Memorias de un oficial del ejército español: campañas contra Bolívar y los separatistas de América · Capítulo real 8 de 9
CAPITULO XIX
Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 16 tramos técnicos para mejorar el rendimiento.
CAPITULO XIX
CUMANA
El 11 desembarcamos sin novedad en la ciudad que lleva por epígrafe este capítulo, atravesando alborozados el pintoresco arenal que hay entre la playa y la población.
Me alojé en casa de una familia del país, de apellido Otero.
Esta ciudad es pequeña, pero hermosa y abundante de bastimentos. Sus calles rectas, situadas al pie del cerro en que está el castillo, son anchas y espaciosas.
Un cristalino río divide la población en dos partes, brindando á la mayoría de aquellos habitantes magníficos baños en los patios mismos de sus casas. Así es que hay familia que se baña tres veces al día. Magníficas huertas ofrecen su eterno verdor á las orillas del río, desde cuyo puente principal se abarca un paisaje alegre y pintoresco á la vez. El pescado, tanto de mar como de río, es allí sabroso y abundantísimo.
La población se compone de blancos y de indios por mitad, siendo muy pocos los individuos de color que allí viven. Las mujeres son allí numerosas, blancas como el alabastro, de pelo y ojos de ébano y agraciadísimas por demás. Con razón las llaman las andaluzas de América. Los indios se han distinguido allí siempre por su constante fidelidad á la causa española.
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La gfuarnición se componía del segundo batallón de Granada, con un personal de 400 hombres; dos compañías de Granaderos de Barbastro y Navarra, dos de veteranos de Cumaná, compuestas de artesanos del pueblo y nuestro batallón de Cachiri.
Unos 1.200 insurgentes, repartidos en las montañas vecinas, y con su cuartel principal en Cumanacoa, nos sitiaban. Mandábalos el coronel Montes. A veces atacaban con osadía, llevándose algunos de nuestros oficiales y soldados, que fusilaban sin misericordia. Mandaba la plaza el brigadier D. Tomás Gires. Gomo carecíamos de murallas, nos pusimos á levantar trincheras. Gada cuerpo tenía designado el terreno que había de defender. A mi batallón le tocó desde el castillo antiguo de Santa María hasta el hospital. Teníamos un ángulo de tres avenidas muy fácil de tomar, por lo que, con orden del gobernador, instalé en él un fuerte con su batería, cuya construcción dirigí yo.
El 5 hicimos una salida, pero avisados los enemigos por sus cómplices de la ciudad, se retiraron, y no encontramos á nadie en todo el día. Tomamos posición en el monte de Brito, y al anochecer observamos desfilar por el valle unos 80 ó 100 insurgentes al parecer con el mayor descuido. Medina me dio orden de salir á su encuentro y coparlos si podía.
Descendí, en efecto, con mi compañía, mandando á mis soldados que se agachasen para sorprenderlos, y lo hubiera conseguido á no haber tocado fuego el corneta sin habérselo mandado. Los rebeldes se dieron á la fuga, no habiendo conseguido sino matar á dos, malherir á uno y coger á nueve prisioneros. Al regresar mandó Medina arrestar al corneta, para ponerlo luego en un calabozo de Cumaná.
Continuamos el 7 nuestra marcha, simulando un ataque á Cumanacoa, para sorprender su hacienda del valle del Querital. La compañía del capitán Arguelles, que iba de vanguardia, no cogió más que cinco enemigos, pero se
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apoderó de 15 ó 20 canoas cargadas de maíz, harina, vestuarios, fusiles, fornituras y cartuchos que tenían en el río que desemboca en el golfo de Cariaco y que procedían sin duda de la isla de Margarita. El 8 emprendimos la retirada hacia Cumaná, molestados por unos 30 de á caballo, y entramos en la ciudad sin otra ocurrencia que digna de contar sea.
Seguimos sitiados iodo el resto de Junio y el mes de Julio, defendiendo nuestras trincheras y reductos, cuando nos atacaban de noche, y haciendo algunas salidas para ahuyentar á los que se acercaban al frente de ía ciudad; pero no podíamos extender nuestros paseos más que hasta la batería de la boca del río y las huertas situadas en su orilla. El que se alejaba era irremisiblemente cogido por las partidas enemigas y fusilado en los bosques inmediatos.
A fines del mes quedé hecho cargo del batallón, como capitán más antiguo, por licencia que pidió Medina para pasar á Caracas. £1 3 de Agosto presentáronse en el puerto la corbeta de guerra española Descubierta y la goleta Morillo, con la noticia de que varios buques colombianos se acercaban con tropas aventureras de varias naciones, con el objeto de desembarcar y apoderarse de un punto que les sirviera de base para estrechar el cerco.
Los buques que esta nueva trajeron dirigiéronse á Puerto Cabello, para traer nuestra escuadrilla, que se componía de dos corbetas, dos bergantines y tres goletas.
Se repartió nuestra guarnición, en la circunferencia de la plaza, dispuestos todos á defenderla hasta el último trance.
Nadie estaba parado; este grupo se dedicaba á construir trincheras, aquél parapetos de ladrillos y piedras, el otro á cavar fosos, y así los demás.
Una piragua que llegó el 5 de Agosto de Nueva Barcelona y de Píritu con pliegos del coronel Arana, participaba á nuestro gobernador que la expedición fílibuste-
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ra había desembarcado junto á Barcelona, cuya ciudad, no teniendo más que 50 hombres de guarnición al mando de D. Juan Saint-Just, fué abandonada, reuniéndose éste con la columna de Arana.
El 7 vino otro bote de Píritu. Por él nos hacía saber Arana que el día anterior Saint-Just había atacado dentro de la ciudad de Barcelona con una partida de llaneros de caballería á los invasores extranjeros, sorprendiéndoles, matándoles mucha g-ente y trayendo consigo varios prisioneros, entre ellos un oficial superior.
El día 10, á las siete de la mañana, señaló el vigía de Puente Araya un convoy por sotavento.
Subidos á las azoteas, descubrimos nueve buques entre bergantines y goletas, los más armados de guerra; cuando estuvieron más cerca divisamos perfectamente la bandera colombiana que arbolaban.
Venían atestados de hombres y rectamente acoderándose hacia un cerro se dirigían á nuestra rada.
Comprendimos que era la primera expedición que mandaba el enemigo de Barcelona para atacarnos.
Cargamos, pues, toda nuestra artillería con metralla, colocamos al pie de los cañones á nuestros artilleros con las mechas encendidas y mandamos acoderar nuestras fuerzas sutiles de mar ai lado del puente de la boca.
A las ocho fondeó la escuadra en Bordones, media legua de la ciudad.
Todo el día permanecimos mirándonos mutuamente sin que ellos echasen bote alguno al agua ni practicasen movimiento que indicara sus intenciones. Redoblamos nuestra vigilancia.
A las cinco se presentó por el río el bizarro comandante de las fuerzas sutiles, D. José Guerrero, pidiendo al gobernador dos ó tres camisas embreadas ó brulotes para intentar con sus indios en la oscuridad de la noche acercarse con una piragua y prender fuego á la escuadra.
A las siete todo estaba listo para esta expedición, pero en aquel instante sopló un fuerte viento que hacía impo-
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sible llevar á cabo la empresa. Pasamos la noche sin novedad.
La escuadra amaneció en la misma posición que ocupaba la víspera.
