta en un caballo des • bocado.
—Sin bromas, Señor Pamuceno, como le dicen en la Sombra, porque esto es muy serio.
—Ya me pongo grave.
— Pues oiga usted tronar.
— Que truene.
332 LEYENDAS HISTÓRICAS
— Fuera de los noventa mil pesos que se gastaron en vajillas y manteles, de los $24,000 en vinos y los $115,000 en coches, libreas, arneses y caballos en los meses anteriores de 1864, en el año de 1865 que acaba de pasar se han hecho los locos gastos siguientes: en
sueldos y salarios de la servidumbre de Palacio
$105,122; en libreas y uniformes $51,408; en cocina, pastelería y vinos $104,821; en lefia, carbón y luces $20,955; en trastos de cocina $9,661; en caballerizas $58,362; en los jardines $86,639; en dádivas $71,22»; en viajes de SS. MM. y acompañamientos $256,180; en camaristas $7,692; en botica $690;' en multitud de pequeneces no clasificadas, $33,236 y en remesas á Miramar y encargos de obras artísticas $949,791.
— Caracoles! exclamó el gran mariscal dando un salto de asombro ante la última partida, casi un millón de pesos.
— Y casi dos millones, reuniendo todas las otras partidas.
— Como si se hubiera tocado á safarrancho.
— Sí Señor, como si se hubiera tocado á degollar á la nación.
— ¡Con razón se han ido por allí todos los empréstitos!
— Ahora por curiosidad voy á leer á usted el pormenor de algunas de esas partidas, que es para tirarnos de los. pelos de la cara si tuviéramos algunos. Voy á coger al azar un mes cualquiera: aqní tenemos el de Agosto. Oiga usted tronar:
Al tocinero Raynaud por comestibles, $81,433.
Para guantes y reparación de albardas, $1,500.
Para 12,000 tortas de pan, 6,500 libras de carne de
MAXIMILIANO 333
ternera, 100 mollejas, 10 cabezas, 2,000 aves, 200 libras de mantequilla, 5,000 huevos, 2,500 cuartillos de leche, 380 arrobas de nieve, 54 cajas de espárrajos, 28 cargas de leña, 12 cargas de carbón para la condesa de Zichy
— Y para que quería la condesa de Zichy tanto carbón, gran César?
— Para calentar sus tijeras de los rizos. Continúo: 2 arroba» de aceite, 361 cestos de fruta, 700 botellas de Burdeos, otras tantas de Champagne y diversos vinos delRhin, 100 velas de esperma y otras tantas de estearina $5,000, 150 pesos de alquiler por un coche para la condesa de Zichy, 1,700 pesos para caballos
del conde de Bombelles etc., etc importan todos
estos gastos de cocina y caballerizas en solo el mes de Agosto $40,247.
"¡Cáspita!
— Pero todavía tenemos en este mes en la lista de gastos extraordinarios de Palacio, $100 de una gratificación dada al general Woll, $2,115 al periodista francés Luis Chauveusse para regresar á Europa, $3,916 al gran mariscal Almonte ....
— Hombre, hombre, esos son mis sueldos. ... lo que yo gano. . . .
— Sus sueldos se los paga á V. E. la caja Central como general de División.
—Esos son otros López,
*~Y hay también aquí un recibo de V. E. que dice al pie de la letra:
«Recibí de la Tesorería General de S. M. el Emperador la suma de cien mil francos con que tanto
334 LEYENDAS HISTÓRICAS
S. M. como la Emperatriz, se han dignado dotar á mi hija Doña Guadalupe.
México, Agosto 5 de 1864. J. N. Almonto
— Ah! si, eso pertenece al otro año, y alguna recompensa tenían que merecer mis multiplicados servicios. El gran Cóáar se la quiere dar conmigo de malicioso.
— Es una simple broma que venía á pelo.
— Lo que viene más á pelo es que el departamento de los fondos está arruinado.
— Ni más ni menos. Ahora vamos á las otras listas:
Sueldos del Emperador y cantidades situadas en París á disposición del mismo, suman en el año un
millón doscientos sesenta y cinco mil pesos
($1.265,000.)
— Bueno ¿y qué? S. M. es el dueño del país, se lo hemos entregado para eso, para que lo disfrute: nada mas natural que disponga de sus rentas ....
— ¿Y que las mande á sus otros dominios?
—Si.
— ¿No sería mejor que lo de los otros dominios, poco ó mucho, se lo trajera • para estos que más lo necesitan?
— Si, sería mejor; pero como lo hemos hecho absoluto.
— Pues lo mismo que el Emperador, he notado que cuantos extranjeros han venido con él ó después le han seguido, disponen de lo de aquí, sin traernos ni un solo peso de los suyos.
— Pues es ó porque no los tienen que es lo más común, ó porque se hacen pagar sus industrias.
MAXIMILIANO 335
— ¿Que industrias?
— Las mismas, las de ser ó darse la importauc.ia,de personajes. ¡Buenos estarían, ellos para que después de que vienen á honrarnos figurando en nuestra corte y dándonos brillo, tuvieran además que gastar sus rentas! Si se les convida, si se les trae, los que loa reciben como distinguidísimos huéspedes son los que tienen el deber de cuidar que nada les falte.
— ¿Qué piensa el gran mariscal que contienp este legajo azul?
— Pues también cuentas; pero ni un real en efectivo.
— Es la verdad: aquí está la lista de los gastas secretos con sus comprobantes.
— Eso ha de ser más curioso que todo lo demás.
— Pero para dar lectura á esta lista se necesita un triple juramento de discreción.
— Prometo y juro que seré discreto.
— En Enero á Eloin, para gastos reservados en distintas fechas, $11,000; al conde Oliverio de Roseguier para comprar una imprenta, $2,000; á Loysel para gastos secretos, $1,500. En los demás meses á Ibarrondo, $9,000; á Eloin, $5,000; á Loysel, $15,000; á Carlos Mismar de New York, $50,000; á un tal Davisson, $5,500; al padre Fischer, $30,000 y á un señor muy conocido nuestro, $25,000.
- -Sí, dijo Almonte con mucha frescura, esos 25r000 pesos los pusieron en el Montepío á mi disposición para ciertas comisiones de extraordinaria importancia.
— ¿Muy extraordinaria? preguntó el ministro cerrando un ojo.
— Tan extraordinaria, que algo le corresponderá al gran César si cierra para siempre el pico.
— Por cerrado y ramos á otra cosa.
— Ya lo veo venir, insigne Cesan á lo que vamos es á ver cuáles han sido los gastos de la Emperatriz.
— Exactamente, mi querido gran mariscal. Fuera de su asignación de $16,666.66 (¿muchos seises, verdad?) fuera de esa suma, S. graciosa M. ha gastado $38,439 en dádivas.
— Sí, S. graciosa M. es muy dadivosa, quiero decir, muy tierna y muy caritativa.
— Las partidas más fuertes son: $8,000 para el hospicio de pobres; $6,000 para la viuda del comandante Maréchal; $2,000 para Jerusalem; $2,000 á los soldados belgas de Zirándaro; $3,000 á la familia l*amotte; $10,000 para pobres é inundados y el resto en partidas de $1,000 y $500 para hospitales, viudas y personas allegadas. ¿Qué tal?
— Buen tal, amigo mió.
— Y es de notarse que todas estas generosidades no salen de su peculio, sino de los fondos generales.
— ¿Es una crítica?
— Dios me libre de criticar á la sublime princesa; no, gran mariscal, es un exabrupto, un mal exabrupto, lo confieso.
— ¡Já! ¡já! ¡já! ¡já!
— ¿Por qué se ríe usted con tantas ganas?
— Porque observo que está usted en su momento de candidez, mi querido ministro. ¿Acaso cree usted que los soberanos extranjeros traen sus fondos propios para gastarlos en tierra extraña? Vienen á llevarse los que pueden, pero no á dejar ningunos.
MAXIMILIANO 337
— ¿Es una crítica?
— Dios me libre de criticar á nuestra excelsa Emperatriz; pero sí le aseguro que si usted y yo pudiéramos meter las manos en la caja del país con la misma libertad, serían cuatruplicadas las limosnas que diéramos, siempre que no nos chillara el cochino, como dicen los gañanes.
—¡Silencio!
— Nadie nos escucha.
— En los palacios, ya sabe usted el refrán: las paredes tienen orejas.
—Entonces vamos á otra cosa.
— Queda, pues, sentado que S. M. la Emperatriz recibió en el año de 1865 para sus oficinas, sueldos y limosneros, la suma de $230,000: ahora tenemos que agregar casi otro tanto en banquetes, ceremonias, recepciones, subvenciones á periódicos extranjeros, recompensas, cruces, medallas, placas, mantos, cordones, ornamentación de Chapultepec y obsequios á viajeros distinguidos, entre los que figuran también gastos de iglesia, como un Fr. Francices obispo de Caredro y un tal Ormachea
—¡Cuidado con equivocarse! Ese Ormachea es de los nuestros.
—Pues bien, los gastos públicos, lo que realmente puede llamarse el presupuesto de egresos de la nación , ha importado además en el año de 65, 29 millones.
—¡Jesús!
— ¿Espanta, verdad?
— ¿Pero de dónde ha salido tanto dinero?
— Pues ha salido de esta partida que leo textualmente: "Liquido del empréstito contratado en Paris
338 LEYENDAS HISTÓRICAS
en Abril último disponible hasta 15 de Diciembre del presente año, Junio 2 de 1865, cuya cantidad hemos comprado perdiendo una tercera parte. . . . tanto. u
— Quiere decir que el imperio está floreciente!!!
— Quiere decir que el imperio está en agonía, porque se me obliga á hacer un presupuesto mínimo para este año de 1866 que importa 48 millones de pesos y no tenemos ni una peseta.
Alraonte, viendo que el espanto estaba retratado en el rostro de su amigo César, lanzó una carcajada y le dijo:
— Tranquilícese usted, amigo mió, porque no es á usted á quien ha de reventar la bomba.
— Sí, ya sé que nos viene una lumbrera francesa; pero entre tanto. ...
— No una, sino varias eminencias francesas están para llegar con objeto de poner en tutela al Emperador; pero usted tendrá que entregar la cartera del ramo á Lacunza antes de tres dias.
— ¿Es posible? .... ¿es cierto que será nombrado Lacunza?
— Eloin ha dicho que usted es incapaz para organizar la hacienda pública y ha recomendado á Lacunza.
— Pero ¿qué tiene que ver Eloin en estas cosas?
— Ya sabe usted que es la Santísima Trinidad para el Soberano.
— De todas maneras, voy á fastidiar á este con los papeles.
— Hará usted mal: nosotros, usted y yo, lo que debemos es hacernos patos.
— Usted que es gran Mariscal y que recibe miles y
-Adiós, ordo Mariscal.
-Adiós Cesar Augusro. ministro hondeo
MAXIMILIANO 339
miles de pesos por diferentes capítulos; pero otros. . . —No se queje, no se queje, gran Cesar, que en este mar revuelto usted no ha sido de los más torpes pescadores.
— Yo le juro á usted que
— Vamos, vamos, usted y yo somos lobos viejos. Ya sabemos que la situación pende de un cabello: de que se lleve Napoleón sus tropas, de que los Estados Unidos digan ¡hasta aquí! ó de que se nos agote el tesoro
— Esto último ha sucedido.
— Pues bien: quiere decir que ha sonado la última hora del imperio.
— Entonces voy á poner en orden las cuentas para hacer la entrega á Lacunza.
— Se conformarán simplemente con que usted se vaya á la calle.
— Adiós, gran Mariscal.
— Adiós, gran César, ministro tronado.
Y Almonte lanzó otra carcajada más estrepitosa aún que las anteriores.
capitulo xxxn
TRES NOTICIAS HORRENDAS
OJIO complemento del capítulo anterior y antes de que vaya á pasársenos, diremos que Almonte se puso en salvo yéndose á Paris con una misión especial en el mes de Abril y Cesar entregó á Lacunza la situación financiera poniendo también pies en polvorosa.
En este nuevo capítulo vamos á saber cuál fué la misión del gran Mariscal y el éxito que tuvo.
Por de pronto, y dando un salto de unos cuantos meses, en los que menudearon los acontecimientos sin importancia, siendo más las victorias que los descalabros de los imperialistas, pues todos los días se libraban combates desde Chiapas hasta Sonora y desde el rio Bravo hasta Acapulco, sin que los republicanos se dieran por vencidos á pesar de la inmensa sangría que estaban sufriendo, causada, no tanto ya por el sable francés como por las terribles cortes marciales, que cual otros tribunales de la inquisición,
MAXIMILIANO 341
cegaban cabezas de lo lindo; por de pronto, repetimos, tenemos que trasladarnos á un lugar pintoresco que participa de la exuberante vegetación de la tierra caliente, sin las desventajas del mal clima.
Es un pueblecito situado como á unas dos leguas de Cuernavaca, escondido entre un bosque de corpulentos árboles que se llama Acapancingo y que Maximiliano escogió para pasar sus horas de recreo, sin que la Emperatriz supiera en donde se encontraba. El Soberano nunca decía que iba á su quinta de Acapancingo, sino á Cuernavaca, en donde hay una finca que denominaron palacio de Hernán Cortés, convertida en palacio imperial por Maximiliano, sirviéndole este de pretexto para sus excursiones. Todavía más: para que Carlota no tuviera ni siquiera tentaciones de seguirlo, solía decirle:
— Voy á descansar unos días á Cuernavaca en dónele reina una temperatura que me hace bien; pero tengo que cruzar las montañas del Ajusco en donde pululan las bandas de guerrilleros y vadear á caballo profundas barrancas y caudalosos ríos, ¿quieres acompañarme?
— No, le contestaba invariablemente la princesa,
solo tú puedes tener gusto por unos lugares tan lóbregos.
— Toma descanso mi espíritu de las incomodidades de la corte y mi cuerpo recobra su vigor ante aquella naturaleza virgen en que no hay mas que árboles frutales, agua que corre por todas partes y enormes
montañas que con sus inmensas arboledas oscurecen el horizonte. Eso me agrada.
— Anda, pues, le decía la princesa con ternura, yo
342 LEYENDAS HISTÓRICAS
representaré entre tanto aquí la dignidad imperial.
En el pueblo de Acapancingo hay frente á la desierta placita una casa de mejor apariencia que las demás con una huerta que se extiende como á un kilómetro, poblada de cafetos y mangos: fué la que compró Maximiliano y dedicó á sus excursiones de placer.
