México viejo; noticias históricas, tradiciones, leyendas y costumbres · Capítulo real 13 de 34

CAPITULO XXIV

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CAPITULO XXIV

UN ARZOBISPOi;- VIRREY

CAPÍTULO XXIV

UN ARZOBISPO VIRREY

El sexto Arzobispo de México, D. Fr. García Guerra, distinguióse como orador sagrado, buen teólogo y hombre extremadamente caritativo.

Refiérese de él, que todos los sábados tenía la costumbre de dar dinero á los necesitados, y que algunas veces se olvidó de comer entretenido en la práctica de tan bendita y santa virtud.

Cierta ocasión en que su Ilustrísima no pudo personalmente socorrer á los pobres, encomendó tan grata tarea á su limosnero. “ Aquel día diose la casualidad de que acudiese mucho mayor número de menesterosos que otras veces, y el limosnero se vió en el caso de despedir á una parte de ellos, sin haberlos socorrido, porque los fondos se habían agotado.

“ Cuando el Arzobispo lo supo, dice el historiador de quien tomamos esta noticia, recibió notable pena y mandó expresamente que para lo de adelante se tuviese más cuidado en dar la limosna, y si faltase se vendiese la plata y alhajas de su casa, sin perdonar el báculo ni la mitra, porque la hacienda que tenía era de los pobres y no suya.

El Sr. García Guerra hizo su entrada en México el 29 de Septiembre de 1608.

Solemne fué su recibimiento. Toda la ciudad se adornó con -sus mejores galas, y fué tal la cantidad de gente, que el tablado que se construyó en la Plazuela de Santo Domingo, para dicha ceremonia, se hundió por completo, quedando lastimadas no pocas personas.

1. Francisco Sosa.— Episcopado Mexicano, pág. 49.

Los regidores, que habían salido de las casas consistoriales, montados en caballos ricamente enjaezados, obligaron á García Guerra á que entrase bajo palio — cuyas varas ellos portaban — pero no sin que él se opusiera antes, diciendo que debía entrar á pie y descalzo como convenía á un religioso de la Orden de Santo Domingo.

Tan relevantes virtudes, tan reconocidos méritos, contribuyeron como era natural, á que el Sr. García Guerra fuese querido, respetado y admirado de todos, ya por su talento, ya por su instrucción y ya por sus prácticas cristianas y ejemplares.

Empero, su Ilustrísima tuvo su lado llaco, su lado vulnerable, que contrastó no poco con la bumildad con que se había conducido, y filé un vehemente deseo de gobernar la Nueva España, no sólo con el báculo arzobispal, sino también con el bastón de Virrey; deseo que llegó á realizar })oco tiempo después de acariciado ; pero que fué causa de su sensible cuanto llorada muerte.

La anécdota (jiie vamos á referii*, corroborará lo (|ue decimos.

Dor a([uelb)s tiempos, vivían en el convento de Jesús María dos religiosas, llamadas Sor Inés de la Cruz y Sor Mariana de la Encarnación, las cuales, por la frecuente lectura de las obras de Santa Teresa, concibieron el proyecto de fundar un monasterio bajo esta advocación.

A la sazón bahía eii México uii acaudalado caballero, D. Juan Luis de Rivera, (juien |)oniéndose de acuerdo con las citadas monjas, (|uiso fundar el dicho convento; pero habiéndole sorprendido la muerte cuando daba los pasos necesarios, dejó para la obra de la iglesia 4,000 pesos y lo necesario para tincar un capital que produjese al año 1,000 pesos de rédito.

Nombró por su testanumtaiMo ó albacea, al limo. Sr. Arzobispo de México, D. Fray García de Santa María Zúñiga y Mendoza '‘(juien ocupado en los cuidados de su mitra, iio dió paso alguno en esta fundación."

Sucedióle en la silla arzobispal el Sr. García Guerra, de quien venimos ocupándonos, el cual acostumbraba visitar á las madres Inés íle la Cruz y Mariana de la Encarnación, pues gustaba de (jue le

tocaran piezas de música, en lo que aquéllas eran muy hábiles.