A las nueve se presentaron varias partidas insurgentes muy cerca de nuestras defensas diciendo á gritos que nos degollarían si no nos entregábamos.
A las once de la mañana empezó en botes el desembarco de los filibusteros, quienes se fueron reuniendo en los cerros de Bordones.
Por sus movimientos tácticos comprendimos que eran tropas regulares en buen estado de instrucción.
Pusiéronse en marcha á las cuatro, dirigiéndose medio ocultos por el monte, por detrás del barrio de San Francisco y el castillo, á las sabanas y colinas de Cántaro.
Esta operación nos indicó que íbamos á ser atacados por la línea del Barbudo.
Á las seis de la tarde, los buques diéronse á la vela hacia el golfo de Cariaco, quedando cerca de los rebeldes para protegerlos y racionarles. Al pasar por el frente les disparamos varios cañonazos sin efecto.
En la ensenada de los Lizaros, ya de noche, desembarcaron más tropas, que formaron allí un campamento.
Estaba yo de jefe de día cuando me presentaron los escuchas de San Francisco, un inglés borracho que pertenecía á la expedición; llevado á presencia del gobernador, dijo por medio de un intérprete que era irlandés, y que de esta nación y de Escocia y Alemania, eran los 1.300 que acababan de llegar en los buques; que el jefe superior era el coronel Rifler, é inglesa la oficialidad; que su intento era tomar á Cumaná y prestar toda clase de servicios á la causa colombiana.
A las once de la noche subí con mi ronda al castillo de Santa María, que domina toda la ciudad y sus inmediaciones; su comandante me dijo que desde las nueve se oía un rumor de mucha gente entre los cerros y barrancos que hay entre dicho fuerte y el de Agua Santa.
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En efecto, aplicando el oído en aquella dirección, sentí hablar á multitud de personas en voz baja. Mandé que se le disparasen algunos cañonazos, lo que se efectuó sin que hiciesen ningún movimiento.
A la una sentimos tiroteo por la parte del puente; corrí allá y encontré que los enemigos se habían introducido hasta el barrio interior: desde la esquina de una calle hacían fuego á la batería del puente, al mismo tiempo que nos decían mil desvegüenzas en español, por lo que comprendimos no eran ingleses los que nos atacaban. Dispuse que se les tirasen varios metrallazos para hacerles despejar la calle, lo que conseguí en pocos minutos.
Torné al castillo á dar parte al gobernador, que estaba revistando y animando á nuestra escasa tropa de reserva, dispuesta á marchar sobre cualquier punto amenazado.
Reunidos en torno del veterano gobernador varios oficiales, éste mandó sacar á su asistente su botella de campaña.
— Muchachos — nos dijo — , á tomar un trago de anisado, que el día cuyos albores comienza, es el de nuestra ruina ó el de nuestra gloria.
La botella pasó de mano en mano y fué religiosamente besada por cada uno de nosotros.
— Mi comandante — le dije — ,en nombre de mis compañeros, le prometo solemnemente que no ha de entrar el enemigo en la plaza sin pasar antes por encima de nuestros cadáveres.
El jefe movió la cabeza con una especie de desaliento.
— ¿Cree usted que no cumpliremos nuestra palabra?
— Creo que pasarán por encima de nuestros cuerpos mutilados; creo que todos cumpliremos nuestro deber sucumbiendo, pero la lucha es demasiado desigual para que podamos impedir la toma de la ciudad.
Recorrí de nuevo la línea del río; los oficiales y soldados estaban vigilantes y sedientos de salir de aquella incertidumbre matando ó muriendo.
A las tres y media volví con el gobernador a! csistillo.
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donde nos sentamos sobre unos bancos que estaban en la explanada. A las cuatro tocaron los enemigos una ruidosa diana en diferentes direcciones, excepto en el sitio en donde habíamos oído el rumor.
— Mi brigadier, los que nos deben atacar primero están ahí escondidos, y esos no tocan diana.
— Me parece que ya es hora de que tomemos otro trago— me contestó aquel jefe echando mano á su botella de campaña. — Cuando me tocó á mí beber sentí más claro el rumor que nunca.
— Mi brigadier, los tenemos encima.
— Veámoslo — dijo estoicamente — ; y asomándonos por una tronera, percibimos entre la luz confusa del crepúsculo y á menos de tiro de fusil, dos columnas de tropa como de 1.500 hombres. Los enfilábamos con los cañones, cuando nos dirigieron una descarga general, dando el grito de guerra ¡hurra! Llovían las balas sobre el castillo á la vez que los insurgentes trepaban denodadamente por los cerros; pero la metralla de nuestras piezas y la fusilería del fuerte de la izquierda, les hicieron pronto variar de dirección hacia la derecha para atacar el fuerte de Agua Santa, que, aunque no tenía más que dos cañones, lanzaba sobre los enemigos multitud de balas de fusil y algunos tiros de metralla muy bien dirigidos. Sin embargo, la masa filibustera avanzaba impasible hacia el pequeño fuerte, hasta que el bravo capitán don José Galcerán del Valle, que lo mandaba, viendo que ya no podía hacerse uso de los cañones, por haberse metido el enemigo en el foso, tomado el reducto, doce de sus hombres muertos y la casa, que era de paja y barro, acribillada á balazos, repartió dos cajones de granadas de mano, para que las tiraran al foso é hizo defender las troneras y boquetes con bayonetas y chuzos.
El fóndó del foso en que estaban agrupados los asaltantes se convirtió en un volcán, pues reventando las granadas sembraron la muerte y el espanto entre los mercenarios extranjeros, que se pronunciaron en vergonzosa fuga, dejando el foso y la colina llena de cadáveres, entre
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ellos el del teniente coronel que mandaba la vang-uardia.
Viendo nuestro gobernador que huían en desorden en todas direciones, me mandó que acto continuo hiciese una salida con la gente que pudiera reunir, á fin de aprovechar aquellos momentos de pánico.
Tomé á la puerta del castillo unos quince ó veinte hombres, y al pasar por la línea otros cuarenta de Barbastro, con su capitán D. Manuel Cid, y desplegados en guerrilla, corrimos sobre los dispersos; otros quince soldados me envió el valiente Galcerán, del fuerte atacado, mandados por el teniente D. Fabián Prieto. Con esta fuerza, entusiasmada por el triunfo, alcanzamos la retaguardia filibustera, la que deshicimos completamente á la bayoneta, pasando á cuchillo á muchos y cogiendo gran número de prisioneros.
Ya en la sabana de los Lázaros, avergonzados sin duda, al verse 1.000 hombres huyendo de 70, trataron de rehacerse formando en batalla; pero yo dispuse hacer la retirada, reforcé con 20 soldados más el fuerte de Agua Santa, y volvimos triunfantes á la plaza.
Recibíamos ya las felicitaciones del gobernador, cuando vimos aproximarse por el camino de Quirintal, que conduce á Cariaco, una partida como de cuarenta indivividuos, que tomamos por tropas de observación que hubiese mandado el enemigo.
Grande fué nuestra sorpresa notando que al colocarse como á tiro de pistola de los extranjeros, formados, como he dicho, en batalla, se desplegó la columnita en guerrilla, y se trabó un desigual combate entre unos y otros, haciéndoles los ingleses una descarga cerrada primero y fuego graneado después, al que, diezmados y todo, contestaban aquellos pocos que se acercaban, rompiendo por ios claros y procurando ganar la plaza.