La casita tiene un zaguán, un patio y cinco ó seis piezas de adobe, yendo á dar frente las del segundo departamento, que ya forman una especie de pabellón, á la huerta misma* Se sale á un corredor y al pié del corredor hay una ancha escalinata por donde se baja á un gran tanque. Este era el baño de S. M. y que en esa época estaba perfectamente adecuado pan su objeto. Ahora se ven las paredes desnudas y tristes tanto del corredor como de las habitaciones; pero entonces los muros estaban cubiertos con elegantes tapicerías y abundaban los espejos, los cuadros de arte, los cortinajes, los jarrones, las estatuas, y el mueblaje era el que correspondía á una residencia imperial. Todo desapareció entre las garras de los beduinos, y hoy no se vé mas que una casa vacía y pobre, una huerta poco atendida y el agua que corre casi naturalmente inundando los cañaverales. Los viajeros que van á Cuernavaca se dirigen en su mayoría á la casita de Acapacingo, que visitan como una curiosidad y compran á los encargados de la famosa quinta cucuruchos de café que tienen este inscripción: «Café cultivado en la huerta del Emperador Maximiliano en Acapancingo. — Cuernavaca. — Cosecha del año de 189. . >
Era el mes de Junio de 1866. Maximiliano se en-
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contraba allí con el pequeño séquito de sus íntimos: Eloin, Loysel, dos chambelanes y tres ó cuatro criados de inferior categoría. En Cuernavaca, en el mentado palacio de Cortés, como de costumbre, se había quedado la escolta de honor mandada por el coronel Miguel López y una oficina eu toda forma para el despacho de los asuntos imperiales. Para los casos urgentes había los correos necesarios y además algunas parejas de dragones recorrían constantemente el camino. En el mismo Cuernavaca se condimentaban algunos manjares, se elaboraban el pan y la repostería, sin que por eso dejara de haber en.Acapancingo una buena cocina y una bodega rebosante de los mejores vinos europeos.
Hé aquí la vida que observaba el Soberano en su rústico chalet: se levantaba á las siete de la mañana, daba un paseo de media hora entre las olorosas flores de que estaban cubiertas las estrechas avenidas» *y entre los frondosos árboles que se veían como abatidos por sus colgantes frutas, yendo acompañado por las personas que él designaba; tenía singular placer en mojarse las manos en los arroyos cristalinos que se deslizaban por entre los matorrales y regresaba á la casita después de haber aspirado con ambos pulmones aquellas brisas deliciosas: se le servía el desayuno en el corredor, viendo caer el agua en el hermoso tanque que le servía de baño; se retiraba á su gabinete en donde encontraba ya su correspondencia y sus periódicos, tardándose dos horas en la lectura y en dictar algunos acuerdos; á las doce se metía en el baño, en el que, según decía, ex-
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perimentaba goces indescriptibles, y luego que acababa de bañarse se le servía el almuerzo que saboreaba con gran apetito: la sobremesa se prolongaba hasta dos horas: daba después un largo paseo y volvía á su gabinete en donde permanecía solo una hora entregado á sus meditaciones ó á escribir algunas páginas de sus memorias; comía á las siete y en seguida jugaba á las cartas con sus amigos ó hacía que le leyeran algo que entretuviera su espíritu hasta las diez de la noche en que se metía en la cama para soñar grandezas y felicidades, entre las que no era la menor la de figurarse, aun despierto, que iba á legar un gran nombre á la historia, el de un príncipe que había sabido formar un pueblo propio para el régimen monárquico y una nación que pudiera designarse entre las de más elevada gerarquía.
¡Pobre príncipe! Con razón los elocuentes oradores anti-bonapartistas le estaban llamando en esos momentos en sus discursos pronunciados ante las cámaras francesas, un soñador y un romántico!
Cuando más entregado se hallaba á los placeres que le proporcionaba aquella lujuriosa naturaleza, esto es, al segundo día de haber llegado á su chalet, por la noche se presentó un correo de Cuernavaca llevando pliegos de México.
¡Muy importantes! decían las cubiertas de los pliegos.
Llevó á Eloin á su gabinete y entre ambos se apresuraron á abrirlos, encontrando en ellos la noticia siguiente que no dejó de producirles consternación:
«El general Escobedo con dos ó tres mil hombres
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que acababa de organizar en la frontera, armados con rifles americanos de repetición, había causado la derrota más completa en el punto llamado Santa Gertrudis al general Olvera que custodiaba un rico convoy, habiendo perecido cien austríacos y quedando prisioneros ciento veinte de ellos, juntos con otros mil más del ejército que mandaba aquel jefe, el cual hacía sus marchas en combinación con otra columna francesa que estaba sitiada en Cerralvo. Aquel golpe, decían las cartas en que Bazaine daba la noticia, había hecho caer á aquellas horas la ciudad de Matamoros y probablemente iba á perderse también el puerto de Tampico y todas las poblaciones de la frontera.»
Como observara Eloin que Maximiliano se había quedado pensativo, se apresuró á decirle para comunicarle ái¿mo:
. —Príncipe, la guerra es la guerra, y así como los nuestros han alcanzado una serie de triunfos interminable, era preciso que alguna vez sufrieran un golpe.
— ¡Oh! pero los austríacos muertos; pero mis queridos hermanos prisioneros. . . . '¿qué va á ser de ellos?
— Los perdonarán como siempre perdonan á todos los que caen en sus manos los jaaristas por temor á las represalias.
— ¡Oh! y esto en los momentos en que nuestros periódicos y nosotros mismos hemos asegurado á toda la Europa que la cuestión de la guerra en México podía darse por terminada.
— Sí, es un infausto suceso, pero no irreparable.
— irreparable, irreparable: esos condenados ameri-
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canos pro tejen muchísimo á los republicanos de México.
-^Ahora Bazaine se convencerá de que es necesario desplegar más actividad.
— En caso de haber sido franceses los derrotados, sí; pero no los austríacos. ¿Qué le importan á Bazaine los austríacos y los mexicanos?
— Pero sí le importa su reputación militar y él es el responsable de los acontecimientos de la campaña. ¿No es él también el que da ya su misión de pacificar al país como terminada?
— Es verdad, ahora es preciso que le escribamos apremiándolo para que se mueva, para que pronto ponga en marcha un número de fuerzas bastante para hacer trizas á Escobedo.
— Eso es lo que debemos hacer, Majestad, y no lamentarnos de un hecho que no tiene ya remedio.
A renglón seguido escribieron á Bazaine cartu* apremiantísimas, que probablemente iban á dar al Mariscal motivo para desternillarse de risa. El sabía cómo salvaba á sus franceses que estaban comprometidos; pero se preocuparía bastante poco de que Escobedo se hiciera dueño de toda la gran zona del Norte. Al fin él ya tenía todo lo que deseaba: mucha gloria, mucho dinero y un gran prestigio militar.
Apenas habían pasado otros tres días y apenas Maximiliano comenzaba á olvidar la gran desazón que le había producido la derrota del ejército austro-mexicano, cuando llegó otro correo apresuradamente en los momentos en que salía del baño y se preparaba á saborear su apetitoso almuerzo.
En esta vez no quiso hacer misterio de lo que los
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pliegos le traían y mandó que se abrieran allí mismo en presencia de los que le rodeaban que llegaban ya á ocho personas en su mayor parte extranjeros de toda su confianza.
Los pliegos recibidos eran, unos enviados por Almonte desde Paris, y otros del ministro de Napoleón Mr. Drouyn de Lhuys, trascritos por Mr. Dañó, que á nombre de su Soberano le decía entre otras cosas lo siguiente:
"El general Almonte ha puesto en manos del Emperador las cartas de S. M. el Emperador Maximiliano y entregado al Gobierno francés las comunicaciones de que era portador. S. M. tiene el sentimiento de deber expresar aquí la sorpresa que le han causado esas comunicaciones. Desde hace más de un año las instrucciones dirigidas á los agentes franceses en México, inspiradas por el sentimiento de los deberes y de las obligaciones recíprocas que hemos contraído, tenían por objeto hacer llegar al Gobierno mexicano eonsejos dictados por el interés de los dos países, no menos que por la sincera amistad que S. M. profesa al emperador Maximiliano. Estos consejos parece que no han sido comprendidos. Bastante lo indican las proposiciones formuladas por el general Almonte, al mismo tiempo que ellas revelan la falta completa del conocimiento de una situación, sobre la que no puede diferirse el ilustrar á la Corte de México.
"No es ahora del caso recordar el origen de la expedición francesa, cuya legitimidad está demostrada; obligados á hacernos justicia, la experiencia del pasado nos imponía el deber de buscar garantías contra
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la repetición de actos que habían atraído sobre ese país, á costa de expediciones onerosas, represiones severas, mas siempre ineficaces. Estas garantías debían principalmente resultar de la constitución de nn gobierno arreglado, bastante fuerte para romper con las tradiciones de desorden, triste legado de poderes efímeros. Por más que se deseara el establecimiento de ese gobierno, nosotros monos que nadie podíamos pensar en imponerlo, y hemos protestado siempre en alta voz contra semejante designio. No hemos querido creer, sin embargo, que faltasen en la sociedad mexicana los elementos de una regeneración política indispensable, y nos habíamos prometido secundar todos los esfuerzos que intentara el país mismo, para arrancarle á la anarquía que le devora. Esta empresa era grande: sedujo al emperador Maximiliano. Al llamamiento del pueblo mexicano se consagró completamente á la empresa, sin que le arredrasen sus dificultades y peligros: él pensaba, como el Emperador Napoleón, que se enlazaban grandes intereses de conciliación y de equilibrio con la independencia de México y la integridad de su territorio, garantizadas por un gobierno estable y reparador, y él sabía que no le faltaría nuestro apoyo para ayudarle á realizar una obra que interesaba al mundo entero.
"Los deberes del Emperador hacia Francia le imponían, sin embargo, la obligación de calcular, según la importancia de los intereses franceses comprometidos en esta empresa, hasta dónde había de extenderse el concuiso que le era permitido ofrecer á México para asegurar el éxito. lié aquí el objeto -d.1 tratado de Miramar. Ahora bien, del contrato qn
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había establecido nuestros derechos y nuestras obligaciones, Francia ha cumplido largamente las car* gas que había aceptado, y no ha recibido de México sino muy incompletamente, las compensaciones equivalentes que se le habían prometido. Este es un hecho que debemos hacer constar, porque no depende de nosotros el suprimir sus consecuencias. Estamos lejos de desconocer los obstáculos y las dificultades de todo género contra los que ha tenido que luchar S. M. el emperador Maximiliano. Si hemos deplorado á menudo que sus leales intenciones no fuesen mejor secundadas, hemos aplaudido siem pre su activa solicitud y su generosa iniciativa.
"Los resultados no correspondían á nuestras esperanzas, á pesar de la hábil y enérgica dirección del Mariscal, y del concurso de un ejército que nada deja que desear. . . .
"El Gobierno francés facilitaba el arreglo de empréstitos, que auxiliaban en sus apuros al tesoro mexicano, y, sin embargo, nuestros sacrificios no han sido recompensados sino con arreglos de cuentas ilusorias. Hemos dado consejos amistosos; pero la resistencia sistemática de los consejeros de S. M. se manifestaba, sobre todo, en lo que concernía á los intereses de la Francia. Deberemos recordar aquí á costa de cuántos esfuerzos la legación de Francia pudo obtener al fin una reparación insuficiente de los daños y perjuicios sufridos por nuestros nacionales, mientras se arreglaban, sin contestación, las reclamacianes inglesas: en los momentos misaros en que se encontraban recursos para solventar sin demora y
en metálico créditos dudosos y no exigibles, hemos visto discutir hasta el origen de las reclamaciones francesas, no obstante estar reconocidas por el tratado de Miramar como la cansa determinante de nuestra expedición, y que aun en el caso de no haber estipulado nada en su favor, constituirían una deuda de honor é indiscutible.
"Después de haber indicado en todas circunstancias al gobierno mexicano la necesidad en que estaba de proveer por sí mismo á su propia seguridad, y de haberle declarado repetidas veces que el concurso que le prestábamos, no sería mantenido sino en tanto que las obligaciones correspondientes, contratadas con nosotros, fueran estrictamente cumplidas, hemos hecho que se le expongan las consideraciones imperiosas que no nos permitían pedir á la Francia nuevos sacrificios, y que nos decidían á retirar el ejército expedicionario. Al adoptar esta resolución, sin embargo, hemos prescrito que se ejecute en los plazos y con las precauciones necesarias, para evitar los peligros de una demasiada brusca transición. Hemos debido ocuparnos, al mismo tiempo, de substituir á las estipulaciones , de hoy en adelante sin valor, del tratado de Miramar, otros arreglos dirigidos á afianzar la seguridad de nuestros créditos. El ministro del Emperador en México ha recibido, en su consecuencia, las instrucciones necesarias para celebrar sobre este punto una nueva convención. Dichas instrucciones, como todos los actos del emperador Napoleón, están inspiradas por los sentimientos naturales que le unen al imperador de México, y por su deseo sincero de conciliar intereses que no quiere separar. El
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ha apreciado las razones que han decidido á sus representantes, á no apresurar la conclusión inmediata de los arreglos que se le indicaban, pero ha sentido el ver al Gabinete mexicano aprovecharse de su condescendencia, para trasladar á París el centro de una negociación que no podía seguirse útilmente sino en México.
"El emperador Napoleón ha sentido, sobre todo, ver reproducidos en el proyecto de tratado sometido á su gobierno por el general Almonte, proposiciones ya formuladas, y que cada vez que se han reproducido le han obligado á rechazarlas las razones más poderosas. Segiín ellas, la permanencia de las tropas francesas habría de prolongarse más allá del término convenido; se nos piden nuevos anticipos de fondos, previendo la insuficiencia de los recursos del tesoro mexicano, y se aplaza el reembolso para épocas indeterminas; ninguna prenda se nos ofrece, ninguna garantía se estipula para asegurar nuestros créditos. Después de las declaraciones francas, leales y explícitas del gobierno francés, cuesta trabajo explicarse la persistencia de las ilusiones que han presidido á la concepción de su proyecto. Es imposible admitir las proposiciones del general Almonte y autorizar su discusión. Sorá preciso estipular un nuevo convenio.
"Si S. M. el Emperador Maximiliano aprueba las combinaciones que le serán presentadas, se mantendránlos términos fijados para el reembarco sucesivo de las tropas francesas, y el mariscal Bazaine adoptará, de acuerdo con S. M., las medidas necesarias para que la evacuación del territorio mexicano se efectúe en las condiciones más favorables, para el soste-
nimiento del orden y la consolidación del poder imperial. Si, por el contrario, nuestras proposiciones fueren rechazadas, no debemos desimular que, considerándonos en adelante libres de todo compromiso, y firmemente resueltos á no prolongar la ocupación de México, ordenaríamos al mariscal Bazaine que procediera con toda la actividad posible al reembarco del ejército, no teniendo en cuenta sino la comodidad militar y la& consideraciones técnicas que solo él puede apreciar. Deberá ocuparse al mismo tiempo de procurar para los intereses franceses las seguridades á que tienen derecho.
