Mis filosofías · Unidad 25 de 56
Unidad 25 · ii6 MIS FILOSOFÍAS
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ii6 MIS FILOSOFÍAS
las piedras; teníamos para todas nuestras fatigas la indiferencia ó la sonrisa. j
Pero fuerza era alcanzar al fantasma y lo alcanzamos, y al estrechar en nuestros brazos la neblina de que estaba formado, nos quedamos un poquito tristes. Aquel abrazo ciertamente no valía nuestro camino, no valía las espinas que pican y las piedras que desgarran, las ortigas que queman y las varas que azotan al paso I
Sin embargo, era tal nuestra sed de lo misterioso, era tal nuestro amor al enigma, que tornamos á seguir á la aventura que pasaba, y otra vez vimos que sus besos eran menos sabrosos que la esperanza de sus besos; que sus ojos, más dulces nos miraban de lejos que de cerca ; que lo mejor de la Aventura no era la Aventura misma, sino aquello que la precedía, aquella expectación del alma, aquel temblar ansioso del corazón, con que intentábamos ir en pos de ella. Advertimos que las horas que preceden á una cita son lo más adorable de una
LO IMPREVISTO 117
cita ; que la mujer más bella es la que no hemos podido besar más que de lejos, en una bruma de ilusión ; que, en suma, todo el embeleso del amor, todo el embeleso de la vida, estaba dentro de nosotros mismos y que, por lo tanto,
más valía resignarnos á las felicidades modestas, á las dichas pequeñas, á las satisfacciones medianas, á los dones que por humildes no enojan al destino, y vestir esa migaja, esa limosna que nos daba la vida, con la más luciente claridad de nuestra esperanza....
Hemos dejado, pues, pasar la Aventura, la hemos visto alejarse con su traje flotante, y no le hemos hecho señas con la mano. Hemos preferido permanecer á la vera del camino, á la sombra del árbol familiar, mirando caer la tarde, contemplando la conflagración del crepúsculo, esa divina aventura diaj?ia, en que muere el día y nace el luto diamantino de la noche...
Pero si nosotros, los hombres de este siglo, fríos, prácticos, timoratos, prudentes, huímos desdeñosa ó medrosamente de la aventura, ella, placentera ó trágica, terrible ó sonriente, nos acecha en todas partes y acaba por salir á nuestro encuentro, inevitable y poderosa, en un recodo de nuestra existencia. I
El hombre que ha pasado cuarenta años en la misma casa, en la casa de sus padres, dentro de lo habitual de una vida ya hecha de antemano en todas sus piezas, sin necesidades y sin deseos, de pronto, una noche, siente que la tierra se extremece con estruendo, que todo cruje en su derredor, que los antiguos muros hereditarios que siempre vio en pie, como guardianes alertas, se desploman con estrépito, que el fuego los invade
Y en una hora, en unos minutos, en unos segundos, cátalo sin casa, sin fortuna, sin fami-