Desgraciadamente hasta que no tuvieron al pie de nuestras trincheras no los conocimos. Era nuestra guarnición de Cariaco á la cual se le había enviado el relevo un día antes de presentarse la escuadra rebelde, la cual, habien-
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do bajado por el río en piraguas, observado desde el golfo de que estábamos sitiados por mar, abandonó sus embarcaciones y acometió la difícil empresa de entrar en la plaza por tierra.
Al encontrarse con los 1.000 extranjeros formados, lejos de retroceder, los nuestros avanzaron con temerario arrojo. Varios perdieron la vida en las puntas de las lanzas de Montes, entre ellos el capitán Olfelar, de Cachiri, que los conducía, pero escaparon ilesos los más, gracias á la acertada dirección del teniente Roder, que no se amilanó por la muerte de su intrépido superior (1).
Pasamos la noche sin dormir, pero también sin que el enemigo nos atacase.
Amaneció el día 12, y con placer supimos por varias mujeres procedentes del campo, que los ingleses habían levantado el suyo; atravesando la sabana de Cautaro la vuelta de Cumanacoa y que, por Maturín, se dirigían á Guayana á reunirse con Bolívar, quedando la misma gente que había antes al frente del sitio de Cumaná. Á las diez del día la escuadra levó anclas y tomó el rumbo de Margarita. Hicimos aquella tarde un reconocimiento y encontramos quemados los ranchos recién construidos, muchos regueros de sangre, sepulturas frescas, y todas las señales de ser verdaderas la retirada y derrota de aquellos extranjeros, que se habían encontrado con una resistencia que no esperaban.
Molestados cada cuatro ó cinco días por el enemigo, pasamos los meses de Agosto y Septiembre. Regresado Medina de Caracas, le entregué el batallón, volviendo á concretarme á mi compañía. El 13 de Octubre nombróme el brigadier Cires, comandante político y militar del pueblo y puerto de Carúpano, cuya jurisdicción abarca diez y ocho leguas de costa.
(1) Lo mismo éstos que los del fuerte indicado fueron premiados, primero con un distintivo que les dio el brigadier Cires y después con el grado inmediato los oficiales y clases y con una pensión vitalicia otorgada por el general en jefe los demás.
CAPITULO XX
CARÚPANO
Embarquéme el día 15 al amanecer en una lancha, llegando por la tarde, después de haber atravesado el golfo de Cariaco, á la ranchería de las Gaviotas, sita ocho leguas de Cumaná, donde hicimos una comida de escabeche; de allí pasamos á fuerza de remos á Chiguana. Mis dos asistentes y yo cenamos un pato que yo cazara, al mismo tiempo que avisaba al pueblo que me trajesen un par de caballos para llevar los equipajes. Mecido por la música infernal de millares de mosquitos zancudos que me devoraban, pasé la noche en un rancho abandonado, tendido en mi hamaca.
El 18 llegué á Carúpano, no sin grandes peligros, habiéndome recibido muy bien mi antecesor el capitán Arguelles. La casa en que estaba la oficina pertenecía á unos infidentes prófugos.
Lo primero que me llamó la atención fué una gran mancha negra como de sangre en el suelo que era de blancos ladrillos.
— ¿Qué es esto? — pregunté.
— En esta histórica sala fué donde se trató de asesinar al general Morales por una conjuración formada para sublevar su tropa. El valiente veterano descansaba en su hamaca, pero dormía con un ojo abierto como acostumbra, á tiempo que penetró sigilosamente el que había de
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hundirle el puñal en el corazón. Morales brincó de la hamaca, atravesó con su espada al criminal, y entre él y su terrible asistente mata'-on á tres más que le seguían de cerca. Echó al foso los cadáveres, y habiendo averiguado que había cómplices, hizo fusilar al día siguiente á ocho más, cuyas cabezas mandó que se paseasen por el pueblo en una mesa para escarmiento de traidores. En esta casa se alojó también el sanguinario Cerveri, insurgente de funesta recordación.
— Pues voy á divertirme en tan célebre casa.
Me avisté con el teniente coronel D. Manuel Lorenzo, comandante principal de la costa y el capitán D. Rafael Silvestre. El batallón que mandaba estaba en cuadro; no tenía más que doscientas plazas, indios la mayor parte.
El 19 me hice cargo de la comandancia de armas, de! mando político del distrito, de la subdelegación de rentas y de marina, del batallón de milicias urbanas, que constaba de 600 hombres, de una compañía de artilleros paisanos como de cien plazas y de otra de indios guaigueríes, matriculados de mar. Estas fuerzas estaban distribuidas en toda la jurisdicción. Encontré pendiente de cumplimiento la construcción de un fuerte en el cerro que está á sotavento de la población, de una flechera de guerra y de otras cosas necesarias para la defensa de aquella sección del país.
El 20 hice poner la quilla á la segunda y continuar el primero; mandé venir gente de los poblados inmediatos y al cabo de los dos meses estaban muy adelantadas las obras.
No me detendré á narrar todos los incidentes que me acaecieron durante mi permanencia en este puerto. Pero sí debo consignar que pronto me hice querer y respetar de aquel leal vecindario, en el que reinaba el mejor espíritu en favor de la causa española.
Por invitación del gobernador de Cumaná, armamos una piragua en corso, cuya patente se concedió, á propuesta mía, al comerciante D. Antonio González, quien
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al momento alistó una de un solo trozo de madera, con diez bancos, caja de armas para diez fusiles y otros tantos machetes y lanzas, que yo le di. Estas embarcaciones son muy angfostas y ligeras, no cabiendo en ellas más que dos hombres á la par, que bogan á la sordina, y con 20 ó 26 marineros que pueden llevar, atacan al abordaje cualquier buque de alto bordo, degollando con mucha facilidad su tripulación desprevenida.
El 23 de Octubre se dio á la vela la piragua con 22 hombres armados y un cañón de á 2 en la proa; y el 9 de Noviembre, á las ocho de la noche, regresó con su capitán y parte de la tripulación, trayéndome trece prisioneros, entre ellos un oficial colombiano, encargado de la Punta del caño de Macareo. Los nuestros le habían matado á varios de los suyos, le habían cogido un pailebot cargado de reses y muías, y una balandra con armas de fuego, pólvora, vestuarios, dos cajas de guerra, varias monturas, sables de caballería, bacalao, ron y harina.
En el ataque habían perdido los nuestros dos hombres un pescador blanco y otro indio. Sus esposas vinieron llorosas á implorar socorro de la autoridad, y yo pasé un oficio expresivo al brigadier Cires, quien le señaló una pensión igual al sueldo que los muertos ganaban. Además hice una suscripción entre los comerciantes que me produjo 233 pesos, los que repartí entre ambas viudas.
El día 13 llegaron los dos buques apresados; se desembarcó cuanto en ellos había; á mí me regalaron una buena muía, y el pueblo comió durante algún tiempo carne fresca, la que había meses no probaba. Los cascos de los barcos pasaron á Cumaná, para venderse por cuenta de González.
El 20 de Diciembre recibí parte de Yaguaraparo y del río Caribe, en que se me hacía saber que los insurgentes de la costa de Paria, enfurecidos con aquella pérdida habían atacado el destacamento, haciéndolo retirar á San Juan, y que, según sus maniobras, venían decididos á tomar á Carúpano.