"El emperador Napoleón tiene la conciencia de haber cooperado á la#obra común: á México corresponde en lo sucesivo cons olidarla. La tutela extranjera, prolongándose, es una ma la escuela y un manantial de peligros: en el interior acostumbra á no contar consigo mismo, y paraliza la actividad nacional; en el exterior suscita sospechas y despierta susceptibilidades. Ha llegado el momento para México de desvanecer todas las dudas, y elevar su patriotismo á la altura de las circunstancias difíciles que atraviesa. En el interior como en el exterior, los ataques dirigidos contra la forma de las instituciones que se ha dado irán debilitándose, sin duda, gradualmente, cuando esté sólo para defenderlas, y serán impotentes contra la unión del pueblo y su Soberano, robustecida por las pruebas valerosamente aceptadas y soportadas en común. De S. M. el Emperador Maximiliano será la honra de haber realizado de ese modo la obra civilizadora, de que nos enorgulleceremos siempre por haberla protegido y alentado desde su principio.11
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Maximiliano luego que acabó de oir leer lo que antecede, exclamó mesándose las barbas:
— Napoleón me ha engañado: existe una conven* ción formal entre él y yo, sin la cual jamás habría aceptado el trono, que me garantizaba absolutamente el auxilio de las tropas francesas hasta fines de 1868 .... ¡es un impostor! Palabras textuales é históricas. Eloin por su parte dijo montado en ira: — Napoleón ha faltado á su palabra y á su honor en tres momentos solemnes: primero, con su perjurio del 2 de Diciembre; segundo, cuando aseguró que no se mezclaría en la política interior de México, y aprobó que fuera violado el tratado de la Soledad; y tercero, escupiendo en su firma puesta al pie de la convención de Miramar.
T como si semejantes golpes no bastaran para abatir el ánimo del Archiduque, que era en sumo grado impresionable, vino á recibir en medio del pecho el tercero que sintió que lo hería más terriblemente.
Había hecho su viaje á Cuernavaca con una causa especial, como siempre que se sepultaba en aquella deliciosa residencia, en que la sola vegetación del lugar le causaba vértigos de placer.
Creía haber, de jado todo arreglado perfectamente para alcanzar la entrevista que deseaba con toda su alma.
Si no había montado á caballo para regresar á México cuando obtuvo cualquiera de la* dos noticias anteriores, que para él eran igualmente funestas, fué porque todavía esperaba tener una compensación.
Quizás el día siguiente la tendría.
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No se le había señalado fecha fija para dar cumplimiento á las órdenes, mejor dicho, á loa anhelos imperiales; pero se le había asegurado que no transcurriría una semana sin que viera llegar á la persona que con tantas ansias esperaba.
Esa persona era Aurora Jiménez, la sobrina del coronel Oisneros. Por fin éste se había amansado con las exhortaciones de su mujer y tal vez creyó candorosamente que no había peligro en que su sobrina tuviera una entrevista honesta con el Emperador como éste se lo había asegurado. S. M. lo único que deseaba era que lo viera de cerca, seguro de vencerla con sus hechizos personales.
Así pues, había dicho al coronel que él mismo la llevara: que no pretendía más sino conversar con ella sin estar bajo el peso de las miradas de la corte: que deseaba hacerle ante la naturaleza una demostración de sus simpatías y nada más. El ilustre príncipe creía que todo era tenerla allí bajo sus miradas para fascinarla y rendirla.
Cisneros tranquilizó los rugidos de su conciencia con las protestas del soberano de que no cometería el menor abuso y consintió en llevarla como si se tratara de un paseo inocente. Se le habían facilitado todos los medios para que hicieran el viaje segura y cómodamente.
Maximiliano recibió una carta en que el coronel le decía:
"Señor:
"S. M. la Emperatriz ordenó á su dama de honor, mi esposa, que llevara á Aurora ayer á Palacio: tuvo
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que obedecerla, la llevó y aquella la retuvo. Más tarde fui por ella y se me impidió que la viera. Hoy se dignó recibirme S. M. y me ha notificado que Aurora ha salido fuera de México por orden suya. Que es su protegida, que ella ha cuidado de colocarla en lugar seguro y que se ha procedido en todo con la voluntad de la joven. Al efecto me ha mostrado una carta firmada por Aurora, en que dice que proceda de entero acuerdo con S. M. la Emperatriz.
"Subdito de V. M. muy ardiente.— Tirso Cuneros"
— ¡Condenación! exclamó el Archiduque, en esta vez tirándose no sólo de las barbas sino también de los cabellos, mi estrella me abandona.
Poco después con un mal humor que no había llegado á vérsele, dio esta orden:
---A México, Señores.
CAPITULO XXXTTT
ESCENAS DE FAMILIA
AX1MIUANO estuvo de pronto evitando encontrarse á solas con su mujer, huyéndole á una explicación mortificante: por una pule temía salirse de tono, airado como estaba por la mala partida que acababa de jugarle, y por la otra que ella le dirigiera alguno de sus finos y punzantes reproches, en los cuales siempre, por su propia debilidad de espíritu, salía derrotado. Pero había asuntos muy graves de Estado, en que ambos estaban profundamente interesados y la conferencia á solas era ineludible» De pronto el Archiduque ocultó cuanto pudo delante de la corte la verdadera consternación con que estaba agobiado: le fué preciso hacer poderosos esfuerzos para disimular, aunque fuera algo, su estado de ánimo, que sin embargo no se escapó al ojo perspicaz de Carlota, la cual aprovechó el primer momento en que estuvieron cerca el uno del otro, al dia siguiente del regreso de Cuernavaca, para decirle muy quedo:
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— Necesito hablarte, Maximiliano. — Yo también lo deseo, esposa mia .... pero haytantas cosas á que atender ahora.
— Sin embargo, es preciso que hablemos de eso de Napoleón.
— Sí, quiero decirte lo que he resuelto.
— Sobre eso mismo quiero que hablemos.
—¿Cuándo?
— Sobre la marcha.
— Dentro de dos horas estaró en tu departamento.
— No, no, dentro de diez minutos á 16 más. Despacha á toda esta gente: tú eres el Soberano. Despáchala.
— ¿Y puedo despachar á los ministros de Estado, á los generales, al arzobispo. . . .?
— A todo el mundo. O no los despaches, déjalos y ven.
— Te ofrezco seguirte muy pronto.
Entonces la Emperatriz saludó graciosamente á la concurrencia y se fué asida al brazo del conde del Valle, su gran chambelán, secretario, caballerizo y quién sabe cuántos títulos mas, seguida de las damas y caballeros que formaban su corte particular.
Cuando pasaron veinte minutos sin que el Emperador hubiera podido desprenderse de las personas que lo asediaban, recibió este un mensaje de Carlota en que le decía que lo estaba esperando.
No tuvo remedio: se excusó como mejor pudo con las personas que estaban allí, exponiéndoles que la Emperatriz le llamaba con apremio, ofreciéndoles que antes de media hora volvería.
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Ni en dos horas, pudo volver, según se verá por lo qne en seguida van á oir los lectores:
— No es tiempo de recriminaciones, dijo inmediatamente Carlota á su marido, después de haber echado el pasador á la puerta, en presencia de los graves acontecimientos que tienen embargados nuestros espíritus. . . .
— ¿Recriminaciones? preguntó él haciendo
cierto ademán de disgusto.
— ¿Vas á suponer entonces que no estoy enterada de todo?
— ¿Y de qué estás enterada?
— De todo. Y lo que he hecho es salvar á una amiga mía de que fuera á formar número con las víctimas de Cuernavaca.
—¡Oh! ¡oh! parece que te mezclas en mis asuntos más de lo que es de esperarse y de desearse.
— No quería hablar de eso; pero pues me obligas, sábete que esa joven tiene un prometido y que yo le he ayudado para que la coloque en lugar seguro y pueda tomarla por esposa.
Maximiliano se puso rojo de cólera ó de vergüenza, sin encontrar de pronto qué contestar. Al fin dijo para salir del paso:
— ¡S. M. la Emperatriz metiéndose á casamentera!
— Si estas cosas pudieran hacerse públicas, nadie me las reprocharía.
— Pero en fin, Carlota, tus espías te han informado mal si acaso te han dicho que yo tenía proyectos preconcebidos respecto de tu protegida.
— ¿Ve negarás que fuiste á esperarla á Cuernava-
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ca, ó mejor dicho, á esa leonera que me dicen tienes entre un bosque de palmas y chirimoyos?
— No puedo negarte que la invitó con su familia para un simple paseo campestre. Los soberanos deben tener algunos descansos y expansiones.
— ¡Ah! La mandabas llevar á tu quinta por via de higiene.
— Es un retiro de los negocios enteramente honesto. De eso pueden dar testimonio Eloin y cuantos me acompañan. ¿Qué hemos estado haciendo en estos días? Pues lo mismo que en otras ocasiones: bañándonos, leyendo periódicos, cazando, haciendo correrías por los bosques, respirando un aire libre y sano.
— Bueno, bueno, quiere decir que sin interés ninguno has traído á toda esa gente á Palacio concediéndoles contra mi voluntad pensiones que son una carga para las cajas públicas.
— Nos sirven como tantos otros.
—Para nada.
— Para nada nos sirven tampoco los mariscales, caballerizos, maestros de ceremonias, damas, lo mismo que tu títere el conde del Valle, y los tenemos porque la corte debe formarse con algunas gentes aunque sean inservibles.
Fué el turno de Carlota para cambiar de color, pero contestó inmediatamente.
— ¿Serías tú tan ligero de dar el menor crédito á las hablillas vulgares respecto de mi predilección por un hombre que es tan atento como servicial?
— Yo no hago más que una alusión del caso que no es intencional.
— Pues ese conde del Valle es el único noble de
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sangre que hay en México y el único que sabe llevar el título con dignidad*
— Es lo mismo que yo digo de la Señorita Aurora: es la única joven discreta y de talento que puede ser la amiga leal y desinteresada del soberano.
— La prudencia y nuestra posición exijen que nos ocupemos en cosas más serias.
— Pues no me parece que sea fútil tu intervención directa en mis acciones privadas y en mis amistar des!
— Soy tu esposa ante Dios y ante los hombres: soy la Emperatriz!
— Señora ....
— Y si valiera la pena el asunto, añadiría que cada vez que se ofrezca sabré hacer que queden incólumes mis derechos
Ya en un terreno tan escabroso, Maximiliano reflexionó que era conveniente amainar y dijo volviendo á tomar asiento, pues se había levantado.
— Y una vez que hablamos en el seno de la intimidad, espero que me digas algo de los asuntos que llamas serios
— El asunto vital para nosotros es, que si no acudimos pronto á velar por nuestros intereses, el trono, que está ya vacilante, puede rodar al abismo.
—¿Por qué?
— Tú lo sabes tan bien como yo: Juárez está otra vez con su gobierno en Chihuahua sin que haya medio ni esperanzas de que los franceses vayan á quitarlo de allí.
— Juárez no importa nada: nuestro gran enemigo es Napoleón.
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— Bueno: Napoleón que teme complicarse en la guerra europea y que tiene un miedo cerval á Mr. Seward
— Napoleón piensa dejarnos en el aire quitándonos su apoyo.
— ¿Y que dices tú de eso?
— Digo que ya tengo mi res alució n formada.
— Ya sé cual es; pero ese seria el peor paso de todos porque nos cubriría de ridículo.
— Ah! ¿es posible que también sepas tu ?
— Que piensas abdicar: lo he adivinado en tus ojos y en tus palabras.
— Pues no solo lo pienso, sino que traigo aquí ya hecha la abdicación para firmarla en tu presencia* Sabía que habías de estar implacable conmigo y la traje para imponerte esa pena.
— Pena á mí? ¿No sabes, hombre incauto, que abdicando tu serías el que te castigarías terriblemente? ¿Qué papel irías á desempeñar en Europa?
— Iría á tomar mi puesto entre las legiones austríacas.
— En el caso de que tu hermano quisiera admitirte!
— ¿Y por qué no había de admitirme?
- -Porque no te quiere, porque te juzga un conspirador, porque cree que le haces sombra.
Maximiliano se quedó pensativo.
La princesa continuó así:
— Es preciso que pensemos ya con juicio en nuestra situación. Nosotros no podemos salir de aquí sino para el cadalso. •
— ¡Cómo! ¿qué es lo que dices?
— Sí, porque lo preferiremos á la rechifla. Nuestra
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sangre, nuestra prosapia, nuestra dignidad imperial, todo lo que hay en nosotros de noble, exige que defendamos una situación que hemos aceptado. Debemos luchar, luchar con brío hasta que no tengamos ni un hombre ni un peso, aunque seamos nosotros solos contra todos.
— Sería más que una locura. — Pero una locura en correspondencia con nuestra alta misión.
— No creo que nuestra misión sea llegar hasta el sacrificio.
— De manera, ¿qué cuáles son tus planes definitivos?
— Los que me inspira la misma situación de que antes me hablabas. El país no quiere aceptar el imperio, puesto que hay legiones de hombres que lo combaten; Escobedo se ha apoderado de toda la frontera del Norte; Corona lucha incansablemente en Occidente hasta el punto de que sus parciales se han apoderado de algunas plazas; Bazaine se muestra tibio para emprender una campaña activa y fructuosa; carecemos de recursos para levantar un ejército formidable por nuestra propia cuenta; Napoleón quiere abandonarnos en los momentos en que más necesarios nos son sus auxilios. . . . Ante todas esas dificultades la abdicación se impone.
Dos gruesas lágrimas se deslizaron por las mejillas de la princesa. Maximiliano, queriéndose aprovechar de ese momento de estupor de su esposa, sacó el papel del bolsillo, lo extendió sobre la mesa, se sentó al lado, tomó una pluma, la mojó de tinta en el tintero y
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ya comenzaba á poner su nombre, cuando sintió sobre la suya la mano de la Emperatriz.
— ¡Detente! le dijo ésta con la mirada extraviada;
Maximiliano la vio y tuvo miedo ante aquella fisonomía trastornada.
— Creo que es lo más conveniente, le dijo él suavizando la voz.
— Nó, nó; exclamó ella exaltada: esa abdicación sería nuestra ignominia cuando todavía hay elementos con que combatir. Si estuviera el enemigo á las puertas de México todavía habríamos de pensarlo; pero abdicar ahora sería una cobardía, una vergüenza, una infamia. Un Hapsburgo no se intimida, no tiembla, no se rinde ante los peligros lejanos.
— ¿Y qué debo hacer?
— Ya te lo he dicho: empuñar la espada y combatir con valor.
— El valor sabes que no mé falta; pero carezco de los medios para ponerlo en planta.
