Memorias de un oficial del ejército español: campañas contra Bolívar y los separatistas de América · Capítulo real 7 de 9
CAPITULO XVI
Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 18 tramos técnicos para mejorar el rendimiento.
CAPITULO XVI
PRECAUCIONES. — NUEVA CAMPAÑA
El 10 de Marzo de 1818 recibimos en Puerto Cabello muy malas noticias de la g-uerra. Multitud de emigrados de toda la provincia de Caracas acudían aterrados á buscar un refug-io en Puerto Cabello. Entre ellos, presentóse un comandante de Navarra herido, con muchos dispersos de todos los cuerpos y, entre otros, un soldado con un oficio del general, en que se prevenía á Carmona pusiese la plaza en estado de defensa.
Decían los fugitivos que Bolívar, con 9.000 infantes y 5.000 caballos, había caído sobre San Fernando y, no habiendo logrado tomar la plaza, había sorprendido en Calabozo á todo nuestro ejército, cuya suerte se ignoraba, si bien era de presumir que Morillo hubiese sido derrotado y cogido prisionero.
Desde entonces trabajamos noche y día para poner todas las baterías al pelo.
El 12 se presentaron 11 buques ante Puerto Cabello. Les hice algunos disparos y volvieron la proa sin izar bandera. Por la noche sentí un bote que bogaba con mucho silencio. Al envi irle una rociada, me gritaron sus tripulantes que eran pescadores que venían huyendo de los corsarios. Los dejé pasar, y luego supe que eran oficiales insurgentes, dirigidos por Mac Gregor, que desembarcaron por una costa cercana.
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El 13 supimos de ofício que los enemigos sólo habían sorprendido en sus operaciones sobre Calabozo algunas compañías sueltas destacadas, las cuales habían perecido después de batirse hasta quemar su postrer cartucho. Morillo se había puesto á la cabeza de todo el ejército, y había conseguido, formando el cuadro y peleando desesperadamente, abrirse paso por medio de aquella nube de caballería, haciendo una retirada brillante, escarmentando al enemigo en Oriosa y en el Sombrero y procurando atraerlo al terreno quebrado, donde no tuviese la ventaja que le daban á Bolívar sus caballos.
El 14 volvió rostro y le atacó en Macaray, donde destrozó á la infantería rebelde, que se rehizo en Cagua. Sobre el ya atemorizado ejército colombiano marchó Morillo, reforzado con el batallón de Pereira, que acababa de llegar de Coro, y el 15 tuvo lugar la sangrienta batalla de la Puerta, en que alcanzaron inmarcesible victoria los nuestros, si bien perdieron la vida varios jefes y oficiales esforzados y bastantes soldados de nuestra parte, saliendo el mismo general en jefe herido de un lanzazo. El enemigo tuvo doble número de bajas que nosotros.
Morales se portó allí como quien era. Latorre persiguió á los rebeldes, derrotándolos en Ortiz y acabando de destruirlos en Cogedes.
En Puerto Cabello seguímos con redoblada vigilancia. Yo no salí del castillo en veinte días. Solamente nos tranquilizamos cuando supimos que nuestro ejército había deshecho al de Bolívar, teniendo que repasar el Apure con el resto de su caballería á la vez que los nuestros volvían á entrar triunfantes en Calabozo.
El 25 de Mayo recibió el Ayuntamiento de Puerto Cabello un magnífico retrato de Fernando VIL Con este motivo tuvo allí lugar una gran fiesta cívica el 30. Hubo gran función de iglesia; paseóse la efigie por las calles en un carro triunfal que yo construí y cuyos flecos, cordones, borlas y galones de oro y demás materiales costaron dos mil pesos. Acompañábale una guardia de corps, com-
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puesta de oficiales. Las calles estaban alfombradas de flores, las casas cubiertas de cortinas y banderas españolas y las azoteas de toldos.
El repique de las campanas, las salvas de artillería, el bullicio, el contento, la solemnidad y el entusiasmo de aquel acto hacían el mismo efecto que si el monarca en persona estuviese en Puerto Cabello.
Ocho niñas de catorce á quince años, lindas como
.ángeles, llevaban las cintas del retrato. Seis corpulentos
caballos, lujosamente enjaezados, tiraban del carro. Los
vivas, las manifestaciones de aquel pueblo fueron tantas y
tan vehementes, que no me creo capaz de describirlas.
Al recibir el Ayuntamiento el retrato hicieron tres descargas, y en seguida la plaza la suya de ordenanza.
El baile, que duró toda la noche, y el lujo desplegado en la cena, fueron superiores á toda ponderación. Parecía imposible que un pueblo tan monárquico pudiese ser regido por instituciones republicanas.
El 19 de Agosto se me dio la comisión de levantar un plano de los caminos, accidentes topográficos y recursos de las comarcas de toda la provincia, teatro futuro de la lucha. El mal más grave con que hemos luchado los militares en las guerras de América, es la carencia de pianos exactos.
Los rebeldes llevaban siempre sobre nosotros la ventaja de conocer el terreno.
Si durante ios trescientos años de paz que disfrutaron estas regiones se hubiesen formado buenas cartas militares de aquellos vastos territorios, la rebelión no hubiera triunfado nunca.
Sin instrumentos científicos, sin bastantes conocimientos, sin tiempo ni recursos, yo ;ío podía hacer otra cosa que croquis á bulto, y así lo hice saliendo el 26 con seis soldados á reconocer los pueblos de Moren, Cancabó, Alpargatón, Urama, Cabria y sus jurisdicciones. Dejé encargado del castillo al capitán don Ramón Suárez Peñalver.
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Excuso entrar en la cansada narración de los trabajos y fatig-as que me costó cumplir con esta comisión, las marchas que hice, los auxilios que me prestaron los alcaldes y otros incidentes poco interesantes de esa larga excursión. Sólo diré que en las inmediaciones de Urama, allá en la cumbre, una enorme culebra alzada sobre su cola, atacó al alcalde, que iba en una muía, y á poco acaba con nosotros.
Abandonó su cabalgadura el alcalde: los soldados se abalai zaron sobre el reptil, para matarlo á culatazos; pero aquél les advirtió que no lo hicieran si no qi^^rían morir, y cortando una vara con ramas y todo de un palo especial, la atontó y luego la acabamos nosotros. Era gruesa como un muslo, larga de seis varas, y su dentadura como la de un perro. La muía mordida murió á las pocas horas.
Regresé el 4 de Septiembre á Puerto Cabello, cargado de borradores que, con singular paciencia y trabajando sin cesar, puse pronto en limpio. En ellos marqué las distancias, los ríos, lo arroyos, caminos, puntos fuertes y débiles, desembarcaderos, víveres y forrajes que podían suministrar las comarcas.
Cuando concluí este trabajo lo entregué al coronel don Gonzalo Aramendi, nuevo gobernador de aquella plaza, al cual le gustaron mucho mis croquis y me dio las gracias á nombre del general en jefe.
Empeñábase en que yo era facultativo, por más que modestamente le confesaba que yo no había hecho otros estudios especiales que los incompletos de guardia-marina, y me cobró tal afecto aquel jefe recién llegado de la Península, que cuando se mandó á Carmona salir á campaña con su batallón, ya reorganizado, quiso que yo me quedase allí de ayudante suyo; pero alegué que siendo capitán de una compañía de preferencia, no podía abandonar mi puesto de honor v de peligro, por un destino cómodo y decente, pero sin gloria.
Así es que el 26 salimos con nuestros 400 hombres de Cachiri, en dirección á Valencia, adonde llegamos el 28.
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El general Morillo estaba en los valles de Aragua. El 30 proseguimos nuestra marcha á Guacara, donde entramos de gala en correcta formación, pues nos iba á pasar revista el general en jefe.
Hecho alto en la plaza, se presentó don Pablo Morillo, seguido de su Estado Mayor. Como los de mi compañía eran los más altos, y más aún los de la cabeza, hacía yo, por mi pequeña estatura, un contraste ridículo al lado de aquéllos. Así es que al pasar por delante de mí soltó el general una ruidosa carcajada, exclamando:
— ¡Sevillita, capitán de granaderos!... ¿Quién le habrá engañado, poniéndole al lado de esos gigantes?
Las risotadas fueron repetidas por todo el séquito, lo que no dejó de cargarme bastante; mas no lo di á entender, porque el general siempre me salía con los frailes de Santa Fe ó con otro chiste cualquiera.