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La misma noche salió Lorenzo por mar con cien hombres, con el objeto de atacarlos por retaguardia, al mismo tiempo que yo marchaba con otros 200 por tierra. Por mi parte sólo encontré algunos paisanos que se nos reunían, manifestando que venían huyendo del enemigo.
Ya en San Juan nos reunimos Lorenzo y yo, encontrando allí porción de mujeres y hombres que habían abandonado las haciendas, por no caer en las garras del enemigo. Continuamos nuestra marcha, y el 23, como á dos leguas del cantón de Yaguaraparo, encontramos unos 230 insurgentes de pie, y como 20 de á caballo, que venían marchando con el mayor desorden.
Les atacó nuestra guerrilla de improviso, siendo tanta su confusión, que se dieron á correr como liebres; les seguimos en su carrera unas dos millas. Unos cuantos de aquellos rebeldes se rezagaron en un bosque y abrieron contra nosotros un fuego certero; pero los cercanos y todos fueron pasados á cuchillo.
Continuamos la persecución, habiendo logrado hacerles algunas bajas más y cogerles nuevos prisioneros. Por nuestra parte tuvimos dos muertos y cinco heridos. A las cuatro de la tarde los perdimos de vista.
Pernoctamos en la sabana. Habiendo reforzado con 100 hombres la guarnición de Yaguaparo, regresamos el 26 á Carúpano.
El 27, á las cuatro de la tarde, fondeó en el puerto la escuadrilla española, compuesta de tres bergantines y cuatro goletas, quedando á media legua de la ensenada del río desde cuyo punto me escribió el comandante de esta flota, el capitán de fragata D. Francisco Sales Echevarría, que iba á bordo del Palomo, bergantín que hacía de capitana, preguntándome en su misiva si había noticias del enemigo, ó si se había divisado algún bupue colombiano en la costa.
Entérele de todo verbalmente, yendo á su buque á hacerle una visita, en la que reinó la mayor cordialidad. En este barco encontré á muchos amigos y condiscípulos
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míos, entre ellos al alférez de fragata D. Antonio Aubaredez, quien se empeñó en saltar á tierra para que diésemos un baile de candil aquella noche, ya que para otra cosa mejor no había tiempo ni elementos.
En efecto, arreglé todos los preparativos en mi sala para el baile, y ya en tierra todos, teniendo por única orquesta un violín y una guitarra, dio principio aquél, al cual asistieron varias muchachas de Carúpano, invitadas al efecto, y parte de la oficialidad y jefes de la flota, amenizando el acto con un modesto ambigú de refrescos y cervezas, que era lo único de que podía disponer.
A la una de la noche, y cuando el baile estaba en su apogeo, llegó un parte del destacamento de Guayaparo, avisándonos que, por dos insurgentes pasados á nosotros, se aseguraba que aquella misma noche debían atacar dicho destacamento con fuerzas dobles, con el intento de apoderarse del río Caribe.
En presencia de tal nueva, excusado es decir que se aguó la fiesta, concluyendo el baile como el rosario de la aurora.
Volvieron á la escuadra los marinos, y sabida la noticia por el comándate de la flota, se hicieron á la mar navegando á sotavento, siempre á poca distancia de la costa.
Yo mandé poner sobre las armas á toda la fuerza de Clarines, pues Lorenzo estaba ausente, y tocar la campana para que concurriesen todos los milicianos del pueblo y los artilleros; guarneciéronse los dos fuertes con estos últimos y algunos urbanos, despaché órdenes á los partidos inmediatos y á la flechera con 22 indios, previniendo al capitán de ellos que navegara costeando hasta frente de Guayaparo, á fin de requerir noticias, dándome parte de todo lo que ocurriese.
A las cuatro de la mañana ya tenía delante de mi casa reunidos como 400 hombres entre la tropa de Clarines y milicianos, á los que, habiéndoles repartido galletas y ron, me uní, poniéndome en marcha al frente de ellos á las sie-
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te de la mañana. A eso de las diez llegué á río Caribe, y á poco tiempo de estar en este punto, recibí un parte, en que me anunciaban que los rebeldes habían presentado su vanguardia á las cuatro y media, con los que se había batido la fuerza del destacamento; que al alborear el día, consecuencia de haberles hecho fuego la flota española con pedreros y obuses y una colisa, se habían retirado de la playa para guarecerse en los montes, creyendo que la escuadra, en combinación con la gente de Carúpano, haría un desembarco de sus dotaciones y los batiría.
Acto seguido mandó un refuerzo de 50 hombres de Clarines, á las órdenes del teniente Llinas, y otros 50 milicianos, para que defendiesen el punto á todo trance, avisándome con la mayor premura cualquier emergencia; hecho esto, regresé á Carúpano con el resto de la fuerza, á las seis de la tarde, é hice acuartelar toda la gente hasta que no supiera á qué atenerme definitivamente, encontrándome ya allí la flechera que yo había despachado antes, cuyo capitán me informó de todo lo ocurrido.
El 29, á las nueve de la mañana, apareció otra vez la escuadrilla en el puerto, y poniéndose al pairo, me mandó el comandante un bote, enterándome de lo ocurrido, y que habiendo mandado aquella madrugada las lanchas á la costa, no había habido novedad, por lo que se retiraba con rumbo á Cumaná y Puerto Cabello.
El 21 de Enero de 1820 me avisó el vigía, á eso de las cinco de la tarde, que al frente de la boca del río y como á cuatro leguas más adentro, se divisaba una balandra, que parecía enemiga y de guerra; efectivamente, pude cerciorarme de que así era.
A las primeras campanadas del fuerte, corrieron á la puerta de mi alojamiento más de 100 hombres de mar con sus canaletes, entre blancos é indios guaigueríes, al frente de los cuales venían sus respectivos capitanes.
Entonces manifestóse el capitán de los indios que si les permitía ir en piraguas armados con fusiles, lanzas y pedreros, me prometía atacar por sorpresa aquella misma
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noche al buque enemigo y traerlo al siguiente día apresado al puerto.
Inmediatamente mandé á equipar una piragua con todo lo necesario y la flechera armada de D. Antonio González, las cuales tripularon 56 hombres, al mando de Flores, encargado de los marineros blancos y del capitán de indios Manuel. A la oración se hicieron á la mar, bogando con tanto entusiasmo, que en un momento se perdieron en lontananza.
A las tres de la mañana ya estaba en mi alojamiento el capitán Manuel, diciéndome que traía en su flechera al capitán de la balandra insurgente, á la cual había abordado á las once de la noche, y que la conducían los marineros de sus piraguas; que el buque parecía mercante, pero que al acercarse los esquifes á sus aguas los habían recibido á trabucazos y tiros de escopeta.
Así que el bizarro capitán Manuel terminó su relación, mandé al jefe de la balandra enemiga preso é incomunicado al cuartel de Clarines, disponiendo se le instruyera un sumario á él y á sus cómplices del buque luego que arribase la balandra, que no pudo embocar hasta el 23, á las cuatro de la tarde.
De las actuaciones verificadas resultó que dicho barco había sido de guerra; pero que en su viaje último conducía pasajeros á la costa del Sur, entre ellos á un hacendado que, provisto de herramientas y animales, iba á fomentar una finca en aquellas comarcas. Puse, pues, á todos en libertad, autorizándolos para reembarcarse y continuar á su destino.
