Misterio · Unidad 108 de 196
Unidad 108 · 278 MISTERIO
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278 MISTERIO
— Somos—confirmó Pedro — la reacción vital, que se manifiesta á veces por medio de espasmos y convulsiones. Destruyendo creamos. Derrumbando erigimos. Nuestro programa e& deshacer lo hecho.
— ¡Programa satánico!— murmuró Dorff como á su pesar.
— ^Nadie dirá eso con menos razón, monseñor— contestó Luia Pedro; — pues monseñor ha declarado y reconocido aquí, hace un instante, que en los sacudimientos más terribles se realiza la justicia y la reparación. ¿No hablaba monseñor de expiación^ de martirio? ¿No reconocía las culpas y las iniquidades del pasado?
— ¡Ahí Sí— contestó Dorff, —yo purgo los pecados de una raza, sus abusos, sus crueldades, su indiferencia ante el sufrimiento.
— Y también, padre— dijo Amelia, — purgamos sus transacciones, sus debilidades, sus apostasías. Nosotros no podemo» contemporizar ni vacilar en momentos dados. ¿No lo comprendes? Ahora la justicia estaría de nuestra parte si pudiésemos atacar sin misericordia á la usurpación.
— A servir á esa causa estamos dispuestos - añadió Giacinto. — Somos los que viajan de noche, por el camino cubierto, en lasentrañas de la tierra. Somos los que llevan los zapatos forrados, de corcho para que no hagan ruido nuestras pisadas. Somos los que tienen un alma sola en muchos cuerpos. Cuenten con nosotros Dorff el mecánico y su hija. Capitán Soliviac, á bordo usted dispone. ¿Qué rumbo tomamos?
Soliviac se enderezó. Su curtido rostro respiraba audacia y
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brillaban sus verdes ojos célticos. Hasta entonces no había tomado parte en la discusión; escuchaba., con el pliegue de la reflexión en la frente, cerrados los puños. Ahora, la resolución adoptada se leía en sus viriles facciones. Su voz resonó con el acento de mando de los instantes supremos, aquellos en que peligra el buque.
— Dispongo que demos caza á la goleta en que han recogido al criminal hasta recobrarle. No desembarcará en tierra francesa mientras Camilo Soliviac sea capitán del Poliphéms.
Callaron todos. Lo arriesgado de la empresa no se les ocultaba. No eran tiempos de guerra; el corso y la piratería estaban severamente reprimidos.
— ^¿Sabéis otro medio, hermanos? — ^interrogó Soliviac volviéndose hacia los carbonarios.
— ^Ninguno— contestaron Luis Pedro y Giacinto.
— En ese caso... —Y el capitán se dirigió hacia la escalera de la cámara.
— Capitán — observó Luis Pedro,— esa goleta es más velera y más fina que nuestro brick. Le lleva una ventaja enorme.
— ^No - respondió Soliviac. —Van descuidados y á velocidad normal. Hasta se diría que retrasan desde hace rato. Nosotros apretamos desde que aplacó la tormenta. Así que esté al alcance de nuestros cañoncitos y la saludemos veremos qué pasa. Entretanto van á traer otro ponclie, porque necesitamos fuerzas; esta señorita se retirará á su camarote y rezará por nosotros, ¡y sea lo que Dios quiera! pero habremos cumplido nuestro dcljer.
— ¿Yo al camarote?— i'ospond¡«'i Amelia, cuyas mejillas pare-