— Yo también tengo mis proyectos y creo que son mejores que los tuyos.
— Dílos.
— Ir yo misma á echarme á los pies de Napoleón para exhortarlo á que cumpla sus promesas; ir también á postrarme á los pies del Padre Santo para decirle que nos economice sus bendiciones pero que recuerde que cuando estuvimos en Roma nos ofreció protejernos á fin de que con su palabra divina ponga fin á las torturas religiosas que aquí nos despedazan; ir también llorando de puerta en puerta por las casas de los banqueros y los poderosos para que nos presten el dinero que necesitamos. Si nos sostenemos
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dos, tres años más, nuestro imperio quedará establecido para siempre. Lo veo con la inspiración, con los ojos de una profetiza, con la f é que siento en este momento en mi corazón.
— ¡Carlota! me das lástima.
— Nó, no la tengas. . . . ¿por qué?
— Porque vas á sufrir tal vez desaires y humillaciones.
— ¡Y qué te importa si te traigo la salvación!
— ¿Y si no traes nada y vas á sufrir inútilmente?
— Eso es cuenta mía; pero yo te juro que no volveré si no traigo cuanto necesitemos para nuestra salvación completa.
— Te impones un sacrificio que vale más que los resultados.
— ¿No te digo que los resultados serán nuestra salvación?
— Tengo confianza en tu talento y en tu energía; pero conozco los escollos en que vas á tener que estrellarte.
— No me estrellaré; pero si así fuera ¡te espero en Miramar!
— ¡Ah! ahora comprendo tu pensamiento y tu abnegación. Quieres tentar el último esfuerzo y si fracasas, ya no tengo compromiso de permanecer en México!
— Nó: si fracaso te lo aviso y presentas en el acto tu abdicación.
— Siendo así, acepto.
— Por ahora rompamos ese papel que tanto ha conturbado mi espíritu.
Diciendo esto Carlota avanzó hacia la mesa en
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etawto eafcaba la abdicación á medio firmar y la rompió.
— Ahora, desde esta tarde misma voy á hacer mis preparativos de viaje.
— ¿Cuándo quieres salir?
—Mañana mismo si hay tfh buque en Veracruz que me lleve.
— Se te alistará uno en tres días.
— Quiere decir que dentro de tres días saldré para Francia.
— ¿Quiénes te acompañarán? — Pocas personas, las más indispensables y las más útiles.
— Irán contigo el viejo Uraga que es de toda mi confianza y aun el mismo conde del Valle si lo necesitas.
— Sí, quiero que vaya el conde del Valle como una muestra tuya de que tienes fé en la dignidad de tu
esposa.
— La tengo.
— Venga tu mano en señal de eterna reconciliación.
— A mis brazos, amada mía.
— ¿Me perdonas?
— De qué he de perdonarte, de tus celos? ¿acaso los celos no son la mejor prueba del cariño?
— Del amor, de la pasión, querrás decir.
— Sí, vida de mi alma .... yo también te amo y por eso me ofusca á veces la nube de los celos. . . . ¡también soy celoso!
— ¡Bah!. ... tú no amarás á otra como á mí me
amas y yo. . • • figúrate si podré amar jamás á otro hombre. • • •
— Nó, nót . . •
— ¡Adiós!
Maximiliano dio un beso en la boca á Carlota y salió de allí con la sonrisa en los labios, murmurando muy bajo, muy bajo:
—¡Crédula!
CAPITULO, XXXIV
¡loca!
<RA el día 8 de Junio de 1866.
-7- Desde muy temprano se notó en Palacio gran movimiento entre los criados de alta y de baja librea, como siempre que se desarrollaba un suceso extraordinario.
Se encamisaban los coches de camino, se enjaezaban las muías y los caballos en las caballerizas, se llevaban de uno á otro lado los sacos de provisiones, subían y bajaban las escaleras muchas personas casi atropellándose; se llevaban baúles y maletas al carro de los equipajes, los dragones arrastraban sus sables en el patio principal alineándose al lado de sus monturas; algunos personajes de ambos sexos iban de unos á otros departamentos en traje de camino: en suma todo demostraba que iba á salir del alcázar imperial alguna importante caravana. *
En efecto, aquel día era el que había designado Cariota para emprender su viaje y todos se alista-
368 LEYENDAS HISTÓRICAS
ban: unos para acompañarla por dos ó más leguas y otros para formar parte de su séquito en toda la larga peregrinación. Estos últimos fueron las siguientes: D. Martín del Castillo, Ministro de Negocios Extranjeros; el general Uraga, el primoroso conde del Valle de Oaxaca, el gentil hombre D. Felipe Neri del Barrio, el conde de Alcaraz, y el conde de Bombelles, su médico, su capellán, cuatro damas de honor, tres viejas y una muy joven pero vestida de negro y enteramente cubierta con un espeso velo. Iban además algunas doncellas, que quién sabe si lo serían, y como diez ó doce criados con librea de más inferior categoría.
Se iba á hacer un buen despilfarro con este loca viaje diplomático que no había de dar ningunos resultados; pero así conven^ á la dignidad imperial y al antojadizo é imponente carácter de la que llevaba el nombre de Emperatriz. Por ejemplo, Castillo., Uraga y todos los condes no iban más que como personajes decorativos, porque ella sola se había propues • to llevar á cabo sus proyectos en las cortes europeas.
Fuera de las personas de la corte y de otras de la intimidad de la soberana, á nadie se permitió la entrada en Palacio, de modo que cuando se abrieron las puertas ya los coches y escoltas estaban escalonados en el gran patio y salieron á la calle en la misma formación; y como todos los viajeros llevaban el aire taciturno, los pocos curiosos que los veían pasar se preguntaban: ¿Es un entierro? ¿Para dónde irá tanta gente? ¿Por qué no va la música ni hay campanas ni cañonazos? ¿Qué mosca habrá picado á SS. MM. y á los palaciegos?
MAXIMILIANO 369
El cortejo continuó, silencioso, sin que se oyera otra cosa que el rodar de los carruajes y el martilleo de las herraduras de los caballos sobre el empedrado, sin que nadie se asomara, ni volteara la cabeza, ni hablara dos palabras, pareciendo como una huida hecha casi furtivamente en las primeras horas de la mañana. Sólo cuando dejaron atrás la garita y salieron al camino, los de los coches dieron señales de vida y los de la escolta encendieron sus pipas y conversaron.
El Emperador y su acompañamiento regresaron por la tarde á la capital, sin que Bazaine y los suyos les hicieran los honores de la recepción como en otra» veces. El Mariscal no ignoraba el viaje de la Emperatriz y su objeto: tenía buena policía en Palacio y conocía los menores detalles, pero se hizo el desentendido y sólo se ocupó en escribir cartas á Francia haciendo de lo que pasaba la relación que le pareció conveniente. Bastante frías estaban en esos momentos sus relaciones con la corte de Maximiliano para que demostrara por lo que se hacía otra cosa que la más profunda indiferencia. Ya entonces sólo se cruzaban cartas muy frías yalgunas veces eran algo groseras las que dirigía el jefe francés al que se titulaba Soberano de México, versando esas cartas sobre asuntos militares en lo general y diciendo en ellas por su parte cosas distintas de las que hacía y las que meditaba. Por ejemplo, tenía instrucciones de ir reconcentrando poco á poco sus tropas, separándolas de los lugares lejanos, y al Archiduque le asegurabaque iba á emprender una campaña activa y á recuperar las ciudades y los puertos perdidos.
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Hemos dicho que de las cuatro damas que acompañaban á la Emperatriz, una era joven é iba cubierta con un velo espeso que no llegó á levantarse mientras en la comitiva iban incorporados Maximiliano y sus gentes: luego que se despidieron se lo levantó y ya pudieron verse sus hermosas facciones y algunos que la conocían murmuraron por lo bajo: ¡Es Aurora, la sobrina del coronel Cisneros!
Ella era en efecto. La princesa Carlota con el consentimiento de la joven, para evitarle las celadas que pudieran ponerle, la había depositado antes en la casa de una de sus amigas de confianza y en seguida le había propuesto llevarla á Europa, en lo que también consintió, la joven, dejando escritas algunas cartas para su familia, para sus primas, para el periodista Pérez y para su amante Ernesto. Después sabremos quizás lo que decía esta última carta.
Entre tanto para no truncar nuestra relación y á reserva de retroceder para que no nos queden sin referencia algunos sucesos de importancia, seguiremos con la taciturna comitiva de la Archiduquesa que llegó á Veracruz el 13 por la tarde embarcándose inmediatamente. Le esperaba ya el vapor Emperatriz Eugenia y en él entró con toda su gente.
En el tránsito hubo su animación, dirigida por las autoridades imperialistas, y Carlota procuró siempre disimular las mil contrariedades que la afectaban; pero por más que hubiera músicas, banquetes y discursos, una nube de tristeza se cernía sobre las cabezas de los viajeros, que de más á más llegaron á la embarcación en día 13, circunstancia que califica-
A ¡as cinco/ media levó <3ic'a: 9! vdpov y '•$ rob&sns perranec/o robre cubierto
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ron de mal agüero los marinos y las gentes supersticiosas.
A las cinco y media de la tarde levó anclas el vapor y la Soberana permaneció sobre cubierta hasta que se perdieron de vista las costas mexicanas. Los que la vieron entrar á la ancha cámara del capitán que le fué cedida para el viaje, notaron que llevaba los ojos llorosos y que había lanzado hondos suspiros.
— Amiga mía, dijo á Aurora que casualmente estaba de servicio y esperándola de pie en la cámara, ¿no estás triste?
— Mucho, señora. Aunque vengo por mi voluntad y aunque me creo muy honrada con viajar en compañía de V. M:, siempre causa profunda pena separarse de las personas que se aman, sin despedida.
— ¡Pobrecita de mi Aurora! Bien hubiera querido yo separarte de tu hogar en circunstancias más propicias y proporcionarte un viaje de recreo; pero no todo lo que se quiere se puede.
— Comprendo la situación, señora, y tengo suficiente fuerza de voluntad para resignarme.
— Quizás luego que nos pasen á ambas estas primeras impresiones, lograremos ponernos alegres.
— Así lo deseo, señora, y lo que siento es no ser muy espiritual, para procurarlo deade ahora.
— Sería inútil. Ni tú ni yo podemos tener el ánimo, tranquilo. Tú debes venirte acordando constantemente de tu prometido de quien no hemos logrado adquirir noticias ciertas, de tu familia, de tus amigos. Yo ... . ¡tengo tantas cosas en qué pensar!
— Señora
— Sí, muchas, muchas. Sentémonos.
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Se sentaron y luego Carlota dijo lo siguiente como
hablando consigo misma: — Dejo sólo y por mucho tiempo á Maximiliano
que únicamente conmigo se completa. Lo dejo sólo quizás cuando más me necesita, cuando está tan rodeado de malvados y áe intrigantes. ¿Quiénes son en México sus verdaderos amigos? ¿Quién le dará el menor consejo con desinterés y sin segundas miras? ¿Quién se sacrificará por él cuando necesite de héroes y de mártires? El tan débil, tan vacilante, tan vago en sus apreciaciones, tan poco firme en sus ideas, tan poco seguro de las medidas que dicta, ¿qué hará el día en que se le presenten dificultades que le parezca imposible combatir y vencer? Es cierto que me ha jurado no abdicar mientras yo no regrese; pero ¿me lo cumplirá luego que se vea asediado de continuo por Bazaine y por todos los que van empujándolo al abismo? Yo no podía hacerme dos y tuve que abandonarlo...* era preciso, era preciso.... mi deber, mi alto deber de Emperatriz me decía á gritos que en mis manos estaba la salvación del imperio .... ¿por qué no había de apresurarme á cumplir con mi santa misión? Después, cuando vuelva será tiempo todavía de ponerlo en el buen camino, si es que se ha descarriado. Vuelva yo con mi maleta llena de millones y de documentos positivos que no representen vanas promesas, vuelva yo con las verdaderas bendiciones del Santo Padre que nos libren de las intrigas del clero mexicano, y aunque sea después de tres ó cuatro meses, siempre llegaré en buena hora para deshacer las maquinaciones con que hayan logrado hundir en no sé qué abismo á
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Maximiliano. Yo le he aconsejado riña y mil veces que viva alerta, que desconfié de todos, que no mueva un pie sin que el otro esté firme, que obre con prudencia y á la vez con energía, que á nada se comprometa, que no quite los ojos de nuestra dignidad imperial, que lo entretenga todo de la mejor manera posible mientras yo regreso. . . . pero apenas salgo, apenas llevo unos cuantos días de estar separada de su lado y ya me parecen siglos.... ¡Dios mió! dame valor, ¡Dios mío! protójeme, ¡Dios mío! danos á mi marido y á mí las suficientes fuerzas para salir con bien de la ardua empresa en que nos hemos metido ....
Y como si esta oración no bastara, cayó de rodillas y exclamó: — ¡Padre nuestro que estás en los cielos. . .
Aurora algo sorprendida ante todo aquello que oía y de que no podía formarse entero juicio, se arrodilló también y la ayudó á rezar.
El resto del viaje no tuvo peripecias y la Emperatriz Eugenia atracó en los muelles de Saint-Nazaire
en la mañana del dia 8 del siguiente mes de Agosto. Carlota con sus gentes y con las que salieron á recibirla entre las que se encontraba el ministro Plenipotenciario D. Juan Nepomuceno Almonte, llegó á París y se alojó en el Gran Hotel en donde de antemano se le habían preparado espléndidas habitaciones. Aunque no estaba anunciada oficialmente su visita á Napoleón, comenzó á chocarle que por parte de esto no se le hiciera ninguna clase de recibimiento.
Tanto el príncipe de Metternich, embajador de Austria como Gutiérrez Estrada y otros personajes, la
tranquilizaron á este respecto> enseñándole los diarios en que por orden del gobierno se había desmen-
374 LEYENDAS HISTÓRICAS
tido la noticia de su viaje, reputándola como una fábula. En consecuencia había motivos para creer que en el palacio de Saint-Cloud, donde estaba la corte por el momento, se ignoraba que la soberana de México hubiera llegado á París.
Al dia siguiente que era el 10, después de haber pasado el anterior con la mayor ansiedad se consideró ya muy feliz á las seis de la tarde cuando se le anunció la visita de la Emperatriz' Eugenia, y otras damas y caballeros de alto rango. Tal visita no revistió ninguna importancia; pero Carlota estuvo gozosísima y ya se consideró autorizada para presentarse al dia siguiente en Saint-Cloud.
¡Por fin iba á ver con sus propios ojos hacia que lado se inclinaba la balanza en que se iban á pesar sus destinos y los de su querido Maximiliano!