Pero cuando ya el 29 habían levado anclas, se me vinieron á quejar varios individuos del comercio, manifestándome que el capitán, que era un mulato bebedor y de mala conducta, les había tomado unos cuantos pesos á crédito y se iba sin pagarles. Mandé, pues, que desde el fuerte se tirase un cañonazo para detenerle; pero no hizo caso, y entonces se le disparó otro á la arboladura, que le pasó la cangreja.
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Temiendo el hacendado, dueño del barco, que se lo echásemos á pique, y no habiendo accedido á su ruego el capitán, que deseaba escaparse á todo trance, se enredó con él á bofetadas, y ayudado de sus esclavos lo hizo volver á la fuerza.
Conducido á mi presencia con el propietario, contóme éste la reyerta que había tenido lugar á bordo; amenacé al mulato con enviarlo á Cumaná con un sumario á disposición del gobernador; le puse en el cepo, y al fin, el hacendado, para evitar los perjuicios que se le seguían de la detención, pagó por él é hizo que los mismos comerciantes me suplicaran pusiese al detenido en libertad.
Arregladas estas diferencias, salió el barco aquella misma noche.
El 13 de Febrero, en medio de un gentío fiel que acudió á mi llamamiento, se botó al agua la flechera.
Aproveché el entusiasmo popular para sacar un cañón de á doce, que los enemigos habían tirado al río en 1810, y que estaba unas tres brazas de profundidad.
La operación fué difícil, pues el río estaba plagado de tiburones, y los indios buzos tuvieron que descender armados de puñales para defenderse.
Ya teníamos la pieza fuera, cuando se reventaron las amarras y se cayó de nuevo al fondo.
Al fin la recobramos y la metimos en el cuartel.
El cañón estaba clavado con un clavo de cobre. A los siete días ya tenía yo la pieza desclavada, montada sobre su cureña y en estado de prestar servicio. Así pude colocar siete piezas en el fuerte.
El 22 oficié al gobernador de Cumaná, para que mandase por mi flechera La fiel Carupanera, á fin de que no me la sorprendiesen las cañoneras insurgentes de la Margarita. El 10 de Marzo, divisamos por barlovento un bergantín de guerra, que parecía ene»iigo, y á poca distancia le seguía una cañonera. Mandé á atracar á tierra la flechera, abriéndole dos barrenos y cargándola de piedra para que se fuese á pique.
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Hecha esta esta operación, y acoderadas también las demás embarcaciones que nos podían quitar, hice tocar las campanas llamando á todos los habitantes del contorno, para defender la tierra. En breve, se reunieron multitud de voluntarios de todas clases, incluso los artilleros que habían de servir la pieza.
Pasé en seguida á la casa del comandante principal, don Manuel Lorenzo, que, sin embargo de estar enterado de todo, seguía escribiendo sus documentos para la subinspección con su acostumbrada sangre fría. Le referí todo lo que había visto y hecho, haciéndole notar el peligro en que nos encontrábamos.
— No importa — me contestó — , tenemos cañones y fusilería en grande; los dejamos desembarcar, nos echamos sobre ellos y los destrozamos en un santiamén.
Y continuó escribiendo con la misma impasibilidad.
A mí me desesperaba tanta cachaza. Cuando hubo concluido, mandó á un asistente que le preparase dos caballos, uno para él y otro para mí; y en tanto que se vestía, me suplicó le cargase sus pistolas. Al fin, montamos á caballo, ya los vecinos estaban alborotados y las mujeres corrían por la calle en son de fuga, con líos de ropa bajo el brazo.
Mandó Lorenzo formar á su tropa y nos trasladamos al fuerte, desde el cual vimos á medio tiro de cañón, y navegando á toda vela hacia el puerto, el bergantín sospechoso; sólo traía cuatro hombres, y al pasar por delante de nosotros izó bandera española.
Mandé un bote en busca del capitán, quien me mandó decir que el barco era mercante, y que pertenecía al armador Soler, de Cumaná; que venía con cacao, procedente del puerto de San Juan; que desde la madrugada le venía dando caza un barco de guerra colombiano.
En efecto, éste se aproximaba, y al enfrentarse con el fuerte viró la proa hacia nosotros, sin fijar bandera alguna, por más que ya estaba á medio tiro de cañón.
Afirmamos nuestra bandera con un cañonazo sin bala; pero no hizo caso, y continuó navegando.
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Entonces le disparamos á la jarcia y tampoco se díó por entendido. Al volver la proa hacia el puerto le tiramos tres cañonazos más y se lanzó mar afuera. Cinco veves envocó el puerto impunemente, porque nuestros tiros se quedaban cortos; por fin, á la quinta vez, le acertamos á cortar el mastelero del palo de mesana. Entonces, y sólo entonces, izó el pabellón inglés y echó dos botes al agua con mucha gente.
Lorenzo y yo, temiendo que fuera una estratagema, mandamos avanzar la tropa y nos fuimos á esperar la embajada en casa.
A los pocos minutos se me presentó el segundo de abordo y dos oficiales seguidos de 14 marineros. De sus ojos azules brotaban llamaradas de cólera.
Los recibí en mi sala con mucha cortesía, pero no sabiendo ninguno de ellos el castellano, ni yo el inglés, me hablaban airadamente en este idioma.
No había en el pueblo más que un gallego llamado Noya, que se hacía entender regularmente en esta lengua. Llegó Noya, y así que le oyeron hablar en inglés, se dirigieron á él enfurecidos, preguntándole que quién era el comandante militar.
Nuestro intérprete señaló á Lorenzo, diciéndoles que él era el jefe principal de la costa, y yo el comandante político y militar del pueblo.
— ¿Ha declarado por ventura Espa'ía la guerra á la Gran Bretaña, y dado á sus autoridades orden para insultar su glorioso pabellón?
Lorenzo iba perdiendo la calma, y por única contestación hizo un ademán de desprecio. Yo, queriendo ser más diplomático, contesté en los términos siguientes:
— Lejos de declararle la guerra á esa ilustre nación, procuramos estrechar la amistad que mantiene con la española, no menos gloriosa y digna que ella, y nuestras instrucciones son de recibir á sus subditos con la mayor deferencia, cual lo acabamos de hacer con ustedes.
— Entonces, ¿cómo han osado ustedes abrir las hosti-
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lidades haciendo fuego y derribando un mastelero á un buque de S. M. B.?
— Nosotros no hicimos fuego á ningún buque ingles, sino á uno sin bandera que, negándose á darse á conocer cual lo exige la cortesía internacional, dio lugar á que le tomásemos por un corsario insurgente.
Esto nada tiene de particular, puesto que estamos continuamente amenazados por los buques rebeldes de ia Margarita. Si alguno es responsable de esta equivocación, que lamento, la es sin duda del comandante de vuestro buque, que á presencia de nuestro pabellón y requerido á ello por nuestros cañones, estando en las aguas jurisdiccionales del rey de España, se negó á izar sus colores .
— Eso no era motivo para habernos tratado como enemigos, sin cerciorarse antes de que lo éramos. Exigimos, pues, una satisfacción cumplida, y si no !a obtenemos, iremos á pedírsela al comandante general de la provincia.