Al presentarnos luego todos los oficiales á Morillo, me dirigió, á mí primero que á todos, la palabra deshaciéndose en elogios sobre mi comportamiento en Santa Fe y en el Apure. A cada uno endilgó un párrafo, ya para alabarle, ya para censurarle; Morillo era gran fisonomista y, jamás se le olvidaban las facciones ni el nombre de una persona. Al salir, un ayudante detuvo á Carmona, á Mendívil y á mí, para que nos quedásemos á almorzar.
En la mesa manifestóse S. S. muy satisfecho de nuestro pequeño batallón y ofreció darles nuevos reemplazos. Al despedirnos á las once, nos dijo:
— Señores, espero que os mostraréis tan sufridos y valientes en la campaña que vais á emprender como en la pasada, y que esta ve:: seréis más afortunados y mejor recompensados. La misión de Cachiri es muy importante y peligrosa. Yo juzgo á ese batallón como una de las más firmes columnas de mi ejército; que no defraude mis esperanzas. Estoy muy contento de vosotros. Adiós.
Salimos de allí agradecidos, entusiasmados y dispuestos á hacernos matar en la primera acción antes de quedar mal con un general en jefe que estaba tan pendiente
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de los hechos de cada uno de sus subordinados. Nos reunimos con el batallón de San Joaquín, trasladándonos en seguida á Macaray, donde permanecimos quince días esperando órdenes.
A mediados del mes las recibimos de reforzar la columna volante que operaba en los llanos de Barcelona; la mandaba el coronel don Eugenio Arana. Marchamos con harto sentimiento, pues volvimos á sumirnos, lejos del cuartel general, en desiertos donde no hay amparo más que el de Dios y el de las bayonetas.
En Cagua pernoctamos en casa de una isleña rica que había tenido la habilidad de hacerse querer y respetar por ambos contendientes, pues lo mismo recibía á Morillo, á Morales y á los demás jefes españoles, que á Bolívar, á Páez y á cuantos insurgentes querían participar de su espléndida hospitalidad.
En su casa dimos un baile para ^isipar la melancolía, y lo mismo hicimos en todos los demás pueblos del tránsito. Nos echábamos la cuenta de que, pues nos quedaban probablemente pocos días de vida, era preciso disfrutar de ellos. En la villa de Cura se nos unió el teniente coronel don Salvador Medina, nombrado segundo jefe del batallón, quien siguió el 21 con nosotros, quedando allí Carmona en expectación del cuartel general. A las diez de la mañana de este día descansamos en la Puerta bajo un árbol gigantesco acribillado á balazos y rodeado de esqueletos. Era el sitio en que había tenido lugar la batalla á que me he referido, y en la cual habían muerto 400 insurgentes y unos 200 leales.
Pernoctamos en los días sucesivos en San Juan de los Morros, San Sebastián de los Reyes, San Francisco de Cara, Camatagua, donde se nos unió un escuadrón de caballería del país, Cura y Taguaique.
Este último pueblo estaba en poder de unos 60 ó 70 rebeldes, á quienes conseguimos poner en fuga después de un ligero tiroteo. Por la madrugada trataron de sorprendernos, pero estábamos sobre aviso, y los rechaza-
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mos, haciéndoles nueve muertos. El 29 lleg-amos á San Rafael de Orituco, en donde nos quedamos estacionados cubriendo la avenida del llano de Calabozo, mientras el general Morales llevaba á cabo una de sus brillantes op2- raciones.
Nos alojamos, Mendívil y yo, en una casa frente á la iglesia. Había allí un sacristán que no cesaba de tocar las campanas, y el ruido que producían nos estorbaba mucho en nuestros trabajos al detall. Nos dio, pues, la humorada de apuntar al sacristán con los fusiles de los asistentes cada vez que empezaba á tocar.
El campanero se escondía detrás de un pretil; pero quedaba atisbando, y una vez que nos metíamos para adentro, volvía á repicar más ruidosamente que nunca. Tornábamos nosotros á hacerle la puntería y él á suspender su música. El cura, que era vecino nuestro, le gritó desde su ventana:
— ¿Por qué no tocas seguido?
El sacristán le contestó señalándonos con el dedo desde su escondite y haciendo una pantomina como quien dispara una arma de fuego.
Nos fuimos á comer, y al poco rato se presentó el párroco sumamente molesto. Medina estaba con nosotros.
— Señores — dijo el cura — , es deber de todo cristiano solemnizar las festividades de los santos, y el que lo estorbe es un hereje.
IVledina, que estaba en el secreto, se mordió los labios para no reírse, y le prometió corregir el abuso.
Pero aquella noche unos cuantos troneras, al salir del baile, subimos al campanario, quitamos los badajos y cuerdas á las campanas y los escondimos en casa del oñcial Llamosas. Por la mañana hicimos una visita al cura, á quien encontrarnos bastante sulfurado:
— Padre cura — !e dije — , ¿qué santo es hoy, que no hace usted tocar las campanas?
— Si ustedes no fueran ladrones de badajos — nos contestó— se hubiera repicado como siempre.
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— Padre — le repliqué — , tiene usted razón. Usted tiene la obligación de celebrar el culto divino, nosotros la de hacer nuestros estados comparativos y demás documentos. Vamos á capitular. Le devolveremos á usted sus cuerdas y badajos con tal que usted mande al sacristán acortar el tiempo de sus interminables repiques.
— Corriente — dijo el párroco — , restituyan lo hurtado y mandaré á mi incansable sacristán que no toque más que quince minutos en cada repique.
— Algo largo es, padre, pero convenimos en la capitulación.
Así se hizo y quedamos muy amigos.
Antes de partir celebramos una conferencia para hacerle una jugada de despedida al cura.
— ¡Qué diablo! — exclamó uno —ya que nos tiene por ladrones, vamos á robarle algo que justifique su apreciación. Tiene en el corredor unas magníficas longanizas frescas. Se las cogemos y echamos la culpa al caballo de Medina, que ha aprendido á comer carne en los llanos.
Todos aceptamos esta idea como la más ocurrente y traviesa que pudiera imaginarse.
Tomamos, pues, los embutidos, los colocamos cuidadosamente en una maleta, para consumirlos en el viaje, amarramos cerca del sitio del delito el caballo y nos retiramos á descansar.
Por la mañana vino el padre cura á decirnos que él no deseaba causar perjuicio á nadie, pero que indudablemente nuestros asistentes le habían robado unas longanizas que había mandado poner á secar.
— Señor cura — le contestó Mendívil muy serio — , nuestros asistentes son incapaces de cometer un hurto, y menos tratándose de cosas que pertenecen á un sacerdote. Las longanizas de usted se las comió, no lo dude usted, el caballo del comandante.
El sacerdote que, aunque de un fondo excelente, tenía malas pulgas, se incomodó con esta salida:
— Caballeros — dijo — , sepan ustedes que yo no con-
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siento burlas de nadie, y á no impedírmelo el traje...
— Asistente — interrumpió Mendívil — , trae un pedazo de carne de la cocina. Ahora verá usted, padre, que no nos burlamos de usted.
En efecto, el caballo se comió con visible buen apetito el trozo de fiambre que se le dio. Al ver esto el bueno de cura, quedó convencido y admirado:
— Dispensen ustedes — articuló como disculpándose — , yo nunca tal había visto; pero ya estoy persuadido de que ese animal es capaz de comerse, no digo yo una docena de longanizas, sino ciento que le dieran. Los tiempos lo están trastornando todo, hasta ei estómago de los cuadrúpedos.
Concluido este chistoso incidente, nos preparamos para el viaje.
Al capitán Solórzano, que estaba enamorado de unas charreteras mías, se las regalé, y él, no sabiendo cómo mostrarme su agradecimiento, me dio un caballo viejo y flaco, pero muy grande:
— Este caballo — -me dijo — que á usted le parecerá el rocinante de Don Quijote, tiene dos grandes propiedades: no cansarse nunca, aunque no hay quien le saque de su paso, y no comer.
— ¡Que no come!
— Me explicaré: vive sobre el país; á coces quita el pienso á todos los de su clase, y donde no hay que robar, pace en quince minutos lo que ha de menester para dos días.
