México viejo; noticias históricas, tradiciones, leyendas y costumbres · Capítulo real 32 de 34
CAPÍTULO LXIV
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CAPÍTULO LXIV
UNA TRAVESURA DEL PENSADOR MEXICANO
Referían los que conocieron al Pensador Mexicano (D. José Joaquín Fernández de Lizardi), que su inteligencia viva y satírica no sólo se revelaba en sus escritos, en sus polémicas y en sus novelas El Periquillo^ La Quijotita y D. Catrín de la Fachenda^ sino también en sus conversaciones familiares.
Quien le conlemplaba en la calle, alto, algo encorvado, con su rostro pálido, su frente pensadora, su mirada triste que acusaba al genio, no podía foniarse cabal idea de su caráeter.
Si su aspecto exterior, su físico raquítico, recordaban las penas y prisiones que había sufrido, en cambio su interior, su alma noble y levantada, estaba siempre pronta para dar abrigo á los más puros afectos. Había saboreado el amargo pan de la pobreza para alimeníar con su talento al espíritu del pueblo.
El Pensador era franco y expansivo con sus amigos. Le gustaba disputar con frecuencia, y como buen conversador, su palabra era pintoresca, animada, fácil y encantadora.
A la salida del Coliseo, en los cafés, en las tertulias del Portal ó del Parián, sus conocidos y aun los extraños le movían plática, le proporcionaban tema para disertar, y á porfía se empeñaban en dis cutir con él.
Dados estos antecedentes, que atestiguan sus contemporáneos, no es extraño que haya sido también de carácter burlón y travieso.
Me han contado una anécdota que es una prueba de lo que digoL
Tuvo entre sus condiscípulos, uno que con el tiempo llegó á ser
1. El Sr. D. José María de Agreda y Sánchez.
predicador de las monjas del entonces convento de Balvanera.
Lo visitaba con frecuencia, y cierto día en que, como de costumbre, registraba los papeles y libros que sobre su mesa de estudio tenía el clérigo, topó el Pensador con un libro en pergamino, con el que cargó á su casa sin decir oste ni moste.
Era un volumen en 4° común, intitulado : Historia |¡ Del Venerarle, II Y Antiquissimo Santuario || De Nuestra Señora || De Valva-
ñera, II En la Provincia de Rioja Por el P. Fr. Benito Rubio ^
Monge Pro || fesso en 6*7, y natural de la Villa de || Ciutruenigo en el Reyno || de Navarra. || Con Licencia : || En Logroño. En la Imprenta de Francisco || Delgado, Impresor de la Ciudad, y del Santo |¡ Tribunal de la Inquisición. | Año de 17G1.
Acom [lañaba á la obra un viiqo grabado en cobre que representaba á la Virgen, con el niño Jesús en los brazos, sentada dentro del hueco tronco de un árbol, con la leyenda y los versos siguientes en la parle inferior :
Verdadero Retrato de N. S. de Valvanera. l()í)9.
Virgen que en el lloble estáis con 'panal., y fuente pura firmeza, gragia., y dulgura en Valvanera nos dais.
Fernández de Lizardi leyó con toda calma la obra desde el principio hasta el íiii, y á medida que avanzaba en la lectura, escribió luminosos comentarios al lado de las a[)Oslillas marginales del imjireso. Citó autores; demostró la discordancia en que estaban; inquirió la verdad; refutó el texto de Fr. Benito Rubio, básandose en olvidadas crónicas : en una palabra, dejó el ejemplar lleno de notas manuscritas, en las que a|)arecía el verdadero origen, la exacta historia de la niiligrosa Virgen de Balvanera.
Pasaron algunas semanas. El buen padre buscó dicho libro en los estantes de su ^biblioteca, pues lo necesitaba, y no hallándolo,
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pensó, no sin fundamento, que su amigo Fernández de Lizardi se lo había llevado.
Gomo le urgía consultar la obra, corrió en su busca, y no bien había llegado al estudio de aquél, le hizo esta pregunta :
— ¿Tú te trajiste la historia de la Virgen de Balvanera?
— Sí, le contestó el Pemador.
— Pues devuélvemela... Mañana tengo que predicar un sermón
en la fiesta titular, y no la be leído Me la prestaron las monjitas
para que la estudiara Dicen que es muy interesante
— Ya se ve que sí, añadió el Pensador^ y principalmente las notas manuscritas que contiene al margen Te las recomiendo
Tomó el libro el buen clérigo, que entre paréntesis, era crédulo y candoroso, y picado por la curiosidad que le despertara el Pensador^ apenas llegó á su casa se puso á leerlo, tanto más, cuanto que al siguiente día el pulpito lo esperaba.
Cuando terminó la lectura, no pudo menos que exclamar, sin poder reprimir sus humillos de vanidosa ignorancia ;
— Mañanita éxito archicompleto ! Las anotaciones son de
cajeta ¡estaré original y nuevecito!
En seguida continuó hablando solo y en estos términos :
— Voy á dejar asombrado al auditorio. Hasta aquí los predicadores han seguido á Fr. Benito Bubio ad pedem Uleree^ sin preocuparse de las falsedades que asienta ni de las contradicciones en que incurre. No cabe duda que muchos de mis colegas no saben de la misa la media\ toman un libro, lo leen, lo vuelven á leer, se lo aprenden de
memoria y engañan á los bobos ¡ Qué agradecidas van á
quedar las monjitas! ¡Mi sermón será rumboso! ¡Qué envidias no despertaré entre mis compañeros !
Durante este monólogo, el clérigo se paseaba á lo largo de su gabinete. Se restregaba las manos, y á veces, colocándose tras de una silla, ensayaba predicar el sermón en voz alta, y con visajes ridículos y forzados ademanes dirigía la palabra á sus libros, mudos y sordos espectadores de aquel predicador caricaturesco.
Llog(3 el día, sonó la hora, subió estirado á la cátedra del Espíritu Santo el bendito predicador ; tosió recio, y con voz robusta, clara y sin tragar camote, despepitó un sermón tronante, refutando á los escritores que hasta allí habían sostenido tal origen de Nuestra Señora de Balv anera, cuando la verdad “ pura como el Evangelio “ — fueron sus palabras — sin mancha como el Cordero Inmacu- “ lado, la bahía él encontrado después de serias y profundas investi- “ gaciones, en los comentarios eruditísimos de un sabio y religiosí- “ simo autor, en notas que pusiera á la historia del Milagro.
Desde lo alto del coro, donde asislía la comunidad, un murmullo confuso llegó á sus oídos; pero él, con su talento, lo tomó como signo inc({uívoco de aprobación entusiasta.
(á)ucluída la liesla, satisfecho se presentó á i'ecibir fel icil aciones ; mas su sorpresa 1‘iié grande, cuaudo todas las religiosas, unas compungidas y otras indignadas, le enlonaron esta letanía :
— jibero Padre! ¿ de dónde sacó vd. todo eso?
— i Qué fué á decii* su Reverencia !
— ¡ Todas esas son mentiras !
— • ¡Si el libro no tenía notas!
Un rayo <le luz iluminó entonces el obscuro cerebro del crédulo predicador. Rellcxionó que todas aquellas citas marginales, que todas aquellas anolaciones manuscritas del libro en pergamino, podían ser (!(' su amigo Fernández de Lizardi, cuyo ingenio y gracia le eran conocidos, y sin hacer ex})licaciones ni dar disculpas, pero pegándose fuerte })almada en su estrecha frente, salió más que corrido del convento, exclamando como un loco :
— i Una travesura del Pensador!