Entonces terció Lorenzo, y con voz desabrida les dijo:
Hagan ustedes lo que gusten; pero tengan entendido que aquí, lo mismo que en Cumaná, hay cañones dispuestos á rechazar toda humillante imposición; mucho más viniendo de los hipócrii:as encubridores de la insurrección. Afortunadamente ustedes son los únicos responsables de este conflicto, y el Gobierno de S. M. B., que sin duda ignora las iniquidades que sus nacionales hacen á España en este territorio español, sabrá castigar á los jefes de un buque que tan ma' cumplen con su deber.
Yo temí una ciestión desagradable, y me apresuré á cortar el diálogo, brindando cerveza y ron á los ingleses. Estos rehusaron aceptar y se marcharon más enconados que habían venido. Una hora después el buque se hacia á la vela con rumbo á sotavento.
Al día siguiente partió Lorenzo á Cumaná, á enterar al brigadier de esta desagradable ocurrencia.
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El 5 de Marzo se presentó una escuadrilla nuestra, que venía en busca de la flechera. El gobernador aprobaba mi conducta con los ingleses.
El 15 de Abril fui relevado por el capitán D. Diego Lámela. El pueblo mostró sentimiento en ello, y el brigadier me daba las gracias por mi comportamiento. Medina estaba enfermo y deseaba tenerme á su lado.
CAPITULO XXI
TREGUA. — CAPITULACIÓN
El 21 llegué á la ciudad. Ya no era Círes, sino Tobar quien la mandaba.
Apenas me había hecho cargo de la compañía, cuando el gobernador, que me había convidado á comer, prodigándome él y su señora muchas atenciones, me nombró gobernador del fuerte de Agua Santa, con el encargo de reedificarlo, pues había quedado muy estropeado desde el ataque de los ingleses. En veintitrés días dejé el fuerte convertido en un verdadero castillo.
El 2 de Mayo se recibió la infausta nueva de la jura de la Constitución en la Península y la orden para que en seguida se hiciese igual ceremonia en Cumaná. Al efecto se formó un tablado en medio de la plaza, donde el gobernador, ante la tropa de mar y tierra formada, leyó aquel código el día 3, lo vitoreó, juró é hizo jurar.
Gran trabajo costó á los jefes el que la oficialidad y la tropa repitiesen aquellos vivas, pues todos pronosticábamos y preveíamos que con aquel sistema se iba á perder la Tierra-Firme, á costa de tantos sacrificios conservada.
La fiesta se llevó á cabo con visible repugnancia, pero sin resistencia; era preciso obedecer para no quebrantar las severas leyes de la ordenanza, y obedecimos como Abrahaní cuando salió á sacrificar á su hijo.
£1 día 4 vino de Carúpano una comisión compuesta de
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los comerciantes González, Noya y Soler, pidiendo encarecidamente al gobernador que me volviese á mandar á aquel pueblo.
Contestóle el señor Tobar que por su parte no había inconveniente en acceder á los deseos del vecindario, pero que habiendo sido relevado de aquel puerto á ins tancias del comandante de Chachirí, señor Medina, no podía dar la orden sin el consentimiento de este jefe, á quien había complacido. Al efecto envió un recado á Medina para que viniese, y una vez presente y enterado, manifestó que yo hacía falta en el batallón y que mis servicios eran necesarios á la seguridad de la plaza. En vista de esto fueron vanos los ruegos de los comisionados.
El día 6 se presentaron al gobernador, acompañados por Medina, dos parlamentarios, uno español y otro colombiano, con pliegos de Morillo y de Bolívar, en que se prevenía á los jefes que cesasen por cuarenta días toda clase de hostilidades, pues se había convenido en un armisticio entre ambos bandos, el cual no terminaría hasta el 11 de junio.
Aquellas órdenes estaban fechadas en el pueblo de Santana, donde habían celebrado una entrevista los dos caudillos, abrazándose y recibiendo nuestro candido general en jefe el beso de Judas.
Cuando Tobar se hubo enterado y leído estas comunicaciones, Medina y yo nos miramos: comprendimos que era un lazo en que había caído el general en jefe.
■ — Mi coronel — dijo Medina — sin duda está decretado en los designios providenciales que nosotros perdamos esta tierra, para cuya conservación tanta sangre hemos derramado, tantas madres hemos dejado sin hijos, tantos hijos sin padre, tantas esposas sin esposo. Aquí delante del señor (y señaló al colombiano), deseo hacer constar que si perdemos este territorio, tal desgracia no será debida al valor de los rebeldes, sino á su astucia, sino á la torpeza de los políticos españoles, que con la Constitución y la tregua dan los medios que ha menester el
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enemigo para introducir el desaliento y la seducción en nuestro fiel ejército, compuesto en su mayoría de americanos leales que han probado su adhesión en cien combates; pero ellos, que han resistido durante diez años á las balas, no resistirán á los halagos de la serpiente cuando todos mezclados hablen de sus campañas y de sus aspiraciones. No hay remedio sino obedecer, mi brigadier, mi objeto es sólo que sepa Bolívar, por este su ejnisario, que el último jefe del ejército español comprende sus maquinaciones y lamenta la ceguedad de quien, demasiado caballero para ser ducho en achaques de perfidia, no ha visto adonde nos conducen fatalmente la Constitución y la tregua.
Hoy flota invicta nuestra bandera en las tres cuartas partes del territorio costafirmeño; tenemos batidos en todas partes á los insurgentes y firman treguas para rehacerse y procurarse recursos y voluntades.
Pero si la historia es verídica, no dirá jamás que hemos sido vencidos en noble lid: habremos sido inconscientemente vendidos, mas vendidos al fin.
— Señor teniente coronel, yo no puedo permitir... — argüyó Tobar.
— Usía cumple con su deber, mi coronel; pero en el fuero interno de su conciencia conoce sin duda que yo digo la verdad. Sevilla, vamos á mandar á nuestros soldados que cumplan lo dispuesto.
Asi lo hicimos. La mayoría de los oficiales recibieron la noticia como la más ominosa que pudiera recibirse.
A pesar de todo, se hicieron saludos en señal de regocijo. Estábamos comiendo por la tarde, cuando entraron muchos oficiales rebeldes que venían á visitarnos.
— Muchachos — dijo Medina á los asistentes — , llevaos todo esto. No quiero que los enemigos vean nuestra miserable comida, ni este roído mantel.
Por mucha prisa que se dieron á obedecer los asistentes, entraron los visitantes antes de terminar esta operación.
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Medina se puso colorado de vergüenza ai notar que habían visto, no sólo el mantel, sino nuestro plato único y miserable de carne salada.
Ellos adivinaron el motivo de nuestra turbación.
— Señores — dijo uno que portaba insignias de teniente coronel — , á nosotros no nos espanta, ni extraña la miseria jie los militares, pues por mucho que sea la vuestra, mayor la hemos pasado nosotros.
— Es que nosotros no hemos pasado ninguna miseria — contestó Medina.
— Ni yo tampoco — repliqué yo, mintiendo descaradamente al recuerdo del hambre de la Angostura.
— Ya sabemos los regalos que tuvo Cachiri en Guayana, las fortalezas y el Orinoco — contestó Ibarra, ayudante de Bolívar — , pero dejemos esto y abracémonos como se abrazaron nuestros generales.
— Abracémonos — interpuso Medina resignado, pero en vez de abrazar á un enemigo abrazó al teniente coronel español de Valencey, D. Manuel Rebollo, que venía con ellos.
Yo, por evitar el beso de Judas, corrí á buscar la única botella de vino Moscatel que teníamos reservada, á fin de obsequiar con ella á los visitantes.