Siempre que á visitarlas iba, las religiosas le instaban llevase á cabo lo prevenido en el testamento de Rivera, pero el buen Arzobispo, que ya entonces deseaba con ahinco empuñar el bastón de Virrey, se atrevió á decirles un día :

— Madrecitas, si Dios me hiciera Virrey, el convento se fundaría desde luego.

— ¿ De veras ?

— Lo he dicho y lo cumpliré.

— i Cuidado con arrepentirse !

— ¡ Primero muerto !

Entonces, cuenta una crónica, la madre Inés de la Cruz, “ que moría por verse Carmelita Descalza, le ofreció al Arzobispo en nombre de Dios, el Virreynato, si fundaba el convento, mas él, por indicios de algún amor propio, quiso primero la prenda que dispensar la qracia.

Desde ese día, las monjas Inés de la Cruz y Mariana de la Encarnación, terminaban todas sus oraciones de este modo :

— ¡ Dios mío ! ¡ Que sea Virrey Sn Ilustrísima !

Y sus ruegos no fueron infructuosos, pues un viernes del año 1611, Sn Ilustrísima recibió una cédula, en la que Sn Majestad le nombraba Virrey y Capitán General de Nueva España.

El agraciado no cabía en sí de gozo ; mostrábase tan contento como nn chiquillo que recibe codiciada golosina, ó como un arrancado de profesión á quien le cae el premio gordo de la lotería.

Y con el gusto de que se hallaba poseído, olvidó Su Ilustrísima dos cosas ; fué laA)rimera, sn humildad ; pues el 19 de Junio de 1611 , en que se recibió del mando, ya no alegó entrar á la ciudad á pie y descalzo, como cuando empuñó el báculo arzobispal, sino que entró caballero “ en un gallardo corcel ; ” y fué la segunda, que no fundó el convento de Carmelitas Descalzas, como lo había ofrecido, sino que en lugar de esto ordenó que, como en viernes había recibido el nombramiento de Virrey, todos los viernes de ese año, en conmemoración de tan fausto acontecimiento, “ hubiese toros en la plaza de sn Palacio.... ”

Tan lamentable coinlucta causo no poco escándalo : muchos murmuraron (le su llustrísima; pero ninguno de los que lo rodeaban se atrevi(5 á censurarlo, y solamente tuvo el valor y la franqueza de hacerlo la monja engañada, la que sin más escudo que su inocencia, le escribió una carta que llevó el Vicario de Jesús María. Pero esto nos lo reíiere el cronista de un modo enérgico 6 inimitable, y es preciso copiarlo aquí.

“ La Madre Inés — dice — que vía, no sólo malogrado su empeño, sino es Convertido en profano exercicio, sentía más esto que lo primero; porque el Viernes, en que se recuerda la Pasión de Ghristo, no (tebiera vn Príncipe Eclesiástico, cuyo estado es de perfectos, dedicarse á fomentar semejantes exercicios. Como vno y otro le coniiesse el corazón, le escribió vn papel al Virrey Argobispo, en que le pedía mudasse el decreto de los toros, y no olvidasse el prometido, en orden al nuevo Convento; pues estaba en su poder el testamento de Jvan Luis, y le estaba cxemlado el beneíicio que le había hecho Dios, compliéndole el deseo de entrar en el Virreynalo. Nada apreció el AiTobispo: poiapie el buniano embeleso le cerraba los sentidos, y anegado de la bumana fortuna, no dava Ivgar á la luz del desengaño. Dios, (jiie eslava á la vista de lodo, y mirava por el crédito de su esp(^sa, entró su pesada mano en esta forma. El Viernes siguiente al recibo del papel, estando ya para correrse los toros, buvo vn tembloi* di* liej-ra, ([m‘ atemorizó á la (dudad, y se dexó el juego pora(|uella tarde, (mino (ui ludias son más freqüentes estos vaybeues ((ue en Esjiaña, se atribuyó á casualidad, y se dispusieron toros para el Viernes siguiente. (Juando ya estaban en los labiados, y el primer toro para salir, bolvió) la tierra á temblar lan desusadamente, (|ue derribó los tablados, muebas casas y azoteas y sobreel balcón del Virrey cayeron tantas piedras, que se tuvo á milagro no le (juitaran la vida, aun(|ue la perdieron muchos de los de la Plaza, ya oprimidos, ya ahogados. Todavía el Virrey noenlendía el motivo de a([uellas amenazas, y assí no revocavasu decreto ; con que prosiguió Dios el suyo, (|ue se revocara, dize San Agustín, si enmendaran los hombres sus extravíos.

