Memorias de un oficial del ejército español: campañas contra Bolívar y los separatistas de América · Capítulo real 6 de 9
CAPITULO XV
Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 4 tramos técnicos para mejorar el rendimiento.
CAPITULO XV
UNA COMIDA. — REGRESO.
Eí jefe de sanidad, seguido de tres ó cuatro individuos, subió á mi buque.
Tirados sobre la cubierta, estaban revueltos hombres, mujeres y niños sin poderse levantar: sus pies, hinchados de comer cueros, sus ojos hundidos y sin brillo, los huesos de sus esqueletos dibujándose descarnados y horribles por encima de la piel amarillenta, sus dedos afilados y esa especie de idiotismo que trae consigo la extenuación, hicieron retroceder aterrado al médico inglés. Se colocó de nuevo sobre el descanso de la escala, se tapó las narices, hizo un gesto de repugnancia y un ademán como para irse.
El teniente coronel Carmona, aquel jefe denodado de Cachiri, que tan fuerte se ha visto en los combates, tenía todavía algo de su energía, y, apoyado sobre un palo, acompañado del capitán del buque y de mí, que á duras penas podía tenerme, se aproximó á los ingleses.
Nadie á bordo sabía el inglés, y el doctor estropeaba malamente el español.
— Ustedes son infestados — dijo — : projibido desembarc.
— Nosotros — contestó Carmona, con voz débil — no tenemos nada sino hambre. Tráiganos qué comer, por
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Dios. Pagaremos lo que quieran por cualquier alimento que se nos dé.
Varios de nuestros compañeros rodearon á los ingleses haciéndoles señas de que se morirían de necesidad:
— Yo quiero mandar á ustedes vituallas — respondió el doctor, y habló á uno de sus acompañantes en inglés, que se dirigió á tierra y aquél prosiguió su visita á los demás buques.
A los quince minutos llegaron dos pequeños botes llenos de pan, huevos, pescado frito, mantequilla y naranjas de China. Cuando los hombres que estos codiciados artículos traían, subieron con ellos á bordo, se formó un tumulto espantoso. Todos los que podían moverse se echaron sobre la presa y empezaron á andar á bofetadas y á palos, el uno porque le arrebataba al otro su parte; aquél porque otro se había apoderado de mucho más de lo que podía consumir; este otro porque no tenía dinero conque comprar pan; el de más allá porque no le había tocado cosa alguna y los vendedores porque no se les pagaba y querían irse con toda la carga de uno de los botes.
Parecían condenados que hubiesen salido de la tumba para desgarrarse entre sí. Carmona y yo conseguimos aplacar este desorden, comprando por nuestra cuenta el contenido de los botes y repartiéndolo con la posible equidad entre todos, mujeres, niños y hombres, sin distinción de sexo ni de edades. Entonces todos se entregaron á devorar con furia. Aquella escena era digna del pincel de un buen pintor.
El jefe y yo comimos pan con mantequilla hasta na poder más. Había tantos meses que no lo probábamos^ que nos parecía un manjar exquisito. Ya nos habíamos reanimado un tanto con esta comida, la más sabrosa que por mi parte hice en mi vida, cuando divisamos los corsarios que venían sobre nosotros; se detuvieron á menos de tiro de cañón.
El brigadier Latorre pasó una carta ofícial al goberna-
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dor de la colonia, suplicándoie le dijese si podí:^ considerarse allí libre para defenderse de los corsarios ó si le garantizaba de que éstos no habían de acometer sus buques. Al mismo tiempo rogaba á : quella autoridad que dispusiese se trasladasen parte de los pasajeros á los pontones ó á otro punto, pues estaban muy oprimidos, muy mal de salud por la extenuación, y que temía, si seguían tan apretados, el desarrollo de alguna enfermedad contagiosa.
Contestó el gobernador trasladándole una comunicación que acababa de enviar al jefe de los corsarios, en que le decía que los emigrantes subditos de S. M. C. estaban bajo la protección del pabellón inglés; que se retiraran acto continuo (ios buques rebeldes), pues si hacían alguna demostración contra los españoles, serían echados á pique en el acto. Este pliego lo llevó á los colombianos una fragata de guerra inglesa de cuarenta y cuatro cañones.
Los insurgentes se hicieron á la vela en el acto, perdiéndose de vista por la tarde. Para repartir los pasajeros envió el gobernador á disposición de Latorre varios barcos mercantes; pero como sus dueños pedían cuatro onzas diarias por su alquiler, sin alimentos, ni otra cosa que la cubierta y las cajas de los cuerpos estaban vacías, no pudo efectuarse el trasbordo.