Por desgracia, eran tres y no teníamos más que dos vasos.
Con ellos brindamos sucesivamente por la unión de todos bajo la bandera española, brindis que ellos tuvieron la prudencia de no rechazar.
Por su parte, el coronel gobernador quiso hacer alarde de sus fuerzas, y al efecto simulamos un combate con todas las tropas, disparando sin bala y dando vivas á España y América española.
Después desfilamos por delante del gobernador y de varios jefes colombianos.
La misma noche Tobar dio una comida tan decente como fué posible á los jefes y oficiales de ambos partidos.
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Los días siguientes se estableció íntima comunicación entre los soldados rebeldes y leales, comunicación que tuvo malísimas consecuencias, pues los rebeldes no sólo pudieron estudiar los puntos flacos de nuestras plazas, sino que sedujeron á gran parte de los militares del país y ganaron las voluntades de todos los indecisos, proveyéndose además de cuantos artículos había en nuestros campos.
Morillo cuando firmó esta tregua, tenía cercado á Bolívar con la flor y nata de su ejército, y la tregua con promesa de rendirse y hacerse españoles liberales, así que se arreglaran ciertos detalles, no fué más que un ardid del general caraqueño, para Scilir de aquel callejón sin salida.
Pronto debió conocer nuestro general en jefe, que había sido enteramente engañado, pues antes de concluir el plazo convenido se apoderaron los insurgentes con alevosía de Maracaibo; por lo que antes del 11 de Junio volvimos á emprender la campaña contra los insurgentes, pero ya con visibles desventajas.
El 21 de Junio, unos 80 caballos enemigos, que se habían escondido por la noche, detrás de la casa de los Lázaros, sorprendieron y se llevaron á nuestra vista cien reses que teníamos al lado de dicho edificio, reses que nos habían traído tras muchas penas y fatigas, nuestros corsarios del Orinoco.
Yo me lancé sin orden y sin armas, con cuatro oficiales y los soldados de todos los cuerpos que me quisieron seguir en persecución de los cuatreros; pero sólo pude conseguir rescatar 30 reses, á costa de dos hombres que perdí.
Peco al regresar nos cortaron la comunicación con la plaza, por medio de una emboscada que estaba entre la arboleda de Cántaro.
Mandé tocar llamada al corneta, hice formar los pelotones á manera de compañías en columna cerrada, destaqué 20 hombres en guerrilla, al mando del teniente Jiménez: al atravesar la sabana sentimos fuego vivo de cañón
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y fusilería, á la parte opuesta de Cumaná, por la orilla del río, y oímos que desde el cerro Pan de azúcar nos tocaba una corneta paso al trote, indicio de que éramos atacados por la masa del ejército enemigo.
Ganamos la plaza con bastante dificultad.
En ella supimos que el enemigo había presentado un ala de guerrilla, extensa como para tomar los parapetos.
Pero su objeto verdadero era llamar la atención para que no fuésemos socorridos y para que sus compañeros pudiesen recobrar el ganado que se les iba de entre las manos.
Estando el 7 de Julio por la noche muchos oficiales y señoras en la tertulia del gobernador D. Antonio Tobar, jugando á las prendas, oímos detrás de la casa tiros, gritos lastimeros y gran confusión, á tiempo que el teniente Landa entraba con precipitación á anunciarnos que el enemigo se había introducido por sorpresa en la plaza.
Hombres y mujeres corrimos despavoridos, ellas á esconderse, nosotros á tomar nuestras espadas y sombreros, que no encontrábamos.
Yo cogí un fusil del armero de la guardia, otros un palo, un sable, una pistola, lo que pudieron, y nos lanzamos al punto amenazado.
La noche era lóbrega.
1 odo aquel fracaso lo causaban doce hombres osados que se habían introducido por la puerta que conduce á Agua Santa.
Pero los gritos de las señoras que estaban á la puerta de sus casas, el ímpetu de un granadero que la emprendió con ellos á sablazos, después que hirieron mortalmente á una mujer que llevaba del brazo, y los disparos que les dirigieron los inválidos, los hicieron retroceder al campo á toda carrera. Así es que nosotros nada encontramos al llegar al sitio de la escaramuza.
Era imposible que tan pocos enemigos se hubiesen arriesgado tanto, sin contar con el apoyo de cómplices en la plaza.
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Las sospechas recaían en un capitán de caballería Uama- <io Ribas, mulato valiente, muy práctico en los contornos, que nos servía de guías en todas nuestras expediciones fuera del recinto.
Otro capitán negro, llamado Belén, de probada fídelidad, se presentó la noche siguiente en la tertulia del gobernador á eso de las once.
— Mi coronel — dijo — , ayer me preguntaba V. S. en que fundaba yo mis sospechas contra el capitán Ribas, y me indicaba que hiciese yo mi denuncia formal si tenía motivo para ello. Vengo, pues, á denunciarlo aquí públicamente delante de todos esos señores, á fín de que nadie crea que eludo ia responsabilidad: el capitán Ribas es un traidor á España, y se lo sostengo en su cara. Que ¡e explique á V. S. qué conversación tuvo anteayer cuando, con el pretexto de cazar patos en los bosques vecinos, conferenció con una partida enemiga que venía á cambiar tabaco por pescado salado, con los indios de la playa. He obtenido estos detalles, y el de que ha estado esta tarde hablando con dos insurgentes de caballería, por una mujer á quien gratifiqué para que espiara sus pasos.
— Basta — contestó el gobernador — . Jiménez, vaya á decir á Ribas que se me presente acto continuo.
Pocos minutos después estaba allí el acusado.
— ¿Dónde ha estado usted esta tarde?
— Cazando y de paseo — respondió un tanto turbado.
— ¿Con quién habló usted en el bosque?
— Con nadie.
Su asistente se presentó á la puerta con el caballo del diestro.
Previendo el teniente Abadía que tratara de fugarse, montó en ei corcel.
El dueño del caballo hizo un gesto de desagrado. Ese gesto le vendió.
Tobar mandó al teniente coronel de Granada don Pío Sánchez Carees, que le llevase arrestado á la prevención.
Al pasar por cerca del río, se fugó el traidor; subió en
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un árbol, en donde permaneció mientras le buscaban por todas partes, y á la madrugada siguiente se pasó al enemigo.
Con tan práctico capitán entre los rebeldes, era de esperarse una sorpresa, y redoblamos nuestra vigilancia.
Al primer cañonazo que disparase el castillo, todos debíamos acudir á nuestros puestos.
A las dos de la tarde del 13, oímos la detonación de la pieza de alarma; tiros de fusil hacia la casa de Prada y algunos metrallazos de la batería del Príncipe.
Corrimos hacia el sitio amagado, y con indignación observamos que el bribón de Ribas, con una partida, había tenido la audacia de introducirse hasta el barrio de Guaigueríes, donde vivía el fiel capitán Belén, y apoderándose por sorpresa de su persona, se lo llevaba al campo enemigo atado á un caballo.
La distancia, que en vano tratamos de trasponer, nos impidió socorrerle.
Ya fuera de tiro de cañón, el miserable, á la vista nuestra, hizo matar á su indefenso adversario á lanzazos y bayonetazos con una lentitud aterradora. Ya cadáver, el feroz Ribas lo terció sobre su caballo y se internó con él en el bosque.