Si Napoleón, si aquel hombre sombrío y falaz consentía en tenderles una mano verdaderamente amistosa, estaban salvados.
Casi no durmió aquella noche en medio del gozo que le había proporcionado la visita de Eugenia y las zozobras que sentía al pensar en la entrevista que tendría al siguiente dia con Napoleón III. A ' media noche se levantó y oró: Aurora la oyó murmurar:
— Dios mío, dame fuerzas, dame elocuencia, dame mucho valor para luchar brazo á brazo con ese hombre.
Amaneció el dia y se puso en marcha con su comitiva para llegar á Saint-Cloud exactamente á la hora que ella misma había fijado la noche anterior.
Fué recibida galantemente por la familia del Emperador menos por este que no se presentó.
MAXIMILIANO 375
—Y S. M? preguntó al fin Carlota á la Emperatriz Eugenia.
— Está muy indispuesto, muy indispuesto, contestó.
— ¡Oh! ¡que contrariedad! Necesito absolutamente hablarle.
— Se lo mandaré avisar.
— Sería un favor tan grande para mí, hermana mía.
Napoleón se negó hasta tres veces, pero la princesa Carlota declaró que no se saldría del Palacio sin verlo y de tal modo siguió insistiendo que la misma Emperatriz Eugenia fué y se lo trajo.
— Señor, exclamó la desolada princesa cayendo de rodillas ante el soberano de Francia, dígnese V. M. escucharme.
Napoleón la levantó galantemente y la introdujo en su despacho. Allí mientras él se paseaba de un lado á otro con los brazos cruzados por la espalda, ella habló, habló mucho del nuevo imperio mexicano,, de la protección que le debía la Francia y hasta llegó á decir que sería una cobardía que se abandonara á Maximiliano á su suerte cuando el mismo Emperador francés había dicho en ocasión solemne que su intervención armada en México era la página más gloriosa de su reinado. En resumen, le pidió Carlota á Napoleón m lo siguiente: cuadros completos de oficiales instruidos para formar el ejército mexicano; la relevación de Bazaine por Douay ó cualquier otro general; aplazamiento hasta Abril de 67 para la retirada del ejército francés que había en México y un respiro de dos años para el pago de la deuda.
376 LEYENDAS HISTÓRICAS
Hubo una especie de altercado entre el soberano de Francia y le embajadora de México; pero después de muchas palabras y muchas reconvenciones dijo el primero:
— Lo pensaré, lo pensaré y más tarde. ... veremos.
Carlota comprendió que era fuerza retirarse y se despidió poniendo antes un memorial en las manos del Emperador francés en el que contestaba Maximiliano á todos los cargos que se le habían hecho y explicaba ampliamente su conducta y achacaba todo cnanto malo se había hecho á los jefes expedicionarios: ofreció la gran dama seguir concurriendo á Saint-Cloud hasta ser despachada y concurrió en efecto y se le dio á entender en cuatro conferencias más con Napoleón ó con sus ministros que conservara la esperanza, á la vez que el de relaciones extranjeras daba seguridades al embajador americano de que la presencia de la Emperatriz Carlota en París en nada cambiaba la resolución del Emperador francés de retirar cuanto antes sus tropas de México.
El 18 por la noche dijo Carlota á su amiga Aurora después de volver de Saint-Cloud:
— Toda mi elocuencia se ha estrellado ante ese hombre de corazón de piedra. Mañana saldremos de esta tierra maldita.
Y para distraerse y pasear á la vez á sus convidados hizo un corto viaje por varias ciudades de Italia y de allí se embarcó en el vapor Neptuno para Miramar, encerrándose en sus antiguas habitaciones, cuyas ricas tapicerías fueron los testigos mudos de sus lamentos y del abundante llanto que derramó.
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— ¡Estamos perdidos! ¡estamos perdidos! murmura* ba frecuentemente.
Todavía se distrajo un poco asistiendo á las fiestas que se dieron en esos días en Trieste y en su mismo castillo de Miramar; pero era necesario apurar todo el cáliz de la amargura y después de veinte días de permanencia allí en que por fin supo toda la verdad, esto es, cuando ya no le cupo duda de que Napoleón solo la había entretenido con evasivas ú ofrecimientos insustanciales, pues que ya era público y notorio que había decidido retirar su protección á Maximiliano y recoger sus tropas de México, dijo ella el 17, después de solemnizar el 16 por una incomprensible ironía de la suerte las fiestas de la independencia de su nueva patria, que el 18 se dispusiera el viaje para Roma.
Alguno de sus allegados quiso convencerla de que tal vez iba á sufrir humillaciones infructuosas, de que el Santo Padre cerraría los oidos á sus súplicas, como los había cerrado el déspota de Francia; de que su salud podía correr peligro con aquellas sacudidas; de que lo mejor era volver desde luego á México y sacar de allí al Emperador ó fortalecerlo en la lucha, si acaso se debía seguir luchando; pero ella contestó casi con altanería:
— He traido una misión que yo misma me impuse y debo cumplirla hasta el fin.
El viaje fué dilatado de propósito, pues que llegó á la ciudad pontifical hasta el 26 y se alojó en el Albergo di Roma, que era el hotel más elegante, con toda su comitiva, en donde recibió por la noche la visita del cardenal Antonelli, secretario de Pió IX.
Hábil diplomático el tal cardenal, permaneció im-
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penetrable ante las múltiples preguntas que le hizo la princesa, contestando á todas con dulzura, pero sin que nada significaran sus respuestas.
— ¡Oh! estas aves de rapiña, exclamó la princesa luego que el cardenal se fué, son peores mil veces que todas las fieras de París.
Todos sus allegados se espantaron ante aquellas frases y cuando se retiraron no faltó quien dijera en el camino:
— Está muy rara la Emperatriz.
— Desde hace varios días está sosteniendo una lucha interior terrible, dijo otro de los cortesanos.
El día 27 se presentó en el Vaticano.
¿Qué fué lo que pasó entre ella y Pió IX? Nadie lo supo ni nadie lo sabrá jamás; pero el hecho fué que las personas que habían ido en su compañía hasta las antecámaras, la vieron salir con el semblante descompuesto, con la mirada extraviada, con las facciones todas desencajadas, con la cabellera suelta, con los puños crispados y pronunciando palabras incoherentes.
La crisis pasó por entonces como habían pasado otras en que la Archiduquesa se exaltaba pareciendo traspasar los linderos de la razón; pero siguió en los demás días hablando con el Papa y el día 29 entró como un torbellino hasta donde él estaba, se la abrazó y le dijo con una exaltación terrible:
— Napoleón me ha propinado un tósigo, Santo Padre, el embajador Velázquez de León y yo estamos envenenados!
Pió IX, que era el único hasta aquellos momentos que había sospechado toda la terrible situación y
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que se sentía presa de algunos remordimientos, hizo* esfuerzos poderosos para calmarla y luego para reponerla en la salud sin que nadie lo notara, procurando que la vieran, la observaran y la curaran sus médicos de cámara.
Todo fué en vano. Carlota decidió dormir en la misma residencia papal, porque estaba completamente bajo el dominio del delirio de la persecución. Todos los íntimos de la princesa exclamaron entonces á una:
— Napoleón y el Papa la han perdido para siempre.
Era verdad: la pobre joven que se decía Emperatriz de México, estaba loca!
CAPITULO XXXV
EL MES DE OCTUBRE
1 1 OCABA ya á sus fines el mes de Octubre
H La casa del coronel Cisneros que había permanecido por varios meses como desierta y deshabitada, volvió á iluminarse una noche con motivo de haber convocado Doña Asunción á sus contertulianos para que tomaran una taza de té en familia como en días mejores.
— Me muero de fastidio, había dicho al coronel, ya no voy al Palacio ni tengo nada que hacer allí, ya nadie me visita y experimento cierta necesidad de soltar la lengua.
— Está bien, está bien, le había contestado Don Tirso, con tal de que no cometas indiscreciones.
— Ya sé que ahora más que nunca debemos manifestarnos reservados sobre ciertos asuntos que no tocaremos.
— ¿ Con respecto á Aurora?
— No; ya todos saben que se la llevó la Empera-
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tríz. A lo que me refiero es á la posición nada grata que tenemos en la corte.
— ¿Posición? pero si no tenemos ya ninguna. Desde que no pudimos servir para el papel que se nos séllalo, nos pusieron con dos palitos en la calle.
— Pues de eso, de eso es de lo que no debemos hablar.
— Y es lo que principalmente han de preguntarte.
— Yo me pinto sola para eludir las preguntas impertinentes.
— Pues manda un recado con cualquier pretexto, porque la verdad es que yo también siento hambre de conversar con el módico, con el abogado y hasta con el periodista.
— Este es el único que no nos ha abandonado.
— Pero nunca viene cuando estoy en casa.
— También es cierto que viene pocas veces.
Y como se dijo se hizo: se mandaron recados y al oscurecer llegaron las parejas casi al mismo tiempo, pisándoles Pérez los talones como suele decirse.
A las siete había quorum completo en la sala.
Estaban encendidas las doce velas de la araña de cristal y las diez de los dos candelabros de metal amarillo, presentando la sala el aspecto de elegancia y la iluminación de los buenos tiempos.
Al principio la conversación fué lánguida: todos sabían con pormenores más ó menos exajerados cuáles
habían sido las aventuras de la familia Cisneros en Palacio y temían cometer alguna indiscreción exponiendo cualquier juicio sobre lo que pasaba en las esferas del gobierno y se limitaban á generalidades que á nada comprometían. Ninguno se atrevió á pre-
382 LEYENDAS HISTÓRICAS
juntar por Aurora una vez que se había querido mantener secreta su desaparición. El periodista, que tenía el alma un poco atravesada y que estaba acostumbrado á soltar la lengua todos los días con sus colegas, fué el que quitó la monotonía á la conversación.
— Por fin, exclamó, está confirmada la noticia de que entre Napoleón y el Papa hicieron perder la cabeza á la Emperatriz Carlota, por más que apenas se hayan atrevido los periódicos solamente á hacer indicaciones embozadas.
— Sí, afirmó Cisneros, creo que no hay en México quien no sepa que ha sucedido esa terrible desgracia.
— Las noticias malas vuelan.
— Lo mismo ha volado la de que Maximiliano se ha ido á Orizaba con objeto de estar cerca de Veracruz, dijo el abogado.
— A nosotros, exclamó Doña Asunción que se salía de la silla por hablar, nos lo ha estado contando todo el chambelán Genaro Lacroix.
— ¡Ah! ustedes tienen mil medios de saber hasta las cosas más secretas de la política, dijo la boticaria.
— Nó, ya no ponemos un pie en Palacio desde hace mucho tiempo.
— Pero en cambio Genaro, que es muy boquiflojo, nos cuenta todo. Ahora no está en México porque se fué con el Emperador.
— ¿Y qué es lo qué cuenta el chambelán? preguntó Camacho acercando su silla.
Doña Asunción bajando la voz dijo en tono confidencial:
MAXIMILIANO 383
— El Emperador ha pasado días muy amargos en Chapul tepec desde el momento en que supo la fatal noticia. La recibió, sin que cupiera género de duda, estando en un rico banquete. Ya casi no comió, y al día siguiente se fué á su alcázar dando orden de que á nadie se dejara llegar á sus habitaciones. Su médico el Sr. Bach, el Padre Fischer que es su director y algunos austríacos de los más íntimos, son los que han estado sepultados con él en el edificio guardando el duelo como si la princesa hubiera muerto. Por fin un día, sin que nadie lo supiera, escribió una carta á Bazaine conf iándole la resolución que tenía de marcharse. Parece que el Mariscal le contestó que era lo mejor que podía hacer. Lo supieron los ministros y con las caras muy largas fueron á informarse á Chapultepec de lo que pasaba. Allí el Dr. Bach les manifestó que era imposible que llegaran hasta el Soberano, porque estaba también propenso á abandonar el juicio si se le agobiaba con negocios. Insistieron en verle, no lo lograron y por fin el módico les dio con las puertas en las narices. Maximiliano volvió á escribir á Bazaine diciéndole que le hiciera favor dé poner suficientes escoltas en todo el camino de Veracruz, porque estaba más resuelto que nunca á abandonar cetro y corona. Bazaine, para divertirse con las caras que ponían los ministros, se los desembuchó todo: entonces firmaron una nota colectiva amenazando al Emperador con renunciar si persistía en su viaje. Parece que Maximiliano no les hizo el menor caso y siguió haciendo sus preparativos. El encargado de llevar la nota á Chapultepec fué el ministro Lares, quien tuvo que dejar el papel al Dr. Bach, porque este,
384 LEYENDAS HISTÓRICAS
como en la vez primera y como en todas las demás veces, no lo dejó pasar. Dice Genaro que daba lástima la actitud abatida de Lares y que aun el médico del Emperador quiso recetarle algo, considerándolo próximo á caer en cama. Ya saben ustedes lo demás: el Emperador salió el día 21 de Chapultepec con todos sus extranjeros, no siguiéndole más mexicanos que Rodríguez, Pradillo y un hijo de Uraga. . . ¡Ah! se me pasaba decirles una cosa muy importante y que ha quedado muy secreta: que Bazaine le dijo en una carta á Maximiliano que se fuera sin tener el menor cuidado respecto de México en donde conservaría el orden y que si los ministros insistían en dar su dimisión sería mejor, porque quedarían libres de ese estorbo y entonces podrían entregar el gobierno á Porfirio Díaz ó á González Ortega.
— ¿Pero es verdad eso? preguntó Camacho.
— Sí es verdad, exelamó Pérez, yo lo he oido decir en la redacción.
— ¿Y por qué elegirán á Porfirio Diaz? se atrevió á preguntar Leonor que era muy tímida, acordándose que á su lado podría estar Ernesto.
— Porque es el jefe republicano que está más próximo, contestó el coronel. Como ustedes saben, el día 3 derrotó á los belgas en el punto llamado «La Carbonera» y ahora no cabe ya duda de que se ha apoderado de Oaxaca á viva fuerza, de modo que puede ya contar con un ejército de tres á cuatro mil hombres.
— De seis mil hombres, interrumpió el periodista.
— Poco importa el número: lo cierto es que ha vuelto á hacerse de toda la zona que le quitó antes
ir*
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Bazaine á costa de mucha sangre y mucho dinero;
— De modo que ahora los ministros ....
—Están que no les llega la camisa al cuerpo. Si renuncian, lo pierden todo, porque se entrega el gobierno á los republicanos; y si no renuncian, se ponen en ridículo porque les están faltando tropas, dinero y autoridad.
— Yo diré á u stedes, agregó Don Tirso que no podía así como así echar tierra sobre sus principios^ que si los ministros se saben revestir de energía, todavía pueden formarse un gobierno propio y quedarse con la situación. Cuentan para eso con todo el dinero de la iglesia á la hora que lo necesiten.
