Misterio · Unidad 1 de 196
Unidad 1 · REESE LIBHARY
Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.
PRIMERA PARTE
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En uno de los barrios de Londres próximos al río, no muy concurridos de día y casi enteramente solitarios de noche, todavía existe hoy una casa con minúsculo jardín, situada frente á una plaza bastante espaciosa, en cuyo centro el square ostenta grupos de árboles centenarios, de esos árboles del viejo suelo inglés que la humedad nutre y desarrolla y convierte en colosos. El recuerdo inherente á esta casa podría, bien conocido, valer algunas propinejas á quien la enseñase al turista; l)ero la historia, no siempre cimentada en la realidad, suele
o MISTliBIO
poner en las nubes lo que no significa gran cosa y no volver siquiera su rostro de bronce cuando pasa por donde se desarrollaron dramas intensamente patéticos, ahogados y silenciosos. El que por algún tiempo guardaron las paredes de la angosta casita, eternamente permanecerá sumido en tinieblas; así lo quiso el destino, ó por mejor decir, así lo quisieron los poderosos del mundo.
Al comenzar este relato, que aspira á proyectar un rayo de luz en las lobregueces históricas por medio de la lámpara caprichosa de la fantasía, un hombre joven, esbelto y robusto, vestido de camino, envuelto en un abrigo gris que no ocultaba lo gallardo de su figura, se acercaba á la verja del jardín, por la parte opuesta á la plazuela, á espaldas de la casa, y golpeaba con su bastón los hierros de la verja, á intervalos iguales, cuatro veces. Aunque ya el largo crepúsculo de Londres en primavera no derramaba sus vagas claridades boreales y había anochecido por completo, en medio de las espesuras del jardincillo podría verse blanquear una falda, y detrás do los hierros aparecer un rostro juvenil. Una mano diminuta pasó por entredós barras, y el hombre se apoderó de ella estrechándola con ardor.
Transcurridos los primeros instantes, cambiadas las primeras demostraciones, calmada un tanto la agitación que hacía palpitar á la mujer como azorada paloma, vinieron las ansiosas preguntas que después de una ausencia revelan el deseo de cobrarle al tiempo los atrasos.
— ¿Has llegado hoy mismo? . — Di ahora mismo — murmuró él.— Ni esperó á cambiar de
traje. El billole que te avisó me precedía media hora; lo indispensable para arreglarme un poco.
—¿Saben allá tu venida?
— La ignoran. Me creen cazando en mis posesiones de Picmort.
Hubo un momento do silencio. La mujer — casi podríamos decir la niña, pues no representaría arriba de diez y seis años — frunció el arco de sus perfectas cejas.
—No me gustan esos tapujos. Si me quieres, Renato, me confesarás. Amarme no es un delito.
Él también enmudeció al i)ronto, como si no aceiiase á dar respuesta. Al fin, con esfuerzo, balbuciendo, comenzó á explicarse.
— Escucha, Amelia del alma... Es que... Justamente he emprendido el viaje para que hablemos. ¡Llevamos ocho meses de incomunicación! Te he escrito i)oco y con recelo, en primer lugar porque afirmas que la corresi)ondencia dirigida á los tuyos llega abierta ó no llega, y, en segundo, ix)rque hay cosas... ¡que sólo pueden decirse de palabra y apretando tu mano adorada! ¡Yalor, Amelia, valor! . . . ¿Quión sabe si mañana las circunstancias cambiarán? No me aborrezcas; consérvame tu fe; yo te vinculo la mía... y esperaremos. En la actualidad, cuanto intentásemos sería inútil... |Créelo, Amelia, inútil enteramente!
Ella, en su afán de oir, quería filtrarse por la roja; las pupilas del enamorado, acostumbradas ya á la oscuridad, reconstruyeron su fisonomía, de singular belleza, semejante á un retrato de museo. La frente era espaciosa, lisa, marfileña; de delicado