Misterio: tríptico campesino · Capítulo real 3 de 17
ESCENA III
Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 1 tramo técnico para mejorar el rendimiento.
ESCENA III
DICHOS; PEDRO, en el dintel de la puerta, erguido, rígido, inmóvil. Viste el recién llegado pulcro y cuidadoso traje de camino, cubre su oabeza ancho sombrero flexible y de su brazo pende una cayada. Su barba será larga y canosa. Su figura deberá destacarse del fondo montañoso, iluminado brevemente por un relámpago. Al verle, Can¬ delaria se sobrecoge
¡Jesús!
(Bajo, al tio Solana y Garabiel.) ¡Es el ánima triste!
(Agitada á cinta.) Ven, hija mía; ven adentro Conmigo. (Vanse Candelaria y ( iuta por la primera puerta derecha.)
Tengan felices noches, señores.
Buenas se las dé Dios.
(contritos.) ¡Alabado sea!
Sorprendido por la tempestad, he perdido en„el camino á mi guía. Unos campesinos me han encontrado y me he hecho condu¬ cir por ellos ha-ta aquí. ¿Quieren decirme si hay en el pueblo albergue ó posada?
Ha llamado usted á una puerta que se abre siempre á la hospitalidad. ¿Por qué no pasa usted? ¿Se siente indispuesto?
No; es que soy ciego y necesito oir antes de orientarme.
¿Ciego? Razón de más para ser bienvenido. Tome usted mi ir ano. La de usted está fría; ¡parece de mármol! (Le conduce hasta uno de los sillones cerca de la lumbre. Pedro se sienta.) Prepa¬ rad en seguida una cama, (a ios criados.)
Gar. (Bajo.) ¡Una cama aquí! ¿Qué hacemos, tío
Solana?
Sol. (ídem.) Lo mejor es obedecer sin decir jos ni
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DQUSte. (Yanse los aldeanos por el segundo términoderecha, cogidos de la mano y mirando recelosamenteal recién venido.)
ESCENA IV
PEDRO y JULIAN
JüL. (Sentándose al lado de Pedro.) Es extraño CjUe 011
noche como esta se haya usted determinada á ponerse en camino. ¿Viene usted de muy lejos?
Ped. Del otro mundo... (Movimiento en Julián.) De
América.
Jul. ¡Ah'... ¿Tal vez en busca de sus parientes ó
allegados?
Ped . ¿Por qué ocultarlo? Vengo á entrar en pose¬
sión de parte de mis bienes, detentados en manos ajenas. Y, créalo usted; nadie me es¬ pera. Lo probable es que mi venida cause sorpresa, asombro, estupor... Yo mismo he vacilado antes de venir; pero lo que ha de suceder, sucede. ¿No opina usted lo mismo?'
Jul. No soy fatalista; creo en mi voluntad.
Ped. ¡La voluntad! ¡Quién sabe si depende del
movimiento de la hi ja de un árbol ó de la obstrucción minúscula de una arteria!
Jul. Algún motivo más poderoso habrá obligada
á usted á retardar su viaje.
Ped. Víctima de un siniestro, hube de perder
con la vista lo que vale cien veces más: la razón. Diez años he permanecido en un ma¬ nicomio.
Jul. ¡Diez años!
Ped. Es mucho, ¿verdad? Pero hasta el dolor,
hasta la desesperación se acaban. Salí, por fin, y mi primer cuidado fué escribir á mi casa. Nadie me contestó. Hube de dirigirme á los consulados, y allí se me facilitaron amargas noticias; mi mujer y mi hija ha¬ bían desaparecido del lugar en que las dejé y no se sabía de ellas dato alguno. Otros seis años hube de permanecer en el Bra-
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sil, imposibilitado de regresar á España, sin noticias que me indicaran dónde estaban los míos
Jul. Separación bien triste ¿Al cabo...?
Ped La bondad inesperada de un bienhechor
ha hecho posible mi regreso. Imagine usted mi' sorpresa y mi cólera: mi mujer había abandonado el país, viniendo á refugiarse á á un poblado de esta montaña; mi hija ha¬ bía muerto y otra adulterina (con reprimida indignación.) la reemplazaba, mientras su pa¬ dre, es decir, otro hombre que no era yo; usurpaba al mismo tiempo que el amor de mi compañera, los bienes que fueron mi pa trimonio.
Jul (Alarmado.) Perdone usted; la autoridad que
ejerzo me obliga á registrar los nombres de cuantos en este pueblo pernoctan. ¿Tiene usted la bondad de decirme el suyo?
Pedro Jorge Montiel.
(poniéndose en pie.) ¡Imposible! ¡Pedro Jorge Montiel ha muerto en América!
Perdone usted; Pedro Jorge Montiel soy yo, y traigo pi peles que lo acreditan.
(Vuelve á sentarse, apoya el codo en un brazo del sillón y se cubre los párpados con la mano como des vanecido, pausa.) Dice usted que es... Pero ¿cómo? ¿No hizo explosión el motor de la fábrica de que usted estaba encargado?. Cierto.
El nombre de usted apareció en la lista de las víctimas.
Ped. La fatalidad hubo de conservarme la vida.
Jul. Pero ¿cómo no escribió usted? ¿Cómo nadie
ha Sabido que existía? ¿Cómo (sin poder repri¬ mir su cólera) viene usted ahora, al cabo de diez y seis años, á dar la primera noticia de que vive?
Ped. He dicho á usted que perdí la razón, que
estuve diez años en un manicomio y que cuando salí no pude adquirir noticias de los míos. (Julián se levanta y pasea agitado.) Pero, aunque hubiera muerto, ¿tan pronto se ol¬ vida? ¿No tienen los muertos el derecho de
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reclamar lo que han entregado en precario? ¿No tienen el de castigar y hacer sentir su cólera, como una justicia de ultratumba?
Jul. Señor Pedro, las justicias están reservadas k
Dios.
Ped. Pero no las reivindicaciones
Jul. Usted, para reivindicar, tendrá, ante todo,
que remover la obra inconmovible del tiem¬ po; del tiempo, que es el usurpador sin en¬ trañas; el que va sustituyendo cosas á cosas, personas á personas, amores á amores.
Ped. ¡Por siempre y para siempre...!
Jul. Si una vez desaparecidos de la tierra, vol¬
viésemos á buscar nuestra casa, nuestra fa¬ milia, nuestra fortuna, veríamos que todo se había ya repartido; que los que más por nosotros lloraron habían acabado por per¬ der de nosotros memoria. Veríamos, en fin, que veníamos á estorbar su dicha, que no éramos siquiera nosotros los mismos. Y nopudiendo resucitar placeres y grandezas, viéndonos entre todos tristes y solitarios, acabaríamos por volver á la tumba. He aquí por qué los muertos no vuelven.