¡Qué monstruo había llevado las charreteras de capitán!
A hechos de esta índole dio lugar la tregua.
A mí me habían regalado el caballo; Ribas me envió un recado indirecto, participándome que tendría el mismo fin que Belén si no le mandaba su cuadrúpedo.
Yo contesté vendiéndoselo al capitán Cid, á quien persiguieron después de preferencia los rebeldes, habiéndose visto un día rodeado de ocho, al mando de Ribas; afortunadamente el caballo corría como el viento, y salvó á su nuevo amo.
El 26 de Julio se acercó Montes con los suyos á la plaza, diciéndome mil insolencias.
Hicimos una salida, que mandé yo; sólo conseguimos
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quemarle su cuartel y trincheras; ellos huyeron después de hacernos una descarga.
El 28 se me encargó oficialmente del fuerte de Agua Santa, que yo había reedificado.
El 16 de Noviembre recibí una orden del jefe del Estado Mayor General del ejército, para que escribiese la historia del batallón de Cachiri, autorizándome para citar á todos los jefes, oficiales y soldados que pudiesen esclarecer los puntos dudosos, y para pedir á las oficinas cuantos datos juzgase pertinentes (1).
El 6 de Diciembre me dio el gobernador el encargo de reparar y gobernar el fuerte de San Carlos, llave de' puerto de Cumaná.
El puesto era tanto más difícil, cuanto que ya los pescadores guaigueríes, tan fíeles antes, habían sido contaminados por el espíritu rebelde, gracias á la dichosa tregua.
Era mi segundo don José María Mojica.
Empecé obras lentas, pero que transformaban aquella posición; ya las tenía bastante adelantadas, cuando el 15 de Enero de 1821 se postró en cama mi amigo don Casimiro Mendívil, á causa de una disentería y de unas úlceras en las piernas, por lo que hube de encargarme del detall, entregando el mando del fuerte al capitán don Francisco Ronquillo.
E! 12 de Julio recibimos la infausta noticia de la sublevación del batallón de Clarines, que constaba de 200 hombres, de guarnición allí y en Carúpano.
El suceso pasó así: Un sargento caraqueño ganó al mayor parte de la tropa, estando de avanzada, abandonó la fuerza á sus órdenes, vino al cuartel, donde tenía cómplices; asesinó al ofícial de guardia y á otro; al ruido de los tiros acudió el teniente Infante, que recibió 11 bayonetazos y fué dejado por muerto, habiéndole salvado su asistente (indio), que lo llevó en hombros á una casa de
(1) Sabemos que el señor Sevilla escribió esta historia, pero no hemos logrado dar con ella.
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campo, en donde fué curado. Ei teniente coronel Lorenzo trató de apaciguar el alboroto, pero apenas le dieron tiempo para montar y huir entre balas al campo, en donde se reunió con otros oficiales y paisanos fugitivos.
Los pronunciados obligaron al capitán de un bergantín danés á llevarlos á la Margarita. Lorenzo y el cura acudieron con 100 hombres á castigarlos, pero ellos se alejaron haciendo fuego de fusilería.
Este bizarro jefe reorganizó la tropa, siguiendo en su puesto de Carúpano, pero temiendo ser atacado ó vendido.
Tobar reemplazó á Lorenzo con el comandante Carbonell, que llevó unos 80 hombres, restos del batallón de Cumaná; pero no inspiraban gran confianza.
También dispuso el gobernador que don Juan Saint Just abandonase el castillo del Morro, de Barcelona, que ocupaba con una compañía de Barbastro.
Carbonell fué traidor y cobarde. Tan pronto como llegó á Carúpano fraguó una conspiración con sus subordinados y con el alcalde, que era un tal José Guanche, natural de Caracas, quien, á pesar de sus protestas de españolismo, había estado en peligro de ser fusilado por Boves y Morales.
Quedaba el destacamento de Cariaco y con él se introdujeron los traidores al grito de ¡viva España! y como amigos.
Los leales, con sus familias, fueron enviados á la isla de Margarita y entregados al feroz Arizmendi.
Con la pérdida de la costa de Guiria, Cumaná quedaba privada de los frutos de Carúpano y Cariaco, y los enemigos que allí nos habían estado hostilizando, libres para estrechar más nuestro cerco.
Tobar estaba preparando una expedición marítima con 300 hombres, que yo debía mandar, cuando, ya listos para embarcarnos, presentóse por la costa oriental del golfo de Cariaco el coronel rebelde Armario, que con 600 hombres venía en ayuda de los sitiadores.
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Fué, pues, preciso desistir de la expedición para defender la plaza. Además, por confidencias fidedignas, sabíamos que el general Bermúdez, derrotado cerca de Caracas por nuestro brigadier Pereira, trataba de unirse á los sitiadores.
El 27 salió el comandante de las fuerzas sutiles, don José Guerrero, en la pequeña flechera Hércules, con un cañón de á 6 y 40 hombres, seguido de una piragüita con 20 muchachos, hijos de los indios guaigueríes que tripulaban la Hércules; llegados á la ensenada de Santa Fe, cerca de Barcelona, vieron venírseles encima una gran flechera enemiga con dos cañones, tripulada por más de 100 individuos.
Guerrero, comprendiendo que era imposible la retirada, ordenó jugar el todo por el todo, haciéndoles un disparo de metralla y acometiendo a! abordaje.
Los insurgentes se mofaron de este alarde de temerario valor, y sin contestar al fuego, se prepararon á recibir á los nuestros con la punta de los machetes, lanzas y cuchillos; pero al ponerse todos por el lado que venía nuestra flechera, zozobró la insurgente, cayendo al agua la artillería y muchos tripulantes.
Guerrero pasó á cuchillo á todos los que no se rindieron á discreción, y ios muchachos, con sable en mano y nadando, quitaron la vida á no pocos de los que estaban en el agua.
El teniente don Juan Carnero dividió con su machete el cráneo al comandante del buque y de las fuerzas sutiles de la Margarita.
Se llamaba Gutiérrez y era este pirata el terror y espanto de aquellos mares.
Al día siguiente entraba en Cumaná la Hércules con la Flor de la Mar Margariteña á remolque y 22 prisioneros de guerra, que logramos canjear por los nuestros de Carúpano.
Esta victoria, sin embargo, nos costó cara, pues el bizarrísimo Guerrero, jefe muy querido por nosotros y muy
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temido por los rebeldes de aquella costa, había recibido un bote de lanza por la espalda, de resultas de cuya herida había muerto dos horas antes de entrar su triunfante flechera en Cumaná.
Guerrero era dominicano; por sus muchas hazañas, por su valor indomable y gran práctica en los puertos de Costa Firme y mar Caribe, había llegado desde humilde marinero á la categoría de teniente coronel. Su entierro, al que acudió cuanto de leal encerraba Cumaná, fué imponente. Marineros y soldados curtidos por el sol de los trópicos y por el humo de la pólvora, lloraban como niños ante aquel féretro que encerraba los restos del más fuerte quizás de los defensores de aquella ciudad.
Al pie del castillo de Santa María depositamos su cadáver, y á nuestro costo levantamos allí un modesto pero artístico panteón, en cuyas lápidas inscribimos sus principales hazañas. Creo que el pueblo venezolano habrá respetado este monumento consagrado por la fidelidad española á uno de los americanos ilustres por sus hechos y por su consecuencia política.