— Pues chico, es una grande adquisición para estos tiempos. ¡Ojalá lo hubiera yo tenido en Angostura! Le doy á usted expresivas gracias por tan valioso regalo.
Pusímonos en marcha el 23 de Noviembre, y fuimos haciendo noche, sucesivamente, en Altagracia, Morecure y Cañaveral.
A partir de aquí nos internamos en montes vírgenes de terreno quebrado, en donde teníamos, á veces, que abrirnos paso, talando árboles; acampando el 25 en una altura
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llamada las Raíces, en que había un limpio rodeado de bosques.
Nos advirtieron los guías que hiciésemos hogueras en iO 'no del campamento, pues estaban plagadas de tigres las inmediaciones.
Pronto nos probó la experiencia que no nos habían engañado: á las once de la noche, estando la tropa durmiendo al pie de sus pabellones de armas, oímos una voz penetrante, rápida y lastimera, articular esta frase: / Virgen Santísima, ampá...! Y la voz quedó sofocada. Corrimos armados de fusiles y tizones encendidos, al sitio de donde había partido aquella exclamación aterradora. Sólo encontramos un rastro de sangre, el morrión, un zapato, la cartuchera con la correa rota, cartuchos regados y jirones de ropa enredados en las zarzas; en la tierra estaban, marcadas las anchas huellas de la fiera. Un soldado había sido comido vivo. Nos horrorizamos, é instintivamente nos pusimos á rezar por su alma.
Volvi/nos al alborotado campamento, é inmediatamente averiguamos que la víctima era un bizarro soldado negro, hijo de Puerto Cabello, que había hecho varias campañas con Morales, y que era, además de valiente militar, un buen albañil.
Una necesidad natural le había llevado al lugar de su martirio.
Desde aquella hora ya nadie quiso dormir, ni era posible, pues no cesaba el rugir de aquellos feroces animales.
Proseguimos la marcha al amanecer, y después de siete leguas de camino infernal, hicimos alto junto á un miserable bohío, y la noche siguiente la pasamos entre unos árboles, de los que colgamos bien altas las hamacas, para librarnos en lo posible de culebras y garrapatas.
El 28 acampamos en los llanos de Guaripe, bajo un copiosísimo aguacero. Continuamos mojados el 29, dando resbalones; yo estaba desfallecido y muerto de sueño, como todos. Afortunadamente me reanimé algo con un
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pedazo de longaniza del cura, y dormitando sobre mi clavileño, bien que un sol abrasador nos perforaba los sesos.
En el hato de Marrero, inmensa hacienda de crianza que encontramos en nuestro camino, se nos alojó á todos en vastos ranchones y se nos dio carne salada y casabe en abundancia, único alimento que se encuentra en los llanos.
El 2 de Diciembre llegamos á Clarines, en cuya plaza descansamos, continuando la marcha á las diez de la noche, que era lóbrega; el suelo estaba mojado; aquí caía un hombre, allá otro, de tal modo que, al ser de día, nos encontramos con cien hombres solos y éstos rendidos de fatiga: ocho rebeldes que nos hubieran entonces atacado, nos habrían vencido.
A las nueve de la noche entramos en San Andrés de Onoto, donde nos incorporamos á la columna de Arana.
Los trescientos llaneros y un par de escuadrones que estaban allí, nos recibieron con inmensa alegría. Allí se nos dio, á Medina, Carmona y á mí, una casita techada de paja para vivir.
Además de aquellas fuerzas. Arana tenía unos ochocientos hombres más de avanzadas colocados á pocas leguas en sitios convenientes.
Nuestra misión era impedir que los rebeldes dei Orinoco penetrasen en la provincia de Caracas, perseguirlos y vivir de las reses que se criaban en aquellas comarcas.
Escaseando ya la carne en aquel pueblo, formó el coronel Arana una fuerte columna y salimos el 17 de Diciembre en dirección á San Pablo, situado precisamente en sentido contrario ai que debíamos seguir, á fín de engañar á los espías de que estábamos rodeados.
Continuamos en la madrugada siguiente hacia Barcelona; pero de pronto doblamos en demanda de la misión de San Miguel, pueblecito quemado y abandonado, en que entramos á las cuatro de la tarde, después de haber atravesado siete leguas de pajonal, sufriendo un calor horrible.
Una sola casa de manipostería había en el poblado en
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que vivían dos frailes franciscanos con dos matrimonios indios, únicos habitantes de aquel lugar.
Los padres, muy contentos de nuestra Ileg-ada, nos regalaron naranjas, única cosa que poseían, y nos dieron noticias importantes sobre el paradero y fuerzas del enemigo. Proseguimos con mucha precaución el 19, pernoctando en Caigua, en donde encontramos un alcalde indio, famoso por su inquebrantable adhesión á la causa española, como lo había demostrado en más de cien combates.
Tan pronto como nos vio preguntónos solícitamente por la salud del rey, tocó una especie de cuerno de caza y se presentaron los indios de su escolta; abrió un cuarto lleno de arcos y flechas y mandó á ¡os suyos que se armasen, y á los pocos de su raza que venían con nosotros, que se repusiesen de armas y municiones.
Dicho alcaide tenía una red de espionaje fiel por aquellos contornos; al anochecer llegaron dos de sus indios medios desnudos, fatigados de tanto correr.
— Señor — dijo el más versado en la lengua castellana, dirigiéndose al coronel, después de pedida la venia de su jefe — , os traigo una gratísima noticia. El invencible cacique Maita, honra de nuestra nobleza indígena y el más esforzado y leal guerrero que ha nacido en estos valles; el cacique Maita, terror de los insurgentes, que estaba vigilando el cantón de Buere, viene caminando por sendas extraviadas y montes inaccesibles á reunirse con la columna fiel, porque ha recibido el aviso que le habéis mandado. Con su poderosa ayuda no es dudosa la victoria de ios soldados del rey.
Ante este discurso, dicho con la entonación que emplearía un embajador de un poderoso monarca, á todos nos entró curiosidad de conocer al célebre cacique de quien con tanto respeto hablaban sus subditos.
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EL CACIQUE MAITA
Ya entraba !a noche cuando oímos un tamboril que tocaba una especie de marcha extraña.
— Es el cacique — exclamó el alcalde, cuadrándose respetuosamente y tomando una actitud humilde.
Arana mandó formar para recibir á aquella tropa con todos los honores de ordenanza.
Empezaron á asomar primero el del tambor y después una serie de arrogantes mocetones marchando á la desfilada. Eran robustísimos, de nervuda musculatura y de un color cobrizo más oscuro que los demás indios; en el medio de ellos venía sentado en un sillón, llevado en hombros de cuatro nobles, el cacique Maita, que no se apeaba sino para entrar en batalla ó para comer ó reposar. A los lados venía una multitud de mujeres con el pelo tendido y desnudas, como los hombres, sin más que un taparrabos de cerda pendiente de la cintura; éstas traían chiquillos y algún menaje de casa. Detrás del cacique iban dos escuderos llevando sus armas. Aquel cuadro, raro por demás, trasladó nuestra imaginación á los tiempos de la conquista.
El cacique mandó hacer alto en un idioma desconocido. A esta voz todos se sentaron y él se bajó de su sillón, dirigiéndose al coronel, á quien abrazó de igual á igual. Deshicimos nosotros la formación y pasamos los oficia-
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les á saludar al jefe de la tribu. A todos nos estrechó contra su pecho uno á uno, haciéndonos sentir la presión de sus músculos de acero. Era este un hombre como de treinta años, de mirada altiva é inteligente, con poca barba, pero con ciertos movimientos de autoridad, que imponían; se parecía bastante en el físico al general Latorre.
Traía unos doscientos cincuenta hombres de combate y porción de mujeres, muchachos y niños.
— Trae usted muy buena gente, señor cacique — le dijo Arana. — Lástima que no tengamos fusiles para armarlos. Las flechas no dan en el blanco como las balas.
— Al contrario, capitán — le contestó el jefe indio — ; los fusiles son los que no dan en el blanco con k misma precisión que las flechas, y os lo voy á probar.
Dirigió en seguida la palabra en su lengua á sus subditos, que estaban sentados. Todos ellos prepararon el arco. La escena estaba alumbrada por una hoguera. Entonces Maita lanzó, después de llamarnos la atención, una naranja á grande altura en el aire. Partieron una multitud de flechas y la naranja no cayó.