“La semana siguiente antes del Viernes salió el Virrey en su coche para ir á las Recoghidas, y donde no pudo imaginarse se boleó el coche, y recibió el Virrey tanto riesgo de su salud, que lo d esperanzaron los Médicos de vivir. Este golpe lo dispertó, no sé si tarde, y empezó á preguntar por la Monja que le escribió el papel. Dixéronle que era Santa, y le embió á pedir le alcanzasse de Dios vida para enmendar sus yerros, y labrar el Convento. A esto le respondió la Sierva de Dios, que se dispussiese para morir bien, y diesse gracias á su Magestad de la piedad, con que le avía castigado, pues se podía quedar toda su pena en el temporal fuero. A esta respuesta acompañaron contra el Arzobispo nuevos accidentes ; con que trató de disponerse para la vltima hora, y con muchas señas de arrepentido, dexó con la vida la Mitra, y el Virreynato, dexándonos este inmortal escarmiento y ^

El llustrísimo Sr. García Guerra, falleció el día 22 de Febrero del año 1612.

Los funerales y entierro fueron solemnísimos, y entonces las virtudes del Prelado se recordaron á propósito, para borrar como era ¡u^io ^el pe cadillo de la a?nbición^ que su llustrísima pagara hasta con la vida.

En cuanto á la madre Inés de la Cruz — á quien no hay que confundir conla poetisa Sor Juana — le sobrevivió al Arzobispo más de veinte años; logró ver fundado el convento de Santa Teresa, á do entró. el 1°. de Marzo de 1616, y después de vivir en él de un modo ejemplar, cerca de trece años, pasó á mejor vida el b de Septiembre de 1633.

Murió tan respetada y querida, que el entonces Virrey Marqués de Cerralvo y su esposa la asistieron en su enfermedad con cuidados muy solícitos, pues la misma Virreina le servía de rodillas como á una santa y le traía la comida guisada desde Palacio.

1. Reformas de los descalzos de Nuestra Señora del Carmen de la primitiva observancia^ tomo Yí, cap. XXV. — Copió esta parte el Sr. Sosa en el Apéndice E de su obra ya citada.

GONZÁLEZ OBPiEGÓN.

Inés (lo la Cruz, fue también escritora. D. Carlos de Sigüenza y G(3ugora, en su Paraíso Occidental^ publica de ella una carta autobiográíica, dirigida á su confesor, el Padre Gaspar de Figueroa, y fechada el 3 de Enero de 1629. Allí dice que nació en Toledo el 17 de Enero de 1570, y que fué bija dé D. Francisco Castellet y de Doña Luisa de Ayala. Y Beristáin, en su Biblioteca^ menciona dos manuscritos de nuestra monja, intitulados : “ Relación original de la fundación del Convento de Teresas de San José de México,” y “Noticia de la vida de la Ven. M. Marina de la Cruz;” manuscritos ((lie se consei'vaban en el convento de Santa Teresa la antigua, y que según parece, como oíros muchos, fueron vendidos hace años, y llevados al extranjero.

CAPITULO XXV

LA CALLE DE DON JUAN MANUEL

D. Jl VN MAM KL

CAPÍTULO XXV

LA CALLE DE DON JUAN MANUEL

.... las consejas populares, conservadas por tradición, rara vez dejan de traer su origen de un acontecimiento verdadero.

El Conde de la Cortina.

Hay cosas viejas que nunca envejecen, porque siempre conservan no sabemos qué de sencillo y original. Esto sucede con la leyenda de D. Juan Manuel : todos la saben, más ó menos adulterada ; todos la refieren, y acerca de ella se han escrito dramas, poesías y artículos literarios; y sin embargo, cada vez que la cantan nuestros poetas ó que la relatan nuestros escritores, el pueblo la recuerda con curiosidad y con deleite.