— ¡Ah que mi coronel! exclamó el periodista, parece que no conoce usted á los venerables obispos
— Pues el caso es que ellos son los que más pierden si se va Maximiliano.
— Ellos buscarán el modo de seguir atizando la discordia sin que les cueste un centavo.
— ¡Señor Pérez!
— Los conocemos usted y yo, mi coronel, los conocemos.
— Pues yo lo que sé es que tienen al P. Fischer puesto al lado del Emperador, cuyo sabio sacerdote les ha asegurado que todo se allanará.
— ¡Ah! dicen que ese P. Fischer es un hombre terrible, murmuró el Doctor.
— Ya lo creo, siguió diciendo el coronel, aparte de su buena presencia, sabe meterse por el ojo de una aguja y tiene bien cogido de las 'arcas á S. M. Aquí el clero tiene en él tan grande confianza, que lo consideran de más tamaños que al mismo Bazaine. To-
386 LEYENDAS HISTÓRICAS
dos los días estuvo hablando con los ministros y con los dignatarios de la Iglesia antes de marcharse y parece qne les ha dado seguridades de que sus proyectos no fracasarían.
— ¿Qué proyectos? preguntó el periodista. — Esos vaya usted á preguntárselos: solo los que están muy en el fondo de los negocios pueden saberlos.
— Es particular que un periodista pregunte algo, murmuró Dofia Laura de Camacho, que pocas veces tomaba la palabra sino era para dar algún mordisco; los periodistas tienen que saberlo todo.
— Para eso precisamente preguntamos, para saberlo todo, contestó Pérez: no hay ninguno entre nosotros que sea adivino.
— Lo que sí es cierto es que á los periodistas me los tienen ahora metidos en un zapato, dijo el Doctor riéndose.
— Sí, la libertad de imprenta está cada día mas restringida por los franceses: ya suprimieron La Sombra, El Buscapiés y otros, sin escaparse ni Mr. Barres, redactor del periódico francés L'Estaffette, 4e una advertencia, por haber dicho el día 23 que la salida de S. M. era una escapatoria.
Todos se rieron de esta ocurrencia del periodista, por más que algunos de los presentes fueran respetuosos admiradores del Emperador.
— En cambio, La Patria, de los ministros, dijo el .mismo día con toda impunidad que el mariscal Bazaine quedaba encargado solamente de apoyar en el ramo militar al gobierno.
— No hubo tal impunidad: le valió también una ad-
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vertencia del Mariscal que no permite se le pare una mosca encima.
— Vamos á ver, señor periodista, ¿y qué nos dice usted de la llegada del general Castelnau?
— Que este ha llegado como tantos extranjeros que vienen desde que hay aquí un imperio austrobelga, contestó Pérez.
— Pero este no es belga ni austríaco, insistió el Doctor, sino general francés y de los más allegados al Emperador Napoleón.
— Quiere decir que vienen muchos extranjeros, unos á ver lo que pescan estando el río revuelto, otros á ofrecer sus servicios de prensa en todas partes del globo y otros, como ese Castelnau, con alguna comisión diplomática ó financiera, según se dice ahora.
— Yo diré á ustedes á lo que ha venido Castelnau, intervino el abogado, porque un amigo mió lo supo casualmente en casa del ministro de relaciones. Ha venido á ver cómo le mete zancadilla á Maximiliano.
— Expliqúese usted con claridad, dijo Doña Asunción.
— No puedo ser más claro. Trae la misión de decirle lisa y llanamente: Napoleón m quiere que abdique usted y para obligarlo va á quitarle los recursos interviniendo las aduanas; va á quitarle las fuerzas llevándose el ejército francés y va á tratar con el gobierno republicano de México después de haber tratado con el gobierno republicano de los Estados Unidos.
— Pero esa sería una traición, gritó el coronel. •
— Napoleón DI está acostumbrado á ellas y aquí
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ínter nos, ha traicionado á Maximiliano desde antes que se fuera la Emperatriz. Precisamente fué uno de los motivos que la volvieron loca, que el Bonaparte ese se negó del todo á respetar la convención que firmó en Miramar.
— Pero S. M. no quiso hablar en Ayotla con ese general Castelnau, ¿es cierto?
— Sí, primero, Maximiliano estaba resentido porque tal enviado ha venido haciendo de propósito más de veinte días desde que salió de Puebla, y luego porque ya supo de cierto cual era la misión qué traía. Ahora Castelnau, si quiere cumplirla, tendrá que ir á Orizaba.
— Dentro de poco se irán todos para allá.
— Y el único que se quedará riendo aquí será el mariscal Bazaine, porque es el que tiene el pandero en las manos.
Después de esta conversación y de haber analizado un poco la cuestión militar, pues que los republicanos ya comenzaban á tener victorias de importancia, avanzando como una avalancha de la circunferencia al centro, los contertulianos convinieron sin esfuerzo en que la situación del gobierno imperial era más precaria de lo que á primera vista parecía, y á las nueve de la noche se dirigieron al comedor á tomar una taza de té acompañada de varías golosinas.
Pérez se llevó del brazo á Beatriz y la preguntó por lo bajo:
—¿Qué noticias hay de Aurora?
— Está,» en Trieste y regresará á México luego que
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haya una familia con quien acompañarse. ¿Y de Ernesto? preguntó á su vez Beatriz.
— Nadie sabe nada, ni su misma familia, desde hace unos ocho meses en que andaba por el sur de Guerrero con fuerzas oaxaquefias.
A las diez se despidieron y cada cual tomó el rumbo de su casa.
CAPITULO XXXVI
LAS VACILACIONES DE MAXIMILIANO
AXIMILIANO llegó á Orizaba con unos doscientos bultos de equipaje á las cuatro de la tarde, haciéndole los honores militares el coronel francés Peirier con la guarnición, que le formó valla é hizo un disparo de veintiún cañonazos. Le sirvió de alojamiento la misma casa de Bringas que había ocupado en otra época más feliz cuando llegó de Europa lleno de ilusiones á regir un imperio en donde según le habían dicho encontraría todos los brazos abiertos.
Su viaje había tenido pocas peripecias: sus conversaciones con los belgas y austríacos que lo rodeaban, como médicos, cortesanos y consejeros, no tuvieron otro tema que el de la abdicación.
Los más prudentes, los más juiciosos le decían:
— Abdicad.
Los más necios, y los más interesados en que persistiera una situación que se desmoronaba y princi: pálmente el Padre Fischer, le repetían:
MAXIMILIANO 391
— No abdiquéis.
Y el pobre Archiduque seguía estas diversas inspiraciones diciendo un día:
— Abdicaré, es fuerza abdicar.
Y al otro:
— La Europa entera se reirá de mi abdicación. Na abdicaré.
Cuando llegó á Orizaba [y se vio aclamado por la multitud, se le oyó exclamar casi con lágrimas ea los ojos:
— ¡Y había yo de abandonar á tantos partidarios como tengo!
Pero al día siguiente después de haber dormido* bien con la fatiga del viaje y habiéndose aconsejada de su almohada mandó la mayor parte de sus equipajes á Veracruz para que fueran depositados en el buque de vapor austríaco que le estaba aguardando para llevárselo.
El Padre Fischer escribió luego á México:
«No se alarmen ustedes por este paso del emperador que parece decisivo, cuento con su carácter voluble. Si logro detenerlo quince días más es nuestra la partida. >
Quienes más empeño tenían naturalmente en que se ganara la partida, esto es, en que no se fuera Maximiliano, eran los individuos del alto clero, porque ya les había dado por las narices que Napoleón ÓI quería dejar en México un gobierno liberal que le reconociera sus créditos; y un gobierno liberal ó cualquiera otro que pudiera formar Bazaine, seguro dejaría fuera del poder al clericalismo, y lo que es más, sin esperanza de volverse á juntar nunca con
los bienes nacionalizados. La política entonces estaba adherida á lo que se llamaba la mano muerta, y la mano muerta se llamaba á los bienes del clero, seguramente porque procedían de lo que le habían dejado los difuntos en sus testamentos ó porque se encontraban estancados, es decir, muertos para toda industria y para todo progreso.
Un austríaco Herzfeld, que se llamaba consejero de Estado y que había recibido orden de permanecer en México arreglando ciertos asuntos, abandonó estos para ir á esperar en Orizaba á Maximiliano, como uno de los más empeñados en la abdicación.
— Sire, le dijo abordándolo al segundo día, después de disculparse de su apresuramiento en acudir y de su desobediencia, ya estamos á corta distancia de la salvación. ¿Nos embarcaremos mañana?
— Todavía no, le contestó el archiduque, hay mucho que hacer antes de que abandonemos este suelo.
— No veo nada que nos detenga urgentemente, Majestad: todo está dispuesto para la marcha.
— Todo no, Herzfeld. Hay muchos extranjeros que han venido siguiéndonos á quienes no podemos dejar abandonados; hay también muchos mexicanos imperialistas comprometidos.
— Poniéndose V. M. en salvo, cada uno de los demás procurará buscar salida. Allí queda aun Bazaine con sus tropas y él se encargará de dar protección á todos.
—¿Y los que en mi nombre combaten en todas partes?
. — Esos seguirán batiéndose lo mismo por cualquier fantasma de gobierno que se les deje.
MAXIMILIANO 393
— Pues aun para dejarles ese fantasma de gobierno necesitamos tiempo. ¿Qué gobierno les dejamos?
— Una regencia, un ministerio, un lugarteniente, una junta de notables, cualquiera cosa. Vamonos, vamonos pronto.
— Harzfeld, mañana quizás pronunciaré mi última resolución.
El Padre Fischer que estaba acechando, entró al gabinete imperial luego que vio salir á Herzfeld y dijo á Maximiliano:
— Señor, he visto á Herzfeld lívido de miedo: le parece que los chinacos de Juárez le vienen pisando lo& talones. Es un hombre que está muerto moralmente. No hay que creer en sus palabras porque no tiene ya sangre fria para raciocinar.
— En efecto, contestó Maximiliano: me aconseja que nos hagamos á la mar inmediatamente.
— ¡Pérfido consejo por vida mía! Como si el hombre á quien con tanto entusiasmo ha confiado un pueblo sus destinos, y un hombre de estirpe real, pudiera volverle la espalda al peligro y huir cobardemente deshonrándose.
— Fischer, Fischer, los términos son duros.
— Son los de la verdad, Señor; son los de un verdadero amigo y vasallo que quiere no solo que se salve la vida de su soberano, sino antes que todo su honor que es lo principal.
— Mi honor está á salvo desde que Napoleón no ha cuidado del suyo.
— ¡Cómo!
— Los términos de nuestra convención los conoce todo el mundo. El se comprometió á sostener mi
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trono, á apoyarme con su ejército por determinado número de años, y desde ei momento en que él no cumple su palabra, yo no estoy obligado á mantener . la mía.
— El argumento es fuerte, pero especioso. V. M. no juró ante Napoleón sino ante los mexicanos mantener su corona en las sienes.*
— Los mexicanos me rechazan. Grandes turbas siguen á Porfirio Diaz, á Corona, á Escobedo y á Juárez.
— V. M. lo ha dicho: son las turbas: Los hombres de bien, los decentes, los ilustrados, los ricos, los que valen, son, todos imperialistas. Además, á estos imperialistas los siguen los buenos militares como Mejía y Méndez y todas las clases trabajadoras de las ciudades y de los campos. ¿Acaso V. M. no es aclamado en donde quiera que se presenta?
— Es verdad.
— Pues es el verdadero pueblo el que lo aclama.
— Sin embargo, mi determinación está tomada: yo abdicaré y lo único que deseo es que ustedes mis buenos amigos, me ayuden á encontrar la buena forma.
— Eso es lo que queremos todos: que quede á salvo el honor de V. M. con una forma correcta. Ven drá la abdicación; pero en el momento oportuno, esto es, cuando falten los buenos cimientos al trono.
Conseguido lo que quería, el aplazamiento, Fischer salió de la habitación imperial para ir á comunicar á sus parciales lo que pasaba y para que se apresuraran por su parte á mover las teclas que pudieran.
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Los otros extranjeros que rodeaban á Maximiliano le hablaban unos en favor de la abdicación y otros en contra y más lo hacían fluctuar entre ambos pareceres; concluyendo á la postre con dar orden á Herzf eld de que se marchara á Europa para preparar bien la opinión en favor del regreso, una vez que á tal individuo como decía el Dr. Bach el suelo mexicano le quemaba las plantas.
Por consejos de Fischer se nombraron comisiones de Puebla y de otras ciudades compuestas de personas principales para rogar al Archiduque que no abandonara el trono, y el Archiduque les contestaba, sin comprometerse á nada, que estaba meditando el paso final, que de todas maneras iría procurando dejar asegurados los intereses de los imperialistas comprometidos.
El edificio imperial estaba pues en esos momentos, si no desplomándose, al menos sufriendo trepidaciones, bamboleos, desquiciamientos, como si lo azotara la más furiosa de las tempestades y estuvieran sus cimientos á flor de agua. Era como una barca sin timón, cuyos tripulantes hacían apenas débiles esfuerzos para que no se fuera á pique.
En los días siguientes mientras Maximiliano arreglaba sus cuentas personales, escribía cartas de despedida y dictaba el plan para el viaje que en una semana próxima iba á emprender: el Padre Fischer estableció en su gabinete un «club anti -abdicacionista» compuesto de Scarlett ministro inglés que había ganado á su causa, Sánchez Navarro, el ministro Arroyo, los comisarios, el ayudante Ormachea, y otros restos de la extinguida corte, entre los que fi-
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gurabaa tres ó cuatro personajes mexicanos que se daban el título de hombres de Estado, y en este club se tramaba todo lo que podía servir para contrariar los trabajos de Bazaine, del Dr. Bach y de otros abdicacionistas.
El 8 de Noviembre Maximiliano dictó resoluciones que parecieron concluyentes. Anunció oficialmente su vuelta al ministro de relaciones de Austria y mandó su despedida con sus últimas instancias al mariscal Bazaine. Los del Club contrario á la abdicación, se consideraron perdidos. De un momento á otro sería esta publicada, pues hubo quien dijera que ya la había visto escrita del puño y letra de Maximiliano; pero el día 9 desembarcaron en Veracruz los generales Márquez y Miramón, y todos los conservadores que había en Orizaba se restregaron las manos exclamando:
— ¡Estamos salvados!
El mismo Maximiliano sintió como que circulaba algo de más calor en sus venas, que á pesar de la buena temperatura, estaba sintiendo muy frias, y también se aventuró á decir en la mesa á sus íntimos:
— Al fin que todavía tenemos muchas semanas disponibles para partir, nadie nos exige el apresuramiento, esperaremos á saber qué ideas nuevas nos traen estos generales.