— ¿Dónde está la naranja? — preguntó el coronel.
— Aquí están algunos pedazos — contestó el cacique, levantando del suelo dos ó tres fragmentos del tamaño de un real. — Ha sido destrozada per doscientas cincuenta flechas. Mis soldados no yerran el blanco, capitán. ¿Queréis hacer igual prueba con vuestros fusiles?
— No. Eso 63 admirable.
En efecto; todos nos quedamos haciendo cruces.
Arana invitó atentamente al cacique á comer con él. Toda la oficialidad asistió á aquella cena frugal de campaña. Diósele á Maita el sitio de preferencia. Se expresaba, cosa rara entre los suyos, con perfección en castellano. Habló del estado de la guerra é hizo observaciones que indicaban su profundo conocimiento del terreno en que íbamos á operar, y del enemigo que habíamos de combatir:
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— Capitán —dijo — los blancos renegados han entrado en el pueblo de San Bernardino; traen mayor número de fuerzas que nosotros; pero las venceremos. Con ellos va un cacique traidor, antiguo aliado y amigo mío, á quien en vista de su deserción, he mandado un reto de muerte. Le he prometido por los manes de mis abuelos irle á buscar en medio de su campamento y pasarle por las armas en castigo de su villano proceder con el rey. Capitán Arana, á pesar de mis creencias cristianas, no he podido renunciar al sentimiento de la venganza, que es una especie de culto entre los hombres principales de mi raza. Os traigo un contingente pequeño, porque parte de mi gente la he dejado de observación en puntos estratégicos de importancia y la flor de los que seguían mi bandera, ha muerto ya en defensa de nuestro señor don Fernando VII; pero estos doscientos cincuenta guerreros indígenas son bravos en el combate y diestros en el manejo de la flecha y la macana. Si algo creéis que valen, hacedme el honor de permitirme ir con ellos á la vanguardia de la columna. Necesito que así sea, para que yo pueda castigar al cacique infiel.
— Concedo con gusto ese insigne honor al más valiente y leal de los caciques.
— Gracias, capitán; os doy palabra de que no habéis de arrepentiros de haber confiado el puesto de mayor peligro al cacique Maita.
Arana regaló un par de pistolas al cacique.
Terminada la cena, los oficiales jóvenes nos fuimos á ver las indias, que estaban preparando la cena.
Entre ellas las había muy bonitas.
Ninguna entendía una palabra de nuestro idioma, y á las señas que les hacíamos, contestaban con mucho recato y decencia, á pesar de estar en el mismo traje que Eva.
Por esto y porque teníamos especial recomendación de respetarlas, nos abstuvimos de propasarnos con ellas.
Emprendimos la marcha el 20, á las nueve de la mañana, atravesando bosques y llanuras de difícil acceso.
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Los indios iban delante, á una gran distancia de nosotros, con unas precauciones y una cautela que no esperábamos de aquellos incultos hijos del desierto.
Imposible era que les sorprendiesen.
Tan pronto marchaban escondidos por las zanjas, árboles y maleza, como se arrastraban por el suelo como culebras cada vez que una huella humana ó un ruido les indicaba la posible proximidad del enemig-o.
A las dos de la tarde habíamos andado las cinco leg-uas que hay á San Bernardino, en cuyo pueblo habían estado los insurgentes el día anterior, en número de 1.500 entre infantería y caballería, habiendo robado y destruido todas las casas que no eran de sus correligionarios.
Estos, siempre hipócritas y vividores, nos obsequiaron con tasajo para toda la tropa y nos hicieron toda clase de agasajos.
Proseguimos á las cuatro de la mañana del día siguiente, después de haber distribuido 60 cartuchos á cada soldado y de recomendar gran vigilancia, pues debíamos entrar en fuego de un momento á otro.
Marchamos de flanco hasta Curataquiche.
El 22 nos entretuvimos mucho cazando y beneficiando reses; anduvimos sólo cuatro leguas y acampamos al pie de la ranchería, en cuyos alrededores presentáronse varios caballos insurgentes, lanzándonos algunos tiros.
Sin duda habían sido avisados de nuestra presencia por los de San Bernardino. Establecimos fuertes avanzadas, y el resto de la tropa se entregó al descanso.
Al amanecer, cuando nos disponíamos á seguir viaje, sentimos un nutrido tiroteo. Era que unos cuantos de á caballo, que habían salido á buscar ganado por los alrededores, al regresar con unas reses, habían sido cargados y envueltos por el enemigo.
Arana se lanzó sobre su caballo, gritando: "Sígame todo el que pueda."
Cuantos caballos ensillados había los tomamos y nos precipitamos como furias sobre el enemigo.
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Al llegar al sitio de la escaramuza, encontramos á Malta, combatiendo como un león; sus flecheros habían hecho morder el polvo á varios rebeldes.
Los arrollamos materialmente, rescatando á nuestros compañeros y á las reses que conducían, si bien nos mataron á un oficial de la Reina é hirieron á varios.
Dos días permanecimos allí, sufriendo pequeñas escaramuzas
El 25 atravesamos varios bosques, á la entrada de los cuales tuvimos que abrirnos paso cargando á los enemigos, con no pocas pérdidas de una y otra parte.
El 26 anduvimos ocho leguas de sabana, siempre molestados por el enemigo.
Nos quedamos al lado de una lagunita, que bautizamos con el nombre de Iguana, porque habiendo encontrado allí un animal de esta especie, intentamos matarlo á palos, lanzazos y pedradas, lo que nos fué imposible, pues tiene un carapacho como de hierro y se defiende como un león.
— Una peseta te doy — dijo Medina á un indio flechero— si le das un flechazo en la cabeza.
Apenas articuló esta frase, que tradujo otro indio, cuando el soldado de Maita le metió !a flecha por la boca á la iguana, dejándola muerta.
El 27 acampamos siete leguas al Este, entre la maleza.
Ya había salido el sol del 28 cuando nos pusimos en movimiento, entrando por la estrecha vereda de un monte desconocido de todos nuestros guías, excepto del cacique Maita, que, como siempre, iba delante de sus descubridores.
Después de seis leguas de un camino infernal, empezó á ensancharse la senda y á disminuir la arboleda.
Nuestros relojes señalaban las dos, cuando oímos un tiro y un grito en la vanguardia. A los pocos minutos se presentó uno de los nobles de Maita, conduciendo amarrados á un indio y dos indias:
— Capitán — dijo el edecán del jefe indígena — : el gran
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cacique Maita os envía á estos tres espías que acaba de recoger, para que los matéis si no os dicen la verdad. Eran dos los varones, pero á uno lo ha muerto mi señor con una de las pistolas que le habéis regalado, por haber hecho armas contra nosotros. El cacique os advierte que el enemigo está cerca, pues ha observado huellas recientes y presume sean muy numerosas las tropas insurgentes. Este traidor os dará más detalles, si no se niega á hablar como lo ha hecho delante de su aprehensor.
Arana interrogó al indio, pero este se negó á contestar; parecía sordo-mudo.
— Vengan cuatro números — exclamó el coronel — y apunten á ese hombre.
Inmediatamente cuatro bocas de fuego le tocaron á las sienes y al sitio del corazón.
— Un minuto de vida te queda para responder — dijo el jefe de la columna, por medio de un intérprete, y sacó su reloj.
Medió un corto silencio.
— Ha pasado medio minuto — repuso. — ¿Dónde están los insurgentes? ¿Quién los manda? ¿Cuáles son?
El intérprete repitió las palabras, pero el prisionero permanecía silencioso:
— Soldados, arriba los gatillos, voy á dar la voz de fuego. Y echó una mirada siniestra sobre el reloj.
— No me matéis — exclamó al fin el indio — lo diré todo.
— Habla pronto y ten presente que si no dijeres la verdad, morirás de todos modos.
— El general Monagas, con toda su División acaba de llegar del Pan, y os espera en el llano que está al fín del bosque.
La noticia nos sorprendió á todos; no esperábamos tener que habérnoslas con tan fuerte caudillo. La lucha era desigual, y cada uno de nosotros en su fuero interno se juzgó perdido.