No se nos culpe, pues, que escribamos un capítulo más sobre asunto tan conocido; pero, lo repetimos, hay sucesos antiguos que siempre son nuevos, y que agradan al público tanto como al buen tomador el vino añejo.

Atendamos primero á la historia, para después escuchar á la leyenda.

En la comitiva que trajo á Nueva España el Excelentísimo Sr. Virrey D. Diego Fernández de Córdoba, Marqués de Guadalcázar, vino “ un caballero español, muy principal, natural de Burgos, llamado D. Juan Manuel de Solórzano ; ” el cual poseía cuantiosos bienes y era de muchos respetado, cuando años después empuñó las riendas del gobierno virreinal D. Lope Díaz de Armendáriz, Marqués

GONZÁLt:/ O BREGÓN.

<le Cculoreita. 1). Juan vivía en México por los años de 1023 á lf)30, y llegó á adquirir tal privanza con el de Armendáriz, que éste no oh tuvo en España el premio correspondiente á sus servicios, pues se le hicieron graves cargos con motivo de su protección á Solórzano.

Ini l()3(j, D. Juan Manuel casó con Doña Mariana de Laguna, hija de un acaudalado minero de Zacatecas, yambos esposos pasaron á vivir en una casa ([iie estaba muy próxima á la de Su Excelencia el Virrey.

La V(‘C¡ndad de habilacioiK's alimentó, como era muy natural, la amistad cutre I). Juan y (d de Cadcreila, al grado que éste se pasaba gran parte del día en la moraila d(‘ su amigo, no sin mnrmuraciones y bablill as de los (jue eran enemigos del Marijués ó de los (juc envidiaban al primero.

Las malas pasiones lb‘garon al colmo cuando (d Viri‘ey encargó á su privado de la administración de los ramos de la lb‘al Hacienda, y |)or consigiiimite d(í la ‘‘ intervención de las Ilotas (|iie venían de la Denínsiila.

llasla enloMces la Audiencia bahía lomado gi*an parle en la adminislraciiui d(‘ esos l•anms, y (*slo unido á los (diismes de los pequeños, ilierou origi'u á riqielidas (|U(‘¡as y represimlaciones, á odiosas semblanzas, (|in‘ |)inlal)an al de Ladereila con negros colores, y aun á amenazas de nn levanlamimi lo |)Oj)ular; pm’o los ‘UM‘sorles (jm‘ el Viri'i'v puso (MI movimiento debieron sím* muy podiM’osos, [uu'slo (jne inntilizai’on los (decios de las (Miantiosas sumas d(* dinero (jue (uivió á Madi’id la Andiimcia, y consiguieron (|U(‘ I’elipe IV a|)robas(‘ la conduela <bd Vin-ey y conlirmase á D. Juan Manmd en el goce desús niu'vas conc(‘siou(‘s."

Así las cosas, (d(Mdo día arribó á ViM’acruz un navio, en el (jue llegi) (Miln‘ otras muchas personas una ('sj)añola llamada Doña Ana Dorcel d(‘ Velasen, viuda de un oli(dal d(' marina, muy hermosa y <b‘ iiobb* abuirnia, la cual, obligada por una serie de sucesos desgra- (dados, bahía resuello trasladarse á México para implorar la prolecci()U del Virrey, “ (jiie <mi liempos más felices para (día, la bahía dislinguido (Mi la corle; y aun le bahía dedicado algunos obse([uios

amorosos.

El Marqués, luego que supo la llegada de la de Velasco, demostró á su privado el gusto que tendría de que se hospedase en una habitación digna de ella, y D. Juan Manuel, que se desvivía en complacer á Su Excelencia, no sólo puso a disposición de Doña Ana su casa, sino que con gran liberalidad costeó el viaje que hizo ésta de Veracruz á México.

