Mis filosofías · Unidad 4 de 56

Unidad 4 · EL CONTAGIO DE LA VIDA ly

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EL CONTAGIO DE LA VIDA ly

Pero en la calle encuentra á un amigo que está sano, que ríe, que ama la existencia. ¿Qué va á resultar del encuentro de aquel rayo de luz y de aquella mancha de sombra?

¡ Vencerá « siempre » la luz ! v

El sano contagiará con su alegría al enfermo.

« Jamás » el enfermo entristecerá al sano.

Y esto acontece en todos los momentos de nuestra vida, sin que lo advirtamos. Nada hay tan contagioso como el optimismo. Vivir con un amigo optimista es encontrar la clave de la felicidad.

El llanto de los otros suele hacernos llorar, pero la risa de los otros, invariablemente, irremisiblemente, nos hará reir.

¡ Qué contagiosa es la risa, decimos, qué contagioso es el buen humor !

¡ Ciertamente ! como es contagiosa la luz, como es contagiosa la confianza, como es contagiosa la fé, como son contagiosos la esperanza, el entusiasmo, el amor

Estamos tristes, pero al trasponer los umbra-

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les de nuestra morada, un rayo de sol matinal, que es un hervidero de átomos, una vía láctea minúscula en turbulento torbellino de vida, nos dice « ¡ buenos días ! » Y en aquel mismo instante sentimos desvanecerse todas las preocupaciones, resolverse todos los problemas, abrirse todos los caminos. I

I Cómo es posible temer y sufrir y llorar cuando el cielo está azul, y el día es oro purísimo, y la naturaleza parece en éxtasis ante el sol, y el agua canta, y el aire dice sus misteriosas estrofas aladas ! ' ,'

— i Vivid ! — exclaman las cosas todas en concierto divino. — ¡ Vivid, no tengáis miedo !

« La Naturaleza sabe « el gran secreto » y, sin embargo, sonríe »... !

Pero nosotros, ingratos, olvidamos este contagio, este supremo contagio de vida, que surge borbotando hasta de las piedras, y que realiza en un solo instante más curaciones que todos los médicos y todas las drogas y todas las plegarias..., _._

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EL CONTAGIO DE LA VIDA r 19

Olvidamos que por cada hombre que pasa á otro su enfermedad, hay cien que van « pegándonos » su energía, su júbilo, sus convicciones robustas y hasta la elasticidad de sus músculos, cuando nos animan á marchar con ellos, y hasta la limpidez de sus ojos, cuando miran con nosotros el cielo....

(I Pues y la influencia milagrosa de la mujer que amamos, su facultad de disipar con santos sortilegios las sombras que nos asaltan ?

No hablemos, no pensemos, no discutamos, por tanto, sino de un contagio :/el de la vida, y dejemos pasar á la muerte; su espada no ha de herirnos, mientras nosotros no doblemos resignados la cerviz...

Y aun entonces, ¡ quién sabe ! ¡ quién sabe !

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