Arana mandó apresurar el paso, á fín de desplegar en batalla á la salida del monte. Ya en este punto, y míen-
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tras hacíamos el movimiento oímos tiros á derecha é izquierda. Dejamos á las espaldas á los que trataban de llamarnos la atención y avanzamos en batalla por la sabana. Ya sobre los barrancos del río Uñare, á la sazón seco, aunque con algunos charcos, tratamos de marchar de flanco, pero en e! momento de cambiar de frente, vimos á los indios y caballos que llevábamos de vanguardia replegarse apresuradamente sobre nosotros; venían perseguidos y alanceados por más de seiscientos rebeldes de caballería, mandados en persona por Monagas. El ímpetu de perseguidos y perseguidores fué tal, que todos revueltos y en el mayor desorden, hombres y caballos caímos empujados en el zanjón del río.
Los insurrectos nos hicieron muchas bajas y nos habrían acabado si los caballos pudieran llegar á nosotros y si no quedara algo distante la infantería separatista. No había cuartel, y allí era preciso matar ó morir. Los caballos se habían situado á uno y otro lado de aquella especie de sepultura. Logramos formar en columna en aquel callejón. Para cubrir la retaguardia destacóse una compañía de la Reina y algunos indios, los que comenzaron á tirar balas y flechas sobre el enemigo: éste nos iba cazando según desfilábamos; por fortuna, nuestra caballería logró salir ai llano y llamarles un tanto la atención.
Uniéronse los rebeldes para darnos una carga decisiva, pero el cacique Maita, con sus bravos, cubrió el aire de flechas y nosotros hicimos un fuego terrible al mismo tiempo que el denonado comandante de caballería Alejo Torralbo, les atacaba con un arrojo temerario. Conseguimos, pues, hacer volver grupas á los llaneros de Monagas y los perseguimos un gran trecho.
Cada vez que volvían caras formábamos el cuadro y los rechazábamos y entonces nuestra caballería hacía el resto. Los enemigos se retiraron hasta quedar bajo la protección de su infantería, la cual constaba de unos mil quinientos hombres, formados en batalla, que nos esperaban tranquilamente sobre un cerro distante.
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Marchamos en columna cerrada sobre ellos, con la yerba á la cintura.
— ¡Adelante, muchachos — gritó el coronel — ; la vida está jugada; tratemos de ganar la partida!
Maita, que iba siempre delante, dijo algo á los suyos con entonación robusta y belicosa .
— ¿Qué dice? — le pregunté á un indio .
— Que en el enemigo debe estar el cacique infiel y que levantará la tapa de los sesos al que se muestre cobarde en su captura.
De pronto la primera fila de mi compañía se desordenó; los soldados daban brincos espantosos y ayes lastimeros. Era que entre ía yerba habían alzado sus cabezas venenosas multitud de culebras malpanares y les embestían con furia, mordiendo á varios de la segunda y tercera compañía. Catorce hombres cayeron al suelo dando alaridos que partían el corazón. El coronel, que había advertido este contratiempo, gritó:
— Cierren los claros alineando á la derecha, y nadie se detenga á auxiliar á los caídos. No importa que los reptiles hagan, al igual de los hombres-fieras, guerra de mala ley á esforzados españoles. ¡Muchachos, adelante y caiga el que caiga! ¡Viva el rey!
— -¡Vivaaa! — contestamos todos.
Y proseguimos con la determinación de quienes están resueltos á morir con dignidad.
Eran las cinco cuando nos pusimos á tiro con el enemigo, y entonces empezamos á hacernos mutuamente un fuego horroroso.
Arana se multiplicaba en todas partes, arengándonos y animándonos con una elocuencia concisa puramente militar, pero que hería las fibras del corazón. Cuando vio que se prolongaba el fuego , y sabiendo por experiencia que nada acobarda tanto al soldado como la falta de municiones, en medio del combate, antes que llegara este caso, exclamó con voz penetrante é imperativa:
— No disparéis un tiro más; brío, audacia, valor y á la
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bayoneta con ellos. En vencer nos va la honra, nos va la vida; á ellos, pues, y matad, matad sin misericordia.
Emprendíamos la carga á media carrera, cuando por el flanco izquierdo nos salió de improviso el batallón famoso llamado de los bravos de Orinoco; venía en columna cerrada y armado de fusiles y lanzas. Desplegamos tres compañías en batalla sobre el grueso de la columna en masa y los recibimos con nutridísimo fuego y muchas flechas; pero, aunque les hicimos bajas considerables, lejos de retroceder, llegaron hasta tiro de pistola.
Entonces los cargó Alejo con su caballería, dispersándolos y haciendo en ellos terrible destrozo. Nos replegamos de nuevo sobre la base, y sin hacer caso de los fuegos del enemigo, avanzamos sobre él á carrera tendida.
Ante el valor del que arrostra impertérrito la muerte, muy pocos permanecen serenos. Algunos insurgentes nos esperaron hasta cruzar sus bayonetas con las nuestras, pero los más abandonaron cobardemente la formación, se dieron á huir sin orden ni concierto, y el resto de ellos, diezmados por nosotros, les siguieron á los pocos segundos .
Entonces el cacique Maita, corriendo con los suyos como un perro de presa, hizo gran matanza en los fugitivos, no dejándolos él ni nuestra caballería hasta que la suya, ya derrotada, los vino á proteger. Los insurgentes, completamente batidos, se internaron en un bosquecito, como á media legua de distancia.
De este modo ganamos la brillante acción que se llamó de Chamariapa, que habíamos tenido por perdida al principio. No compramos sino á costa de mucha sangre este triunfo, pues entre muertos y heridos tuvimos 230.
Cuando ya habíamos recogido nuestros heridos, los de las culebras inclusive, se presentaron los indios y caballería con unas cuantas reses que habían cogido al enemigo.
Los indios curaron á los heridos de culebra, montándolos á caballo para evitar la humedad, chupándoles las
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heridas y aplicándoles hojas de tabaco y guaco mascadas. Los quejidos de aquellos infelices no nos dejaron dormir. Dos fallecieron; los otros 12 se salvaron.
Yo había recibido una herida de flecha en un muslo, que me produjo bastante inflamación y molestia; pero sin ulteriores consecuencias.
El cacique Maita, después del degüello, había marchado con un piquete á recoger un pequeño destacamento que dejara á la salida del bosque, desde el cual se nos había hecho el primer fuego. Decíase que estaba inconsolable por no haber dado con el cacique de marras y que le buscaba por todas partes.
Al amanecer se nos presentó con su escolta. Delante de él, atado por los brazos y desnudo, venía otro indio de elevada estatura y arrogante presencia. En el costado tenía una ancha herida de flecha, por donde le asomaba un pedazo de bofe.
Pero el ensangrentado prisionero marchaba con tan serena altivez, como si nada tuviese. Tan espantable herida y tanta impasibilidad nos heló la sangre. Maita venía á pie. Acto continuo se presentó á Arana, y quitándose su corona de vistosas plumas:
— Capitán — dijo presentándole el preso — , mis bravos han cogido al cacique rebelde Guaranno. La herida que le veis la recibió al intentar la fuga. Su delito es tanto mayor cuanto que desciende de alta estirpe, y él con sus padres, siempre distinguidos por el monarca del Oriente, juró fidelidad á S. M. La nobleza india, y yo en su nombre como su más genuino representante, exige ejemplar castigo en la persona de este miserable, que ha ayudado á echar á los indios fíeles del Orinoco, y que se ha cebado cien veces en el asesinato de los leales blancos, negros y cobrizos. El y yo teníamos convenido matar, por traidor, al que cayera en manos del otro. La Providencia me lo ha puesto en las mías, y os pido licencia para juzgarle en Consejo de guerra, según las costumbres de la tribu, y ejecutarle tan pronto como sea condenado.
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— Nada puedo negar á mi amigo el cacique Maita — dijo Arana—. Si es crimina!, muera en buenhora; pero oyéndole, no martirizándole más y dándole ios Santos Sacramentos, si los quiere recibir.
— Así se hará — contestó el implacable cacique Maita, y se lo llevó al lugar en que estaban los suyos muellemente tendidos en el suelo.
Yo y otros oficiales le seguimos.
Penetró entre sus soldados y empezó á arengarles en su lengua. Todos se levantaron en actitud belicosa, pero respetuosa, ante su superior, en cuyos ojos iracundos brillaban rayos de salvaje majestad. El discurso de Maita, un tanto largo y para nosotros ininteligible, era á cada rato interrumpido por gritos feroces y gestos de odio hacia el preso.