Todo aquel día lo pasamos mirando aquella hermosa bahía en forma de herradura llena de buques, y la ciudad, que está al pie de su cerro, en cuya cima se ve el castillo que la protege. En un cerro más lejano y alto, se divisa otro castillo pintoresco, cercado de verdor. Dos fuertes más había también, pero estaban en ruinas: eran los que España había erigido allí cuando era suya aquella isla. En medio de la cuesta que conduce al castillo más apartado, estaba una elegante casa rodeada de jardines que nos dijeron ser la del gobernador. La ciudad que está cerca del mar, es bonita pero pobre y situada en terreno accidentado.
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Allí no hay más que pescado y salazones; la carne fresca se trae de Costa-Firme.
El día siguiente, 10, pasamos Carmona y yo á la A/erced, á ver al brigadier y á Lizarra, que estaba herido y que, según opinión facultativa, viviría, pero quedaría inútil.
— Acaba el gobernador británico — nos dijo Latorre — de conceder permiso para desembarcar; pero á los paisanos se les exige media portuguesa por cada licencia. Prepárense ustedes para pasar esta tarde á las cuatro conmigo á comer con dicha autoridad: ha tenido la galantería de invitarme, autorizándome para hacerme acompañar de los oficiales que guste. Ustedes son de los escogidos; vístanse, pues, de riguroso uniforme y vuelvan á las tres.
A la hora indicada, nos metimos en un bote los siguientes, acompañando al brigadier: Alvaredes Tomasseti, Costa, Carmona, Díaz, Aguayo, Mur y yo. Cuatro caballos ensillados nos esperaban en el muelle, los que en dos turnos, nos llevaron á la morada del gobernador.
Era éste un general de división que había hecho la campaña de la Península, y que hablaba correctamente el castellano. Con él estaban todas las demás autoridades de la isla-
Recibiónos el veterano inglés con extremada finura y cordialidad, y después que les fuimos presentados por Latorre, nos presentó él á todos los de su comitiva, y acto continuo nos trasladó á un suntuoso comedor, en donde brillaba, en una larga mesa, cubierta con un mantel blanco como la nieve, una lujosa vajilla de plata. Una vez sentados, se nos sirvió una suculenta y aseadísima comida á la inglesa.
A pesar del decoro con que procuramos mantenernos, nosotros, que habíamos estado tantos meses sin hacer una comida regular, consumimos cada uno como tres; y eso que no había carne fresca.
A la mitad del banquete cada inglés tomó una copa y brindó por el español que tenía á su lado, y como esto se repitió infinidad de veces y los vinos eran de los mejores
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de España, vaciamos muchísimas botellas: siguieron luego los brindis generales y en este ejercicio, grato para estómagos desfallecidos, estuvimos hasta las ocho de la noche. A esta hora ya estábamos todos ebrios, y nosotros más que los ingleses.
El gobernador nos despidió con su acostumbrada cortesanía, sin ofrecernos esta vez caballos para volver, sin duda porque comprendió que en aquel estado nos caeríamos.
Bajamos, pues, dando traspiés por la colina acompañados de unos lacayos que nos alumbraban con faroles, no sin dejar en el tránsito varios de nosotros cuanto habíamos comido y bebido.
Los ocho íbamos enlazados del brazo: al que se caía lo arrastrábamos. En este estado llegamos á una mala fonda, la mejor de Granada, y allí, en unos colchones que nos tendieron en el suelo, caímos como troncos.
Ya muy alto el sol del día 11, se despertó Alvaredes, que era muy chistoso:
— ¡Qué turca, señores, qué turca! — gritó.
Todos despertamos. Estábamos vestidos.
— Diantre — exclamó el brigadier restregándose los ojos — , ¡qué habrán dicho esos ingleses al vernos tan poco sobrios!
— No tenga usted cuidado, mi general, que ellos no quedaron mucho mejor parados que nosotros.
— No recuerdo si estaba alegre el gobernador.
— Pues no había de estarlo, si bebió como una cuba...
— Voy á conferenciar con él para buscar el medio de dar cuenta al general en jefe de nuestro paradero. Que vengan conmigo Costa y Mur.
— Pero antes tomemos un desayuno.
Almorzamos bien pobremente.
De resultas de aquella conferencia, pasó dos días después á la isla de Margarita, donde estaba Morillo, el teniente coronel Díaz Aguado, en una balandra inglesa con pliegos, en que se hacía la historia de nuestra tan
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desgraciada como heroica campaña, y se le pedían órdenes.
Al pedir la cuenta en el fonducho donde estuvimos este par de días, ie salieron ^1 biig-adier con cinco pesos diarios por barba; éramos ocho y le salía al generoso jefe que nos había invitado á permanecer allí por su cuenta, á 40 duros el día.
A parte de esto, nos cobraban un peso por una taza de te. Aquello era un robo, por lo que nos volvimos á la polacra hasta el 15, en que una señora costafirmeña, allí residente, conocida de Carmena, se ofreció á darnos de comer y camas por una módica cantidad.