Y tal regocijo sintió Maximiliano luego que vio á Márquez, que corrió á su bufete y sacó una Gran Cruz de la Águila Mexicana, de cuyos dijes estaba bien aprovisionado, colgándola al cuello de este general como si acabara de obtener una victoria, aun-
Márquez y Minmori, dieron un verdadera asalto i Maximiliano.
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que el pretexto para tal premio, fué el de los buenos servicios diplomáticos.
Ya sabemos por la historia lo que fué la embajada de Márquez.
Luego se llamó también á Miramón que estaba medroso porque volvía al país sin licencia.
Estos generales, luego que estuvieron bien aleccionados en el Club de Fischer, abordaron la cuestión. Miramón y Márquez dieron un verdadero asalto á Maximiliano.
— No abdique V. Mv le dijo Márquez: nuestras espadas tienen buen temple para sostener el trono.
— Yo, le dijo Miramón, con inferiores recursos y elementos á los que hay ahora disponibles, sostuve el poder dos años y hubie ra triunfado en Veracruz si no interviene la escuadra de los Estados Unidos.
— ¿Y no volverá á intervenir la misma escuadra? preguntó Maximiliano con sorna.
— Ahora lo pensará mucho el gobierno americano antes de hacer cosa semejante porque V. M. tiene á la espalda á Francia, Austria y Bélgica.
— Y también á Inglaterra y España, agregó Márquez, interesadas en sus créditos.
— Ahora, dijo Miramón con entusiasmo, teniendo un pié veterano de diez mil hombres austríacos y belgas y con los franceses que quieran quedarse y organizando nosotros un ejército de veinte mil hombres, sin contar con los que están combatiendo que son ya algunos miles, dominaremos en ocho meses á las chusmas de Juárez.
— En cuatro meses, interrumpió Márquez: yo me
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comprometo á causarles la primera derrota que les
hará no volver á levantar cabeza.
— Organizaremos también contraguerrillas, añadió
Miramón. — Y nos aprovecharemos de la división que reina
en el campo republicano ahora que González Ortega
y Santa Anna aspira cada cual por su lado á la
Presidencia.
Maximiliano pareció animarse y estuvo un momento pensativo ante estos y otros ardorosos ofrecimientos, después contestó pausadamente:
— Muy agradecido estoy á ustedes, mis queridos generales, de su decisión y fidelidad, y crean que si llegara á vacilar en mi determinación que considero irrevocable, en nadie más que en ustedes fundaría
mis esperanzas para el porvenir.
— ¡La plaza está rendida! ¡la plaza es nuestra! exclamó Fischer luego que se le reprodujo palabra por palabra esta conversación.
Maximiliano dijo al día siguiente á los que lo rodeaban:
— Que vaya el ministro Arroyo á México á conferenciar con Castelnau para saber si el gobierno francés me deja al menos libertad de acción.
Y fué Arroyo y ni él ni Lares pudieron arrancar á los franceses su secreto; y mas se afanaron todavía sin conseguir nada; pero los días pasaban y el suelo quemaba. . . . Entonces Maximiliano dirigió una carca al Mariscal Bazaine para que él, el ministro y el general Castelnau le dijeran categóricamente á qué debía atenerse, una vez que su propósito firme era tirar la corona;
Entonces los tres franceses cayeron en el garlito y
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juzgando ya como un hecho efectivo la abdicación, contestaron que ellos se encargarían de reembarcar á la legión austro -belga, y de liquidar los licénciamientos; de dar el dinero que se pedía para la familia de Iturbide y de arreglar las cuentas que quedaran pendientes con el nuevo gobierno.
— ¡Con el nuevo gobierno! exclamó Maximiliano lleno de cólera, luego es cierto que me están traicionando, luego es verdad que Castelnau trae instrucciones para tratar con los republicanos . . .
Y cayó en un abatimiento profundo.
Pero en seguida recibió una carta de Eloin, de su querido Eloin, fechada en Bruselas en que le abría los ojos respecto de la duplicidad de Napoleón y en que le aconsejaba que no abandonara la partida antes del regreso á Europa del ejército francés, para darle siquiera ese chasco al autócrata de las Tullerías.
Entonces dijo á sus íntimos:
— Señores: Eloin es el único que piensa con juicio y el único que va conforme con mis deseos y con mis aspiraciones: es necesario hacer un llamamiento al pueblo mexicano para que exprese libremente su opinión. Si quiere el imperio, tendrá el imperio conmigo si acaso acepta mis condiciones ó con cualquiera otro que designe; si quiere la república, entregamos la situación á los republicanos.
— Nequamquam, contestaron por lo bajo los conservadores, lo que interesa es que ganemos el último albur, aunque sea con trampa.
Todavía el día 20 de Noviembre puso un mensaje
400 LEYENDAS HISTÓRICAS
Maximiliano á Bazaine reprochándole que no hubiera acudido á su llamado, y el cual terminaba así:
«Mi único deseo es nombrar una regencia provisional mientras se apela á la Nación y se dan los pasos necesarios para convocarla; en fin, buscar protección para los imperialistas, sin mezclarme en nada de lo demás.»
Ese mismo día llegaron á Orizaba los ministros y
los consejeros de Estado, para que en junta general propusieran las medidas que debieran adoptarse. ¿El
P. Fischer tornó á apretarse las maqos exclamando:
— Parece que hemos ganado la partida!
capitulo xxxvn
CINCO MM EN CAMPAÑA
OMO se ha visto, Maximiliano aparentó vacilar mucho respecto de su abdicación, pero en el fondo lo que menos deseaba era firmarla. Fueron mayores y más convincentes las razones que le dieron los que le aconsejaron que dejara el país, sobre todo menos sospechosas y más desinteresadas que las de los que tomaron empeño en que se quedase; pero seguramente eran estas las que más alhajaban su amor propio, las que iban conformes con sus sentimientos más Íntimos y por eso convocó en Orizaba una junta de consejeros, que no eran sino ios mismos notables que dos afios antes le habían ofrecido la corona, para que ellos resolvieran la dificultad. Naturalmente que no podía esperar otra cosa, sino que estos le dijeran que no abdicara. Los monarquistas clericales por meno s probabilidades que tuvieran de buen éxito, siempre habían luchado con el partido liberal, pero ahora tenían de su parte la ventaja de contar ya
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con un príncipe extranjero que había sido su gran ilusión; tenían á quien echar de carnaza y de quien aprovechar los elementos exóticos de que estaba rodeado. Ellos solos, tenían que ser arrollados por las turbas juaristas; pero en compañía de un príncipe austríaco de sangre real, era cosa muy diferente. El tenía una legión austro-belga, contaba quizás con algún crédito en Europa y acaso con el clero y los ricos del país que no le cerrarían sus cajas y tal vez, tal vez, el mismo Bazaine, sin embargo de las instrucciones en contrario de Napoleón, podría facilitarle algunos elementos.
La junta dio el resultado que se esperaba: solo alguno que otro imperialista de buena f é opinó, ^n las sesiones que se celebraron, que Maximiliano debía seguir su viaje á Europa desde que no contaba ya con el apoyo de las bayonetas francesas, puesto que su partido no podía darle una nación pacífica para que la gobernara. La resistencia de los juaristas era tremenda, la actitud de los Estados Unidos contra la monarquía era formidable y y no debía sacrificarse á un inocente solo por caprichos injustificados. En cambio los del contra, esto es, los que estuvieron porque Maximiliano se quedara, fueron más, y armados de razonamientos apasionados -que cuando los espíritus no están serenos producen un efecto infalible, obtuvieron un triunfo completo.
Maximiliano les había sometido la cuestión en términos generales, diciendo que deseaba poner en manos del pueblo mexicano la misión que le había confiado, con motivo de la situación que les era conocida, y los -del Consejo haciendo á un lado los puntos que se les
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marcó para que los estudiaran, se salieron por la tánjante y discutieron y votaron esta proposición: no es decoroso ni conveniente admitir la abdicación del Emperador Maximiliano.
Este se hizo también de la vista gorda, y aunque lo que les había pedido eran medidas para poner en manos del pueblo la situación, fingió sorprenderse, aparentó creer que debía prestar obediencia á la decisión del Consejo, una vez que lo había llamado para que resolviera lo que fuera del caso, y entonces ya solo dictó á este condiciones, que eran imposibles de cumplir, para que él pudiera sostener en su cabeza la corona, tales como estas: Ia Reunión de un Congreso. 2a Arreglo de la situación hacendaría. 3a Quintas para formar el Ejército. 4a Colonización. 5a Arreglos con Francia. 6a Inteligencia con los Estados Unidos.
¿Cuál de éstas condiciones era posible cumplir por nadie y menos por aquellos consejeros en el estada de guerra en que se encontraba la Nación entera? ¿Qué congreso se reuniría en los momentos en que al imperio no le quedaban más que cinco ciudades guarnecidas y los republicanos eran dueños materialmente de las tres cuartas partes del territorio? ¿Qué hacienda podía arreglarse cuando la corte había despilfarrado en dos años más de ciento cincuenta millones de pesos, habiéndose quedado la mayor parte de ese caudal entre las manos de los usureros y prestamistas?
Sin embargo, los consejeros contestaron á todo que sí, que apechugaban con las condiciones, pareciendo les de sencilla ejecución, y Maximiliano dio por fin la gran campanada el día 30 del mismo Diciembre
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anunciando urbi et orbe que aceptaba la situación y que continuaba rigiendo los destinos de México con el título de Emperador.
Sorpresa general causó á las gentes juiciosas que contemplaban fríamente el aspecto amenazador que presentaba el país y la pobreza de elementos del imperio, así como gran regocijo á los que se consideraban perdidos desde el momento en que Maximiliano abandonase las costas mexicanas. Los primeros se golpeaban la frente, se cruzaban de brazos, exclamando: ¿también se habrá vuelto loco como su mujer el príncipe austríaco? — Los segundos decían: — Vamos saliendo por de pronto del atolladero en don • de estábamos metidos, que después, ¡quien sabe! quizás la suerte se canse de tenernos vueltas las espaldas.
Y el caso fué que estos últimos, de los que había un buen número en Orizaba, organizaron un movimiento público de regocijo, que el Emperador no se dignó aceptar, haciendo que su ministro Lares se presentara en su lugar á recibir las ovaciones, fingiéndose él enfermo.
Realmente en aquel momento en que era tan ruidosamente aclamado, fué cuando comprendió la gravedad de su situación, fué cuando dijo á sus íntimos los extranjeros que lo rodeaban y que en nada participaban de la bullanga de la calle:
— Es grato oir que todo un pueblo dirija ¡vivas! á su soberano, pero es más grata una vida tranquila en el hogar ¡ay! exclamó llorando, ya no tengo hogar desde que mi amada Carlota perdió el juicio, pero al menos consagraría á cuidarla todos mis días y todas mis noches.
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— V. M. puede todavía abdicar el día que le plazca, le dijo su médico.
— No, ya no es posible, ya estoy muy comprometido con estas gentes, y sobre todo, ¿á dónde voy ahora?
— Al Austria, quizás á reinar.
— Esa fué la salida que me propuso mi fiel Eloin y con cuyo fin fué á Europa á proponerla creyendo que todas las circunstancias serían propicias; pero las indiscreciones han hecho poner á mi hermano en guardia y ahora no podré ni siquiera pisar el suelo de Trieste.
— ¡Cómo! el Emperador se rehusaría á recibir á V. M?
— El Emperador mi hermano ha comunicado órdenes terminantes á todos los puertos y fronteras para que no se me deje pasar.
— En todo caso, murmuró el Padre Fischer, aquí queda un campo vasto para combatir y triunfar, tal vez en pocos meses.
Bien sabía el Padre Fischer que tocaba la cuerda sensible de Maximiliano, el cual se levantó muy reanimado y exclamó:
— Que se vayan en buena hora los franceses, nosotros sabremos sin ellos alcanzar la victoria. Contando con generales tan bravos como Miramón, Márquez, Méndez y Mejía, no se puede dudar del éxito.
Y para mejor significar el júbilo que esta espectativa le causaba y para dar un sello de mayor solemnidad á su resolución de aceptar la lucha con todas sus consecuencias, llamó al general Márquez y le condecoró en presencia de su pequeña corte con
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la Gran Cruz de la orden imperial del Águila Mexicana.
Los mismos ministros de Maximiliano se sonrieron con desdén ante esta distinción, por demás pueril en aquellos momentos, pero todos aparentaron creer que era muy merecida.
El mes de Diciembre fué notable por el gran número de combates que se libraron, en los que todavía se vieron brillar muchas armas francesas. Multitud de pequeños hechos de armas favorecieron á los imperialistas; pero los grandes, los principales, aquellos como el golpe que dio el bizarro coronel Eulogio Parra á una columna franco-traidora en el punto de la Coronilla y que determinó la huida del general Ignacio Gutiérrez con tres mil hombres y cuarenta piezas de artillería, de Guadalajara; como la ocupación de Monterrey, el Saltillo, Tampico, Matamoros y San Luis Potosí; como la pacificación de Sinaloa y Sonora, esos triunfos repetimos, pertenecieron á los republicanos.
En el momento pues en que los cinco hombres de la M. formaban su terrible alianza para destruir á la República y consolidar el imperio, esto es, cuando Maximiliano, Márquez, Miramon, Mejía y Méndez, desenvainaron sus espadas para provocar una lucha sangrienta, determinados á salir victoriosos, lo hacían bajo estos nada buenos auspicios: los franceses estaban reconcentrándose para cumplir las órdenes de Napoleón de embarcarse para Europa en los primeros meses de 1867; los Estados Unidos mostraban por medio de los hombres de su gobierno, una gran parcialidad por Juárez y la República Mexicana, conde-
40T
liando por medio de todos sus actos la institución imperialista; Porfirio Díaz había alcanzado tres victorias consecutivas en la Carbonera, en Miahuatlán y en Oaxaca, siendo ya dueño de la mejor zona militar en el Oriente de la República; el general Escobedo ejercía el mando sobre más de veinte mil hombres, ocupando ya todos los Estados del Norte, desde San Luis Potosí hasta el Rio Bravo y hasta Tampico: Corona era dueño de todo el Occidente, sin el estorbo de Lozada que se había declarado neutral en el Nayarit, de manera que extendía sus operaciones* desde Sinaioa y Sonora hasta Jalisco Colima y Michoacán; de Chihuahua á Durango avanzaba Dor Benito Juárez con su gobierno; y fuerzas republicanas de consideración ai mando de los generales Regules, Riva Palacio, Martinez, Rivera, Carbajal, CueUar, Alvarez, etc., etc., hacían correrías por diversos lados y algunos de esos arrojados jefes llegaban á presentarse varias veces en puntos muy inmediatos á la capital.