Este permanecía con la cabeza erguida y la mirada altanera; por sus labios vagaba una sonrisa despreciativa que irritaba aún más á sus enemigos. Maita dirigió después la palabra á Guaranno, pero éste no se dignó contestarle sino con un signo negativo. Nada entendíamos los oficiales que aquel terrible drama presenciábamos.
A una seña de Maita, salieron cuatro indios armados, hicieron poner al reo de rodillas y le dispararon cuatro flechas por la espalda, cuyas puntas le salieron formando una recta por el pecho; cayó de boca; estaba muerto. Los matadores le arrancaron sus flechas y las limpiaron en los pies del cadáver. Luego, volviéndose á nosotros Maita, nos dijo en castellano:
— El que á hierro mata á hierro muere. El quitó la vida á muchos de mi raza y de la vuestra; ha pagado en la misma moneda.
CAPITULO XVIII
CONTINUACIÓN DE LA CAMPAÑA
Si yo fuera á describir nuestras penosas marchas por aquellos inmensos desiertos, nuestras zozobras, nuestras veladas al lado de hog^ueras que encendíamos, no para calentarnos, sino para ahuyentar á las fieras; si pintar intentara aquellos paisajes grandiosos de la Naturaleza iluminados, ya por el sol saliente, ya cayendo sus rayos á plomo sobre nuestras cabezas, haciendo levantar vapores sofocantes y malsanos, ó ya, cuando a! lleg-ar al ocaso, doraba la cima de árboles g-ig-antescos nunca sometidos al hacha civilizadora; si narrar quisiera los trabajos, las privaciones y las miserias que sufrimos, no teniendo otro alimento que la carne asada á la intemperie, sin sal ni condimento alg-uno (y gracias á Dios cuando la podíamos conseguir así); si, en fin, trataran de reproducir los tristes episodios y los ominosos presentimientos objeto de nuestras conversaciones en los bosques y en los llanos, cuando á descansar nos reuníamos, teniendo la muerte siempre en perspectiva y la probabilidad de que nuestros cadáveres insepultos fuesen pasto de buitres y de chacales, mi relación se haría larga, monótona é indigesta. Abreviaré, pues, todo lo posible.
Marchamos cinco leguas el 30 de Diciembre, pernoctando en Anaco, y cuatro el 31, en que nos alojamos en el destruido pueblo de Aragua, en cuyos alrededores va-
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gaba el terrible cabecilla negro Cabeza de Tigre, matando, robando y violando con tal ferocidad que hasta lo rechazaban los mismos insurgentes, bajo cuya bandera política se había acogido. Terror de aquellas comarcas, era preciso destruirle á todo trance.
Cuarenta hombres mandó Arana en persecución de aquel monstruo, al mando de un atlético y valiente sargento que, por sus fuerzas é intrepidez, se parecía á m¡ antiguo amigo Pérez. Consiguió sorprender la partida el denodado sargento. La lucha cuerpo á cuerpo fué terrible, pero ninguno de los nuestros logró derribar al feroz africano. Disparóle su fusil el sargento; contestóle el negro con un trabucazo: ninguno de ellos acertó. Trabóse la lucha al machete y, habiéndose roto el del sargento, asió en sus brazos á la fiera, y haciendo esfuerzos sobrehumanos, logró echarle a! suelo. No tenía armas y pelearon á mordiscos y cabezadas, hasta que la casualidad hizo descubrir á nuestro héroe un cuchillo que tenía al cinto el negro. Se apoderó de él, le cosió á puñaladas, y en su furia no paró hasta cortarle ía cabeza, que trajo al campamento en la punta de una lanza.
Era de ver aquel soldado con el rostro magullado, mutilados los labios á mordiscos, enseñándonos aquel trofeo de su victoria y participándonos que no había quedado uno vivo de la partida (1).
El 10 de Enero de 1819 llegamos al cantón del Guave; el 2, á la Laguna, donde recogimos mucho ganado; el 3, pernoctamos en nuestro cuartel de San Andrés de Oiioto. Allí descansamos hasta el 17, en que emprendimos una marcha de 50 leguas hasta las orillas del Orinoco, para recoger reses, que ya nos hacían falta.
El 18 se nos uüieron los indios de los cantones inmediatos, quienes nos trajeron la fatal noticia de haber desembarcado en las costas de Paria 1.500 á 2.000 aventure-
(1) El general en jefe concedió al sargento un ascenso y una pen» sión vitalicia por esta acción heroica.
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ros ingleses y americanos, con el intento de batirnos y tomar á Barcelona.
El 20 y 21, nuestra caballería llanera consiguió recoger unas 800 reses, que se remitieron á Onoto.
Arana había recibido noticias ciertas de que nos iban á atacar 500 filibusteros. Así fué.
El 10 de Febrero, estando acampado en el sitio de Ipire, se presentó de golpe sobre nosotros la caballería enemiga, creyéndonos dormidos; pero como estaba dispuesto que sólo descansasen las medias compañías, en tanto que la otra mitad estaba sobre las armas, los agresores fueron recibidos con una lluvia de plomo y flechas que no esperaban, habiendo tenido que volver grupas en el acto, no sin dejar muchos muertos y heridos en nuestro poder.
Tornamos al campamento el 6. El 7 de Marzo, ya municionados y recobradas las fuerzas, salimos de nuevo, pernoctando sucesivamente en Araguatas y en varios puntos del desierto.
En el paso de la Iguana nos atacaron el 11 unos 50 de á caballo, sobre ios cuales fué destacada mi compañía y la caballería de Torralbo.
Estuvimos tiroteándonos una media hora, hasta que, cansado de esta indecisión Torralbo los arremeció lanza en ristre, matando á unos doce y cogiendo á seis prisioneros, casi todos heridos, que mandó al coronel para que los examinase.
Entre ellos había un oficial joven con un lanzazo en la espalda, que le había dado nuestro terrible jefe de caballería, por cuya herida de dos pulgadas de profundidad y tres ó cuatro de ancho, respiraba como un fuelle. Este desgraciado, que era un muchacho fino, casi imberbe, me inspiró lástima. No había cuartel en aquella guerra de exterminio y me daba pena que lo fusilasen.
Cuando volví al campamento, fui á ver á los prisioneros; allí estaban los heridos en el suelo, sin curar y sin que nadie les hiciese caso. Llovía, y se quejaban mucho» sobre todo el indicado oficial. Le pregunté cómo se lla-
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maba y de dónde era, y me contestó que su nombre era José María Robles, y que había nacido de una distinguida familia en la villa de Maturín: era alférez de caballería de la división del Pan.
Corrí al médico del batallón suplicándole curase á aquel joven y á sus compañeros, para librarles del tétano, pues me dolía en el alma verlos en aquel abandono. Contestóme que lo haría con gusto, pero que no tenía otras medicinas que hilas, aceite y ron, y que le parecía inútil este trabajo, puesto que no pasarían muchos minutos sin que se diera la orden de fusilarlos, en represalia de lo que ellos hacían con los nuestros.
Le insté, sin embargo, á que viniera y me acompañó con una bolsa de hilas y una botella de ron. Yo mismo entibié este líquido en una dita ó totiina, en la fogata, y serví de practicante en la cura. La herida de Robles parecía mortal.
Al siguiente día fueron entregados los prisioneros á un sargento que con varios indios había recibido orden de conducirlos á ellos y á unas veinte reses á los cantones inmediatos. Ignoro el desLino que les ha cabido.
Habiendo dormido el 12 en el campo de las Ollas, salimos al siguiente día á la gran sabana de Apamate, con el objeto de cazar ganado. El modo con que se efectuaba esta operación era el siguiente:
Desde los jefes al último oficial entregábamos nuestros caballos á los soldados más prácticos en la equitación y en el lazo, quienes, reunidos con la caballería, daban un gran rodeo distribuyéndose en un vasto círculo á la distancia de 100 á 500 pasos de uno á otro caballo: los monteros, ya situados convenientemente, daban la voz de avanzar, voz que corría de uno en otro jinete varias leguas en rededor; entonces todos marchaban de la circunferencia al centro, impidiendo que se escapasen las reses, las cuales, así espantadas de todos lados, venían á reunirse en un punto estrechamente cercado.
