Misterio · Unidad 2 de 196
Unidad 2 · 10 MISTERIO
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dibujo la nariz; los ojos de párpado ancho, ya lánj^uidos y voluptuosos, ya dominadores; las cojas arrancadas prestaban energía al semblante; la boca, de púrpura, tenía el labio inferior algo saliente, desdeñoso. En aquel momento toda la linda cara respiraba resolución.
— ¿Inútil? ¿Tú, un hombre, dices eso?— pronunció con extrañeza. — ¿Qué obstáculo puede separarnos si nos une la voluntad? ¿Mentías al jurarme que eran inseparables nuestros destinos?
— Por Dios. Amelia— suplicó él, — escúchame serena y no empieces ya á acusarme. Yenía á pedirte un inestimable favor: que mé creyeses bajo ¡ialabra y no me obligases á revelarte lo que puede separarnos ahora, aunque la voluntad siga uniénílonos. ¿Me lo concedes? ¿Me permites que calle?
— ^No — repuso impetuosamente la niña. — Tengo derecho átu sinceridad. Exijo la verdad, sea cual sea. ^ Renatx) se cubrió los ojos con las palmas. Se adivinaba por su actitud la lucha que sostenía. Al cíibo de un minuto rompió á hablar, como si le arrancasen las palabras mal de su grado.
— Amelia, si dudas de mi amor, duda de que el sol alumbra el cielo. Desde que nos conocimos en el molino de Adhemar. para ti no más he vivido. La impresión ([ue me causaste fué tan decisiva que cambió mi ser. Era un muchacho disipado, frivolo, calavera; me convertí en un hombre serio y casto. No pensaba sino en mis diversiones parisienses y on mis cacerías campestres; de todo prescindí; me cansaba y aburría el bullicio. ffi madre había buscado para mí un enlace brillante por varios
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estilos — ya sabes, Germana de Marígny, una casa cuyos ascendientes estuvieron con San Luis en las Cruzadas; — lo rompí sin contemplaciones de ningún géneix). Ni te he preguntado de dónde venías ni adonde ibas; me dijiste que tu padre ejercía oficio de mecánico en Londres y que habíais sufrido miserias sin cuento; no me import/); eras iíi... bastaba. Si me acordé de mi nacimiento y de mi hacienda fué para complacerme en pensar que iba á rodearte de consideración social y de esplendor. Me hice cargo de que me maldeciría mi madre y de que mi tío, á quien respeto como á. padre, me desheredaría... Y no obstante, me hallaba decidido á saltar por cima de cuanto me infunde veneración y á que se realizase nuestro matrimonio. Pero...
— Pero... lo has pensado mejor y has reconocido que cometías una insigne locura— articuló en tono glacial Amelia. — Te doy la razón y me despido de ti — añadió haciendo ademán de desviarse de la reja. Renato la retuvo i)or la manga y luego j^or la diestra, que besó con delirio.
— No, no — repetía suplicante. — No es eso; no nos separaremos así. I Ya que te empeñas, nada te ocultaré! Me ofendes al suponer en mí un cálculo mezquino, y ahora estás obligada á escuchar mi defensa. ¿Qué me hubiese importado cualquier obstáculo? Cuando mi madre, á quien debí por lo menos escuchar, aunque no asintiese á su opinión, me dijo que no le era lícito á un de Brezé mezclar su sangre con la de una extranjera de humilde origen, le respondí la verdad: (^ue á tu lado las damas más ilustres parecen nacidas para servirte y descalzarte, y que