Es verdad que teníamos un hambre canina y consumíamos mucho más de lo regular. La Naturaleza siempre exige compensaciones, y entonces era preciso recobrar la carne y sangre que habíamos perdido en el largo período de miseria que habíamos atravesado.
Mis tercianas me atacaban con regularidad matemática.
Ya estábamos fastidiados de correr por aquellas calles y de bañarnos en un riachuelo, turbio y amarillento, que había en las inmediaciones, cuando el 4 de Septiembre descubrimos en el horizonte dos buques de guerra que arbolaban la bandera española.
Al poco tiempo desembarcó Aguado en un bote. Morillo, que se disponía á abandonar ía isla de Margarita, después de sufrir grandes pérdidas, que pudo evitar si en 1815 hubiera seguido los consejos de Morales, para trasladarse á Caracas, donde ya empezaba á presentarse audaz el enemigo, nos mandaba la goleta Descubierta^ que mandaba D. Francisco Tope, y el bergantín Periñón, su comandante Gaboso, para que protegiesen nuestro regreso á la Tierra-Firme.
Después de desembarazada mi polacra de los paisanos que venían en ella, que se trasbordaron para diferentes islas y pueblos del continente, y de haber traído á bordo un caballo del brigadier, que le había costado en la Gra.
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nada 700 pesos, nos dimos á la vela el 12 para el teatro de la g^uerra.
El 15 fondeamos, á las tres, en el puerto de Cumaná, después de una navegación feliz.
La plaza estaba muy acosada por el enemigo y había bastante escasez, sobre todo de forraje. Allí pasé unos días con antiguos amigos.
El 24 de Septiembre salimos de nuevo con tres buques: mi poiacra, el Casanova y la Descubierta, en dirección á la Guayra, en donde tuve el gusto de abrazar á mi hermano Manuel, segundo comandante de la goleta Baién. All í conocí al valiente general Canterac, que se alojaba en casa de D. Domingo Urneta, y que estaba de paso para Lima.
Latorre había pasado á Caracas á verse con Morillo. En breve recibimos orden de trasladarnos á Puerto Cabello los pocos que habíamos quedado de la campaña de Guayana.
El 28 llegamos á nuestro destino. Gobernaba la plaza D. José Pereira, el mismo que había venido conmigo de la Península, de capitán de mi compañía. Hízome cargo del gran Castillo de aquel puerto, el mejor de toda la Costa-Firme, que servía de almacén general de municiones para todo el ejército.
Está situado en una islita, á medio tiro de fusil de la ciudad. Aquel baluarte inexpugnable era nuestra última esperanza en caso de un desastre.
Al mes de estar en él, Pereira me dio licencia para que en la ciudad emplease cuantos medios conociese la ciencia, á ver si se me quitaban las tercianas. Todo inútil. La fiebre me hacía sus acostumbradas visitas con toda exac-
ad.
A mediados de Octubre recibió Pereira la orden de marchar á Valencia para hacerse cargo de las milicias. Empeñóse en que yo le acompañase en calidad de primer ayudante.
Pero Carmena, llamado á suceder ?. aquél, se opuso,
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diciendo que yo, que había hecho la última campaña con él, le hacía falta. Alegaba Pereira que yo había sido su compañero de viaje y que debía seguirlo. Los dos sometieron el asunto á mi decisión; opté por Carmona, con con gran sentimiento de Pereira, que se fué muy incómodo conmigo.
Compré un caballo, en el que daba carreras cuando me atacaban las calenturas, en la esperanza de que así me abandonasen; pero nada conseguí. Por fin inventé un medio muy bueno de curarme las tercianas, y fué el siguiente: A las dos de la tarde salí á pie de Puerto Cabello, en momentos en que la fiebre me devoraba, con propósito de llegar á Burlarata y regresar sin sentarme. Para hacer este viaje tuve que sacar fuerzas de flaquezas. Cuando me sentía muy cansado, me engañaba á mí mismo, fijando la vista en un punto ú objeto, con propósito de sentarme en llegando á él; pero después me fijaba en un sitio más lejano y continuaba.
Cuando entré en la ciudad me iba cayendo de fatiga. Me acosté; tomé una taza de te y en seguida me dio un calenturón terrible que me duró cuarenta y ocho horas. Remedio eficaz: desde entonces quedé curado de mi dolencia de once meses.
Volví al castillo de que era gobernador y allí trabajé mucho, tanto en los envíos de municiones á los lugares de la guerra como en la instrucción de mi compañía, cuyo personal se había reemplazado con nuevos reclutas.
Por orden de Carmona hice una salida á Apios, distante siete leguas de Puerto Cabello, en donde me rodeaba una cuadrilla de bandidos, que logré desbaratar, entrando triunfante en la ciudad con varios trofeos y prisioneros.