No se lograba esto sin pérdida de caballos, y á veces
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de hombres, pues son muy bravos los toros monteses de Venezuela, pero era el único medio que tenía de subsistir el ejército español. El ganado se conducía á un cercado preparado previamente y las reses que intentaban fugarse eran cogidas á lazo por los llaneros.
La noticia de que los ingleses y demás advenedizos extranjeros intentaban internarse en Caracas y Barcelona, nos hizo regresar el 15 á nuestras posesiones estratégicas de San Andrés de Onoto.
Pernoctamos la noche de aquel día en medio de la sabana llamada Aguada del Carrizal, y el 16 entre unos barrancos sin nombre en la geografía.
Durante la marcha de estos dos días el enemigo había tiroteado nuestra vanguardia. Acampamos el 10, tras ocho leguas de pésimos caminos, al lado del bosque que llaman el Corosito.
Los oficiales habíamos amarrado las hamacas en los árboles del monte. En un claro que había dentro del mismo, como á 600 pasos de nosotros, se había situado la caballería que estaba al cuidado de 500 reses que habíamos encerrado en un corral construido con toda premura. Un oficial con veinte hombres vigilaba la avanzada que habíamos puesto para tener más seguro el ganado de una sorpresa.
Eran las dos de la noche cuando sentimos un fuego sostenido y un rumor como de un ejército que á la carrera viniese sobre nosotros. Todos dormíamos en las hamacas con sombrero, espada y los caballos ensillados al lado, aunque sin freno. Al mío por compasión le había soltado las cinchas el tío Pedro.
Al sentir aquel tropel infernal y aquellos disparos precipitados, nos tiramos despavoridos de las hamacas, pusimos los frenos y salimos á escape. Mi rocinante no llevaba más que un estribo; el otro lo había cogido la cincha contra la barriga. La confusión no podía ser mayor. Este gritaba: "Otra sorpresa como la anterior." Aquél: "Ya los tenemos ahí." El de más allá: "Firmes, muchachos, y no
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haya miedo." AI fín, nos pusimos en movimiento; pero de pronto cesó el fuego y reinó un silencio pavoroso. Al lado del corral percibimos una línea negra y otra blanca encima.
— Es la caballería enemiga que espera el día para atacarnos— dijo el coronel Arana, que marchaba al frente nuestro á caballo. — Nos detuvimos unos momentos.
— A ver — repuso el comandante general, viendo que la masa enemiga no se movía — ; síganme seis ú ocho hombres á reconocer la columna; tan pronto como nos vayan á cargar nos replegaremos y les haremos un fuega mortífero. Seguimos unos cuantos ai jefe, atisbando y olfateando, como si fuésemos perros de caza. La masa no se movía. Ya muy cerca oímos hablar alto y rei.se al comandante Torralbo.
— Buen susto nos han dado los malditos, pero no han roto el corral.
— Torralbo — le gritó Arana — , aproxímese usted.
En seguida presentóse el intrépido jefe de la caballería con la lanza en la mano, en calzoncillos y montado en pelo.
— Perdone usted, mi coronel, que me presente en este traje, pero no he tenido tiempo para vestirme.
— Pero ¿qué diablos ha pasado?
— No lo sé; mas se me figura que no ha sido caballería enemiga la que nos ha atacado, sino un rebaño de tigres hambrientos que habrán venido al olor de las reses.
— Por si acaso, formen como deben y vístanse los que están desnudos, que "soldado prevenido nunca fué vencido".
Los llaneros bien necesitaban esta última recomendación, pues los más estaban en el traje de Adán, aunque á ninguno le faltaba la lanza. Así que amaneció reconocimos los alrededores del corral, y en efecto, no solamente encontramos fuera las huellas de las fieras, sino que ha» bían penetrado y llevádose muchas reses, dejando otras heridas y varios cueros sobre las malezas en dirección al bosque.
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Continuamos el 18, sin más novedad, llegando el 19, á las tres de la madrug^ada, á nuestro cuartel de Onoto. El 20 salió un convoy con los enfermos, ganado y equipajes en retirada, hacia Barcelona, pero con orden de no pasar de Píritu, hasta no llegar nosotros.
Emprendimos el 22 nuestra marcha, parando en las chozas de San Pablo y San Francisco. En este punto hay un río de 40 varas de ancho y muy profundo, que es preciso pasar en balsa.
Al lado opuesto nos esperaba una partida de caballería enemiga, dispuesta á impedirnos el paso; empezó á hacernos un vivo fuego; nuestros compañeros del convoy disparaban sobre los insurgentes desde el pueblecito inmediato. Ya en la orilla, los rebeldes nos molestaban mucho y nos hacían bastantes bajas.
— Sevilla — me dijo el coronel — , pase usted con su compañía á nado, en la balsa ó como pueda, para proteger el paso de la columna.
Mi asistente se metió en la balsa, y notando que se hundía, mandé á mis granaderos que se desnudasen y llevasen los cartuchos en el morrión y el fusil y la ropa en la mano. Yo les di el ejemplo quitándome la mía y tirándome el primero al agua. Todos me siguieron con admirable presteza.
Como nadaban casi de pie parecía que tocaban fondo al avanzar hacia la ribera enemiga en medio de las balas. Aquellos hombres, acostumbrados á luchar con la naturaeza, tenían unas fuerzas hercúleas; así es que todos salvaron el obstáculo sin que tuviésemos que lamentar desgracia alguna. No fui yo tan afortunado, pues me enredé en un remolino que formaba un salto de agua y por más esfuerzos que hacía, no me era posible salir de él aunque con la punta de los dedos tocaba la arena.
A todo esto las balas del enemigo silbaban á mi lado sin cesar.
Las fuerzas me abandonaban ya, cuando un gastador de mi compañía, llamado Aponte, vino en mi auxilio, y
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agarrándome con su brazo de hierro, me arrastró adonde estaban mis compañeros, quienes sin tiempo para ponerse los pantalones, se estaban batiendo con el enemigo, al mismo tiempo que pasaba el resto de la tropa.
En el mismo precipicio en que estuve yo á punto de perder la vida, fué á dar un sargento llamado Lara, el cual, estando en la lucha que \/o había sostenido con la corriente, recibió un balazo en la cabeza, que le hizo desaparecer, dejando en pos una mancha de sangre, que excitó la hilaridad de los que le habían muerto.
Después de un buen rato de estar recibiendo los cuidados del tío Pedro, conseguí recobrar las fuerzas, bien que me dolían todos los huesos, vestirme y montar á caballo.
El enemigo repasó otra vez el río, perseguido por nuestra caballería, que aún oermanecía al otro lado.
En San Francisco me tendí en una hamaca, acalenturado y enfermo, sin apetito y sin poder dormir en toda la noche.
El 23 nos retiramos á Píritu, pequeño puerto de mar, situado á doce leguas de Barcelona. Allí preparamos trincheras y un fuerte de mampostería para resistir al enemigo.
Teníamos abundancia de maíz, pescado salado y tabaco; solamente el agua escaseaba mucho.
El 26 por la mañana, estando almorzando con el coronel Arana y con Medina, se presentó el cacique Maita.
— Capitán — le dijo — , en Onoto me ha nacido un hijo, que será. Dios mediante, tan leal al rey como su padre. Vengo á que me hagáis el favor de sacármelo hoy de pila.
— A mucha honra lo tengo — contestó el coronel — ; pero en este momento acabo de entregar el mando, para partir acto continuo á Barcelona, á conferenciar con su gobernador, don Juan Saint-Just. Regresaré pronto. Si usted quiere demorar el acto, seré padrino del futuro príncipe de la tribu; si no, desde ahora nombro al capitán Sevilla, para que lo bautice en mi nombre.
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— Opto por lo segfundo, por que mis indios se han colgado ya todas las pobres alhajas que tienen; esperan con júbilo la función, y no quiero defraudar sus esperanzas.
— Pues e'stoy á la disposición de usted — le dije.
—Le avisaré dentro de un par de horas.
Partió Arana, en efecto, y yo me retiré á mi alojamiento, pensando cómo diantre saldría con decencia de aquel apuro. Ni había recursos en el pueblo, ni yo estaba muy bien de fondos. Además, no había tiempo para preparar un regalado ad hoc para el vastago del gran cacique Maita. Bien merecía el fiel y esforzado indígena una demostración espléndida por parte de un español.