Pasó el tiempo, y la sublevación de Cataluña proporcionó á las autoridades de México un medio de vengarse del Virrey, Marqués de Cadereita, y de su privado D. Juan Manuel, al grado que al último se le tenía ya preso en 1640 por orden del Alcalde del crimen D. Francisco Vélez de Pereira.

Sereno y tranquilo sufría su prisión D. Juan Manuel, cuando supo que el D. Francisco Vélez de Pereira no era solamente un Alcalde del crimen sino un Alcalde criminal^ pues visitaba á su esposa Doña Mariana de Laguna con demasiada frecuencia y con fines nada honestos.

En la misma cárcel, estaba con D. Juan Manuel un caballero que poseía grandes riquezas, llamado D. Prudencio Armendia, quien por su rectitud en el desempeño de diversos cargos en Orizaba — rectitud que no convenía á los que lucraban con el poder — había sido llevado preso á México. De él se había valido D. Juan Manuel para arreglar el viaje de Doña Ana de Velasco, y él le proporcionó el modo de salir de la prisión para cerciorarse de la conducta de su esposa.

D. Juan Manuel dejó la cárcel diversas noches, y en una de tantas, ciego de ira, al encontrar á la adúltera casi en los brazos del Vélez de Pereira, lo mató. ^

Los resultados fueron funestos. La Audiencia no quería hacer públicos los detalles del crimen, y el Virrey, que se ignora si fué todavía el Marqués de Cadereita ó su sucesor, hizo esfuerzos poderosos por salvar á D. Juan Manuel, pero cuando ya se esperaba el triunfo, amaneció colgado de la horca un día del mes de Octubre del año del Señor de 1641. ,

1. Parece cjue la esposa no fué tan culpable, pues el Vélez de Pereira le habla ofrecido la libertad de D, Juan Manuel, y ella vacilaba entre su deshonra y salvar cá su marido.

Los oidores, que fueron los que ordenaron aquella sombría ejecución, la atribuyeron cá los ángeles; pero.... aquí termina la historia y empieza la leyenda.

Hace muchos años — dice la tradición — que vivía en la entonces Calle Nueva un hombre muy rico, cuya casa quedaba precisamente detrás del convento de San Bernardo. Este hombre se llamaba D. Juan Manuel y se hallaba casado con una mujer tan virtuosa como Ijclla. Pero a(|uel hombre, eu medio de sus riquezas, y al lado de una esposa que poseía prendas tan raras, no se sentía feliz á cansa de no haber tenido sucesión. La trisleza lo consumía, el faslidio lo exas[)eraba, y para hallar algún sonsnelo resolvió consagrarse á las prácticas religiosas, pero tanto, ([iie no conforme con asistir casi todo el día á las iglesias, intentó separarse de su esposa y entrar de fraile á San Lrancisco. Con ('ste obj(do, envió por un sobrino que residía eu fispaña, pai*a (jue admiuislrasi' sus negocios. Llegó á poco el pariíuite, y prouto también concibió l)..luan Maiund celos teriables, tan terribles (|ue una noche invocó al diablo y le prometió enlregarle su alma, si le pro[)orcionaba el medio de descubrir al (jue creía que lo ('staba desliourando. VA diablo acudió solícito, y le ordenó que saliera á las 1 1 de esa misma noche de su casa y matara al primero (jue encontrase. Así lo hizo 1). .luán, y al día signieide, cuando creyendo estar vengado se encontraba satisfecho, el demonio se le volvió á presentar y le dijo, que a(|uel individuo ([ue había asesinado era inocente; |)cro (jue siguiera saliendo todas las noches y continuara matando hasta ([ue él se le apareciera junto al cadáver del culpabh*.

I). Juan obedi'ció sin replicar. Noche con noche salía de su casa; bajaba las escaleras, atravesaba el patio, abría el postigo del zaguán, se recargaba en el muro, y envuelto en su ancha capa, esperaba IraiKfuilo á la víctima, fintonces no había alumbrado, y en medio de la obscuridad y del silencio de la noche, se oían lejanos pasos, cada

vez más perceptibles : después aparecía el bulto de un transeúnte, á quien acercándose D. Juan, le preguntaba :

— Perdone usarcé, ¿ qué horas son?