Esta era la situación en los momentos en que el alucinado Hapsburgo, creyendo que Márquez y Miramón eran los protegidos de Marte, los dos genios de la guerra, los invencibles Macabeos, los nuevos Bonaparte, se decidió á no abdicar y se resolvió á quedarse para disputarles á los mexicanos aquella corona que habían ido á depositar en su cabeza unos cuantos traidores, usurpando villanamente, falsamente, torpemente, el nombre de la Nación, que con labios impuros pronunciaron en el salón azul de Miramar.
Pero todavía así, tan mala cerno era la situación,.
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podían verla color de rosa, los que antes habían peleado con guerrillas y ahora disponían de algunos buenos batallones; los que habían comenzado su carrera militar con un cuartelazo y ahora tenían, aunque fuera por pocos meses, el respeto de 40,000 franceses que les cuidaban la capital; los políticos que no tenían más salida que la de la cerveza, según se dice vulgarmente; y el mismo Maximiliano que no quería volver á Europa con la cola entre las piernas, ni mucho menos verse arrojado de Austria, sobre todo, podía verla color de rosa entonces respecto de la intensidad con que poco después comenzó á ennegrecerse por los cuatro vientos. Los que vieron la situación tal cual era, fueron los ex-ministros que se pusieron á arreglar sus maletas para largarse con los primeros tercios de franceses que salieran, los obispos que también se alistaron para ocupar el centro en la partida y luego los indiferentes, los partidarios tibios que decían: — Una vez que se vayan los franceses, es seguro que al imperio se lo lleva patetas.
Ahora vamos á decir cuáles fueron las primeras operaciones de los cinco paladines una vez resuelta la lucha.
Mejía salió huyendo de San Luis Potosí con unos cinco mil hombres que le quedaban.
Miramón se arregló en México unos cuatrocientos soldados de los mejorcitos y luego fué á recoger los restos desmoralizados de los que venían huyendo del interior.
Márquez se quedó de reserva al lado de Maximiliano.
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Méndez se hizo fuerte en Morelia dispuesto á lanzarse por el rumbo que se le ordenara, siempre que fuera antes de que acabaran de rodearlo los republicanos.
Y Maximiliano dio uua proclama diciendo que se quedaba para sacrificarse por su pueblo.
Asf se pusieron las cinco MM en campaña.
capitulo xxxvni
CAMPO REPUBLICANO
Nía población llamada Matehuala perteneciente á San Luis Potosí, había una fonda bastante regular en una de las cabeceras de la plaza de armas, en cuyo establecimiento culinario se encontraban al medio día reunidos varios oficiales: los unos estaban almorzando, los otros ya habían concluido y seguían al rededor de las mesas bebiendo y charlando y algunos más siguieron llegando hasta no encontrar sitio en qué sentarse.
Pasaba por el pueblo una fuerte sección del Ejército del Norte con rumbo á San Luis, cuando recibió órdenes de quedarse allí en observación de los movimientos del enemigo. Esto era al menos lo que decían algunos de aquellos militares, una vez que los militares por más que esté n sujetos á la obediencia pasiva, siempre se permit en emitir opiniones sobre sus movimientos y muchas veces hasta censurar las disposiciones de los superiores.
No había ningún general en la reunión, pero sí co-
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róñeles, tenientes coroneles, comandantes y capitanes.
En una de las mesitas que se encontraban á la izquierda de la puerta y casi enfrente de una ventana que daba sobre la plaza, estaban comenzando su almuerzo un coronel y un comandante, ambos de infantería. Este último fué el que rompió la conversación diciendo á su acompañante:
— ¿Conoces á esos jefes que acaban de entrar?
— Uno de ellos, Martínez, pertenece al cuerpo de Rifleros del Norte. Los demás que ocupan las otras mesas son fronterizos.
— Sí, se conocen por el acento que tienen y por el desparpajo.
— Valientes todos ellos.
— Y patriotas que no hay más que pedir.
— Un poco provincialistas solamente, muy pagados de sí mismos.
— Es natural: han hecho tanto y tan bien en tan pocos meses que deben sentirse muy orgullosos.
—Orgullosos sobre todo de ser mandados por generales como Escobedo, Treviño y Naranjo.
Guardaron silencio y el coronel poniendo los codos sobre la mesa y cogiéndose las mejillas entre ambas manos se quedó muy pensativo.
— Te observo que estás triste de pocos días á esta parte, Ernesto.
— Y tengo muchos motivos, Ramón, tú lo sabes.
— Es verdad.
— Desde luego nos ha contrariado extraordinariamente que no pudiéramos volver al lado del general Porfirio Díaz, como fué nuestro deseo después que
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cumplimos con la comisión que nos llevó á Chihuahua.
— No te quejes, Ernesto: demasiada fortuna tuvimos con salir bien librados en una travesía tan peliaguda, y demasiada suerte tenemos ahora entre los tagarnos que no nos ven con malos ojos.
— No nos ven mal, es cierto, pero siempre somos para ellos unos estraños: siempre nos critican todo lo que pueden.
— Te diré que en el Ejército del Norte, no solo hay fronterizos, sino gente de toda la República.
— Sí, hasta yankees, franceses y belgas desertados. — ¿Y que más te contraría?
— Ya lo sabes muy bien, quisiera investigar, quisiera saber, quisiera volar, quisiera volverme invisible, ir por todas partes en un momento y saber todo lo que ha pasado con Aurora.
— Ya sabes mucho, según creo.
— Sé lo que ella me dijo en dos cartas suyas que me llegaron muy retrasadas, sé lo que me escribió Pérez hace unos seis meses y sé realmente lo que me contó el sargento Gallegos que estuvo de guardia en Palacio varias semanas antes de desertarse y pasarse al ejército republicano; he atrapado algunas noticias de esas que llaman volantonas en la charla de algunos comerciantes y pasajeros procedentes de la capital; pero todo ello no me aclara la situación convenientemente. Ignoro si Aurora se ha quedado con la loca de Miramar ó si ha regresado á México y en caso de regresar qué garantías ha podido tener para no caer de nuevo entre las garras de Maximiliano.
MAXIMILIANO 413
Ernesto lanzó un suspiro y mordió el pafiuelo que tenía en las muios.
— ¡Cuidado! exclamó Ramón, vas á hacer que se fijen los camaradas que están cerca de nosotros.
— ¿Y qué? ¿Acaso porque soy soldado no he de tener penas? ¿Soy insensible, no pertenezco al mundo?
Llegaban aquí de la conversación cuando oyeron una voz conocida en la calle y por la ventana vieron á un charro lleno de polvo que le preguntaba á un soldado:
— ¿A esta fonda dices que vienen ellos á comer?
— Sí, mi capitán.
Entonces conocieron al asistente de Ernesto que hablaba nada menos que con el capitán Morales.
— Pero es extraordinario, esclamó Ernesto levantándose, ¿qué anda haciendo por acá Morales?
— ¿Es Morales?
— ¡No lo ves! ¿no lo oyes? ....
— En efecto: son los dos: él y tu asistente.
Y ambos salieron al encuentro del capitán Morales que por su genio corto, que por su conducta tal vez poco correcta, que por mala suerte quizás, no había pasado de capitán. Era valiente, conocía sus deberes militares, pero no sabía llenar el ojo á*us jefes, ni los adulaba, ni les caía en gracia y quizás por eso no lograba ascender ni en tiempos revolucionarios en que se suelen dar saltos enormes en la milicia.
Morales con el mayor gozo pintado en el semblante abrazó á sus camaradas, ellos le correspondieron con igual contento, siendo tan ruidosas las demostraciones que todos los oficiales que había en la sala dejaron de comer y se pusieron á contemplar el alegre
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grupo que formaban los tres amigos cerca de la puerta. Ernesto fué el primero que notó que era objeto de la curiosidad de los demás y dijo á sus compañeros:
— Vamos á sentarnos: en la mesa platicaremos.
Pidieron una comida para Morales que parecía traer gran apetito y sin esperar á que le dirigieran preguntas, él mismo mientras le sirvieron lanzó el siguiente párrafo:
— Tuvimos una escaramuza, hace de esto unos cinco meses, probablemente unos dos meses después del día en que ustedes abandonaron el Sur para ir en comisión con Juárez: yo estaba como siempre á las órdenes del chato Diaz, pero él no estaba con nosotros cuando nos dieron una zurra de alma por Tasco: había allí franceses y traidores: nos madrugaron y al grito de ¡sálvese quien pueda! yo tomé para Acapulco, me embarqué para Mazatlán con unos comei ciantes, pasé algunos trabajos atravesando Sinaloa y Durango por la sierra, llegué á Zacatecas, estuve unos días con García de la Cadena, tomé por todas partes informes de ustedes y no faltó quien me dijera que estaban incorporados en el ejército del Norte, de manera que ya no me ocupé en otra cosa que en venir á buscarlos. Desde la primera escaraza á que me referí antes pude tomar rumbo para Oaxaca; pero estaba sediento de aventuras, deseoso de reunirme con ustedes, anhelante por conocer otras tierras, otras costumbres y otras maneras de pelear. Yo dije «nadie es profeta en su tierra» vamos á hacer lazada por la otra punta y y aquí me tienen
ustedes.
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— ¡Buen Morales! dijo Ernesto tendiéndole la mano.
Lo mismo hizo el comandante Diaz estrechándole la otra mano con efusión.
— Ya estoy con ustedes, que es lo que más me importaba y ahora á ustedes les corresponde darme colocación.
— No tengas cuidado alguno, mi querido capitán Morales, le dijo Ernesto, yo hablaré al jefe de mi Brigada y me empellaré en que ingreses á mi cuerpo.
— Solo que tu eres infante y yo soy de á caballo.
— Tampoco te faltará un regimiento de caballería y pronto.
— Gracias. Ahora cuéntame, ¿qué hacen ustedes aquí?
— Porece que estamos en acecho del Macabeo, contestó Ramón.
— ¿A quién le dicen el Macabeo, á Miramon?
— Sí. Se ha puesto en campaña y con su actividad acostumbrada, según noticias, ha dado un golpe á la plaza de Zacatecas.
— Ya me lo sospechaba, dijo Morales dándose una palmada en la frente. Hace cinco días estaba yo encaramado en un cerro al sur de Aguascalientes cuando vi pasar una fuerza como de dos mil hombres y dije al verlos: Esos son imperialistas que van á Zacatecas.
— Era nada menos Miramon que se metió allí sin que lo sintieran, y según cuentan, el mismo Juárez se escapó de caer prisionero.
— ¡Cómo!
— Parece que venía de Durango con el gobierno y si no ha sido porque sus gentes estuvieron listas para
cambiar las muías del coche y darles machos chicotazos) allí lo atrapan. Bien es que el enemigo ignoraba que tenía al alcance de su mano tan buena presa.
— La estrella de D. Benito comienza á relucir de nuevo.
— Tanto como se eclipsa la de Maximiliano.
— ¿Y qué han sabido ustedes de Maximiliano? preguntó Morales.
— Aquí los boletines que se publican refieren muchas cosas á que no se puede dar crédito, contestó
Ramón; pero las noticias que circulan con visos de verdad son terribles para el austríaco.
— ¿Cuáles son por ejemplo?
— Estas. A Carlota la volvieron loca el Papa y Napoleón á fuerza de desprecios. Ella quería dinero y tropas: es lo que sigue queriendo Maximiliano y nada quieren darle: lejos de eso Bazaine lo trata con la punta de la bota. En vez de darle hombres reconcentra sus fuerzas á México y Veracruz y da orden de que se desenganchen hasta los enganchados al servicio del imperio. En vez de darle recursos, se los quita interviniendo brutalmente en la recaudación de las Aduanas. ¿Qué más? El triunvirato de franceses que tienen el pandero y que son el ministro, el último enviado y el Mariscal, han amenazado al Archiduque con entregar el gobierno á los republicanos si no abdica
— ¿Y por qué no abdica?
— Por animal. Vé que todo el país está en su contra, que se han formado ya tres ejércitos formidables el de Escobedo, el de Corona y el de Porfirio Díaz, que
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los americanos sostienen á Juárez, que Napoleón y todos los suyos lo abandonan y se deja embaucar por Márquez y Miramón que le ofrecen resucitar un cadáver.
— ¿Qué cadáver?
— ¿Qué otra cosa es ya el imperio sino un cadáver?
— No tanto, no tanto, dijo Morales, no se hagan ustedes ilusiones. En primer lugar, Bazaine todavía no se va, y los franceses siguen batiéndose aunque ya sin tomar la iniciativa, luego Maximiliano cuenta con la capital, con Veracruz, Puebla y otras ciudades en que hay fuertes guarniciones. Los jefes imperialistas como Mejía, Méndez, Márquez y Miramón son terribles: hay aun bajo las banderas imperiales unos ocho ó diez mil extranjeros que pelearán como leones, y sobre todo, están de su lado el clero y los ricos que entre nosotros forman una potencia formidable.
— Con todo, dijo Ernesto con convicción, habrá más ó menos obstáculos que vencer, pero la victoria de la República eá ya solo cuestión de tiempo. Bastaría la influencia moral de los Estados Unidos, pero además tenemos nuestros ejércitos y la opinión popular que es incontrastable. Aun quedándose los franceses para dar apoyo al trono del archiduque, este tendría que sucumbir á la larga.
— Eso sí, á la larga no digo que no, principalmente si los americanos ayudan con armas y dinero; pero lo que yo sostengo es que todavía tiene que morir mucha gente antes de que veamos flotar nuestra bandera en el palacio nacional.
De la misma manera que nuestros amigos estaban entreteniéndose con su conversación mientras Mora-
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les devoraba sus guisos con mucho apetito, en la& otras mesas se hablaba en voz alta, sobre la misma materia, de modo que reinaba allí gran ruido de voces y de platos, el cual no era tan grande sin embargo que no dejara penetrar el toque de una corneta tocada en la plaza, que, según dijeron allí, había marcado tres puntos de atención. Todos 'guardaron entonces el más profundo silencio. Después que otras cornetas repitieron á lo lejos los tres puntos de atención, la corneta más próxima, la que tocaba en medio de la plaza, siguió oyéndose.
— A nuestros cuarteles, señores, gritó uno de los oficiales.
Todos pagaron sus cuentas y se retiraron.
— ¿Qué tal caballo traes? preguntó Ernesto á Morales.
— ¡Qué caballo he de traer! es un esqueleto.
— Yo tengo uno que darte. Sobre la marcha, porque vamos á salir, arreglaremos tu colocación.
Efectivamente, tres horas después salía toda la Brigada compuesta de dos mil hombres á acampar á cuatro leguas de distancia de Matehuala, para esperar al enemigo.
A nuestros cuarteles, Jeñores, ¡rifé uno de los oficiales