Quizás sus antepasados habían sido señores de aquel vasto territorio; y, sin embargo, cosa incomprensible, él estaba á nuestro lado exponiendo su persona y las de sus hermanos al plomo insurgente, en tanto que los degenerados descendientes de los conquistadores, ¡hipócritas!, trataban de reivindicar los derechos de los indios y de vengar sus pretendidos agravios.
Desgraciadamente, yo no podía ser tan espléndido con el noble cacique como yo deseaba.
Mandé al tío Pedro que agujerease y les pusiera cintas á una porción de pesetas mejicanas que yo tenía. Así se hizo, y á la hora de ir á buscar á mi semi-ahijado, se las colgué del mejor modo posible.
— Perdone usted — le dije al padre— la pobreza del obsequio; no tengo aquí otra cosa mejor.
— Nada de eso necesitaba — respondió — ; lo que yo quiero es que mi niño se llame Fernando, como el rey, y que, bautizado por un capitán español, pueda yo decirle mañana, si no sucumbo antes, cuando él me entienda, que debo á los españoles la santa fe del verdadero Dios, que trajeron á esta tierra, y que al prometer en el bautismo por vuestra boca que será siempre cristiano, yo he prometido que será leal mientras viva, al monarca á quienes servimos y á sus legítimos descendientes. Yo le maldeciría si no lo fuese.
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Le estreché las manos con efusión. Eran las doce cuando, seguido de una multitud de indios muy adornados y pintados que daban unos gritos de entusiasmo estentóreos, nos trasladamos á la iglesia. El padre prior del convento y encargado de la parroquia, empezó la ceremonia con la mayor solemnidad; al preguntar cómo había de llamarse el infante, temiendo sin duda que se me olvidase, "Fernando como el rey" — exclamó Maita. — Concluido que fué el acto, el cacique me abrazó, y con tono de protección que no dejaba de tener algo de regio, me dijo:
— Contad, capitán, siempre conmigo: vos sois el verdadero compadre y no os arrepentiréis de haber emparentado con mi familia.
A partir de aquel día, el cacique vino todos los días á saludarme y me demostró un cordial afecto.
El 28 regresó el comandante general de Barcelona. Inmediatamente reunió á los jefes y capitanes, y les dijo:
— Señores, en Barcelona temen como nosotros, un ataque del enemigo, reforzado con los filibusteros ingleses. La ciudad se fortifica á toda prisa. He convenido con el gobernador enviarle doscientos hombres y con el núcleo de la columna situarnos en Clarines, llave de la provincia de Caracas. Pero para llegar á Clarines, no tenemos más camino que el de la capital, y para tomar éste, necesitamos retroceder á San Pablo; los insurgentes, que de seguro esperan este movimiento nuestro, estarán apostados esperándonos y nos arrollarán sin duda. Es, pues, indispensable frustrar sus esperanzas, abriendo una vereda por el monte firme, de cinco ó seis leguas. Al señor Sevilla encargó la ejecución de esid obra difícil.
De resultas de esta conferencia, al siguiente día el alcalde Llamosas, isleño muy activo, en cuya casa estábamos Arana, Medina y yo, nos dio toda clase de herramientas, gente y acémila para la expedición, y él mismo nos acompañó.
Cien soldados provistos de hachas y palas y varios vecinos é indios marchamos al monte, con objeto de abrir
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un camino al Este, sin más guía que ia brújula. El monte estaba lleno de esqueletos de animales y culebras.
Nada diré de los trabajos que pasamos en esta tarea lenta y difícil, ni las fatigas que nos costó subirnos á una sierra para descubrir la torre de la iglesia de Clarines, que por cierto no estaba al E., como habíamos creído, sino al N. E.
En el centro del bosque encontramos un claro alfombrado de yerba fina, que nos ahorró alguna labor: allí entre corpulentos árboles, encontramos dos esqueletos humanos y el de un tigre. Sin duda eran de cazadores que habían muerto defendiéndose de la fíera.
El cacique Maita se rae presentó el 2 de Abril, con 200 de los suyos para ayudarnos en la tarea.
Durante las noches, que pasábamos en nuestras hamacas colgadas de los árboles, el cacique me instaba á que le refiriese cosas de España, y al describirle sus ciudades, sus palacios, sus grandes puertos, su movimiento industrial é intelectual, entusiasmábase el buen hijo del desierto.
— Yo tengo que ver eso — exclamaba — , yo no quiero morir sin saludar en persona al rey de tan gran pueblo, y sin hacerle conocer personalmente á un cacique fiel y buen español.
El día 8, cuando sólo me faltaban tres cuartos de legua para desembocar en Clarines, me llamó el comandante general.
Corrí á Pirita y allí me dio Arana orden de retirar la gente, pues la columna, con noticias de que la expedición enemiga salida de Guayana, marchaba sobre nosotros y Barcelona tenía que salir acto continuo á ocupar su antigua posición de San Andrés de Onoto. El alcalde quedaba encargado de terminar la obra.
El 9 salimos de Píritu, por San Francisco y Playón, habiendo llegado el 11 á nuestro antiguo alojamiento.
El 13 llamó Arana á Medina, Mendívil y á mí, y con mucha reserva, nos dijo:
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— Tengo confidencias de que esta noche se tratará por el jefe G., y el capitán O. (isleños) y dos sargentos caraqueños, de sublevar la tropa, pasar á cuchillo á los leales y unirse al enemigo.
— Sus noticias — le dijo Medina — no pueden ser exactas: oficiales tan acreditados y soldados tan valientes como los nuestros, todos probados en los combates, no pueden cometer tan bárbara infamia.
— Pues síganme ustedes y oirán de los mismos labios que yo, esta grave revelación — dijo Arana.
Le seguimos á un cuartito que estaba en el patio de aquella casa, en el cual encontramos á un indio de la reina, amarrado y custodiado por el ayudante Gorosabel.
— Dinos lo que sabes — mandó Arana al preso.
— Una partida enemiga debe pasar por ei cantón del Potrero — contestó— y meterse en Onoto, la cual, en combinación con la tropa, que está seducida por los dos sargentos que cité, matará á los jefes y oficiales fíeles. Esto lo sé por la mujer de uno de los conjurados. Suélteme usía y acompáñeme cualquiera, que voy á buscar á la mujer citada.
Así se hizo, y nosotros en tanto nos preparábamos á vender caras las vidas, armando de fusiles á todos los que nos merecían confianza, oficiales y soldados y algunos comerciantes del pueblo, y preparando nuestros caballos para intentar en caso necesario la retirada sobre Barcelona.
Por fin, se presentó la mujer poseedora del secreto» quien confirmó lo dicho por el indio, añadiendo que se lo había oído decir á unos llaneros que durmieron en un cuarto inmediato al suyo.
Enteramos al resto de la oficialidad de lo que pasaba, y procedimos al arresto del jefe sospechoso y del capitán.
En los papeles que les encontramos nada había que confirmase la denunciada conspiración.
Se les mandó arrestados á Barcelona bajo pretexto de ir en comisión del servicio.
MEMORIAS DE UN OFICIAL ESPAÑOL 235
También arrestamos á los sargentos. Nada pudo sacarse en claro del interrogatorio que se les hizo.
Sin embargo vino á agravar las sospechas !a circunstancia de que á la hora señalada por la mujer, se presentó una partida enemiga en el cantón del Potrero, guarnecido por el terrible comandante Torralbo, quien le batió con denuedo y decisión, según parte que recibió Arana el 14 á las once del día.
El coronel dispuso reforzar á Torralbo y que viniese á Onoto el cacique Maita con sus indios, que, con otras fuerzas, estaba en el cantón del Guere.
Después de un consejo de jefes y oficiales, en que figuró el cacique, resolvimos distribuir la tropa en los cantones, y regresar con una parte de ella al pueblo de Píritu.
Maita quedó guarneciendo á Onoto.
Así se verificó el 17, regresando el 28 al punto de partida.
El 4 de Mayo recibimos orden del general en jefe, que estaba en Calabozo, de que nos embarcásemos en Píritu, para reunimos al cuartel general.
Grande fué el sentimiento que tuvimos al despedirnos de Maita y de otros fieles guardadores de la integridad española en aquellos contornos.
El 7 nos embarcamos al amanecer en el punto mencionado.
Una multitud de gente, la mayor parte mujeres blancas é indias, se quedó en la playa derramando lágrimas por los novios y amigos que perdían.