— Las once. ^

— ¡ Dichoso usarcé, que sabe la hora en que muere !

Brillaba el puñal en las tinieblas, se escuchaba un grito sofocado, el golpe de un cuerpo que caía, y el asesino, mudo, impasible, volvía á abrir el postigo, atravesaba de nuevo el patio de la casa, subía las escaleras y se recogía en su habitación.

La ciudad amanecía consternada. Todas las mañanas, en la Calle Niieva^ recogía la ronda un cadáver, y nadie podía explicarse el misterio de aquellos asesinatos tan espantosos como frecuentes.

En uno de tantos días, muy temprano, condujo la ronda un cadáver á la casa deD. Juan Manuel, y éste contempló y reconoció á su sobrino, al que tanto quería y al que debía la conservación de su fortuna.

D. Juan al verlo trató de disimular ; pero un terrible remordimiento conmovió todo su ser, y pálido, tembloroso, arrepentido, fiié al convento de San Francisco, entró á la celda de un sabio y santo religioso, y arrojándose á sus pies, y abrazándose á sus rodillas, le confesó uno á uno todos sus pecados, todos sus crímenes, engendrados por los celos y ordenados por el espíritu de Lucifer, á quien había prometido entregar su ánima.

El reverendo lo escuchó con la tranquilidad del juez y con la serenidad del justo, y luego que hubo concluido D. Juan, le mandó por penitencia que durante tres noches consecutivas fuera á las doce en punto á rezar un rosario al pie de la horca, en descargo desús faltas y para poder absolverlo de sus culpas.

Intentó cumplir D. Juan ; pero no había aún recorrido las cuentas todas de su rosario, la primera noche, cuando percibió una voz sepulcral que reclamaba en tono dolorido :

— j Un Padre Nuestro y un Ave María por el alma deD. Juan Manuel !

Quedóse mudo, se repuso en seguida, fué á su casa, y sin cerrar

un minuto los ojos, esperó el alba para ir á comunicar al confesor lo que había escuchado.

— Vuelva esta misma noche — le dijo el religioso — considere que esto ha sido dispuesto por el que todo lo sahe para salvar su ánima y reílexione que el miedo se lo ha inspirado el demonio como un ardid para apartarlo del huen camino, y haga la señal de la cruz cuando sienta espanto.

Humilde, sumiso y ohediente, D. Juan estuvo á las 12 en punto en la horca ; pero aún no hahía comenzado á rezar, cuando vio un cortejo (le fantasmas, que con cirios encendidos conducían su propio cadáver eu un ataúd.

Más muerto (jue vivo, temhloroso y desencajado, se presentó á otro día en el convento de San Franscico.

— ¡ Padre — le dijo — por Dios, por su santa y bendita madre, antes de morirme concédame la absolución!

VA religioso se bailaba conmovido, y juzgando que hasta sería falta de caridad el retardar más el perdón, lo absolvió al íin, exigiéndole ])or úllima v('z, (jii(‘ esa misma noche fuera a i*ezar el rosario (jiie le fallaba.

(jue filé el penitente, lo dice la leyenda. ¿ Qué jiasó allí? Nadie lo sab(‘, y sólo agrega la tradiciiui ([ue al amanecer se encontraba colgado de la horca pública un cadáver, y que este cadáver era ihd muy jico Sr. I). .Inan Manuel de Solói'zano, jirivado que babía sido del Marqués de Cadei’eila.

bd pueblo dijo desde eiitouci's (|ue á 1). .luán Manuel lo habían aboi’cado los ángeles, y hi li*adición lo repite y lo segnii'á repitiendo por los sigilas de los siglos. A mén. ‘

I. Hemos escrito esla tradición en vista de los artículos publicados por el Conde de la Cortina y D. Manuel í'ayno ; del drama de llodrígiiez Calvan, intitulado El Privado del Virrey, y de las leyendas en verso escritas por 1). Ireneo Paz, en sus Cardos y Violetas, y por D. Vicente Hiva Palacio y I). Juan de Dios Peza, en sus Tradiciones Mexicanas .